Crítica del partido de masas desde una perspectiva revolucionaria
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Últimamente se ha vuelto a hablar sobre la necesidad de construir partidos de masas del proletariado. Se nos dice que la derrota del movimiento comunista sería el resultado de que la cosmovisión comunista se ha hecho menos hegemónica y atractiva para el proletariado. Con lo que la determinación y capacidad de construir una alternativa socialista volvería a colocar el horizonte comunista como algo actual. La concreción de todo esto sería el desarrollo de partidos comunistas de masas. Así, por ejemplo, dentro del Movimiento Socialista (MS), la Coordinadora Juvenil Socialista (CJS), afirma en su Documento Político al hablar de su noción de Partido:
«Su carácter hegemonista y de masas, que lo convierte en el partido de la clase revolucionaria, enfrentándolo diametralmente con el modelo blanquista-bakuninista de minorías conspirativas. El Partido Comunista solo puede ser un Partido Comunista de masas, solo llega a serlo cuando es el partido de amplios sectores del proletariado, cuando la conciencia de clase se ha extendido en su seno, y solo puede considerarse el Partido revolucionario de ofensiva, capaz de tomar el poder, cuando representa la voluntad histórica concreta de la mayoría de la clase revolucionaria.»
Como podemos comprobar no solo se alude a un partido de masas, sino que se afirma su carácter hegemónico (Gramsci y su enfoque voluntarista) por la pretendida necesidad de alcanzar la mayoría de la clase trabajadora. Todo esto, en la lógica de estas posiciones, es un trabajo previo al desarrollo del proceso revolucionario. No se tratan en absoluto de planteamientos nuevos. Como veremos, son posiciones que tienen antecedentes claros en las posiciones primero de la II Internacional y luego en los debates de la III Internacional a partir de su II Congreso.
Los Partidos de masas en la II Internacional
Para la II Internacional, y sus partidos socialdemócratas, el partido representaba a toda la clase obrera. El partido socialista era el partido formal que encarnaba al proletariado nacional. La premisa de todo esto es que la clase obrera existe siempre como clase proletaria revolucionaria. Y que, por tanto, se organiza políticamente en torno a su partido, económicamente en su sindicato único y por sus necesidades económicas en cooperativas. Es la premisa que defendió Kautsky dentro de la II Internacional en los debates sobre la huelga de masas; debate que le enfrentó a nuestros compañeros históricos, en primer lugar, a Anton Pannekoek y Rosa Luxemburgo. Sobre todo ello volvimos ya el año pasado en los debates sobre la II Internacional y la huelga de masas. Nos parece importante resaltar, como hicieron los compañeros escandinavos de las exsección escandinava del Pcint, que:
«El concepto de “clase obrera” respondía a la realidad de la economía y la política capitalistas; era una concepción económica, pacifista, gradualista, democrática y reformista. Los trabajadores debían organizarse como consumidores (de ahí las cooperativas) y como productores (de ahí los sindicatos) y finalmente como votantes (de ahí los grupos parlamentarios y municipales): todo esto representaba el gran “movimiento obrero” que vivió y prosperó en medio de la contrarrevolución “conquistando ventajas” y “arrancando concesiones” en el mercado laboral o en el parlamento. A principios de los años 90 todavía se decía que cuando la mayoría de los trabajadores estuvieran organizados, se podía hacer una revolución, pero esto fue rápidamente reemplazado por la “socialización”: la conclusión normal de esta visión fundamentalmente evolutiva.»
Es decir, esta idea de ir alcanzando el poder a través de una estrategia de desgaste (Ermattungsstrategie), de hegemonía progresiva sobre el proletariado, en realidad no estaba preparando el largo camino al poder y a la revolución social (como creían Kautsky y sus aliados políticos). Lo que estaba preparando era el proceso de integración del proletariado en las mallas de la socialización del capital. Todo esto se mostró en toda su brutalidad en agosto de 1914, cuando casi todos los partidos socialistas de la II Internacional apoyaron el esfuerzo bélico de sus burguesías nacionales y fueron un factor esencial en llevar al proletariado al matadero bélico.
Y es que esta noción eterna de la existencia del “movimiento obrero” solo podía conducir a su integración de este en el mundo del capital. El proletariado no existe siempre como clase revolucionaria en acto, sino que normalmente se encuentra socializado por los mecanismos del capital y por la paz social. Como Marx desarrolló detenidamente en su obra la ideología de la clase dominante es la ideología dominante. Y más tarde, con su teoría del fetichismo de la mercancía, explicó aún con más precisión los mecanismos de reproducción impersonal y social del capital. O sea, cómo los proletarios naturalizamos las categorías del capital por cómo las relaciones sociales se revisten y ocultan en las cosas. Las relaciones sociales se disfrazan de cosas y, al hacerlo, se neutraliza y oculta el antagonismo social. La socialización del capital llevó esta lógica de neutralización e integración social al conjunto de la vida. En este proceso, jugaron un rol fundamental los partidos políticos de masas y parlamentarios de la socialdemocracia, los sindicatos y su papel mediador entre proletariado y burguesía, las cooperativas y su papel en la producción y distribución de la riqueza siempre mercantil. Todo el entramado de la II Internacional cumplió un papel fundamental, a nivel histórico, en el proceso de socialización e integración del proletariado en el mundo del capital. Por eso cuando estalló la Gran Guerra, las direcciones de los partidos socialistas lo tuvieron claro. No se podían poner en cuestión las “conquistas alcanzadas”, es decir, el proceso de integración del proletariado en el Estado nacional propio.
Por eso fue tan importante la batalla desarrollada en el seno de la II Internacional por las minorías revolucionarias internacionalistas. Esta fue una batalla que se hizo de manera desigual y discontinua. En esa batalla, Rosa Luxemburgo acierta en llevar la batalla contra Kautsky en primer lugar y en defender el carácter universal de la huelga de masas. Por el contrario, Lenin y los bolcheviques se siguen reivindicando como discípulos de Kautsky hasta 1914, igual que lo hace Trotsky. Sin embargo, a partir de 1914, la posición de los bolcheviques será decisiva y preparará programáticamente el desarrollo de la oleada revolucionaria ulterior, y el triunfo proletario en Octubre de 1917. Para ello será decisiva la estrategia del derrotismo revolucionario frente a la I Guerra Mundial y la necesidad de romper políticamente con la II Internacional y la socialdemocracia. La necesidad de constituir nuevas organizaciones políticas proletarias en ruptura, partidos comunistas. En esa tarea, Rosa Luxemburgo estuvo, sin embargo, por detrás de los bolcheviques, de la izquierda italiana y de la izquierda germano-holandesa, como nos señalan de nuevo los compañeros de la ex sección escandinava del Pcint:
«Sin embargo, el reformismo abierto de los años 90 y el sabotaje de las luchas de principios de siglo por parte de la Segunda Internacional habían generado una oposición que primero criticó a Bernstein y luego a Kautsky. Sin embargo, R. Luxemburgo, A. Pannekoek y L. Trotsky no lograron comprender el papel histórico de la Segunda Internacional. Simplemente criticaron las teorías que mostraban la expresión de este papel. Luchando contra el chauvinismo de Bissolati durante la campaña de Libia en 1912, la izquierda italiana (A. Bordiga) adoptó una posición de oposición en la misma dirección, aunque, como los bolcheviques, no llegó a adoptar una posición crítica general contra la Segunda Internacional desde sus orígenes hasta 1914. Sólo con la izquierda de Zimmerwald (1915-1916), con los bolcheviques y los Bremerlinke, más algunos grupos suecos, noruegos y suizos, sin contar el grupo “Lichtstrahlen” de Berlín (cuya existencia fue efímera) asistimos al inicio del ajuste de cuentas con la II Internacional, absolutamente necesario para la existencia de un nuevo movimiento revolucionario. El punto esencial de esta reacción fue el derrotismo revolucionario: «transformar la guerra imperialista en una guerra civil». Tanto la izquierda italiana como los tribunistas holandeses se encontraban en esta posición, mientras que los espartaquistas no parecían querer llegar tan lejos, sobre todo cuando se trataba de sacar la conclusión natural, es decir, la ruptura con la Segunda Internacional y la constitución de una nueva Internacional (véanse las críticas paralelas a Lenin y Knief hacia el Folleto de Junius de R. Luxemburgo.»
En definitiva, podemos extraer tres lecciones de todo esto.
- El proletariado se constituye como clase, y como partido a través de su lucha. No existe una clase naturalmente ya constituida. No hay una clase obrera eterna, como defendía Kautsky. Por eso son tan importantes los procesos de aceleración histórica que surgen a partir de los desarrollos generalizados de la lucha de clases, los procesos discontinuos de ruptura con el orden y la paz burguesa. La mayor de esas discontinuidades es la revolución. Revolución donde el proletariado entra a presidir el escenario histórico gracias a que se constituye y se encuentra dirigido por su partido comunista. De todo esto hemos hablado en nuestro cuaderno sobre la Catástrofe capitalista y la teoría revolucionaria.
- El proletariado en su lucha segrega permanentemente minorías revolucionarias que tratan de defender y hacer avanzar el programa comunista. Estas minorías revolucionarias no son ya el partido. Este se constituye en el proceso generalizado de lucha de clases, en la revolución, pero desde luego aquellas hacen parte de su partido histórico. En su proceso de segregación, obviamente hay minorías más conscientes y claras que otras. Pero no existe el partido coherente y compacto desde el origen de los tiempos que la revolución simplemente confirmará, frente a todos los incrédulos del pasado. La historia no funciona con esos esquemas teológicos. Como hemos visto antes, Lenin no tuvo siempre razón, aunque tuvo razones fundamentales a nivel programático que permitieron dirigir la energía revolucionaria que irrumpió en 1917, aunque luego cometiera errores fundamentales desde 1920. Lo mismo se puede decir de Rosa Luxemburgo, o de cualquier otro compañero histórico. No existen los “grandes hombres” libres de contradicciones. Somos militantes comunistas que tratamos de defender y desarrollar nuestro programa histórico en beneficio de la emancipación del proletariado, y la encrucijada de principios del siglo XX era particularmente compleja, con el proceso de socialización del capital en marcha, e implicaba la necesidad de romper con varias de las tácticas que el movimiento obrero había desarrollado en el seno de la II Internacional.
- De hecho, como desarrolla Mitchell, en su texto de Communisme sobre la Crítica de la Génesis de los partidos de la III Internacional, el partido comunista es para nosotros siempre una minoría de la clase obrera. Se oponen así dos concepciones del partido:
«En Bulgaria, al mismo tiempo que se formaba la facción bolchevique en el Congreso de Londres de 1903, la izquierda, los «estrechos», se separó del partido oficial de los «amplios». Al igual que en el partido ruso, se oponían dos concepciones del partido: el partido de masas y el partido centralizado, este último apuntando a la precisión teórica y a la firmeza política (…) Por un lado, veremos a la facción bolchevique, casi aislada, cosechando los frutos de su intransigencia principista en octubre de 1917. Por otro lado, todos los partidos se esforzarán por seguir los pasos del «partido de masas» alemán, paralizando o frenando así la maduración de las corrientes marxistas.»
De este modo, el partido de clase puede ayudar al proceso de clarificación del proletariado en lucha, constituirse en un vector que ayuda programáticamente a la clase que se constituye en partido. La delimitación programática del partido, en un sentido comunista, es esencial para su constitución. Lo contrario del carácter difuso, ecléctico y diluido que tienen los elementos programáticos en los partidos de masas, como se vio ya en la época de la II Internacional.
El nacimiento de la Internacional Comunista y la defensa de los partidos de masas
El nacimiento de la Internacional Comunista en 1919 fue un elemento esencial que acompañaba programática y organizativamente al desarrollo de la oleada revolucionaria, que triunfando en la Rusia ex zarista se extendía como una mancha de aceite por toda Europa. Al inicio los partidos comunistas que nacieron al calor de la Revolución rusa asumieron espontáneamente posiciones de izquierdas (comunista). Lo hemos visto en el caso español, y es un proceso bastante generalizado en los neonatos partidos comunistas. Solo en los casos rusos, italianos y germano-holandés existían tendencias más maduras y profundas de izquierda comunista, aunque en otros casos como el inglés o el búlgaro eran tendencias reales y no solo instintivas o espontáneas. Los años 1919-1920 marcan un punto de inflexión en relación a la oleada revolucionaria. El estallido inicial invade Europa y acaba con la guerra en noviembre de 1918. Ese estallido inicia experiencias limitadas de dictadura del proletariado en Hungría, Baviera, Eslovaquia (muy poco tiempo), pero pronto tiende a ir a la defensiva. El triunfo de la revolución mundial iba a ser mucho más complicado que lo que pensaban nuestros compañeros de 1918.
Ya conocemos la reacción ante este reflujo de la oleada revolucionaria por parte de la dirección de la Internacional Comunista. Una reacción que comienza con uno de los peores textos escritos por Lenin: La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. Hemos hablado ya detenidamente de todo esto en nuestro texto El pasado de nuestro ser. La revolución estaba en reflujo, su fuerza propulsora vivía provisionalmente una retirada que podía preparar una nueva ofensiva y asalto ulterior. Las revoluciones son discontinuas, como habían señalado ya compañeros como Marx o Rosa Luxemburgo; como el viejo topo, aparecen y se ocultan para volver a reaparecer, de derrota en derrota hasta la victoria final. Sin embargo, la decisión que tomó la dirección de la Internacional Comunista no fue la de la espera lenta y paciente. No fue la de la defensa intransigente de las posiciones comunistas e internacionalistas que nos había permitido avanzar tanto en el camino de la consecución de nuestros objetivos. Su camino fue el de la vuelta a algunas de las posiciones históricas de la socialdemocracia y de la II Internacional. La reivindicación del trabajo en las instituciones burguesas y en el parlamento, la reivindicación del duro trabajo en los sindicatos, el frente único con la socialdemocracia e incluso la posibilidad de poder realizar un gobierno obrero con ellos y, por último, la fusión con las alas izquierdas de la socialdemocracia. La ruptura con la socialdemocracia y el kautskysmo no había sido profunda y plena. El renegado Kautsky, expulsado de la esfera revolucionaria desde 1914, volvía a aparecer escondiéndose en las banderas de la Internacional Comunista y del bolchevismo. Todo esto preparó a nivel internacional la ruptura contrarrevolucionaria que supuso posteriormente la bolchevización desde el V Congreso de la Internacional y el estalinismo reinante desde 1926 con la teoría del socialismo en un solo país (en realidad en ninguno).
Pero vayamos por partes, después de la crítica de Lenin a las izquierdas comunistas (en el II Congreso de la Internacional Comunista), en el III Congreso de 1921 se defiende la perspectiva de defensa del frente único: la unidad de acción con el resto de las organizaciones del movimiento obrero, a nivel económico y político. Con ello, los partidos socialistas ya no eran enemigos de clase, que habían ayudado a matar a miles de compañeros en todo el mundo, sino aliados potenciales. En el Pleno Ampliado del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (ECCI) de diciembre de 1921 y enero de 1922, dedicado al tema del frente único, se habla por primera vez de gobierno obrero. Será en el IV Congreso de la Internacional Comunista en 1922 cuando se desarrolle teórica y políticamente el tema del gobierno obrero como forma transitoria hacia el poder soviético. Y en el V Congreso de 1924 tiene lugar un salto de todo esto hacia la bolchevización que, en realidad, supone también una discontinuidad que se dirige ya de modo irreversible bajo la pendiente de la contrarrevolución. Los viejos revolucionarios que, como Trotsky, habían sido protagonistas de esta política oportunista en la Internacional, son desplazados en un nuevo curso que se dirige a defender los intereses geopolíticos del Estado ruso. La Internacional deja de ser un órgano revolucionario (aunque lo fuera cada vez más en un sentido oportunista), y se convierte en un instrumento internacional al servicio de los intereses del Estado ruso.
Sobre estas cuestiones -frente único y gobierno obrero- volveremos en una contribución posterior, detengámonos ahora en el tema que nos compete: la construcción de partidos comunistas de masas a través de la fusión con las corrientes “de izquierda” de la socialdemocracia. Se trata de una táctica universal que la dirección de la Internacional Comunista quiere aplicar ya desde 1920. Para ello habían expulsado a la mayoría del KPD en 1919 (lo que da lugar al nacimiento del KAPD) y en octubre de 1920 realizan una fusión con el ala izquierda del USPD tras el Congreso de Halle. Ya hemos visto, en nuestro cuaderno sobre el PCE, que también en el caso español se obligó al Partido Comunista Español, con posiciones mucho más claras, a fusionarse con el PCOE, de tendencias claramente oportunistas. Y en el caso italiano, uno de los más importantes, la Internacional Comunista comienza sus presiones para la fusión con el PSI de Serrati desde al menos finales de 1922. Para Zinoviev, tras el IV Congreso de la Internacional en noviembre-diciembre de 1922, la escisión de Livorno, que dio lugar al PCdI, había sido muy precipitada. Un partido muy claro y determinado en posiciones comunistas e intransigentes, pero que constituía una minoría del proletariado. La obsesión de la Internacional frente al reflujo de la oleada revolucionaria (y en Italia tras la derrota del Bienio rosso y el ascenso del fascismo), era conquistar la mayoría de la clase obrera. La dirección del PCdI encabezada por Bordiga (pero también los sectores que procedían del Ordine Nuovo como Terracini, Gramsci o Togliatti) se oponía a las presiones de la Internacional. La propuesta coherente de Bordiga, que en esa misma franja de tiempo fue detenido por la policía del régimen fascista, fue dimitir de la dirección del PCdI para realizar la batalla política (todo ello en coherencia con las posiciones centralistas del programa comunista). Gramsci, presionado por la Internacional Comunista, se opuso a dar la batalla fuera de la dirección del PCdI, lo que inició el lento proceso de bolchevización y estalinización del partido italiano que dirigió el mismo Gramsci.
A este curso degenerativo de la Internacional se opuso la izquierda italiana dentro de aquella. Su batalla nos parece que constituye un ejemplo y una lección que debemos aprender los revolucionarios del presente. Se diferencia de la izquierda germano-holandesa que, a partir de las diferencias con la Internacional, decidió crear una Internacional Comunista Obrera de la mano de Gorter, una decisión que estuvo marcada por el voluntarismo y la precipitación. Frente a esta posición de los germano-holandeses, la izquierda italiana decidió dar la batalla dentro de la Internacional. Una batalla mantenida hasta que fue posible, aunque eran plenamente conscientes del curso degenerativo al que se dirigía la Internacional. Pero en su seno había aún muchos elementos auténticamente comunistas y, desde luego, la Internacional no era aún una fuerza directamente contrarrevolucionaria (como lo empezó a ser ya netamente desde 1926/7).
Como resumen de esta batalla nos parece muy importante un informe que Bordiga hace a principios de la década de los 60 del siglo XX en una reunión del Pcint: 1919-1926. Rivoluzione e controrivoluzione in Europa. En ella explica cómo las posiciones y los orígenes de la izquierda italiana eran mucho más claros (frente a los bolcheviques) y los defectos de segundointernacionalismo que afectó a la dirección bolchevique de la Internacional en todo este debate.
«Por eso debemos partir, en primer lugar, del hecho de que los orígenes históricos de nuestra corriente tienen los mismos fundamentos que los bolcheviques, los mismos que los del Partido Comunista Ruso. Y, de hecho, quizás podamos reivindicar orígenes aún más claros. ¿Por qué decimos aún más claros? [Porque nos determinó una situación capitalista más madura. Los bolcheviques merecen reconocimiento por haber sido capaces de mantener una gran coherencia al principio, a pesar de las condiciones extremadamente difíciles de la atrasada Rusia].»
Como decíamos antes, Bordiga denuncia cómo retornan las posiciones de la II Internacional dentro del campo comunista:
«Las razones que causaron el colapso de la Segunda Internacional seguían vigentes. La dictadura del proletariado era la prueba de fuego para revelar al segundista internacionalista que en ese momento juraba por la Internacional Comunista. Escribimos en Rassegna Comunista, en 1921, que toda estructura, como un mecanismo, responde a leyes funcionales inviolables. Si demostramos que es imposible conquistar gradualmente el poder y transformar el estado burgués en beneficio del proletariado y el comunismo, debemos tener la valentía de afirmar que también es imposible transformar la estructura de los partidos socialdemócratas, sus objetivos parlamentarios y sindicales-corporativos, en una estructura compatible con el partido revolucionario de clase, un órgano predispuesto a la conquista violenta del poder. »
Las prisas y la impaciencia llevaban a transigir y a poner en cuestión las posiciones revolucionarias. Todo parecía una cuestión de simple oportunidad política. Había que ser más listos que la socialdemocracia. Había que engañarles con las tácticas del frente único y del gobierno obrero, buscar alianzas incluso políticas y orgánicas, para poder crear partidos de masas que conquistaran la mayoría de la clase obrera. Se pretendía que por medio de gobiernos obreros en alianza con la socialdemocracia se crearan situaciones híbridas que anticiparan la revolución y la dictadura del proletariado. Ya sabemos que todo esto fue un absoluto fracaso. Basta estudiar no el Octubre ruso sino el alemán de 1923, precedido por los gobiernos obreros de Sajonia y Turingia. Todo este tipo de tácticas solo creaba confusión en el órgano revolucionario, y suponían echar por tierra todo lo positivo que se había ya realizado en el camino de la claridad programática y organizativa. Como señalaba Bordiga:
«La escisión ocurrida en Livorno fue el epílogo de un importante desarrollo histórico. Sus decisiones fueron más poderosas no solo que las de todos los Lazzari, Serrati y Mussolini del mundo, sino también que las de la propia Internacional Comunista y los hombres responsables de su liderazgo, quienes se comportaron de manera trágicamente contradictoria en este sentido. Si Livorno fue bautizada por las decisiones mencionadas, las Condiciones de Moscú se confirmaron con su ejemplo. Ninguno de los dos episodios de la revolución dio lugar a una “legislación” redactada por alguna oligarquía, sino a una norma surgida de toda la actividad proletaria mundial, a lo largo de un siglo. No hubo nada artificial en la separación de los comunistas de los reformistas y maximalistas que los defendían; en todo caso, fue artificioso frenarla.»
La tragedia de la Internacional fue no dar la suficiente importancia a la claridad revolucionaria. Las revoluciones no se hacen, se dirigen. Las situaciones revolucionarias no pueden ser creadas de manera artificial. Tras una derrota y un reflujo revolucionario, como se estaba viviendo en 1920, simplemente había que tener la paciencia de la espera y la firmeza revolucionaria. Querer crear de modo artificioso, a través de números, las condiciones de la revolución, solo ayudó a que degenerase todo. En primer lugar, degeneró lo más precioso que se había constituido hasta ese momento: un partido formal mundial del comunismo.
«Este cortocircuito había generado una concepción distorsionada del progreso revolucionario dentro de la dirección de la Internacional Comunista. Poco a poco, pero cada vez con mayor claridad, esta estructura dio mayor importancia a factores puramente cuantitativos, en el sentido de logros y éxitos dentro de la sociedad tal como es. No en vano, Levi, quien vino a Livorno para coquetear con Serrati e intentó hacerlo también conmigo, escribió una carta a la Internacional alabando al PSI, todo cifras, a sabiendas de que los destinatarios eran muy susceptibles a esta música. Por lo tanto, los partidos fueron evaluados según criterios poco realistas, basados en datos que cambiaban en cuestión de meses, sacrificando los criterios de fiabilidad vinculados a la continuidad programática y organizativa, la adhesión a los principios, el rigor, la capacidad organizativa física de los trabajadores, y no solo el prestigio ante los votantes.»
Crecer a toda costa parecía un síntoma de acercamiento al objetivo revolucionario. La analogía con lo que ya había ocurrido en el seno de la II Internacional parece evidente. El crecimiento en un momento de reflujo solo suponía que entraban en el órgano revolucionario influencias externas a la claridad programática. Una tendencia a la homologación con el mundo del capital prevalecía frente a la necesaria ruptura revolucionaria y comunista.
Y es que, frente a las visiones kautskystas que hablan de un movimiento obrero que existe siempre, era muy importante entender que los partidos revolucionarios son siempre una cuestión de minorías. Incluso en la etapa de desarrollo revolucionario, donde el partido formal se constituye y adquiere, obviamente, cifras muy importantes, su realidad es simplemente la de una minoría de la clase. Lo decisivo no es la aritmética de la revolución sino la relación dialéctica que se constituye entre clase y partido. Lo importante es la capacidad del partido de dirigir las energías revolucionarias del proletariado. Como escribíamos recientemente en una correspondencia con un compañero sobre la dictadura del proletariado:
«El ser determina la conciencia y el capitalismo es el que produce su enterrador histórico, al proletariado y su teoría revolucionaria, su programa, la brújula de su acción, que se encarna en las minorías revolucionarias y en determinados momentos clave, en su partido (…) Porque si bien la insurrección no la lleva a cabo la totalidad del proletariado, sino que el papel activo lo toma una amplísima minoría que se expresa en sus organismos de clase y encuentra su dirección política en el partido, la dictadura posterior solo se mantendrá con el sostén activo de la mayoría del proletariado.»
Bordiga señalaba lo mismo al afirmar que la victoria de la revolución es un hecho cualitativo y no cuantitativo. Y que el comunismo es anticipado no por grandes partidos de masas, sino por minorías revolucionarias:
«Las revoluciones solo pueden ser anticipadas por minorías. El germen mutante de la nueva sociedad que empieza a arraigarse en la antigua solo puede ser parte de un grupo temporalmente aislado, incluso incomprendido.»
No había que tener miedo a la derrota provisional de la primera fase del asalto proletario iniciado en 1917. La fuerza de nuestra clase seguía intacta, aún no había sido derrotada. Era solo una retirada momentánea, como demostraron posteriormente los asaltos de clase por doquier: de Alemania a Inglaterra, de China a España, etc. Pero esos asaltos, esa energía de nuestra clase, ya no pudieron converger con el partido de clase que había sido integrado y fagocitado por la lógica política del capital: la contrarrevolución había vencido. Pero en esa batalla de inicios de los años 20 la izquierda italiana tuvo la razón frente a Lenin y Trotsky:
«La contrarrevolución ha triunfado y el capitalismo controla ahora por completo todos los países, incluida la propia Rusia. Hoy en día, es fácil decir que se cometieron errores entonces, pero lo dijimos entonces. ¿Se equivocó Lenin? Él sabía tan bien como nosotros que la política frentista era peligrosa y, de hecho, nunca la adoptó en Rusia. Pero entonces parecía que no había tiempo que perder, que las masas pronto se alzarían para luchar, si no a nivel mundial, sí a nivel europeo; por lo que tuvimos que correr el riesgo de no distanciarnos más de lo necesario de los partidos que contaban con apoyo popular. Evidentemente, la revolución aún no había inspirado una política lo suficientemente racional como para abordar la necesidad de un cambio drástico. El centro de Moscú estaba aplastado por esta presunta responsabilidad; quería disciplinar a las fuerzas centrífugas y asegurarse de que las fuerzas fundamentales que nos acompañaban, que demostraban un impulso formidable, arrastraran a todas las demás, incluidas aquellas que ya nos habían traicionado en más de una ocasión. Tal vez en ese momento la Internacional no quería ser demasiado precisa, quería dejar flexibilidad porque creía que estábamos demasiado cerca de la batalla como para enunciar reglas rígidas e hilar demasiado. Ha pasado el tiempo sin que surgieran esas oportunidades favorables, y hoy podemos decir que teníamos razón y que Lenin se equivocó. Obviamente, la historia no se escribe así. Como hemos visto, hubo justificaciones para la prisa revolucionaria. Al fin y al cabo, nos mantuvimos en la lucha precisamente porque no consideramos todas las puertas a la revolución cerradas, al menos hasta 1926, aunque para 1921 e incluso antes, ya había muchas señales de lo contrario.»
Conclusiones
Como ya hemos visto, la prisa revolucionaria y el voluntarismo se impusieron a la paciencia y a la claridad programática. La pretensión de crear situaciones revolucionarias artificiales se fue haciendo cada vez más dominante. Parecía que si se era lo suficientemente flexible se podía atraer a las masas del proletariado que se encontraban aún dominadas por el oportunismo político y por la socialdemocracia de un modo u otro. Si no se era lo suficientemente rígido en los procesos de integración; si se lograba integrar a masas cuantiosas de militantes de la socialdemocracia, aunque hubiera un foso entre sus declaraciones revolucionarias y su práctica oportunista y burguesa; si se engañaba a la derecha de la socialdemocracia a través de la política del frente único, etc. el resultado final sería el triunfo de la perspectiva revolucionaria. Había que hacer algunos atajos pero el resultado acabaría por llegar. El atajo finalmente se demostró un cul de sac. Se comprobó que era una vía sin salida revolucionaria, una trayectoria que desembocó en una contrarrevolución cuyos efectos aún sentimos en nuestra piel. Y es que como decía Mitchell:
«Lenin no pudo medir el colosal bombo oportunista que surgiría en torno a su directiva (…). Para que estos compromisos fueran plausibles, era necesario, por tanto, ver la realidad con optimismo, lo que llevó a Lenin a declarar que «el ala izquierda, el ala proletaria del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania [USPD], libraba una lucha implacable contra el oportunismo y la falta de carácter de Kautsky, Hilferding, Ledebour», aunque posteriormente se demostró que Daumig y Stocker, los representantes designados de esta ala izquierda, se parecían extrañamente a Kautsky y sus semejantes en la teoría y en la práctica. Todo esto equivalía a confundir, una vez más, a los obreros revolucionarios con las corrientes contrarrevolucionarias que seguían influyéndolos y dirigiéndolos.»
Y es que el partido comunista no puede vivir sin la combinación dialéctica entre la claridad del programa comunista y la energía y el aliento vital que crea la auto actividad de la clase. Se alimenta de la ruptura que el proletariado lleva a cabo por medio de su lucha generalizada y extensa, rompiendo con la paz social del orden capitalista. La relación entre clase y partido es una relación dialéctica y recíproca, una relación unitaria aunque no idéntica (las tareas del partido, como órgano de clase, son decisivas para dirigir la energía liberada de la clase). En ausencia de esa energía y vitalidad de la lucha de clases, sin ese terreno privilegiado que crea la polarización e ionización social, el voluntarismo del partido solo empeora la situación. No se crean situaciones revolucionarias. El activismo y el voluntarismo conducen a un proceso inverso. Solo la vitalidad de la clase le permite al partido intervenir de un modo coherente en la situación social de modo acorde a sus principios. Solo eso favorece la necesaria inversión de la praxis que caracteriza el sentido del partido y el desarrollo real de situaciones revolucionarias. Cuando eso sucede es la clase, a través de su partido histórico y formal, quien logra intervenir contra la sociedad capitalista. Puede tratar de invertir la lógica capitalista y destruir las premisas de su reproducción social. Cuando esta lucha generalizada no se da, cualquier intervención en la sociedad capitalista está dominada por su lógica material, por la integración en sus mecanismos de reproducción social. El parlamentarismo, el sindicalismo, el frente único con la socialdemocracia, la creación de cooperativas (como ya se había demostrado antes con la socialdemocracia), etc. no son organismos neutros que pueden ser usados inteligentemente por parte del partido del proletariado. Son instituciones que se integran en el mundo del capital, que colonizan a aquellos que luchaban contra el capitalismo. Como señalaba Mitchell, en el texto ya citado, la unidad con los “socialistas de izquierda” no era sino la convergencia con los “vendedores ambulantes” del comunismo entre el proletariado, o sea, la unidad con comunistas de palabra, pero no de hecho. Esto solo creaba un enorme cúmulo de confusión y de improvisaciones. Las tareas del momento eran otras. Se trataba de realizar un balance adecuado del momento y:
«Había que concentrar los esfuerzos en el fortalecimiento político y orgánico de las minorías comunistas ya constituidas, ayudarlas a crear cuadros sólidos mediante la selección natural que se realiza en la propia lucha de clases (…). Era necesario proseguir con las escisiones políticas y con una rigurosa clarificación ideológica.»
En esa misma línea, Bordiga argumentó más tarde en un texto ya ampliamente citado. Se trataba de ser vector de polarización y clarificación:
«Es la enunciación de un método: el partido histórico no es una entidad cuantitativa; puede encontrar su expresión material en unos pocos o en muchos hombres, da igual. El elemento cuantitativo y formal que nos hace hablar de “movimientos de masas” es una consecuencia. Pero son necesarias las condiciones que hemos definido, tomando prestado el lenguaje de la física, como “polarización social”, como en los campos eléctricos, en los sólidos cristalinos o en la ionización de un gas. El número de electrones y átomos involucrados es irrelevante para desencadenar el evento, pero debe ocurrir para que se expanda cuantitativamente. La conquista de la llamada mayoría, por lo tanto, llega después de que se cumplan las condiciones iniciales de teoría, acción y entorno. Podemos experimentar con todas las tácticas que queramos, siempre que nuestra misión revolucionaria no contenga palabras que puedan sonar contradictorias, despectivas o incluso simplemente olvidadizas de nuestros principios. Por lo tanto, no queríamos que la cuestión de la mayoría se planteara como condición. La “conquista de la mayoría” bien puede ocurrir, pero no es un puente que deba cruzarse antes de que la revolución haya ionizado las moléculas sociales. Hemos citado el ejemplo ruso miles de veces: en la última reunión del Comité Central del partido antes de la insurrección, el grupo dirigente se disuelve justo cuando la polarización social alcanza su punto álgido. Lenin debe tratar a todos como traidores y logra que se comprenda el concepto: si pasa esta hora, todo está perdido. ¿Acaso proclama la acción solo? No. En ese momento, la acción es proclamada por este misterioso campo de fuerzas, por la irresistible física de la revolución que elige a Lenin como su instrumento. Es el cerebro social en movimiento. Verán, a veces parece que inventamos términos, que destilamos nuevas fórmulas de nuestro cerebro, cuando en realidad ya estaban anticipadas en Marx, y es excelente que ustedes, camaradas franceses, las hayan sacado a la luz, desenterrándolas en el palimpsesto de la revolución, donde ya llevaban escritas más de un siglo.»
En ese ejemplo de física social que es la revolución, el elemento de crecimiento cuantitativo procede de la polarización e ionización social, cuando las masas proletarias entran masivamente en la escena histórica. Ese es el momento en que puede converger el proletariado en lucha con su partido. Un partido histórico que deviene formal precisamente porque se encuentra conformado dialécticamente en armonía y relación con el propio movimiento de clase. Cualquier intento de anticipar este hecho, de buscar vías intermedias, de crecer artificialmente, solo se hace a costa del olvido de las posiciones revolucionarias. El programa se difuminará progresivamente, primero en el oportunismo y luego integrándose en el mundo del capital. Por eso los partidos de masas siempre riman con la izquierda del capital.
¹ Bordiga se refiere a Jacques Camatte y Roger Dangeville [Nota de Barbaria]
