La guerra, el imperialismo y la socialización del capital
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Entre 1905 y 1914 se produjeron al interior de la II Internacional dos debates decisivos para los revolucionarios. Estos debates permitieron la decantación entre una socialdemocracia que estaba integrándose en el campo burgués y los futuros comunistas de la III Internacional. En realidad no eran dos debates, sino dos aspectos de una misma discusión: la actualidad de la revolución proletaria en Europa. Por un lado, la oleada de huelgas de masas que se desató en Europa occidental entre 1902 y 1903 y que llegaría a su cénit en la revolución rusa de 1905 provocó una conmoción en toda la Internacional. Con ella, la «acción de masas» haría aparecer en escena a la clase por sí misma, rompiendo las fronteras entre la lucha económica mediante los sindicatos y la lucha política a través del partido, y reuniendo al proletariado no organizado junto al que ya lo estaba en unos organismos intermedios, los consejos, que constituirían la base de su poder de clase. En las lecciones extraídas de la huelga de masas, los revolucionarios pudieron restituir la importancia de la lucha por fuera y contra el Estado para la revolución. Pannekoek sería el primero en rescatar del olvido la afirmación fundamental de Marx de la destrucción del Estado burgués en la dictadura del proletariado. Su trabajo y el de Bujarin influirían en Lenin en 1917 a la hora de escribir el texto fundamental de El Estado y la revolución.
Si el debate de la huelga de masas establecía el aspecto “subjetivo” del proceso revolucionario y el papel de la clase, el partido y el Estado en él, el debate sobre el imperialismo compondría su aspecto “objetivo”. En este término nuestros compañeros cifraban la madurez de la revolución comunista y la disyuntiva dramática entre socialismo o barbarie, entre guerra o revolución. Como defenderían Pannekoek y los tribunistas durante estos años, la entrada en la fase imperialista hacía caducas las tácticas de la II Internacional —parlamentarias, sindicales, gradualistas, pacíficas— y situaba la acción de masas y la destrucción del Estado burgués en el centro del escenario. Para todos nuestros compañeros del período, el imperialismo daba un mentís al revisionismo y sus ilusiones de que el desarrollo del capitalismo iría reduciendo las crisis y la desigualdad. Al contrario, solo podía exacerbar las contradicciones de clase y sus propias contradicciones internas, abriendo una época —la última— de crisis, guerras y revoluciones.
Por este motivo, el debate histórico sobre el imperialismo no se reducía a la naturaleza de la guerra o a la relación de los Estados capitalistas entre sí y con el resto del mundo. Iba a ser el crisol en que se forjara una comprensión común del período, marcado por el asentamiento de las relaciones de producción capitalista a escala mundial y el salto de socialización del capital con la Segunda Revolución Industrial. Con él, vendría también la necesidad de reflexionar sobre la naturaleza de los cambios que se estaban produciendo en el capitalismo y sus implicaciones sobre el programa, la estrategia y la táctica heredados de Marx y Engels y su sistematización por parte de la II Internacional. De igual forma, con la concepción del imperialismo como última fase del capitalismo vendría la discusión sobre los límites internos o externos del modo de producción, cifrados en la idea de decadencia y de capital financiero, y sobre el nuevo horizonte en el que se situaba la lucha por la revolución.
Lejos de ser una cuestión del pasado, la forma que tomaron los debates sobre el imperialismo en el alba del siglo XX tiene fuertes repercusiones en el marco programático de los comunistas de hoy, tanto en las debilidades y limitaciones que heredamos de ellos como en las afirmaciones que se convirtieron en jalones inamovibles de la teoría revolucionaria. Al mismo tiempo, la crisis del valor que se inicia en la década de 1970, la escalada militar que comienza con el enfrentamiento entre China y Estados Unidos y se acelera desde la invasión de Ucrania por Rusia en 2022, así como la época de polarización social y lucha de clases que creemos que se abre ante nosotros, nos obligan a retomar el debate sobre el imperialismo y resituarlo a la luz de nuestros días.
Marx y Engels nunca desarrollaron una posición sistemática sobre la guerra y la cuestión nacional. En sus cartas, consideraron positivamente las guerras de reunificación de Alemania e Italia, incluso cuando Bismark y Cavour no dejaban lugar a dudas de que serían procesos conservadores y tendrían poco que ver con las aspiraciones democráticas de 1848. Criticaron la defensa del «principio de las nacionalidades» de Napoleón III como una instrumentalización anexionista, pero no vieron con malos ojos su participación en la guerra de Crimea junto a Inglaterra y contra Austria y Rusia. Apoyaron con el resto de la AIT al Norte en la Guerra de Secesión estadounidense por su lucha contra la esclavitud. Defendieron la independencia de Polonia y de Hungría, pero se opusieron al nacionalismo de checos, eslovacos y croatas por lanzarse en brazos de la absolutista Austria frente a las aspiraciones hegemónicas de los magiares. Después de un tiempo de vacilación y estudio de los nacionalismos balcánicos, acabaron sosteniendo a un Imperio Otomano ya moribundo en contra de ellos por considerarlos peones del zarismo. Declararon «guerra nacional» —y por tanto legítima— la respuesta prusiana en la guerra contra Francia, aunque con varios matices y advertencias, y criticaron en privado a W. Liebknecht y Bebel[1] por oponerse a ella. Sin embargo, muy pronto declararían que había perdido su carácter defensivo tras la batalla de Sedán en que Prusia derrotó a Francia y se anexionó Alsacia y Lorena, y la condenaron en nombre de la AIT. Consideraron la independencia de Polonia un paso estratégico para la revolución democrática de Alemania y la de Irlanda otro para el inicio de la revolución proletaria en Inglaterra —por tanto, en el mundo—. Denunciaron sistemáticamente la brutalidad de las potencias capitalistas en las colonias, al mismo tiempo que analizaron cómo la extensión de las relaciones capitalistas permitiría acabar con la estabilidad milenaria de las sociedades de clase de India y China y asentar las bases de una revolución comunista mundial, sin que ello les llevara en ningún caso a una justificación ni a una defensa del colonialismo. También estudiaron hasta el final de sus días las formas precapitalistas de comunidad, llegando a considerar la posibilidad de que, con la victoria de una revolución proletaria en Occidente, el resto de territorios pudieran ahorrarse el paso por el capitalismo.
Para entender sus planteamientos es preciso partir del hecho de que Marx y Engels lucharon y reflexionaron, como explicamos en Sobre la decadencia del capitalismo, la revolución permanente y la doble revolución, en un momento en que el Antiguo Régimen seguía siendo fuerte en Europa y en que el proletariado, aún débil en número, se veía obligado a luchar contra él al tiempo que intentaba mantener su autonomía de clase. Así, muchos de sus posicionamientos se harían en función de lo que permitiera o no el crecimiento del movimiento obrero y de la lucha contra el Antiguo Régimen, especialmente contra ese gran estandarte de la reacción que era el Imperio zarista.
Como señala Emilio Madrid en su prólogo a la edición de Marx y Engels: Los nacionalismos contra el proletariado, lejos de hacer una defensa incondicional del «derecho de autodeterminación», siempre tuvieron una actitud pragmática frente al nacionalismo y siempre lo subordinaron a su estrategia por la revolución proletaria en Europa. Como le decía el viejo Engels a Bernstein en su carta del 22 de febrero de 1882:
Todos nosotros, en la medida en que hayamos pasado por una fase liberal o radical, hemos salido de ella con estos sentimientos de simpatía hacia todas las nacionalidades “oprimidas”, y yo, por mi parte, sé cuánto tiempo y trabajo me costó deshacerme de ellos, pero una vez que lo hice ya fue para siempre. […] Debemos colaborar en la obra de liberación del proletariado de Europa occidental y subordinar todo lo demás a este objetivo. Por muy interesantes que puedan ser los eslavos de los Balcanes, etc., en el momento en que su deseo de liberación entre en conflicto con los intereses del proletariado, ya pueden irse al diablo.
Es este criterio el que les llevaría a distinguir las «naciones revolucionarias» o «naciones históricas» de las «naciones contrarrevolucionarias» o «naciones sin historia», no ningún defecto eurocéntrico ni capricho nacionalista. El papel del Imperio zarista estaría siempre presente en estas caracterizaciones como vector de la reacción. Pero, por ello mismo, se trataba de caracterizaciones en el curso de una situación geopolítica cambiante, más que de categorías de una teoría general, e iban siendo revisadas en función de los acontecimientos, como harían Marx y Engels con los nacionalismos de los Balcanes durante la década de 1860, antes de decantarse por el apoyo al Imperio Otomano.
Por todo ello, es muy importante no confundir los posicionamientos de Marx y de Engels, y los términos que usaron para ellos, con la sistematización que haría la II Internacional. Nada tenían que ver, por tanto, las nociones de «nación vital o histórica» y «nación sin historia» en Engels con la interpretación darwinista social que haría de ellas la derecha de la Internacional. Al contrario, es famosa la carta de Engels a Kautsky en 1882 en la que rechaza toda justificación de la política colonial bajo el pretexto de “exportar” el socialismo. De igual forma ocurre con la noción de «guerra nacional o defensiva», que se utilizó en 1914 como justificación del apoyo a los presupuestos de guerra, pero que en Marx servía para una caracterización con varios matices y advertencias, en parte dubitativa y que, en cualquier caso, siempre estuvo subordinada para él a los intereses más generales del proletariado.
También es importante tener en cuenta que, en cierta forma, durante la vida de Marx y de Engels el capitalismo estaba aún por mostrar todas sus aristas. Como explicaremos más adelante, las guerras coloniales eran de tipo librecambista, de “puertas abiertas”, y la única guerra europea que les pondría en una situación semejante, salvando las distancias, a la de sus futuros compañeros en 1914 fue la guerra franco-prusiana de 1870-1871. El nacionalismo aún no había expresado todo su carácter reaccionario y a menudo se seguía vinculando a las aspiraciones democráticas de 1848, especialmente en los casos polaco e irlandés, aunque el mismo transcurso de las revoluciones del 1848 revelaban ya que su carácter identitario producía más problemas que soluciones en una perspectiva estratégica general para la revolución en Europa. Este sería el caso de la provincia prusiana de Posen donde, en 1848, al mismo tiempo que en Berlín los prisioneros del levantamiento polaco de 1846 eran liberados y confraternizaban con los revolucionarios alemanes, se producían conflictos violentos entre la población polaca y la alemana y judía.[2] La complejidad interétnica de Europa central y oriental convertía la cuestión nacional en un polvorín que, en última instancia, solo podía beneficiar a las clases dominantes, como por otro lado señalaría Cesar de Paepe al indicar en las discusiones de la AIT, frente a Marx, que «la restauración de Polonia no puede favorecer más que a tres clases: la alta nobleza, la baja nobleza y el clero».[3] Esto no era algo muy diferente de lo que analizaron los revolucionarios del Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania (SDKPiL) unos años más tarde, con el añadido de una Rusia que ya no era el bastión de la reacción en Europa, sino el cadáver andante que mantenían con vida los capitales europeos. Serían estas posiciones las que llevarían a Lenin a preocuparse de que la «vieja enfermedad polaca» antinacionalista se extendiera a la izquierda bolchevique de la mano de Radek.[4] Por último, tampoco se verificaron las predicciones de Marx de que la independencia irlandesa acabaría con el antagonismo nacional que dividía la clase obrera en Inglaterra y sería un elemento desestabilizador para los landlords. Ni la independencia de Irlanda tuvo un impacto significativo en la economía inglesa ni se detuvo el antagonismo nacionalista entre irlandeses e ingleses, menos aún con la manzana de la discordia norirlandesa. Bien al contrario y como es característico de este tipo de movimientos, sus nacionalismos se alimentaron recíprocamente hasta el día de hoy.
Así pues, al contrario de una perspectiva decadentista, la estrategia esbozada por Marx y Engels no es que fuera correcta para el periodo del capitalismo ascendente e incorrecta para el capitalismo en su fase decadente o imperialista. Más bien al contrario, podemos decir que eran unos planteamientos comprensibles desde el nivel de madurez que tenía el movimiento obrero en aquel momento conforme al punto de desarrollo al que había llegado el capitalismo. Así, como explicamos en el texto ya citado Sobre la decadencia, en el desarrollo del capitalismo a lo largo del siglo XIX se iría manifestando con una fuerza creciente el papel primero conservador y luego reaccionario de las tácticas hasta entonces dadas por buenas: el apoyo a las llamadas «guerras nacionales» o a determinados nacionalismos, el sindicalismo[5] o el parlamentarismo. Sobre el parlamentarismo, podemos citar a título ilustrativo la polémica de una fecha tan temprana como 1885 en torno a unos subsidios para aumentar la potencia naval de Alemania, con claros fines coloniales y expansionistas. Pese a la resistencia de W. Liebknecht y Bebel, finalmente fueron derrotados y la mayoría del grupo del SPD en el Reichstag votó a favor.[6] Puede encontrarse aquí un ejemplo de cómo la práctica reformista iría impregnando el partido desde el inicio hasta convertirse en teoría con Bernstein y la corriente revisionista. Como explicaron bien los compañeros de la izquierda italiana unos años más tarde en las Tesis de Lyon (1926), «no es solo el buen partido el que da la buena táctica, sino que es la buena táctica la que da el buen partido». En el momento en que el salto de socialización del capital y las enormes masas de plusvalor producido permitieron que afloraran sus consecuencias inevitables, estas malas tácticas terminaron por hacer pasar al partido directamente al bando contrario, en la defensa del orden burgués.
Del librecambismo al imperialismo
Como decíamos antes, durante la mayor parte del siglo XIX la expansión mundial del capitalismo se produciría bajo el discurso librecambista de “puertas abiertas”. Para inicios de ese siglo, Estados Unidos ya era independiente de Inglaterra y Latinoamérica se estaba independizando de los imperios portugués y español. La mayor parte de África aún estaba a salvo de las potencias capitalistas y la proporción terrestre que ocupaban los europeos, incluyendo a las colonias, suponía un 35% del globo frente al 84% que alcanzaría un siglo después, en 1914. Acorde al espíritu del liberalismo, el Estado debía limitarse a velar por la libertad de comercio tanto dentro como fuera de sus fronteras. La anexión de territorios era vista con desconfianza por parte de la burguesía europea del momento, además de algo innecesario. En efecto, tras la victoria sobre Francia en la Guerra de los Siete Años en 1763 y la Revolución Industrial en Inglaterra, la hegemonía naval y la alta productividad inglesas eran garantía suficiente para su dominio sobre el mercado mundial. La anexión territorial supondría toda una serie de costes militares, administrativos y logísticos que se veían prescindibles en un contexto de libre comercio, y que en todo caso solo podían beneficiar a los militares y miembros de la administración de alto rango, que en aquel momento todavía pertenecían mayoritariamente a la antigua aristocracia, y a los prestamistas que financiarían esa política. En definitiva, las colonias eran algo del pasado, una política propia del Estado absolutista en su esfuerzo por garantizarse el monopolio de los mercados con sus «territorios de ultramar». Para la burguesía liberal, colonia, monopolio, deuda, militarismo y despotismo pertenecían a la misma familia semántica.
Ciertamente, la realidad no coincidía con la imagen ideológica del librecambismo. En primer lugar, los altos aranceles ingleses sobre la industria textil india y las manufacturas irlandesas, así como la política activa de su sustitución por productos ingleses, eran una negación del libre comercio descrito arriba, de la misma forma que lo era el control de los colonos franceses sobre las manufacturas argelinas. En segundo lugar, el librecambismo no tenía nada de pacífico, como descubriría el Imperio chino con las guerras del opio y como sabían el resto de las clases dominantes precapitalistas, para las que la resistencia al comercio occidental se reducía a una prudente negociación, con los buques de guerra a la vista.
Sin embargo, es importante tener presente lo dicho arriba por dos motivos. En primer lugar, porque el discurso librecambista tenía una parte de verdad. En los modos de producción precapitalistas, de fuerte base agraria y con una producción destinada a los valores de uso, para la clase dominante la conquista de territorio mediante la guerra es la forma en que se lleva a cabo la acumulación de riqueza. En el modo de producción capitalista, la acumulación se realiza mediante la valorización del capital, es decir, por la producción de mercancías mediante la explotación de fuerza de trabajo y la realización de su valor en el mercado. De esa forma, el capitalismo no necesita tierra, necesita rutas comerciales. No necesita colonias, sino bases militares y enclaves comerciales para garantizar el flujo de mercancías por tierra, mar y aire. La concepción que tenía el librecambismo de la política exterior es más ajustada a la lógica del capital que la del colonialismo, como se revelaría tras la Segunda Guerra Mundial, con la hegemonía de Estados Unidos y su imperialismo de portaaviones. Sin embargo, los motivos que llevaron a la carrera por la conquista de las colonias durante el último cuarto del siglo XIX no fueron ni coyunturales, ni meramente ideológicos, como detallaremos más abajo al dar cuenta de las explicaciones que se dieron en la socialdemocracia al respecto.
En segundo lugar, es importante esta contextualización para entender la sorpresa de los hombres y mujeres de la época ante la política colonial y las tensiones bélicas crecientes a finales del XIX y principios del XX. La imagen del colonialismo como algo propio de los Estados despóticos, controlados por la casta militar y los banqueros, daría lugar al propio término de imperialismo. La palabra comenzó a usarse en Inglaterra de forma despectiva contra la nueva política colonial del gobierno de Disraeli, que había asumido en 1858 la India como colonia oficial y nombrado a la reina Victoria «Emperatriz de la India». Esta misma asunción se encontraba también en la socialdemocracia. Estaba detrás de la caracterización de Kautsky del capital bancario como aliado fundamental del burocratismo y del militarismo en la política colonial, y cuyos intereses eran opuestos a los del capital industrial:
De esta situación ha surgido la nueva política colonial, el afán de los estados europeos por adquirir nuevas colonias. La aprobación de la ley socialista la ensalza. Es cierto que el capital industrial también pretendía obtener sus ventajas de esta política, pero ello no constituye el motivo principal del movimiento colonial. Las fuerzas principales que dan impulso a la fase más reciente de la política colonial la constituyen el militarismo que anhela la acción y el avance; la burocracia que suspira por el incremento del número de cargos rentables, la decadencia de la agricultura que ahuyenta a tantos campesinos de su terruño, y obliga a los hijos más jóvenes de la propiedad latifundista a buscarse puestos que requieren pocos conocimientos pero tanto más brutalidad; la codicia creciente de la Iglesia, que también pretende alcanzar riquezas y honores en las regiones salvajes y que puede obtener éstos con mayor facilidad bajo la protección estatal y, finalmente, el poder creciente de las altas finanzas y su necesidad cada vez mayor de hacer negocios exóticos; éstas son las principales fuerzas motrices de la fase más reciente de la política colonial.[7]
Como una política atávica reintroducida por las formas más modernas e imponentes del capital, esta imagen de lo que acabaría llamándose capital financiero estaría siempre presente en la posición del centro de la II Internacional respecto a la guerra.
Tras la aceleración de la política colonial, con la anexión de territorios y el aumento del militarismo durante las últimas dos décadas del siglo XIX, se encontraba el salto de acumulación de la Segunda Revolución Industrial. Este implicó un ascenso en la productividad del trabajo y un desplazamiento en la centralidad del tipo de explotación del plusvalor absoluto al plusvalor relativo,[8] lo que permitió una reducción de la jornada laboral y un aumento relativo de los salarios, un mayor margen de negociación sindical y cierta base para políticas sociales. En este contexto, reivindicaciones que antes implicaban ir al choque con la patronal y el gobierno —ya fueran económicas o políticas— empezaron a poder ser canalizadas por vía pacífica a través de los sindicatos y las instituciones democráticas. Este poderoso influjo conservador puede percibirse desde bien temprano en el movimiento obrero inglés y en los partidos socialdemócratas del continente, pero adquirirá estatuto teórico con la polémica del revisionismo abierta por Bernstein en una serie de artículos publicados entre 1896 y 1898 en Die Neue Zeit. Uno de los primeros, «La socialdemocracia y los disturbios turcos», defendía la política colonial alemana, más allá de ciertas prácticas abusivas, por su utilidad para extender la civilización a otros pueblos. Al hacerlo, establecía abiertamente una vinculación entre reformismo, democracia e identificación nacional:
La frase que sostiene que el proletariado no tiene patria se ve alterada toda vez y en la misma medida en que éste puede participar en el gobierno y en la redacción de la legislación en calidad de ciudadanos de pleno derecho y, por ende, imprime a las mismas una disposición acorde con sus intereses.[9]
Como decía Gorter en El imperialismo, la guerra y la socialdemocracia (1914), «los reformistas no buscaban más que las reformas y por esta razón llegaron a ser nacionalistas e imperialistas». La derecha de la II Internacional, con las imponentes organizaciones sindicales a su lado, sería al mismo tiempo revisionista y socialchovinista, por derivación lógica.
Pero con la entrada en el siglo XX, todo se iría acelerando. Si en enero de 1905 estallaba la revolución rusa, en marzo se iniciaba la primera crisis diplomática de Marruecos en la que el Káiser declaró su apoyo a la independencia del país, cuestionando así la influencia francesa. En el mismo 1907 tenían lugar las «elecciones de los hotentotes», el Congreso Internacional de Stuttgart y el Congreso de Essen del SPD. Mientras que en el Congreso de Stuttgart la izquierda parecía obtener una victoria, incluyendo en sus resoluciones la moción propuesta por Luxemburg, Lenin y Martov que llamaba a «aprovechar la crisis económica y política creada por la guerra para agitar los estratos más profundos del pueblo y precipitar la caída de la dominación capitalista», en el contexto alemán el clima de exaltación patriótica y colonial extremó las contradicciones del SPD. El levantamiento de los herero —los «hotentotes», como se les llamaba despectivamente— en 1904 y la masacre que lo siguió, la creciente agresividad de Alemania en la política exterior y el miedo de la burguesía a la revolución rusa de 1905, polarizaron las elecciones del Reichstag y provocaron una severa derrota para el SPD. A partir de ese momento, la principal preocupación de la dirección sería no dar la imagen de un partido antinacional. La derecha del SPD se apresuró a enfatizar su compromiso con Alemania en caso de guerra, puesto que no eran «vagabundos sin patria», y repitieron su adhesión en el Congreso del partido en Essen. En esta ocasión el discurso militarista no sería solo abanderado por socialchovinistas declarados como Noske, el futuro «perro de presa» que dirigiría el asesinato de miles de revolucionarios alemanes en 1919, entre ellos Luxemburg y Liebknecht, sino también por Bebel, que hizo uso del viejo dogma de la guerra defensiva y la amenaza zarista para justificar sus posiciones. A él se enfrentaría Kautsky, quien negaría tanto la posibilidad de distinguir entre una guerra ofensiva y defensiva en un conflicto provocado por la política colonial, como la responsabilidad del proletariado en todo conflicto del que no dependieran sus intereses y los de la democracia.
Pero en el fondo, si bien divergían en la necesidad de apoyar o no la guerra, Bebel y Kautsky convergían en la necesidad de evitar todo tipo de acción extralegal antes o durante la misma que pudiera poner en peligro el partido. Mientras que Liebknecht esperaba a ser juzgado por alta traición por su campaña contra el militarismo, Bebel utilizaba su ejemplo en el Congreso Internacional de Stuttgart para oponerse a cualquier agitación que pudiera poner en riesgo el trabajo pacífico del partido. De la misma forma, unos meses antes Kautsky había escrito que la socialdemocracia debía oponerse a todo chovinismo antes de la guerra y resistir estoicamente durante la misma, sin aventuras, para recoger después los frutos de su esfuerzo tras la desilusión de las masas con el esfuerzo bélico.[10]
Año a año, la situación internacional se volvía cada vez más tensa. En 1907 estalló una crisis financiera mundial que llevó al cierre de miles de fábricas y el despido de sus trabajadores y duraría hasta 1909. A finales de 1908 Austria-Hungría declaraba la anexión formal de Bosnia con el apoyo de Alemania, lo que provocó el resentimiento de Serbia y Rusia. En 1910 Japón, que había hecho su presentación en sociedad como potencia imperialista al vencer a Rusia en 1905, se anexionó Corea. En 1911 se producía la segunda crisis de Marruecos entre Francia y Alemania, y entre 1912 y 1913 se desarrolló la guerra de los Balcanes. Cuanto más cerca se veía el estallido de una conflagración mundial, más se iban decantando las posiciones al interior de la socialdemocracia.
A menudo se ha dicho que la diferencia entre el centro y la izquierda en lo referente al imperialismo consistía en si el militarismo era una política entre otras y, por tanto, cabían diferentes tácticas para enfrentarse a él, o si por el contrario se trataba de una fase del capitalismo, que convertía al militarismo y la proximidad de la conflagración mundial en algo inevitable si no se acababa con el capitalismo mismo. Esta interpretación está basada en los últimos años del debate, especialmente a partir de 1912 en adelante, en los que Kautsky empezará a teorizar el renacimiento del liberalismo y la posibilidad de alianzas con él para frenar la guerra. También es el elemento fundamental con el que polemiza Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), lo que le da un mayor respaldo. Pero en realidad, el Kautsky de El camino al poder (1909) no creía que la guerra pudiera ser evitable. Las elecciones de los hotentotes le habían llevado a la convicción de que el imperialismo estaba fundiendo en una «masa reaccionaria» a las diferentes fracciones de la burguesía y de la clase media, frente a la cual solo quedaba el proletariado con su política internacionalista.[11] Tampoco puede atribuirse a Hilferding, que escribiría El capital financiero en 1910 y era un amigo y compañero cercano de Kautsky, la creencia de que el imperialismo era una mera política entre otras. Bien al contrario, para Hilferding el imperialismo era la política específica del capital financiero, a cuya dominación estaba conduciendo el desarrollo mismo del sistema.
Lo que diferenciaría radicalmente a la izquierda del centro a la hora de pensar el imperialismo iba a ser el impacto que la acción de masas y la aceleración hacia la guerra mundial tenían en la táctica de la socialdemocracia. Detrás de las diferencias tácticas, como descubrirían poco a poco, había en realidad diferencias programáticas y de doctrina. Kautsky siempre entendió la revolución como el producto de un largo proceso de acumulación de fuerzas mediante la lucha económica de los sindicatos y la pugna por la conquista de derechos políticos y sociales por parte del partido. Puede que la revolución, como culminación del proceso, requiriera una insurrección violenta, pero nada permitía asegurar que la burguesía no se rindiera antes de la batalla, consciente de su debilidad. Si la izquierda entendió la revolución rusa de 1905 «como precursora de una nueva serie de revoluciones proletarias en Occidente»,[12] Kautsky vería más bien en su derrota la demostración de que esa revolución quedaba aún lejos, puesto que si la clase dominante en Rusia, mucho más débil que la alemana, había podido resistir, el proletariado occidental todavía tendría que acumular más fuerzas para poder enfrentarse a ella. De esa forma, cuando Luxemburg pidió en ¿Y después qué? que el SPD llamara a la huelga general por el sufragio universal durante las movilizaciones masivas de 1910 en Alemania, Kautsky se opuso amargamente. En ¿Y ahora qué? diferenció entre una «estrategia del asalto directo», lógica de un periodo en que aún no se habían conquistado derechos políticos y en que, por tanto, toda lucha inmediata podía convertirse fácilmente en un conflicto violento, y una «estrategia de desgaste» que permitía la acumulación de fuerzas mediante métodos eminentemente legales y pacíficos hasta estar en condiciones para la batalla final.[13] Rusia pertenecía al primer tipo, pero Europa occidental se encontraba en el segundo, y todo llamamiento a una acción de masas en este contexto no solo se saldaría con una dura derrota, sino que sería un grave error que pondría en riesgo las condiciones del trabajo legal del partido.[14] Esta estrategia de desgaste implicaba por tanto limitaciones. La conservación de la estructura del partido y de sus mecanismos legales de intervención era esencial. Así pues, cuando la izquierda planteaba que la acción de masas era la mejor forma de luchar contra la guerra, Kautsky no podía sino oponerse.
Quien mejor expresaría en la izquierda la fuerte vinculación entre la acción de masas y el imperialismo sería Pannekoek. Para él, «el imperialismo amenaza a las masas populares con nuevos peligros y catástrofes —tanto a la pequeña burguesía como a los trabajadores— y los empuja a la resistencia; los impuestos, la carestía, el peligro de guerra, vuelven imprescindible una defensa encarnizada». El trabajo en el parlamento no tenía la capacidad de enfrentar esa defensa, que requería de la participación directa de las masas. «De ahí que sean las acciones de masas una consecuencia natural del desarrollo imperialista del capitalismo moderno y se transformen cada vez más en formas necesarias de lucha contra el mismo».[15] La acción de masas se volvía entonces necesaria no solo para la lucha contra la guerra, sino también para seguir manteniendo lo que antes se conseguía con las viejas tácticas legales. Pero si se sigue coherentemente esta línea, podríamos decir con Lenin que «toda lucha consecuente de clase durante la guerra, toda táctica de “acciones de masas”, aplicada en serio, conduce de modo inevitable» a la transformación de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria.[16] En definitiva, la fase del imperialismo obligaba a nuevas tácticas con una finalidad inmediata, la revolución proletaria.
Y el contenido de esa revolución es la destrucción y liquidación de los instrumentos de poder del estado usando los instrumentos de poder del proletariado.[17]
Frente al olvido en que había dejado la II Internacional la destrucción del Estado burgués en la dictadura del proletariado, el viejo principio programático volvía a emerger con la proximidad del siguiente asalto revolucionario.
De modo que este era el núcleo de las discrepancias. Si bien se puede echar la vista atrás y reconocerlas años antes, sería la aceleración de los tiempos históricos la que las haría salir a la luz y haría que sus protagonistas tomaran conciencia de ellas. Por lo demás, entre 1909 y 1910 el bloque conservador-liberal que se había formado contra el SPD en las elecciones de los hotentotes se descompuso, y la dirección del partido empezó a trabajar para acercar a los liberales en las elecciones de 1912. Como estos no se oponían a la carrera armamentística pero les preocupaba su coste económico, el SPD dejó a un lado el discurso de oposición al gasto militar y se centró en que no recayera en impuestos indirectos. También minimizó la importancia de la segunda crisis de Marruecos en 1911 para no tener que arriesgar declaraciones antipatrióticas. En 1912 los resultados electorales premiaron sus esfuerzos, y para entonces la unidad entre la derecha y el centro del partido estaba bien consolidada. Es en estos momentos cuando Kautsky empezó a teorizar un renacimiento del liberalismo de la mano de una nueva clase media, los empleados, que no ganaban tanto con la política colonial como perdían con el estallido de la guerra y el incremento de impuestos para costearla. Esto señalaba el camino para oponer una política diferente a la militarista y evitar la guerra. La alianza con los liberales y los llamamientos internacionales al desarme, que habían sido criticados por él mismo poco antes, se volvieron la mejor estrategia. En agosto de 1914 fue invitado en calidad de teórico a la reunión del grupo parlamentario del SPD en la que se discutiría la votación de los créditos de guerra. Al ver que no se aceptaría una abstención y después de dar varias vueltas a la cuestión, acabó proponiendo que se votara a favor, pero con el compromiso de que aquella guerra no se convirtiera en una guerra de conquista, es decir, de que no dejara de ser una «guerra nacional o defensiva», olvidando todas sus críticas pasadas a ese concepto. En cualquier caso, la frase que incluía este matiz sería eliminada en el último momento por el canciller.
Un mes después del estallido de la guerra en agosto de 1914, publicó Ultraimperialism. En él teorizaba que después de la guerra terminaría la fase imperialista y daría comienzo la fase superimperialista, en la que el progreso en la cartelización de la economía impulsara a las grandes potencias a constituir una «federación de los más fuertes que renuncie a la carrera armamentística». Aunque muchas de las críticas a su concepción del imperialismo se centrarían en este texto, entre ellas la de Lenin, esta teoría en realidad jugó un papel poco relevante en el debate histórico sobre el imperialismo. Los dos libros que sí lo jugarían serían La acumulación del capital (1913) de Rosa Luxemburg y El capital financiero (1910) del centrista Hilferding, sobre cuya estela se escribieron El imperialismo y la economía mundial (1915) de Bujarin e Imperialismo: la fase superior del capitalismo (1916) de Lenin.
El imperialismo en la izquierda de la socialdemocracia
Tan vilipendiada ha sido La acumulación del capital de Luxemburg como ensalzado el Imperialismo de Lenin por coetáneos y sucesores. Los análisis de los dos libros tienen ventajas y defectos, pero sobre todo —podemos decirlo con el beneficio de 100 años de historia, y solo gracias a él— ambos estaban equivocados. Dedicaremos poco tiempo al análisis del imperialismo de Rosa Luxemburg, por la densidad y complejidad de la explicación teórica, y por la sencillez de su refutación histórica. Por el contrario, el legado de Lenin y, a través de él, de Hobson y Hilferding es grande tanto en las corrientes revolucionarias como en las contrarrevolucionarias. Por ese motivo, lo analizaremos con más profundidad.
El capital financiero y los monopolios
Las dos influencias fundamentales en el texto de Lenin son Imperialismo: un estudio (1902) de Hobson y El capital financiero (1910) de Hilferding. Este segundo generó un impacto inmediato y fue aplaudido por toda la socialdemocracia como la legítima continuación de El capital. De hecho, es la base tanto del texto de Lenin como del de Bujarin, y de la noción de imperialismo de la mayoría de la Internacional Comunista. En su libro, Hilferding explica que el desarrollo del capitalismo conlleva un aumento de la composición orgánica y una caída tendencial de la tasa de ganancia, lo cual supondría dos consecuencias importantes. En primer lugar, implicaba un papel creciente del crédito y de las sociedades anónimas en la producción de valor, puesto que la alta composición orgánica exige grandes desembolsos en capital fijo y reduce la velocidad de rotación del capital. En segundo lugar, marcaba una tendencia a la conformación de monopolios para sobreponerse a la caída de la tasa de ganancia mediante la manipulación de los precios. Estos dos factores convertían a los bancos en los protagonistas de la fase actual del capitalismo, que se caracterizaría por el dominio del capital financiero.
El término «capital financiero» no se encuentra en Marx, que solo distingue categorialmente entre capital industrial, capital comercial y capital que devenga interés, y que cuando habla de «capitalistas financieros» lo hace como sinónimo de los poseedores de capital que devenga interés. Por el contrario, en Hilferding el capital financiero adquiere estatuto teórico por encima de los otros tres: es el capital bancario que tiende a unificar bajo su dominio el capital industrial, el comercial y el resto de formas de capital que devenga interés. La dependencia del crédito por parte del capital industrial hace que los grandes bancos se encuentren en una posición de poder para adquirir o directamente participar en la emisión de acciones de las grandes corporaciones industriales. Al poseer parte de muchas empresas, no les interesa que se hagan la competencia entre ellas, de manera que, junto con la natural cartelización de la economía, se reduce tendencialmente el papel que puede cumplir el comercio entre ellas. Por otro lado, al disminuir el papel de la competencia por la tendencia a la conformación de monopolios, tanto la Bolsa como la misma especulación tienden a perder su antiguo peso en virtud del dominio de los bancos.
Así pues, en Hilferding el capital financiero representa la tendencia a la unificación de todos los capitales bajo una misma categoría y por tanto a una reducción de la división social del trabajo, lo que corresponde a una progresiva desaparición de competencia en favor de un capitalismo cada vez más regulado, cada vez más organizado y planificado por las grandes corporaciones. Pero si desaparece la competencia y con ella la anarquía de la producción, deja de regir la ley del valor y se acaban también las crisis. Este aspecto en Hilferding es ambiguo. Por un lado, para él las crisis se pueden ver retardadas por la capacidad de los monopolios de reducir su producción para mantener los precios altos cuando cae la demanda, y porque la concentración bancaria y la disminución de la especulación reduce el riesgo de crisis financieras, pero en última instancia las crisis no pueden ser evitadas y, cuando estallan, los monopolios transfieren sus peores consecuencias a las empresas no monopolistas y a los consumidores. Por otro lado, sin embargo, Hilferding plantea abiertamente —y en esto no es ajeno al Kautsky de Ultraimperialism— que «no existe ningún límite absoluto para la cartelización. Más bien existe una tendencia a la extensión continua de la cartelización. Como ya hemos visto, las industrias independientes caen, cada vez más, bajo la dependencia de las cartelizadas para, al fin, ser absorbidas por ellas. Como resultado del proceso se daría entonces un “cartel” general».[18] Pero si hay un cártel general, no hay competencia y por tanto no hay crisis de sobreproducción. El mismo Lenin reconoce que, desde el punto de vista puramente abstracto, «el desarrollo conduce al monopolio; por tanto, va hacia un monopolio mundial único, hacia un trust mundial único. Esto es indiscutible»,[19] aunque insiste también en que es una vacuidad plantear las tendencias en abstracto y no verlas en las contratendencias del terreno real y concreto, en el que el desarrollo desigual del capitalismo hace que los monopolios no eliminen la competencia sino que existan «por encima y al lado de ella, engendrando así contradicciones, fricciones y conflictos agudos e intensos».[20]
Marx explica en varias ocasiones que el desarrollo del capitalismo conlleva un proceso de concentración y centralización del capital, en virtud del cual «cada capitalista liquida a otros muchos» y «se acrecienta también la rebeldía de la clase obrera, una clase cuyo número aumenta de manera constante y que es disciplinada, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso capitalista de producción».[21] Pero nunca afirma que exista una tendencia general a la formación de monopolios.[22] El aumento de la composición orgánica exige sumas cada vez mayores para destinar al capital constante y compensar con una mayor masa de ganancias la caída de su tasa, lo que impulsa la centralización de capitales en pocas manos, la conformación de sociedades anónimas y el recurso creciente al crédito. Puede llevar a la constitución de trusts y cárteles en momentos y sectores determinados, tanto para afrontar los elevados costes en capital fijo, como argumenta correctamente Hilferding, como para resistir a una competencia que se ha vuelto salvaje por el desarrollo de los medios de transporte y el salto en el nivel de mundialización del capital, como ocurrió en las últimas décadas del siglo XIX. Pero, pese a lo que podía parecer en las décadas que estamos tratando, esto no conducía a una cartelización general de la economía que progresivamente se iría sustrayendo a la competencia capitalista y por tanto a la ley del valor. Bien al contrario, es la competencia la que hace nacer estas formas de asociación y es la competencia la que las hace morir —no subsistir «por encima y al lado de ella»—, como le ocurriría a la United Alkali Trust citada por Engels en El capital.
Al mismo tiempo, las altas cotas de concentración de capital no son sinónimo de la capacidad para regular los precios. Sin lugar a dudas, una intensa automatización de la industria implica grandes desembolsos de capital adelantado y, por tanto, la necesidad de recurrir a formas de capital social —a través de sociedades anónimas o del crédito— para poder poner en marcha la producción y obtener la masa de ganancias suficientes. Las grandes corporaciones se mantienen así no por su poder coercitivo, extraeconómico, de manipulación del mercado, sino porque, gracias a la economía de escala, su tamaño les permite mantener un capital fijo actualizado conforme a los últimos desarrollos tecnológicos y competir en productividad con el resto de empresas, obteniendo de esta forma plusganancias que no tienen que ver con una situación monopólica, sino con la reducción del tiempo de trabajo por debajo del tiempo socialmente necesario.
Por último, y como explicábamos arriba, la categoría de capital financiero es ajena en Marx, para quien el desarrollo del capitalismo supone un aumento de la división social y técnica del trabajo y no su simplificación bajo un poder unitario. Si bien el crédito, como promesa de valor futuro, ocupa un papel fundamental en el capitalismo actual y de hecho es un órgano de respiración artificial importantísimo a medida que se incrementa su disfuncionalidad, ello no ha otorgado a la banca el papel que le da Hilferding en su libro. Los capitales industriales son dependientes del crédito, pero independientes de las empresas de crédito específicas, gracias precisamente a que los capitalistas financieros también compiten entre sí por colocar sus préstamos. Además, lejos de desaparecer, el capital comercial adquiere una importancia creciente a medida que aumenta la productividad del capital y hay más mercancías que vender; de ahí el desarrollo de la publicidad desde inicios del siglo XX y la centralidad de la logística en las últimas décadas.
Si bien era comprensible pensarlo en la época, hoy en día, a 100 años vista, podemos comprobar que la economía no se encuentra controlada por un puñado de organizaciones dominadas por el capital financiero que escapan al determinismo del valor. Tenemos un buen ejemplo en el sector de las telecomunicaciones, que pasó en muchos países de un monopolio estatal a una liberalización con dos o tres grandes empresas que se repartían el mercado, y después a una multiplicación de compañías low-cost que llevan los últimos 10 años protagonizando una guerra de precios en el sector. Si miramos al sector tecnológico, gigantes multinacionales como Google, Microsoft o IBM ocupan buena parte de él, pero ello no impide la emergencia de nuevos actores que compiten contra ellos —con Silicon Valley como incubadora— ni situaciones de guerra abierta entre sí por el aumento de la productividad y el abaratamiento de costes, como estamos viendo en la carrera actual por el desarrollo de la inteligencia artificial o de la computación cuántica. Las fuerzas productivas no pueden detenerse en el capitalismo, porque son el resultado de la competencia y constituyen con ella la más íntima esencia del capital.
Parasitismo, naciones oprimidas y aristocracia obrera
Mientras que el libro de Hilferding tendría un impacto fundamental en toda la socialdemocracia, el de Hobson no fue muy conocido en el continente.[23] Hobson era un socialista liberal que rompió con la Sociedad Fabiana por su defensa del Imperio británico en la Segunda Guerra de los Boers. En Imperialismo: un estudio, afirmaba que el imperialismo se debía a un problema de subconsumo. En la medida en que los salarios de los trabajadores no permitían realizar todo el valor producido, se creaba un exceso de mercancías por vender y de capitales en busca de rentabilidad. Las colonias ofrecían nuevos mercados y destinos para exportar capital, y los grandes capitalistas industriales y de las finanzas —en artículos anteriores de Hobson, todos ellos judíos— habían corrompido el Estado para promover su política colonial, que no era un buen negocio para la nación. Así, el aumento de la deuda pública y los impuestos, la brutalidad de la dominación colonial y el militarismo no pararían hasta que no se promovieran mejores salarios para el proletariado nacional y el capital pudiera volver a casa. Mientras tanto, la metrópoli viviría a costa de sus colonias como un parásito, como en el Imperio romano la aristocracia y los proletarii vivían a costa de los esclavos y los tributos de las provincias orientales, y entraría en una profunda decadencia.
En su texto Lenin retoma estas ideas, pero explica los bajos salarios por la desproporción inherente al capital entre industria y agricultura, propia de su crecimiento desigual, y desecha así toda posibilidad de reforma. También reivindica de Hobson la idea del parasitismo propio del imperialismo, que Hilferding no incluye en su análisis. En la fase imperialista, que se caracteriza para Lenin por la exportación de capital frente a la fase librecambista en que se exportaban mercancías, se crea una «capa rentista» que tiene acciones en grandes empresas o les presta dinero, las cuales exportan su capital a países más pobres o a las colonias y explotan allí el trabajo a precios muy bajos. Al mismo tiempo, gracias a los superbeneficios de los monopolios se consigue «sobornar» a una capa superior del proletariado, la aristocracia obrera, de la que serían representantes los «oportunistas» de la II Internacional y que permitiría explicar la debacle de 1914. Así, la exportación de capital
imprime un sello de parasitismo a todo el país, que vive de la explotación del trabajo de unos cuantos países y de las colonias de ultramar. […] Por este motivo, la noción de “Estado rentista” (Rentnerstaat) o Estado usurario ha pasado a ser de uso común en las publicaciones económicas que abordan el imperialismo. El mundo ha quedado dividido entre un puñado de Estados usurarios y una vasta mayoría de Estados deudores.[24]
Nótese que, bajo esta concepción, el imperialismo deja de ser una característica mundial del capitalismo, para convertirse en el atributo de algunos Estados que, habiendo alcanzado la fase imperialista por el desarrollo de su capital nacional, ya no deben su prevalencia a la productividad del trabajo. De hecho, con el desarrollo de monopolios propio de esta fase «desaparecen en cierta medida los factores que estimulan el avance técnico», entrando en el estancamiento y la decadencia. Su predominio mundial se explica entonces por la acumulación pasada de capital, que les permite exportar esos capitales y “vivir de las rentas”, y por el monopolio y expolio de las colonias, sus recursos naturales y su mano de obra semiesclava, del que una parte de la población nacional viviría parasitariamente. No sería entonces la competitividad del capital lo que le da su posición sobre el mercado mundial, sino a la inversa, es su mano férrea sobre las colonias lo que le permite mantenerse a flote en la competencia, de ahí la necesidad de la guerra:
La posesión de colonias es lo único que le garantiza el éxito completo al monopolio en su pugna con los competidores, incluso en el caso de que éste quiera protegerse mediante una ley que establezca un monopolio del Estado. Cuanto más desarrollado está el capitalismo, cuanto más se hace sentir la escasez de materias primas, cuanto más cruda es la competencia y la búsqueda de fuentes de materias primas en todo el mundo, más encarnizada es la lucha por la posesión de colonias.[25]
En esta línea seguía también a Hilferding, para el que otra consecuencia importante de la tendencia al monopolio consistía en la exportación de capital y el dominio colonial. El capital financiero había transformado para Hilferding el papel de los aranceles. De ser una medida «educativa» para el capital nacional, de cara a protegerlo frente a la mayor productividad de los capitales extranjeros y permitir su desarrollo antes de lanzarlo a las arenas del mercado mundial, había pasado a ser una medida para que los monopolios nacionales pudieran elevar los precios artificialmente a costa del consumidor y de las empresas no monopólicas, obteniendo un beneficio por encima del ya conseguido mediante la cartelización. Aunque los cárteles no podían dejar de invertir del todo en los nuevos desarrollos tecnológicos si no querían que los outsiders se convirtieran en una amenaza, los aranceles suponían «un impedimento para el desarrollo de las fuerzas productivas y, con ello, para el de la industria, [al mismo tiempo que] para la clase de los capitalistas significa directamente un aumento de los beneficios». Por ello, en palabras de Lenin, que extrema los planteamientos de Hilferding a partir de la idea de parasitismo, «el monopolio capitalista engendra inevitablemente la tendencia al estancamiento y la decadencia».[26] Al mismo tiempo, las plusganancias monopólicas obtenidas por la regulación de los precios y los aranceles les impulsaban a ampliar la producción en el extranjero exportando capital, y les permitían aumentar su competitividad mediante el dumping, la venta de sus mercancías por debajo de los precios de producción.
Pero la exportación de capital requiere un control directo del territorio, a diferencia del intercambio comercial, para asegurar el retorno de sus ganancias. La conquista de las colonias queda explicada de esta forma, y en consecuencia la guerra se explica como pugna por las colonias. El capital financiero significa entonces imperialismo, aumento de la opresión nacional. En palabras de Lenin:
El imperialismo es la época del capital financiero y de los monopolios, que provocan en todas partes una tendencia a la dominación, y no a la libertad. Sea cual sea el régimen político, el resultado de esa tendencia es la reacción abierta y la extrema intensificación de las contradicciones en este campo. Particularmente se intensifica la opresión nacional y la tendencia a las anexiones, es decir, a la violación de la independencia nacional (pues la anexión no es más que la violación del derecho de las naciones a la autodeterminación). Hilferding señala bien la relación entre el imperialismo y la intensificación de la opresión nacional.[27]
De ahí que, a diferencia de Luxemburg como veremos más adelante, para Lenin siga siendo importante mantener el concepto de «guerra defensiva» en el vocabulario marxista, pese a sus consecuencias nefastas en 1914. El imperialismo implica la decadencia y el parasitismo de las naciones opresoras, donde se genera una aristocracia obrera que comparte el botín con su burguesía, mientras que alimenta los movimientos anticoloniales en las naciones oprimidas. Si el dominio de las naciones opresoras ya no se sustenta tanto en la productividad sobre el mercado mundial a partir de la explotación del proletariado, sino que descansa fundamentalmente sobre el expolio y la fuerza militar, entonces los procesos de descolonización harían tambalearse el poder de la burguesía en las metrópolis y abrirían una oportunidad para el asalto del proletariado. Bajo esa óptica, con una táctica y una estrategia correctas llevadas a cabo por un partido comunista con claridad y determinación, los intereses de los pueblos oprimidos y los del proletariado occidental se vincularían en una misma lucha común.
En esta serie de razonamientos, la lógica del valor brilla por su ausencia. El mercado mundial y la relación entre los Estados dejan de estar regidos por el funcionamiento impersonal y automático del valor, que en virtud de la competencia da el predominio a los capitales más productivos, y empiezan a estarlo por los monopolios, es decir, por la manipulación de los precios gracias a la situación de privilegio en que se encuentran las grandes corporaciones de algunos países, y por la cantidad de colonias para expoliar en su nómina. De la misma forma, el salario de la aristocracia obrera deja de ser la fracción del valor producido que sirve para reproducir la fuerza de trabajo, y empieza a tener una parte externa, no producida por el trabajador sino traída de fuera, por los beneficios de monopolio que se extraen de la explotación de otros países.
Para Lenin esto siempre fueron tendencias y no afirmaciones absolutas, puesto que el desarrollo desigual del capitalismo garantizaba que los monopolios convivieran con los capitales individuales en libre competencia —manteniendo las crisis económicas—, que las potencias no estuvieran satisfechas con la porción otorgada en el reparto del mundo —empujándolas a la guerra— y que la mano de obra de los países atrasados migrara hacia los países imperialistas —presionando así los salarios a la baja y armonizándolos con los del resto del mundo—. Era fundamental que así fuera, puesto que de lo contrario habría debido dar credibilidad a los revisionistas con el apaciguamiento de las contradicciones capitalistas y a la previsión de Kautsky de una fase superimperialista. Bien al contrario, el suyo era un texto de combate en medio de la batalla política por trazar claramente la separación entre los revolucionarios y el centro de la II Internacional, en un contexto en el que muchos compañeros como Trotsky, Luxemburg o Roland-Holst todavía eran favorables a compartir con el centro una misma organización.
En sus combates, como explicó en varias ocasiones, Lenin siempre torcía el bastón. Por eso es importante entender el contexto en que escribía sus textos y el propósito político con el que los escribía. En este caso, se trataba de afirmar de forma perentoria tanto el carácter estructural de la catástrofe capitalista —frente al centro y la derecha de la Internacional— como la madurez de la situación para la revolución comunista. Sin embargo, las dos ideas que se avanzaban aquí, la de un mundo repartido entre unos pocos Estados parásito y la de una aristocracia obrera que disfrutaba de su parte del botín, tendrían graves consecuencias en la claridad de los comunistas respecto a los movimientos de liberación nacional.[28]
Más allá de Lenin, la noción de aristocracia obrera estuvo muy presente en buena parte de la izquierda de la socialdemocracia en estos años. En el fondo, se trataba de una explicación intuitiva: la II Internacional había traicionado y el patriotismo había cundido en el proletariado porque el imperialismo les había beneficiado materialmente hasta que estalló la guerra. También era un buen recurso en la batalla contra el centro y la derecha, que habrían sido corrompidos y se habrían vendido por las migas del botín expoliado a las colonias. Por último, y como señalaba el propio Lenin en Imperialismo, encontraba apoyo en afirmaciones de Engels sobre el movimiento obrero inglés.[29] Sin embargo, ni hay base empírica para afirmar que las ganancias coloniales hubieran repercutido sensiblemente en la creación de empleo o el alza de salarios,[30] ni como decíamos se adecúa a la comprensión marxista de la economía capitalista, donde los salarios de los trabajadores corresponden a una parte del valor que producen ellos mismos y las diferencias de salario entre los distintos sectores y países tienden a correlacionarse con la productividad del trabajo, más allá de las oscilaciones de la oferta y la demanda en el mercado laboral. Sin lugar a dudas, el patriotismo y el racismo fueron elementos de cohesión interclasista en los momentos más altos de entusiasmo militarista y sin ellos no habría sido posible el inicio de la Primera Guerra Mundial, pero fueron más producto que factor de esta situación.
Si bien hubo una base material para el pasaje de la socialdemocracia al partido del orden burgués, esta no tenía nada que ver con el reparto del botín colonial. Como explicamos más arriba, las viejas tácticas del sindicalismo, de la lucha por derechos políticos y del parlamentarismo una vez que estos se habían conseguido, no manifestaron toda su potencia conservadora hasta que el capitalismo pudo ir más allá de un paradigma de explotación de plusvalor absoluto, y hasta que la burguesía no empezó a aprender que el diálogo social pagaba más que el enfrentamiento constante, con la Rerum novarum (1891) de León XIII como muestra de esta toma de conciencia. Como explicaba bien el propio Bernstein, estas tácticas impulsaban a una adhesión patriótica por un Estado que ya no sería de clase, sino benefactor de toda la nación. Por último, la separación entre programa máximo y programa mínimo, que era fundacional en la II Internacional desde el programa de Erfurt, facilitó que estas tácticas fueran extendiéndose como una metástasis —de la práctica a la teoría, del ser a la conciencia— por los partidos socialdemócratas. Pese a hablar también de aristocracia obrera en otro apartado, Gorter intuyó bien en El imperialismo, la guerra y la socialdemocracia (1914) la importancia de esta separación para explicar la debacle de la Internacional:
Pero esta Internacional, estos partidos nacionales no se preocuparon más que de los problemas nacionales y de los intereses a corto plazo de la clase obrera.
Todos los partidos nacionales se volcaron en los problemas de la legislación, del parlamentarismo, de las elecciones. Todos los sindicatos se lanzaron sobre la cuestión de los aumentos de salario y la disminución de la jornada de trabajo, sobre la protección social de sus adherentes, etc.
A decir verdad, tenían un programa perfectamente socialista nacido del genio de Marx.
Pero este programa no era sino teoría, propaganda común, pero no era acción.
En los partidos nacionales no se planteó nunca la pregunta: ¿capitalismo o socialismo, reforma o revolución?
La socialdemocracia no se había corrompido. No había traicionado. Simplemente se había ido transformando al caminar por el surco marcado por su propia práctica sindical y parlamentaria, hasta consumar su pasaje al campo de clase enemigo.
Por su parte, la idea de unos pocos Estados parásito que se repartían el mundo sería la base para la distinción entre naciones oprimidas y naciones opresoras, que vertebró la posición de la mayoría de la Internacional Comunista sobre la cuestión nacional y las luchas anticoloniales, como explicó Lenin en su Informe de la comisión para los problemas nacional y colonial (1920). Si bien en los primeros años de la IC se hizo énfasis en mantener la autonomía de clase y los intereses internacionales del proletariado como principios rectores de la estrategia comunista en las luchas anticoloniales, el apoyo a los movimientos de liberación nacional fue desde el mismo inicio muy problemático —baste recordar los llamamientos a la yihad contra el imperialismo por parte de Zinoviev en la Conferencia de Bakú (1920)— y sentaría las bases para la justificación estalinista de la política imperialista rusa hacia las luchas anticoloniales.
Imperialismo y expansión colonial
Pero más allá de la confusión con el nacionalismo que generaba esta estrategia y que facilitó la tarea posterior de la contrarrevolución, no puede sostenerse con argumentos marxistas que la conquista de las colonias, el expolio de sus recursos naturales y el sometimiento de sus poblaciones, fueran la base sobre la que se erigía el poderío de las potencias occidentales.[31] Al contrario, una vez que los brutales procesos de acumulación originaria tanto sobre el campesinado europeo como sobre la América precolombina y África occidental hubieron permitido al capitalismo dar sus primeros pasos, y que por una u otra vía se transformaron los viejos Estados absolutistas en una maquinaria apta para asegurar las condiciones de acumulación del capital en el territorio, el capitalismo comenzó a desarrollarse sobre sus propias bases: la reproducción ampliada de capital mediante la explotación creciente de la fuerza de trabajo y la pugna en el mercado mundial. Como explicábamos arriba, la ocupación de nuevos territorios era un procedimiento caro e ineficiente para las necesidades del capital, a las que se adecuaban más la política de “puertas abiertas” practicada hasta entonces por el librecambismo y el imperialismo de portaaviones aplicado a partir de la Segunda Guerra Mundial. ¿A qué se debió entonces la expansión colonial del último cuarto del siglo XIX y principios del siglo XX?
La explicación que le dio la mayor parte de la II Internacional a semejante cambio consistía en que el grado de concentración del capital había llevado a la formación de monopolios y grandes asociaciones empresariales tan poderosas como para hacer inclinarse a los Estados, hasta entonces neutrales frente a la pugna entre los capitalistas individuales, a sus necesidades. Como decíamos, para Hilferding estas necesidades pasaban por la imposición de aranceles proteccionistas para mantener elevados los precios en el mercado interior y obtener plusganancias a costa de los consumidores y pequeños capitalistas, y por la conquista de nuevas colonias que permitieran crear nuevos mercados, obtener materias primas baratas y ser destino para la exportación de capitales, desahogando así la contención aplicada en el plano nacional. Tanto para él como para Lenin, el elemento demarcatorio estaba por tanto en la exportación de capital, que exigía un control del territorio mucho más directo que el de la apertura de nuevos mercados porque el capital quedaba fijado allí y las inversiones tenían un retorno más largo.
Sin embargo, hoy en día sabemos que la gran masa de capitales que se exportaron no fue a parar a las colonias recién conquistadas, sino a las antiguas colonias ya independizadas o a punto de serlo, como Estados Unidos, Argentina, Australia, Canadá o Sudáfrica.[32] Por tanto, la relación entre la cartelización y la expansión colonial debía de ser más compleja. Conforme a lo que se analizó en la época, la Segunda Revolución Industrial aumentó la productividad y aceleró las vías comerciales y de comunicación en todo el mundo, lo que elevó la composición orgánica, fue haciendo caer la tasa de ganancia e incrementó la competencia entre capitales, que ahora se enfrentaban cara a cara con el mercado mundial. Todo ello se manifestó con el hundimiento de los precios en el último cuarto de siglo y una sobreacumulación creciente de capitales que exacerbó la competencia por encontrar nuevos espacios de inversión.
A primera vista, esto aparecía como un excedente de mercancías irrealizable debido al nivel de los salarios (Hobson) o como un excedente de capital que los monopolios no hacían posible ni deseable invertir en el mercado nacional (Hilferding), pero ambas explicaciones colocaban un pie fuera de las categorías del capital para situar el problema en las voluntades de la clase dirigente. A la inversa, como se explicará más adelante, el problema no era un exceso de valor para las capacidades del mercado, sino una falta de productividad suficiente para compensar la caída de la tasa de ganancia con el grado de explotación y una mayor masa de ganancias.
Fueron dos los mecanismos principales con los que se enfrentó la crisis: la mayor centralización de capitales en forma de trusts y cárteles, y la exportación de capitales en busca de tasas de rentabilidad más elevadas fuera de sus fronteras nacionales. En cuanto a esta última, el motivo era interno a la lógica del capital. No se debía al subconsumo que estaría provocando la cartelización, sino a que los países de un capitalismo más joven y las zonas que aún no eran capitalistas permitían oportunidades de inversión en sectores con una composición orgánica mucho más baja y por tanto mayores tasas de ganancia. La colonización ofrecía materias primas sin un terrateniente que reclamara —o estuviera en condiciones de reclamar— su renta de la tierra sobre el plusvalor obtenido, así como una mayor tasa de plusvalor absoluto sobre los trabajadores de la región, pero a la vez era una empresa arriesgada para los capitales privados. Si no se tenían que enfrentar a rebeliones y otras formas de resistencia de los trabajadores y campesinos expropiados, que a distintas intensidades eran permanentes debido a la brutalidad colonial, se enfrentaban a una naturaleza imponente que, ya fuera a través de fenómenos meteorológicos extremos, ya a través de los múltiples peligros de territorios con una fauna y flora casi vírgenes, ponía en riesgo constante sus inversiones. Por el contrario, los países capitalistas periféricos como Argentina o Australia ya habían sido adecuados a las condiciones de acumulación del capital, eran más seguros desde el punto de vista político e institucional y estaban en pleno crecimiento por el abaratamiento de los medios de transporte que había permitido la Segunda Revolución Industrial. De ahí que el gran flujo de capitales fuera hacia ellos.
La intensificación del comercio mundial y la depresión de los precios había impulsado a las empresas a la cartelización, sobre todo en aquellos sectores más vulnerables a las oscilaciones de la competencia por su gran cantidad de capital fijo, como había apuntado correctamente Hilferding. Pero, a diferencia de lo que este concluía, lo que motivó a los gobiernos a abandonar el discurso librecambista y empezar una carrera por la imposición de aranceles y otras políticas proteccionistas no fue asegurar plusganancias a sus capitales monopolistas, sino sencillamente que la competencia extranjera no arrasara con la industria nacional.
Este hecho, sin embargo, aceleró un proceso subterráneo y que estaba afectando directamente al orden jerárquico establecido en el mercado mundial, donde Inglaterra y Francia habían mantenido hasta entonces la primacía. Con el salto de productividad de la segunda mitad del siglo XIX, se asistió al desarrollo acelerado de nuevas potencias capitalistas como Estados Unidos, Alemania y Japón, que amenazaban con poner en cuestión la hegemonía industrial y comercial que había podido mantener hasta entonces el Imperio británico. También impulsó a la expansión al Imperio zarista que, aunque fuera una potencia débil, como testimonió su derrota frente a Japón en 1905, seguía siendo un actor relevante en Asia central y oriental. A partir de la década de los 80, la depresión económica, la fuerte competencia en el mercado mundial, el inicio de la carrera por los aranceles y la amenaza que se cernía sobre el mantenimiento del orden internacional vivido hasta entonces, hicieron de combustible para la conquista de las colonias. El simple riesgo de que territorios estratégicos económica o militarmente para una potencia cayeran en la esfera de influencia de otra supuso a menudo un motivo suficiente para la dominación colonial, tanto más con la amenaza de que se extendieran a ellos las medidas proteccionistas.
A esto hay que añadir un último factor de desestabilización. El enorme salto de productividad del capital no solo afectaba a las potencias capitalistas, sino que suponía una convulsión generalizada para el resto de territorios. Los primeros en recibir el impacto fueron el Imperio otomano y el Imperio chino, cuya dificultad para imponer y desarrollar las relaciones sociales capitalistas en un proceso semejante al de los países de Europa occidental y Japón, les hizo entrar en un estado de creciente fragilidad y finalmente de descomposición del que sacarían partido las potencias europeas, pero que también por ese motivo incrementaría las tensiones y los conflictos abiertos entre estas para hacerse con un mayor pedazo del botín.
Por otro lado, el contacto de las sociedades tradicionales con las relaciones sociales capitalistas conllevaba invariablemente una fuente de desestabilización política y social, como bien analizó Rosa Luxemburg en La acumulación del capital. Se introdujeran o no por la fuerza, las relaciones mercantiles deshacían los viejos órdenes de las comunidades precapitalistas y acentuaban los conflictos sociales en su interior, así como minaban el poder político que los sostenía cuando se trataba de sociedades de clase. A veces una potencia apoyaba a una facción frente a otra sostenida por la potencia contraria. A veces simplemente la inestabilidad ponía en riesgo los negocios occidentales allí establecidos y los capitalistas presionaban a sus gobiernos para restablecer el orden. De una u otra forma, esto solía acabar con la creación de una nueva colonia, como ocurrió en el caso de las islas Fiyi, y una nueva turbulencia en el complejo equilibrio de intereses imperialistas en la región. En aquel momento, la dominación colonial se presentaba como la forma más sencilla de enfrentar las turbulencias y asegurarse esa pieza en el tablero de ajedrez internacional.
Cuando Lenin hablaba de que «el “vínculo personal” entre la banca y la industria se completa con el “vínculo personal” de ambas con el gobierno»,[33] estaba dando una explicación a un cambio real en el papel del Estado, que empezaba a tener una intervención mucho más activa para garantizar las ganancias capitalistas, pero a partir de una lectura equivocada por la perspectiva teórica de la cartelización de la economía. Conforme a la idea de un capitalismo más organizado y controlado por el capital financiero, un capitalismo que iba perdiendo sus determinaciones objetivas y automáticas, también el Estado iba dejando de ser ese capitalista colectivo, esa junta de administración de los negocios comunes de la burguesía, para convertirse en el mero instrumento de un puñado de magnates.
El Estado capitalista no es neutral, a diferencia de lo que decían los revisionistas, porque siempre vela por el cumplimiento de los intereses generales de su capital nacional y actúa para garantizar las condiciones de su acumulación en la competencia con los capitales de otros países. Pero tampoco está al servicio de un grupo específico de capitalistas que dicta su actuación en función de sus necesidades particulares. Sin lugar a dudas las necesidades de los grandes capitalistas del país son tenidas en cuenta, y siniestros personajes como Cecil Rhodes tuvieron mucha influencia en la política exterior del Imperio británico. Pero el Estado capitalista no puede ejercer su función, que consiste en colocarse por encima de las clases sociales para garantizar los intereses del capital en general, si responde sistemáticamente a los intereses de algunos capitalistas particulares. La competencia que enfrenta a los capitalistas entre sí lo desgarraría. Por ello los Estados de la época no se comprometían con el establecimiento de colonias si no había un motivo que pudiera entenderse «de interés nacional» y si no se habían agotado las alternativas de comercio e inversión privadas, sin necesidad de intromisión estatal. Un ejemplo de esto podrían ser los casos de Túnez y Egipto, que respectivamente Francia e Inglaterra se resistieron a convertir en colonias —pese a llevar décadas con inversiones en deuda e infraestructuras— hasta que la amenaza de que otra potencia competidora se hiciera con ellas —Italia en el caso de Túnez, Francia en el de Egipto— y la inestabilidad política del país les convenció de hacerlo.
Aunque Hilferding y Lenin tenían razón en señalar que la exportación de capitales creaba la necesidad de un mayor control del territorio para garantizar el retorno de las inversiones, el motivo de la expansión colonial de finales del XIX se muestra hoy en día como algo más complejo. Desde luego, no hay que buscarlo en las necesidades particulares del capital financiero ni en su capacidad de corromper la maquinaria estatal, sino de forma más general en el problema de rentabilidad que provocó el desarrollo de la productividad de la Segunda Revolución Industrial y el problema que acarrearía las soluciones que se le dieron. La necesidad de obtener una mayor rentabilidad impulsó a invertir en territorios con sectores con menor composición orgánica, tanto capitalistas como extracapitalistas. El salto de productividad aumentó la demanda de materias primas e hizo de su satisfacción un negocio rentable. Todo ello impulsó el comercio colonial. Pero la carrera por la conquista de las colonias a finales de siglo sería inexplicable si la configuración del orden mundial mantenido desde 1763 con el final de la Guerra de los Siete Años no hubiera empezado a derrumbarse. Este proceso generó el miedo a que la nación oponente se hiciera con el territorio e impidiera o dificultara el acceso a esas materias primas, un miedo justificado por el alza de medidas proteccionistas para proteger los capitales nacionales de la competencia mundial. Cuando no se trataba de una región económicamente estratégica, lo era desde el punto de vista geopolítico y militar, en la preparación para la futura guerra que, a los ojos de todos, la desestabilización de la configuración imperialista mundial desencadenaría antes o después.
De esta forma, el colonialismo desempeñó la función de las revoluciones burguesas en Europa occidental, imponiendo una adecuación del territorio y del propio poder político a las condiciones de acumulación del capital. Como sabemos, con esto no se generaban economías independientes y diversificadas, como lo haría un desarrollo endógeno de las relaciones capitalistas, sino que las sesgaba hacia la exportación de materias primas y las necesidades oscilantes del mercado mundial. Sin embargo y pese a las afirmaciones de la corriente dependentista y poscolonial, ello no supuso el estancamiento y la dependencia estructural de estos territorios hacia sus metrópolis, como demuestra desde hace décadas el crecimiento de los BRICS y la aspiración de China a la hegemonía mundial. Tampoco los recursos de las colonias fueron más allá de un alivio temporal para las necesidades de valorización permanente del capital, de ahí que los procesos de descolonización no supusieran un grave impacto para las economías del centro capitalista.
En cualquier caso, el salto de socialización del capitalismo a finales del siglo XIX tendría enormes consecuencias para la configuración del orden mundial, la extensión de las relaciones capitalistas a cada esquina del planeta y para las perspectivas de futuro de las clases dominadas en todas partes, unificadas a partir de aquel momento por un mismo modo de producción. El aumento de la productividad había situado nuevos actores en el escenario mundial, había carcomido los cimientos de los antiguos y se preparaba para sacudir la jerarquía entre Estados capitalistas que se había mantenido indiscutida desde hacía un siglo. Esto lo haría de la única forma en que puede darse una reconfiguración del orden mundial en el capitalismo: a través de la guerra, de una guerra cuya barbarie estaba a la altura de la potencia productiva recién liberada por el capital.
Competencia, socialización y decadencia
En el fondo de toda esta discusión se encuentra el problema de cómo entender el desarrollo de un modo de producción y la forma en que engendra el siguiente, así como la especificidad histórica del capitalismo en esta sucesión. Es en esta cuestión de método donde se origina la distinta apreciación entre Marx y la socialdemocracia de la tendencia a la concentración de capital.
Para Marx el capital es unidad en la contradicción. Los capitalistas se enfrentan entre sí por vender sus productos y es gracias a este enfrentamiento, a esta competencia, que se pueden comparar entre sí las mercancías e igualar sus tiempos de trabajo para establecer un tiempo de trabajo socialmente necesario, es decir, su trabajo abstracto, su valor. En el capitalismo, el trabajo privado solo puede hacerse social a través de la competencia en el mercado, es decir, realizando su valor como mercancía. Así, la ley del valor solo rige en la sociedad gracias a la competencia. Y solo gracias a esta puede haber una nivelación de la tasa de ganancia por la que los capitalistas, independientemente de la composición orgánica del sector en el que inviertan, obtienen una ganancia media conforme a la cantidad de capital invertido. Como si de una sociedad por acciones se tratara, la globalidad de la clase capitalista explota de esta forma a la globalidad del proletariado. En otras palabras, es gracias a la competencia de los muchos capitales que el capital se constituye como totalidad social, como totalidad en movimiento, como unidad en contradicción:
([…] hasta ahora nunca los economistas han analizado la libre competencia, por más que charlen de ella y por más que la conviertan en el fundamento de toda la producción burguesa, asentada en el capital. Sólo se la concibe negativamente: es decir, como negación de monopolios, corporaciones, disposiciones legales, etc. Como negación de la producción feudal. Sin embargo, la libre competencia tiene que ser también algo para sí, ya que un simple 0 es una negación huera, abstracción de una barrera que, por ejemplo bajo la forma de monopolio, monopolios naturales, etc., de inmediato se vuelve a erigir. Por definición, la competencia no es otra cosa que la naturaleza interna del capital, su determinación esencial, que se presenta y realiza como acción recíproca de los diversos capitales entre sí; la tendencia interna como necesidad exterior.) (El capital existe y sólo puede existir como muchos capitales; por consiguiente su autodeterminación se presenta como acción recíproca de los mismos entre sí.)[34]
En el capitalismo el trabajo es privado y solo se vuelve social compitiendo en el mercado. Ahora bien, esta competencia impulsa a una socialización creciente de la producción. En primer lugar acaba con el artesanado y las primeras formas de manufactura, donde un solo individuo se encarga de todo el proceso productivo. Lo hace imponiendo una simplificación de las tareas y una organización de la producción en la que el individuo se incorpora al trabajo asociado del resto de obreros y que tiene como centro la máquina, ese nudo dialéctico que es al mismo tiempo intelecto social cosificado y ejemplo máximo de alienación, como explica Marx en el Fragmento de las máquinas.
Pero también el desarrollo del capitalismo supone, como explicábamos antes, la necesidad de invertir masas cada vez mayores de capital y por tanto que los propios capitalistas tengan que asociarse, ya sea directamente a través de su participación en una misma empresa, ya indirectamente a través del crédito mediante instituciones bancarias o mediante la inversión en bolsa. Esto se acompaña del incremento tanto de la concentración y centralización del capital, por la que se conforman grandes complejos empresariales gobernados por una junta directiva, como de la división social del trabajo y la multiplicación de empresas que se especializan en una parte de la cadena de producción, hoy en día ya repartidas por todo el planeta. Tanto el desarrollo del trabajo asociado como la propia asociación del capital, en definitiva, la creciente socialización de la producción, son la consecuencia necesaria de la competencia —que es intrínseca al carácter privado del trabajo en el capitalismo— y del desarrollo de las fuerzas productivas a que empuja.
Así como la división del trabajo genera aglomeración, coordinación, cooperación, y genera la antítesis de los intereses privados, [o sea] los intereses de clase, [y del mismo modo] la competencia genera concentración del capital, monopolio y sociedades por acciones —todas formas antitéticas de la unidad, la cual es fuente de la antítesis misma—, así el cambio privado genera el comercio mundial, la independencia privada una dependencia completa con respecto al llamado mercado mundial, y los actos de cambio fragmentados, un sistema bancario y crediticio cuya contabilidad cuanto menos verifica los saldos del cambio privado.[35]
Esta antítesis entre trabajo privado y socialización, entre competencia y concentración de capital, existe desde el inicio del capitalismo y se va intensificando con su desarrollo, haciéndose cada vez más explosiva. Como continúa Marx:
En el ámbito de la sociedad burguesa fundada en el valor de cambio se generan tanto relaciones de producción como comerciales que son otras tantas minas para hacerlas estallar. (Una gran cantidad de formas antitéticas de la unidad social, cuyo carácter antitético, sin embargo, no puede ser nunca hecho estallar a través de una metamorfosis pacífica. Por otra parte, si la sociedad tal cual es no contuviera, ocultas, las condiciones materiales de producción y de circulación para una sociedad sin clases, todas las tentativas de hacerla estallar serían otras tantas quijotadas.)[36]
A medida que el capitalismo se va preñando de las «condiciones materiales de producción y de circulación para una sociedad sin clases» sus contradicciones se vuelven más explosivas, y las soluciones temporales que encuentra el capital para afrontarlas se hacen cada vez más inestables y menos duraderas. Por ello mismo, no se puede acabar con su carácter antitético mediante una metamorfosis pacífica.
La comprensión de esto es esencial para entender la forma en que este modo de producción engendra el comunismo. No lo hace de forma gradual, haciendo desaparecer uno de los términos de la contradicción mientras se desenvuelve el otro. La socialización del capital no se consiste en un «mero punto de transición» en un proceso de transformación gradual hacia la nueva sociedad, sino en un momento de autonegación del capital que se supera temporalmente perfeccionándolo «en una figura nueva». Si la contradicción parece resolverse prima facie, en la fotografía del momento, vuelve a aflorar poco después con nuevas características.
[La sociedad por acciones] constituye la abolición del modo capitalista de producción dentro del propio modo capitalista de producción, y por consiguiente una contradicción que se anula a sí misma, que prima facie se presenta como mero punto de transición hacia una nueva forma de producción. Se presenta luego en la manifestación, también, como tal contradicción. […] En el sistema accionario ya existe el antagonismo con la antigua forma en la cual el medio social de producción se manifiesta como propiedad individual; pero la trasmutación en la forma de la acción aún queda prisionera, ella misma, dentro de las barreras capitalistas; por ello, en lugar de superar el antagonismo entre el carácter de la riqueza en cuanto riqueza social y en cuanto riqueza privada, sólo lo perfecciona en una figura nueva.[37]
Por el contrario, Hilferding y Kautsky sí entendían la tendencia a la concentración del capital como un proceso acumulativo y gradual, donde progresivamente iba perdiéndose el papel de la competencia. No eran revisionistas. Seguían afirmando la necesidad de la revolución, que entendían como la toma del Estado por parte del proletariado, para poder acabar con el capitalismo. Pero en la idea de Kautsky de un trust mundial que garantizaría la paz en la fase superimperialista y en la idea de Hilferding de un cártel general que unificaría todas las formas del capital y acabaría con la división social del trabajo y el dinero, estaba presente la comprensión de un capitalismo que iba dejando de ser él mismo, que iba perdiendo su lógica automática y objetiva y se convertía en otra cosa, todavía una sociedad de clases —puesto que el proletariado no había tomado el poder—, pero ya no una sociedad regida por el fetichismo de la mercancía.
Como resultado del proceso se daría entonces un ‘‘cartel” general. Toda la producción capitalista es regulada por una instancia que determina el volumen de la producción en todas sus esferas. Entonces la estipulación de precios es puramente nominal y no significa más que la distribución del producto total entre los magnates de cartel, de un lado, y entre la masa de los demás miembros de la sociedad, de otro. De ahí que el precio no sea el resultado de una relación objetiva, contraída por los hombres, sino un modo simplemente aritmético de la distribución de cosas por personas a las personas. El dinero no juega entonces ningún papel. Puede desaparecer por completo, pues se trata de distribución de cosas y no de valores. […] Es la sociedad regulada conscientemente en forma antagónica. Pero este antagonismo es antagonismo de la distribución. […] Así se extingue en el capital financiero el carácter específico del capital. El capital aparece como poder unitario que domina soberano el proceso vital de la sociedad, como poder que nace directamente de la propiedad en los medios de producción […] La cuestión de las relaciones de propiedad recibe así su expresión más clara, inequívoca y agudizada, mientras que la cuestión de la organización de la economía social se soluciona cada vez mejor con el desarrollo del mismo capital financiero.[38]
Con el estallido de la guerra Lenin comprendió que la ruptura con la II Internacional tenía que ser hecha desde sus mismos cimientos, desde el método con el que leía la realidad, que estaba atravesado por el positivismo y el neokantismo. Por eso se sumergió en el estudio de Hegel y empezó a otorgarle una gran importancia a la dialéctica. También por ese motivo, además de por una cuestión de carácter, era reacio a hueras abstracciones como la afirmación teórica de una tendencia a la cartelización total de la economía, sin atender a la realidad que le oponía fuertes contratendencias arraigadas a las contradicciones de clase. Y esto era esencial, porque tanto para él como para el conjunto de la izquierda de la II Internacional la fase del imperialismo significaba la exacerbación de las contradicciones del capitalismo y su capacidad para producir catástrofes a una escala nunca vista hasta entonces. Por ello podía afirmar que «la supresión de las crisis por los cárteles es una fábula de los economistas burgueses, quienes hacen todo lo posible por embellecer el capitalismo. Al contrario, el monopolio creado en determinadas ramas industriales aumenta y agrava el caos inherente a toda la producción capitalista».[39] El imperialismo era la refutación definitiva del revisionismo, que afirmaba una armonización de las contradicciones en lugar de su acentuación.
Sin embargo, no bastaba con eso. Cuando Lenin escribía que el imperialismo estaba arrastrando «a los capitalistas, contra su voluntad y conciencia, hacia un cierto nuevo orden social, un orden de transición entre la completa libre competencia y la completa socialización»,[40] cuando decía que «el viejo capitalismo, el capitalismo de la libre competencia, con su regulador absolutamente indispensable, la Bolsa, está pasando a la historia. En su lugar ha surgido un nuevo capitalismo, con los rasgos evidentes de algo transitorio, que representa una mezcolanza de libre competencia y monopolio»[41] o cuando afirmaba que «las relaciones entre la economía y la propiedad privadas constituyen un envoltorio que no se corresponde ya con el contenido, envoltorio que necesariamente se descompondrá si su eliminación se retrasa artificialmente, envoltorio que puede permanecer en un estado de decadencia durante un período relativamente largo (en el peor de los casos, si la curación del grano oportunista se prolonga demasiado), pero que, sin embargo, será inevitablemente eliminado»,[42] seguía cargando con la misma comprensión gradualista que se expresaba con mayor claridad en Kautsky y Hilferding. La diferencia era que en Lenin, como en la mayoría de la Internacional Comunista, la tendencia a la desaparición de la competencia daba lugar a un capitalismo decadente que se iría descomponiendo, «si su eliminación» mediante la revolución comunista «se retrasa artificialmente», en formas cada vez más catastróficas y acentuando las contradicciones sociales, por tanto, preparando nuevos estallidos revolucionarios. Mientras no se eliminara este envoltorio, se perpetuaría una situación de estancamiento en la que las potencias capitalistas irían dejando de estar regidas por la lógica del valor, a la que se sobrepondrían mediante la regulación de los precios y el expolio de las colonias, al mismo tiempo que experimentarían una ralentización del desarrollo de sus fuerzas productivas y un «sello de parasitismo» se iría imprimiendo en todo el país.
Entender tanto las rupturas como las continuidades entre la II y la III Internacional es imprescindible para los comunistas. Lejos de ser un problema de quién estaba equivocado y quién acertaba, esta es la única forma en que podemos entender como materialistas el proceso por el cual la revolución se estaba abriendo paso. Las viejas tácticas y estrategias, las formas de pensar inculcadas, la doctrina que con tanto esfuerzo se había sistematizado en tiempos de paz social tenían que pasar por la prueba de fuego de los grandes acontecimientos históricos. La revolución de 1905, el estallido de la guerra en 1914 y la preparación de una nueva situación revolucionaria en 1917 obligaban a las minorías revolucionarias a sacar lecciones, soltar lastres y afilar el arma de la crítica ante la posibilidad de pasar a la crítica de las armas. Pero no era algo que pudiera hacerse de una sentada. La ruptura de la izquierda con el resto de la II Internacional fue el primer paso. Las posiciones que defendió la izquierda de la Internacional Comunista frente a la mayoría, encabezada por los bolcheviques, fue el intento de dar un segundo paso en este proceso de clarificación programática al calor de la oleada revolucionaria y de su aplastamiento.
Muchos años más tarde Bordiga criticaría en Teoría y acción de la doctrina marxista (1951) las visiones gradualistas del desarrollo social. En ellas este se dibuja como una línea sinusoidal que primero asciende para, llegada al culmen, pasar a descender con la misma regularidad y dar lugar al siguiente modo de producción. Si bien en su comentario al gráfico I de la curva descendente Bordiga señala que sería la visión propia del revisionismo de Bernstein, la idea de decadencia que domina en la III Internacional sigue la misma lógica. Conforme a ella, el capitalismo habría finalizado su fase ascendente y habría llegado a su culmen a inicios del siglo XX con el desarrollo del imperialismo y el estallido de la Primera Guerra Mundial, emprendiendo la curva de bajada a partir de ese momento.
En la víspera y a lo largo de la oleada revolucionaria, el imperialismo y la decadencia funcionaban como una caracterización del periodo como fase de transición, una mezcolanza entre lo nuevo y lo viejo, una fase que obligaba a ultimar la estrategia de los comunistas con el horizonte inmediato de la revolución proletaria: «ahora, no hay para nosotros ni programa máximo ni programa mínimo; el socialismo es […] el mínimo que debemos realizar hoy día», diría Luxemburg.[43] Pero una vez que la oleada revolucionaria empezó a replegarse y cuando la sombra de la contrarrevolución comenzó a cubrir toda Europa, la sistematización de esas ideas hizo salir a la luz sus consecuencias teóricas más graves.
La primera de ellas consistía en entender que en la fase de decadencia, como diría Trotsky en el Programa de transición, «las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer», lo cual equivalía a decir que el capitalismo estaba perdiendo su propia naturaleza, su propio motor interno. La segunda conllevaba una comprensión del capitalismo dividido en fases —mercantilismo, capitalismo liberal, capitalismo monopolista, capitalismo de Estado—, a cada una de las cuales correspondería una táctica y una estrategia concretas. Por tanto, el capitalismo sufría cambios cualitativos sobre su naturaleza que implicaba también cambios cualitativos en el programa de los revolucionarios. Sobre esta base se desarrollarían, con sus aciertos pero también con sus errores, la mayoría de las teorías sobre el capitalismo de Estado. La tercera consecuencia, como indicaba Bordiga en su texto, llevaba a preguntarse cómo podía ser que, si el capitalismo estaba declinando y todas las condiciones materiales estaban dadas, la revolución no se hubiera producido todavía. La respuesta inevitable consistía en separar las condiciones objetivas de las subjetivas y defender, como haría Damen en el debate con Bordiga en 1951-1952, que con una táctica correcta y la suficiente voluntad se podía invertir la situación contrarrevolucionaria: solo faltaba el partido.
Pero, como hemos visto, en Marx la manera en que este modo de producción engendra el siguiente poco tenía que ver con una curva de ascenso y decadencia en la que las formas más socializadas de capital fueran «un mero punto de transición». En él, las fuerzas productivas no pueden dejar de desarrollarse porque están impulsadas por la competencia capitalista, que hace parte de la «naturaleza interna» del capital como relación social. La naturaleza del capital siempre es la misma, la de la lógica descrita en su movimiento por la crítica de la economía política, y no puede sufrir alteraciones cualitativas según sus fases sino que, conforme al método dialéctico, encuentra en el desplegarse de sus determinaciones la verdad de su ser.
Dicho en otras palabras, la contradicción estructural entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción no deforma el capitalismo hasta convertirlo en una mezcolanza o una figura transitoria —enferma de algo que ya no es, pero que tampoco consigue ser aún—, sino que lo acendra hasta destilar su más pura esencia: el capital se hace cada vez más impersonal y automático porque es cada vez más social, está cada vez más preñado de las condiciones materiales del comunismo. Y al hacerlo, al socializarse conforme se desarrolla, socava las categorías mismas sobre las que se reproduce: valor, dinero, trabajo, propiedad.
El desarrollo de las fuerzas productivas y su potencia socializadora, lejos de atrofiarse en una curva descendente, impulsa al capitalismo en una línea siempre ascendente engendrando a su paso «una gran cantidad de formas antitéticas de la unidad social», formas de autonegación del capital que son «otras tantas minas» para hacerlo estallar. Cuanto más se exacerba el conflicto entre la socialización de la producción y la apropiación privada del producto, cuanto más puro se hace el capitalismo, más se niega, más disfuncional se hace, más catastróficas se vuelven sus contradicciones. Su afirmación implica al mismo tiempo su negación, con una fuerza creciente, hasta que el hiato de la revolución proletaria corte su catastrófica curva en ascenso y libere las potencialidades del comunismo.
La concepción de Hilferding sobre el imperialismo, así como la de quienes —como Lenin y Bujarin— trabajarían en su línea, conducía a la perspectiva de un capitalismo cada vez más organizado, es decir, cada vez más controlado por unas pocas manos que se fundían con el poder estatal para perfeccionar su dominio. Pero decir esto implicaba hablar de un capitalismo que, abandonando las determinaciones objetivas del valor, se hacía cada vez más personal, cada vez más consciente y subjetivo. Mientras que la economía se aproximaba gradualmente al socialismo por su grado de planificación y control consciente, las contradicciones sociales se focalizaban sobre la propiedad.
Así se extingue en el capital financiero el carácter específico del capital. El capital aparece como poder unitario que domina soberano el proceso vital de la sociedad, como poder que nace directamente de la propiedad en los medios de producción, los tesoros naturales y todo el trabajo pasado acumulado, y la disposición del trabajo vivo aparece como directamente nacida de las relaciones de propiedad. Al mismo tiempo, se presenta la propiedad, concentrada y centralizada en manos de algunas grandes asociaciones de capital, contrapuesta directamente a la enorme masa de los desposeídos. La cuestión de las relaciones de propiedad recibe así su expresión más clara, inequívoca y agudizada, mientras que la cuestión de la organización de la economía social se soluciona cada vez mejor con el desarrollo del mismo capital financiero.[44]
Bajo esta óptica, donde lo que quedaba de capitalismo residía en las relaciones de propiedad y no en las relaciones de producción, la estatalización de los medios de producción en la Unión Soviética al tiempo que persistía y se intensificaba la explotación de clase sería un golpe desconcertante. No por azar el último Hilferding teorizaría la entrada en una fase de «capitalismo organizado» que se parecía mucho al capitalismo managerial de Rizzi o Burnham o al colectivismo burocrático de Castoriadis. Como explicamos en El capitalismo de Stalin, más allá de Hilferding, la centralidad que muchos revolucionarios dieron a las relaciones de propiedad sobre los medios de producción les dejaría desarmados para comprender los cambios profundos que se estaban manifestando con el gran salto de socialización del capital operado en los años 30 y 40, de la mano del fascismo, el estalinismo y el New Deal. Aunque fueron muchos más los compañeros que se resistieron a la confusión reinante y defendieron que la URSS era capitalista, como detallamos en el texto citado, creemos que el trabajo de Bordiga después de la Segunda Guerra Mundial es el que mayores herramientas proporciona para entender tanto la naturaleza de Rusia como la del resto de países capitalistas de su época.
Este gran salto de socialización, con el recurso creciente al crédito y las sociedades por acciones, comenzaba a distinguir en el capitalista las figuras del propietario del capital respecto al que ejerce las funciones técnicas del capitalista como organizador de la producción. Era un cambio que ya Marx había señalado, al decir que con el desarrollo de «las sociedades por acciones la función está separada de la propiedad del capital»,[45] convirtiendo a los propietarios de las acciones en «meros caballeros de la industria».[46] Hilferding había destacado que la mayoría de los propietarios de acciones reciben su cuota de plusvalor mientras que son impotentes respecto a la marcha de la producción misma.[47] Lenin ponía como ejemplo de parasitismo a esa creciente burguesía que vivía del «corte de cupón». Y Bujarin apuntaba una tendencia a la unificación de las fracciones de la burguesía en tanto que «receptoras de dividendos».[48] Todos ellos atendían a las consecuencias que, con la separación entre propiedad y capital, tenía el enriquecimiento sin participación en la producción. Pero aunque es cierto que, con el desarrollo del capitalismo y la importancia creciente tanto del crédito como del capital ficticio, estos modernos rentistas iban a tener cierta presencia en la sociedad, este no era el elemento más cualitativo.
Como explicó Bordiga en sus trabajos de finales de los años 40 y de la década de los 50, lo cualitativo se encontraba no en los rentistas sino en el origen de su renta, en la valorización del capital. De pronto, el propietario del capital dejaba de importar y, de hecho, como sucedía con las acciones, su título de propiedad podía fluir de mano en mano en el mismo día sin que afectara en absoluto al proceso de producción. A diferencia de las sociedades precapitalistas, donde la clase dominante era un estamento permanente y hereditario, en el capitalismo hay movilidad social y los capitalistas pueden dejar de serlo si no ejercen correctamente sus funciones. Con la separación entre propiedad y capital se daba una nueva vuelta de tuerca. El capitalista físicamente podía ser cualquiera con capacidad para adquirir el título de propiedad en un momento determinado. Podía ser una persona, otra empresa o el Estado mismo, y podía cambiar de uno a otro sin cesar. Lo central era que el verdadero capitalista, es decir, el funcionario del capital, siguiera nutriendo esa «fuerza social enajenada» que es el valor en proceso de valorización. Como decía Marx:
Hemos visto que la creciente acumulación del capital implica una creciente concentración del mismo. Así crece el poderío del capital, la autonomización de las condiciones sociales de la producción, personificadas en el capitalista, con respecto a los productores reales. El capital se presenta cada vez más como un poder social cuyo funcionario es el capitalista y que ya no guarda relación posible alguna para con lo que pueda crear el trabajo de un individuo aislado, sino como una fuerza social enajenada, autonomizada, que se opone en cuanto cosa a la sociedad, y en cuanto poder del capitalista a través de esa cosa.[49]
Esto tenía consecuencias fundamentales. En primer lugar las tenía de cara a la naturaleza de la URSS, porque permitía entender que independientemente de quién poseyera el capital su naturaleza capitalista venía dada por las relaciones de producción, por el hecho de que los productores estuvieran separados de sus medios de producción, que con ellos se produjeran mercancías —de precio regulado o no, poco importaba—, que recibieran un salario a cambio en pago de su fuerza de trabajo y que la producción se llevara a cabo en unidades separadas, en empresas, con una contabilidad monetaria de ganancias y gastos. De que todo ello siguiera siendo así y llegara a buen término se encargaban los funcionarios del capital. Si estos pertenecían a la burocracia estatal, de partido o sindical, o a una vieja familia burguesa, no era lo más relevante.
Más allá de la Rusia estalinista, la comprensión de esto era importante de cara al resto de países capitalistas, donde tras la Segunda Guerra Mundial la intervención creciente del Estado en el mercado, la estatalización de empresas y la burocratización de las grandes empresas privadas, en las que los capitalistas también recibían un salario, había llevado a muchos a afirmar que la URSS era la punta de lanza, el ejemplo más desarrollado de una tendencia general hacia alguna forma de colectivismo burocrático en el que la clase capitalista iba siendo sustituida por la burocracia. Lejos de ello, como defendió Bordiga, se trataba de que los capitalistas privados se hacían cada vez más prescindibles respecto a la clase capitalista como totalidad:
A medida que la hacienda y la empresa burguesas se transforman de personales en colectivas y anónimas, y finalmente en “públicas”, la burguesía, que nunca ha sido una casta, sino que ha surgido defendiendo el derecho de la total igualdad “virtual”, se vuelve “una red de esferas de intereses que se constituyen en el radio de cada empresa”. Los personajes de dicha red son variadísimos: ya no son propietarios o banqueros o accionistas, sino cada vez más especuladores, consultores económicos, businessmen. Una de las características del desarrollo de la economía es que la clase privilegiada tiene un material humano cada vez más cambiante y fluctuante (el rey del petróleo que era ujier, y así sucesivamente). Como en todas las épocas, dicha red de intereses, y de personas que afloran o no, tiene relaciones con la burocracia; tiene relaciones con los “círculos de hombres políticos”, pero no es la categoría política.[50]
A medida que el capitalismo impulsaba la socialización, también las propias clases se hacían cada vez más sociales, menos dependientes de individuos determinados para ejercer su función. Para Marx las clases no eran relevantes como categorías sociológicas, sino como personificaciones de las relaciones sociales y, por tanto, como fuerzas sociales de conservación o destrucción del sistema. El desarrollo del capitalismo, lejos de atrofiarlo y desnaturalizarlo, estaba haciendo cada vez más evidente y palpable esta característica: «lo que nos interesa en las formas extremadamente desarrolladas no es ya el capitalista sino el capital», decía Bordiga en La doctrina del diablo en el cuerpo (1951), «este director no necesita actores estables. Los encuentra y recluta donde quiere, y les reemplaza uno a uno de manera cada vez más devastadora».
El capitalismo moderno es el del capital sin capitalistas, pero también el de capitalistas sin capital. Y es que como funcionarios del capital, estos últimos ya no tenían tanta necesidad de ser ellos mismos los propietarios del dinero y los medios de producción con que ejercían su papel. Bordiga veía un claro ejemplo de ello en las empresas concesionarias, que no necesitaban tener en propiedad las instalaciones en las que trabajaban si se las cedía el Estado, pero tampoco el capital fijo que utilizaban, si lo adquirían en alguna fórmula de renting, ni el capital monetario si lo tomaban prestado de alguna institución de crédito. Les quedaba así el camino despejado para su función principal: explotar trabajo y obtener plusvalor. Frente a todos aquellos que afirmaban un control del Estado cada vez más totalitario sobre la economía y la sociedad, para Bordiga con estos ejemplos «jamás la iniciativa privada ha sido tan libre desde que conserva la ganancia y que todo riesgo de pérdida le ha sido ahorrado, reportándolo a la colectividad».[51]
Hilferding explicaba la cartelización de la economía como una consecuencia necesaria del aumento de la composición orgánica del capital, una forma de enfrentar los riesgos propios de la competencia cuando el capital fijo ralentizaba el retorno de las inversiones y fijaba el capital en el proceso productivo. Si bien la elevada composición orgánica impulsó la formación de grandes complejos empresariales, como explicábamos arriba, la forma en que se encaró este problema no fue con la creación de una capa monopolística que fijaba los precios a su conveniencia y se sobreponía a la ley del valor. Se hizo con la intervención del Estado. En las democracias occidentales, el Estado promovía el crédito barato y accesible, se hacía cargo de sectores estratégicos, pero rentables solo a medio y largo plazo, como las infraestructuras de transporte, energéticas y de telecomunicaciones, y asumía una parte importante del capital constante para las empresas concesionarias. Podía hacerlo porque el salto productivo consumado tras la Segunda Guerra Mundial proporcionó al capital una tasa de ganancia suficiente como para destinar una parte del plusvalor al gasto público. Al menos al principio.
Aunque muchos pensaron que el capitalismo había conseguido superar definitivamente sus crisis, como lo habían pensado también los revisionistas en el anterior salto de socialización, la crisis de inicio de los 70 terminó con estas ilusiones. Encubierta por la del petróleo, fue en realidad el estallido de una crisis mucho más profunda, arraigada en la dificultad para sobreponerse a la caída de la tasa de ganancia debido a la gran productividad de esos años. Cuando el recurso a la deuda pública empezó a hacerse demasiado gravoso y la regulación estatal de la economía un lastre demasiado pesado para las necesidades de financiación del capital, comenzaron los procesos de privatización y liberalización del mercado financiero.
Bien es cierto que el término privatización, en el sentido de desestatalización de las empresas, en realidad no es muy apropiado para describir lo que estaba sucediendo en los años 80 y 90. La economía no se privatizó, sino que precisamente necesitaba una fuerza mucho más social que el Estado para poder afrontar el dramático peso del capital constante en la ecuación de su composición orgánica. La desvinculación del dólar del patrón oro y la desregulación radical de los mercados de capital fueron las únicas medidas capaces en aquel momento de saciar su sed de crédito, es decir, de promesa de valor futuro y, con ella, de masas de capital ficticio. También necesitaba de unos mercados mucho más amplios para alojar la masa de valor producido, que superaba con creces el volumen de las décadas anteriores, lo que se resolvió con la apertura de China a los capitales extranjeros con Den Xiao Ping y posteriormente la caída del muro de Berlín. Además, la incorporación de estos territorios al resto del mercado mundial permitió disminuir la composición orgánica global, en el caso de China por el atraso en la industrialización y, en el caso de Rusia, por la venta a saldo de su infraestructura productiva tras el colapso de la URSS.
Hilferding había predicho que la especulación y la bolsa irían reduciendo su papel, puesto que la cartelización de la economía aumentaba la organización y reducía el caos inherente a la producción capitalista. Precisamente al contrario, ambos cumplirían un rol fundamental para dar un nuevo balón de oxígeno al capital frente a la colisión, invariante pero en constante aumento, entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. De la misma forma, la visión de un capitalismo cada vez más consciente y planificado, donde el Estado se había hecho con el control de la economía, se desplomó frente a las nuevas necesidades del capital. Las causas se aproximaban mucho más a lo que Bordiga había señalado ya en 1948: que el capitalismo no se hacía cada vez más consciente, sino más impersonal y automático. Que no se concretaba cada vez más en un grupo reducido de magnates o en una casta burocrática, sino que se despersonalizaba en la clase capitalista como fuerza social, como compleja red de intereses subordinada a los imperativos de la valorización del valor. Que el fetichismo de la mercancía no disminuía dejando las relaciones capitalistas como un envoltorio hecho de relaciones de propiedad antagónicas, sino que al contrario se hacía cada vez más fuerte y sometía el conjunto del planeta a su lógica automática, impersonal y catastrófica.
La discusión sobre propiedad y capital traía consigo también la del papel del Estado en el capitalismo. Como hemos señalado antes, la explicación del imperialismo por parte del centro y buena parte de la izquierda de la socialdemocracia incluía la idea de que las grandes corporaciones habían roto la anterior neutralidad del Estado frente a las distintas fracciones capitalistas, haciendo que dejara de ser la «junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa» que afirmaba el Manifiesto. En época de Marx y Engels el Estado liberal se había abstenido de intervenir en la economía y se había limitado al mantenimiento de la paz social y la defensa del capital nacional en el extranjero, pero con la conformación de los monopolios los intereses del capital financiero y los del Estado estarían tendiendo a converger. La conclusión era lógica. Si prima la competencia, el Estado no puede inclinarse durante mucho tiempo hacia una fracción de la burguesía que compite frente a otra. Pero si la competencia va desapareciendo y los distintos tipos de capital tienden a unificarse en el capital financiero, el Estado puede ponerse a su servicio sin riesgo de provocar una guerra civil. Como dice Hilferding:
La cartelización unifica el poder económico e incrementa así directamente su eficacia política. Pero simultáneamente unifica también los intereses políticos del capital y facilita que se proyecte la totalidad de la fuerza económica directamente sobre el Estado.[52]
Aunque Lenin seguiría la estela de Hilferding también en este aspecto, no fue una cuestión en la que profundizara en sus escritos del periodo. Por el contrario, para Bujarin en la fase del imperialismo el Estado sufría profundas transformaciones. Como explicó con detenimiento en La economía mundial y el imperialismo (1915), el desarrollo de las fuerzas productivas llevaba tanto a una internacionalización de la economía como al refuerzo del nacionalismo. La cartelización de la economía y su control por parte del capital financiero conducía a la cooperación de la burguesía nacional mediante la conformación de un único trust nacional que estaría a la cabeza del Estado y al que se subordinaría todo otro criterio, desplazando la competencia capitalista al mercado mundial.
En Toward a Theory of the Imperialist State (1915), un manuscrito inacabado, fue más lejos a la hora de explicar los cambios en el Estado. Con el poder estatal en sus manos, la competencia entre «trusts estatal-capitalistas» en el mercado mundial sumaba el uso de la fuerza militar a las habituales estrategias económicas. Las implicaciones de este proceso eran terribles: a escala internacional, la sucesión de una guerra por otra; a nivel nacional, la movilización de una economía de guerra que llevaba a una «creciente interferencia del poder del Estado en todos los ámbitos de la vida social, empezando por la producción y terminando por las formas más elevadas de creatividad ideológica». Como en el Talón de Hierro de Jack London, escrito pocos años antes, la oligarquía financiera se había hecho con las riendas del Estado y sus tentáculos penetraban hasta el último rincón de la sociedad. La guerra había permitido «madurar rápidamente las relaciones de producción capitalistas de Estado», de manera que «de ser el preservador y defensor de la explotación, el Estado se transforma en una organización única, centralizada y explotadora que se enfrenta directamente al proletariado, el objeto de la explotación». Las implicaciones que para Bujarin tenía el capitalismo de Estado en la táctica de los revolucionarios eran contundentes. Con la fusión del poder económico y el poder político de la burguesía, también la lucha del proletariado tendía a superar esa separación y a impulsar toda revuelta por intereses inmediatos hacia una lucha directa contra el Estado burgués hasta su destrucción final:
En su lucha, los trabajadores deben enfrentarse a todo el poderío de este monstruoso aparato, ya que cada uno de sus avances se dirigirá directamente contra el Estado: la lucha económica y la lucha política dejan de ser dos categorías, y la revuelta contra la explotación significará una revuelta directa contra la organización estatal de la burguesía. […] En la creciente lucha revolucionaria, el proletariado destruye la organización estatal de la burguesía, se apodera de su marco material y crea su propia organización temporal del poder estatal.
Tres años después de que Pannekoek declarara la necesidad de destruir el Estado burgués y constituir la dictadura del proletariado sobre los órganos de poder proletario, Bujarin llegaba a conclusiones parecidas por su propio camino. A pesar de que Lenin criticó con dureza a Bujarin por estas afirmaciones, hasta el punto de arriesgar la ruptura de su relación, la revolución del 17 le haría cambiar de idea y tenderle la mano tácitamente con El Estado y la revolución:
El imperialismo, la época del capital bancario, la época de los gigantescos monopolios capitalistas, la época de la transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, revela un extraordinario fortalecimiento de la “máquina estatal”. […] En la actualidad, la historia del mundo conduce […] a la “concentración de todas las fuerzas” de la revolución proletaria para “destruir” la máquina del Estado.[53]
El capitalismo de Estado era el siguiente paso lógico a la cartelización de la economía y del dominio del capital financiero. Tras la conformación de trusts, cárteles y otras formas de cooperación empresarial, la tendencia a la desaparición de la competencia continuaba avanzando en la unificación del capital nacional bajo la égida de una única organización: el Estado imperialista. Para Bujarin la competencia no podía ser suprimida en el capitalismo, solo desplazada a la lucha de los Estados en el mercado internacional, pero la idea de un único capital nacional fundido con el poder político bastaba para liberar la imaginación y visualizar un «Nuevo Leviatán, al lado del cual la fantasía de Thomas Hobbes parece un juguete infantil».
Esta idea lo enfrentaría a Lenin poco tiempo después, tras la revolución. Lenin creía que la combinación del poder soviético con la superior organización de la economía en el capitalismo de Estado lo convertía en «la antesala del socialismo, una condición de la firme victoria del socialismo».[54] Para Bujarin y sus compañeros de la revista Kommunist, el capitalismo de Estado no era un concepto meramente económico que pudiera combinarse con el poder político del proletariado, sino la unificación de economía y política en una misma organización de clase para la explotación de aquel. Por tanto, «la tarea que la época actual plantea a la clase obrera no es apoyar el capitalismo de Estado, sino destruirlo».[55]
Al contrario de lo que decía Lenin, el poder de los soviets no era capaz de convertir un capitalismo más desarrollado en la antesala del socialismo. Kommunist tenía razón en afirmar que en la dictadura del proletariado el desarrollo del capitalismo y el del socialismo no recorrían los mismos caminos, aunque a Bujarin, como demuestra su firme defensa del comunismo de guerra y su trayectoria posterior, le faltara una comprensión más profunda de que solo la revolución mundial podía acabar con el dominio del valor. Pero en cualquier caso, tanto en Lenin como en Bujarin se encontraba de fondo la idea de que el capitalismo de Estado, progresivo o reaccionario, era la punta de lanza del desarrollo capitalista, su expresión más avanzada. El proceso de concentración del capital conllevaba la pérdida paulatina de la competencia y la formación de un capitalismo cada vez más organizado, cada vez más unificado en un poder que ya no era solo económico, como el capital financiero, sino directamente político con el capitalismo de Estado.
La teorización del capitalismo de Estado recogía y anticipaba tendencias reales de los cambios profundos que se estaban operando en el capitalismo en esas décadas. Pero lo hacía mediante una interpretación teórica que, arraigada como estaba en la idea del capital monopolista, conduciría a graves errores y a algunos incluso al abandono del marxismo. Sin duda, el nuevo salto de productividad que se estaba gestando en el periodo de entreguerras había hecho que el capital transformara el Estado, junto con otros muchos aspectos de la vida social, para adecuarlo a sus nuevas necesidades. El aumento de su composición orgánica, así como de los propios volúmenes de producción, exigía al capital una mayor planificación. La gestión de la maquinaria y el consumo de materias primas, de la mano de obra, del almacenamiento y de la distribución de las mercancías se hacía mucho más pesada, lo que obligaba por un lado a una burocratización de las empresas privadas y por otro a una intervención mucho más activa del Estado.
Este se encargaría a partir de entonces de regular la fuerza de trabajo a través de la legislación “social” y los sindicatos. Un buen ejemplo de ello son las prestaciones por desempleo, que empiezan a desarrollarse en estos años y que, mediante la cotización obligatoria de los trabajadores, permiten al Estado imponer una regularidad para acudir al trabajo y amenazar con la retirada de la prestación si el trabajador no se mantiene en una «búsqueda activa de empleo», como se diría hoy. También promovió que una parte del proletariado accediera a niveles superiores de formación, conforme a las nuevas necesidades de mano de obra especializada. La creación de instituciones de «diálogo social» entre la patronal y los sindicatos serían también mecanismos de gran valor para la planificación de la producción y el mantenimiento de la paz social.
Como intuía Bujarin, que el Estado se encargara de gestionar toda una serie de servicios para la reproducción de la fuerza de trabajo lo impulsó a penetrar en la vida social como nunca antes lo había hecho, desde la educación y la sanidad hasta las instituciones culturales y el trabajo social. Por otro lado, el Estado asumió toda una serie de inversiones poco rentables a corto plazo pero necesarias para el capital, como la construcción de carreteras, presas hidroeléctricas o redes de telecomunicaciones, de cara a disminuir la presión de los costes sobre el capital constante y aumentar la velocidad de rotación, y promovió de diversas maneras el crédito accesible y barato.
Al asumir estas tareas, el propio Estado tendió a transformarse. En primer lugar tuvo que aumentar exponencialmente sus efectivos, haciendo no solo que el empleo público empezara a tener mucha más relevancia en la vida económica, sino que la actividad de la administración con su propia lógica adquiriera un peso específico frente a las decisiones políticas de los gobiernos de uno u otro color. Esto que hoy en día los medios de comunicación llaman Deep State, ‘Estado profundo’, no es sino la fuerza impersonal del capital expresándose a través del Estado —que a su vez tiene sus propias inercias— y soslayando las veleidades ideológicas de los diversos vendedores de programas electorales.
Por otro lado, la mayor intervención del Estado en la economía y la estructura social lo obligó a extender sus funciones técnicas y fue haciendo que sus funciones políticas —el reparto de influencias entre las diversas fracciones de la burguesía— perdieran peso relativo, lo que se expresó en que el eje de gravedad se desplazara del poder legislativo al poder ejecutivo. En correspondencia, el sistema político redujo la autonomía de los cargos electos para someterlos a la disciplina de los aparatos de los partidos políticos, que estaban a su vez llenos de especialistas en uno u otro ámbito de la actividad institucional y en permanente relación con los agentes económicos y sociales de dicho ámbito. Las leyes, en consecuencia, se decidían mucho antes de llegar a los parlamentos. De ahí que a los ojos de muchos, la «tecnocracia» hubiera tomado el poder y se estuviera convirtiendo en la verdadera clase dominante.
Y quien decía tecnocracia en las democracias occidentales, decía burocracia en los países del campo soviético. De una u otra forma, empezaron a surgir corrientes que entendían que el capitalismo estaba cambiando de naturaleza, que el Estado había conseguido dominar la economía y subordinarla a su dirección. Era la idea que guiaba a Socialisme ou Barbarie, la misma que llevaría a Castoriadis a afirmar que las crisis capitalistas habían sido definitivamente superadas y a abandonar oficialmente el marxismo en defensa de una abstracta autonomía.[56] La contracara de estas corrientes eran las visiones —más ortodoxas con respecto a la herencia que la Tercera Internacional arrastraba de la Segunda— de que los monopolios habían quebrado la neutralidad del Estado como representante de la globalidad de la clase capitalista, es decir, de los intereses generales del capital, y lo utilizaban para sus intereses específicos.
Pero los cambios que hemos descrito en la forma del Estado con el gran salto de socialización no podían ser reducidos a la voluntad particular de las grandes corporaciones. Sin duda, los grandes capitalistas siempre tienen un peso mayor que los pequeños a la hora de movilizar los recursos de la sociedad, hacerse oír en los pasillos del poder ejecutivo y hacer que sus decisiones tengan un impacto mayor en el conjunto de la economía nacional. Si esto fue siempre así, la creciente concentración de capital que se vivió en estos años lo evidenciaba con fuerza. Pero la profundidad de estos cambios no puede ser entendida ni explicada desde esta base, sino a partir de las necesidades generales del capital en este momento histórico. El Estado no solo seguía siendo la junta que se encarga de defender los asuntos de la clase capitalista como totalidad, sino que el salto de socialización lo convertía cada vez más en una fuerza impersonal que garantizaba los intereses generales del capital, incluso a costa de aplastar a algunos capitalistas específicos y mandarlos al gulag.
Por otro lado, lo que estos mismos cambios demostraban era precisamente que, lejos de un Estado que unificaría el poder económico y político gobernando a la sociedad con su talón de hierro, el capital había transformado al Estado para que siguiera cumpliendo su papel en el nuevo estadio de socialización. Como recordaría Bordiga a Damen en el intercambio de cartas que llevaría a su ruptura,[57] plantear que el Estado se había vuelto el factor principal de la economía capitalista, cuando solo podía ser un producto de ella, suponía abandonar el marxismo y quedar desorientado frente a los fenómenos históricos que estaban desarrollándose. La manera en que la sociedad produce y reproduce su vida determina el tipo de instituciones de las que se dota. Cuando estas relaciones de producción implican la existencia de clases sociales, el antagonismo que existe entre ellas requiere el desarrollo de un Estado. El hecho de que este intervenga en la economía, la regule, sea el propietario jurídico de determinadas empresas o incluso de todas, no autoriza a afirmar que se haya recorrido el camino inverso, a riesgo de negar las bases fundamentales del marxismo.
Sin duda, Damen no defendía que el Estado determinara la economía. Pero la fórmula del «capitalismo de Estado», si bien permitía señalar abiertamente a Rusia como capitalista y al estalinismo como contrarrevolucionario, no ayudaba a luchar contra la confusión existente en este punto. Él mismo describía la economía soviética como «la economía trustificada en el seno del Estado, con la cual el propio Estado forma un bloque»,[58] lo que implicaba de por sí cierto grado de confusión respecto al rol del mismo en la URSS. Con fuertes resonancias de las previsiones de Bujarin, la noción de una economía trustificada implicaba la ausencia de competencia interna, en la que todos los agentes trabajaban en una misma dirección. Por el contrario, como explicaría Bordiga y reconocería el propio Stalin en Los problemas económicos de la URSS, la economía soviética seguía dividida en empresas con una contabilidad monetaria de gastos y ganancias que competían entre sí, aunque fuera con las distorsiones de los precios regulados y las cuotas de producción establecidas por los planes quinquenales. Bordiga aceptaba el término de «capitalismo de Estado» para la URSS solo en una acepción, la que marcara realmente su diferencia específica respecto al resto de países capitalistas sin borrar su base común: aquella en que el Estado es el propietario jurídico tanto de la tierra, como de las finanzas y de la mayor parte de las empresas, obteniendo así renta, interés y ganancia industrial y convirtiéndose en el empleador del proletariado industrial ruso y en amplia medida del proletariado agrícola. Sin lugar a dudas esto, que no era explicable por el desarrollo orgánico del capitalismo sino por su particular recorrido histórico en Rusia, había permitido aplastar con brutal libertad toda expresión de resistencia a la explotación y acelerar el desarrollo del capitalismo en su territorio, pero también conllevaba toda una serie de disfuncionalidades y distorsiones que harían al Estado soviético ruso el púgil más débil del combate imperialista, terminando por derrumbarse en 1989-1991.
Esta comprensión contradecía la idea, presente en Damen, de que la economía soviética era la expresión más avanzada de las tendencias que caracterizaban el capitalismo mundial en este momento histórico. Desde luego, para Damen eso no convertía al capitalismo de Estado ruso en algo progresivo que habría que defender, al contrario. Para él y sus compañeros, el capitalismo de Estado era el «episodio orgánico económico y político que caracteriza la fase terminal del desarrollo monopolista del capitalismo»,[59] y por tanto solo cabía derribarlo mediante la revolución proletaria. Como le decía Damen a Bordiga, entender el capitalismo ruso como la forma más acabada de la tendencia general a la cartelización de la economía, con el papel protagonista del Estado en ese proceso, estaba en la línea de la visión mayoritaria en la III Internacional. Sin embargo, ello no permitía comprender que, de las configuraciones estalinista, fascista y rooseveltiana que había adquirido el capital en su salto de socialización, era la última la más adecuada al funcionamiento del capitalismo. Y lo era ya no solo porque facilitaba el mayor dinamismo económico de su capital, sino porque daba una mayor flexibilidad al poder burgués para enfrentar las crisis políticas y sociales. Como explicaría un compañero del PCInt en el último número de Prometeo antes de la ruptura entre Damen y Bordiga, el mismo en el que se publicaría la última parte de Propiedad y capital:
El fascismo nació, tanto en Italia como en Alemania, como respuesta a una amenaza revolucionaria directa del proletariado: su manifestación fue, por tanto, esencialmente política y se tradujo en el abandono pacífico de las formas democráticas. […] El rooseveltismo nace como respuesta no a una presión revolucionaria directa del proletariado, sino al cataclismo inmediato de una crisis económica sin precedentes: para la resolución de esta crisis, mientras la terapia económica se desarrollaba en el eje clásico del intervencionismo fascista, el mantenimiento de las formas políticas democráticas y la conservación de los organismos sindicales obreros no solo no constituían una rémora, sino que permitían maniobras de conservación más elásticas y ramificadas, que evitaban los posibles efectos sociales y políticos adversos de la crisis mediante métodos no de coacción, sino de corrupción: la clásica corrupción democrática.[60]
El agotamiento de mercados extracapitalistas y la mundialidad del capital
Como decíamos, mientras que Imperialismo: fase superior del capitalismo de Lenin tuvo un éxito duradero y sus consecuencias teóricas siguen pesando tanto en el izquierdismo como en muchos revolucionarios, La acumulación del capital de Rosa Luxemburg corrió peor suerte.
En el libro, Luxemburg se pregunta por el motivo de la expansión colonial y el aumento consiguiente del militarismo. La respuesta la encuentra en el análisis de los esquemas de reproducción de Marx y su crítica. Para ella, los esquemas fallan al explicar la forma en que se produce la acumulación ampliada de capital, porque parten de una sociedad capitalista aislada en la que solo hay burgueses y proletarios. A su juicio, no contestan correctamente a la pregunta de quién compra las nuevas mercancías que la producción ampliada de valor arroja al mercado. La única solución al problema se encontraría entonces en los mercados extracapitalistas, con los que estaba acabando la propia expansión del capitalismo a través del mercado mundial y la colonización. Por tanto, ni la sociedad capitalista era capaz de reproducirse sobre sus propias bases, ni era capaz de conservar las bases ajenas de las que dependía su crecimiento: la tendencia al colapso estaba asentada así teóricamente, y la proximidad de la guerra mundial era la confirmación de que a medida que se aproximara, el capitalismo solo podía ofrecer al proletariado catástrofes: socialismo o barbarie, catástrofe o revolución.
El imperialismo es la expresión política del proceso de la acumulación del capital en su lucha para conquistar los medios no capitalistas que no se hallen todavía agotados. Dado el gran desarrollo y la concurrencia cada vez más violenta de los países capitalistas para conquistar territorios no capitalistas, el imperialismo aumenta su agresividad contra el mundo no capitalista, agudizando las contradicciones entre los países capitalistas en lucha. Pero cuanto más violenta y enérgicamente procure el capitalismo el hundimiento total de las civilizaciones no capitalistas, tanto más rápidamente irá minando el terreno a la acumulación del capital. El imperialismo es tanto un método histórico para prolongar la existencia del capital, como un medio seguro para poner objetivamente un término a su existencia. Con eso no se ha dicho que este término haya de ser alegremente alcanzado. Ya la tendencia de la evolución capitalista hacia él se manifiesta con vientos de catástrofe.[61]
El hecho de corregir a Marx y decirlo francamente le supuso muchas críticas, aunque la intensidad de la polémica también se debió a la lucidez de sus preguntas y al nivel teórico de su respuesta, que requirió de los mejores esfuerzos de los dirigentes de la II Internacional para ser enfrentadas. En el fondo, las preguntas de Luxemburg se dirigían a la raíz del debate histórico del imperialismo: ¿tiene límites el capitalismo o puede desarrollarse armónicamente y sin obstáculos? Estos límites ¿son internos o externos? ¿Cómo se relacionan con la conquista por las colonias y el curso hacia la guerra? ¿Cómo puede explicarse el cambio de época que estaban viviendo con las categorías propias del capital?
Sin entrar en profundidad en el debate sobre los esquemas de reproducción, está claro que actualmente no se puede hablar de mercados extracapitalistas que sostengan el sistema.[62] Ciertamente, el capitalismo es cada vez más disfuncional a la hora de reproducirse, pero no se debe a un problema de realización del valor, como pensó Luxemburg, sino de la rentabilidad del capital y, en última instancia, de la capacidad misma del valor para representar a partir del trabajo vivo la ingente riqueza material que genera este modo de producción.
Por otro lado, su teoría compartía los problemas que conlleva la idea de decadencia y que ya hemos señalado. A medida que se reducía la base de acumulación del capital al agotarse los mercados extracapitalistas, también se reducía la capacidad del capitalismo para desarrollar las fuerzas productivas y por tanto entraba en una progresiva parálisis, si bien este elemento no era tan central en su análisis como lo sería la idea de parasitismo en Lenin y en el análisis de sus propios continuadores, por ejemplo Mitchell/Jehan en Bilan, los que enfatizarían la caracterización de la decadencia en el marco teórico de Luxemburg.
Sin embargo, su teorización tiene varias virtudes en comparación con la de Hilferding, sobre cuya estela trabajaron Lenin y Bujarin. En primer lugar, respeta las determinaciones objetivas del capital. Para Luxemburg la decadencia no se explica por un proceso en el que el capitalismo se volvería cada vez más consciente, organizado y controlado por monopolios, sino que lo hace por el impulso automático en la búsqueda de mercados extracapitalistas y la aceleración de las contradicciones cuando estos tienden a agotarse. Por ello mismo, aunque fuera muy criticada ya en la época por plantear lo que para ella eran errores de Marx, no necesitó crear nuevas categorías que “actualizaran” El capital, como el capital financiero o la tendencia creciente a la acumulación de la ganancia de fundador, contrapuesta a la caída tendencial de la tasa de ganancia en Hilferding. En consecuencia, el militarismo no era la política propia del capital financiero —ineluctable o no—, que al imponer aranceles para subir artificialmente los precios tenía que exportar sus capitales para evitar la sobreacumulación. La tendencia hacia la guerra se explicaba por los impulsos impersonales que urgían a las potencias capitalistas a competir por los espacios de realización de valor en dramática disminución.
Sin embargo, la mayor diferencia del análisis de Luxemburg frente al del capital financiero era que, para ella, el imperialismo era una característica mundial de todos los países capitalistas. Producto de la expansión del capital en busca de realizar su valor, el imperialismo había conseguido estructurar el conjunto de las relaciones entre países a escala mundial. La gran nación se apresuraba a dominar el mayor número posible de colonias e influir en otras naciones más débiles, si no directamente a anexionar sus territorios. La nación pequeña, para satisfacer los intereses de su capital nacional y para defenderse de otras naciones depredadoras, grandes o pequeñas, se recogía bajo el ala de una gran potencia y pasaba a ser un peón más del ajedrez mundial. La mundialización de las relaciones de producción capitalistas de la mano del imperialismo se convierte para Luxemburg en lo que «determina el carácter de la guerra en los países individuales» e «imposibilita la guerra de defensa nacional».[63]
El imperialismo no es la creación de un Estado o grupo de Estados imperialistas. Es el producto de determinado grado de madurez en el proceso mundial del capitalismo, condición congénitamente internacional, una totalidad indivisible, que sólo se puede reconocer en todas sus relaciones y del que ninguna nación se puede apartar a voluntad. Solamente desde este punto de vista es posible comprender correctamente el problema de la «defensa nacional» en la guerra actual.
[…] Esta tendencia general del capitalismo contemporáneo determina las políticas de los estados individuales como su ley suprema y ciega, así como las leyes de la competencia económica determinan las condiciones de producción del empresario individual.[64]
En otras palabras, para Luxemburg el imperialismo es una determinación social objetiva del capitalismo cuando domina las relaciones de producción a escala mundial, algo que se consigue con la expansión colonial. Esta «ley suprema y ciega» rige la acción de todos los países por igual, independientemente de su posición en la jerarquía mundial entre Estados y naciones que aspiren a serlo. Las formas de producción precapitalistas que todavía no habían sido arrasadas por la economía mercantil se encontraban subsumidas en la lógica del mercado mundial y los imperativos de la competencia —comercial, geopolítica y bélica— entre capitales nacionales. En coherencia con esta comprensión, el tiempo de las revoluciones burguesas se había acabado en todo el mundo y el programa de los revolucionarios se había centralizado mundialmente —a la altura de las tareas que imponía la propia guerra mundial—, de manera que ya no tenía sentido diferenciar una estrategia u otra hacia las luchas de liberación nacional en función del territorio.
Por el contrario, la comprensión del imperialismo que mantenía Lenin como el producto del capital financiero le llevaba a una visión parcializadora en la que unos países eran imperialistas mientras que otros no. Así, el mundo se dividía en naciones oprimidas y opresoras y el recurso a la guerra nacional se volvía, por tanto, una cuestión mucho más dependiente de la táctica y caracterización concretas. Mientras que hacía una crítica feroz a la justificación de la Primera Guerra Mundial como guerra defensiva por las distintas secciones de la II Internacional, y mientras que dirigía la fracción más determinada de los revolucionarios de todos los países en la defensa del derrotismo revolucionario, seguía manteniendo sin embargo la validez de la guerra nacional en determinados casos, como los de los movimientos nacionalistas contra el dominio zarista o los de las luchas anticoloniales:
Si, por ejemplo, mañana Marruecos declarase la guerra a Francia, la India a Inglaterra, Persia o China a Rusia, etcétera, esas guerras serían guerras “justas”, “defensivas”, independientemente de quien atacara primero, y todo socialista simpatizaría con la victoria de los Estados oprimidos, dependientes, menoscabados en sus derechos, sobre las “grandes” potencias opresoras, esclavistas y expoliadoras.
Pero imagínese que un propietario de cien esclavos hace la guerra a otro que posee doscientos por llegar a una distribución más “equitativa” de los esclavos. […] Precisamente así engaña hoy la burguesía imperialista a los pueblos, valiéndose de la ideología “nacional” y de la idea de defensa de la patria, en la guerra actual que los esclavistas libran entre sí para consolidar y reforzar la esclavitud.[65]
El problema, como podría haberle señalado Luxemburg, es que si Marruecos necesitaba las mejores armas y la mejor formación militar para lidiar esa guerra, solo otra potencia equiparable a la agresora podía proveérselas, es decir, otro esclavista: el Káiser, pongamos por caso. La alternativa a esto no era el suicidio heroico, sino simplemente negociar las condiciones de la sumisión colonial. La única salida posible para las «guerras nacionales» en las colonias y semicolonias era por tanto entrar a jugar en el ajedrez imperialista. Y si Lenin hubiera respondido que, con la constitución de la dictadura del proletariado, las luchas anticoloniales sí habrían tenido elección, entonces cabría preguntarse por qué la dictadura del proletariado habría de dar armas a la burguesía nacional en lugar de al proletariado. Las consecuencias de semejante táctica no hace falta imaginarlas: las armas que la Unión Soviética dio a Kemal Atatürk fueron utilizadas para perseguir a los comunistas en Turquía, ejecutando a varios líderes del TKP en 1921, incluido su fundador Mustafa Suphi.
En definitiva, el imperialismo es una «totalidad indivisible» del capitalismo mundial, y olvidarlo en nombre de una estrategia diferente para cada región, como en la concepción de Lenin para las colonias o la de la doble revolución de Bordiga para los «pueblos de color», acababa por plantear serios problemas para el programa revolucionario. La teorización de Rosa Luxemburg sobre las causas del imperialismo podía estar equivocada, pero las preguntas eran acertadas y el método para resolverlas era fiel a las categorías del valor, a la lógica impersonal del capital y a su comprensión como una totalidad social en movimiento.
Durante las primeras décadas del siglo XX, la discusión sobre la guerra giró en torno a sus causas. Para la derecha de la II Internacional, la guerra estaba provocada por la agresión del militarismo prusiano o del absolutismo ruso de un lado y la defensa legítima de la democracia y la civilización del otro. Para el centro, era el producto —inevitable o no— del predominio del capital financiero sobre el capital industrial, por naturaleza librecambista y pacífico. Para la izquierda, la guerra mundial era la expresión última de las contradicciones capitalistas, el anuncio de la decadencia profunda del sistema. La batalla teórica fundamental contra la derecha y el centro se situaba en las causas estructurales de la guerra y, en consecuencia, la imposibilidad de justificarla como una «guerra nacional», como habían hecho los partidos socialdemócratas para legitimar su integración en la Unión Sagrada.
Pero la prolongación inesperada del conflicto, el desgaste en la retaguardia de las economías de guerra a partir de 1916, las deserciones y motines desatados en el frente a partir de 1917 y el propio estallido de la revolución en Rusia, iban a despejar rápidamente el debate en torno a la legitimidad de la guerra. La masacre del proletariado en el frente dibujaba una línea de sangre entre los revolucionarios y el resto de la II Internacional, de tal manera que las contribuciones sobre el origen de la guerra que hicieron compañeros como Luxemburg, Pannekoek, Trotsky, Bujarin o Lenin se incorporaron con naturalidad al acervo común de los comunistas.
Ciertamente, había una diferencia entre la visión mayoritaria de los bolcheviques y más tarde de la Tercera Internacional, para la que la tendencia a la concentración monopolista del capital lo empujaba a enfrentar los Estados entre sí por el dominio colonial, y la visión luxemburguista del problema de realización de la plusvalía, que exigía del control de los mercados extracapitalistas en continuo agotamiento. También había una diferencia importante a la hora de definir las guerras en las colonias como verdaderas guerras nacionales o como conflictos sujetos a la red del juego imperialista. Pero en cualquier caso, en lo esencial la conclusión era la misma: el capitalismo estaba entrando en su fase terminal, caracterizada por crisis económicas y conflictos bélicos de gran intensidad, y no había posibilidad de una estabilización duradera del sistema. Aunque la dinámica cíclica de booms y crisis continuara, como explicó Trotsky en su informe ante el IV Congreso de la Internacional Comunista (1922), no eran más que altibajos que dibujaban una curva descendente. Solo la revolución proletaria podía romper con semejante horizonte.
Pero la revolución proletaria no consiguió imponerse. La década de los 20 absorbió las energías de los comunistas para luchar primero por su extensión y por la construcción de los partidos comunistas como secciones de un mismo partido mundial, y después contra la progresiva degeneración de la revolución en Rusia y de la propia Internacional. Lo que sucedería a partir de entonces, con el avance de la contrarrevolución estalinista, el ascenso del fascismo, la Gran Depresión, la intervención creciente —ya fuera fascista, estalinista o keynesiana— del Estado en la economía y finalmente el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el largo boom de posguerra, haría que el debate sobre la guerra se desplazara desde sus causas hacia sus consecuencias y funcionalidad en el sistema capitalista. Las conclusiones que las distintas corrientes del campo revolucionario sacaron de este período marcarían profundamente las actuales concepciones de la guerra entre los comunistas internacionalistas.
Lenin 1917 – Noske 1919 – Hitler 1933
Cuando la izquierda comunista italiana en el exilio publicó el primer número de Bilan, en noviembre de 1933, decidió imprimir en la cubierta una frase que resumía toda una caracterización de los problemas y perspectivas del periodo: «Lenin 1917 Noske 1919 Hitler 1933». Como explicó en «Decimosexto aniversario de la Revolución rusa», la oleada revolucionaria iniciada en 1917 se había saldado en 1927 con el aplastamiento de la revolución china, una derrota tanto más profunda cuanto que el responsable había sido la misma Internacional Comunista que tenía como función extender la revolución a escala mundial. El partido mundial se había transformado, con la proclamación del socialismo en un solo país, en una correa de transmisión de los intereses del Estado ruso, cada vez más integrado en el juego de las potencias imperialistas. La contraofensiva capitalista que comenzó en 1919 con el aplastamiento de la revolución alemana por la socialdemocracia —y Noske como su perro sangriento— se cerraba así con la desaparición del partido de clase y allanaba el terreno para la siguiente guerra mundial: el ascenso de Hitler al poder era la señal de salida.
De manera que para Bilan,[66] en el momento en que el proletariado no había conseguido imponer su solución a la decadencia —la revolución mundial—, la burguesía no podía sino dar su propia respuesta: la guerra imperialista. En su colaboración con la LCI, y especialmente con Jehan/Mitchell, había asumido la teoría de Luxemburg para explicar el crack del 29 y la Gran Depresión. El capitalismo necesitaba mercados extracapitalistas en los que realizar el plusvalor que el capital no podía absorber por sí mismo. En la medida en que estos mercados se fueron agotando con la introducción violenta de las relaciones capitalistas en todo el globo, el sistema dejaba de experimentar crisis cíclicas que regeneraban la dinámica de acumulación y entraba en una fase de crisis permanente. La única solución, en verdad parcial e impotente, era una gran guerra que destruyera todo el plusvalor que no se podía realizar de otro modo. A la derrota del proletariado y la crisis del 29, le seguía lógicamente el curso hacia la guerra.
Era inevitable hacer el paralelismo. El entusiasmo nacionalista del proletariado en los primeros momentos de la Gran Guerra, así como la debacle de la II Internacional y la integración de los partidos socialistas en la Unión Sagrada, habían significado una derrota profunda. Solo la exacerbación de las contradicciones de clase que supuso el curso de la carnicería en el frente y la miseria y represión en la retaguardia permitieron que el proletariado retomara la lucha. Cuando lo hizo, pudo vincularla a sus intereses históricos por la existencia de minorías revolucionarias que, como los bolcheviques, levantaban alto el estandarte del internacionalismo y la revolución mundial. Como el resto de revolucionarios del periodo, Bilan creía que la perspectiva de la Segunda Guerra Mundial no sería muy diferente. Por ello, la tarea fundamental era la preparación del partido del mañana mediante el balance de la degeneración de la revolución rusa y la clarificación programática entre las fracciones de izquierda expulsadas de los partidos “comunistas”.
Por su parte, las posiciones de Trotsky no variaron esencialmente en la década de los 30 respecto a los años previos, pero sí fueron subrayando con cada vez más fuerza el carácter decadente del periodo. Como explicó en 1914, el desarrollo de las fuerzas productivas imponía una dimensión mundial al conjunto de la economía y ponía en cuestión los Estados-nación que, sin embargo, existirían mientras existieran relaciones de producción capitalistas. Como consecuencia, los Estados se entregaban a una lucha sin cuartel que desembocaría en innumerables guerras, empezando por la Primera Guerra Mundial, si la revolución proletaria no las paraba antes. Pero la ofensiva iniciada en 1917 había concluido con la derrota del proletariado alemán en 1933 y el ascenso de la burocracia en la URSS. En una situación en que la burguesía no podía salvar su modo de producción y en que el proletariado no conseguía acabar con él, solo cabía esperar la mayor de las catástrofes.
La crisis del 29 y la caída de la producción a escala mundial se mostró para él como una confirmación del declive de las fuerzas productivas. El ascenso del fascismo en Alemania era entonces la última carta de una burguesía desesperada ante el ocaso de su sistema, mientras que la impotencia del proletariado por la falta de una dirección revolucionaria no podía sino conducir a un cul de sac que iría pudriendo poco a poco las condiciones para la revolución.[67] De hecho, fue la victoria del nazismo en 1933 ante la parálisis y el desaliento del proletariado alemán, que Trotsky atribuyó a la política nefasta del Tercer Periodo, la que le llevaría a la convicción de que los partidos “comunistas” no eran recuperables y que había que romper con ellos. La decadencia del capitalismo se expresaba con el ascenso del bonapartismo, con la eliminación de todo rastro del Estado liberal y democrático y la imposición de un aparato policial-militar para aplastar las organizaciones obreras y allanar el terreno hacia la guerra. Bajo la convicción de que la nueva conflagración volvería a abrir la posibilidad de la revolución, la tarea primordial del momento era trabajar por la constitución de la IV Internacional. Si fracasaba de nuevo, las consecuencias de la guerra eran para Trotsky indudables: la probable victoria de Estados Unidos solo podría ser una victoria pírrica que acabaría con la propia decadencia norteamericana.[68]
Las diferencias entre Trotsky y la izquierda italiana sobre las consignas democráticas, la relación con la socialdemocracia y las bases sobre las que construir el partido hicieron pronto imposible su colaboración en la Oposición de Izquierdas. En última instancia, todas estas divergencias remitían a una diferente concepción del papel de los revolucionarios, puesto que para Trotsky el triunfo de la contrarrevolución dependía de la capacidad organizativa, táctica y estratégica para construir la IV Internacional como alternativa al estalinismo y a la socialdemocracia, mientras que para Bilan la derrota política del proletariado había sido profunda y era imposible construir un nuevo partido de clase, fuera cual fuera la estrategia a desplegar, sin que la propia clase rompiera por sí misma con los organismos de la contrarrevolución que la sometían. Convencidos ambos del curso hacia la guerra, estas divergencias en la forma de comprenderlo solo podían ir creciendo con los sucesivos acontecimientos que llevaban a ella. Uno de los puntos demarcatorios consistía en la explicación del fascismo. Para Trotsky era preciso enmarcarlo en un proceso más general en el que el Estado en el ocaso del capitalismo abandonaba sus rasgos democráticos y liberales para volverse una máquina engrasada para la represión del proletariado y la guerra. Bajo este análisis y en consonancia con el III y IV Congreso de la Internacional, a los que se habían enfrentado ya las izquierdas comunistas, tenía sentido plantear un frente único con la socialdemocracia para defenderse de las agresiones fascistas. Además, la concepción de la revolución permanente de Trotsky implicaba que las organizaciones comunistas debían asumir como suyas las tareas democrático-burguesas que la burguesía ya no era capaz de llevar a cabo, por lo que tenía sentido la utilización táctica de consignas democráticas contra el fascismo.
Por su parte, la izquierda italiana había rechazado ya desde el ascenso de Mussolini el frente único antifascista. Para ella no había una oposición entre democracia y fascismo, sino una complementariedad innegable, de tal forma que el ascenso del fascismo italiano habría sido imposible sin el papel paralizador del PSI en el Bienio Rosso y el del nazismo sin el aplastamiento del proletariado por parte de la socialdemocracia alemana. Lejos de ser una consigna de transición, la defensa de la democracia y el antifascismo eran la forma en que se preparaba ideológicamente al proletariado para la nueva Unión Sagrada, y toda concesión por parte de los comunistas al antifascismo solo podía significar su colaboración en la conformación de los bandos imperialistas.
Esta diferencia se haría patente a partir de 1936 con la guerra civil española, en la que el grupo trotskista Bolchevique-Leninista de G. Munis, Benjamin Péret y Jaime Fernández mantenía la necesidad de luchar en el frente contra el bando nacional como parte de la lucha por la revolución proletaria, que se llevaba a cabo en la retaguardia en contra de la República. A contracorriente no solo del trotskismo, sino de muchas de las agrupaciones revolucionarias del periodo, la mayoría de Bilan definió la guerra española como un conflicto interburgués que vehiculaba la guerra imperialista por venir, con Alemania y Rusia en sus respectivos bandos como confirmación de ello. En consecuencia, debía defenderse el derrotismo revolucionario y no tenía sentido hablar de una «revolución española» en curso, desde el momento en que el levantamiento proletario del 19 de julio fue canalizado hacia la defensa del bando republicano con la integración de la CNT y el POUM en el Comité de Milicias Antifascistas.
Había dos puntos más que marcarían la diferencia con el trotskismo y que acabarían por provocar su paso al campo burgués a partir de la Segunda Guerra Mundial. El segundo consistía en la defensa de las luchas anticoloniales, que llevó a Trotsky a considerar la resistencia del Negus a la invasión italiana de Abisinia (1935) y la guerra del Kuomintang y del PCCh contra la ocupación japonesa de Manchuria (1937) como guerras antiimperialistas que los comunistas debían apoyar. Para Bilan, que había asumido la noción del imperialismo de Rosa Luxemburg, eran expresiones localizadas de la guerra imperialista en curso y en ellas debía defenderse inequívocamente el derrotismo revolucionario.
El tercer punto era la Unión Soviética. El abandono de la política del socialfascismo, la entrada de Rusia en la Sociedad de Naciones y el giro antifascista del estalinismo respondían a la nueva estrategia diplomática de la URSS en el curso hacia la guerra. Mientras que Trotsky lo entendió como un signo más de degeneración nacional-conservadora de la burocracia soviética que, sin embargo, no podía llevar de ningún modo a negar la defensa de la URSS en caso de ataque de las potencias capitalistas, para la izquierda italiana era la confirmación de que Rusia estaba plenamente integrada en el juego de las potencias imperialistas. Para Bilan, uno de cuyos elementos de reflexión más importantes era el papel del Estado en la revolución, no cabía ninguna duda de que en el momento en que los intereses nacionales del Estado proletario se impusieran a los de cualquier fracción del proletariado mundial, este perdía su carácter proletario y se integraba en la dinámica imperialista como un país capitalista más.[69] En consonancia, los comunistas debían defender el derrotismo revolucionario en cualquier circunstancia, independientemente de si la URSS estaba o no implicada en el conflicto.
En este marco puede entenderse mejor la insistencia de Bilan en el carácter excluyente de la guerra y la revolución. Al ser las respectivas respuestas a la decadencia del capitalismo de las dos clases en pugna, no podía haber ninguna continuidad entre la guerra de dos fracciones de la burguesía —tomara la forma de guerra antiimperialista (Abisinia, 1935), de guerra antifascista (España, 1936) o de guerra por la independencia nacional (China, 1937)— y la revolución proletaria. Esto no negaba en absoluto la posibilidad de que se produjera un levantamiento de clase durante la guerra. Al contrario, tanto Vercesi como Mitchell estaban convencidos de que las condiciones de la Segunda Guerra Mundial serían aún más favorables para la revolución proletaria que la Primera. Pero sí obligaba a las minorías revolucionarias a defender desde el inicio el derrotismo revolucionario contra ambos bandos en conflicto, sin distinción ni concesiones, si se quería dar la más mínima posibilidad de que la exacerbación de las contradicciones de clase que conllevaba la guerra condujera a una salida revolucionaria. Era, en última instancia, la respuesta de Bilan a las implicaciones de la idea de revolución permanente de Trotsky.
En lo que respecta a la izquierda germano-holandesa, a lo largo de la década de los 30 tuvo intensos debates sobre cómo entender el ascenso del fascismo, la creciente intervención estatal en la economía y las crisis capitalistas. Si bien había consenso, especialmente a partir de la invasión italiana de Abisinia en 1935, en que el mundo se encaminaba de nuevo hacia la guerra, la explicación de las causas y los efectos de la misma dependían de la posición que se tomara en este debate, el cual estuvo marcado por dos ejes: la teoría del derrumbe del capitalismo elaborada por Henryk Grossman y la idea de una tendencia hacia el capitalismo de Estado[70] planteada por los consejistas alemanes Revolutionären Obleute («Delegados Revolucionarios») en la llamada Conferencia de Bruselas de 1935.
Grossman publicó La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista unos pocos meses antes del crack del 29. En su libro, retomaba de Rosa Luxemburg la idea de los límites estructurales de la acumulación capitalista, pero desplazando el problema de la realización del plusvalor a su producción. Para Grossman, el capitalismo entraba en crisis no porque el mercado fuera incapaz de absorber las mercancías que producía, sino porque no era capaz de producir suficiente masa de plusvalor para sostener una expansión de la producción y compensar así la caída tendencial de la tasa de ganancia. A este límite interno del capitalismo se ofrecían contratendencias, una de las cuales era la guerra como un medio de desvalorización del capital, pero ninguna de ellas podía anular la tendencia estructural del capitalismo a su colapso, que se produciría antes o después de forma objetiva, aunque con la intermediación del proletariado en su lucha por los salarios.
La teoría de Grossman tuvo una inmediata resonancia en la izquierda germano-holandesa, en la medida en que venía a reforzar la afirmación de la crisis terminal del capitalismo que había caracterizado a la tendencia Essen en el KAPD. Frente a este éxito, el Groep van Internationale Communisten (GIC) de Holanda, con compañeros como Henk Canne-Meijer y Jan Appel y bajo la influencia de Pannekoek, advirtió en varios textos contra la idea de una crisis final del capitalismo como una forma complaciente de evitar el problema político de la conciencia del proletariado. Así, Pannekoek en La teoría del derrumbe del capitalismo (1934) criticó el automatismo que escondía la teoría del colapso de Grossman, señaló el método positivista y fatalista del autor e insistió en la importancia de la conciencia de clase para que, a través de una revolución, ese colapso se produjera.
De manera semejante, Herman de Beer en De beweging van het kapitalistisch bedrijfsleven [‘La dinámica de la empresa capitalista’] (1932) criticó los planteamientos que definían el crack del 29 como la crisis final del capitalismo y afirmó que las crisis en este sistema eran de carácter cíclico, con la función de desvalorizar las masas de capital excedente para restaurar la rentabilidad. De cada crisis el capitalismo emergía rejuvenecido, como el ave Fénix, aunque esto no debía entenderse como una afirmación de su inmortalidad. A medida que aumentaba la masa de capital que desvalorizar, la dimensión de la crisis se hacía mayor, así como la necesidad de los Estados de entrar en guerra para intentar que su capital nacional pagara la menor parte de la factura. Así pues, solo la revolución proletaria podía detener este ciclo infernal de la crisis capitalista, que adquiría cada vez proporciones más catastróficas.
Por otro lado, desde Estados Unidos Paul Mattick retomó también la teoría de Grossman y planteó que el capitalismo estaba dejando atrás sus crisis cíclicas y entraba en una situación de crisis permanente, marcada por la imposibilidad de acumular capital a suficiente velocidad para superar las consecuencias de la caída de la rentabilidad. Esto no implicaba su colapso automático, para el cual se requería una fuerza revolucionaria y consciente, pero sí el incremento de la miseria absoluta del proletariado, que haría cada vez más insoportable su sumisión a la burguesía.[71] La extensión del mercado más allá de las fronteras nacionales era imprescindible para garantizar una expansión del capital que permitiera sobreponerse a la caída de la tasa de ganancia, lo cual llevaba a una puesta en cuestión en un momento dado de la configuración del orden mundial entre naciones. Esta era la función de la guerra en el capitalismo. Pero así como las crisis cíclicas que permitían sanear la economía habían quedado atrás, y se había entrado en una fase de crisis permanente, la capacidad de la guerra para establecer una configuración mundial que asegurara la paz durante un tiempo parecía también caduca.
En The War is Permanent (1940), Mattick explicaba que la crisis del 29 empujó a una lucha descarnada entre unos capitales nacionales por mantener su rentabilidad a costa de los otros, lo que derivó en un proceso de militarización, rearme y sometimiento de los intereses de los capitales privados al Estado que, en el caso de los países más pobres, se llevó a cabo a marchas forzadas mediante el fascismo. El New Deal y las leyes sociales de los países aliados eran el reverso de este mismo proceso en las naciones ricas, que sin embargo a medida que la crisis se profundizaba se veían arrastradas a la misma tendencia al capitalismo de Estado. En última instancia la Segunda Guerra Mundial, lejos de permitir una nueva configuración pacífica del orden imperialista o de presentarse como una solución a la crisis, solo podía suponer la fascistización del mundo y una exacerbación de las contradicciones capitalistas.
En el texto de Mattick resonaba el debate abierto por los Revolutionären Obleute cinco años antes, en una conferencia internacional entre grupos consejistas alemanes, daneses, holandeses y estadounidenses que se llevó a cabo en Copenhague, aunque públicamente la anunciaran en Bruselas para evitar a la Gestapo.[72] La discusión quedó recogida en «Differenzen in der Rätebewegung» [‘Divergencias en el movimiento consejista’] (Internationale Rätekorrespondenz, nº 15-16, mayo de 1936), en el órgano de prensa del GIC.
Los Revolutionären Obleute planteaban que la tendencia a la concentración y centralización del capital estaba empujando al capitalismo a una crisis imposible de gestionar con los métodos propios del capitalismo privado, como se había visto tras el crack del 29. La crisis aumentaba la pugna entre capitales nacionales e impulsaba una tendencia al rearme, que solo era posible mediante la economía planificada de capitalismo de Estado, cuya expresión política más apropiada era la dictadura fascista. Así pues, tanto la Alemania nazi como la Rusia soviética eran el ejemplo más avanzado de la tendencia que arrastraba al resto de países capitalistas, cuyos Estados ya habían empezado a regular la economía mediante planes como el New Deal. Como había defendido Bujarin 20 años antes en El imperialismo y la economía mundial, para los Revolutionären Obleute la economía planificada no eliminaba las contradicciones capitalistas, pero desplazaba la competencia entre capitales al plano internacional, conformando grandes bloques económicos que unificaban los intereses del capital en su interior. Así, las crisis abandonaban su carácter cíclico para convertirse en una crisis latente, que suponía el empobrecimiento creciente del proletariado y la exacerbación de los antagonismos de clase frente a ese gran explotador colectivo en que se había convertido el Estado como capitalista general. Antes o después todos los países capitalistas irían adoptando el capitalismo de Estado, síntesis de la explotación económica y la opresión política, y el proletariado no tendría más remedio que enfrentarse a él directamente.
Frente a este planteamiento, los consejistas estadounidenses y holandeses entendían que solo podía hablarse de capitalismo de Estado en el caso de la URSS, donde el capital privado había sido liquidado de forma violenta mediante una revolución, y que no se estaba asistiendo a una atenuación de las contradicciones capitalistas, sino que bien al contrario la regulación estatal de la economía era una expresión de estas contradicciones. A sus ojos, la planificación económica se hacía necesaria para enfrentar la crisis del capital —permanente, en opinión de los estadounidenses— y para garantizar el rearme y la unidad nacional de cara a la inminencia de la guerra mundial. En este sentido, para Pannekoek, que participó en el debate con un texto propio, la intervención estatal no debía entenderse por su necesidad económica, sino sobre todo por su necesidad política de preparación para la guerra. Si esto se daba o no bajo la forma de la dictadura fascista dependía de las condiciones específicas de cada país, puesto que nada parecía indicar que el dominio del capital monopolista sobre el parlamentarismo inglés o la república estadounidense necesitara prescindir de la democracia para mantenerse. Era sin embargo un debate vivo, porque poco después Pannekoek escribía, bajo el pseudónimo de John Harper, un artículo en el que señalaba una tendencia general al capitalismo de Estado para responder a la agitación social que despertaría la situación de crisis profunda en que se encontraba el sistema.
A fin de cuentas, estaba en el ambiente. El progresivo abandono del Estado de su vieja fachada liberal para convertirse en un agente económico que vehiculaba e impulsaba el salto de socialización era un fenómeno que, inevitablemente, encontraba su explicación dentro del marco teórico con el que se habían formado los revolucionarios de la época, esto es, mediante la tendencia al monopolio y la fusión del capital financiero con el Estado, que tenía su correlato político en el régimen totalitario. La Gran Depresión y el repliegue nacional de las economías, el proteccionismo, la intervención estatal con un fin tanto de apaciguamiento social como de rearme y preparación para la guerra, el estallido de conflictos bélicos que amenazaban en permanencia con precipitar la guerra mundial, eran hechos de tal magnitud que, sin la debida distancia histórica, hacían difícil interpretar las tendencias estructurales que se estaban desarrollando a través de ellos.
Más allá de la lúcida resistencia de Pannekoek y otros compañeros a sacar conclusiones precipitadas, entre los consejistas estos fenómenos llevaron a no ver que los organismos de ese «viejo movimiento obrero» con el que el consejismo cifraba la contrarrevolución socialdemócrata y estalinista no estaban condenados a desaparecer, como parecía preverse en el proceso de fascistización, sino que al contrario se iban a convertir en potentes aparatos de Estado con los que integrar las reivindicaciones inmediatas durante las siguientes décadas. En otras palabras, como se demostraría después de la Segunda Guerra Mundial, la democracia no solo no era incompatible con las nuevas funciones que estaba asumiendo el Estado, sino que era mucho más capaz que el fascismo de llevarlas a cabo.
Economía de guerra y guerras localizadas
Si para los consejistas lo importante era que la guerra aceleraba la transformación totalitaria del Estado, la preocupación de Bilan consistía en cómo la economía planificada servía para preparar la sumisión ideológica del proletariado a la guerra. Como explicaba Mitchell en «Roosevelt al timón» (Bilan, nº 3, enero de 1934) y «El plan De Man» (Bilan, nº 4-5, febrero-marzo de 1934), en los países perdedores del Tratado de Versalles la inestabilidad social hacía que, para promover la adhesión del proletariado a la defensa nacional, antes hubiera que destruir sus organismos de clase de forma violenta; de ahí la necesidad del fascismo. Sin embargo, en los países vencedores los gobiernos se enfrentaban directamente a la amenaza social mediante estrategias como el New Deal en Estados Unidos, el plan De Man en Bélgica u otras formas de legislación social en Francia e Inglaterra. Estas poco podían hacer para superar la crisis, que se originaba para Bilan en el exceso relativo de capacidad productiva respecto a la capacidad adquisitiva del proletariado, pero permitían lidiar con el desempleo generando una recuperación pasajera mediante la expansión del crédito y el repliegue nacional. A este repliegue se adaptaba el programa socialdemócrata dando una vuelta de tuerca más en su defensa del orden capitalista y convirtiéndose, como correspondía a su función histórica para someter al proletariado a la Unión Sagrada, en un «nacional-socialismo» de vocación antifascista.
Conforme avanzaba la década, el énfasis en la necesidad de la burguesía de garantizarse la sumisión del proletariado antes de desencadenar la guerra se fue transformando en Bilan en la necesidad de la guerra para mantener la sumisión del proletariado. Aunque era algo que podía estar en la cabeza de muchos, como se puede ver en la insistencia de Pannekoek en la función política del capitalismo de Estado para afianzar el control social, el enfoque fuertemente decadentista de Bilan sentó las bases para acabar en una explicación de la naturaleza de la guerra más funcional a la lucha de clases que a los conflictos interburgueses, con los graves errores teóricos que se derivaban de ello.
Como explicábamos antes, para Bilan la tendencia al capital monopolista al interior de las economías capitalistas y el agotamiento de los mercados extracapitalistas al exterior, conducían al sistema a una situación de crisis permanente, a la que no podría encontrar una salida diferente a la destrucción de vidas y riquezas materiales en la guerra, si el proletariado no le oponía su propia salida revolucionaria.[73] Así pues, si bien había que explicar la industria militar y la propia guerra como el producto de la competencia entre capitalistas, como su producto más violento, lejos de ser un mero reparto de la riqueza, su función en la fase imperialista y decadente del capitalismo era la de destruirla para intentar mantener a raya la desproporción entre consumo y producción inherente al sistema.[74]
Un método suplementario para llevar esto a cabo se presentaba con la industria militar y su expresión máxima, la economía de guerra, que constituían un campo de acumulación de capital creado artificialmente por el Estado al comprar el plusvalor no realizable y financiar dicha compra mediante impuestos —valor acumulado— o deuda pública —valor futuro—, incurriendo en un gasto improductivo.[75] De esta forma contenía la burguesía, sin llegar jamás a superarlas, las contradicciones que conducían a la crisis económica, pero al hacerlo se veía empujada a una exacerbación de los conflictos interimperialistas y finalmente a la guerra. La guerra adquiría así una función económica, como forma de evacuar el plusvalor no realizable, y una función política, el mantenimiento de la burguesía en el poder, que de otra forma se tambalearía frente a una crisis económica permanente que acentuaría los antagonismos sociales y abriría el horizonte de la revolución. Así, como le respondió Mitchell a Hennaut en el proceso de ruptura de la futura Fracción Belga de la Izquierda Comunista con la LCI,[76] era preciso entender la guerra no desde el plano superficial de la lucha interburguesa, sino desde el plano estructural de los antagonismos de clase.
Pero esta afirmación, que al inicio tenía la finalidad de enfatizar la disyuntiva histórica entre guerra y revolución como las soluciones antagónicas de burguesía y proletariado en la decadencia del capitalismo, podía llevar a dejar en un segundo plano los conflictos interburgueses, haciendo de la lucha de clases una explicación suficiente del sentido de la guerra. Es así como, con el ascenso del antifascismo y su culmen en la guerra de España, en la que la energía revolucionaria del proletariado español era puesta al servicio de sus enemigos históricos, la función política de la guerra para mantener a la burguesía en el poder debió de ir ganando peso en la explicación. Contribuyó también el hecho de que las potencias democráticas mantuvieran el intercambio comercial con Alemania, Italia y Japón, alimentando sus economías de guerra con las materias primas que solo imperios coloniales como Francia e Inglaterra podían proveer. A esto se añadió el que a partir de 1936 estas últimas empezaran a aumentar su gasto militar y lo vincularan a la legislación social pactada y garantizada por los sindicatos.
Así, en 1937 Vercesi presentaba un informe sobre la situación internacional al congreso de la Fracción Italiana en el que daba el paso. El desarrollo de las fuerzas productivas hacía que ya ni siquiera bastara con la evacuación puntual en conflictos bélicos del plusvalor excedente, como lo demostraban las crisis de posguerra a pesar de las enormes destrucciones de 1914-1918. Ahora se requería la instauración de una economía de guerra permanente para la destrucción del plusvalor. En el plano político, el proletariado se mantenía sometido a una industria militar que lo empobrecía mediante tres fuerzas ideológicas, la democracia, el fascismo y el estalinismo, que hacían uso de guerras localizadas para reforzarse mutuamente y desviar su ataque revolucionario. Estas guerras localizadas bastarían para controlar la situación provisionalmente, evitando así el fantasma de la revolución proletaria que una nueva guerra mundial podía suscitar, aunque la propia economía de guerra acabaría entrando en crisis y la solidaridad intercapitalista de los bandos en conflicto acabaría por hacerse patente y desvelar la verdadera función del antifascismo.
Si unos meses después Vercesi reconocía que su posición no era mayoritaria en la fracción, la política de apaciguamiento de Inglaterra y Francia frente a la agresividad creciente de Alemania iría ganando a más compañeros a su análisis. Cuando en septiembre de 1938, con los Acuerdos de Múnich, estas permitieron a Hitler anexionarse la región de los Sudetes en Checoslovaquia, la mayoría de las fracciones italiana y belga concluyó que la burguesía no iba a permitir el estallido de una nueva conflagración, que el antifascismo se había quitado la careta y que era cuestión de tiempo para que las luchas en contra de la economía de guerra, que ya habían empezado en Francia y Bélgica, permitieran al proletariado romper con la Unión Sagrada y recuperar su autonomía de clase.[77]
Pero un año después de los Acuerdos de Múnich Alemania invadía Polonia, dando inicio a la Segunda Guerra Mundial, y Bilan quedaba desarticulado. Sin embargo, el motivo definitivo de la crisis no parece haber sido en sí misma la polémica entre guerras localizadas o guerra mundial, sino las conclusiones tácticas a que llevó la creencia en una pronta reanudación de la lucha de clases y la posibilidad de constituir el partido en consecuencia. Esto puede deducirse del hecho de que el artículo sobre la «Economía de guerra» (abril de 1939) de Mitchell, quien era contrario a la previsión de guerras localizadas, todavía identificara en un tono neutral tres consecuencias posibles de la crisis de la economía de guerra: la continuación de guerras localizadas, el estallido de la guerra mundial o el inicio directamente del proceso revolucionario. También parece indicarlo el hecho de que un texto sin firmar de 1941, «Le prolétariat et la guerre»,[78] que debe de haber sido escrito por un miembro de la minoría de la fracción belga, se proponga realizar un balance de los motivos de la ruptura y no señale entre ellos la cuestión de las guerras localizadas, sino las diferencias en torno a la creación de un frente único sindical con la LCI de Hennaut y el grupo trotskista PSR, creación que defendía Vercesi y la mayoría de Bilan en contra de la opinión de la minoría.
Como quedó recogido en «La tactique de la fraction» y «Déclaration de la minorité» de Communisme, nº 24 (marzo de 1939), la mayoría de Bilan, dirigida por Vercesi, proponía iniciar un trabajo sindical y de clarificación con estos grupos, con quienes habían tenido fuertes diferencias respecto a Abisinia, España y China, pero que se habían declarado a favor del derrotismo revolucionario en la guerra mundial. Esta propuesta estaba vinculada con la creencia de que se iba a entrar de nuevo en un proceso prerrevolucionario y que era prioritario empezar a trabajar para establecer las bases del nuevo partido de clase. La minoría de la fracción belga se opuso a la propuesta, con el argumento de que el trabajo con estos grupos sería un obstáculo para la tarea de clarificación que se quería emprender, y que la táctica del frente único correspondía al partido, no a una fracción en un contexto aún contrarrevolucionario. Estos desacuerdos hicieron de detonante en un terreno ya abonado, seguramente, por la angustia frente a los acontecimientos de los últimos años, el aislamiento, la desorientación y las crecientes diferencias al interior del grupo, que hicieron que Octobre dejara de publicarse entre mayo de 1938 y agosto de 1939, cuando se sacó su último número. El estallido de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de Bélgica pocos meses después harían el resto.
La idea de la decadencia había sido una herramienta clave para romper con la separación entre programa mínimo y programa máximo de la II Internacional. También lo había sido para profundizar el patrimonio programático con las nuevas lecciones del proceso revolucionario y para poder mantener posiciones de clase en el desaliento y desorientación que provocaron el aplastamiento físico e ideológico del proletariado, el ascenso del fascismo y del estalinismo y las matanzas de dos guerras mundiales. Sin embargo, desde muy temprano se convirtió en una limitación y en la base para toda una serie de errores teóricos que dificultarían entender las profundas transformaciones que estaba sufriendo el capitalismo en el gran salto de socialización. Cuando después de la Segunda Guerra Mundial se afianzó la victoria de las contrarrevoluciones democrática y estalinista, al compás de una estabilización económica, política y social sin precedentes en el siglo XX, la guerra pareció dotarse de una capacidad inédita para enfrentar las contradicciones del capitalismo y mantenerlo a flote contra todo pronóstico. A la idea decadentista de la guerra permanente se le empezó a oponer otra que la asemejaba y reducía a una crisis económica de grandes dimensiones, insertándola en un ciclo infernal de crisis – guerra – reconstrucción – crisis que solo el proletariado podría romper mediante la revolución comunista. Pero esta visión de la guerra cíclica, a su vez, presentaba algunos problemas.
Origen y función de la guerra en el capitalismo
En la perspectiva burguesa, la guerra se ha explicado desde muchos ángulos, pero nunca, naturalmente, desde las determinaciones del modo de producción mismo que la sostiene. A veces se la explica desde una perspectiva antropológica, por el egoísmo y la voluntad de poder intrínsecos al ser humano. Otras veces desde una perspectiva materialista vulgar, por la necesidad de unas naciones de hacerse con los recursos naturales de otras. Otras veces desde una perspectiva política, haciéndola depender del carácter más democrático o más autoritario de los diferentes gobiernos —no por azar, fue esta la perspectiva que asumieron los partidos socialdemócratas en la Primera Guerra Mundial—. Otras veces se explica la guerra por el sistema de relaciones internacionales y la capacidad geopolítica de los Estados de navegar en él, manteniendo el equilibrio de alianzas o precipitando una polarización en bloques antagónicos. Hoy en día, tampoco por azar, esta es la explicación preferida por intelectuales indistintamente de izquierda y derecha.
Frente a estas visiones, los revolucionarios siempre han defendido el carácter estructural de la guerra en las relaciones sociales capitalistas. La misma existencia de una humanidad fragmentada en Estados-nación y contrapuesta por la propiedad privada es condición de posibilidad de la guerra. Para los comunistas revolucionarios, los conflictos bélicos no dependen de las buenas o malas voluntades, de la avaricia o altruismo, inteligencia o necedad de la clase dominante, ni mucho menos de la dominada, sino que obedecen a fuerzas históricas más profundas que encuentran la forma de expresarse a través de las acciones de individuos, grupos sociales y Estados.
Pero tanto el origen como la función de la guerra en el capitalismo han sido objeto de un debate cambiante en el transcurso de los periodos históricos en que nos ha tocado luchar. Como se ha dicho, Marx y Engels asistieron a pocas guerras y poco asemejables a las vividas en el siglo XX, por lo que cuando razonaron sobre ella lo hicieron para pensar su rol histórico en la emergencia del modo de producción capitalista o, analizando caso a caso, su capacidad para hacer retroceder o resistir al Antiguo Régimen. También reflexionaron sobre la cuestión militar tanto en el desarrollo del movimiento obrero, contraponiendo las milicias ciudadanas al ejército permanente, como en el momento de la insurrección revolucionaria, lo que llevaría a Engels —apodado cariñosamente «El General»— a estudiar durante toda su vida los aspectos técnicos y estratégicos de la ciencia de la guerra. Y si bien es conocida la anticipación de este sobre el carácter brutalmente destructivo de una futura conflagración europea,[79] ni él ni Marx llevarían a cabo un trabajo sistemático como al que se verían empujados a desarrollar los revolucionarios de las siguientes generaciones sobre el origen y función de la guerra en el capitalismo.
Las décadas que seguirían convirtieron esta cuestión en un elemento central de la teoría revolucionaria. Para la izquierda de la II Internacional en su batalla con la derecha y el centro, el aspecto determinante era establecer el origen estructural e inexorable de la guerra, vinculándola a los límites intrínsecos del capitalismo y la actualidad de la revolución. Las consecuencias de la guerra, sin embargo, no se ponían en discusión: para todos ellos eran simplemente devastadoras.
Ciertamente, Rosa Luxemburg había hablado en La acumulación de capital de la industria militar como un campo de acumulación abierto por los Estados al extraer impuestos de la clase obrera. Pero también discutió en La crisis de la socialdemocracia las afirmaciones de que la guerra franco-prusiana habría servido para impulsar el desarrollo económico alemán y defendió que, más bien, este se había producido gracias a la unificación nacional y a pesar del despilfarro de la propia guerra. Por otro lado, aunque Bujarin señalaba en El imperialismo y la economía mundial el papel de la guerra en la aceleración de los procesos de concentración de capital en el Estado, anticipando las discusiones de los comunistas de consejos, también destacaba la enorme sangría económica que estaba suponiendo el conflicto bélico en curso para las potencias europeas.
Para Luxemburg, Bujarin, Lenin, Trotsky y el resto de revolucionarios del periodo, la guerra era fruto de la competencia entre los capitales nacionales exacerbada hasta el delirio, hasta su expresión más violenta en la masacre de millones de personas. Era la expresión última del callejón sin salida en que estaba entrando el modo de producción capitalista, que solo podría alternar crisis y guerras con pequeños paréntesis de recuperación económica cada vez más frágiles, hasta que la revolución se impusiera con su propia solución.[80] Pero la alternancia de crisis y guerras no presuponía que las primeras causaran las segundas, si bien la competencia intercapitalista que provocaba la guerra naturalmente venía exacerbada por la crisis. No había una causalidad interna que antepusiera la una a la otra, sino que ambas eran la manifestación más general del agotamiento histórico del sistema. Tampoco, por ese mismo motivo, se entendía que la guerra tuviera una funcionalidad precisa en la dinámica de acumulación de capital.
Todo esto empezaría a cambiar con la Gran Depresión, el avance de la contrarrevolución y el curso hacia la nueva guerra durante los años 30. Para una perspectiva luxemburguista de la crisis como la que tenía Bilan, de la mano de Mitchell, la guerra se había vuelto esencial para evacuar el plusvalor que se había hecho imposible de realizar en el mercado, debido al exceso de capacidad productiva respecto a la capacidad de compra del proletariado. Así, el capitalismo decadente encontraba mecanismos de autorregulación —temporales y precarios— en la propia industria militar y especialmente en la economía de guerra, que generaban un campo artificial de acumulación, como había explicado Luxemburg, y que conducían inevitablemente a la destrucción de capital, mercancías y fuerza de trabajo sobrantes mediante los conflictos abiertos. Llevando esta lógica a sus últimas consecuencias, Vercesi acabaría por defender que la economía de guerra y su evacuación en guerras localizadas eran instrumentos al mismo tiempo económicos para enfrentar las contradicciones del capital y políticos para someter ideológicamente al proletariado.
En cuanto a la mayor parte de los consejistas de los años 30 y 40, que tenían una perspectiva de la crisis por sobreacumulación de capital, la capacidad de este para regenerarse mediante crisis cíclicas de desvalorización se estaba terminando. La entrada en una fase de crisis permanente se verificaba en un aumento de la miseria absoluta del proletariado, con violentas sacudidas como el crack del 29, y en una creciente militarización en el curso hacia la guerra generalizada. Para poder enfrentarse a ese proceso se requería de una subordinación de los capitales privados al Estado y un creciente autoritarismo que cerraba cualquier posibilidad de mantenimiento del viejo movimiento obrero: la guerra se convertía al mismo tiempo en causa y finalidad de un proceso de fascistización en todo el mundo desarrollado.
Para ambas corrientes, así como la crisis ya no iba seguida de la expansión económica, la guerra ya no iría seguida de la paz. Como lo expresaría en un informe publicado en su boletín interno en 1945 la Izquierda Comunista de Francia, dirigida por Marc Chirik, que intentaría operar una convergencia entre la izquierda italiana y germano-holandesa:
En su sentido histórico, la guerra en la época imperialista aparece como la expresión más clara y a la vez más típica del capitalismo decadente, de su crisis permanente y de su modo de vida económico: la destrucción. […] La crisis permanente obliga inevitablemente a resolver mediante la lucha armada las diferencias imperialistas. La guerra y la amenaza de guerra son los aspectos latentes por los que se manifiesta una situación de guerra permanente en la sociedad.
De manera que aunque los revolucionarios de los años 30 y 40 empezaron a introducir un sentido económico en la guerra, no le otorgaban la capacidad de restaurar, si quiera temporalmente, las condiciones de rentabilidad y de estabilidad del reparto imperialista. Para todos ellos la guerra era la manifestación más violenta de las contradicciones del capital en su fase terminal, tanto una expresión de su crisis estructural como una forma de alargar su agonía. Por este motivo, tampoco situaban el origen de la guerra directamente en la crisis económica.
Pero todo esto cambió en el curso de los años 50, con la recuperación económica de la segunda posguerra y cuando el final de la Guerra de Corea en 1953 alejó el fantasma de una inminente Tercera Guerra Mundial. A partir de ese momento empezó a ganar fuerza la idea de que los conflictos bélicos habían venido a ocupar el lugar de las crisis cíclicas. Ya fueran el agotamiento de los mercados extracapitalistas o la sobreacumulación de capital, los límites estructurales del capitalismo habían suprimido la capacidad de las crisis cíclicas para reimpulsar la dinámica de acumulación. Para intentar mantenerla, entonces, el capital se veía obligado a hacer uso de la potencia destructiva de la guerra.
Así empezarían a explicarse lo sucedido durante las décadas anteriores. Pese a su virulencia, la crisis del 29 no había sido capaz de destruir lo suficiente para reiniciar la dinámica de acumulación. El efecto recuperador del New Deal había empezado a agotarse ya en 1937-1938 y lo único que consiguió relanzar la tasa de ganancia fue la carrera armamentística hacia la Segunda Guerra Mundial, que alcanzó unas cotas de devastación jamás vistas hasta entonces, haciendo de la reconstrucción un lucrativo negocio que sentaría las bases para un nuevo salto de acumulación del capital. Sin embargo, esto no podía sino reproducir sus contradicciones a un nivel superior y, puesto que la masa de plusvalor no realizable acumulada o la masa de plusvalor que se necesitaba para compensar la caída de la tasa de ganancia eran mucho más grandes que la vez anterior, la siguiente crisis solo podría conducir a una guerra de proporciones aún más devastadoras que la de mediados de siglo, si el proletariado no era capaz de romper antes el ciclo infernal de crisis, guerra y reconstrucción. Es así como se forjó la visión cíclica de la guerra que predominó en muchos revolucionarios a partir de los años 50.
El esfuerzo de Marx en El capital no lo motivó la pregunta por el funcionamiento de la economía capitalista, que es la que se hacen los economistas, sino la pregunta por las tendencias que llevan al capital a su autonegación, a la fundamentación del siguiente modo de producción y a su agotamiento histórico. Como dijo Bordiga, El capital no es una obra de anatomía, sino una necrología.
Pero Marx y Engels eran conscientes ya desde muy temprano de la crisis estructural —y no meramente cíclica— a que conducía la caída de la tasa de ganancia. Lo que había que entender y que motivó su crítica de la economía política, por tanto, no era simplemente la crisis histórica del modo de producción, que daban por cierta, sino la forma en que esta se desplegaba, así como los mecanismos de compensación y las causas contrarrestantes que ralentizaban sus efectos, convirtiendo la ley de la caída de la tasa de ganancia en una tendencia y no en un hecho consumado. En definitiva, era preciso explicar cómo podía el capitalismo seguir desarrollándose sin sucumbir al peso de sus contradicciones. Aún más: cómo podía reproducirse a través de ellas y cómo, al hacerlo, las exacerbaba agudizando su crisis estructural.
Para entenderlo, necesitamos tener presente que el desarrollo de la producción capitalista es un proceso de acumulación por el que el capital crece, es decir, se concentra. Esto implica que a medida que el capitalismo avanza, la masa absoluta de valor de que dispone el capital para explotar trabajo se incrementa, lo que permite producir una mayor masa de ganancias:
A medida que progresa el proceso de producción y acumulación, debe aumentar la masa del plustrabajo susceptible de apropiación y efectivamente apropiado, y por ende la masa absoluta de la ganancia apropiada por el capital social. Pero las mismas leyes de la producción y acumulación acrecientan, con la masa, el valor del capital constante, en progresión cada vez más veloz que el del capital variable, es decir, que la parte del capital cambiada por trabajo vivo. Las mismas leyes producen, pues, para el capital social, una masa absoluta de ganancias en aumento y una tasa de ganancia en disminución.[81]
Cuanto más se desarrolla el capitalismo más grandes se hacen los capitales, pero también más grandes deben ser, porque la única forma que tiene el capital de compensar la caída de la tasa de ganancia que conlleva su propio desarrollo es aumentar la masa de ganancias, para lo cual debe movilizar un capital mayor del que se invirtió inicialmente.
Recordemos que la tasa de ganancia cae porque, al impulsar la competencia la productividad del trabajo, los capitalistas se ven obligados a invertir más en capital constante (cc) —maquinaria, materias primas, etc.— que en capital variable (cv) —salarios—. El problema es que solo la explotación del trabajador produce plusvalor, por lo que si recordamos la fórmula de la tasa de ganancia:
veremos que se calcula con la relación entre el plusvalor producido (pv) y la totalidad del capital invertido (K o, lo que es lo mismo, cc + cv). Si cc sube más que cv, entonces la tasa de ganancia (g’) cae. Si el capital invertido se mantiene igual, entonces también se reduce la masa de ganancias (g). Veámoslo con un ejemplo práctico, donde K = 100:
Con la nueva composición orgánica de 80% cc y 20% cv, que ha hecho caer la tasa de ganancia a la mitad, la única forma de mantener las mismas ganancias sería duplicando el capital invertido a 200:
Obsérvese que cuanto más cae la tasa de ganancia, mayor esfuerzo debe hacerse para mantener la misma masa de ganancia que antes, que es la que realmente le importa al capitalista. Pero «el proceso capitalista de producción es, esencialmente y a la vez, un proceso de acumulación»,[82] por lo que la masa de ganancias debe ir incrementándose a cada ciclo de producción —en otras palabras, la acumulación debe acelerarse— y por tanto el capital adelantado debe ser aún mayor. En el caso anterior, para ganar 4 más habrá que poner 220:
¿Cómo puede tomar forma «esta ley bifacética de la disminución de la tasa de ganancia y del simultáneo aumento de la masa absoluta de la ganancia, derivados de las mismas causas»[83]? Marx da varios motivos, entre otros:
- Las mejoras en la productividad del trabajo suponen no solo el aumento de la composición orgánica y la caída de la tasa de ganancia, sino también el aumento de la explotación del trabajo mediante el plusvalor relativo, por lo que aunque se explotan menos trabajadores proporcionalmente al capital constante, se les explota mejor. Así, si en el ejemplo anterior la tasa de plusvalor era del 100%, en realidad solo se habría aplicado el aumento de la composición orgánica en los ciclos 2 y 3 si a cambio esta se incrementaba, digamos por ejemplo al 125%. Por tanto, con un K de 220 debería ser:
- Por otro lado, las mejoras en la productividad del trabajo abaratan las mercancías, por lo que se abaratan tanto los medios de producción (cc) como los medios de subsistencia que representan los salarios (cv), lo que alivia la caída de la tasa de ganancia. Este proceso de desvalorización del capital es inherente al propio proceso de valorización.[84]
- La caída de la tasa de ganancia exacerba la competencia entre los capitalistas y aumenta la centralización de capital —crecimiento exógeno a partir de la expropiación de capitalistas menores—, potenciando así la concentración de capital —crecimiento endógeno a partir de la producción de plusvalor— y acelerando la acumulación, ya que se dispone de un mayor capital adelantado para obtener una mayor masa de ganancias.[85]
No será aquí un problema la disposición de la fuerza de trabajo, que se ve incrementada tanto por el crecimiento demográfico de la población obrera como por la proletarización de las clases intermedias y la generación de una sobrepoblación relativa.
Por otro lado, la caída de la tasa de ganancia encuentra otras tantas causas contrarrestantes en el aumento del plusvalor absoluto, incrementando la jornada laboral o disminuyendo los salarios por debajo de su valor, en la mejora de los métodos de producción y la aceleración del uso de la maquinaria, así como en el comercio exterior, que permite abaratar materias primas y medios de subsistencia al mismo tiempo que permite extender la escala de la producción, aumentando la acumulación.
Estas y otras contratendencias que Marx describe en el capítulo XIV del Libro III son importantes para entender cómo se enlentece la caída de la tasa de ganancia, pero también para comprender el hecho de que «en último término siempre la aceleren».[86] Porque al inhibir la ley permiten una mayor tasa de acumulación durante más tiempo, lo que equivale a una mayor masa de inversiones que potencian la productividad del trabajo y el aumento de la composición orgánica. Cada pausa en este proceso solo sirve para retomar el aliento y dar un mayor salto. Y es que el aumento de la masa de valor y la caída de la tasa de ganancia son expresiones de un mismo fenómeno, la mayor productividad del trabajo social, y se potencian la una a la otra. La acumulación de capital potencia las inversiones y por tanto el aumento de la productividad, lo que hace caer la tasa de ganancia. A su vez, la caída de la tasa de ganancia acelera la centralización de capital y por tanto su concentración, aumentando la capacidad de producir mayores ganancias.
No debemos imaginarnos este proceso como la contraposición de unas tendencias a las otras que, como fuerzas equivalentes, acabarían por anularse manteniendo el capital estable y siempre igual a sí mismo. Al contrario, actúan como «fuerzas impulsoras antagónicas [que] operan a la vez unas contra otras»[87] en un movimiento siempre ascendente, llevando esas contradicciones a niveles superiores que hacen la reproducción del proceso más ardua, más compleja, más abundante en potenciales puntos de quiebra.
En la medida en que se desarrollan las fuerzas productivas y aumenta la composición orgánica, se produce exceso de capital y de población. Cuanto más cae la tasa de ganancia, más fuertes necesitan ser las inversiones para producir una masa suficiente de ganancias, más concentrados deben estar los capitales, más se expulsan de la producción aquellos que no llegan al tamaño requerido y se lanzan «a los carriles de la aventura: la especulación, las estafas crediticias y accionarias, las crisis».[88] Paralelamente, mientras aumenta la composición orgánica y disminuye relativamente el número de trabajadores que se necesitan para la producción de esos grandes capitales, y mientras que los capitales expulsados tampoco pueden emplear productivamente más trabajadores, se incrementa la población sobrante. Esto viene agravado por el hecho de que en épocas de pleno rendimiento mayores masas de capital exigen en términos absolutos más trabajadores, por lo que se promueve el crecimiento demográfico de la población obrera. Pero es una carrera de velocidad de dos fuerzas en sentidos contrapuestos y a ritmos diferentes: llega un punto en el que la tasa de explotación del trabajo y el grado de concentración de capital no compensan la reducción del trabajo vivo. Porque
dos obreros que trabajan 12 horas diarias, no pueden producir la misma masa de plusvalor que 24 obreros que sólo trabajan 2 horas cada cual, inclusive si pudiesen vivir del aire, por lo cual no tendrían que trabajar en absoluto para sí mismos. Por eso, en este aspecto la compensación de la mengua en el número de obreros mediante el incremento del grado de explotación del trabajo encuentra ciertos límites insuperables; por lo tanto puede ciertamente obstaculizar la baja de la tasa de ganancia, pero no anularla.[89]
Esto no significa que se deje de producir plusvalor. Solo significa que la masa de nuevo valor que han producido los trabajadores no es suficiente para que su reinversión en un nuevo ciclo productivo sea rentable, o lo que es lo mismo, el grado de explotación no es suficiente para que merezca la pena contratar más trabajadores. Y si deja de merecer la pena, si las perspectivas de rentabilidad no son suficientes, las inversiones se empiezan a ralentizar, se desacelera la expansión de capital, se retiran fondos a la espera de mejores épocas o se invierten en ámbitos especulativos que prolongan la sensación de prosperidad económica de manera ficticia, posponiendo las consecuencias de la crisis solo para agravarlas. Cuanto esto ocurre, la sobrepoblación relativa que siempre produce el aumento de la composición orgánica empieza a aparecer como exceso de población, que acompaña al exceso de capital o, en términos más precisos, a la sobreacumulación de capital.
Esta contradicción fundamental del proceso capitalista de producción, que obliga a multiplicar la masa de valor para compensar la caída de la tasa de ganancia hasta llegar a un punto de quiebra, trae consigo otras dificultades. Porque esa enorme masa de valor en forma de mercancías debe venderse para hacerse real.
Como explicó bien Marx en el Libro II, la expansión de capital, las nuevas inversiones para ampliar el ciclo de producción, en definitiva, la compra de más medios de producción y el pago de más salarios con los que comprar medios de subsistencia, son suficientes para absorber la nueva masa de valor producida. Rosa Luxemburg estaba en lo cierto al afirmar la importancia de los mercados extracapitalistas en la expansión económica de su época —el propio Marx señalaba la utilidad tanto de los territorios aún no capitalistas como los de bajo desarrollo capitalista para aligerar la composición orgánica global—,[90] pero erraba al creer que suplían un defecto congénito de la reproducción ampliada de capital. El proceso capitalista de producción tiene una dinámica autosostenida en la que las perspectivas de rentabilidad —y, en su ausencia, la lucha a muerte entre capitales para reducir las pérdidas— impulsan a extender la producción y con ella a ampliar los límites del mercado. La magnitud de los salarios nunca es el problema —tampoco Luxemburg lo creía, por eso no era subconsumista—, ya que cuando bajan los salarios se eleva la tasa de acumulación y por tanto las compras para aumentar la producción.
Pero sí se pueden convertir rápidamente en un problema ya sea la desproporción entre un ramo y otro de la producción, ya la ralentización de la expansión de capital y la consiguiente contracción del mercado. Lo primero, el problema de desproporción, se agrava conforme aumenta la composición orgánica del capital, puesto que el capital fijo —como señalaba Hilferding, pese a equivocarse al darle tanta centralidad— precisamente fija el capital y dificulta su movilidad a otros ramos de la producción. Lo segundo, el problema del mercado, está siempre al acecho por la caída de la rentabilidad, que ralentiza la expansión, y por la masa de valor creciente que exige ser realizada, lo que impulsa tanto la creación de nuevas necesidades como la expansión territorial hasta la última esquina del planeta, pero que a veces puede resultar insuficiente.
Cuando uno de estos puntos de quiebra es alcanzado, entonces estalla la crisis. Se cierran las fábricas y se desvaloriza el capital constante contenido en ellas, porque no se usa. Se despide a los obreros y se desvaloriza su fuerza de trabajo, porque a medida que aumenta el paro bajan los salarios. Las mercancías acumulan polvo en los almacenes y se desvaloriza el capital mercantil que representan, porque no se venden. Se interrumpen las cadenas de pago, nadie presta pero todo el mundo debe, se alza la morosidad y el sistema crediticio se contrae, lo que a su vez alimenta el cierre de fábricas y la contracción del mercado. En definitiva, se entra en una crisis de desvalorización donde una parte del capital acumulado es aniquilado.
Es importante entender esto bien. La causa última de la crisis se encuentra en el ámbito de la producción, en la valorización del capital, es decir, en la caída de la tasa de ganancia. Pero «la contradicción interna trata de compensarse por expansión del campo externo de la producción»[91] y esto multiplica los factores que pueden detonar la crisis, sin que tenga por qué estallar mecánicamente en el punto más bajo de la tasa de ganancia. Además, el crédito es una solución parcial de todos estos factores. Permite que los capitales que no dan la talla para compensar la caída de la tasa de ganancia con la masa de plusvalor se acrecienten con capital prestado o, a la inversa, se presten para ser utilizados en la producción, directamente o a través de la inversión en bolsa. También facilita la movilidad del capital que ha sido fijado en las instalaciones de la fábrica entre ramos de la producción y acelera su rotación, lo que posibilita que se hagan compras a préstamo, sin necesidad de esperar a ahorrar la suma necesaria para la siguiente inversión. De esta forma, se introduce una mayor dinamicidad en el mercado y se estimulan las expectativas de rentabilidad.
Cuando todo va bien, el crédito engrasa la máquina, una máquina que requiere más lubricante cuanto más compleja y pesada se hace. Pero cuando las cosas empiezan a ir mal, el lubricante se convierte en un poderoso combustible. Al separar la compra de la venta con un lapso temporal, es decir, al permitir la adquisición de mercancías sin la realización inmediata de su valor, permite que el capital siga produciendo más allá del límite de lo rentable, prolonga la sobreacumulación de capital, incrementa el volumen de mercancías que se harán invendibles, conecta todos los capitales entre sí, convirtiéndose en un potente transmisor de crisis, crea burbujas especulativas que amenazan con arrastrar todo el sistema financiero a la menor sospecha de problemas y, en definitiva, hace que una crisis parcial en un punto concreto de la economía nacional se convierta en una crisis general que afecta a todos los sectores de la economía mundial.
Asimismo, aunque la sobreacumulación de capital tiene su causa en la caída de la tasa de ganancia, en el ámbito de la producción, se muestra ante nosotros como un problema de competencia, de demanda y monetario en la esfera de la circulación. Adquiere la apariencia de que los capitales aumentaron por encima de los límites del mercado, de que se produjeron demasiadas mercancías para la capacidad de consumo, de que se fue demasiado flexible con el crédito, se introdujo demasiado dinero en circulación y de que, debido a alguna de estas causas o por todas a la vez, la competencia hizo bajar la tasa de ganancia. La solución habría de estar, en buena lógica, en una mayor planificación para evitar la anarquía de la producción reduciendo la competencia, en un mayor gasto público para estimular la demanda y expandir los límites del mercado, o en una gestión más prudente de los tipos de interés.
Pero, como le gustaba decir a Marx, que saquemos los paraguas cuando llueve no quiere decir que provoquemos la lluvia al sacar los paraguas. Aunque todas ellas son medidas que pueden ayudar a retardar la crisis o enfrentar algunas de sus consecuencias, la causa del problema no se encuentra en el ámbito de la circulación, sino en el de la producción, y no en el de la producción en general, no en la producción de cosas, sino en el de la valorización de capital. Por mucho que se consiguieran vender todas las mercancías que se produjeron, por mucho que se consiguiera realizar el valor que contienen, el problema seguiría allí, porque toda la masa de mercancías arrojadas al mercado no contendría suficiente valor para compensar la caída de la tasa de ganancia. El problema es de la insuficiente valorización del capital, no el exceso de valor por realizar en el mercado.
Es por ello que la crisis de sobreacumulación no se debe a un mero exceso de producción de mercancías, como si se hubieran producido demasiadas cosas para ser compradas.
La sobreproducción absoluta de capital no es una sobreproducción absoluta en general, no es una sobreproducción absoluta de medios de producción. Sólo es una sobreproducción de medios de producción en la medida en que estos funcionan como capital, y por consiguiente deben implicar, en relación con su valor, acrecentado al acrecentarse su masa, una valorización de dicho valor, deben generar un valor adicional. […]
Una sobreproducción de capital jamás significa otra cosa que una sobreproducción de medios de producción —medios de trabajo y medios de subsistencia— que puedan actuar como capital, es decir que puedan ser empleados para la explotación del trabajo con un grado de explotación dado; pues la disminución de ese grado de explotación por debajo de un punto dado provoca perturbaciones y paralizaciones del proceso de producción capitalista, crisis y destrucción de capital.[92]
Como explica bien Paul Mattick en Marx y Keynes, si la sobreproducción de capital fuera un problema de sobreproducción de cosas, de valores de uso, no se entendería por qué la salida de la crisis se encuentra en el aumento de la productividad y la concentración de capital, al permitir aumentar el grado de explotación y la masa de ganancias. Como decíamos, la crisis de sobreacumulación se produce no por haber demasiado valor para ser realizado en el mercado, sino porque «el grado de explotación dado» en la producción es demasiado bajo y arroja demasiado poco valor para que merezca la pena ampliarla contratando más trabajadores.
Así, la crisis de desvalorización supone la destrucción de capital en cuanto capital, no en cuanto valor de uso, y precisamente por ello puede desencadenar las «fuerzas impulsoras»[93] que restablecen la rentabilidad y permiten el saneamiento de la dinámica de acumulación. Marx indica tres de ellas:
- El aumento del plusvalor absoluto, en la medida en que «la paralización de la producción habría dejado inactiva una parte de la clase obrera, y con ello habría colocado a la parte ocupada en situaciones en las cuales tendría que tolerar una rebaja de su salario, incluso por debajo del término medio».[94] Ello vendría agravado por el hecho de que en época de prosperidad habría habido un crecimiento de la población trabajadora, con la consiguiente presión sobre el mercado laboral.
- El aumento del plusvalor relativo, gracias a que la competencia salvaje durante la crisis da «a todos los capitalistas un incentivo para hacer descender el valor individual de su producto global por debajo de su valor general mediante la utilización de nuevas máquinas, de nuevos métodos perfeccionados de trabajo»,[95], es decir, para aumentar la productividad.
- «La desvalorización de los elementos del capital constante»,[96] fruto de esas máquinas, instalaciones y materias primas que se han vendido a precio de saldo con el cierre de las empresas competidoras, pero que siguen manteniendo su valor de uso como medios de producción.
A estos tres factores habremos de añadir otra destrucción, la de los capitalistas más débiles, que alivia el peso de la competencia y favorece la centralización de capital, dando la base para poner en movimiento mayores masas de valor.
En definitiva, para comprender la naturaleza de la crisis capitalista, de los límites estructurales de este modo de producción y del papel que juegan el militarismo y la guerra en él, hemos de tener siempre presente que el proceso de producción capitalista está impulsado por un mecanismo impersonal y automático, fetichista, de valorización del valor. Es este imperativo el que lo impele a superar permanentemente sus límites, a impulsar permanentemente las fuerzas productivas más allá de sus posibilidades de valorización, socavando su propia reproducción y haciendo madurar las condiciones para el comunismo.
El verdadero límite de la producción capitalista lo es el propio capital; es éste: que el capital y su autovalorización aparece como punto de partida y punto terminal, como motivo y objetivo de la producción; que la producción sólo es producción para el capital, y no a la inversa. […] El medio —desarrollo incondicional de las fuerzas productivas sociales— entra en constante conflicto con el objetivo limitado, el de la valorización del capital existente. Por ello, si el modo capitalista de producción es un medio histórico para desarrollar la fuerza productiva material y crear el mercado mundial que le corresponde, es al mismo tiempo la constante contradicción entre esta su misión histórica y las relaciones sociales de producción correspondientes a dicho modo de producción.[97]
El desarrollo de la naturaleza de la crisis nos permitirá ahora profundizar en el análisis sobre la funcionalidad económica de la guerra en el modo de producción capitalista. Para ello, será útil detenernos en las distintas explicaciones que se dan habitualmente del papel que pueden tener la industria militar y los conflictos bélicos en la economía.
El gasto militar y la economía de guerra
En el campo burgués encontramos la explicación del keynesianismo militar. Para el keynesianismo, la causa de las crisis se halla en la insuficiencia de la demanda por la falta de confianza e inclinación al ahorro de las sociedades maduras, de ahí que el gasto público sea un mecanismo de regulación externo pero eficaz para estimular el consumo y corregir esta tendencia. Para Keynes, la destrucción que provoca la guerra y el carácter improductivo del empleo bélico no la hacían una solución deseable a la crisis, pero el hecho de que sirviera para romper tabúes e impulsar la intervención estatal en la economía, movilizando los recursos productivos a través del gasto público, la convertían en una prueba empírica de lo que el Estado podría llegar a conseguir en tiempo de paz con unas políticas adecuadas. Y es que, desde el punto de vista de los mecanismos para estimular la demanda, todos los gatos son pardos.[98] Tras la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, keynesianos como John Kenneth Galbraith empezaron a llamar la atención sobre el «complejo militar-industrial» como un poderoso mecanismo estabilización de la economía estadounidense que proporcionaba una demanda estable y contratos a largo plazo a costa del erario público que, de otra forma, serían más discutidos, un planteamiento que compartirían muchos intelectuales de izquierda como Baran y Sweezy.[99] En la medida en que, como hemos defendido con Marx, la causa de la crisis capitalista se encuentra en la producción y no en la circulación, no nos detendremos más tiempo en la refutación de estas teorías, que no son más capaces de explicar por qué estas medidas funcionaron tras la segunda posguerra de lo que lo son para explicar por qué entraron en crisis a partir de los 70 y hoy en día están tan muertas como el propio neoliberalismo que las sucedió.
Otra cosa es la explicación que hace Rosa Luxemburg en La acumulación del capital de la industria militar como un campo de acumulación inducido, que no se basa en el mantenimiento de la demanda, como hace el keynesianismo militar, sino en el aumento de la tasa de explotación de la clase obrera a través de los impuestos. Esto se debe, naturalmente, a que Luxemburg no era subconsumista. Para ella el problema no se encontraba en el consumo de la población obrera, es decir, en la insuficiencia de demanda provocada por los bajos salarios, sino en la incapacidad de la expansión de capital —esto es, la compra de medios de producción y de salarios, altos o bajos— para absorber todo el plusvalor generado en el ciclo anterior. Sin embargo, en la medida en que se focalizaba en la necesidad de realización de mercancías que, de otro modo, no serían absorbibles por un mercado puramente capitalista, acabó por encontrar también en el gasto militar un desahogo para los problemas internos de la acumulación.
Para Luxemburg, el Estado usa los impuestos —que gravan sobre todo los salarios de forma directa e indirecta— y las aduanas —que encarecen los productos importados— para hacer pedidos que por su volumen y estabilidad en el tiempo permiten la creación de una poderosa industria militar, en la que un sector de los capitalistas se ve directamente beneficiado. Los impuestos y las aduanas, al tomarse indirectamente de los salarios, aumentan el porcentaje de trabajo impago que la clase capitalista y sus acólitos en el Estado usarán para crear este campo de acumulación “artificial”, es decir, inducido conscientemente por la demanda estatal. Sin embargo, la propia Luxemburg era consciente de que era una estrategia que no podía durar, ya que la fuerza de trabajo no puede mantenerse demasiado tiempo por debajo de su valor —que se cifra en el valor de las mercancías necesarias para su reproducción—, tenga el uso que tenga el trabajo impago obtenido, y ella misma planteaba que a la larga solo podía servir como un factor de exacerbación de la lucha de clases.
Esta explicación ha sido incorporada, con distintos sentidos, tanto en las teorías de la guerra como mecanismo de evacuación del plusvalor no realizable, como en aquellas donde la guerra sirve para dar un impulso a la valorización del capital. Con respecto a estas últimas,[100] es preciso tener presente la diferencia entre el trabajo productivo e improductivo desde el punto de vista de la producción capitalista, distinción que Luxemburg no incorpora en general a su explicación de la acumulación del capital.
El trabajo productivo crea el plusvalor que el improductivo ayuda a realizar y que hace ingresar en el consumo personal. El trabajo del obrero que fabrica comida en conserva es productivo, mientras que son improductivos el del dependiente de la tienda que la vende, o el del cocinero del restaurante que la emplata. Desde el punto de vista del capital global, es productiva toda producción de mercancías y servicios que participa del proceso de reproducción ampliada valorizándose mediante el consumo de medios de producción y fuerza de trabajo, mientras que es improductivo el trabajo que sirve solo para acelerar la velocidad de esta reproducción, ayudando a que las mercancías cambien de manos más rápido o que se consuman más rápido en el ámbito personal, o el trabajo que sirve para garantizar que el conjunto del sistema no se desmorone. Más allá de la complejidad y los matices de esta diferenciación, se entenderá que el Estado cumple principalmente la última función, lo que no excluye que pueda participar a veces de las otras dos. Por ello, habremos de distinguir el gasto estatal en una empresa que actúa como el resto de capitales privados, explotando trabajadores en la producción de mercancías para su valorización, pero con la particularidad de ser de titularidad pública —por ejemplo, una petrolera nacionalizada—, del gasto estatal en jueces, policías y militares.
En este último caso, el Estado no actúa como un capitalista más que participa en la reproducción ampliada del capital global produciendo plusvalor, sino que proporciona un servicio que el conjunto de la clase capitalista necesita para mantener la explotación del proletariado y defender sus intereses contra el resto de fracciones de la burguesía mundial. Es un gasto necesario, pero un gasto a fin de cuentas, no una inversión. Por ese mismo motivo, las mercancías que produzcan las empresas privadas para el gasto improductivo del Estado, como el mazo del juez, la porra del policía o el arma del soldado, salen del circuito de reproducción ampliada para ingresar en el consumo improductivo de la sociedad.
Así, cuando la industria militar entrega sus mercancías y servicios al consumo del Estado, beneficia a los capitalistas individuales que invierten en ella su capital, pero desde el punto de vista de la clase capitalista en su conjunto, se le está detrayendo una parte de su plusvalor para un gasto improductivo, más aplaudido o deplorado según los gustos. Por el contrario, cuando estas empresas de la industria militar —sean o no de propiedad estatal— venden sus mercancías a otros Estados, el valor con el que las compra no está detraído de su espacio de acumulación nacional, sino del ajeno, por lo que sí están valorizando su capital tanto como lo haría la petrolera nacionalizada. Este es el caso de una parte de la industria militar de las grandes potencias como Estados Unidos en tiempos de paz, pero en tiempos de guerra se convierte en una parte muy pequeña en proporción a las necesidades de destrucción del Estado. Así pues, aunque una parte de la industria militar puede servir efectivamente como campo de acumulación del capital, sin embargo la mayor parte de ella, especialmente en las economías de guerra, no lo hace.[101]
Una economía de guerra, es decir, una economía en la que un porcentaje muy alto de los recursos productivos se destina al gasto militar, es una situación excepcional en la que se disciplina a los capitales bajo el imperativo bélico, se adoptan medidas proteccionistas que a través de las aduanas elevan los impuestos al capital y al trabajo, y se impone la ley marcial contra el proletariado. También se induce artificialmente una desproporción entre la industria pesada, esencial para la producción de armamento, y la fabricación de medios de consumo, que se limitan al mínimo indispensable. En esas circunstancias, un sector de la clase capitalista, aquel menos vinculado a la economía mundial, se ve aliviado por la menor competencia que le aseguran las barreras aduaneras; una parte más amplia, la que pueda montarse en el carro de la industria pesada, se beneficia del aumento del gasto estatal, que supone una demanda inducida de alto volumen y permite aumentar la masa de valor de las inversiones; y finalmente el conjunto de la clase capitalista se beneficia del aumento del plusvalor absoluto impuesto a un proletariado amordazado temporalmente por la prohibición de las huelgas, el aumento de la represión y la amenaza de ser enviado al frente si protesta.
Por todo ello, la economía de guerra puede ser un sostén temporal para la acumulación de capital, pero no es uno duradero. El impulso que puede dar tiende a agotarse rápidamente y termina por volverse un problema, debido a que el endeudamiento estatal, la inflación y la desproporción entre ramos de la producción pesan crecientemente sobre la producción de valor. Por este motivo, si la guerra se alarga, la vencerá el capital nacional que tenga más músculo no gracias a su economía de guerra, sino pese a ella.[102] Además, cuando todo termina la factura es cara. La desproporción entre sectores de la economía y el desgaste de la infraestructura civil por desinversión presentan graves obstáculos a la dinámica de la acumulación, mientras que el carácter improductivo del gasto militar ha generado una deuda estatal que no solo detrae plusvalor del presente a través de los impuestos y la inflación, sino que también hipoteca el plusvalor que se producirá en el futuro.
Efectivamente, si la guerra funciona como una crisis de desvalorización del capital que sienta las bases para un nuevo salto de acumulación, es una factura cuyo precio puede haber merecido la pena pagar. Más adelante lo analizaremos. Pero, por lo pronto, esperamos haber explicado por qué el gasto militar y especialmente la economía de guerra no sirven como fuerzas benéficas que abren nuevos nichos de mercado para el capitalismo, permitiéndole un desarrollo autónomo a costa de los impuestos al proletariado.
En cuanto a los planteamientos que explican la guerra como una válvula de escape para el plusvalor imposible de realizar en los mercados capitalistas, como puede ser el de Bilan o el de la Corriente Comunista Internacional en sus inicios,[103] para ellos el carácter improductivo del gasto militar es clave. Precisamente, es gracias al hecho de que es improductivo que la industria de guerra puede servir para esterilizar tanto la fuerza de trabajo como el plusvalor excedentes, abocando a unos y a otros a su destrucción en el conflicto bélico. Esta es la base, de hecho, que llevaría a Vercesi a darle un sentido conciencial al uso de la economía de guerra y las guerras localizadas por parte de la burguesía en su lucha contra el proletariado.[104]
No repetiremos aquí nuestra crítica a la explicación luxemburguista de la crisis y la decadencia que sirve de base a esta argumentación. Pero sí puede ser importante alertar contra toda visión que convierta la economía de guerra en algo permanente. Como hemos explicado, la economía de guerra puede disciplinar al capital y al proletariado tras las necesidades patrióticas precisamente porque es una situación excepcional. Pero a medida que esta situación se alarga, va desestabilizándose. Por un lado, la dinámica de acumulación se va resintiendo, la capacidad de endeudamiento estatal comienza a agotarse y las fracciones de la burguesía menos beneficiadas por el gasto militar empiezan a impacientarse por iniciar las negociaciones de paz. Por el otro, por el nuestro, la defensa de la patria comienza a deslucirse ante la sangre en el frente y la miseria en la retaguardia, que siempre recaen en su mayor parte sobre el proletariado, las costuras de clase que tiene la guerra comienzan a saltar y la ley marcial cada vez es menos capaz de reprimir el descontento. Así pues, y pese a lo que podía parecer a nuestros compañeros en la medianoche en el siglo, la economía de guerra no es una situación estable que el capitalismo pueda mantener ni le convenga hacerlo.
La guerra como crisis de desvalorización
Como decíamos anteriormente, la idea de que la guerra está causada directamente por la crisis capitalista y de que tiene como consecuencia y funcionalidad relanzar la acumulación no estaba en los clásicos. Aunque Marx reflexionó mucho sobre la naturaleza de la crisis en el capitalismo, nunca la relacionó con la guerra. Cuando Engels lo hizo, fue para señalar su capacidad de devastación sin igual. Lenin y Luxemburg, junto con muchos otros compañeros de la Tercera Internacional, entendían la guerra como una expresión de las contradicciones del capital cada vez más exacerbadas con la decadencia del sistema, pero no como una forma de superarlas, siquiera temporalmente.
Es a lo largo de los años 30 y 40 cuando empezaría a gestarse la idea de una situación de guerra permanente como la única forma que tenía la burguesía de gestionar la decadencia del sistema. Pero cuando esa decadencia no se verificó tras la Segunda Guerra Mundial y, al contrario, le sucedió un gran salto de acumulación, entonces cobraría fuerza la explicación de la guerra como la expresión más elevada de la crisis de desvalorización que había descrito Marx en El capital.
Aunque algunos consejistas como De Beer habían retomado esta idea de Grossman en los años 30, quien la sistematizaría en su libro contra el keynesianismo —de mucho valor militante y teórico— sería Paul Mattick en los años 50 y 60. A partir de los 70, con la reanudación de la lucha de clases y la primera gran crisis del capital en décadas, organizaciones comunistas como la CCI, Battaglia Comunista[105] y los diversos PCInt asumieron esta explicación como parte de su acervo teórico.
No obstante, esto presentaba diferentes problemas. El primero de ellos era empírico, puesto que la explicación no resultaba muy satisfactoria ni respecto a la Primera Guerra Mundial, que no estuvo precedida por una crisis económica ni le sucedió un salto de acumulación, ni respecto a las décadas por venir, cuando a la crisis de los 70 no le siguió una nueva conflagración mundial sino, por el contrario, el derrumbe de la URSS y el final de la Guerra Fría.
Desde el punto de vista teórico, es preciso tener presente la explicación que proporciona Marx en el Libro III y que hemos detallado anteriormente sobre la naturaleza de la crisis y sus mecanismos de superación. La contradicción fundamental del capitalismo se da entre las relaciones de producción que exigen la valorización del capital y las fuerzas productivas, que este no puede dejar de impulsar a expensas de la capacidad menguante del valor para medir la riqueza social. Esta dinámica contradictoria se expresa en el proceso de acumulación, que está compelido a invertir sumas crecientes de capital para compensar con la masa de ganancias la caída de su tasa. Esto puede hacerlo precisamente desarrollando la productividad para aumentar la tasa de explotación mediante el plusvalor relativo, y para desvalorizar los medios de producción y de consumo. Al lograrlo, el aumento de la productividad ha vuelto a elevar la composición orgánica y lo ha devuelto al mismo problema, pero en dimensiones más monstruosas. Cada vez las perspectivas de rentabilidad van resultando más difíciles de cumplir y crece el número de capitales que no tienen el tamaño necesario para invertirse productivamente. Mientras tanto, la necesidad de realizar las masas titánicas de plusvalor lo sitúan cada vez ante nuevos desafíos para ampliar los mercados y mantener la proporción entre ramos de la producción. El sistema crediticio viene en su ayuda, pero solo al precio de incrementar la volatilidad del sistema y la capacidad del eslabón más débil de hacer saltar toda la cadena por los aires.
Cuando cualquiera de estos puntos falla, y alguno siempre falla, la cadena salta y se produce una crisis de sobreacumulación de capital. La solución, nos explica Marx, está en el mismo mecanismo que la produjo —lo que no es buena noticia—: la mejora de la productividad para incrementar la tasa de explotación y abaratar los medios de producción y consumo. Concurren otros factores que trae consigo la crisis: la caída de los salarios con el aumento del paro, que hace aumentar la tasa de explotación por vía del plusvalor absoluto, y la desvalorización de los medios de producción que se venden a saldo por el cierre de las empresas. Complementariamente, la disminución de la competencia permite ampliar la escala de la producción a los capitales que sobreviven y de esta forma aumentar su grado de concentración y centralización, lo que permite invertir mayores sumas de capital para obtener una masa de ganancias que compense la caída de la tasa de ganancia inducida por el aumento de la productividad. Durante un tiempo la rentabilidad se relanza, pero al precio de haber elevado el punto desde el que caerá la próxima vez.
La guerra produce algunos efectos semejantes en la dinámica de acumulación.
En primer lugar, durante la misma los pedidos masivos del Estado disminuyen la competencia entre capitales y focalizan sus esfuerzos en producir la mayor masa posible de productos para la guerra. Esto provoca por un lado un aumento de la escala de la producción, lo que ayuda a aumentar la masa de ganancias y compensar la caída de la tasa en ese momento. Sumado a esto, el alivio de la competencia y la propia restricción de las importaciones puede hacer que el capital fijo se renueve más lentamente, lo que alargaría su vida útil. El tiempo extra que una máquina dura más de lo previsto es tiempo que no se paga. A efectos prácticos, el capital fijo se desvaloriza y la composición orgánica del capital cae, aunque se haya mantenido su composición técnica. Esto, no obstante, puede volverse en contra del capital nacional cuando termina la guerra, porque al reabrirse las fronteras se encuentra con una gran masa de capital fijo obsoleto y una pérdida de productividad frente a sus competidores.
Respecto a la tasa de plusvalor, la ley marcial facilita la extracción de plusvalor absoluto al proletariado, lo que en sí mismo aumenta el grado de explotación. Sin embargo, una parte de él está destinado al frente, y eso crea una situación artificial de pleno empleo que impone límites al capital para aumentar el número de trabajadores con los que producir más plusvalor.
Aun así, antes y durante la guerra la industria militar se encuentra en la necesidad y posibilidad de hacer grandes inversiones para aumentar su potencia de muerte. Esto incluye la investigación en nuevos métodos productivos y en tecnología, una parte de los cuales podrá llegar a adaptarse para usos civiles tras el final de la guerra. Ello permitirá aumentar la productividad y por tanto la tasa de explotación por vía del plusvalor relativo, con la consiguiente caída de la tasa de ganancia. Además, cuando termine la guerra la desmovilización arrojará al mercado laboral a una importante cantidad de proletarios que hasta hace poco vestían de uniforme, lo que presionará a la baja los salarios y aumentará el ejército de reserva disponible para nuevas inversiones.
Con las penurias de la economía de guerra y la enorme desproporción que provoca entre ramos de la producción, tras la guerra también pueden entrar en bancarrota muchas empresas. Esto permite que los capitales supervivientes puedan aumentar su escala de producción, junto con su grado de concentración y centralización, y comprar a saldo el capital fijo de los competidores, siempre que no haya sido destruido por las bombas.
Pero si lo ha sido, también puede ayudar a la mejora de la productividad. En tiempos de paz y mientras la competencia lo permita, los capitalistas alargan todo lo posible el uso de su capital fijo porque, como decíamos antes, eso permite presionar a la baja la composición orgánica. Sin embargo, lo que ganan a corto plazo lo pierden a largo, porque al no renovarlo lo suficientemente rápido otras empresas que sí hayan mejorado su productividad terminarán por imponerse. Esto es lo que provoca que los países que se industrializaron antes —por ejemplo, Gran Bretaña o Estados Unidos— sean propensos a tener islas de tecnología punta, por la ventaja que les da el capital acumulado y la fuerza de trabajo cualificada, en el mar de un parque industrial envejecido. Por el contrario, los países de industrialización tardía adquieren o producen el capital fijo de última generación para instalaciones, lo cual, si se acompaña de suficientes inversiones nacionales o extranjeras y se fomenta la cualificación de la mano de obra, puede darles un impulso importante para desafiar el predominio de los anteriores: pongamos por caso China. La destrucción provocada por la guerra puede ayudar a acelerar este proceso, en la medida en que el capital fijo obsoleto sea destruido bajo las bombas y tras la guerra fluyan las inversiones para renovar el parque industrial.
Por último, si la guerra ha destruido muchas infraestructuras como carreteras, puentes y edificios, el sector de la construcción hace su agosto. Dado que, por el predominio de la renta de la tierra en él, este sector suele tener una composición orgánica por debajo de la media, la masividad de las inversiones que recibe durante la reconstrucción permite bajar la composición orgánica del capital en general y, en consecuencia, aumentar la tasa de ganancia.
Nótese que los factores que están relacionados con la capacidad destructiva de la guerra son solo dos y uno de ellos, el de la renovación del parque industrial, está sujeto a toda una serie de condiciones históricas. Lo subrayamos porque una de las mayores confusiones a la hora de tratar la funcionalidad económica de la guerra proviene de identificar desvalorización con destrucción, pero no son equivalentes. Una crisis de desvalorización funciona porque la parálisis del mercado desvaloriza los factores productivos (salarios y medios de producción) que pueden ser usados con su mismo valor de uso y volumen, pero a un precio menor. Aun así, si solo se produjera la desvalorización sin aumentar la productividad del trabajo, la recuperación sería efímera, porque en cuanto se retomara el dinamismo del mercado los factores de producción recuperarían su precio y el problema subyacente de rentabilidad seguiría estando ahí.
Una crisis de sobreacumulación de capital no es una crisis de sobreproducción en general, de sobreproducción de cosas que baste con destruir. No hay un exceso de plusvalor por realizar, sino una insuficiente masa de plusvalor producida con el grado de explotación existente. Como se esfuerza por señalar Marx, la crisis tampoco se debe a una excesiva competencia de capitales, sino a que la rentabilidad es demasiado baja para que todos los capitales disponibles puedan ser invertidos productivamente, de manera que se exacerba la competencia. Por este motivo, que la crisis o la guerra destruyan la competencia, permitiendo una mayor concentración y centralización de capital, no es más que otro parche si continúa la misma composición orgánica que antes, con la misma tasa de explotación.
Ni destruir mercancías, ni destruir capital fijo, ni destruir a la competencia son mecanismos que por sí mismos permitan dar un salto de acumulación. Mucho menos lo puede hacer destruir fuerza de trabajo, por mucha población sobrante que genere el aumento de la composición orgánica. Tener un ejército de reserva demasiado grande puede ser un problema político y social, pero no es nunca un problema económico. Al contrario, las cuotas muy bajas de desempleo son poco favorables a los saltos de acumulación, porque dificultan mantener una tasa de explotación suficientemente alta para compensar la caída de la tasa de ganancia, y no permiten ampliar el capital variable necesario para producir mayores masas de plusvalor.
Aunque sean importantes la desvalorización de los factores productivos y la centralización del capital, el factor determinante que hace de la crisis de desvalorización un mecanismo para regenerar la tasa de ganancia es, en definitiva, el incremento de la productividad del trabajo. Es la necesidad de los capitalistas de lidiar con la caída de los precios en un mercado deprimido a través de mejoras en los métodos de producción lo que, unido a las circunstancias anteriores, permite dar ese salto de acumulación. Se trata de una causa endógena, mientras que la guerra desata los factores explicados de forma exógena mediante un enorme gasto improductivo a cargo del endeudamiento estatal. Esto puede salir bien, porque el enorme incremento de la demanda, la concentración del capital y la aplicación de mejoras técnicas tras la guerra, así como la apertura de los mercados con una configuración imperialista estable, sean suficientes para que la deuda estatal no devore las ganancias obtenidas, o puede salir francamente mal. La diferencia no se encuentra en la propia guerra, sino en las condiciones históricas en que se produce, que van más allá del proceso inmediato de producción e involucran al conjunto de la sociedad.[106]
La propia idea de crisis de desvalorización podría conducir a pensar que el capitalismo se regenera a través de ella, como un mecanismo que aliviara la presión a la que le somete cada cierto tiempo la acumulación de sus contradicciones. Por el contrario, las crisis son un momento en la realización de esas contradicciones. De ahí que Marx no incluya la crisis de desvalorización entre las causas contrarrestantes de la caída de la tasa de ganancia, sino que la aborde en el momento en que está explicando el desarrollo de la ley a través de su movimiento contradictorio. La crisis es la forma misma en que se despliega la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia, porque solo se puede salir de ella con un salto en la productividad del capital, es decir, con el desarrollo de las fuerzas productivas que colisiona con las relaciones de producción existentes.
A través de ciclos de bonanza económica y de recesión, el capitalismo endurece las condiciones en que consigue reproducir el proceso de valorización. Se trata de un proceso histórico, estructural, que si bien se manifiesta con mayor claridad en el estallido de sus crisis, trabaja soterradamente como el viejo topo de Marx. La comparación es precisa, porque efectivamente la misma fuerza que agrava la caída tendencial de la tasa de ganancia, mengua la capacidad del valor para medir la riqueza social y multiplica las dificultades del capital para reproducirse, impulsa el proceso de socialización y mundialización que representa el comunismo como movimiento real. Cuanto más cae la tasa de ganancia, mayores esfuerzos debe hacer el capital para concentrarse, aumentando la masa de ganancia, y para elevar la productividad aumentando la tasa de plusvalor relativo. Esto no puede conseguirlo solo al interior de la fábrica. Al contrario, «la contradicción interna trata de compensarse por expansión del campo externo de la producción»,[107] lo que involucra la transformación de la sociedad y del planeta.
El periodo que nos atañe es un momento clave en este proceso. La Segunda Revolución Industrial elevó la composición orgánica e hizo caer la tasa de ganancia de forma precipitada, hasta llegar a un valle a finales de la década de 1890. Las grandes concentraciones de capital, los procesos de cartelización y trustificación, las barreras aduaneras, el crecimiento del sistema crediticio, la intensificación del comercio mundial entre países capitalistas y la expansión colonial a los países que aún no lo eran fueron la forma en que la burguesía compensó las contradicciones internas de su sistema social. Pero estas soluciones, en el contexto de una desestabilización de la configuración imperialista existente hasta entonces, exacerbó la pugna por el reparto colonial y llevó al estallido de la Primera Guerra Mundial.
Como puede verse en los siguientes gráficos,[108] la Gran Guerra permitió una subida temporal de la tasa de ganancia en Francia, si bien se empezó a agotar antes de que terminara. El empuje de la reconstrucción y la disminución real de salarios con la inflación hizo posible relanzarla a niveles muy superiores, pero a partir de la estabilización monetaria y fiscal de Poincaré en 1926 empezó a caer, hasta encontrarse de frente con la Gran Depresión.
Gráfico 1
Tasa de ganancia de Francia
Fuente: Michel Husson
En cuanto a la de Reino Unido, durante la guerra no sufrió grandes cambios. La restructuración hacia una economía de paz y el parón de la demanda inducida del Estado provocó una crisis de desvalorización que la hundiría y de la que se recuperaría poco después, pero nunca para retomar los niveles de antes de 1914, exceptuando el breve repunte de la Segunda Guerra Mundial. La Primera Guerra Mundial se convirtió así en el parteaguas que inició el final de su hegemonía mundial.
Por otro lado, no sabemos si la tasa de ganancia aumentó brevemente en Alemania, porque no hemos encontrado datos ni para la Primera ni para la Segunda Guerra Mundial, pero cualquier impulso que recibiera durante de la guerra fue claramente consumido por las indemnizaciones, la hiperinflación y la propia revolución en los siguientes años.
Quien se vería claramente beneficiado sería Estados Unidos, debido ante todo al aumento de las exportaciones a Europa y al impulso de la demanda estatal en el último año.
Gráfico 2
Tasas de ganancia de Reino Unido, EEUU y Alemania
Fuente: Esteban Maito
Gráfico 3
Tasas de ganancia de Holanda, Suecia y Japón
Fuente: Esteban Maito
Como balance general, la Primera Guerra Mundial dejó una Europa exhausta e inestable. La reconstrucción causaría un breve boom en 1919 que, sin embargo, se vio eclipsado rápidamente por la crisis mundial de 1920-1921 que se iniciaría en Japón, la inestabilidad monetaria, el endeudamiento estatal y la elevada conflictividad social desatada por la revolución rusa. Este sería un elemento importante porque, a diferencia de la Segunda Guerra Mundial, la lucha de clases no pudo ser sometida a los imperativos de la rentabilidad, lo que impidió aumentar la tasa de explotación al nivel necesario. Además, durante la década de los 20 y sobre todo a partir del Plan Dawes en 1924, se establecería un círculo vicioso por el que Reino Unido y Francia presionaban para sangrar a Alemania con las indemnizaciones de guerra y poder pagar sus propias deudas a Estados Unidos, que a su vez prestaba ese dinero a Alemania, con el que la República de Weimar pagaba sus indemnizaciones de guerra.
Para Estados Unidos, que no sufrió las destrucciones de la guerra y entró en ella tan solo el último año, no pudo vivir ninguno de los efectos de una crisis de desvalorización, pero el enorme incremento de la demanda primero por las exportaciones a Europa y después por el gasto militar fue un potente aliciente para ampliar la escala de la producción y la productividad del trabajo. Aunque Taylor ya había empezado a desarrollar sus mejoras en el proceso de producción a finales del siglo XIX, no sería hasta que la Primera Guerra Mundial impuso la necesidad de aumentar la productividad para satisfacer la demanda que se extendió a toda la industria. Así, la producción de un solo automóvil pasó de 4.664 horas/hombre en 1912 a 813 horas/hombre a mediados de los años 20 y, entre 1920 y 1927, la productividad aumentó un 40%[109] al tiempo que se extendía la electrificación por todo el país.
Pero este salto de productividad no estuvo acompañado por una ampliación proporcional del mercado. La Primera Guerra Mundial le había abierto los mercados de Europa, pero también los había deprimido e inestabilizado. Los años 20 asistieron al nacimiento de la publicidad moderna para azuzar la demanda interna y a las primeras muestras de lo que más tarde se consolidaría como consumo de masas, pero su base tenía más de especulación crediticia que de un incremento sostenido de las inversiones productivas. En efecto, el aumento de la composición orgánica y las perspectivas de rentabilidad decrecientes impulsaron a muchos capitales «a los carriles de la aventura», como había explicado Marx, y la inversión en bolsa se convirtió en un fenómeno de masas. El pago de los créditos de guerra había dejado a Estados Unidos con un tercio del oro mundial en sus arcas, lo que le permitió alargar las cadenas de crédito y encubrir así el desfase creciente entre la producción y el consumo final de las mercancías. La especulación primero provocaría una burbuja inmobiliaria en Florida y después terminaría de estallar con el crack de la bolsa de Nueva York en 1929, iniciando la mayor crisis de desvalorización que había vivido el mundo capitalista. A escala internacional, la tasa de ganancia prácticamente no había dejado de caer hasta entonces.
Gráfico 4
Tasa de ganancia promedio de Reino Unido, EEUU, Alemania, Holanda, Suecia y Japón
Fuente: Esteban Maito
La Gran Depresión supuso el cierre masivo de empresas y tasas rampantes de desempleo. Los niveles de desvalorización fueron tan grandes que se produjo una espiral deflacionaria imparable. Uno tras otro los países levantaron medidas proteccionistas, lo que fragmentó y contrajo aún más el mercado mundial. El desarrollo de la productividad en las décadas anteriores había sido tan grande que había llevado a un punto muerto la dinámica de acumulación del capital.
Una crisis de desvalorización consiste en un divorcio entre el valor y el valor de uso. Es la expresión más elevada del fetichismo de la mercancía. Las máquinas y las materias primas siguen ahí, también las manos con las que usarlas, pero la parálisis del mercado ha hecho que no tenga sentido hacerlo en el marco de las relaciones de producción existentes, caiga quien caiga. Peor aún: las deudas que pagar y la necesidad de dinero para vivir obligan a vender desesperadamente, pero nadie quiere comprar. Aunque antes o después se retomará la dinámica de acumulación, porque no existe tal cosa como un derrumbe automático de las relaciones sociales capitalistas, el tiempo y el esfuerzo que esto requiera también está determinado por el nivel de recursos que sigan disponibles para que los capitalistas supervivientes compren a saldo los medios de producción devaluados y hagan las inversiones necesarias para mejorar su productividad, es decir, también está determinado por el grado que haya alcanzado la crisis de desvalorización. De ahí que de una espiral deflacionaria se sepa cuándo se entra, pero no cuándo se sale: la desvalorización tiene una inercia propia.
La crisis que se inició en 1929 impresionó a todo el mundo por su capacidad destructiva. En 1931 la situación era tal que Montagu Norman, el director del Banco de Inglaterra, aseguró a su homólogo francés que «a no ser que se tomen medidas drásticas para salvarlo, el sistema capitalista se hundirá en el término de un año en todo el mundo civilizado».[110] La posición liquidacionista que era tradicional en el liberalismo y que, en efecto, era la más racional desde el punto de vista teórico, se volvió inasumible. El propio Hayek, exponente de la escuela austríaca y por tanto muy crítico con cualquier intervención estatal en la economía, años más tarde tuvo que reconocer que la actitud inicial del gobierno de no intervención fue un error que solo prolongó la crisis.
No se trataba tanto de que faltara el conocimiento suficiente de los mecanismos económicos para poder introducir medidas anticíclicas, o de que la ideología liberal hubiera cegado a la burguesía y sus estadistas hasta que Keynes retiró la venda. Al contrario, con la creciente socialización del capital durante el siglo XIX el Estado empezó a tener un rol más decidido en las crisis, especialmente en el ámbito financiero, de ahí la nueva atribución de los bancos centrales como prestamistas de última instancia. Se trataba más bien de que el nivel de productividad era tan alto, el nivel de desarrollo del trabajo social tan elevado, que la desvalorización del capital y de la fuerza de trabajo como elementos del proceso inmediato de producción podía ser condición necesaria, pero no suficiente para la recuperación económica. Eran imprescindibles medidas mucho más estables y que iban mucho más allá del entorno de la fábrica para aliviar el peso de la composición orgánica sobre la ganancia, así como para ampliar los mercados lo suficiente como para absorber la masa de plusvalor producida.
Para lo primero, la intervención estatal en la economía sería un elemento decisivo. Con el estalinismo y el fascismo como precursores, una a una las principales democracias occidentales irían asumiendo medidas en este sentido. Como ya hemos explicado anteriormente,[111] entre ellas se encontraban la nacionalización de sectores fundamentales pero poco rentables —debido a su gran composición orgánica, como el sector siderúrgico o energético, o al lento retorno de la inversión, como en las infraestructuras de transporte y telecomunicaciones—; la creación de instancias de negociación colectiva, para favorecer la planificación de la producción y el establecimiento de mecanismos de canalización de las demandas obreras que permitieran, a través de los sindicatos, mantener los salarios siempre por debajo de la productividad; o la puesta a disposición de crédito barato, esencial para dinamizar el mercado y suplir con capital social las grandes sumas de capital privado que se necesitaban para el nivel alcanzado de composición orgánica. Todas estas medidas fueron posibles por el endeudamiento estatal y la ruptura con el patrón oro. El recurso al plusvalor futuro mediante el crédito, que había tenido un rápido desarrollo en las últimas décadas del siglo XIX para acompañar el incremento de la concentración de capital, se convertía ahora de mano del Estado en una pieza esencial para garantizar la dinámica de acumulación.
Pero nada de esto habría sido suficiente, sin embargo, con la pobre escala de producción que permitían los mercados nacionales en aquel momento. El mito del keynesianismo dice que la intervención estatal ayudó a elevar los salarios directos e indirectos y crear así un mercado interno fuerte, de masas, con el que absorber la producción. Pero la subida de los salarios siempre es una consecuencia del aumento de la rentabilidad del capital, no una causa, y a inicios de los años 30 estaba por los suelos. El mito del estalinismo dice que la intervención estatal para subir los salarios, antes y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, se hizo por miedo a la lucha de clases y a la extensión de la Unión Soviética, lo que obligó a los capitalistas a pagar el precio de la paz social de su bolsillo. Pero fueron precisamente los partidos estalinistas, junto a los sindicatos y la socialdemocracia, los que se ocuparon de garantizar una tasa de explotación adecuada a las necesidades del capital mediante su incorporación a los mecanismos de negociación colectiva, manteniendo los salarios siempre por debajo del aumento de la rentabilidad.
Así pues, la única forma de crear el consumo de masas era a través de un salto de acumulación que la intervención estatal por sí misma no podía proporcionar. Cuanto más se impulsan las fuerzas productivas, cuanto más se socializa el capital, más imprescindible se vuelve el desarrollo del mercado mundial. Y sin embargo, en los años 30 el mercado mundial estaba fragmentado por políticas proteccionistas y el incremento de tensiones imperialistas que conducían, a los ojos de todos, a una nueva conflagración. La Segunda Guerra Mundial supondría en primer lugar grandes masas de demanda inducida por los Estados para el gasto militar. En segundo lugar, produciría varios de los efectos semejantes a una crisis de desvalorización que hemos descrito antes. Pero en tercer lugar, y sin ello esta guerra no habría abierto mejores perspectivas de las que abrió la Primera, estableció una nueva configuración imperialista que, con el dominio respectivo de Washington y Moscú a cada lado del telón de acero, garantizaría la apertura a los capitales nacionales de un mercado mundial bipolar, pero por fin estable. Solo bajo estas condiciones históricas el taylorismo pudo evolucionar hacia el fordismo y el capital pudo dar un salto de acumulación que era mucho más que eso: era un salto de socialización que involucraría el conjunto de las instancias sociales, adecuándolas plenamente a su lógica impersonal y automática.
En realidad, Ford ya había aplicado el taylorismo —con el añadido de la cadena de montaje— en 1913 con el Modelo T. Este automóvil completamente estandarizado costaba la mitad que el resto de modelos, lo que tras la guerra le haría extenderse por la industria estadounidense. La tasa de plusvalor relativo fue tan alta que le permitió duplicar el salario de sus trabajadores, el llamado five-dollar day, para reducir la rotación y estabilizar la plantilla, una medida dirigida a garantizar el nivel de planificación que requería este nuevo método productivo. Sin embargo, todo esto tenía límites que se alcanzarían con la Gran Depresión, y los recortes salariales acompañaron a la caída de las ganancias hasta la verdadera consolidación del fordismo a partir de la Segunda Guerra Mundial.
Porque la clave del fordismo no era ni las innovaciones productivas ni la subida de salarios, sino la economía de escala. La productividad obtenida resultaba rentable solo gracias a la inversión de enormes masas de capital para movilizar mayores masas de ganancias, que debían realizarse en un mercado muy amplio. En virtud de la economía de escala, el fuerte incremento del plusvalor relativo vino acompañado de una gran demanda de trabajadores que suplía en términos absolutos, con la cantidad de mano de obra requerida, la superpoblación relativa generada por la alta composición orgánica. Esta fue una diferencia clave respecto a los siguientes saltos de productividad, porque fue un ejemplo perfecto del movimiento que Marx describió como la caída de la tasa de ganancia y el aumento de su masa. A partir de entonces, la automatización de la producción comenzaría a ganar terreno.
Para conseguir esta economía de escala fueron precisas las diferentes transformaciones que se produjeron durante los años 30 a nivel institucional y social, con el acceso fácil a crédito para los adelantos de capital, el abaratamiento de la electricidad, la multiplicación de las carreteras y la planificación de la producción mediante la negociación con los sindicatos. Acompañadas de la concentración de capital por las quiebras de empresas y del aumento del plusvalor absoluto por los salarios diezmados durante la Gran Depresión, sin embargo, todas estas circunstancias no habrían sido suficientes sin la Segunda Guerra Mundial.
La guerra supuso el disciplinamiento de la mano de obra bajo el imperativo bélico y el alargamiento de la vida útil del capital fijo, con las consecuencias descritas. También permitió un incremento de la demanda a gran escala por el gasto militar, que expandió las líneas de ensamblaje para poder satisfacer el volumen requerido. El final de la guerra trajo consigo la adaptación de algunas innovaciones tecnológicas, como la energía nuclear, el magnetrón para fabricar hornos microondas y el caucho sintético,[112] lo que permitió abaratar costes y crear nuevos productos. Por otro lado, la reconstrucción de Europa, mucho más masiva que en la Primera Guerra Mundial, abrió un mercado temporal pero muy rentable que permitió bajar la composición orgánica con la extensión del sector de la construcción en esos años.
Por último, concurrieron varias circunstancias que permitieron a Alemania y Japón elevarse como potencias industriales punteras tras la guerra, superando a Estados Unidos en ganancias y convirtiéndose en imponentes competidores en el mercado mundial. La destrucción de sus parques industriales eliminó todo capital obsoleto y les obligó a una renovación forzada con los últimos métodos productivos, a los que pudieron sacar provecho rápidamente gracias a una mano de obra muy cualificada y a precio de saldo por la desmovilización y la recesión de posguerra. Cuando esta terminó y el dinamismo de la economía hizo subir los salarios, la incorporación de los sindicatos al Estado permitió mantener esta subida siempre por debajo de la productividad, lo que era esencial para que la tasa de explotación no se viera mermada. Además, y al contrario de lo que defendía el keynesianismo militar, el que a ambos países se les impusiera la desmilitarización, reduciendo a cantidades despreciables sus gastos en ese ámbito, les permitió aumentar sustancialmente su tasa de acumulación.
Todo esto, sin embargo, habría sido imposible de no ser por dos elementos que no se sitúan en el ámbito de la economía, sino en el de la pugna imperialista y el de la lucha de clases.
En Alemania el primer impulso de los aliados, estalinistas y demócratas por igual, fue la rapiña. Para evitar que retomara la potencia industrial que podría devolverla a la pugna imperialista, la dividieron en zonas de ocupación, desmantelaron fábricas, confiscaron bienes y exigieron reparaciones. La devastación económica y social que esto produjo devolvió al país a los niveles de la Gran Depresión,[113] lo que se sumó al trauma de los cientos de miles de civiles muertos bajo los bombardeos aliados en ciudades como Dresde y Hamburgo, las mujeres violadas por el Ejército ruso —de cientos de miles a dos millones, según las fuentes— y más de 12 millones de personas étnicamente alemanas expulsadas de Europa del Este tras los Acuerdos de Postdam.[114] Pero el inicio de la Guerra Fría cambió la estrategia de Estados Unidos. Con el fin de hacer de Alemania del Oeste un aliado fuerte para sostener el telón de acero, retiró la demanda de reparaciones y las cuotas de producción industrial, reformó el marco para acabar con la hiperinflación y, sobre todo, inició el Plan Marshall, un programa de préstamos y ayudas directas con el que dio un espaldarazo a los capitales alemanes en particular y europeos en general. Así, a cambio de abrir sus mercados a las mercancías y capitales estadounidenses, la burguesía europea pudo salir rápidamente de la recesión de posguerra y dar un salto de acumulación que duró tres décadas.
En cuanto a Japón, aunque no se benefició del Plan Marshall, sí lo hizo poco más tarde de la Guerra de Corea (1950-1953). Al convertirse en una base logística esencial para el apoyo de la OTAN a Corea del Sur, recibió contratos millonarios que dieron un gran impulso a su industria y se encontró en una posición favorable para hacer que el gobierno americano tolerara un yen devaluado y medidas proteccionistas. Sumado al declive de Reino Unido en Asia por la descolonización, esto le permitió hacerse con grandes cuotas de mercado en la región y convertirse en una potencia económica que acabaría por preocupar a la burguesía estadounidense en los años 70 y 80.
Así pues, la posición de predominio mundial de Estados Unidos en su lado del telón de acero tras el tratado de Bretton-Woods lo situó en el centro del comercio mundial, reduciendo las barreras proteccionistas, convirtiendo a través del Plan Marshall a Europa en un mercado para sus exportaciones e inversiones y estableciendo el dólar como dinero mundial, respaldado por el oro pero con una gran flexibilidad para dar vía libre a la creciente importancia del crédito. Esta fue la penúltima condición, la apertura de unos mercados dinámicos, con un sistema monetario común adecuado a las nuevas necesidades crediticias de la acumulación de capital, y en una configuración imperialista estable, para que el gran salto de socialización del capital pudiera desarrollarse con éxito e impulsar la dinámica de acumulación durante décadas.
La condición última e imprescindible fue la derrota histórica del proletariado. Se había impuesto a nivel mundial a partir de 1926 con la teoría del socialismo en un solo país, demostrado con la responsabilidad de la Tercera Internacional en el aplastamiento de la revolución china en 1927, confirmado con la política de los frentes populares en 1936 y grabado en sangre con el aplastamiento contrarrevolucionario del proletariado español en nombre de la democracia y el antifascismo. La Segunda Guerra Mundial iba a exacerbar las contradicciones de clase tanto como la Primera pero, pese a lo que creían en buena lógica nuestros compañeros, la fuerza de estas dos ideologías fue suficiente para mantener al proletariado como carne de fábrica y de cañón, matándose entre sí en nombre de la libertad, la democracia y la patria socialista. Junto al nacionalismo anticolonial y antiimperialista, la Guerra Fría consolidaría estos potentes mecanismos de canalización ideológica durante décadas. Hasta que empezaron a erosionarse con la llegada de los años 70, al compás del agotamiento del salto de acumulación que sucedió a la carnicería mundial.
El debate del imperialismo fue, junto al de la huelga de masas, el crisol en el que se forjaron los elementos programáticos fundamentales para enfrentar la oleada revolucionaria mundial que se iniciaría en Rusia en 1917. La exacerbación de la lucha de clases y de las tensiones imperialistas desde inicios del siglo XX aceleró los tiempos históricos, impulsó al proletariado a constituirse en clase a través de su autoorganización en consejos y, en ese mismo proceso, a constituirse en partido con la decantación del ala comunista de la II Internacional, mientras esta consumaba su pasaje al campo burgués.
Las lecciones programáticas de este momento no se reducen a las que se afirmaron en la ruptura de los partidos comunistas con la socialdemocracia, como la necesidad de destrucción del Estado burgués y la imposición de la dictadura del proletariado sobre la base de los organismos de la clase, sino que van más allá, hasta la batalla que hicieron las izquierdas comunistas al interior de la III Internacional y que giraron en torno a las tácticas del parlamentarismo y el sindicalismo, del frente único y del gobierno obrero, la relación con los movimientos anticoloniales y la construcción del partido de masas.
El imperialismo fue la caracterización del periodo histórico que atravesaba todos estos debates. Era la fase superior, la fase última del capitalismo en que había alcanzado sus límites estructurales y de la que ya solo podían esperarse guerras, crisis y revoluciones. Con el debate del imperialismo se abría la discusión sobre estos límites, la forma que adquiría la sucesión de un modo de producción al siguiente, las causas de las crisis económicas y de las guerras, la naturaleza de la relación entre los Estados y el programa y la táctica de los comunistas en el ascenso vertiginoso de la lucha de clases. Hoy tenemos la tarea de hacer un balance de estos debates para entender más profundamente el momento en que nos encontramos y depurar, con la ayuda de la distancia histórica y a hombros de gigantes, la teoría revolucionaria.
En primer lugar, la guerra. Como afirmaron nuestros compañeros con la Primera Guerra Mundial, la guerra en el capitalismo tiene un origen estructural e ineludible desde cualquier perspectiva revolucionaria. Es el producto de la exacerbación de las contradicciones del capital, como lo es la propia crisis económica. Pero esto no la convierte en el equivalente a una crisis de grandes proporciones ni le otorga una funcionalidad precisa en la dinámica de acumulación del capital, por mucho que tenga efectos en ella. La contradicción histórica entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas se expresa en la caída de la tasa de ganancia como una tendencia histórica que produce crisis de desvalorización sin reducirse a ellas. Fue esta contradicción la que erosionó la base sobre la que Inglaterra erigía su hegemonía mundial e impulsó la aparición de nuevos competidores, desestabilizando así la configuración imperialista que había garantizado la acumulación mundial del capital hasta ese momento. Fue también la que exacerbó la competencia entre capitales, impulsó su exportación hacia espacios de acumulación más jóvenes y hacia las colonias, y erigió barreras aduaneras. El proteccionismo, la cartelización y la exportación de capital de un lado, y la carrera armamentística y por la conquista de las colonias de otro, fueron los dos aspectos de un mismo proceso histórico.
La Primera Guerra Mundial fue el culmen de este proceso, pero no por ello resolvió la crisis histórica de rentabilidad que había desencadenado la Segunda Revolución Industrial, ni impuso un nuevo orden mundial que estabilizara la relación imperialista entre los Estados. Al contrario, exacerbó el salto de productividad tanto como la lucha de clases y condujo directamente a la Gran Depresión. La derrota histórica del proletariado de la mano de la socialdemocracia, del estalinismo y del fascismo dejó vía libre para que la clase capitalista mundial buscara sus propias soluciones a la crisis.
Para ello hubo de transformar el enorme salto de productividad que se había dado en el proceso de producción inmediato, el de la fábrica, en el gran salto de socialización del capital. Ello involucró el conjunto de las instancias sociales, desde el Estado hasta el consumo de masas, y situó el crédito como un elemento a partir de entonces ineludible de la dinámica de acumulación. Pero por sí mismo no era suficiente. La configuración imperialista seguía inestable, los mercados seguían cerrados. En consecuencia, con un proletariado atrapado en la contrarrevolución, volverían a emerger el proteccionismo, la carrera armamentística y el curso hacia la guerra, que daría lugar a un nuevo orden mundial y consolidaría el salto de socialización que los años 30 habían iniciado.
Así pues, la guerra no es el instrumento con el que la burguesía somete ideológicamente al proletariado, por mucho que su sometimiento sea imprescindible para que estalle. La guerra se sitúa en un ámbito diferente al de la lucha de clases, el de las contradicciones interimperialistas. Esto significa que, independientemente de la voluntad y la conciencia de la burguesía, la guerra está motivada por fuerzas mayores y más profundas que tienen que ver con las necesidades imperialistas de los Estados y los desequilibrios que produce el desarrollo de las fuerzas productivas en la competencia económica, estratégica y militar entre las diferentes burguesías. Cierto es que estas fuerzas se manifiestan mucho más claramente en los conflictos generalizados en los que se ven implicadas todas las potencias, mientras que en las guerras localizadas o las intervenciones militares en el extranjero también tienen un peso importante determinaciones más concretas. En este plano puede ocurrir, como ha ocurrido en el pasado, que las decisiones tomadas tengan en cuenta la necesidad de cohesión interna y la utilidad que puede tener un conflicto bélico para reforzarla en un sentido nacionalista, así como el riesgo que una situación de fuerte lucha de clases en otro país puede implicar para los capitales nacionales invertidos en él, o por su capacidad de contagio al proletariado propio. Es una jugada arriesgada que puede volverse en contra, pero es una jugada posible. No por ello debe entenderse que la contrainsurgencia o el fomento del nacionalismo están entre los factores más generales de la guerra en el capitalismo.
Asimismo, la guerra tampoco es el instrumento con el que el capital evacúa improductivamente el plusvalor imposible de realizar, con el que destruye las enormes masas de mercancías que genera la anarquía de la producción, o elimina población sobrante, para poder perpetuarse frente a sus contradicciones. Estas explicaciones provienen de una comprensión incorrecta de la naturaleza de la crisis capitalista, bien como problema de realización, bien como problema de sobreproducción en general, sobreproducción de cosas y personas. Aunque la guerra coincide en algunos de sus efectos con los que produce la crisis de desvalorización, como se ha detallado en los capítulos anteriores, el elemento más importante que la caracteriza y que le da una funcionalidad precisa en el capitalismo, con mayor o menor éxito, es la de restablecer el orden imperialista. En él tendrá la hegemonía la potencia que haya liderado la superación —temporal— de las contradicciones históricas del modo de producción capitalista. Si estas contradicciones no se superan, o no son ya superables, la guerra solo habrá servido para exasperar la naturaleza catastrófica del sistema y el antagonismo entre clases.
En segundo lugar, la contradicción histórica del capitalismo. El proceso al que asistieron nuestros compañeros y que consignaron con los conceptos de decadencia, de capital financiero y de agotamiento de los mercados extracapitalistas no fue un mero espejismo. No les traicionó el deseo por precipitar la lucha revolucionaria, ni confundieron fenómenos naturales y cíclicos del sistema —si bien terribles— con sus últimos estertores. Lo que concibieron como la fase superior del capitalismo consistía efectivamente en un punto de inflexión en la exacerbación de sus contradicciones, un cul de sac del que la clase capitalista solo pudo salir con la introducción acelerada y salvaje de sus relaciones de producción en todo el planeta, las dos guerras más sangrientas de la historia de la humanidad, la derrota más profunda de la historia del proletariado, y con la transformación del Estado, el territorio y la estructura social para adecuarlos a las nuevas necesidades del capital conforme a su salto de socialización.
Experimentaron efectivamente un punto de inflexión en la contradicción histórica de este modo de producción y se lanzaron a la batalla, pero perdimos. Como hemos intentado explicar a lo largo del texto, la colisión entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas provoca una dificultad creciente en la acumulación del capital debido a la caída de la tasa de ganancia y las crecientes masas de valor que se requieren para compensarla, con la consiguiente tendencia al exceso de capital y de población. El fordismo consiguió sobreponerse a este punto de inflexión y relanzar la acumulación, porque el salto de productividad que dio estaba acompañado de una gran demanda de mano de obra, de manera que con una suma suficientemente grande de capital adelantado se podían producir grandes masas de plusvalor. Encontró además una clase obrera sometida ideológicamente por la democracia y el estalinismo y unos mercados mucho más extensos gracias a la hegemonía de Estados Unidos en la mitad del mundo, y mucho más profundos gracias a la industrialización del agro, la segunda gran oleada migratoria hacia las ciudades —que se inició también en los países periféricos del capitalismo—, y la mercantilización de los ámbitos que hasta entonces habían quedado en la producción de autoconsumo y que acompañó a la incorporación de la mujer al mundo laboral y la transformación de la familia. El papel del Estado en este proceso fue fundamental, como lo fueron las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.
Pero estas condiciones ya no son reproducibles. Tras la crisis de los años 70, el capitalismo logró una recuperación parcial de la rentabilidad mediante cambios tecnológicos, productivos y financieros, pero sin generar un nuevo ciclo de acumulación comparable al de la posguerra. La Tercera Revolución Industrial, la flexibilización productiva, la deslocalización y la globalización aumentaron el grado de explotación del trabajo y redujeron costes. La apertura de China y la caída de la URSS aliviaron temporalmente la presión sobre la tasa de ganancia, mientras que la ruptura definitiva del patrón oro y la liberalización financiera permitieron canalizar la sobreacumulación hacia el capital ficticio. Al mismo tiempo, el final de la Guerra Fría permitió aligerar el gasto militar en todos los países, incluido Estados Unidos. Sin embargo, estas medidas solo frenaron, sin revertir, la caída de la rentabilidad, y entraron en crisis en 2008. Al mismo tiempo, sentaron las bases para la decadencia de Estados Unidos como gendarme mundial y la puesta en cuestión de la configuración imperialista establecida en Bretton-Woods por parte de Rusia y China.
Nuestros compañeros no vieron espejismos al consignar como decadente el impasse del capitalismo al que estaban asistiendo, pero lo interpretaron desde un marco teórico que dibujaba el paso de un modo de producción al siguiente de forma no dialéctica sino gradual, por un proceso en el que el sistema capitalista iba abandonando progresivamente su lógica propia para convertirse en otra cosa. En el caso de la visión mayoritaria de la III Internacional, se encaminaba hacia un capitalismo regulado y consciente, cada vez más desprovisto de las determinaciones objetivas del valor, cada vez más dominado por el capital financiero y, más aún, por el Estado como máximo capitalista colectivo, gran Leviatán que unía la explotación económica con la opresión política. En el caso de los continuadores del trabajo de Luxemburg, se trataba de un capitalismo donde el desarrollo de las fuerzas productivas se ralentizaba y las fórmulas para evacuar el plusvalor excedente, toda vez que se iban agotando los mercados extracapitalistas, se volvían cada vez más irracionales.
Pero el capitalismo tiene una racionalidad precisa, una dinámica automática e impersonal que dibuja una línea siempre ascendente, cada vez más catastrófica y disfuncional. Debido a esta misma lógica automática e impersonal, no puede derrumbarse, por fuertes que sean sus contradicciones. Sin embargo, se reproduce cada vez con mayores dificultades, con mayores disfuncionalidades y con una tendencia catastrófica que hoy en día ni la propia burguesía puede ignorar. Mientras el proletariado no acabe con él, el capital encontrará vías y mecanismos para aumentar su masa de ganancias y ralentizar la caída de su tasa. Pero hoy en día está mucho más falto de recursos que en el periodo de entreguerras.
Para empezar, el capital está fuertemente socializado, tanto a través de la centralización del capital, como de las largas cadenas de valor y las cuotas elevadas de endeudamiento privado y público. Los mecanismos de intervención estatal sirven por ahora para afrontar las peores consecuencias de la crisis, pero ya no para estimular la demanda y disminuir el peso de la composición orgánica. Al mismo tiempo, la deuda pública comienza a convertirse en una losa real sobre el plusvalor producido.[115] Los saltos de productividad que tenemos por delante prometen profundizar aún más la automatización de la industria y del propio sector terciario, y no hay perspectivas de que aparezcan métodos productivos que amplíen la contratación de mano de obra de forma rentable, mucho menos en sectores productivos. El segundo éxodo rural se consumó entre los años 70 y 90, sin que por ello el proletariado arrojado a las periferias de las grandes ciudades tenga perspectivas de conseguir un empleo estable. La puesta en cuestión del orden mundial por parte de Rusia y China está fragmentando los mercados y obligando a destinar una cantidad creciente del gasto estatal, de nuevo, a la industria militar, mientras las materias primas y recursos energéticos retienen una cuota creciente del mismo para la renta de la tierra e incrementan su precio a cada vuelco en el equilibrio imperialista. Por su parte, lejos de mostrar una vigorosa línea ascendente como Estados Unidos a inicios del siglo XX, la China del siglo XXI experimenta ya síntomas del capitalismo más maduro, con problemas de endeudamiento, burbujas inmobiliarias, altas cuotas de paro juvenil y una rentabilidad claramente decreciente.
En este contexto, es difícil ver cómo una Tercera Guerra Mundial, de no llevar a la extinción de la especie, podría permitir un nuevo salto de acumulación para el capital como lo hizo la Segunda. Más bien puede pensarse en que el curso hacia la guerra y el incremento de las tensiones imperialistas al que estamos asistiendo en los últimos años, así como la creciente polarización social y la erosión de la contrarrevolución, abra el horizonte a una reanudación de la perspectiva revolucionaria de nuestra clase, aunque se dará en medio de una exacerbación sin igual de la capacidad catastrófica del capitalismo.
Por último, el programa. Porque precisamente es hoy, con la descomposición del actual orden mundial y el aumento del militarismo, cuando recuperar el debate histórico sobre el imperialismo resulta fundamental. Los revolucionarios no somos académicos ni hacemos historia de las ideas. La descripción de los debates del pasado, el rescate de sus elementos fundamentales y la crítica de los aspectos que no consiguieron pasar por la prueba de fuego de la historia, nos permite continuar el hilo que dejaron nuestros compañeros y seguir afilando la teoría revolucionaria que nos hará de brújula en las luchas del presente y las que están por venir.
Para ello, una tarea esencial es hacer balance de la anterior oleada revolucionaria para prepararnos ante la siguiente. Como hemos explicado en el texto, las tácticas del sindicalismo y el parlamentarismo, así como los posicionamientos cambiantes de Marx y Engels ante los nacionalismos y las guerras, se convirtieron en potentes fuerzas de conservación y finalmente de reacción en la socialdemocracia. La II Internacional no traicionó ni se corrompió con el botín de las colonias, como pensaron nuestros compañeros de la época con conceptos como el de aristocracia obrera. El pasaje de la socialdemocracia al campo burgués debe explicarse a partir de las tácticas que de la acción a la teoría, del ser a la conciencia, fueron extendiendo su poder de conservación social como una metástasis por el cuerpo enfermo de los partidos de la II Internacional. El sindicalismo y el parlamentarismo la convirtieron en un aparato de negociación y de canalización social imprescindible con el ascenso de la lucha de clases y el estallido de la Primera Guerra Mundial, toda vez que la burguesía había ido aprendiendo a partir de la Comuna de París la importancia del diálogo social, con el que el programa máximo del socialismo se convertía en una mención de las misas del domingo.
La escisión de los partidos comunistas de la II Internacional fue una ruptura clave y supuso la recuperación indispensable de toda una serie de aspectos programáticos que la doctrina socialista había dejado olvidados, pero no fue suficiente. Impulsados por la oleada revolucionaria, los bolcheviques habían defendido una separación radical de la socialdemocracia —los mencheviques—, la acción autónoma de la clase por fuera y contra de los aparatos del Estado —abajo el gobierno provisional, todo el poder a los soviets—, la defensa intransigente del internacionalismo contra los cantos de sirena de la guerra nacional —dirigir el fusil contra la propia burguesía— y la organización del partido como una minoría de la clase y en torno a posiciones homogéneas. Sin embargo, estas posiciones que fueron cruciales en la práctica no se convirtieron en adquisiciones programáticas por parte de ellos ni, debido a su gran ascendencia, por parte de la III Internacional. Al contrario, una a una fueron poniéndolas en cuestión cuando la oleada revolucionaria vivió un reflujo a partir de 1919 y la guerra civil en Rusia impuso la mayor de las urgencias. El partido de masas, el frente único y el gobierno obrero, junto con la vinculación a las luchas anticoloniales y a través de ellas a las clases dominantes en las colonias, fueron la apertura oportunista que debilitaría a la Internacional frente a la contrarrevolución interna que estaba por llegar. Las izquierdas comunistas, en sus diferentes experiencias y posicionamientos, se levantaron contra el oportunismo y formularon grandes adquisiciones programáticas que hoy en día es nuestra tarea retomar y desarrollar.
La que concierne más directamente al propósito de este texto es la naturaleza del imperialismo. Si podían quedar dudas de ello en 1920, hoy en día es innegable que el imperialismo es una red mundial que atrapa a todos los Estados por igual.
El imperialismo es una relación, no un atributo. Es esa «totalidad indivisible» que, como defendía Luxemburg con brillantez, «determina las políticas de los estados individuales como su ley suprema y ciega, así como las leyes de la competencia económica determinan las condiciones de producción del empresario individual».[116] No importan las voluntades declaradas de sus dirigentes, ya sean por el municipalismo libertario, por el socialismo del siglo XXI o por la paz y el multilateralismo. No importa tampoco el tamaño de su nación o Estado, su debilidad o fortaleza, su posición más predominante o subordinada en la jerarquía internacional. Lo que importa es que en tanto que actores nacionales, es decir, capitalistas, su acción está determinada y dirigida por la pugna del poder económico y geoestratégico en todo el planeta. Porque, como explicó Luxemburg en el debate con Lenin sobre la cuestión nacional, en la medida en que el capitalismo interconecta mundialmente todos los territorios a nivel económico, también lo hace a nivel político y militar. No existe tal cosa como la autonomía nacional en las relaciones sociales capitalistas. Sin lugar a dudas esta obra la protagonizan los países más poderosos, pero todos, incluidos los países más pequeños y los aspirantes a serlo, son actores en el escenario. Cuando las contradicciones del capital acaban por hacer entrar en crisis a la potencia hegemónica y su configuración imperialista, entonces suenan los tambores de guerra. Y uno a uno, todos los actores van interpretando su papel.
Los revolucionarios no podemos participar en esa obra, que significa colaborar en la matanza de unos proletarios por otros y en la explotación de todos nosotros por la clase capitalista mundial. Por el contrario, debemos oponernos a ella con nuestras propias armas, la unidad del proletariado mundial y la lucha por sus intereses históricos, es decir, el derrotismo revolucionario. Este internacionalismo intransigente fue crucial durante la Primera Guerra Mundial para posibilitar la oleada revolucionaria que se inició en 1917. Fue imprescindible durante la Segunda Guerra Mundial, donde nuestros compañeros mantuvieron alto el estandarte del derrotismo revolucionario para posibilitar el mantenimiento del programa comunista en el futuro. Y lo será en nuestro presente inmediato y en los años por venir, como una brújula imprescindible para los tiempos revueltos que llegan.
[1] Cf. cartas del 15 y 17 de agosto de 1870
[2] Cf. Cristopher Clark (2023): «Cuestiones nacionales», Primavera revolucionaria. La lucha por un mundo nuevo 1848-1849, Galaxia Gutenberg
[3] Citado en la introducción de Georges Haupt y Claudie Weill a Marx y Engels (1980): La cuestión nacional y la formación de los Estados, Cuadernos de Pasado y Presente nº 69, p. 36. Toda la colección de Pasado y Presente está disponible online aquí. Para ilustrar la complejidad del periodo, de los posicionamientos de Marx y de Engels y las transformaciones que se darían en pocas décadas, sirva también la carta en que Marx calificaba de «estupidez belga» la propuesta de Paepe de llamar a la huelga contra la guerra, elemento que unos años más tarde, con la aparición de la huelga de masas, será uno de los jalones indispensables en la diferenciación entre la izquierda de la II Internacional y el resto de los socialdemócratas
[4] Cf. Georgy Piatakov, Yevgenia Bosch, Nikolai Bujarin: «Tesis sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación», Kommunist nº 1-2
[5] En este punto, Munis hace una excelente explicación desde nuestro punto de vista
[6] Cf. Daniel Gaido y Richard B. Day: «Debates marxistas tempranos sobre la cuestión colonial», Las teorías clásicas del imperialismo
[7] Karl Kautsky: «Vieja y nueva política colonial» (1897-1898), La Segunda Internacional y el problema nacional y colonial. Primera parte, Cuadernos de Pasado y Presente nº 73, pp. 101-102.
[8] Afirmar esto no implica una diferenciación por fases en función del tipo de explotación. Ambos tipos, la absoluta basada en la prolongación de la jornada laboral o la bajada de salario, y la relativa basada en el aumento de la productividad de la hora de trabajo, siempre se combinan en los distintos momentos del capitalismo y se retroalimentan entre sí
[9] Eduard Bernstein: «La socialdemocracia y los disturbios turcos», La segunda Internacional y el problema nacional y colonial (primera parte), p. 53
[10] En el prólogo a Patriotismus und Sozialdemokratie (1907), citado en Massimo Salvadori: «The Road to Power», Karl Kautsky and the socialist revolution
[11] Karl Kautsky: «Hemos visto, pues, que para la sociedad presente el imperialismo es la única esperanza, la única perspectiva provechosa, fuera de lo cual no queda otra alternativa que el socialismo», El camino al poder, Cuadernos de Pasado y Presente nº 68, p. 253
[12] Rosa Luxemburg: Huelga de masas, partido y sindicatos, Cuadernos de Pasado y Presente nº 13, p. 101
[13] No por azar, la distinción entre «guerra de posiciones» y «guerra de movimientos» en Gramsci se asemeja mucho a los términos de Kautsky. Cf. Gramsci y la vía nacional al socialismo
[14] Para el conjunto del debate, cf. las dos partes de Debate sobre la huelga de masas, Cuadernos de Pasado y Presente nº 62-63
[15] Anton Pannekoek: «Acciones de masas y revolución», Debate sobre la huelga de masas. Segunda parte, Cuadernos de Pasado y Presente, nº 63, p. 48
[16] «El carácter reaccionario de esta guerra, las mentiras desvergonzadas de la burguesía de todos los países, que disimula sus objetivos de rapiña con una ideología “nacional”, suscitan ineludiblemente, en la situación revolucionaria objetiva que se ha creado, un espíritu revolucionario entre las masas. Nuestro deber es ayudar a que las masas adquieran conciencia de ese espíritu, profundizarlo y darle forma. Esta tarea sólo la expresa certeramente la consigna de la trasformación de la guerra imperialista en guerra civil, y toda lucha consecuente de clase durante la guerra, toda táctica de “acciones de masas”, aplicada en serio, conduce de modo inevitable a dicha trasformación», Lenin: El socialismo y la guerra (1915)
[17] Anton Pannekoek: id, p. 51
[18] Rudolf Hilferding: El capital financiero, ed. Tecnos, p. 259
[19] Lenin: op. cit., p. 127
[20] Id., p. 120
[21] Karl Marx y Friedrich Engels: El capital, ed. Siglo XXI, libro I, vol. 3, p. 953 [p. 100 del pdf]
[22] La única referencia semejante la introduce Engels: «La libertad de competencia, tan ensalzada desde antiguo, ya agotó sus argumentos y debe anunciar ella misma su manifiesta y escandalosa bancarrota. Y lo hace por el procedimiento de que en todos los países, los grandes industriales de un ramo determinado se juntan en un cártel destinado a regular la producción», op. cit., libro III, vol. 7, p. 564 [69]. Como ejemplo, Engels pone la United Alkali Trust, que no sería capaz de modernizar sus métodos de producción y acabaría siendo absorbida por otra empresa en 1926
[23] Cf. Daniel Gaido y Richard B. Day: «John A. Hobson, Imperialism: A Study (Estudio del imperialismo) (1902)», Las teorías clásicas del imperialismo
[24] Lenin: Imperialismo: la fase superior del capitalismo, ed. Taurus, p. 136
[25] Id., p. 111
[26] Id., p. 135
[27] Id., p. 165
[28] Cf. Matériaux Critiques: «La aristocracia obrera — una teoría errónea», nº 13, diciembre 2024
[29] Cf. la carta de Engels a Marx el 7 de octubre de 1858 y a Karl Kautsky el 12 de septiembre de 1882, las dos citadas por Lenin
[30] Cf. Eric Hobsbawm: La era del imperio (1875-1914), cap. 3 «La era del imperio»
[31] Cf. un mayor desarrollo de algunos de estos argumentos en Raza, racismo y racialización: una perspectiva comunista
[32] Cf. Eric Hobsbawm: La era del imperio (1875-1914) o David K. Fieldhouse: Economía e imperio
[33] Lenin: op. cit., p. 54
[34] Karl Marx: op. cit., vol. 1, p. 366 [214]
[35] Karl Marx: Grundrisse. Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, ed. Siglo XXI, vol. 1, p. 86 [p. 71 en el pdf]
[36] Karl Marx: op. cit., vol. 1, p. 87 [p. 71]
[37] Karl Marx y Friedrich Engels: op. cit., libro III, vol. 7, pp. 565-567
[38] Rudolf Hilferding: op. cit., pp. 264-265
[39] Lenin: op. cit., p. 36
[40] Id., p. 31
[41] Id., p. 51
[42] Id., p. 174
[43] Rosa Luxemburg: Nuestro programa y la situación política. Discurso en el Congreso de fundación del Partido Comunista Alemán (Liga Espartaco)-KPD(s)
[44] Hilferding: op. cit., p. 265
[45] Karl Marx: El capital, op. cit., Libro III, vol. 7, p. 563
[46] Id., p. 567
[47] Hilferding: op. cit., p. 136
[48] Bujarin: Toward a Theory of the Imperialist State (1915)
[49] Karl Marx: El capital, op. cit., Libro III, vol. 6, pp. 338-339
[50] Amadeo Bordiga: Propiedad y capital (1948), p. 186
[51] Amadeo Bordiga: La doctrina del diablo en el cuerpo (1951), p. 8
[52] Rudolf Hilferding: op. cit., p. 382
[53] Lenin: El Estado y la revolución, ed. Fundación Federico Engels, p. 55. Según Stephen F. Cohen en su biografía sobre Bujarin, esto no fue tan tácito. Cuando Bujarin llegó de su exilio en 1917, Lenin pidió a Krupskaia que le transmitiera que «ya no está en desacuerdo con usted en la cuestión del Estado», Stephen F. Cohen (1976): Bujarin y la Revolución Bolchevique, Siglo XXI, p. 63
[54] Lenin: Acerca del infantilismo “izquierdista” y del espíritu pequeñoburgués (1918)
[55] Bujarin: «Algunos conceptos básicos de economía moderna» (1918), Kommunist, nº 3, Hermanos Bueso Ediciones. Disponible también online en inglés
[56] Cf. «Crítica del concepto de autonomía», Matériaux Critiques, nº8
[57] Cf. Onorato Damen: Bordiga, más allá del mito, p. 97
[58] Id., p. 109
[59] Cf. «Tesis del Partido Comunista Internacionalista – Tendencia del Congreso» en id., p. 310
[60] PCInt: El New Deal o el intervencionismo estatal en defensa del gran capital (1952)
[61] Rosa Luxemburg: La acumulación de capital, p. 221
[62] Incluso la CCI, que ha defendido mayoritariamente esta posición, ha tenido que matizar algunos de sus aspectos para explicar por qué si el capitalismo es un sistema ya claramente mundial, que ha sometido el conjunto del planeta a sus relaciones sociales, no se ha “derrumbado”. Sobre estos debates recientes de la CCI se puede consultar la serie de sus artículos de la Revista Internacional que empiezan por este artículo. Además se puede consultar este otro artículo reciente de su último Congreso Internacional en que defienden que un nuevo ciclo de acumulación no es posible, ya que «los mercados susceptibles de ofrecer las salidas necesarias para la realización de la plusvalía están, a escala global, saturados desde hace mucho tiempo»
[63] Rosa Luxemburg: La crisis de la socialdemocracia, p. 114
[64] Id., pp. 108-110
[65] Lenin: El socialismo y la guerra
[66] Por razones de economía, llamaremos «Bilan» al grupo de la izquierda comunista italiana en el exilio dirigido por Ottorino Perrone, alias Vercesi, también antes de que apareciera la publicación e incluso después, cuando sustituyó Bilan por Octobre, el órgano mensual del Bureau International des Fractions de la Gauche Communiste, en el que también estaba la fracción belga. Entendemos como parte de Bilan también a esta futura fracción belga, escindida en 1937 de la Ligue des Communistes Internationalistes, pero que trabajaba estrechamente con la fracción italiana desde mucho antes, como muestra que Jean Baptiste Mélis (alias Jehan o Mitchell), su dirigente, publicara ya desde el tercer número de Bilan textos firmados por él. La LCI estuvo dirigida por Adhémar Hennaut hasta su disolución en 1940
[67] «Las condiciones objetivas de la revolución proletaria no sólo están maduras sino que han empezado a descomponerse. Sin revolución social en un próximo período histórico, la civilización humana está bajo amenaza de ser arrasada por una catástrofe. Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria», Trotsky: El programa de transición (1938)
[68] «Si se reconoce que la guerra mundial se desarrollará hasta su final lógico, con el agotamiento total de los bandos en pugna, no puede evitarse la conclusión de que la dominación del planeta corresponderá a Estados Unidos. Sin embargo, la dominación sobre un planeta decadente y destruido, presa de la hambruna, las epidemias y el salvajismo provocaría inexorablemente la decadencia de la civilización norteamericana. ¿En qué medida se trata de una perspectiva real? No puede excluirse que la humanidad caiga en una decadencia prolongada como resultado de la nueva guerra», Trotsky: En el umbral de una nueva guerra mundial (1937)
[69] Cf. «Una victoria de la contrarrevolución mundial. Los EE.UU. reconocen a la Unión Soviética», Bilan, nº 2
[70] A diferencia de la izquierda italiana, la izquierda germano-holandesa caracterizaba como capitalismo de Estado a la URSS desde al menos 1921, con la instauración de la NEP. Más adelante definirá la revolución rusa como una revolución burguesa, como queda reflejado en el libro de Pannekoek Lenin filósofo, y en el curso de los años treinta el régimen soviético será asimilado a una forma de fascismo rojo de la mano de Otto Rühle. Esto proviene de las lecciones que la izquierda germano-holandesa extrae de la degeneración de la revolución rusa, atribuyéndola a la sustitución de los soviets por el partido, y amalgamando así a revolucionarios como Lenin y Trotsky —que fueron compañeros con innumerables errores, muchos de los cuales facilitarían la degeneración—, o como la izquierda bolchevique, con sus asesinos contrarrevolucionarios
[71] Cf. Paul Mattick (2023): «La crisis permanente. La interpretación de Henryk Grossman sobre la teoría marxista de la acumulación de capital (1934)», Colapso y revolución, Traficantes de Sueños, disponible para descargar en su web
[72] Cf. CCI (1990): La gauche hollandaise, p. 192. Disponible bajo la firma de Philippe Bourrinet en bataillesocialiste.wordpress.com y en inglés con el título de The Dutch and German Communist Left (1900–1968) en libcom.org
[73] Cf. Jehan/Mitchell: «El problema de la guerra» (Cahiers d’études de la LCI, n° 2, enero de 1936) en El problema de la guerra, ed. Hermanos Bueso
[74] Cf. Jehan/Mitchell: «La guerre impérialiste pose un problème de classe», Bulletin de la LCI, nº 9, septiembre de 1936
[75] Cf. Jehan/Mitchell: «Economía de guerra» (Communisme, nº 25, abril de 1939), en Economía de guerra, ed. Hermanos Bueso. Rosa Luxemburg será la primera en plantear que la industria de guerra abre un nuevo campo de acumulación en La acumulación del capital, pero en ella no hay una reflexión sobre el carácter productivo o improductivo del gasto estatal
[76] Cf. Jehan/Mitchell: «La guerre impérialiste pose un problème de classe», op. cit.
[77] Cf. «Un tournant historique», Communisme, nº 20, octubre de 1938, disponible en la página de Communisme de archivesautonomies.org y especialmente «Faut-il dégager des tendances de la situation en France ?», Octobre, nº 5, agosto de 1939, en la página de Octobre
[78] Este texto fue encontrado en el archivo de Adhémar Hennaut y está pendiente de publicación por los compañeros de archivesautonomies.org
[79] «La única guerra que le quedará por librar a Prusia-Alemania será una guerra mundial, una guerra mundial, además, de una violencia hasta ahora inimaginable. Entre ocho y diez millones de soldados se enfrentarán entre sí y, en el proceso, arrasarán Europa más que un enjambre de langostas. Las depredaciones de la Guerra de los Treinta Años comprimidas en tres o cuatro años y extendidas por todo el continente; hambruna, enfermedades, el retroceso universal a la barbarie, tanto de los ejércitos como de la población, a raíz de la miseria aguda, la desorganización irremediable de nuestro sistema artificial de comercio, industria y crédito, que terminará en la quiebra universal, el colapso de los antiguos Estados y su sabiduría política convencional, hasta el punto de que las coronas rodarán por docenas por las alcantarillas y no habrá nadie para recogerlas; la imposibilidad absoluta de prever cómo terminará todo y quién saldrá victorioso de la batalla. Solo una consecuencia es absolutamente cierta: el agotamiento universal y la creación de las condiciones para la victoria definitiva de la clase obrera», Engels: «Introducción» a S. Borkheim: Zur Erinnerung fur die deutschen Mordspatrioten. 1806-1807 (1887)
[80] «A mediados del siglo XIX, la curva básica del desarrollo capitalista trepó vertiginosamente. El capitalismo europeo alcanzó su cima. En 1914, estalló una crisis que marcó no solamente una oscilación cíclica periódica, sino también el comienzo de una época de estancamiento económico prolongado. La guerra imperialista fue un intento de romper este impasse. Este intento fracasó y la profunda crisis histórica del capitalismo se agravó. Sin embargo en el marco de esta crisis histórica, los ciclos ascendentes y descendentes son inevitables, es decir, una alternancia de booms y crisis —pero con la característica de que, en contraste con el período de preguerra, las crisis cíclicas tienen un carácter extremadamente agudo, mientras que los booms son más superficiales y débiles—», Trotsky: Informe sobre la nueva política económica soviética y las perspectivas de la revolución mundial. (Informe pronunciado ante el IV Congreso de la Internacional Comunista) (1922)
[81] Karl Marx: El capital, Libro III, vol. 6, pp. 278-79
[82] Ibid., p. 277
[83] Ibid., p. 280
[84] Cf. Matériaux Critiques: «Notas resumidas sobre valoración / desvalorización», nº 1, mayo 2020
[85] «Si la masa del capital es = 1.000 y el trabajo agregado = 100, el capital reproducido será = 1.100. Si la masa es = 100 y el trabajo agregado = 20, el capital reproducido será = 120. La tasa de ganancia será en el primer caso = 10 %, y en el segundo = 20 %. Y sin embargo puede acumularse más a partir de 100 que a partir de 20. Y así avanza la corriente del capital (al margen de su desvalorización por acrecentamiento de la fuerza productiva) o su acumulación en relación con la pujanza que ya posee, y no en relación con el nivel de la tasa de ganancia», ibid., pp. 314-315
[86] Ibid., p. 299
[87] Ibid., p. 319
[88] Ibid., p. 322
[89] Ibid., p. 318
[90] Cf. ibid., pp. 304-305
[91] Ibid., p. 314
[92] Ibid., p. 328
[93] Ibid., p. 327
[94] Id.
[95] Id.
[96] Id.
[97] Ibid. p. 321
[98] «El razonamiento anterior demuestra cómo los gastos “ruinosos” (wasteful) de préstamos pueden, no obstante, enriquecer al fin y al cabo a la comunidad. La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar la riqueza, si la educación de nuestros estadistas en los principios de la economía clásica impide que se haga algo mejor», John Maynard Keynes: Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Fondo de Cultura Económica, pp. 128-129
[99] Baran y Sweezy tienen una explicación subconsumista de la crisis, que se debería a la tendencia del capital monopolista a inhibir la competencia y generar una sobreproducción crónica que los bajos salarios de los trabajadores no serían capaces de absorber. Esta visión les acerca mucho a las teorías del keynesianismo militar y es coherente con su simpatía por la Unión Soviética y sus mecanismos de planificación estatal capitalistas
[100] Pensamos por ejemplo en la organización bordiguista de El Proletario, cuyo desarrollo del papel de la guerra en el capitalismo en la serie de artículos «La guerra imperialista en el ciclo burgués y en el análisis marxista» es un ejemplo claro de la explicación de la guerra como crisis de desvalorización en un ciclo crisis-guerra-reconstrucción
[101] Los datos parecen corroborar esta distinción, como indica el estudio empírico de Adem Y. Elverem: The Economics of Military Spending: A Marxist Perspective
[102] Algo que se ve bien en el análisis de la economía de guerra nazi que hace Adam Tooze en The Wages of Destruction. The Making and Breaking of the Nazi Economy
[103] Más tarde, la CCI abandonará la teoría de crisis-guerra-reconstrucción, negando a los conflictos bélicos la capacidad para impulsar saltos de acumulación en la fase decadente del sistema capitalista. Podemos ver su posición actual acerca de la saturación de los mercados en este artículo
[104] Sentido conciencial del que la CCI no carece, como cuando en el artículo citado insinúa que la burguesía habría aprendido en la Primera Guerra Mundial que era necesario producir una mayor destrucción, enseñanza que aplicaría en la Segunda: «durante la Primera Guerra, las destrucciones no fueron “suficientes”: las operaciones militares solo afectaron directamente a un sector industrial que representaba menos de una décima parte de la producción mundial, aproximadamente entre el 5 y el 7 %. A partir de 1929, el capitalismo mundial se enfrenta nuevamente a una crisis. Como si se hubiera aprendido la lección, las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial son mucho más importantes tanto en intensidad como en extensión», Quel développement des forces productives ? (la traducción es nuestra). Hoy en día lo sigue manteniendo a través de su teoría sobre el maquiavelismo de la burguesía
[105] Cf. por ejemplo «The Economic Role of War in Capitalism’s Decadent Phase», Revolutionary Perspectives, n. 37 (noviembre, 2005) o más recientemente «La guerra, l’economia, il proletariato. Annotazioni sull’economia di guerra», Prometeo n. 32, Serie VII (diciembre, 2024), también en inglés
[106] Los compañeros de Internationalist Perspective tienen un texto reciente que defiende la funcionalidad de la guerra para relanzar la acumulación del capital. Como podrá apreciarse al leer estas páginas, su tesis es diferente a la nuestra. Sin embargo, se trata de un texto riguroso que introduce matices relevantes. En primer lugar, se concentra en el caso de la Segunda Guerra Mundial, desarrollando por qué, a diferencia de la Primera, sí fue capaz de relanzar la acumulación. Al mismo tiempo, no se limita a analizar los efectos de la destrucción bélica sobre la desvalorización, sino que resalta el papel determinante de las políticas estatales tras la socialización del capital. Más allá de las divergencias entre nuestras premisas teóricas, nos parece importante subrayar que los actuales niveles de composición orgánica del capital —a diferencia de la Segunda Guerra Mundial— hacen que, en palabras del propio texto, «la economía mundial capitalista [se halle] sin posibles remedios»
[107] Ibid., p. 314
[108] El primero de Michel Husson: «Onde longue et crise contemporaine», en Gilles Rasselet: Dynamique et transformations du capitalisme, L’Harmattan, 2007, lo tomamos de «En defensa de un análisis marxista y no esquemático de las guerras», Controversias nº 8, p. 38. Los dos siguientes son de Esteban Ezequiel Maito: La transitoriedad histórica del capital. La tendencia descendiente de ganancia desde el siglo XIX
[109] Jeremy Rifkin: «Los locos años 20», El fin del trabajo: nuevas tecnologías contra puestos de trabajo. El nacimiento de una nueva era
[110] Liaquat Ahamet (2010): Los señores de las finanzas, ed. Deusto
[111] Cf. los capítulos «Propiedad y capital» y «Capitalismo de Estado»
[112] También la computación, pero tardaría décadas en desarrollarse y lo haría en condiciones de acumulación muy diferentes
[113] Para dar una idea de ello, resulta útil la película Alemania, año cero (1948) de Roberto Rossellini, que se rodó en la Berlín destruida tras la guerra
[114] Cf. Keith Lowe: Continente salvaje: Europa después de la Segunda Guerra Mundial o Antony Beevor: Berlín. La caída: 1945
[115] Baste con señalar que solo el pago anual de los intereses de la deuda estadounidense (1,13 billones de dólares) superó en 2024 su gasto militar (997.310 millones)
[116] Id., pp. 108-110
