Gramsci y la vía nacional al socialismo
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Introducción
¿Qué papel desempeñó verdaderamente Antonio Gramsci en el movimiento comunista de su época? Este texto trata de rescatar su auténtica figura desde un punto de vista político y teórico.
Vivimos tiempos convulsos y de cambios acelerados. El capitalismo está agotando la fuerza propulsora de su dinámica interna, la producción de valor que nace del trabajo vivo, y sus crisis son cada vez más catastróficas. Crisis económicas que vienen acompañadas por la crisis climática y por las guerras del capital. Todo ello dibuja un panorama no solo de cada vez mayores dificultades estructurales para el capitalismo, sino de revueltas y rebeliones que, aunque confusas, tratan de orientarse buscando respuestas que expliquen el porqué de la explotación y la opresión que vivimos. Revueltas que, si echamos la mirada atrás, por lo menos desde 2011, han atravesado numerosos países del mundo. Vivimos tiempos convulsos, tiempos interesantes, tiempos bisagra, entre una contrarrevolución que aún domina y una tendencia creciente a la polarización social que se expresa en la crisis del capital y las revueltas sociales.
¿Por qué esta introducción para hablar de Gramsci? Una de las expresiones de este cambio de época es el nacimiento de una nueva generación de jóvenes militantes que buscan instrumentos teóricos y políticos para luchar contra el mundo del capital. Y encuentran aquello que se les presenta inmediatamente y que tiene muchas veces que ver aún con la contrarrevolución que derrotó la oleada revolucionaria proletaria de 1917-1923. Por eso hemos escrito El estalinismo: bandera roja del capital. Lo haremos en un futuro también sobre el maoísmo, y ahora escribimos sobre Gramsci y las vías nacionales al socialismo.
¿Gramsci estalinista? ¿Gramsci contrarrevolucionario? Desde luego Gramsci se posiciona con la contrarrevolución desde un punto de vista programático, es decir, con el socialismo en un solo país. Desde un punto de vista político fue quien bolchevizó, quien sometió al Partido Comunista de Italia a las directivas de Moscú entre 1924-1926. Trataremos de explicar ampliamente esta trayectoria a lo largo del libro. Nos centraremos en aprehender, sobre todo, su lógica teórica y programática, más allá de las vicisitudes humanas de un personaje que, hablando a su favor, no se puede identificar moralmente con la doblez de un Togliatti, con la mediocridad intelectual de un Thällmann o con el carácter implacablemente contrarrevolucionario de Stalin[1].
No obstante, todo su andamiaje teórico, programático, político, tiene que ver con una mezcolanza de categorías idealistas burguesas y con algunos de los elementos fundantes de la contrarrevolución estalinista que hemos analizado en algunos de nuestros textos anteriormente[2].
Aunque Gramsci es un nombre de éxito, de éxito académico y político, este libro nuestro, por supuesto, no se ubica en los anaqueles académicos de los que realizan una lectura filológica del pensador sardo. No es nuestro terreno, un terreno que, por otro lado, despreciamos profundamente y que no nos pertenece, ni en el fondo pertenecía a lo mejor de lo que fue brevemente un compañero nuestro, siempre confuso, pero compañero, al fin y al cabo. Esas lecturas académicas, minuciosas, filológicas, siempre se olvidan de lo fundamental para entender este período histórico: la confrontación entre modos de producción, entre capitalismo y comunismo, como negación de todas las categorías del presente. Y, desde luego, tampoco pretendemos una reivindicación política de su figura. Toda la izquierda del capital tiene algo de gramsciana y, lo sentimos, eso no es casualidad: Desde los fundadores de Podemos en su versión nacional-comunista, Pablo Iglesias y compañía, a sus rivales errejonistas que, a partir de Laclau, hacen de Gramsci un filósofo performativo y peronista[3], pasando por aquellos que, hoy en día, quieren ver en la trayectoria de Lukács o Gramsci unas figuras más cómodas y amables para llamarse comunistas pero que, en realidad, siguen entroncando con la contrarrevolución y con su sentido programático, o incluso los trotskistas que, a partir de su oportunismo, reivindican la figura del pensador sardo, aunque éste criticara permanentemente la perspectiva de la revolución permanente de Trotsky a lo largo de toda su obra.
Nuestra visión no puede ser más opuesta. Para nosotros, es fundamental recuperar el hilo histórico del comunismo como movimiento real. Y, para ello, es esencial restituir la doctrina del materialismo histórico, del marxismo, en toda su plenitud al mismo tiempo que entendemos que el marxismo es ante todo una teoría sobre la contrarrevolución, como afirmó Amadeo Bordiga[4]. Y si es una teoría de la contrarrevolución es muy importante siempre, y hoy en día más, orientarse en la contrarrevolución. Porque no habrá renacimiento y reconstitución posible de un movimiento comunista auténtico si no logramos separar el hilo histórico de la revolución de su negación sistemática. Ninguna connivencia nominalista nos ayuda en ello, además. En nombre del comunismo se ha negado el sentido histórico de nuestra perspectiva, la de una sociedad sin clases y sin Estado, sin dinero ni naciones. Y es importante entender que Gramsci hace parte de estos negadores, aunque sea con peculiaridades que veremos.
Orientarse en la contrarrevolución y, también, en el hilo histórico del partido de la revolución comunista es imprescindible. Los debates de los años 20 son decisivos para conocer las posiciones de aquellos que, a contracorriente, defienden la perspectiva programática, estratégica y táctica del comunismo: como revolución mundial, independencia de clase, internacionalismo[5]. Y, en ello, la contribución de la izquierda italiana nos resulta decisiva y fundamental como hemos restituido en anteriores trabajos. En este sentido, no son casuales las discusiones, debates, enfrentamientos y, a veces, confluencias entre Gramsci (y sus compañeros de L’Ordine Nuovo) y la izquierda italiana. No nos referimos solo a la figura de Bordiga, sino a una corriente que iba más allá de las figuras individuales, que implicaba un método de trabajo y una defensa intransigente del programa y la teoría comunista. Como dijo Vercesi —Otorrino Perrone— en el decisivo III Congreso de Lyon del PCdI (el de su bolchevización nacional-comunista), Bordiga es quien mejor defiende las posiciones de la izquierda comunista, pero si las abandona las seguiremos defendiendo otros. Lo importante son las posiciones, en su acepción histórica, y no las personalidades que las defienden y las encarnan, lo que es un método orgánico adecuado para evitar uno de los señuelos de la contrarrevolución, el personalismo[6].
La figura de Antonio Gramsci se cruza continuamente en estos debates y discusiones por lo que restituiremos y defenderemos el significado de las críticas que la izquierda comunista ha realizado históricamente su figura política y teórica. Para ello, dividimos nuestro texto en cuatro partes, siguiendo para ello el esquema que, en cierta medida, han realizado los compañeros de n+1 en uno de sus trabajos semielaborados[7]:
- Los años de formación. En esta fase dedicada a la formación filosófica e intelectual de Gramsci veremos la importante influencia de la filosofía idealista y hegeliana de su época, ante todo la figura de Croce que será una referencia constante para él. Durante este período explicaremos el porqué de la breve pero significativa influencia de Mussolini sobre Gramsci, o su visión voluntarista del socialismo.
- Gramsci durante el Bienio Rosso (1919-1920). Son los años del comienzo de la relevancia política de Gramsci y un cierto uso del marxismo: la fundación de la publicación L’Ordine Nuovo y su participación y apología del movimiento de los consejos de fábrica de Turín durante los años 1919-1920. Esta segunda fase los compañeros de n+1 la incluyen en un tercer momento, la participación de Gramsci desde un punto de vista activo en el PCdI.
- Gramsci en el PCdI (1921-1926). Esta tercera fase hay que dividirla en dos partes: una primera, hasta 1923, donde Gramsci trabaja orgánicamente bajo la dirección del partido y de su mayoría de izquierdas, y una segunda cuando se transforma en la punta de lanza de la bolchevización del PCdI bajo el mandato de la Internacional Comunista (1924-1926), proceso que se hizo definitivo en el Congreso de Lyon de enero de 1926.
- Gramsci en las cárceles fascistas (1926-1937). Una última fase marcada por los Cuadernos de la cárcel (1926-1937), hasta que Gramsci muere con 46 años. Es el Gramsci más conocido y más esotérico. Trataremos de explicar el significado de conceptos y categorías como hegemonía, bloque histórico, revolución pasiva, intelectual orgánico, partido como príncipe moderno… Relacionaremos estas categorías con su método teórico y filosófico y con su significado político.
Para ello, hemos usado diferentes textos de Gramsci en español[8] e italiano. Pero también numerosas obras de la izquierda comunista que se encuentran en italiano[9] y, por desgracia, no se encuentran en español[10]. O textos posteriores, escritos pasado el calor de los acontecimientos, desde las posiciones de la izquierda comunista. Desde el trabajo de n+1 mencionado anteriormente o uno de Programma Comunista: Gramsci, il laboratorio della controrrivoluzione[11]o de Onorato Damen publicado por Battaglia Comunista[12]. Hemos usado, sobre todo por su utilidad, el trabajo de Christian Riechers: Gramsci e la ideologia del suo tempo. Riechers fue un compañero de origen alemán, ligado programáticamente a la izquierda comunista. Su libro es la crítica más sistemática y completa a la figura de Gramsci. Nos parece un trabajo fundamental. Lo hemos podido leer en italiano gracias a la edición que publicó Graphos en los años 90[13]. Historiadores académicos como Luigi Cortesi hicieron en su día un trabajo honesto de reconstrucción de la verdad frente a las mentiras de la historia del nacional-comunismo[14], a través de sus libros, pero también en la devolución de la palabra a antiguos militantes que entrevistó, como en el caso de Bruno Fortichiari[15].
La memoria que la contrarrevolución realiza de su pasado también es interesante. En los años 30, por supuesto, esa memoria era directamente asesina[16]. Los comunistas internacionalistas auténticos, eran tachados de fascistas, nazis, camorristas, mafiosos… Y asesinados por sicarios estalinistas, como en el caso de Mario Acquaviva y Fausto Atti[17].
En los años 60, la gangrena estalinista se deshizo de algunos de sus métodos y algunas de sus caras para mantener su esencia contrarrevolucionaria (el nacionalcomunismo y el interclasismo). Y eso hizo que se volviera de otro modo a la historia de los orígenes del PCdI: Bordiga ya no aparece como un camorrista mafioso al servicio de la Gestapo, sino como una personalidad fuerte, que sabía hacerse obedecer (Togliatti dixit) e incluso amar, le rectifica Berti. Aunque siempre es un sectario impenitente además de un doctrinario esquemático[18]. La contrarrevolución cambia de cara para continuar su labor. Este es el sentido de los libros de memoria y de las intervenciones de dirigentes del partido nacional-comunista desde los años 60, de los Togliatti, Berti o Terracini, y de su historiador oficial, Paolo Spriano[19].
Amadeo Bordiga dijo una vez que Turati, el líder del revisionismo italiano en el PSI, sabía más de marxismo que Gramsci. La frase parece una provocación, de aquellas que le gustaba hacer a Bordiga y, sin embargo, como trataremos de demostrar a lo largo de este trabajo, es una frase que sintetiza perfectamente la esencia del pensamiento de Gramsci: Croce + Maquiavelo, empleando el tipo de fórmulas que apreciaba el autor sardo. Es decir, una síntesis de idealismo historicista y de voluntarismo político. Eso es Gramsci. Algo muy ajeno teóricamente a la doctrina del materialismo histórico y a la crítica de la economía política.
I. Los años de formación
Gramsci nació en enero de 1891 en Ales, provincia de Cagliari (Cerdeña). Fue el cuarto de siete hijos. Su padre fue un funcionario del Estado que tendría problemas con la justicia acusado de corrupción, provocando su despedido y detención por las autoridades. Esto hizo más difícil la infancia de Gramsci que tuvo que trabajar desde los 11 años, hecho que hay que sumar a una caída cuando era un bebé que le causará una malformación de la columna vertebral. Esta malformación le acompañó toda su vida y estuvo en la base de una salud bastante frágil. A pesar de que perdió algún año en su formación escolar debido a que tuvo que ponerse a trabajar, Gramsci destacó desde bien temprano por sus habilidades intelectuales y también por sus gustos acerca de la filosofía idealista italiana (Croce, Salvemini). Obtuvo calificaciones máximas en el liceo que le permitieron obtener una beca para estudiar en la universidad.
Su traslado a la península y, en concreto, a Turín fue decisivo para todo su recorrido ulterior. En la Facultad de Letras coincide con dos personas que fueron muy importantes en su recorrido: Palmiro Togliatti y, sobre todo en ese momento, Angelo Tasca. Este último tenía una militancia más activa en la sección del PSI de Turín, una ciudad que además disponía de una de las concentraciones proletarias más importantes de Italia alrededor de las fábricas de la FIAT. Fue Tasca el que logró la adhesión de Gramsci al PSI en 1913 o principios de 1914. Aunque el sardo no era un militante activo —a diferencia de Angelo, que se había hecho ya conocer por su polémica en la juventud del Partido Socialista con Amadeo Bordiga, quien era ya una figura muy importante en la izquierda socialista. Ese debate que se visualiza en la revista L’Avvanguardia contrapone la visión culturalista de Tasca (fundamentada en la educación cultural y de conciencia de los jóvenes socialistas) a la intransigencia revolucionaria de Bordiga (lo que es esencial es la lucha de clases del proletariado, como formación de la juventud). Ya en la visión de Tasca aparece un aspecto que acompañará a Gramsci toda su vida militante: su culturalismo, es decir, la idea de que la filosofía y la cultura burguesa son esenciales para que el proletariado se constituya en clase, en clase nacional para los ordinovistas[20].
Más tarde aún se producirá la entrada en el PSI de Palmiro Togliatti. En cualquier caso, ni Gramsci ni Togliatti son muy activos en esa época en la sección local socialista, a diferencia de Tasca, que ya tiene un nombre, o, incluso, de Umberto Terracini. Lo que más destaca en la figura de Gramsci, en realidad, es su formación universitaria y sus intereses por los estudios. Fue muy influenciado por la filosofía idealista e historicista italiana, ante todo por Benedetto Croce, del que dirá en 1917 que «es el pensador europeo más grande» de su época[21]. Y por Gaettano Salvemini que publicaba el periódico L’Unità. Salvemini es miembro del Partido Socialista Italiano, del que será diputado, pero en realidad es un pensador con profundas raíces liberales y nacionalistas. Y Croce es un pensador idealista y liberal italiano que llegó a apoyar a Mussolini en el primer bienio de su mandato (1922-1924). Otra referencia gramsciana de la época es el futuro ministro fascista de Educación, el filósofo italiano Giovanni Gentile.
Nos interesa destacar estas referencias intelectuales de Gramsci porque acompañarán todo su recorrido vital, como se puede observar de modo claro en la lectura de sus Cuadernos de la cárcel. Para Gramsci, Benedetto Croce es una especie de Hegel italiano de la época, y lo que el materialismo histórico debería hacer con él es una operación análoga a lo que hizo Marx con Hegel. En realidad, se trata de pensadores que, en el clima intelectual burgués de la época, se contraponen al positivismo científico reivindicando el rol del espíritu y la conciencia, de las humanidades. Esta reivindicación de la voluntad, de la conciencia, de la creación humana en Gramsci se encontrará vinculada a su crítica no solo al materialismo mecanicista burgués, sino en el fondo al determinismo que se encuentra en la obra de Marx. Pero sobre esto volveremos más adelante, porque es una cuestión decisiva.
De momento, quedémonos en algo muy importante para nuestro propósito: la formación intelectual de Gramsci es la de un filósofo idealista (es decir, para el que la conciencia y la cultura son esenciales), y con fuertes raíces nacionales, italianas. Como dice Giuseppe Fiori, uno de sus biógrafos y partidarios más conocidos, acerca del grupo inicial del Ordine Nuovo:
De los cuatro, que al final de la guerra se encontrarán juntos en la redacción de L’Ordine Nuovo, solo Tasca y Terracini llevarán a cabo actividades políticas regulares, ambos en la rama de la juventud socialista. Gramsci, aunque menos empeñado [a semejanza de Togliatti se encontraba más absorbido por los estudios universitarios, como anotaba Tasca], se sentía muy cercano a estos coetáneos: en común tenían su atención viva a Croce, antipositivista y antimetafísico, a Salvemini, que continuaba su batalla contra las degeneraciones corporativistas del socialismo, y al joven jefe revolucionario, el director de L’Avanti Benito Mussolini.[22]
Habría que añadir también la figura de Prezzolini y su revista literaria y cultura La Voce, que además acercan a Gramsci y a sus amigos a la influencia filosófica de Bergson y política de Sorel. Es decir, una filosofía vitalista y una política marcada por el voluntarismo más extremo en el caso de Sorel y su mitificación de la violencia y la huelga de matriz sindicalista revolucionaria. Si observamos de manera un poco más atenta, es un tipo de formación no tan lejana a la de alguien como Benito Mussolini. En cualquier caso, es una formación que no tiene nada que ver con Marx ni con la crítica de la economía política.
Esta formación intelectual fue reforzada por sus profesores universitarios, algunos de los cuales aparecen posteriormente citados en sus Cuadernos de la cárcel. Profesores que le iniciarán en el marxismo, como el profesor Annibale Pastore que le dio incluso clases particulares; el lingüista Bartoli o Umberto Cosmo, especialista en Dante. La formación teórica y cultural de Gramsci, hasta 1917, está profundamente vinculada a la corriente dominante del pensamiento burgués, una formación idealista e historicista, vinculada al «gran pensador europeo» de su época, Benedetto Croce.
Fue en 1914 cuando Gramsci escribió su primer artículo importante: Neutralidad activa y operante, publicado en Il Grido del Popolo el 31 de octubre de 1914[23]. En realidad, el título evoca el que acababa de escribir Benito Mussolini en L’Avanti, periódico oficial del PSI del que era director: Dalla neutralità assoluta alla neutralità attiva ed operante. El artículo de Mussolini empezaba criticando la posición oficial del PSI acerca de la neutralidad en torno a la guerra, que había sido inicialmente la suya (ya que era el director del periódico y el líder de la izquierda socialista). La fórmula oficial del PSI fue acuñada por Lazzari: «ni adherir, ni sabotear». Posición que fue criticada desde la izquierda por Amadeo Bordiga y los compañeros de la corriente que se empezaba a delinear ya en torno a él: una crítica dirigida hacia el antibelicismo y el derrotismo revolucionario. La posición de Mussolini fue titubeante desde el inicio. En principio se adhirió a la posición oficial del PSI de neutralidad absoluta en relación a los dos bandos contendientes de la I Guerra Mundial. Pero rápidamente abrió las columnas de L’Avanti al debate entre los socialistas y escribió un artículo desde una lógica plenamente voluntarista y concretista:
De muchos indicios se deduce que el Partido Socialista Italiano no se “acostó” entre los cojines de una fórmula cómoda como la de la neutralidad absoluta. Cómodo, porque es negativo. Permite no pensar y esperar. Pero un Partido que quiere vivir en la historia y hacer historia, en la medida en que le está permitido, no puede someterse, so pena de suicidio, a una norma a la que se da el valor de dogma incuestionable o de ley eterna alejada de las férreas necesidades del espacio y del tiempo.
El partido, pues, tiene que actuar, ser parte activa de la Historia en todo momento, en todo instante. Eso significa, en el contexto de la I Guerra Mundial, ser parte de algunos de los contendientes de la contienda. Y dejar, por tanto, la comodidad del neutralismo. Hay que lanzarse de lleno en el fango de la guerra, de la guerra imperialista. Mussolini acompaña su reflexión del realismo típico de todos los burgueses y oportunistas. Su eco nos resulta familiar pues es invariante. Es típico de todos los oportunistas que acusan a los comunistas intransigentes de sectarios al defender una posición neta de derrotismo revolucionario y de esquematismo doctrinal. Es la misma posición de aquellos que defienden siempre un mal menor y, en la guerra actual en Ucrania, la necesidad de ubicarse con uno de los bandos capitalistas de la contienda. De este modo, Mussolini continúa:
Una neutralidad socialista que ignorara los posibles resultados de la guerra actual sería no sólo absurda sino un crimen. […] No podemos “embutirnos” en una fórmula si no queremos condenarnos al inmovilismo.
En otras palabras, debido al giro de los acontecimientos, el PSI debería haber jugado la carta de la participación sin aislarse; no caer en la trampa de salvar la “letra” del partido matando, como consecuencia, el “espíritu” del socialismo.
Este artículo causa la neta respuesta de Bordiga desde las páginas de Il Socialista en su texto Por el antimilitarismo activo y operante[24]. Muy distinta será la intervención de un joven sardo, apenas conocido, desde las páginas de Il Grido del Popolo, periódico socialista de Turín:
Y nosotros, socialistas italianos, nos plantearnos el problema siguiente: «¿Cuál debe ser la función del Partido Socialista italiano [téngase en cuenta, no del proletariado o del socialismo en general] en el presente momento de la vida italiana?» Porque el Partido Socialista, al que damos toda nuestra actividad, es también italiano, es decir, es la sección de la Internacional socialista que ha asumido la tarea de conquistar para la Internacional la nación italiana. Esta tarea suya inmediata, siempre actual, le confiere caracteres especiales, nacionales, que le obligan a asumir en la vida italiana una función específica y una responsabilidad suya. Es un Estado en potencia que va madurando, antagonista del Estado burgués, y que intenta en la lucha cotidiana con este último y en el desarrollo de su dialéctica interna crearse los órganos necesarios para superarlo y absorberlo. Y en el desarrollo de esa su función es autónomo, no depende de la Internacional sino por el objetivo supremo que hay que conseguir y por el carácter de clase que ha de presentar siempre esa lucha.[25]
La lógica conceptual es idéntica a la de Mussolini. Una perspectiva concretista e inmediatista, voluntarista y, ante todo, italiana. Se dibuja claramente un nacional-socialismo que es una constante en el pensamiento de Gramsci (excepto en el período en que trabajará bajo la dirección del PCdI en torno a la izquierda). Es él el que precisa claramente que el centro es Italia. El Partido Socialista es italiano, el proletariado es, ante todo, italiano. Es desde ahí que habla y piensa. Y es al proletariado italiano al que se dirige. El objetivo de la Internacional es conquistar la nación italiana —tarea que es siempre actual— hacia un Estado socialista[26]. Y es desde esta premisa italiana que los socialistas tienen que intervenir en la guerra. La lógica, en este momento, es confluyente con la de Mussolini. Más adelante Gramsci dice que lo que caracteriza a los revolucionarios es concebir la historia como creación del propio espíritu[27] para dar vida a la nación. Al final del texto habla del «caso Mussolini» y, tras el primer párrafo, se corta la edición en español[28]. En ese primer párrafo, Gramsci polemiza con a.t. (es decir, Angelo Tasca) que ha criticado en Il Grido del Popolo a Mussolini. Nos dice que hay que diferenciar al hombre Mussolini, con sus defectos de carácter, de lo que tiene de auténtico, de socialista italiano, de concretismo realista.
Y, a continuación, añade algo —que no aparece en la edición en español— sin que se den más explicaciones:
Pero equivocado está, en mi opinión, el núcleo del artículo de a.t. cuando Mussolini dice a la burguesía italiana: «Id donde os llamen vuestros destinos», es decir: «Si creéis que es vuestro deber hacer la guerra contra Austria, el proletariado no saboteará vuestra acción», no está renegando en absoluto de su actitud respecto a la guerra de Libia, que dio lugar a lo que a.t. llama «el mito negativo de la guerra». Cuando se habla de «sus destinos», se permite comprender aquellos destinos que, debido a la función histórica de la burguesía, culminan en la guerra, y ésta, por tanto, mantiene aún más intensamente, una vez adquirida la conciencia del proletariado, su carácter de antítesis irreductible con los destinos del proletariado. No un abrazo general quiere por tanto Mussolini, no una fusión de todos los partidos en una unanimidad nacional, pues entonces su posición sería antisocialista. Le gustaría que el proletariado, habiendo adquirido una clara conciencia de su fuerza de clase y de su potencial revolucionario, y reconociendo por el momento su propia inmadurez, tomara el timón del Estado (para hacer la […][29]) una disciplina ideal, y dejara actuar a aquellas fuerzas de la historia que el proletariado, no sintiéndose sustituido, considera más fuertes. Y sabotear una máquina (cuya neutralidad absoluta se reduce a un verdadero sabotaje, sabotaje aceptado además con entusiasmo por la clase dominante) no significa desde luego que esa máquina no sea perfecta y no sirva para algo. La posición de Mussolini tampoco excluye (de hecho, presupone) que el proletariado renuncie a su actitud antagónica y pueda, tras un fracaso o una impotencia demostrada de la clase dominante, deshacerse de ella y hacerse cargo de los asuntos públicos, si, al menos, he interpretado correctamente sus declaraciones, un tanto desordenadas, y las he desarrollado en la misma línea que él lo habría hecho. ¿Qué dirá el proletariado? No puedo imaginar un proletariado que sea como un mecanismo al que se le ha dado la cuerda con la llave de la neutralidad absoluta en julio y no se le puede parar en octubre sin que se rompa. Por el contrario, se trata de hombres que han demostrado, sobre todo en los últimos años, que poseen una agilidad de intelecto y una frescura de sensibilidad que la amorfa e indiferente masa burguesa está lejos de limitarse a olfatear. De una masa que ha demostrado que sabe muy bien asimilar y revivir los nuevos valores que el renacido Partido Socialista ha puesto en circulación. ¿O que tal vez nos asuste el trabajo que habría que hacer para que asumiera esta nueva tarea, que tal vez podría ser para él el principio del fin de su condición de alumno de la burguesía? En todo los casos, que la cómoda posición de absoluta neutralidad no nos haga olvidar la gravedad del momento, y no nos entreguemos ni por un instante a una contemplación demasiado ingenua y a una renuncia budista de nuestros derechos.
Gramsci nos dice que Mussolini, al no sabotear la guerra de la burguesía italiana contra Austria, no renuncia al socialismo y al antagonismo de clase, pues simplemente el proletariado debe reconocer su propia inmadurez y dejar actuar a la burguesía para que lleve a cabo sus destinos. Lo que nos interesa destacar es que más allá de la confusión del artículo y del redactado, la posición de Gramsci muestra una clara simpatía por Mussolini. En un Partido que, a pesar de su centrismo, expulsó inmediatamente a Mussolini del PSI en la sección de Milán. El Gramsci que nos aparece en este artículo es un intelectual italiano, nacionalista, en absoluto un marxista. Con una profunda voluntad de actuar, de hacer, hacer y hacer. Como dirá más adelante, durante la fundación de L’Ordine Nuovo, este será su lema y el de sus tres amigos, Tasca, Terracini y Togliatti. Nos parece importante resaltar este hecho no porque creamos en que un militante no pueda salir del fango de la izquierda del capital o de la ideología burguesa a secas. Lo resaltamos porque en realidad este tipo de enfoque y aproximación se encuentra siempre presente en Antonio Gramsci y, además, sintomáticamente, nunca volvió —y no era una cuestión de mero orgullo—, a realizar un balance de esta fase de su vida.
Tras este primer artículo, Gramsci fue apartado de la sección turinesa del PSI y se acercó a Mussolini, hasta al menos los primeros meses de 1915[30]. De hecho, manda un artículo sobre Cerdeña a la redacción de Il Popolo d’Italia, el nuevo periódico de Mussolini, texto que el futuro duce no acepta, aunque le pide que le siga mandando artículos. Es decir, existe, siguiendo la lógica de los artículos, una inicial confluencia entre ambos.
A lo largo de 1915, Gramsci se separa de Mussolini y vuelve lentamente a la sección de Turín del PSI. Comienza a colaborar con L’Avanti a través de una sección llamada Sotto la Mole[31] y, poco a poco, va girando hacia posiciones de izquierdas y contra la guerra. Aunque siempre desde posturas no marxistas, y desde el voluntarismo que le caracterizó siempre. De este modo, en 1916, en un artículo de Sotto la Mole del 13 de julio, escribe que «nosotros somos hijos de nosotros mismos porque hemos madurado en nosotros mismos nuestras experiencias. No tenemos una tradición seria que conservar, que enriquecer, que desarrollar; nada que se nos haya dejado en herencia y que cuente realmente algo. […] Somos viejos chavales, gente que nace con 80 años. […] Nuestra generación de viejos jóvenes es la que deberá realizar el socialismo»[32].
Vemos que sigue muy presente el adanismo de la concepción de Gramsci. No le debemos nada a nadie —excepto a la filosofía italiana idealista que es, en realidad, la que le ha formado. Todo es voluntad, deseo de realizar y crear (haremos el socialismo). Desde luego, lo que no existe es una relación doctrinal seria con el método y la concepción de Marx, que ni siquiera se le presenta como una referencia. Gramsci, finalmente y como escribe Riechers, está determinado por su idealismo liberal y nacionalista. Como hemos visto, el centro de su reflexión está constituida por la nación italiana y no por el proletariado mundial. Incluso llegó a escribir que el presidente norteamericano Wilson era «el símbolo vivo de la realización de la doctrina marxista en los países anglosajones», frase que es típica del socialismo burgués que ya Marx denunció en el Manifiesto de 1848. Es emblemática la existencia de un partido socialista de la época que ha contado entre sus dirigentes, antes de la guerra, con Mussolini, y que sigue contando en 1916 con personalidades como Gramsci. En febrero de 1917 publicará un pequeño periódico que contiene artículos suyos y fragmentos de sus filósofos favoritos (Croce, Salvemini…). Nos referimos a Città Futura. De este periódico, nos dice Fiori:
Completamente escrito por Gramsci; solo lo integraban fragmentos de textos de Gaetano Salvemini (en la segunda página, por «Cultura y laicidad», «volumen que todos los jóvenes deberían leer», advertía Gramsci en una nota), de Benedetto Croce (en tercera página, «La religión», extraído de La Crítica) y del gentiliano Armando Carlini (en tercera página, «¿Qué cosa es la vida?» del Inicio al estudio de la filosofía «que se aconseja vivamente de leer y meditar»): la elección de estos autores parece indicativa de una matriz cultural.[33]
Desde 1917 el proletariado empieza a moverse en Italia contra la guerra imperialista en Italia. En agosto se desencadena un fuerte movimiento insurreccional y de clase por parte de la clase obrera de Turín. El resultado de este motín contra la crisis económica y la guerra fue de 50 muertos entre los proletarios y 10 policías. También hubo 200 heridos y más de 1.000 detenidos, muchos de ellos en la sección socialista local. El descabezamiento de su equipo directivo hizo que por primera vez Gramsci tuviera responsabilidades de dirección. Será cooptado en la dirección local y nombrado responsable del periódico Il Grido del Popolo. En noviembre, participó como delegado de este rotativo en una reunión importante en Florencia, organizada por la Fracción Intransigente y Revolucionaria contra la guerra, en la que destacaron las intervenciones de Amadeo Bordiga en defensa del derrotismo revolucionario. Gramsci no intervino, a pesar de que la hagiografía posterior del PCI quiso hacer de esta reunión un momento de reconocimiento de su papel dirigente[34].
Es en este contexto, cuando empieza a militar de un modo más activo, que Gramsci escribe un artículo cuya fama ha llegado a nuestros días, como un ejemplo de marxismo cálido y creativo. Nos referimos a «La revolución contra El Capital» publicado en Il Grido del Popolo tras la Revolución de Octubre:
La revolución de los bolcheviques se compone más de ideologías que de hechos. (Por eso, en el fondo, nos importa poco saber más de cuanto ya sabemos). Es la revolución contra El Capital de Carlos Marx. El Capital de Marx era, en Rusia, el libro de los burgueses más que el de los proletarios. Era la demostración crítica de la necesidad ineluctable de que en Rusia se formase una burguesía, se iniciase una era capitalista, se instaurase una civilización de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera siquiera pensar en su insurrección, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución. Los hechos han superado las ideologías. Los hechos han reventado los esquemas críticos según los cuales la historia de Rusia hubiera debido desarrollarse según los cánones del materialismo histórico. Los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado.[35]
Vemos que Gramsci sigue preso de un esquema idealista, voluntarista, que rechaza explícitamente el marxismo y los cánones del materialismo histórico. La revolución son hechos, pura voluntad, que hace saltar los esquemas predefinidos. ¡Cuánta diferencia con los debates de la época en la izquierda de la II Internacional! Con las posiciones asumidas por Rosa Luxemburgo en su importante texto sobre la Huelga de masas[36], las intervenciones de Pannekoek, de Trotsky sobre 1905 y la revolución permanente, o de Lenin acerca de Las dos tácticas de la socialdemocracia rusa[37]. No comprende el carácter internacional del capitalismo de su época, tan encarcelado como está en la lógica nacional. El capitalismo es un sistema mundial que implica un desarrollo desigual y combinado, sus contradicciones son globales, al mismo tiempo que configura un proletariado mundial, una clase universal. Por eso, no se puede aislar la lucha del proletariado en un sentido nacional (pero sobre eso ya habían advertido Marx y Engels). Por eso, como le dijo Bordiga a Giuseppe Berti mientras se dirigían al II Congreso de la Internacional Comunista en 1920, la revolución rusa y la posición de los bolcheviques, hasta ese momento, se han adecuado a la doctrina de Marx. Esa es nuestra fortaleza como comunistas, nuestra vinculación al programa histórico del materialismo histórico, y no una victoria formal, contingente, como la del octubre ruso. Y Bordiga continúa: si alguna vez los bolcheviques se desviaran de nuestro programa, nuestra victoria no sería menos segura, pues lo importante es nuestra vinculación a nuestra doctrina y a nuestro programa. Esta discusión se le quedó grabada en la cabeza a Berti[38] décadas después y nos parece que resume muy bien aquello que nos acusan los contrarrevolucionarios de todo pelaje: un doctrinarismo esquemático. Y es que no entienden que nuestra teoría nace de categorías que consiguen representar la realidad en su complejidad global, como totalidad concreta, y de este modo poder trazar el recorrido posible de la emancipación posible de nuestra clase y especie.
Pero continuemos con el texto de Gramsci:
No obstante hay una ineluctabilidad incluso en estos acontecimientos y si los bolcheviques reniegan de algunas afirmaciones de El Capital, no reniegan el pensamiento inmanente, vivificador. No son marxistas, eso es todo; no han compilado en las obras del Maestro una doctrina exterior de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista, lo que no muere nunca, la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán, contaminado en Marx de incrustaciones positivistas y naturalistas. Y este pensamiento sitúa siempre como máximo factor de historia no los hecho económicos, en bruto, sino el hombre, la sociedad de los hombres, de los hombres que se acercan unos a otros, que se entienden entre sí, que desarrollan a través de estos contactos (civilidad) una voluntad social, colectiva, y comprenden los hechos económicos, los juzgan y los condicionan a su voluntad, hasta que esta deviene el motor de la economía, plasmadora de la realidad objetiva, que vive, se mueve y adquiere carácter de material telúrico en ebullición, canalizable allí donde a la voluntad place, como a ella place.
Los bolcheviques no son marxistas, eso es todo. El ladrón se cree que todos son de su condición. Lo importante es entender la naturaleza voluntarista, historicista, idealista de un pensador que solo ha tenido ligeros contactos con el marxismo a partir de su formación universitaria. Y con lecturas de Marx influenciadas desde esta perspectiva. Aparte de lecturas algo más canónicas para la época (el socialista y humanista Mondolfo o Labriola). Pero, sobre todo, Gramsci es un idealista. Alguien cuya lectura de Marx y de la sociedad se hace a través de los ojos de Croce, Gentile y Salvemini. Será de Gentile, el futuro ministro de Educación fascista, del que recogerá la fórmula de filosofía de la praxis, para sintetizar la teoría marxiana.
Gramsci no entiende, nunca lo hizo, que la única manera de apropiarse de la realidad concreta es como «síntesis de múltiples determinaciones abstractas»[39]. Su defensa del realismo concreto, de la importancia de actuar en las situaciones inmediatas, no es sino la mejor manera de reproducir las dinámicas y las lógicas del capital en la propia práctica. De hecho, hay una coherencia entre su concepción, la filosofía de la praxis, que da una primacía explicativa al comportamiento social y a cómo este es percibido por los sujetos, y su oportunismo político. La cita de más arriba nos parece que refleja muy bien el sentido de nuestras afirmaciones y nuestra crítica. Gramsci contrapone a la frialdad de los esquemas teóricos de El Capital —que son los únicos que nos permiten entender la realidad de la sociedad capitalista, en realidad— las acciones vivas de la gente, hechas en el contacto directo de los hombres, que se relacionan y miran entre sí, que crean juntos civilidad. Y que, de esa manera, pueden someter los hechos económicos y plasmarlos a su voluntad. Como dicen los compañeros de n+1, bajo estas premisas, Gramsci demostrará una profunda coherencia, en su incoherencia global y total con una perspectiva materialista y comunista de la emancipación humana.
No queremos alargar más esta parte de su formación inicial. Nos parece importante, sobre todo, entender lo que hemos dicho ahora para entender el contexto cultural e intelectual en el que se mueven los Cuadernos de la cárcel que han sido, de un modo tan exagerado, tratados como si fueran el principal texto de doctrina marxista del siglo XX. Cuando Gramsci, a decir de Bordiga, tenía poco que ver con el marxismo, menos que Turati.
Acabamos esta parte con un texto del mismo año y la misma época que La revolución contra “El Capital”. Tiene el significativo título de Nuestro Marx. Y, como no podía ser menos, con Marx tiene muy poco que ver. De hecho, para Gramsci todos son y somos marxistas. Somos marxistas, aunque no lo sepamos. El marxismo es solo el lema internacionalista (¡Proletarios de todos los países, uníos!) asumido de un modo genérico[40]. Y después, de lo que se trataba es de organizar y hacer propaganda de la idea. Estamos muy lejos de la lógica intransigente y sectaria que llevó a los bolcheviques y al resto de las izquierdas de la II Internacional a romper con la II Internacional. Y trataron de organizar y dirigir la oleada revolucionaria que ya estaba en curso. Es importante entender esta enorme confusión de Gramsci acerca de las tareas de la época para que podamos ver las debilidades del pensador sardo en los años 1919 y 1920, durante su etapa consigliarista[41]:
¿Somos marxistas? ¿Existen marxistas? Tú sola, estupidez, eres eterna. Esa cuestión resucitará probablemente estos días, con ocasión del centenario, y consumirá ríos de tinta y de estulticia. La vana cháchara y el bizantinismo son herencia inmarcesible de los hombres. Marx no ha escrito un pequeño credo, no es un mesías que hubiera dejado una ristra de parábolas cargadas de imperativos categóricos, de normas indiscutibles, absolutas, fuera de las categorías del tiempo y del espacio. Su único imperativo categórico, su única norma es: Proletarios de todo el mundo, uníos. Por tanto, la discriminación entre marxistas y no marxistas tendría que consistir en el deber de la organización y la propaganda, en el deber de organizarse y asociarse. Demasiado y demasiado poco: ¿Quién no sería marxista? Y, sin embargo, así son las cosas: todos son un poco marxistas sin saberlo.[42]
II. Gramsci durante el Bienio Rosso (1919-1920)
A partir de 1919, el pensamiento y la militancia de Antonio Gramsci se hacen más concretos, más reales, al contacto con la situación revolucionaria que se crea en Italia durante el Bienio Rojo (1919-1920) y, más en general, con la oleada revolucionaria de aquellos años. El 22 de diciembre de 1918 apareció en Nápoles Il Soviet, el periódico que agrupaba en toda Italia a los partidarios de la fracción comunista abstencionista. Se trata de una corriente en toda Italia que, de hecho, tenían la mayoría en la misma sección de Turín a través de dirigentes tan destacados como Giovanni Boero.
A finales de 1918, vuelven de la guerra Palmiro Togliatti[43], Angelo Tasca y Umberto Terracini y, con ellos, Gramsci funda L’Ordine Nuovo el 1 de mayo de 1919. L’ Ordine Nuovo (LON) se caracteriza por sus posiciones de defensa a ultranza de los consejos de fábrica y las comisiones internas dentro de éstas. Tuvieron una influencia y una participación exclusivamente dentro de la ciudad de Turín, relacionándose para ello con las luchas y las ocupaciones de los trabajadores de las fábricas de la ciudad piamontesa.
¿En qué consistían las posiciones del grupo LON y qué límites se vislumbraron ya en su momento?
En primer lugar, tenían una confusión entre los soviets y los consejos obreros alemanes y los consejos de fábrica en Italia. Este fue uno de los principales motivos de polémica entre la izquierda abstencionista en torno a Bordiga y los ordinovistas de Gramsci. Los soviets rusos o los räte alemanes no eran simplemente órganos vinculados a las fábricas y con una función exclusivamente económica. Los soviets tenían un carácter territorial, cuya influencia se extendía sobre todo un territorio local, lo que permitía que fueran órganos políticos, de lucha y preparación para la insurrección y toma del poder político por parte del proletariado. Ese tipo de funciones y realidades no se encontraban aún en Italia, pues los consejos de fábrica estaban encerrados en la lógica y bajo los muros de las empresas. Defender, como hacían los ordinovistas, el control obrero sobre la producción, sin llevar a cabo antes una insurrección revolucionaria, una toma del poder por parte del proletariado que impusiese su dictadura sobre el capital, implicaba que los obreros gestionasen el capital, su propia explotación. Ese es uno de los meollos de la crítica que la fracción abstencionista realiza contra los ordinovistas. Crítica que aparece muy bien reflejada, entre otros textos que podríamos citar, en un artículo de Amadeo Bordiga en Il Soviet, «Tomar la fábrica o tomar el poder». Bordiga sostiene, en primer lugar, que está creciendo el proceso de constitución del proletariado en clase, que ya no les vale con hacer huelga, sino que quieren dejar de ser explotados, empezar a trabajar para ellos mismos:
Estos últimos días, los obreros han entendido, y su acción para apoderarse de las fábricas, así como la continuación del trabajo en lugar de la huelga lo ha demostrado, que no querían parar el trabajo y que no querían trabajar como los patrones les decían. No quieren trabajar ya por cuenta de esos últimos, no quieren ya ser explotados, quieren trabajar para ellos mismos, o sea para el solo interés de los obreros.[44]
Pero hay que evitar que esta determinación positiva se transforme en una vía de salida errónea, en un sentido gestionista (es decir, de mera gestión de la producción capitalista por parte de los obreros):
Se dijo que donde existían consejos de fábrica, estos habían funcionado asumiendo la dirección de las fábricas y haciendo continuar el trabajo. No quisiéramos que la convicción de que, desarrollando la institución de los consejos de fábrica, sería posible tomar posesión de las fábricas y eliminar los capitalistas, pueda apoderarse de las masas. Sería la más peligrosa de las ilusiones. Las fábricas serán conquistadas por la clase de los trabajadores —y no por los obreros de la misma fábrica, lo cual sería fácil pero no comunista— solo cuando la clase trabajadora en su conjunto se haya apoderado del poder político. Sin esta conquista, la disipación de las ilusiones será efectuado por la Guardia Real, los Carabineros, etc., o sea por la máquina de opresión y de fuerza que posee la burguesía a través de su aparato político de poder.[45]
O sea, hacer que el trabajo funcione sin eliminar la propiedad privada capitalista y el control burgués sobre el Estado, solo sirve para que los trabajadores gestionen la propia explotación de un modo más directo. Mucho más, como en el caso italiano, cuando además la propiedad privada no había sido abolida y los obreros estaban gestionando una producción cuyos beneficios continuaban siendo privados. En cualquier caso, Bordiga identifica el corazón del problema: la empresa es una institución de la sociedad del capital. No se puede gestionar de un modo beneficioso para los obreros. Hay que abolir la misma lógica del capitalismo en su conjunto, y eso requiere una insurrección revolucionaria por parte de todo el proletariado que acabe con el dominio global de la burguesía sobre el Estado. O sea, la tarea del momento era la toma del poder, la revolución, la instauración de la dictadura del proletariado.
Y para esa tarea era fundamental que el proletariado crease su órgano específico de clase, el partido comunista:
Los intentos continuos y vanos de la masa trabajadora que se agota cotidianamente en esfuerzos parciales deben ser canalizados, fusionados, organizados en un solo, único, esfuerzo que mira a golpear directamente el corazón de la burguesía enemiga. Esta función no puede y no debe ser ejercida sino por un partido comunista, lo cual no debe tener otro objetivo, en la hora actual, que destinar toda su actividad a volver las masas trabajadoras siempre más conscientes de la necesidad de esta gran acción política siendo ella la sola vía por la cual se puede llegar directamente a la posesión de las fábricas y que, procediendo de otra manera, se esforzará en vano de conquistar.[46]
No existe para Bordiga —ni para la izquierda intransigente— una oposición entre clase y partido. El partido es un órgano de la clase, que es un producto de la lucha de ésta, de la creación de situaciones revolucionarias, y que desde ahí se puede transformar en un factor activo. Es decir, se puede convertir en ese catalizador que permita al proletariado ser cada vez más consciente de su acción política, de unificar todos sus intentos para golpear el corazón de la burguesía. Los soviets son el órgano de autoactividad y de participación unitaria del proletariado en la dictadura de clase, su aparición es índice de la situación revolucionaria, pero el partido es la aparición del órgano de clase que encarna el programa histórico del proletariado. Su función, la del partido, es fundamental para poder dibujar con claridad las tareas estratégicas del momento y llevar a cabo la dictadura del proletariado, que permite invertir realmente la praxis del proletariado contra el dominio de la burguesía.
Por eso, para la izquierda abstencionista de lo que se trataba era de luchar por la escisión dentro del Partido Socialista Italiano. Diferenciar de modo neto a los comunistas revolucionarios de la socialdemocracia. Esa tarea la planteó claramente la izquierda abstencionista en el XVI Congreso del PSI de octubre de 1919 en Bolonia, un momento donde el proceso revolucionario mundial e italiano estaba todavía en auge. Y, para ello, era esencial la claridad y homogeneidad programática. Sin embargo, la dirección del PSI en torno a Serrati, que formalmente era parte de la Internacional Comunista desde su II Congreso de 1919, se opuso tenazmente a cualquier ruptura que menoscabase la unidad del partido socialista. No querían expulsar al ala reformista y parlamentaria dirigida por Turati y Treves. Sintomáticamente, la posición de Gramsci y sus compañeros de LON estuvo en ese momento del lado de los maximalistas de Serrati y de su corriente. Ellos también estaban en contra de acelerar la fundación del Partido Comunista y de romper con el ala reformista del socialismo italiano.
En síntesis: los consejos de fábrica italianos no son soviets, o sea, organismos políticos y territoriales para la dictadura del proletariado. Aislados de una lucha revolucionaria por el poder que, además, requería el desarrollo de un partido de clase vinculado con claridad al programa histórico del comunismo, su destino era equívoco. Los consejos de fábrica, fetichizados, encerraban la lucha del proletariado en los muros de las fábricas. Del mismo modo que la lucha por ganar las elecciones parlamentarias —efectivamente el PSI ganó en 1919— encerraba al proletariado en los muros de la política parlamentaria. No era el momento ni de gestionar la producción capitalista, ni, desde luego, de ganar las elecciones; era el momento de impulsar la autoactividad del proletariado en el desarrollo de soviets auténticos hacia la toma del poder y, para ello, era fundamental la dirección del partido comunista. O sea, que el proletariado crease su órgano político específico, el partido[47].
Estas eran las premisas que había que ir desarrollando para que la situación revolucionaria creada desembocara en una revolución auténtica. Los partidos comunistas no nacen de la voluntad sino de situaciones revolucionarias marcadas por la polarización y la autoactividad social, pero sin su desarrollo no hay inversión posible de la praxis del proletariado y ésta sigue presa de las relaciones sociales capitalistas[48]. Y esto es lo que le sucedió al proletariado italiano. Las posiciones maximalistas de Serrati y el fetichismo de los consejos de fábrica por parte de Gramsci fueron uno de los factores que ayudaron a ello.
El esquema gramsciano de esta época, tal y como Bordiga explicó a principios de los años 50, se queda en una acción económica que impulsa la voluntad y la praxis, pero a un nivel puramente inmediato y corporativo —en ese sentido, tiene muchas analogías con el sindicalismo revolucionario. Por eso es incapaz de dar el salto general a una acción conjunta y global que permita la insurrección revolucionaria del conjunto del proletariado y que solo el partido de clase permite[49]. Este esquema quedará representado en la «Tabla V: Esquema voluntarista-inmediatista» de Teoría y acción en la doctrina marxista:

Como vemos, es el individuo del que parte todo, y a partir de sus tensiones físicas y empujes económicos se desarrolla la conciencia, la voluntad y la acción que, organizada en consejos de fábrica y partido electoral (en el caso de Gramsci) se constituye en clase, pero como una mera sumatoria de acciones inmediatas. De este modo, la clase nunca se constituye en clase para sí, por lo que no tiene ninguna orientación histórica de carácter revolucionario como explica el mismo Bordiga en su comentario a la tabla:
Típico de la visión corporativista pequeñoburguesa, por lo tanto, de formas oportunistas (proudhonismo, anarcosindicalismo, obrerismo, ordinovismo, socialismo de los consejos) y reformistas (laborismo, etc.); evidentemente encaja dentro de la concepción liberal de la que representa una variante. Aquí el individuo, siempre en la base del proceso, toma conciencia de los impulsos físicos y económicos que son el sustrato de su existencia: esta conciencia condiciona la voluntad, y ésta a su vez condiciona la acción. La organización económica y política resulta de la confluencia de las tomas de conciencia individuales: la clase es a su vez el resultado de la agregación y la puesta en red de las organizaciones inmediatas (es por tanto una noción divorciada de cualquier sentido de dirección histórica —nunca clase en sí y para sí en el sentido marxista de la expresión).[50]
Gramsci, en este sentido, tiene una visión gradualista del proceso de toma de conciencia. Y su concepción con respecto a los consejos obreros converge perfectamente con esta visión[51]. No se trata de lograr un salto revolucionario a través de la insurrección[52], sino que la conciencia avanza con instituciones previas (consejos de fábrica, comisiones internas dentro de ella). En ese sentido, el socialismo es la expresión de un orden nuevo que nace progresivamente de la sociedad capitalista. Acerca de este gradualismo Gramsci es muy claro en sus artículos en LON:
El Estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de vida social características de la clase obrera explotada. Relacionar esos institutos entre ellos, coordinarlos y subordinarlos en una jerarquía de competencias y de poderes, concentrarlos intensamente, aun respetando las necesarias autonomías y articulaciones, significa crear ya desde ahora una verdadera y propia democracia obrera en contraposición eficiente y activa con el Estado burgués, preparada ya desde ahora para sustituir al Estado burgués en todas sus funciones esenciales de gestión y de dominio del patrimonio nacional.[53]
Podemos entender, perfectamente, la pertinencia de la crítica de Bordiga leyendo esta cita de Gramsci. El proletariado crea ya su propia democracia obrera que sustituirá llegado el caso al Estado burgués y para ello implementará su Estado socialista. Dejando a un lado que Estado y socialismo son incompatibles (el socialismo es una sociedad sin clases y, por ende, sin Estado), el poder del proletariado se piensa ya interno a la sociedad del capital, nace gradual y progresivamente, de la simple relación y coordinación de las instituciones proletarias. Como decía Bordiga, en el artículo ya citado de Il Soviet, el problema no es la autoactividad de la clase sino su fetichismo. Es decir, si esa autoactividad se vincula con el sentido histórico y programático que tiene que adoptar la acción del proletariado, queda prisionera de la lógica del capitalismo. Y es eso, precisamente, lo que sucedió a lo largo de 1919-1920 en las ocupaciones de fábrica de marzo y abril de 1920 y en la huelga nacional de los metalúrgicos en septiembre de 1920.
Gramsci ha superado en esta época el culturalismo abstracto de Salvemini, pero sigue aún dentro de las categorías idealistas que marcarán toda su vida política e intelectual: para él, la conciencia de clase no nace de la negación del conjunto de las categorías del capital, sino de la gestión y el control obrero de la producción. De ahí que nos parezca pertinente definir como obrerista y gestionista su visión en esta época[54], que le llevará a apostar por que los obreros interioricen la realidad de la fábrica y del capitalismo a través de la disciplina:
También os corresponde velar por que se respeten en las secciones las reglas de trabajo fijadas por los sindicatos de oficio y aceptadas en los convenios, pues en este campo la más pequeña derogación de los principios establecidos puede a veces constituir una ofensa grave a los derechos y a la personalidad del obrero, cuyos defensores y custodios rígidos y tenaces seréis. Y como viviréis vosotros mismos constantemente entre los obreros y en el trabajo, podréis conocer las modificaciones que vaya siendo necesario introducir en los reglamentos, modificaciones impuestas por el progreso técnico de la producción y por la consciencia y la capacidad progresivas de los mismos trabajadores. De este modo irá constituyéndose una moral de fábrica, primer germen de la verdadera y efectiva legislación del trabajo, o sea, de las leyes que los productores elaborarán y se darán a sí mismos. Estamos seguros de que no se os esconde la importancia de este hecho, que es evidente para todos los obreros que han comprendido, con rapidez y entusiasmo, el valor y la significación de la obra que os proponéis hacer: empieza la intervención activa de las fuerzas mismas del trabajo en el campo técnico y en el de la disciplina.[55]
Imaginemos el contexto del artículo, septiembre de 1919, en plena oleada insurreccional en Italia y en el mundo. Gramsci no llama a romper los ordenamientos del capital, sino a que se respeten los reglamentos de los sindicatos y de los convenios con las empresas. Y, de hecho, el proletariado tiene que ser el custodio más celoso de estas ordenanzas, todo ello dirigido hacia la creación de una moral y disciplina de fábrica[56]. Vemos en este tipo de reflexiones que la lógica de Gramsci es evolucionista[57], como lo será a partir de 1924 por otra parte. Gramsci piensa las instituciones previas del poder de clase a partir de una noción donde «la historia es un perpetuo devenir, una creación nunca perfecta, un proceso dialéctico infinito»[58]. Las comisiones internas de los consejos de fábrica son un primer paso en este sentido, el esqueleto del futuro Estado socialista que será una coordinación de consejos de fábrica. Simplemente hay que sustituir la autoridad del patrón y encuadrar una nueva disciplina social de la que nace el socialismo.
Como el Estado obrero es un momento del proceso de desarrollo de la sociedad humana que tiende a identificar las relaciones de su convivencia política, con las relaciones técnicas de la producción industrial, el Estado obrero no se funda en circunscripciones territoriales, sino en las formaciones orgánicas de la producción: las fábricas, los astilleros, los arsenales, las minas, las factorías.[59]
El Estado obrero nacería, pues, del lugar de producción, como efectivo productor de la riqueza a partir de la coordinación de las distintas comisiones internas, como órganos de democracia obrera. Además, continúa presente en las reflexiones gramscianas su culturalismo, de modo que habría que integrar la democracia obrera en un órgano cultural superior que operase una reforma moral e intelectual —como afirmaba Croce—: una visión integral de la vida que conlleve una filosofía, una mística, una moral.
Gramsci piensa que pueden existir órganos de reconstrucción económica dentro del capitalismo que tengan un carácter de clase. Por el contrario, para Bordiga y la fracción intransigente lo esencial es el poder de clase de la burguesía y esto implica estimular la tendencia del proletariado a abatir el Estado burgués y asumir en sus manos el poder. Encerrar al proletariado en la fábrica sería algo fatal para Bordiga por los efectos dispersivos sobre la energía del proletariado. Hay que crear un partido no electoral pero tampoco técnico o administrativo, sino que niegue la sociedad del capital gracias a su solidez programática y táctica.
Sin embargo, la posición de Gramsci está marcada por una incomprensión de las categorías del capital y de la crítica de la economía política. Una justificación del capitalismo, pero sin patrones y capitalistas, que influirá en la toma de posiciones del proletariado de Turín en 1920. Así el Comité de Huelga de abril de 1920 escribe que «la economía nacional se encuentra agredida por los plutócratas, los nuevos ricos, los negociantes de la Banca y de la Bolsa». El problema sería la burguesía como parásita social, habría que defender las libertades y la producción nacional contra los capitalistas que arruinan Italia. Esta lógica nacionalista que identifica al proletariado como la clase nacional por excelencia, se encuentra también en algunos artículos de LON y volverá con fuerza a partir de 1924.
Gramsci no entiende, volviendo a su idea de una gestión obrera sin capitalistas, que las transformaciones del capitalismo de su época estaban expropiando al capitalista de su control sobre los instrumentos de producción como previamente había expropiado al proletariado. Gramsci opone su voluntarismo obrerista a esta dinámica de impersonalidad del capital como remedio a todos los males:
La clase obrera ha quedado como la única que en solitario ama el trabajo, ama la máquina.[60]
El punto de vista de Gramsci cree que basta con gestionar esa máquina para hacerla armónica a los intereses del proletariado. No se da cuenta que la máquina capitalista se identifica con una relación social que hay que destruir. Del mismo modo que existe un fetichismo de la mercancía, existe un fetichismo del capital y de la tecnología, subordinada a la lógica de autovalorización capitalista. Además, el punto de vista de Gramsci coincide con el obrero parcial (de ahí sus analogías con el proudhonismo, como destacaba Bordiga) y no con el obrero global, que es quien puede dirigir la producción hacia el comunismo, es decir, hacia la extinción de su carácter mercantil.
Gramsci identifica consejos de fábrica y soviets, como ya hemos visto, por su obrerismo y porque disuelve el Estado en la fábrica universal (proudhonismo). Toda su visión del proletariado se basa, como ya hemos señalado, en el obrero parcial, en el trabajo concreto. Puede fetichizar e idealizar la situación del proletariado, pues no existe ningún manejo de las categorías críticas de Marx sobre el valor y la mercancía, por lo que acaba naturalizando el sistema de producción e intercambio capitalista, reduciendo el problema a la inexistencia de un control obrero de la producción nacional. Y es que los consejos son instituciones que se adhieren al proceso de producción y que los trabajadores crean para gobernar la producción en su propio beneficio. Y esto, como ya hemos visto, antes de conquistar el poder político:
[El proletariado italiano] es la única fuerza que representa los intereses de la nación italiana en el cuadro de la libertad y la cooperación internacional. La clase obrera ha demostrado que sabe gobernar industrialmente, ha demostrado que quiere salvar la producción contra la voluntad de destrucción de los industriales […] es hoy la única fuerza nacional que puede salvar a Italia del abismo en el que la han arrojado los hombres de los días radiantes y los capitalistas ávidos solo del enriquec
