LOADING

Type to search

Arco histórico Crítica del valor Teoría

La guerra, el imperialismo y la socialización del capital

Otto Dix: War Ghosts

Descargar .pdf aquí

También en portugués

 

Entre 1905 y 1914 se produjeron al interior de la II Internacional dos debates decisivos para los revolucionarios. Estos debates permitieron la decantación entre una socialdemocracia que estaba integrándose en el campo burgués y los futuros comunistas de la III Internacional. En realidad no eran dos debates, sino dos aspectos de una misma discusión: la actualidad de la revolución proletaria en Europa. Por un lado, la oleada de huelgas de masas que se desató en Europa occidental entre 1902 y 1903 y que llegaría a su cénit en la revolución rusa de 1905 provocó una conmoción en toda la Internacional. Con ella, la «acción de masas» haría aparecer en escena a la clase por sí misma, rompiendo las fronteras entre la lucha económica mediante los sindicatos y la lucha política a través del partido, y reuniendo al proletariado no organizado junto al que ya lo estaba en unos organismos intermedios, los consejos, que constituirían la base de su poder de clase. En las lecciones extraídas de la huelga de masas, los revolucionarios pudieron restituir la importancia de la lucha por fuera y contra el Estado para la revolución. Pannekoek sería el primero en rescatar del olvido la afirmación fundamental de Marx de la destrucción del Estado burgués en la dictadura del proletariado. Su trabajo y el de Bujarin influirían en Lenin en 1917 a la hora de escribir el texto fundamental de El Estado y la revolución.

Si el debate de la huelga de masas establecía el aspecto “subjetivo” del proceso revolucionario y el papel de la clase, el partido y el Estado en él, el debate sobre el imperialismo compondría su aspecto “objetivo”. En este término nuestros compañeros cifraban la madurez de la revolución comunista y la disyuntiva dramática entre socialismo o barbarie, entre guerra o revolución. Como defenderían Pannekoek y los tribunistas durante estos años, la entrada en la fase imperialista hacía caducas las tácticas de la II Internacional —parlamentarias, sindicales, gradualistas, pacíficas— y situaba la acción de masas y la destrucción del Estado burgués en el centro del escenario. Para todos nuestros compañeros del período, el imperialismo daba un mentís al revisionismo y sus ilusiones de que el desarrollo del capitalismo iría reduciendo las crisis y la desigualdad. Al contrario, solo podía exacerbar las contradicciones de clase y sus propias contradicciones internas, abriendo una época —la última— de crisis, guerras y revoluciones.

Por este motivo, el debate histórico sobre el imperialismo no se reducía a la naturaleza de la guerra o a la relación de los Estados capitalistas entre sí y con el resto del mundo. Iba a ser el crisol en que se forjara una comprensión común del período, marcado por el asentamiento de las relaciones de producción capitalista a escala mundial y el salto de socialización del capital con la Segunda Revolución Industrial. Con él, vendría también la necesidad de reflexionar sobre la naturaleza de los cambios que se estaban produciendo en el capitalismo y sus implicaciones sobre el programa, la estrategia y la táctica heredados de Marx y Engels y su sistematización por parte de la II Internacional. De igual forma, con la concepción del imperialismo como última fase del capitalismo vendría la discusión sobre los límites internos o externos del modo de producción, cifrados en la idea de decadencia y de capital financiero, y sobre el nuevo horizonte en el que se situaba la lucha por la revolución.

Lejos de ser una cuestión del pasado, la forma que tomaron los debates sobre el imperialismo en el alba del siglo XX tiene fuertes repercusiones en el marco programático de los comunistas de hoy, tanto en las debilidades y limitaciones que heredamos de ellos como en las afirmaciones que se convirtieron en jalones inamovibles de la teoría revolucionaria. Al mismo tiempo, la crisis del valor que se inicia en la década de 1970, la escalada militar que comienza con el enfrentamiento entre China y Estados Unidos y se acelera desde la invasión de Ucrania por Rusia en 2022, así como la época de polarización social y lucha de clases que creemos que se abre ante nosotros, nos obligan a retomar el debate sobre el imperialismo y resituarlo a la luz de nuestros días.

Marx y Engels

Marx y Engels nunca desarrollaron una posición sistemática sobre la guerra y la cuestión nacional. En sus cartas, consideraron positivamente las guerras de reunificación de Alemania e Italia, incluso cuando Bismark y Cavour no dejaban lugar a dudas de que serían procesos conservadores y tendrían poco que ver con las aspiraciones democráticas de 1848. Criticaron la defensa del «principio de las nacionalidades» de Napoleón III como una instrumentalización anexionista, pero no vieron con malos ojos su participación en la guerra de Crimea junto a Inglaterra y contra Austria y Rusia. Apoyaron con el resto de la AIT al Norte en la Guerra de Secesión estadounidense por su lucha contra la esclavitud. Defendieron la independencia de Polonia y de Hungría, pero se opusieron al nacionalismo de checos, eslovacos y croatas por lanzarse en brazos de la absolutista Austria frente a las aspiraciones hegemónicas de los magiares. Después de un tiempo de vacilación y estudio de los nacionalismos balcánicos, acabaron sosteniendo a un Imperio Otomano ya moribundo en contra de ellos por considerarlos peones del zarismo. Declararon «guerra nacional» —y por tanto legítima— la respuesta prusiana en la guerra contra Francia, aunque con varios matices y advertencias, y criticaron en privado a W. Liebknecht y Bebel[1] por oponerse a ella. Sin embargo, muy pronto declararían que había perdido su carácter defensivo tras la batalla de Sedán en que Prusia derrotó a Francia y se anexionó Alsacia y Lorena, y la condenaron en nombre de la AIT. Consideraron la independencia de Polonia un paso estratégico para la revolución democrática de Alemania y la de Irlanda otro para el inicio de la revolución proletaria en Inglaterra —por tanto, en el mundo—. Denunciaron sistemáticamente la brutalidad de las potencias capitalistas en las colonias, al mismo tiempo que analizaron cómo la extensión de las relaciones capitalistas permitiría acabar con la estabilidad milenaria de las sociedades de clase de India y China y asentar las bases de una revolución comunista mundial, sin que ello les llevara en ningún caso a una justificación ni a una defensa del colonialismo. También estudiaron hasta el final de sus días las formas precapitalistas de comunidad, llegando a considerar la posibilidad de que, con la victoria de una revolución proletaria en Occidente, el resto de territorios pudieran ahorrarse el paso por el capitalismo.

Para entender sus planteamientos es preciso partir del hecho de que Marx y Engels lucharon y reflexionaron, como explicamos en Sobre la decadencia del capitalismo, la revolución permanente y la doble revolución, en un momento en que el Antiguo Régimen seguía siendo fuerte en Europa y en que el proletariado, aún débil en número, se veía obligado a luchar contra él al tiempo que intentaba mantener su autonomía de clase. Así, muchos de sus posicionamientos se harían en función de lo que permitiera o no el crecimiento del movimiento obrero y de la lucha contra el Antiguo Régimen, especialmente contra ese gran estandarte de la reacción que era el Imperio zarista.

Como señala Emilio Madrid en su prólogo a la edición de Marx y Engels: Los nacionalismos contra el proletariado, lejos de hacer una defensa incondicional del «derecho de autodeterminación», siempre tuvieron una actitud pragmática frente al nacionalismo y siempre lo subordinaron a su estrategia por la revolución proletaria en Europa. Como le decía el viejo Engels a Bernstein en su carta del 22 de febrero de 1882:

Todos nosotros, en la medida en que hayamos pasado por una fase liberal o radical, hemos salido de ella con estos sentimientos de simpatía hacia todas las nacionalidades “oprimidas”, y yo, por mi parte, sé cuánto tiempo y trabajo me costó deshacerme de ellos, pero una vez que lo hice ya fue para siempre. […] Debemos colaborar en la obra de liberación del proletariado de Europa occidental y subordinar todo lo demás a este objetivo. Por muy interesantes que puedan ser los eslavos de los Balcanes, etc., en el momento en que su deseo de liberación entre en conflicto con los intereses del proletariado, ya pueden irse al diablo.

Es este criterio el que les llevaría a distinguir las «naciones revolucionarias» o «naciones históricas» de las «naciones contrarrevolucionarias» o «naciones sin historia», no ningún defecto eurocéntrico ni capricho nacionalista. El papel del Imperio zarista estaría siempre presente en estas caracterizaciones como vector de la reacción. Pero, por ello mismo, se trataba de caracterizaciones en el curso de una situación geopolítica cambiante, más que de categorías de una teoría general, e iban siendo revisadas en función de los acontecimientos, como harían Marx y Engels con los nacionalismos de los Balcanes durante la década de 1860, antes de decantarse por el apoyo al Imperio Otomano.

Por todo ello, es muy importante no confundir los posicionamientos de Marx y de Engels, y los términos que usaron para ellos, con la sistematización que haría la II Internacional. Nada tenían que ver, por tanto, las nociones de «nación vital o histórica» y «nación sin historia» en Engels con la interpretación darwinista social que haría de ellas la derecha de la Internacional. Al contrario, es famosa la carta de Engels a Kautsky en 1882 en la que rechaza toda justificación de la política colonial bajo el pretexto de “exportar” el socialismo. De igual forma ocurre con la noción de «guerra nacional o defensiva», que se utilizó en 1914 como justificación del apoyo a los presupuestos de guerra, pero que en Marx servía para una caracterización con varios matices y advertencias, en parte dubitativa y que, en cualquier caso, siempre estuvo subordinada para él a los intereses más generales del proletariado.

También es importante tener en cuenta que, en cierta forma, durante la vida de Marx y de Engels el capitalismo estaba aún por mostrar todas sus aristas. Como explicaremos más adelante, las guerras coloniales eran de tipo librecambista, de “puertas abiertas”, y la única guerra europea que les pondría en una situación semejante, salvando las distancias, a la de sus futuros compañeros en 1914 fue la guerra franco-prusiana de 1870-1871. El nacionalismo aún no había expresado todo su carácter reaccionario y a menudo se seguía vinculando a las aspiraciones democráticas de 1848, especialmente en los casos polaco e irlandés, aunque el mismo transcurso de las revoluciones del 1848 revelaban ya que su carácter identitario producía más problemas que soluciones en una perspectiva estratégica general para la revolución en Europa. Este sería el caso de la provincia prusiana de Posen donde, en 1848, al mismo tiempo que en Berlín los prisioneros del levantamiento polaco de 1846 eran liberados y confraternizaban con los revolucionarios alemanes, se producían conflictos violentos entre la población polaca y la alemana y judía.[2] La complejidad interétnica de Europa central y oriental convertía la cuestión nacional en un polvorín que, en última instancia, solo podía beneficiar a las clases dominantes, como por otro lado señalaría Cesar de Paepe al indicar en las discusiones de la AIT, frente a Marx, que «la restauración de Polonia no puede favorecer más que a tres clases: la alta nobleza, la baja nobleza y el clero».[3] Esto no era algo muy diferente de lo que analizaron los revolucionarios del Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania (SDKPiL) unos años más tarde, con el añadido de una Rusia que ya no era el bastión de la reacción en Europa, sino el cadáver andante que mantenían con vida los capitales europeos. Serían estas posiciones las que llevarían a Lenin a preocuparse de que la «vieja enfermedad polaca» antinacionalista se extendiera a la izquierda bolchevique de la mano de Radek.[4] Por último, tampoco se verificaron las predicciones de Marx de que la independencia irlandesa acabaría con el antagonismo nacional que dividía la clase obrera en Inglaterra y sería un elemento desestabilizador para los landlords. Ni la independencia de Irlanda tuvo un impacto significativo en la economía inglesa ni se detuvo el antagonismo nacionalista entre irlandeses e ingleses, menos aún con la manzana de la discordia norirlandesa. Bien al contrario y como es característico de este tipo de movimientos, sus nacionalismos se alimentaron recíprocamente hasta el día de hoy.

Así pues, al contrario de una perspectiva decadentista, la estrategia esbozada por Marx y Engels no es que fuera correcta para el periodo del capitalismo ascendente e incorrecta para el capitalismo en su fase decadente o imperialista. Más bien al contrario, podemos decir que eran unos planteamientos comprensibles desde el nivel de madurez que tenía el movimiento obrero en aquel momento conforme al punto de desarrollo al que había llegado el capitalismo. Así, como explicamos en el texto ya citado Sobre la decadencia, en  el desarrollo del capitalismo a lo largo del siglo XIX se iría manifestando con una fuerza creciente el papel primero conservador y luego reaccionario de las tácticas hasta entonces dadas por buenas: el apoyo a las llamadas «guerras nacionales» o a determinados nacionalismos, el sindicalismo[5] o el parlamentarismo. Sobre el parlamentarismo, podemos citar a título ilustrativo la polémica de una fecha tan temprana como 1885 en torno a unos subsidios para aumentar la potencia naval de Alemania, con claros fines coloniales y expansionistas. Pese a la resistencia de W. Liebknecht y Bebel, finalmente fueron derrotados y la mayoría del grupo del SPD en el Reichstag votó a favor.[6] Puede encontrarse aquí un ejemplo de cómo la práctica reformista iría impregnando el partido desde el inicio hasta convertirse en teoría con Bernstein y la corriente revisionista. Como explicaron bien los compañeros de la izquierda italiana unos años más tarde en las Tesis de Lyon (1926), «no es solo el buen partido el que da la buena táctica, sino que es la buena táctica la que da el buen partido». En el momento en que el salto de socialización del capital y las enormes masas de plusvalor producido permitieron que afloraran sus consecuencias inevitables, estas malas tácticas terminaron por hacer pasar al partido directamente al bando contrario, en la defensa del orden burgués.

Del librecambismo al imperialismo

Como decíamos antes, durante la mayor parte del siglo XIX la expansión mundial del capitalismo se produciría bajo el discurso librecambista de “puertas abiertas”. Para inicios de ese siglo, Estados Unidos ya era independiente de Inglaterra y Latinoamérica se estaba independizando de los imperios portugués y español. La mayor parte de África aún estaba a salvo de las potencias capitalistas y la proporción terrestre que ocupaban los europeos, incluyendo a las colonias, suponía un 35% del globo frente al 84% que alcanzaría un siglo después, en 1914. Acorde al espíritu del liberalismo, el Estado debía limitarse a velar por la libertad de comercio tanto dentro como fuera de sus fronteras. La anexión de territorios era vista con desconfianza por parte de la burguesía europea del momento, además de algo innecesario. En efecto, tras la victoria sobre Francia en la Guerra de los Siete Años en 1763 y la Revolución Industrial en Inglaterra, la hegemonía naval y la alta productividad inglesas eran garantía suficiente para su dominio sobre el mercado mundial. La anexión territorial supondría toda una serie de costes militares, administrativos y logísticos que se veían prescindibles en un contexto de libre comercio, y que en todo caso solo podían beneficiar a los militares y miembros de la administración de alto rango, que en aquel momento todavía pertenecían mayoritariamente a la antigua aristocracia, y a los prestamistas que financiarían esa política. En definitiva, las colonias eran algo del pasado, una política propia del Estado absolutista en su esfuerzo por garantizarse el monopolio de los mercados con sus «territorios de ultramar». Para la burguesía liberal, colonia, monopolio, deuda, militarismo y despotismo pertenecían a la misma familia semántica.

Ciertamente, la realidad no coincidía con la imagen ideológica del librecambismo. En primer lugar, los altos aranceles ingleses sobre la industria textil india y las manufacturas irlandesas, así como la política activa de su sustitución por productos ingleses, eran una negación del libre comercio descrito arriba, de la misma forma que lo era el control de los colonos franceses sobre las manufacturas argelinas. En segundo lugar, el librecambismo no tenía nada de pacífico, como descubriría el Imperio chino con las guerras del opio y como sabían el resto de las clases dominantes precapitalistas, para las que la resistencia al comercio occidental se reducía a una prudente negociación, con los buques de guerra a la vista.

Sin embargo, es importante tener presente lo dicho arriba por dos motivos. En primer lugar, porque el discurso librecambista tenía una parte de verdad. En los modos de producción precapitalistas, de fuerte base agraria y con una producción destinada a los valores de uso, para la clase dominante la conquista de territorio mediante la guerra es la forma en que se lleva a cabo la acumulación de riqueza. En el modo de producción capitalista, la acumulación se realiza mediante la valorización del capital, es decir, por la producción de mercancías mediante la explotación de fuerza de trabajo y la realización de su valor en el mercado. De esa forma, el capitalismo no necesita tierra, necesita rutas comerciales. No necesita colonias, sino bases militares y enclaves comerciales para garantizar el flujo de mercancías por tierra, mar y aire. La concepción que tenía el librecambismo de la política exterior es más ajustada a la lógica del capital que la del colonialismo, como se revelaría tras la Segunda Guerra Mundial, con la hegemonía de Estados Unidos y su imperialismo de portaaviones. Sin embargo, los motivos que llevaron a la carrera por la conquista de las colonias durante el último cuarto del siglo XIX no fueron ni coyunturales, ni meramente ideológicos, como detallaremos más abajo al dar cuenta de las explicaciones que se dieron en la socialdemocracia al respecto.

En segundo lugar, es importante esta contextualización para entender la sorpresa de los hombres y mujeres de la época ante la política colonial y las tensiones bélicas crecientes a finales del XIX y principios del XX. La imagen del colonialismo como algo propio de los Estados despóticos, controlados por la casta militar y los banqueros, daría lugar al propio término de imperialismo. La palabra comenzó a usarse en Inglaterra de forma despectiva contra la nueva política colonial del gobierno de Disraeli, que había asumido en 1858 la India como colonia oficial y nombrado a la reina Victoria «Emperatriz de la India». Esta misma asunción se encontraba también en la socialdemocracia. Estaba detrás de la caracterización de Kautsky del capital bancario como aliado fundamental del burocratismo y del militarismo en la política colonial, y cuyos intereses eran opuestos a los del capital industrial:

De esta situación ha surgido la nueva política colonial, el afán de los estados europeos por adquirir nuevas colonias. La aprobación de la ley socialista la ensalza. Es cierto que el capital industrial también pretendía obtener sus ventajas de esta política, pero ello no constituye el motivo principal del movimiento colonial. Las fuerzas principales que dan impulso a la fase más reciente de la política colonial la constituyen el militarismo que anhela la acción y el avance; la burocracia que suspira por el incremento del número de cargos rentables, la decadencia de la agricultura que ahuyenta a tantos campesinos de su terruño, y obliga a los hijos más jóvenes de la propiedad latifundista a buscarse puestos que requieren pocos conocimientos pero tanto más brutalidad; la codicia creciente de la Iglesia, que también pretende alcanzar riquezas y honores en las regiones salvajes y que puede obtener éstos con mayor facilidad bajo la protección estatal y, finalmente, el poder creciente de las altas finanzas y su necesidad cada vez mayor de hacer negocios exóticos; éstas son las principales fuerzas motrices de la fase más reciente de la política colonial.[7]

Como una política atávica reintroducida por las formas más modernas e imponentes del capital, esta imagen de lo que acabaría llamándose capital financiero estaría siempre presente en la posición del centro de la II Internacional respecto a la guerra.

El proceso de decantación

Tras la aceleración de la política colonial, con la anexión de territorios y el aumento del militarismo durante las últimas dos décadas del siglo XIX, se encontraba el salto de acumulación de la Segunda Revolución Industrial. Este implicó un ascenso en la productividad del trabajo y un desplazamiento en la centralidad del tipo de explotación del plusvalor absoluto al plusvalor relativo,[8] lo que permitió una reducción de la jornada laboral y un aumento relativo de los salarios, un mayor margen de negociación sindical y cierta base para políticas sociales. En este contexto, reivindicaciones que antes implicaban ir al choque con la patronal y el gobierno —ya fueran económicas o políticas— empezaron a poder ser canalizadas por vía pacífica a través de los sindicatos y las instituciones democráticas. Este poderoso influjo conservador puede percibirse desde bien temprano en el movimiento obrero inglés y en los partidos socialdemócratas del continente, pero adquirirá estatuto teórico con la polémica del revisionismo abierta por Bernstein en una serie de artículos publicados entre 1896 y 1898 en Die Neue Zeit. Uno de los primeros, «La socialdemocracia y los disturbios turcos», defendía la política colonial alemana, más allá de ciertas prácticas abusivas, por su utilidad para extender la civilización a otros pueblos. Al hacerlo, establecía abiertamente una vinculación entre reformismo, democracia e identificación nacional:

La frase que sostiene que el proletariado no tiene patria se ve alterada toda vez y en la misma medida en que éste puede participar en el gobierno y en la redacción de la legislación en calidad de ciudadanos de pleno derecho y, por ende, imprime a las mismas una disposición acorde con sus intereses.[9]

Como decía Gorter en El imperialismo, la guerra y la socialdemocracia (1914), «los reformistas no buscaban más que las reformas y por esta razón llegaron a ser nacionalistas e imperialistas». La derecha de la II Internacional, con las imponentes organizaciones sindicales a su lado, sería al mismo tiempo revisionista y socialchovinista, por derivación lógica.

Pero con la entrada en el siglo XX, todo se iría acelerando. Si en enero de 1905 estallaba la revolución rusa, en marzo se iniciaba la primera crisis diplomática de Marruecos en la que el Káiser declaró su apoyo a la independencia del país, cuestionando así la influencia francesa. En el mismo 1907 tenían lugar las «elecciones de los hotentotes», el Congreso Internacional de Stuttgart y el Congreso de Essen del SPD. Mientras que en el Congreso de Stuttgart la izquierda parecía obtener una victoria, incluyendo en sus resoluciones la moción propuesta por Luxemburg, Lenin y Martov que llamaba a «aprovechar la crisis económica y política creada por la guerra para agitar los estratos más profundos del pueblo y precipitar la caída de la dominación capitalista», en el contexto alemán el clima de exaltación patriótica y colonial extremó las contradicciones del SPD. El levantamiento de los herero y de los nama —los «hotentotes», como se llamaba despectivamente a estos últimos— en 1904 y la masacre que lo siguió, la creciente agresividad de Alemania en la política exterior y el miedo de la burguesía a la revolución rusa de 1905, polarizaron las elecciones del Reichstag y provocaron una severa pérdida de escaños para el SPD. A partir de ese momento, la principal preocupación de la dirección sería no dar la imagen de un partido antinacional. La derecha del SPD se apresuró a enfatizar su compromiso con Alemania en caso de guerra, puesto que no eran «vagabundos sin patria», y repitieron su adhesión en el Congreso del partido en Essen. En esta ocasión el discurso militarista no sería solo abanderado por socialchovinistas declarados como Noske, el futuro «perro de presa» que dirigiría el asesinato de miles de revolucionarios alemanes en 1919, entre ellos Luxemburg y Liebknecht, sino también por Bebel, que hizo uso del viejo dogma de la guerra defensiva y la amenaza zarista para justificar sus posiciones. A él se enfrentaría Kautsky, quien negaría tanto la posibilidad de distinguir entre una guerra ofensiva y defensiva en un conflicto provocado por la política colonial, como la responsabilidad del proletariado en todo conflicto del que no dependieran sus intereses y los de la democracia.

Pero en el fondo, si bien divergían en la necesidad de apoyar o no la guerra, Bebel y Kautsky convergían en la necesidad de evitar todo tipo de acción extralegal antes o durante la misma que pudiera poner en peligro el partido. Mientras que Liebknecht esperaba a ser juzgado por alta traición por su campaña contra el militarismo, Bebel utilizaba su ejemplo en el Congreso Internacional de Stuttgart para oponerse a cualquier agitación que pudiera poner en riesgo el trabajo pacífico del partido. De la misma forma, unos meses antes Kautsky había escrito que la socialdemocracia debía oponerse a todo chovinismo antes de la guerra y resistir estoicamente durante la misma, sin aventuras, para recoger después los frutos de su esfuerzo tras la desilusión de las masas con el esfuerzo bélico.[10]

Año a año, la situación internacional se volvía cada vez más tensa. En 1907 estalló una crisis financiera mundial que llevó al cierre de miles de fábricas y el despido de sus trabajadores y cuyos efectos se prolongaron hasta 1908. A finales de 1908 Austria-Hungría declaraba la anexión formal de Bosnia con el apoyo de Alemania, lo que provocó el resentimiento de Serbia y Rusia. En 1910 Japón, que había hecho su presentación en sociedad como potencia imperialista al vencer a Rusia en 1905, se anexionó Corea. En 1911 se producía la segunda crisis de Marruecos entre Francia y Alemania, y entre 1912 y 1913 se desarrolló la guerra de los Balcanes. Cuanto más cerca se veía el estallido de una conflagración mundial, más se iban decantando las posiciones al interior de la socialdemocracia.

A menudo se ha dicho que la diferencia entre el centro y la izquierda en lo referente al imperialismo consistía en si el militarismo era una política entre otras y, por tanto, cabían diferentes tácticas para enfrentarse a él, o si por el contrario se trataba de una fase del capitalismo, que convertía al militarismo y la proximidad de la conflagración mundial en algo inevitable si no se acababa con el capitalismo mismo. Esta interpretación está basada en los últimos años del debate, especialmente a partir de 1912 en adelante, en los que Kautsky empezará a teorizar el renacimiento del liberalismo y la posibilidad de alianzas con él para frenar la guerra. También es el elemento fundamental con el que polemiza Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), lo que le da un mayor respaldo. Pero en realidad, el Kautsky de El camino al poder (1909) no creía que la guerra pudiera ser evitable. Las elecciones de los hotentotes le habían llevado a la convicción de que el imperialismo estaba fundiendo en una «masa reaccionaria» a las diferentes fracciones de la burguesía y de la clase media, frente a la cual solo quedaba el proletariado con su política internacionalista.[11] Tampoco puede atribuirse a Hilferding, que escribiría El capital financiero en 1910 y era un amigo y compañero cercano de Kautsky, la creencia de que el imperialismo era una mera política entre otras. Bien al contrario, para Hilferding el imperialismo era la política específica del capital financiero, a cuya dominación estaba conduciendo el desarrollo mismo del sistema.

Lo que diferenciaría radicalmente a la izquierda del centro a la hora de pensar el imperialismo iba a ser el impacto que la acción de masas y la aceleración hacia la guerra mundial tenían en la táctica de la socialdemocracia. Detrás de las diferencias tácticas, como descubrirían poco a poco, había en realidad diferencias programáticas y de doctrina. Kautsky siempre entendió la revolución como el producto de un largo proceso de acumulación de fuerzas mediante la lucha económica de los sindicatos y la pugna por la conquista de derechos políticos y sociales por parte del partido. Puede que la revolución, como culminación del proceso, requiriera una insurrección violenta, pero nada permitía asegurar que la burguesía no se rindiera antes de la batalla, consciente de su debilidad. Si la izquierda entendió la revolución rusa de 1905 «como precursora de una nueva serie de revoluciones proletarias en Occidente»,[12] Kautsky vería más bien en su derrota la demostración de que esa revolución quedaba aún lejos, puesto que si la clase dominante en Rusia, mucho más débil que la alemana, había podido resistir, el proletariado occidental todavía tendría que acumular más fuerzas para poder enfrentarse a ella. De esa forma, cuando Luxemburg pidió en ¿Y después qué? que el SPD llamara a la huelga general por el sufragio universal durante las movilizaciones masivas de 1910 en Alemania, Kautsky se opuso amargamente. En ¿Y ahora qué? diferenció entre una «estrategia del asalto directo», lógica de un periodo en que aún no se habían conquistado derechos políticos y en que, por tanto, toda lucha inmediata podía convertirse fácilmente en un conflicto violento, y una «estrategia de desgaste» que permitía la acumulación de fuerzas mediante métodos eminentemente legales y pacíficos hasta estar en condiciones para la batalla final.[13] Rusia pertenecía al primer tipo, pero Europa occidental se encontraba en el segundo, y todo llamamiento a una acción de masas en este contexto no solo se saldaría con una dura derrota, sino que sería un grave error que pondría en riesgo las condiciones del trabajo legal del partido.[14] Esta estrategia de desgaste implicaba por tanto limitaciones. La conservación de la estructura del partido y de sus mecanismos legales de intervención era esencial. Así pues, cuando la izquierda planteaba que la acción de masas era la mejor forma de luchar contra la guerra, Kautsky no podía sino oponerse.

Quien mejor expresaría en la izquierda la fuerte vinculación entre la acción de masas y el imperialismo sería Pannekoek. Para él, «el imperialismo amenaza a las masas populares con nuevos peligros y catástrofes —tanto a la pequeña burguesía como a los trabajadores— y los empuja a la resistencia; los impuestos, la carestía, el peligro de guerra, vuelven imprescindible una defensa encarnizada». El trabajo en el parlamento no tenía la capacidad de enfrentar esa defensa, que requería de la participación directa de las masas. «De ahí que sean las acciones de masas una consecuencia natural del desarrollo imperialista del capitalismo moderno y se transformen cada vez más en formas necesarias de lucha contra el mismo».[15] La acción de masas se volvía entonces necesaria no solo para la lucha contra la guerra, sino también para seguir manteniendo lo que antes se conseguía con las viejas tácticas legales. Pero si se sigue coherentemente esta línea, podríamos decir con Lenin que «toda lucha consecuente de clase durante la guerra, toda táctica de “acciones de masas”, aplicada en serio, conduce de modo inevitable» a la transformación de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria.[16] En definitiva, la fase del imperialismo obligaba a nuevas tácticas con una finalidad inmediata, la revolución proletaria.

Y el contenido de esa revolución es la destrucción y liquidación de los instrumentos de poder del estado usando los instrumentos de poder del proletariado.[17]

Frente al olvido en que había dejado la II Internacional la destrucción del Estado burgués en la dictadura del proletariado, el viejo principio programático volvía a emerger con la proximidad del siguiente asalto revolucionario.

De modo que este era el núcleo de las discrepancias. Si bien se puede echar la vista atrás y reconocerlas años antes, sería la aceleración de los tiempos históricos la que las haría salir a la luz y haría que sus protagonistas tomaran conciencia de ellas. Por lo demás, entre 1909 y 1910 el bloque conservador-liberal que se había formado contra el SPD en las elecciones de los hotentotes se descompuso, y la dirección del partido empezó a trabajar para acercar a los liberales en las elecciones de 1912. Como estos no se oponían a la carrera armamentística pero les preocupaba su coste económico, el SPD dejó a un lado el discurso de oposición al gasto militar y se centró en que no recayera en impuestos indirectos. También minimizó la importancia de la segunda crisis de Marruecos en 1911 para no tener que arriesgar declaraciones antipatrióticas. En 1912 los resultados electorales premiaron sus esfuerzos, y para entonces la unidad entre la derecha y el centro del partido estaba bien consolidada. Es en estos momentos cuando Kautsky empezó a teorizar un renacimiento del liberalismo de la mano de una nueva clase media, los empleados, que no ganaban tanto con la política colonial como perdían con el estallido de la guerra y el incremento de impuestos para costearla. Esto señalaba el camino para oponer una política diferente a la militarista y evitar la guerra. La alianza con los liberales y los llamamientos internacionales al desarme, que habían sido criticados por él mismo poco antes, se volvieron la mejor estrategia. En agosto de 1914 fue invitado en calidad de teórico a la reunión del grupo parlamentario del SPD en la que se discutiría la votación de los créditos de guerra. Al ver que no se aceptaría una abstención y después de dar varias vueltas a la cuestión, acabó proponiendo que se votara a favor, pero con el compromiso de que aquella guerra no se convirtiera en una guerra de conquista, es decir, de que no dejara de ser una «guerra nacional o defensiva», olvidando todas sus críticas pasadas a ese concepto. En cualquier caso, la frase que incluía este matiz sería eliminada en el último momento por el canciller.

Un mes después del estallido de la guerra en agosto de 1914, publicó Ultraimperialism. En él teorizaba que el progreso en la cartelización de la economía después de la guerra podría dar fin a la fase del imperialismo e impulsar a las grandes potencias a constituir una «federación de los más fuertes que renuncie a la carrera armamentística», dando inicio a una nueva fase superimperialista. Aunque muchas de las críticas a su concepción del imperialismo se centrarían en este texto, entre ellas la de Lenin, esta teoría en realidad jugó un papel poco relevante en el debate histórico sobre el imperialismo. Los dos libros que sí lo jugarían serían La acumulación del capital (1913) de Rosa Luxemburg y El capital financiero (1910) del centrista Hilferding, sobre cuya estela se escribieron El imperialismo y la economía mundial (1915) de Bujarin e Imperialismo: la fase superior del capitalismo (1916) de Lenin.

El imperialismo en la izquierda de la socialdemocracia

Tan vilipendiada ha sido La acumulación del capital de Luxemburg como ensalzado el Imperialismo de Lenin por coetáneos y sucesores. Los análisis de los dos libros tienen ventajas y defectos, pero sobre todo —podemos decirlo con el beneficio de 100 años de historia, y solo gracias a él— ambos estaban equivocados. Dedicaremos poco tiempo al análisis del imperialismo de Rosa Luxemburg, por la densidad y complejidad de la explicación teórica, y por la sencillez de su refutación histórica. Por el contrario, el legado de Lenin y, a través de él, de Hobson y Hilferding es grande tanto en las corrientes revolucionarias como en las contrarrevolucionarias. Por ese motivo, lo analizaremos con más profundidad.

El capital financiero y los monopolios

Las dos influencias fundamentales en el texto de Lenin son Imperialismo: un estudio (1902) de Hobson y El capital financiero (1910) de Hilferding. Este segundo generó un impacto inmediato y fue aplaudido por toda la socialdemocracia como la legítima continuación de El capital. De hecho, es la base tanto del texto de Lenin como del de Bujarin, y de la noción de imperialismo de la mayoría de la Internacional Comunista. En su libro, Hilferding explica que el desarrollo del capitalismo conlleva un aumento de la composición orgánica y una caída tendencial de la tasa de ganancia, lo cual supondría dos consecuencias importantes. En primer lugar, implicaba un papel creciente del crédito y de las sociedades anónimas en la producción de valor, puesto que la alta composición orgánica exige grandes desembolsos en capital fijo y reduce la velocidad de rotación del capital. En segundo lugar, marcaba una tendencia a la conformación de monopolios para sobreponerse a la caída de la tasa de ganancia mediante la manipulación de los precios. Estos dos factores convertían a los bancos en los protagonistas de la fase actual del capitalismo, que se caracterizaría por el dominio del capital financiero.

El término «capital financiero» no se encuentra en Marx, que solo distingue categorialmente entre capital industrial, capital comercial y capital que devenga interés, y que cuando habla de «capitalistas financieros» lo hace como sinónimo de los poseedores de capital que devenga interés. Por el contrario, en Hilferding el capital financiero adquiere estatuto teórico por encima de los otros tres: es el capital bancario que tiende a unificar bajo su dominio el capital industrial, el comercial y el resto de formas de capital que devenga interés. La dependencia del crédito por parte del capital industrial hace que los grandes bancos se encuentren en una posición de poder para adquirir o directamente participar en la emisión de acciones de las grandes corporaciones industriales. Al poseer parte de muchas empresas, no les interesa que se hagan la competencia entre ellas, de manera que, junto con la natural cartelización de la economía, se reduce tendencialmente el papel que puede cumplir el comercio entre ellas. Por otro lado, al disminuir el papel de la competencia por la tendencia a la conformación de monopolios, tanto la Bolsa como la misma especulación tienden a perder su antiguo peso en virtud del dominio de los bancos.

Así pues, en Hilferding el capital financiero representa la tendencia a la unificación de todos los capitales bajo una misma categoría y por tanto a una reducción de la división social del trabajo, lo que corresponde a una progresiva desaparición de competencia en favor de un capitalismo cada vez más regulado, cada vez más organizado y planificado por las grandes corporaciones. Pero si desaparece la competencia y con ella la anarquía de la producción, deja de regir la ley del valor y se acaban también las crisis. Este aspecto en Hilferding es ambiguo. Por un lado, para él las crisis se pueden ver retardadas por la capacidad de los monopolios de reducir su producción para mantener los precios altos cuando cae la demanda, y porque la concentración bancaria y la disminución de la especulación reduce el riesgo de crisis financieras, pero en última instancia las crisis no pueden ser evitadas y, cuando estallan, los monopolios transfieren sus peores consecuencias a las empresas no monopolistas y a los consumidores. Por otro lado, sin embargo, Hilferding plantea abiertamente —y en esto no es ajeno al Kautsky de Ultraimperialism— que «no existe ningún límite absoluto para la cartelización. Más bien existe una tendencia a la extensión continua de la cartelización. Como ya hemos visto, las industrias independientes caen, cada vez más, bajo la dependencia de las cartelizadas para, al fin, ser absorbidas por ellas. Como resultado del proceso se daría entonces un “cartel” general».[18] Pero si hay un cártel general, no hay competencia y por tanto no hay crisis de sobreproducción. El mismo Lenin reconoce que, desde el punto de vista puramente abstracto, «el desarrollo conduce al monopolio; por tanto, va hacia un monopolio mundial único, hacia un trust mundial único. Esto es indiscutible»,[19] aunque insiste también en que es una vacuidad plantear las tendencias en abstracto y no verlas en las contratendencias del terreno real y concreto, en el que el desarrollo desigual del capitalismo hace que los monopolios no eliminen la competencia sino que existan «por encima y al lado de ella, engendrando así contradicciones, fricciones y conflictos agudos e intensos».[20]

Marx explica en varias ocasiones que el desarrollo del capitalismo conlleva un proceso de concentración y centralización del capital, en virtud del cual «cada capitalista liquida a otros muchos» y «se acrecienta también la rebeldía de la clase obrera, una clase cuyo número aumenta de manera constante y que es disciplinada, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso capitalista de producción».[21] Pero nunca afirma que exista una tendencia general a la formación de monopolios.[22] El aumento de la composición orgánica exige sumas cada vez mayores para destinar al capital constante y compensar con una mayor masa de ganancias la caída de su tasa, lo que impulsa la centralización de capitales en pocas manos, la conformación de sociedades anónimas y el recurso creciente al crédito. Puede llevar a la constitución de trusts y cárteles en momentos y sectores determinados, tanto para afrontar los elevados costes en capital fijo, como argumenta correctamente Hilferding, como para resistir a una competencia que se ha vuelto salvaje por el desarrollo de los medios de transporte y el salto en el nivel de mundialización del capital, como ocurrió en las últimas décadas del siglo XIX. Pero, pese a lo que podía parecer en las décadas que estamos tratando, esto no conducía a una cartelización general de la economía que progresivamente se iría sustrayendo a la competencia capitalista y por tanto a la ley del valor. Bien al contrario, es la competencia la que hace nacer estas formas de asociación y es la competencia la que las hace morir —no subsistir «por encima y al lado de ella»—, como le ocurriría a la United Alkali Trust citada por Engels en El capital.

Al mismo tiempo, las altas cotas de concentración de capital no son sinónimo de la capacidad para regular los precios. Sin lugar a dudas, una intensa automatización de la industria implica grandes desembolsos de capital adelantado y, por tanto, la necesidad de recurrir a formas de capital social —a través de sociedades anónimas o del crédito— para poder poner en marcha la producción y obtener la masa de ganancias suficientes. Las grandes corporaciones se mantienen así no por su poder coercitivo, extraeconómico, de manipulación del mercado, sino porque, gracias a la economía de escala, su tamaño les permite mantener un capital fijo actualizado conforme a los últimos desarrollos tecnológicos y competir en productividad con el resto de empresas, obteniendo de esta forma plusganancias que no tienen que ver con una situación monopólica, sino con la reducción del tiempo de trabajo por debajo del tiempo socialmente necesario.

Por último, y como explicábamos arriba, la categoría de capital financiero es ajena en Marx, para quien el desarrollo del capitalismo supone un aumento de la división social y técnica del trabajo y no su simplificación bajo un poder unitario. Si bien el crédito, como promesa de valor futuro, ocupa un papel fundamental en el capitalismo actual y de hecho es un órgano de respiración artificial importantísimo a medida que se incrementa su disfuncionalidad, ello no ha otorgado a la banca el papel que le da Hilferding en su libro. Los capitales industriales son dependientes del crédito, pero independientes de las empresas de crédito específicas, gracias precisamente a que los capitalistas financieros también compiten entre sí por colocar sus préstamos. Además, lejos de desaparecer, el capital comercial adquiere una importancia creciente a medida que aumenta la productividad del capital y hay más mercancías que vender; de ahí el desarrollo de la publicidad desde inicios del siglo XX y la centralidad de la logística en las últimas décadas.

Si bien era comprensible pensarlo en la época, hoy en día, a 100 años vista, podemos comprobar que la economía no se encuentra controlada por un puñado de organizaciones dominadas por el capital financiero que escapan al determinismo del valor. Tenemos un buen ejemplo en el sector de las telecomunicaciones, que pasó en muchos países de un monopolio estatal a una liberalización con dos o tres grandes empresas que se repartían el mercado, y después a una multiplicación de compañías low-cost que llevan los últimos 10 años protagonizando una guerra de precios en el sector. Si miramos al sector tecnológico, gigantes multinacionales como Google, Microsoft o IBM ocupan buena parte de él, pero ello no impide la emergencia de nuevos actores que compiten contra ellos —con Silicon Valley como incubadora— ni situaciones de guerra abierta entre sí por el aumento de la productividad y el abaratamiento de costes, como estamos viendo en la carrera actual por el desarrollo de la inteligencia artificial o de la computación cuántica. Las fuerzas productivas no pueden detenerse en el capitalismo, porque son el resultado de la competencia y constituyen con ella la más íntima esencia del capital.

Parasitismo, naciones oprimidas y aristocracia obrera

Mientras que el libro de Hilferding tendría un impacto fundamental en toda la socialdemocracia, el de Hobson no fue muy conocido en el continente.[23] Hobson era un socialista liberal que rompió con la Sociedad Fabiana por su defensa del Imperio británico en la Segunda Guerra de los Boers. En Imperialismo: un estudio, afirmaba que el imperialismo se debía a un problema de subconsumo. En la medida en que los salarios de los trabajadores no permitían realizar todo el valor producido, se creaba un exceso de mercancías por vender y de capitales en busca de rentabilidad. Las colonias ofrecían nuevos mercados y destinos para exportar capital, y los grandes capitalistas industriales y de las finanzas —en artículos anteriores de Hobson, todos ellos judíos— habían corrompido el Estado para promover su política colonial, que no era un buen negocio para la nación. Así, el aumento de la deuda pública y los impuestos, la brutalidad de la dominación colonial y el militarismo no pararían hasta que no se promovieran mejores salarios para el proletariado nacional y el capital pudiera volver a casa. Mientras tanto, la metrópoli viviría a costa de sus colonias como un parásito, como en el Imperio romano la aristocracia y los proletarii vivían a costa de los esclavos y los tributos de las provincias orientales, y entraría en una profunda decadencia.

En su texto Lenin retoma estas ideas, pero explica los bajos salarios por la desproporción inherente al capital entre industria y agricultura, propia de su crecimiento desigual, y desecha así toda posibilidad de reforma. También reivindica de Hobson la idea del parasitismo propio del imperialismo, que Hilferding no incluye en su análisis. En la fase imperialista, que se caracteriza para Lenin por la exportación de capital frente a la fase librecambista en que se exportaban mercancías, se crea una «capa rentista» que tiene acciones en grandes empresas o les presta dinero, las cuales exportan su capital a países más pobres o a las colonias y explotan allí el trabajo a precios muy bajos. Al mismo tiempo, gracias a los superbeneficios de los monopolios se consigue «sobornar» a una capa superior del proletariado, la aristocracia obrera, de la que serían representantes los «oportunistas» de la II Internacional y que permitiría explicar la debacle de 1914. Así, la exportación de capital

imprime un sello de parasitismo a todo el país, que vive de la explotación del trabajo de unos cuantos países y de las colonias de ultramar. […] Por este motivo, la noción de “Estado rentista” (Rentnerstaat) o Estado usurario ha pasado a ser de uso común en las publicaciones económicas que abordan el imperialismo. El mundo ha quedado dividido entre un puñado de Estados usurarios y una vasta mayoría de Estados deudores.[24]

Nótese que, bajo esta concepción, el imperialismo deja de ser una característica mundial del capitalismo, para convertirse en el atributo de algunos Estados que, habiendo alcanzado la fase imperialista por el desarrollo de su capital nacional, ya no deben su prevalencia a la productividad del trabajo. De hecho, con el desarrollo de monopolios propio de esta fase «desaparecen en cierta medida los factores que estimulan el avance técnico», entrando en el estancamiento y la decadencia. Su predominio mundial se explica entonces por la acumulación pasada de capital, que les permite exportar esos capitales y “vivir de las rentas”, y por el monopolio y expolio de las colonias, sus recursos naturales y su mano de obra semiesclava, del que una parte de la población nacional viviría parasitariamente. No sería entonces la competitividad del capital lo que le da su posición sobre el mercado mundial, sino a la inversa, es su mano férrea sobre las colonias lo que le permite mantenerse a flote en la competencia, de ahí la necesidad de la guerra:

La posesión de colonias es lo único que le garantiza el éxito completo al monopolio en su pugna con los competidores, incluso en el caso de que éste quiera protegerse mediante una ley que establezca un monopolio del Estado. Cuanto más desarrollado está el capitalismo, cuanto más se hace sentir la escasez de materias primas, cuanto más cruda es la competencia y la búsqueda de fuentes de materias primas en todo el mundo, más encarnizada es la lucha por la posesión de colonias.[25]

En esta línea seguía también a Hilferding, para el que otra consecuencia importante de la tendencia al monopolio consistía en la exportación de capital y el dominio colonial. El capital financiero había transformado para Hilferding el papel de los aranceles. De ser una medida «educativa» para el capital nacional, de cara a protegerlo frente a la mayor productividad de los capitales extranjeros y permitir su desarrollo antes de lanzarlo a las arenas del mercado mundial, había pasado a ser una medida para que los monopolios nacionales pudieran elevar los precios artificialmente a costa del consumidor y de las empresas no monopólicas, obteniendo un beneficio por encima del ya conseguido mediante la cartelización. Aunque los cárteles no podían dejar de invertir del todo en los nuevos desarrollos tecnológicos si no querían que los outsiders se convirtieran en una amenaza, los aranceles suponían «un impedimento para el desarrollo de las fuerzas productivas y, con ello, para el de la industria, [al mismo tiempo que] para la clase de los capitalistas significa directamente un aumento de los beneficios». Por ello, en palabras de Lenin, que extrema los planteamientos de Hilferding a partir de la idea de parasitismo, «el monopolio capitalista engendra inevitablemente la tendencia al estancamiento y la decadencia».[26] Al mismo tiempo, las plusganancias monopólicas obtenidas por la regulación de los precios y los aranceles les impulsaban a ampliar la producción en el extranjero exportando capital, y les permitían aumentar su competitividad mediante el dumping, la venta de sus mercancías por debajo de los precios de producción.

Pero la exportación de capital requiere un control directo del territorio, a diferencia del intercambio comercial, para asegurar el retorno de sus ganancias. La conquista de las colonias queda explicada de esta forma, y en consecuencia la guerra se explica como pugna por las colonias. El capital financiero significa entonces imperialismo, aumento de la opresión nacional. En palabras de Lenin:

El imperialismo es la época del capital financiero y de los monopolios, que provocan en todas partes una tendencia a la dominación, y no a la libertad. Sea cual sea el régimen político, el resultado de esa tendencia es la reacción abierta y la extrema intensificación de las contradicciones en este campo. Particularmente se intensifica la opresión nacional y la tendencia a las anexiones, es decir, a la violación de la independencia nacional (pues la anexión no es más que la violación del derecho de las naciones a la autodeterminación). Hilferding señala bien la relación entre el imperialismo y la intensificación de la opresión nacional.[27]

De ahí que, a diferencia de Luxemburg como veremos más adelante, para Lenin siga siendo importante mantener el concepto de «guerra defensiva» en el vocabulario marxista, pese a sus consecuencias nefastas en 1914. El imperialismo implica la decadencia y el parasitismo de las naciones opresoras, donde se genera una aristocracia obrera que comparte el botín con su burguesía, mientras que alimenta los movimientos anticoloniales en las naciones oprimidas. Si el dominio de las naciones opresoras ya no se sustenta tanto en la productividad sobre el mercado mundial a partir de la explotación del proletariado, sino que descansa fundamentalmente sobre el expolio y la fuerza militar, entonces los procesos de descolonización harían tambalearse el poder de la burguesía en las metrópolis y abrirían una oportunidad para el asalto del proletariado. Bajo esa óptica, con una táctica y una estrategia correctas llevadas a cabo por un partido comunista con claridad y determinación, los intereses de los pueblos oprimidos y los del proletariado occidental se vincularían en una misma lucha común.

En esta serie de razonamientos, la lógica del valor brilla por su ausencia. El mercado mundial y la relación entre los Estados dejan de estar regidos por el funcionamiento impersonal y automático del valor, que en virtud de la competencia da el predominio a los capitales más productivos, y empiezan a estarlo por los monopolios, es decir, por la manipulación de los precios gracias a la situación de privilegio en que se encuentran las grandes corporaciones de algunos países, y por la cantidad de colonias para expoliar en su nómina. De la misma forma, el salario de la aristocracia obrera deja de ser la fracción del valor producido que sirve para reproducir la fuerza de trabajo, y empieza a tener una parte externa, no producida por el trabajador sino traída de fuera, por los beneficios de monopolio que se extraen de la explotación de otros países.

Para Lenin esto siempre fueron tendencias y no afirmaciones absolutas, puesto que el desarrollo desigual del capitalismo garantizaba que los monopolios convivieran con los capitales individuales en libre competencia —manteniendo las crisis económicas—, que las potencias no estuvieran satisfechas con la porción otorgada en el reparto del mundo —empujándolas a la guerra— y que la mano de obra de los países atrasados migrara hacia los países imperialistas —presionando así los salarios a la baja y armonizándolos con los del resto del mundo—. Era fundamental que así fuera, puesto que de lo contrario habría debido dar credibilidad a los revisionistas con el apaciguamiento de las contradicciones capitalistas y a la previsión de Kautsky de una fase superimperialista. Bien al contrario, el suyo era un texto de combate en medio de la batalla política por trazar claramente la separación entre los revolucionarios y el centro de la II Internacional, en un contexto en el que muchos compañeros como Trotsky, Luxemburg o Roland-Holst todavía eran favorables a compartir con el centro una misma organización.

En sus combates, como explicó en varias ocasiones, Lenin siempre torcía el bastón. Por eso es importante entender el contexto en que escribía sus textos y el propósito político con el que los escribía. En este caso, se trataba de afirmar de forma perentoria tanto el carácter estructural de la catástrofe capitalista —frente al centro y la derecha de la Internacional— como la madurez de la situación para la revolución comunista. Sin embargo, las dos ideas que se avanzaban aquí, la de un mundo repartido entre unos pocos Estados parásito y la de una aristocracia obrera que disfrutaba de su parte del botín, tendrían graves consecuencias en la claridad de los comunistas respecto a los movimientos de liberación nacional.[28]

Más allá de Lenin, la noción de aristocracia obrera estuvo muy presente en buena parte de la izquierda de la socialdemocracia en estos años. En el fondo, se trataba de una explicación intuitiva: la II Internacional había traicionado y el patriotismo había cundido en el proletariado porque el imperialismo les había beneficiado materialmente hasta que estalló la guerra. También era un buen recurso en la batalla contra el centro y la derecha, que habrían sido corrompidos y se habrían vendido por las migas del botín expoliado a las colonias. Por último, y como señalaba el propio Lenin en Imperialismo, encontraba apoyo en afirmaciones de Engels sobre el movimiento obrero inglés.[29] Sin embargo, ni hay base empírica para afirmar que las ganancias coloniales hubieran repercutido sensiblemente en la creación de empleo o el alza de salarios,[30] ni como decíamos se adecúa a la comprensión marxista de la economía capitalista, donde los salarios de los trabajadores corresponden a una parte del valor que producen ellos mismos y las diferencias de salario entre los distintos sectores y países tienden a correlacionarse con la productividad del trabajo, más allá de las oscilaciones de la oferta y la demanda en el mercado laboral. Sin lugar a dudas, el patriotismo y el racismo fueron elementos de cohesión interclasista en los momentos más altos de entusiasmo militarista y sin ellos no habría sido posible el inicio de la Primera Guerra Mundial, pero fueron más producto que factor de esta situación.

Si bien hubo una base material para el pasaje de la socialdemocracia al partido del orden burgués, esta no tenía nada que ver con el reparto del botín colonial. Como explicamos más arriba, las viejas tácticas del sindicalismo, de la lucha por derechos políticos y del parlamentarismo una vez que estos se habían conseguido, no manifestaron toda su potencia conservadora hasta que el capitalismo pudo ir más allá de un paradigma de explotación de plusvalor absoluto, y hasta que la burguesía no empezó a aprender que el diálogo social pagaba más que el enfrentamiento constante, con la Rerum novarum (1891) de León XIII como muestra de esta toma de conciencia. Como explicaba bien el propio Bernstein, estas tácticas impulsaban a una adhesión patriótica por un Estado que ya no sería de clase, sino benefactor de toda la nación. Por último, la separación entre programa máximo y programa mínimo, que era fundacional en la II Internacional desde el programa de Erfurt, facilitó que estas tácticas fueran extendiéndose como una metástasis —de la práctica a la teoría, del ser a la conciencia— por los partidos socialdemócratas. Pese a hablar también de aristocracia obrera en otro apartado, Gorter intuyó bien en El imperialismo, la guerra y la socialdemocracia (1914) la importancia de esta separación para explicar la debacle de la Internacional:

Pero esta Internacional, estos partidos nacionales no se preocuparon más que de los problemas nacionales y de los intereses a corto plazo de la clase obrera.

Todos los partidos nacionales se volcaron en los problemas de la legislación, del parlamentarismo, de las elecciones. Todos los sindicatos se lanzaron sobre la cuestión de los aumentos de salario y la disminución de la jornada de trabajo, sobre la protección social de sus adherentes, etc.

A decir verdad, tenían un programa perfectamente socialista nacido del genio de Marx.

Pero este programa no era sino teoría, propaganda común, pero no era acción.

En los partidos nacionales no se planteó nunca la pregunta: ¿capitalismo o socialismo, reforma o revolución?

La socialdemocracia no se había corrompido. No había traicionado. Simplemente se había ido transformando al caminar por el surco marcado por su propia práctica sindical y parlamentaria, hasta consumar su pasaje al campo de clase enemigo.

Por su parte, la idea de unos pocos Estados parásito que se repartían el mundo sería la base para la distinción entre naciones oprimidas y naciones opresoras, que vertebró la posición de la mayoría de la Internacional Comunista sobre la cuestión nacional y las luchas anticoloniales, como explicó Lenin en su Informe de la comisión para los problemas nacional y colonial (1920). Si bien en los primeros años de la IC se hizo énfasis en mantener la autonomía de clase y los intereses internacionales del proletariado como principios rectores de la estrategia comunista en las luchas anticoloniales, el apoyo a los movimientos de liberación nacional fue desde el mismo inicio muy problemático —baste recordar los llamamientos a la yihad contra el imperialismo por parte de Zinoviev en la Conferencia de Bakú (1920)— y sentaría las bases para la justificación estalinista de la política imperialista rusa hacia las luchas anticoloniales.

Imperialismo y expansión colonial

Pero más allá de la confusión con el nacionalismo que generaba esta estrategia y que facilitó la tarea posterior de la contrarrevolución, no puede sostenerse con argumentos marxistas que la conquista de las colonias, el expolio de sus recursos naturales y el sometimiento de sus poblaciones, fueran la base sobre la que se erigía el poderío de las potencias occidentales.[31] Al contrario, una vez que los brutales procesos de acumulación originaria tanto sobre el campesinado europeo como sobre la América precolombina y África occidental hubieron permitido al capitalismo dar sus primeros pasos, y que por una u otra vía se transformaron los viejos Estados absolutistas en una maquinaria apta para asegurar las condiciones de acumulación del capital en el territorio, el capitalismo comenzó a desarrollarse sobre sus propias bases: la reproducción ampliada de capital mediante la explotación creciente de la fuerza de trabajo y la pugna en el mercado mundial. Como explicábamos arriba, la ocupación de nuevos territorios era un procedimiento caro e ineficiente para las necesidades del capital, a las que se adecuaban más la política de “puertas abiertas” practicada hasta entonces por el librecambismo y el imperialismo de portaaviones aplicado a partir de la Segunda Guerra Mundial. ¿A qué se debió entonces la expansión colonial del último cuarto del siglo XIX y principios del siglo XX?

La explicación que le dio la mayor parte de la II Internacional a semejante cambio consistía en que el grado de concentración del capital había llevado a la formación d