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Arco histórico Teoría

Oportunismo y frente único

Inauguracion-del-II-Congreso-de-la-Internacional-Comunista-Isaak-Brodsky-1924

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En este texto continuamos la reflexión que iniciamos en nuestro anterior ensayo sobre los partidos de masas y en una contribución anterior como la de El pasado de nuestro ser. Como veíamos, la táctica del partido de masas deslizó a la naciente Tercera Internacional por el camino del oportunismo político. Los límites de la Segunda Internacional, que habían sido previamente combatidos, volvían a entrar por la ventana en nombre de la perspectiva de que era necesario obtener la mayoría de la clase obrera para que estallara el proceso revolucionario. La táctica de conquista de las masas y de fusión con las alas izquierdas de la socialdemocracia fue acompañada desde el III Congreso de la Internacional Comunista por la del frente único con la socialdemocracia. La socialdemocracia era caracterizada como el “ala derecha del movimiento obrero”. A todo esto se unió la táctica del Gobierno Obrero, a partir del IV Congreso de la Internacional, como fase previa a la dictadura del proletariado. Es decir, la táctica de gobiernos de coalición entre comunistas y socialdemócratas en el marco de Estados burgueses.

Este tipo de tácticas tienen un marcado carácter oportunista, como analizaremos con detenimiento en este texto. De este modo, ayudarán a la transformación en un sentido contrarrevolucionario de la Internacional Comunista desde finales de los años 20. Sin embargo, es importante marcar las diferencias entre el oportunismo y la contrarrevolución. El oportunismo es una caracterización de organizaciones y militantes que aún hacen parte de un campo de clase. Obviamente, el oportunismo favorece la afirmación de las posiciones contrarrevolucionarias y dificulta el retorno a posiciones comunistas y revolucionarias intransigentes. Pero una cosa no es igual a la otra, oportunismo no es ya contrarrevolución. Se es oportunista en relación a las posiciones y al campo de clase al que se pertenece. Un ejemplo nos parece muy claro en este sentido, estamos hablando de Trotsky. Su oportunismo político no le impidió dar una batalla de clase frente a la afirmación de la contrarrevolución revestida de rojo, ya sea en la lucha dentro de Rusia con la Oposición de Izquierdas que a nivel internacional para combatir las políticas de la Komintern de alianza con la burguesía progresista. Estas fueron políticas criminales que llevaron a las derrotas proletarias en Inglaterra y China ya desde los años 20 del siglo pasado. Ahora bien, ese oportunismo limitó enormemente el tipo de combate político que Trotsky hizo contra el curso contrarrevolucionario de los partidos “comunistas” oficiales y de Rusia como vector central de dicha contrarrevolución. Parte de estos límites tenían que ver con cómo Trotsky recogía la táctica del frente único y el gobierno obrero junto a las reivindicaciones transitorias de esos primeros congresos de la Internacional Comunista, haciendo pasar a la socialdemocracia y posteriormente al nacionalcomunismo como sectores oportunistas del movimiento obrero. No visualizar a estas corrientes como directamente burguesas y contrarrevolucionarias fue un error fatal para Trotsky y posteriormente para el trotskismo. De este modo, el trotskismo cruzará las líneas de clase durante la II Guerra Mundial. Pasando a ser una fuerza del capital durante la II Guerra Mundial por su apoyo a las resistencias nacionales y a uno de los campos imperialistas durante la II Guerra Mundial.

La socialización del capital integrará las organizaciones masivas del movimiento obrero en la primera mitad del siglo XX. Primero lo hará con la socialdemocracia en 1914 como fecha simbólica, y luego con los partidos “comunistas” desde finales de los años 20. La contrarrevolución se imponía a partir de la derrota del movimiento obrero revolucionario. La integración, como veíamos en el texto anterior, no fue casualidad. Las metamorfosis del capital, su tendencia a colonizar todos los aspectos de la vida social, provocó que las organizaciones y tácticas que el movimiento obrero se había dado durante el período de la II Internacional se integraran en la reproducción del capital. El reformismo se transformaba en conformismo con el capital. Las organizaciones de clase se convertían en izquierda del capital.

De lo dicho anteriormente se desprende que esos grandes partidos “comunistas” de masas, que se crean en esa época que va desde los años 30 a los 50 del siglo XX, no son organizaciones de clase obrera. De hecho, lo anterior es una obviedad para cualquier revolucionario internacionalista del período. Una obviedad que estaba tejida con las políticas de la Komintern al servicio del Estado ruso y su acumulación de capital, a partir de la organización de las derrotas proletarias en todas partes y en la tortura y asesinato de revolucionarios e internacionalistas. Esos grandes partidos de masas no fueron sino uno de los vectores más poderosos que explican el predominio de la contrarrevolución durante esas décadas que se transformaron en la medianoche en el siglo para el proletariado revolucionario. Son organizaciones brutalmente contrarrevolucionarias y burguesas cuya fuerza se ha erosionado de modo decisivo hoy en día.

Cuando los trotskistas, después de la II Guerra Mundial, llamaban al frente único con la socialdemocracia y con los nacionalcomunistas no solo vivían en un mundo de ensueños, que no reconocía la naturaleza burguesa de estas organizaciones, sino que se integraron ellos mismos como la pata izquierda de estas organizaciones burguesas y contrarrevolucionarias. Se transformaron en los consejeros (inútiles) que señalaban a los líderes contrarrevolucionarios del movimiento obrero lo que tenían que hacer: Mandel a Tito, Pablo a Ben Bella, Moreno a Perón o Maitan a Mao por poner solo unos pocos ejemplos[1].

Las tácticas oportunistas de inicios de los años 20 sonaban de un modo muy diferente treinta años después. Y no podía ser de otro modo. Enormes cataclismos contrarrevolucionarios habían atravesado esos años: fascismo y nazismo, estalinismo, II Guerra Mundial, socialización democrática… La derrota del movimiento obrero había sido total. Las tareas del momento eran hacer un balance de las derrotas del pasado para preparar los asaltos proletarios futuros una vez que la contrarrevolución empezara a erosionarse.

Pero vayamos a los orígenes de todo esto. ¿Cómo empezó la política oportunista de la Internacional Comunista?

El III Congreso de la Internacional

Previamente a la implementación explícita del llamado frente único proletario, tiene lugar la asunción de las Tesis sobre la Táctica redactadas en el III Congreso de la Internacional Comunista entre el 22 de junio y el 12 de julio de 1921. Las premisas de las Tesis sobre la Táctica parten de algo que todos los compañeros de la época reconocían: la oleada revolucionaria internacional que estalló en 1917 se encontraba en un reflujo en el año 1921. El capitalismo no había sido derrocado aún frente a las creencias más optimistas que se daban en los primeros congresos de la Internacional. A partir de ahí, surgen las diferencias sobre qué tácticas seguir entre el centro y la dirección de la Internacional Comunista y las izquierdas comunistas. Lo que proponen estas Tesis, trabajadas por la delegación rusa del Congreso y con un papel principal de Lenin en su redacción y contenidos, es la necesidad de ir a las masas y conquistar la mayoría de la clase obrera antes del estallido revolucionario. Todo ello para permitir que la revolución tenga lugar. En este sentido, y al inicio de las Tesis, se ponen como ejemplos positivos, a seguir, los partidos más oportunistas de la Internacional, como el checo, el alemán o el francés. Lo decisivo sería:

«El problema más importante de la Internacional Comunista en la actualidad es la conquista de la influencia preponderante sobre la mayoría de la clase obrera y la inclusión en el combate de las fracciones decisivas de esta clase.»

Obviamente la posición de la izquierda comunista italiana nunca fue defender que la revolución comunista fuera obra de una minoría de conspiradores blanquistas, que con unos pocos dirigentes devotos de la revolución lograrán el triunfo de esta. La izquierda comunista siempre ha estado en las antípodas de esas visiones conspirativas que vienen muy bien representadas por Bakunin. Éste, en su Programa de la Hermandad Internacional de 1869, proponía una especie de Estado Mayor revolucionario compuesto de individuos dedicados, enérgicos y amigos sinceros del pueblo. Añadía que no había necesidad de una gran cantidad de hombres como éstos. Doscientos o trescientos revolucionarios fuertes y decididos son suficientes para la organización del país más grande[2].

Como comunistas siempre hemos entendido que el desarrollo de la revolución implica el protagonismo creativo de la inmensa mayoría del proletariado que conecta, alimenta y es dirigido hacia el comunismo por el partido de clase comunista. Este último es un órgano de la clase proletaria en movimiento, un producto de la lucha de clases del proletariado y un factor que permite que esta se dirija hacia el comunismo gracias a su intervención consciente. O sea que las diferencias nunca estuvieron en la importancia de las masas y de que estas participen con un rol mayoritario en el proceso revolucionario, sino más bien en cómo se da este proceso. Para la mayoría de la III Internacional, ya desde este Congreso y de modo cada vez más acusado desde entonces y hasta la degeneración definitiva, era necesario protagonizar una flexibilidad táctica que permitiera alcanzar esta mayoría antes del proceso revolucionario. Mientras que, para la izquierda comunista italiana, con rigor marxista y comunista desde nuestro punto de vista, la revolución es un proceso de flujos y reflujos que hay que analizar más allá de la fotografía del momento. Las derrotas provisionales del momento se debían resolver y afrontar con las nuevas embestidas que la energía de la lucha de clases y la polarización social en curso iban a permitir. Y, de hecho, esa energía social no se perdió en los años venideros, hasta que la contrarrevolución acabó por aplastar la energía social que dirigía al proletariado hacia la búsqueda de su autonomía de clase y la revolución comunista. Esta energía se mantuvo a nivel mundial hasta 1927. La derrota de la Revolución china junto a la afirmación del socialismo en un solo país fueron dos elementos decisivos para que se clausurara el período revolucionario que cuestionó como nunca el capitalismo mundial.

La dirección de la Internacional, en lugar de esperar, propuso acortar los plazos. Realizar medidas tácticas flexibles que acercaran a las masas del momento, en un momento de reflujo, a los partidos comunistas. Para que estos lograran alcanzar la hegemonía política e ideológica de la mayoría de la clase obrera en esas circunstancias era muy importante salir del estado “sectario” y minoritario de los partidos comunistas, y usar todas las plataformas que los Estados burgueses democráticos concediesen:

«Ya durante su primer año de existencia, la Internacional Comunista repudió las tendencias sectarias ordenando a los partidos afiliados, por más pequeños que fuesen, que colaboraran en los sindicatos, participasen en ellos a fin de vencer a su burocracia reaccionaria desde dentro y de transformarlos en organizaciones revolucionarias de las masas proletarias, instrumentos de combate. Desde su primer año de existencia, la Internacional Comunista prescribió a los partidos comunistas que no se cerraran en círculos de propaganda sino que pusieran a disposición de la formación y la organización del proletariado todas las posibilidades que la constitución del Estado burgués está obligada a brindarles: libertad de prensa, libertad de reunión y de asociación y las instituciones parlamentarias burguesas, por más lamentables que sean, para hacer de ellas armas, tribunas, plazas de armas del comunismo . En su II congreso, la Internacional Comunista, en sus resoluciones sobre la cuestión sindical y sobre la utilización del parlamentarismo, repudió abiertamente todas las tendencias sectarias.»

Es decir, se trataba de profundizar en las posiciones oportunistas manifestadas ya por Lenin en su libro: La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo. Este texto estuvo dirigido contra la izquierda comunista, en especial la germano-holandesa, y fue magistralmente contestado por Pannekoek en su texto sobre Revolución mundial y táctica comunista[3].

Como se ve claramente de la cita anterior, se trataba de colocarse en el terreno del movimiento de masas existente. Un movimiento que seguía dominado en sectores importantes de él por la ideología socialdemócrata. De ahí que, para ser escuchado, y poder interactuar con él, había que buscarlo ahí donde fuera necesario. En los sindicatos reaccionarios dominados por la burocracia, para convertirlos en instrumentos de combate proletario; en los parlamentos para hacer de estos tribunos de parlamentarios comunistas; y usar a favor de los comunistas las libertades y los derechos políticos y democráticos que las burguesías concedían en los países capitalistas avanzados. No se puede usar un instrumento para un fin diferente que para el que está hecho. La función determina el órgano.

El desarrollo de un proceso revolucionario en Europa occidental, y en todas partes, requería romper con la ideología democrática y sus principios rectores; con la socialdemocracia como corriente burguesa dentro del movimiento obrero; con el parlamentarismo como instrumento que falseaba en un terreno mistificado la lucha del proletariado; con los sindicatos como instituciones que, como advertía la izquierda germano-holandesa, habían sido decisivos en encuadrar al proletariado en la guerra imperialista y cortaban la vinculación de las luchas inmediatas con los intereses generales e históricos del proletariado en un sentido comunista. De este modo, la táctica de la Internacional Comunista no acercaba a la mayoría del proletariado a las posiciones comunistas, sino que acercaba a los comunistas a la confusión oportunista de las masas. Es decir, iniciaba un proceso de revisionismo estratégico que iremos analizando y explicando en estas páginas.

Este oportunismo se justificaba a partir de la necesidad de asumir un sistema de reivindicaciones ante el proletariado que los comunistas deberían defender. Reivindicaciones que, aunque se colocaran aún en un terreno burgués, permitirían que su defensa global destruyera el poder de la burguesía. Y es que para los redactores de estas Tesis de lo que se trata es de que la lógica de las reivindicaciones ayude a que las masas se pongan en movimiento. Y que, aunque estas no se coloquen aún en el terreno consciente de la dictadura del proletariado, el automatismo que se presupone a la conciencia en lucha del proletariado le llevará finalmente a combatir contra toda la burguesía y contra el aparato del Estado burgués, hasta llegar a ver en la socialdemocracia finalmente el enemigo que sería realmente. Esta lógica de programa, de reivindicaciones transitorias, que quiere crear un puente, un camino, entre la conciencia reformista del proletariado y el desarrollo de una conciencia comunista de defensa del programa máximo del proletariado, es lo que después desarrollará Trotsky en 1938 en su Programa de Transición.

Obviamente, sabemos que nadie lucha de modo inmediato por un objetivo genérico. El proletariado en lucha no empieza luchando por el comunismo como un ideal abstracto. Se lucha por objetivos inmediatos que, al entrar en contradicción con las relaciones sociales de producción capitalista, permiten avanzar en los contenidos generales de la lucha y en la extensión de los objetivos y de las fuerzas proletarias en combate. En realidad, este nunca fue el debate. Lo que se cuestiona es que ese pasaje de objetivos inmediatos a objetivos generales por el comunismo se pueda dar a partir de la limitada experiencia de lucha que se alcanza en un momento histórico de reflujo y de paz social. Lo que se cuestiona es el automatismo en el avance de la conciencia que permitiría toda lucha, en cualquier momento, si cuenta con el adecuado plan de lucha y con la dirección política correcta y no sectaria. Para nosotros, el avance en el desarrollo de la conciencia de clase, que una los intereses inmediatos de la lucha con los objetivos históricos del proletariado hacia el comunismo, no consiste, en primer lugar, en un plan de reivindicaciones. Se trata del terreno fértil, o no, que permita el momento histórico y las relaciones de fuerza entre las clases. No se crean a voluntad esos terrenos y esos períodos históricos. Y eso nos parece algo básico para la concepción materialista de la historia. Se interviene sobre esas situaciones una vez que se dan. Y, desde luego, un periodo histórico de polarización social, en que el ambiente social se encuentra electrizado, ionizado, permite pasar rápidamente de unas reivindicaciones a otras, unir las peticiones inmediatas a un objetivo histórico de derrocamiento del poder de la burguesía y de su Estado. Pero como señalaron nuestros compañeros de esa época, ese no era el período. El período, y en eso todos estaban de acuerdo, era de reflujo. De ahí lo ilusorio de creer, como pensaba la dirección de la Internacional, que se podía revertir la situación a golpe de táctica:

«Los obreros que luchan por sus reivindicaciones parciales son llevados automáticamente a combatir a toda la burguesía y a su aparato del Estado (…). La naturaleza revolucionaria de la época actual consiste precisamente en que las condiciones de existencia más modestas de las masas obreras son incompatibles con la existencia de la sociedad capitalista, y que por esta razón la propia lucha por las reivindicaciones más modestas adquiere las proporciones de una lucha por el comunismo (…). El carácter del período de transición convierte en un deber para todos los partidos comunistas la tarea de elevar al más alto grado su espíritu de combatividad cada combate aislado puede culminar en un combate por el poder.»

Cuando obviamente se comprobó que los automatismos no eran tales, la lógica de las reivindicaciones transitorias fue llevada a sus conclusiones lógicas. De lo que se trataba era de usar de un modo flexible la táctica comunista. Un uso flexible que permitiera ir a las masas y vincularse a ellas, a su nivel de conciencia mayoritaria que era socialdemócrata. Para ello había que dejar al lado, o no poner de manifiesto de un modo demasiado claro, lo que nos definía como comunistas frente a la socialdemocracia. Una izquierda burguesa que, de repente, ya no era burguesa, sino que se convertía en el ala derechista del movimiento obrero. Se había dado una nueva vuelta de tuerca que nos conduciría primero hacia la táctica del frente único proletario y, finalmente, a la perspectiva del gobierno obrero. Sigamos avanzando en esta historia de retrocesos.

La Carta abierta de Paul Levi

El III Congreso de la Internacional Comunista fue precedido en este giro táctico por la Carta Abierta que redactó el 8 de enero de 1921 Paul Levi junto a Karl Radek. El significado profundo de este giro táctico, la subalternidad a las estructuras políticas e ideológicas de la izquierda del capital, ya había sido anticipada aquí. En este texto, publicado en el periódico del VKPD (Partido Comunista Alemán Unificado)[4] se llamaba al resto de organizaciones “obreras” a una acción común en defensa de las mejoras económicas y sociales urgentes del proletariado. Se dejaban al margen las “diferencias doctrinales” en nombre de lo que se debería tener en común: la defensa de los intereses inmediatos del proletariado. Si los sindicatos o el SPD se negaban a colaborar en esa acción unitaria, se pensaba que se revelaría de manera clara el carácter contrarrevolucionario de su actuar al proletariado. No hacía falta desvelar este hecho a través de la propaganda, sino que el proletariado se daría cuenta de esta realidad por medio de su experiencia.

Se planteaba entonces un plan conjunto de combate en torno a las mejoras salariales y a la protección social del proletariado, a la reducción del coste de la vida y la lucha contra la inflación, al control de la producción y la agricultura y al desarme y disolución de las organizaciones paramilitares burguesas y la creación de organizaciones de autodefensa obreras. El VKPD:

«Al proponer esta base de acción, no ocultamos que estas demandas no eliminarán por sí mismas la pobreza de las masas. Sin renunciar nunca a la lucha por la idea de la dictadura del proletariado —el único camino hacia la liberación—, el VKPD está listo para trabajar con otros partidos proletarios en acciones conjuntas encaminadas a lograr estas demandas.

Preguntamos a las organizaciones a las que nos dirigimos: ¿Consideran correctas estas demandas? ¿Están dispuestas a luchar junto a nosotros con el máximo rigor para alcanzarlas?»

Es decir, si bien el VKPD no ocultaba en el aspecto doctrinal que luchaba por la dictadura del proletariado, todo su plan de lucha táctico iba en un sentido opuesto. Esta era la crítica que las izquierdas comunistas realizaron a la táctica del frente único político. Los comunistas y los socialdemócratas caminábamos en sentidos históricos opuestos. Uno dentro del mundo del capital, el otro desde la perspectiva de la lucha por el comunismo integral. Al proponer una coordinación política, este hecho quedaba difuminado. Se les concedía a la socialdemocracia y a sus sindicatos un papel proletario, de compañeros de lucha, que no tenían ya. Todo esto obviamente desorientaba a los obreros comunistas, pero también al proletariado dominado aún por parte de la socialdemocracia. Un proletariado que veía legitimada por parte de los comunistas a la dirección socialdemócrata. Según la nueva doctrina que se estaba imponiendo en la Internacional, la socialdemocracia ya no era una expresión de la izquierda burguesa. Ya no era una enemiga mortal de toda situación revolucionaria. Se pasaba de lado que hubiera sido la asesina de miles de comunistas y anarquistas en los años anteriores. Ahora pasaba a ser una parte legítima del movimiento obrero, aunque fuera su ala derecha.

Obviamente la unidad del proletariado es un elemento fundamental, pero esta unidad no se puede dar sino sobre la base de los intereses históricos del proletariado preservados por el programa comunista. La propuesta del frente único niega esa unidad programática porque hace una distinción falaz entre lucha inmediata y perspectiva histórica del proletariado. En la perspectiva dominante de la Internacional, se podía dar una lucha inmediata conjunta con sectores políticos que son enemigos mortales de la emancipación histórica del proletariado como en el caso de la socialdemocracia. Nuestra perspectiva es muy diferente, el proletariado se tiene que constituir en clase, en su inmensa mayoría, y por ende en partido. Es decir, se tiene que dar una unidad entre clase y partido. Esto pasa también, obviamente, por aquellos sectores que previamente han estado dominados por la socialdemocracia. Pero esa unidad se dará al calor de la lucha de clases, de la dinámica general de la lucha de clases, no de una coordinación política con la socialdemocracia. Y es que la unidad no es un elemento que se construya desde fuera de la propia lucha proletaria. Como la izquierda italiana ha sostenido siempre: los partidos y las revoluciones no se crean, se dirigen. Eso mismo vale como explicamos en nuestro cuaderno sobre la catástrofe capitalista para la unidad de la clase. El proletariado en su lucha tiene a expresarse unitariamente a través de sus propios organismos que nacen al calor de su iniciativa (asambleas, consejos, soviets). Esos organismos no nacen por la voluntad de una minoría, sino que son el resultado de las contradicciones del capital y de la reacción del proletariado a través de la lucha de clases. El partido comunista se relaciona con la clase a través de estos organismos que expresan la tendencia del proletariado a expresarse en clase[5]. Esta es una diferencia esencial con el voluntarismo que emana de la concepción del frente único. La unidad del proletariado surge de su tendencia a la lucha y no es algo que crea una minoría[6].

En este recorrido oportunista fue importante la figura de uno de los principales dirigentes de la Internacional del momento, Radek.  Y, en especial, la redacción que él hizo de algunos artículos del período: De frente a nuevas luchas y Las tareas inmediatas de la Internacional Comunista[7], que fueron publicados entre noviembre de 1921 y enero de 1922. En estos artículos Radek anticipaba nuevos desarrollos que solo estaban implícitos hasta entonces. Es él el que en estos artículos habla por primera vez de gobierno obrero, como una conclusión lógica del frente único proletario. El Partido debía pronunciarse sin reservas a favor del gobierno obrero, definido como una etapa intermedia hacia la dictadura del proletariado. A la socialdemocracia se le dice explícitamente que “queremos honestamente alcanzar un acuerdo de lucha”.

Esta posición fue duramente criticada por la izquierda comunista italiana en un artículo que escribió Amadeo Bordiga, Il valore dell´isolamento[8]:

«El peligro más grande para la alianza revolucionaria consiste en acceder a una alianza, pongamos que con los republicanos y los socialistas, en una situación en que estos digan, por ejemplo, que están de acuerdo con los comunistas en una lucha defensiva contra los excesos fascistas. Porque todo esto supone renunciar a nuestras tareas específicas como partido, que consiste en dar a las masas la conciencia de las situaciones que se preparan en el curso de la lucha. Y de lo que será la batalla suprema entre revolución y contrarrevolución.»[9]

Y más adelante:

«Cuando llegamos al concepto de “agitación a favor del restablecimiento de las libertades públicas”, o sea a favor de una conservación de las posiciones conquistadas por parte del proletariado, entonces se comienza a dibujar el carácter insidioso de la táctica de los acuerdos. El “retorno a la vida normal”, o sea a la vida de antes de la Guerra, y de la “precrisis”, propugnado por los socialdemócratas. Todo esto es un objetivo reaccionario y conservador porque se encuentra en contraste con la tesis fundamental de los comunistas (…) Una acción para la defensa del proletariado contra la reacción no puede ser concebida sino como una acción del proletariado para subvertir el régimen. Es por esto que los comunistas deben rechazar participar en iniciativas de acuerdos políticos que tengan un carácter “defensivo” contra los excesos de los blancos, con el objetivo capcioso de reestablecer el “orden”, y detenerse ahí.»[10]

Y es que la táctica del frente único proletario oculta una duplicidad engañosa y capciosa. Se dice una cosa pero se piensa otra, lo que provoca que solo se genere confusión sobre el proletariado y en la misma militancia comunista. La Internacional Comunista, a través de Radek, estaba comprometiendo el núcleo mismo de la doctrina comunista: la lucha que los comunistas tenemos que ejercer contra las ilusiones democráticas, la lucha por la conquista violenta e insurreccional del poder político y la destrucción del Estado burgués, la creación de nuevos organismos que surgen de la lucha generalizada del proletariado como los soviets y los consejos… Todo esto se ponía en cuestión con el frente único proletario y su derivada lógica acerca de los gobiernos obreros en unidad con la socialdemocracia. Táctica que había sido propuesta aquí por Radek, pero que sería avalada por el IV Congreso de la Internacional unos meses más tarde.

La lucha contra esta táctica de la Internacional por parte de la izquierda comunista italiana era la defensa de la teoría comunista. Como dice Bordiga en un texto posterior de esta época:

«La actitud y la actividad política de los partidos comunistas no son un lujo doctrinal sino, como veremos, una condición concreta del proceso revolucionario. »[11]

Y es que el método y la acción del frente único y de la propuesta de gobierno obrero inciden sobre la militancia comunista. La dirigen al revisionismo porque el partido no es incorruptible. Las situaciones históricas de paz social y el oportunismo táctico suponen una presión de la sociedad capitalista que inciden de modo decisivo sobre los comunistas organizados. La izquierda italiana era explícitamente consciente de estos peligros que acechaban a la Internacional. Y, por eso, se refieren en diferentes ocasiones al peligro de revisionismo que acecha al órgano de la Internacional. Y es que el Partido Comunista no puede nunca abandonar su oposición política al Estado y a los otros partidos. Esto es un elemento central de su obra de preparación revolucionaria: no confundirse con la socialdemocracia. El desarrollo revolucionario requiere la síntesis entre la unidad de la clase y la claridad programática. Pues bien, en nombre de la primera, la Internacional estaba renunciando a la segunda. El resultado final fue la involución cada vez más oportunista de la Internacional (1921-1924), que acabó en una dinámica siempre más reaccionaria (1924-1926), para acabar siendo un órgano de la contrarrevolución mundial, desde la afirmación del socialismo en un solo país en 1927-28.

Una diferencia que, sin embargo, tenemos, como Barbaria, con la izquierda comunista italiana de la época es su defensa del frente único sindical, que contraponían al político. En realidad, la defensa de que la unidad de clase se alcanzaba a través de los sindicatos, donde se encuentran todos los trabajadores, fue rechazada posteriormente por algunos de los grupos y compañeros de la izquierda italiana. Sobre todo, a partir de la constatación de que los sindicatos se estaban convirtiendo en organismos del propio Estado capitalista, cuya función es integrar al proletariado en sus propias redes y mallas. La comprensión de esa socialización del capital fue decisiva para que algunos compañeros y grupos como Damen[12] y, sobre todo, Vercesi desde los años 40 y los compañeros daneses y franceses de la escisión de 1971-1972 con el Pcint hicieran una crítica a la perspectiva sindical de la unidad de clase[13]. Una perspectiva que, junto a la de otros compañeros como Munis, hacemos parte de nuestra tradición histórica, del programa comunista que reivindicamos. Y es que los sindicatos que son aparatos del Estado capitalista que someten la lucha proletaria a la legalidad burguesa, sin cuestionar sus fundamentos, y la dividen en función de las diferentes ideologías burguesas que representa cada central sindical y de las categorías profesionales que organizan. Por eso, son estructuras que impiden en su misma esencia avanzar en la lucha que avanza de los objetivos inmediatos del proletariado a sus tareas históricas. Como señala Vercesi en un texto de los años 40 sobre los sindicatos, para los comunistas no se puede dar una separación dualista entre lucha económica y lucha política. De lo que se trata es precisamente de romper ese dualismo típico de la sociedad del capital, que encadena al proletariado como una clase de esta sociedad. La lucha comunista hace estallar esa separación, y los sindicatos sirven para encerrar en ella al proletariado:

«Como “categorías en sí mismas”, no existen ni la cuestión sindical ni la cuestión política. La primera, porque el aumento de la cuota salarial está condicionado únicamente por la posibilidad de un aumento proporcional mucho mayor de la cuota destinada a la acumulación de capital y, cuando se dan estas circunstancias, el sindicato, al convertirse en un factor del progreso de las fuerzas económicas en el ámbito de la sociedad capitalista, se habilita para convertirse al mismo tiempo en el bastión más válido de la contrarrevolución cuando estalla la crisis social (huelga inglesa de 1926) o la crisis revolucionaria (sindicatos alemanes en 1918-1923; italianos en 1919-1920). La segunda porque la lucha por la destrucción del régimen capitalista es inconcebible si no se basa en los fundamentos económicos del antagonismo de clases.»

Es decir, el método que defiende la izquierda italiana del momento es el adecuado. Es fundamental trabajar por la unidad del proletariado desde la intransigencia del programa comunista. Como dice Bordiga al final del artículo ya citado, La tattica dell´Internazionale Comunista:

«La acción de las grandes masas en el frente único solo puede realizarse, por lo tanto, en el ámbito de la acción directa y mediante acuerdos con los órganos sindicales de todas las categorías, localidades y tendencias, y la iniciativa de esta acción corresponde al Partido Comunista, ya que los demás partidos, al apoyar la inacción de las masas ante las provocaciones de la clase dominante y explotadora, y la distracción en el terreno de la legalidad estatal y democrática, demuestran que desertan de la causa proletaria y nos permiten impulsar al máximo la lucha para llevar al proletariado a la acción con las directrices y los métodos comunistas, apoyando al grupo más humilde de explotados que pide un pedazo de pan o lo defiende de la insaciable codicia patronal, pero contra el mecanismo de las instituciones actuales y contra cualquiera que se sitúe en su terreno.»

Es decir, esa unidad de la clase solo se puede dar mediante la acción directa del proletariado. El error consiste en creer que se puede dar desde el terreno de los sindicatos, que, como comentaba antes Vercesi, se demostraron organismos de separación del proletariado, además de sus implacables enemigos para que su lucha no discurra en un sentido revolucionario. Esa unidad de clase se da en el terreno de la lucha de clases que rompe la paz social, mediante la creación de organismos de autoorganización del proletariado. Una lucha que se extiende al conjunto de sus sectores, creando un ambiente y una situación política nueva de relación entre las clases sociales, situación que permite la intervención política y clarificadora del partido para que la lucha avance lo máximo posible en un sentido revolucionario. De este modo, se rompe la separación impuesta por el capital entre economía y política, entre falsas luchas puramente económicas o puramente políticas. Es este el terreno unitario que permite la intervención de los comunistas en las luchas del proletariado y en donde se puede invertir la praxis de este en un sentido comunista. Las situaciones y las revoluciones, como los partidos, no se inventan a voluntad, se dirigen cuando se dan las situaciones. Bujarin en la polémica de esos años, afirmó que “los comunistas pueden fácilmente invertir las situaciones”[14]. A diferencia del voluntarismo de la Internacional, completamente fuera de la realidad, las posiciones de la izquierda comunista permitían, y permiten, combinar la comprensión de la realidad con la capacidad de intervenir, en el momento adecuado, en la lucha de clases sin dañar de modo oportunista y reaccionario el partido comunista como órgano de la clase.

De las Tesis sobre el frente único a las Tesis de Roma

Toda esta política de la Internacional Comunista se vería oficializada y reforzada desde el IV Congreso de la Internacional que tiene lugar en noviembre-diciembre de 1922 con las tesis sobre el frente único, el gobierno obrero y la resolución sobre la táctica en la Europa occidental. Su principal redactor e inspirador fue Radek, pero fue el resultado de las discusiones de la comisión rusa del Congreso y de discusiones previas en los meses anteriores. De este modo, fue la propia dirección del partido ruso quien trasladó estas posiciones a la Internacional con la participación de compañeros como Zinoviev, Trotsky, Lenin o Bujarin. Un momento previo muy importante de esta política se dio en marzo de 1922 en que tiene lugar la primera reunión Ampliada del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. En este pleno, se presentaron las Tesis del Frente Único que luego serán aprobadas por el IV Congreso. La discusión sobre las Tesis continuó la polémica que ya se había generado durante el III Congreso. La delegación italiana encabezada por Terracini polemizó con las Tesis y fue sostenida en su oposición por las delegaciones de los partidos españoles y francés. Además, en esta reunión, como corolario lógico de las Tesis, se propuso una reunión común entre las direcciones de las Tres Internacionales[15] que tuvo lugar en Berlín del 2 al 5 de abril de 1922. En una de las mociones de la delegación comunista, Clara Zetkin sostenía “la necesidad de que la clase obrera uniera sus fuerzas contra la ofensiva del capitalismo mundial”. Propuso también un orden del día para la discusión en una Conferencia Internacional conjunta que finalmente no tuvo lugar, que constaba de los siguientes puntos: 1. Defensa contra la ofensiva capitalista; 2. Lucha contra la reacción; 3. Preparación de la lucha contra las nuevas guerras imperialistas; 4. Apoyo a la obra de reconstrucción de la República de los soviets; 5. Revisión del Tratado de Versalles y de la obra de reconstrucción. Obviamente, y más allá del fracaso de la Conferencia, ya era muy significativo que ese plan conjunto de lucha se propusiera a la II Internacional. A aquellos socialtraidores que habían tenido un papel central en la matanza de los proletarios en defensa de las respectivas banderas nacionales en la I Guerra Mundial (una guerra que había acabado hace menos de 4 años), ahora se les proponía un plan de lucha frente a una futura guerra imperialista. Y, por si fuera poco, el renegado Kautsky aprovechó para visitar las salas del Reichtag, que era donde tenía lugar la reunión de las delegaciones de las tres internacionales[16].

Las Tesis sobre el Frente Único suponen un paso más en la involución iniciada en el III Congreso, pues van en la línea de la Carta Abierta del VKPD que inspiró el mismo Radek. Convierten la táctica del frente único en un eje central y duradero de la política de la Internacional. Se piensa esta política como una respuesta frente a la ofensiva burguesa en una fase no revolucionaria, y se trata nuevamente de arrastrar a las masas tras las banderas comunistas. Eso es posible por cómo ayuda a desenmascarar a las direcciones reformistas en la práctica. O cómo los comunistas británicos tienen que llevar a cabo una enérgica campaña para ser admitidos como parte del Partido Laborista británico. Pero aún no se habla en estas Tesis de Gobierno Obrero, una política que había sido anticipada por el mismo Radek en los artículos mencionados anteriormente de diciembre de 1921 y enero de 1922. O sea, era una conclusión lógica que estaba ya en el ambiente. Pero cuando se habla oficialmente de ello es con las Tesis del IV Congreso. En esas tesis, se sostiene que la política del frente único se vincula concretamente a la consigna de gobierno obrero o gobierno obrero y campesino. Es decir, el frente único ya no es solo una alianza defensiva con la socialdemocracia, caracterizada como ala derecha del movimiento obrero, sino que se vincula a una perspectiva de alcanzar el poder. Además, con un nuevo concepto estratégico: gobierno obrero. El objetivo inmediato de los comunistas ya no es la lucha por la dictadura del proletariado, sino un gobierno obrero que puede incluir mayorías parlamentarias no comunistas o gobiernos socialdemócratas. En los puntos IX y XI de la Resolución sobre la Táctica de la Internacional Comunista se hablaba de cómo lograr la conquista de la mayoría de la clase obrera y del gobierno obrero.

Veamos qué dice esta Resolución sobre la táctica. Se recordaban las resoluciones del III Congreso en que se defendía la necesidad de que los comunistas conquistaran la mayoría de la clase obrera. Y en el punto XI, sobre el Gobierno Obrero, se explicitaba que esta consigna era “una consecuencia inevitable del frente único” y que su aplicación concreta permitiría nada más ni nada menos que “revitalizar el movimiento obrero revolucionario”, ya que es una táctica que es “susceptible de concentrar y desencadenar luchas revolucionarias”. Retomando, en este sentido, las exageraciones que se señalaban ya en las Tesis sobre el Frente Único Proletario: “toda acción seria plantea la cuestión de la revolución”. Lo que se señalaba en la resolución es que “bajo determinadas circunstancias, los comunistas deben declararse dispuestos a formar un gobierno con partidos y organizaciones obreras no comunistas.” Pero, obviamente, esas circunstancias nunca eran el desarrollo del proceso revolucionario que debe conducir a la insurrección proletaria y a la afirmación de la dictadura del proletariado. Este gobierno intermedio, entre un gobierno burgués normal y la dictadura del proletariado, implicaba un revisionismo doctrinal muy peligroso por parte de la dirección de la Internacional. De hecho, este peligro fue advertido por Bordiga en los debates del IV Congreso: “afirmamos que existe el peligro de que el frente único degenere en un revisionismo comunista”[17]. El combate contra esta involución será central en la labor política de la izquierda italiana durante todo este período. Este revisionismo se sostenía del siguiente modo en la Resolución sobre la táctica del IV Congreso:

«Los comunistas también están dispuestos a marchar con los obreros socialdemócratas, cristianos, sin partido, sindicalistas, etc., que aún no han reconocido la necesidad de la dictadura del proletariado. Los comunistas podrán en ciertas condiciones y con determinadas garantías, apoyar un gobierno obrero no comunista. Pero los comunistas deberán explicar a cualquier precio a la clase obrera que su liberación sólo podrá ser asegurada por la dictadura del proletariado. Los otros dos tipos de gobierno obrero en los que pueden participar los comunistas tampoco son la dictadura del proletariado ni constituyen una forma de transición necesaria hacia la dictadura, pero pueden ser un punto de partida para la conquista de esa dictadura. La dictadura total del proletariado sólo puede ser realizada por un gobierno obrero compuesto de comunistas.»

A pesar de todas las precauciones y advertencias sobre los peligros que podía suponer esta táctica: “los comunistas deberán explicar a cualquier precio a la clase obrera que su liberación sólo podrá ser asegurada por la dictadura del proletariado”. Lo cierto es que el apoyo o la participación de los comunistas en estos gobiernos obreros suponía estimular la confianza del proletariado en gobiernos dentro del Estado burgués y en el papel que la socialdemocracia tuviera en ellos en un sentido favorable para la clase obrera. A pesar de todas las advertencias que se señalaron, la ruptura con las tesis comunistas previas era muy profunda. La socialdemocracia ya no era esa fuerza burguesa y contrarrevolucionaria con la que había que romper. No era simplemente la derecha del movimiento obrero con la que poder unirse en un sentido defensivo para la lucha por las necesidades inmediatas del proletariado. Ahora era una organización política que apoyar parlamentariamente en caso de que llegara al gobierno, en algunas circunstancias claramente, o un posible aliado en un Gobierno Obrero. Esta circunstancia pasó del terreno teórico al concreto en los gobiernos de Sajonia y Turingia de 1923, lo que acabó por descarriar definitivamente la energía revolucionaria que aún subsistía en la Alemania de 1923.

La oposición a este documento y a sus derivaciones se vio claramente en unas tesis de calado muy diferente. Se trata de uno de los documentos programáticos más importantes producidos por la izquierda comunista. Nos referimos a las Tesis de Roma que se aprobaron en el II Congreso del PCdI en marzo de 1922. Unas Tesis que manifestaban un contraste explícito con todo lo que se estaba discutiendo por parte de la mayoría de la Internacional. Ya desde la tesis 7 se manifestaba, frente al voluntarismo de la dirección de la Internacional, que son las situaciones las que generan la influencia para el desarrollo del verdadero partido de clase. La tesis 16 criticaba la necesidad de conquistar la mayoría del proletariado antes del desarrollo de acciones generales de clase:

«no se puede exigir que a plazo fijo, o en la víspera del inicio de acciones generales, el partido haya llenado el requisito de encuadrar bajo su comando, o directamente en sus propias filas, a la mayoría del proletariado. Semejante exigencia no puede ser presentada a priori prescindiendo del real desenvolvimiento dialéctico del proceso de desarrollo del partido»

El punto 24 advertía anticipaba la ruina de la construcción teórica y general del comunismo:

«El examen de la situación permitirá controlar la exactitud del planteamiento programático del partido; el día en que este examen impusiese una revisión sustancial, el problema sería mucho más grave que los que pueden resolverse gracias a una simple conversión táctica, y la inevitable rectificación de la visión programática no podría dejar de tener consecuencias serías sobre la organización y la fuerza del partido (…). Los partidos comunistas suscribirían la ruina de la construcción ideológica y militante del comunismo si se viesen constreñidos a adaptarse a él.»

Esta posibilidad de degeneración estaba inscrita en todo cuerpo partidario, tal y como ya se había sostenido anteriormente en la tesis 6:

«El proceso de formación y de desarrollo del partido proletario no presenta una marcha continua y regular, sino que es susceptible de atravesar, en los planos nacional e internacional, fases muy complejas y períodos de crisis general. Muchas veces se ha verificado un proceso de degeneración, por el cual la acción de los partidos proletarios ha perdido o se ha ido alejando —en vez de acercarse— de su carácter indispensable: la actividad unitaria inspirada en las máximas finalidades revolucionarias.»

Las tesis 28 y 29 reforzaban la necesidad de la coherencia programática entre principios y táctica, entre fines y medios como algo indispensable en la actividad revolucionaria y para que esta no degenere en un sentido burgués. El fin no justifica los medios. La táctica debe estar siempre en armonía con el programa. Una táctica que es contraria al programa, para conquistar la mayoría de la clase obrera, tiene graves consecuencias ya sea sobre el plano organizativo que sobre el programático. Y es que como dice la tesis 29:

«La posesión por parte del partido comunista de un método y de una conciencia críticos, que conducen a la formulación de su programa, es una condición de su vida orgánica. Por ello, el partido y la Internacional Comunista no pueden limitarse a establecer la máxima libertad y elasticidad de táctica, confiando al juicio de los centros dirigentes —previo examen de las situaciones— la ejecución de la misma. No teniendo el programa del partido el carácter de un simple fin a ser alcanzado por cualquier vía, sino el de una perspectiva histórica de vías y fines ligados entre sí, en las situaciones sucesivas, la táctica debe estar en relación con el programa. Por ello mismo, las normas tácticas generales para las sucesivas situaciones deben estar precisadas dentro de ciertos límites que no son rígidos, pero que son cada vez más precisos y menos oscilantes a medida que el movimiento se refuerza y se aproxima a su victoria general.»

Como se ve, el método de la relación entre el programa y la táctica era muy diferente a las posiciones defendidas por la mayoría de la Internacional. Y la denuncia al uso demasiado flexible de la táctica por parte del centro del comunismo mundial era muy evidente. Un partido cada vez más sólido y orgánico[18], desde un punto de vista comunista, debía ir precisando cada vez más el conjunto de sus normas tácticas para evitar las oscilaciones continuas y los zigzagueos tácticos.

El punto 31 de las tesis caracterizaba a la socialdemocracia como izquierda burguesa y el punto 32 afirmaba que una de las tareas de los comunistas consistía en la crítica despiadada a la izquierda burguesa. Las Tesis, lejos de defender un frente único político con la socialdemocracia[19], sostenían que una tarea prioritaria para los comunistas era la de criticar de modo implacable a la socialdemocracia como izquierda burguesa. Y, por eso, el punto 37 defendía netamente el rechazo a cualquier gobierno de carácter socialdemócrata, un gobierno con el que no podemos solidarizarnos como comunistas porque sus fines son siempre contrarrevolucionarios:

«La situación a la que nos referimos puede tomar el aspecto de un asalto de la derecha burguesa contra un gobierno demócrata o socialdemócrata. También en este caso, la actitud del partido comunista no podrá ser la de proclamar su solidaridad con gobiernos semejantes, ya que no se puede presentar al proletariado como una conquista a defender un orden político cuya experiencia ha sido acogida y seguida en el intento de acelerar en el proletariado la convicción de que este orden no está hecho a su favor, sino con fines contrarrevolucionarios.»

Otras tesis que nos gustaría destacar son la 38 y la 39 que defendían la necesidad de la independencia militar del proletariado, ya sea contra la derecha que contra la izquierda burguesa. Estos puntos tenían que ver con los intentos de desarmar al Partido Comunista frente a los Arditi del Popolo, como ya hemos explicado anteriormente. Pero su significado tiene una amplitud mucho mayor si pensamos en la Guerra Civil española en que el proletariado español se desarmó frente a la reconstrucción del Estado republicano. O a la participación como carne de cañón en las resistencias nacionales durante la II Guerra Mundial de los partisanos italianos, franceses, yugoslavos, griegos, etc.

En definitiva, y como indicábamos antes, las Tesis de Roma son un documento indispensable para entender las críticas que como comunistas tenemos a la política frentista y de adaptación oportunista a la socialdemocracia. Y, más en general, son una contribución programática esencial de nuestro hilo histórico de la que seguir aprendiendo a día de hoy. Una contribución que demuestra cómo la tradición de la izquierda comunista italiana dio una batalla política fundamental para superar los límites de la Tercera Internacional ya desde 1922[20].

La carta a todos los compañeros del PCdI: la lucha contra el revisionismo

Tras el II Congreso del partido italiano y el IV Congreso de la Internacional, la oposición entre el Centro de la Internacional y la dirección del partido italiano era explícita. En torno a la dirección de Bordiga estaban todos los dirigentes y cuadros del partido excepto Tasca, Graziadei y Bombacci. La situación de la dirección internacional era muy difícil por lo que optaron por sustituir a la dirección del partido en torno a Bordiga. Para ello, los dirigentes rusos convencieron a Gramsci de proponerse como nuevo eje de la dirección del PCdI.

Desde el punto de vista de Bordiga y de los compañeros de la Izquierda italiana, la situación de la Internacional entraba en una fase de revisionismo cada vez más evidente y peligroso. Como escribió Bordiga a Togliatti en una carta el 3 de julio de 1923: “la polémica debe ser llevada a plena luz del día (…) se va directo al precipicio del revisionismo comunista, ab imis fundamentis”. O sea, nos dirigimos al precipicio del revisionismo comunista desde los propios fundamentos, desde las mismas bases. Ya no se trataba de un simple problema táctico, sino que entroncaba con los mismos principios programáticos y organizativos del movimiento comunista.

En el año 1923 Bordiga fue detenido por el nuevo gobierno fascista, pero conseguía comunicarse con el exterior y con la dirección comunista en la clandestinidad. Logró también redactar un Manifiesto[21] de contraposición a la dirección internacional para dar el combate político contra el giro revisionista. Un texto en que se señalaba en coherencia en la carta a Togliatti que:

«Se trata de otra crisis, que por desgracia agrava las consecuencias de la primera (Bordiga se refiere a una crisis de eficiencia organizativa): crisis interna, de directivas generales, que de algunas cuestiones tácticas se ha ampliado ya a toda la concepción de principio y a la tradición de la política del partido»[22].

Más adelante se sostenía de un modo más claro y detallado que:

«El Partido Comunista no pudo evitar en modo alguno el giro de los acontecimientos, por razones demasiado profundas y remotas como para revertirlas. Cabe señalar de inmediato que la línea que trazamos en Livorno solo pudo seguirse por un breve período. Aquí, simplemente esbozamos el asunto, con el objetivo, por ahora, de persuadir a nuestros camaradas de la necesidad de un debate exhaustivo. Cabe considerar tres hechos: 1) El partido italiano ha mantenido opiniones divergentes con las de la Internacional sobre las tácticas comunistas “internacionales”. 2) La divergencia sobre los asuntos italianos se ha agravado aún más, trascendiendo los límites de la “táctica” para tocar los fundamentos mismos de la constitución del partido. 3) La Internacional ha modificado continuamente sus directrices, aparentemente en materia táctica, pero ahora también en materia programática y de normas organizativas fundamentales.»

Es decir, critica en primer lugar la perspectiva de que con un teatral golpe de mano táctico la dirección del PCdI podría haber evitado el ascenso del fascismo.[23] Lo importante de esta caracterización, de nuevo, es cómo resalta que las diferencias no son meramente tácticas sino de carácter programático y organizativo. Que tocan los fundamentos mismos de la constitución de un partido comunista. Las diferencias con la Internacional en 1923 dibujaban ya el desarrollo de perspectivas programáticas contrapuestas. El peligro que acechaba era muy grave y eso exigía una discusión que involucrara a todos los compañeros del partido italiano, pero también a los órganos directivos de la Internacional. El objetivo era:

«Participar en la discusión del programa, la organización y la acción táctica de la Internacional, luchando contra toda derechización y sobre todo logrando la máxima claridad en la determinación de sus directivas.»

Con este texto, se manifestaba claramente la batalla de principios que Bordiga pretendía dar con el centro de la Internacional. No le siguieron en esta batalla los ex miembros del Ordine Nuovo: Gramsci, Terracini y Togliatti, que se convirtieron en los representantes del centro de Moscú en Italia tal y como hemos explicado con detalle en nuestro libro sobre Gramsci. Estas diferencias se vislumbraron ya de modo claro en el V Congreso de la Internacional que comenzó en junio de 1924. En la Comisión italiana del Congreso, Togliatti defendió que el PCdI tenía que crear sobre la base de la consigna del bloque obrero y campesino una oposición contra el fascismo. Se quería adaptar, de este modo, esta consigna de la Internacional a la realidad italiana. Togliatti insistía en su análisis que lo que tenían en común las diferentes oposiciones al fascismo era un común término medio: el antifascismo[24].

El PCdI tenía que hacer suyo este objetivo, creando un bloque de oposición contra el fascismo. Este bloque debía ser creado sobre la base de la consigna de la unidad entre obreros y campesinos, auspiciando un gobierno obrero y campesino que fuera más allá del gobierno democrático que deseaban los antifascistas burgueses. Para Bordiga, que intervino en la misma comisión, todo estaba mal en el análisis de Togliatti. Por una parte, se exageraba en la debilidad del fascismo italiano, y, por otra parte, se abrían aún más las puertas a la degeneración reaccionaria de la Internacional y del partido italiano. Desde luego que hay que usar las debilidades del enemigo, sostenía Bordiga, pero no a costa de perder la propia claridad programática y política. La concepción maniobrera de Togliatti suponía, además, una rehabilitación de todas las fuerzas democráticas y burguesas que habían apoyado antes al fascismo en su ascenso al poder.

Como podemos ver, la Internacional y la nueva dirección italiana estaban cerrando el círculo. De la rehabilitación de la socialdemocracia se pasaba a la del resto de las fuerzas políticas antifascistas, de la alianza con la socialdemocracia se dirigían a aliarse con todos los burgueses antifascistas: los Amendola, Agnelli o Albertini.

La conclusión lógica de toda esta política fue la estrategia seguida por Gramsci y la nueva dirección italiana tras la situación que se abrió en Italia por el asesinato de Matteotti. Tras la crisis que se abre en junio por el asesinato del diputado socialista a manos de Camisas Negras, que llega hasta Mussolini, acusado de ser el máximo responsable en el asesinato, los diputados no fascistas se van del parlamento legal y los diputados del PCdI se van con ellos. Estarán bajo la dirección de Gramsci en un parlamento paralelo en el Aventino[25] durante una semana, del 12 al 19 de junio de 1924, participando también en un Comité conjunto de las oposiciones. El rechazo del resto de los partidos a la propuesta comunista de declarar una huelga general provocó la retirada de la dirección gramsciana de ese Comité conjunto antifascista. Aun así, Gramsci propuso el 21 de octubre de 1924 la constitución oficial de un Antiparlamento de las oposiciones que se propusiera como el verdadero y legítimo parlamento frente al fascista. Esta propuesta es duramente combatida por la izquierda. Bordiga advirtió de lo insensato de contraponer un poder burgués a otro. El Partido renunciaba a combatir la peste democrática en nombre del antifascismo y la alianza con la burguesía italiana.

No solo se tenía una perspectiva completamente errada de la situación, que concedía al poder fascista una debilidad que no tenía, sino que además se creaba, en las masas proletarias, una ilusión sobre un presunto Antiparlamento protagonizado por las oposiciones burguesas antifascistas. Esta era una visión que salía completamente de la concepción teórica y estratégica marxista, y no solo desde el punto de vista táctico sino de los principios. La única base para un Anti-Estado, que se concibe en el marxismo revolucionario, es la de los soviets o consejos obreros.

Finalmente, el 11 de noviembre el grupo parlamentario comunista presentó en la Asamblea de las oposiciones su propuesta del Antiparlamento, que fue rechazada por el resto de grupo. Este rechazo hizo que prevaleciera la perspectiva de la Izquierda de romper el bloque de alianza con la burguesía antifascista. El grupo comunista volvió al parlamento el 12 de noviembre donde tuvo lugar el famoso discurso en contra del régimen fascista y de Mussolini de uno de los dirigentes de la Izquierda, Luigi Repossi.

El ciclo de la política oficial de la Internacional se adentraba en las vías de la contrarrevolución: de la alianza con la burguesía progresista a la teorización del socialismo en un solo país, que empezó a producirse ya durante ese período[26].

Conclusiones

Llegamos al final de este largo artículo en defensa de una perspectiva comunista intransigente e internacionalista. Nos gustaría sintetizar en siete pasos las conclusiones a las que hemos llegado:

  1. Los comunistas buscamos una unidad del conjunto del proletariado en lucha. Pero esa unidad no se da al margen de su vinculación con el programa histórico de la revolución proletaria, sino que nace de la propia autoactividad de la clase que se manifiesta en sus propios organismos de lucha: los soviets o consejos. O sea, la unidad del proletariado no surge desde fuera de su propia lucha. Como ha defendido siempre la izquierda comunista: las revoluciones no se crean, se dirigen. El partido es un producto de la clase y un factor sobre ella. Y, obviamente, cuando se da una dirección efectiva de las luchas por parte de los comunistas, esto refuerza los elementos unitarios del proletariado.
  2. La Internacional en ese período desarrolló una capciosa distinción entre lucha por las necesidades inmediatas y objetivos históricos del proletariado. En nombre de la lucha por las necesidades inmediatas, en un momento de reflujo y paz social, se creaba una separación abismal con los objetivos históricos del proletariado, ya que se desarrollaban unas líneas tácticas y unas alianzas que se contraponían en sus mismas bases a esos objetivos del programa máximo comunista.
  3. En nombre de la unidad y en defensa de esos objetivos de lucha defensivos, se hizo pasar a la socialdemocracia y a sus sindicatos como organizaciones de clase.
  4. Todo esto confundió a los proletarios acerca de la verdadera naturaleza de los partidos socialdemócratas. El partido comunista renunciaba a llevar a cabo una de sus tareas fundamentales: su obra de clarificación y esclarecimiento programático.
  5. Esta obra de confusión afectó también a los propios militantes comunistas. Se los educaba en un trabajo de oportunismo político, que favoreció cada vez más políticas reaccionarias desde 1924 y finalmente contrarrevolucionarias. Además, se integraban en los juegos y en las maniobras de la política burguesa. Algunos de ellos, como Togliatti, se convirtieron en auténticos maestros de este juego siempre macabro. Véase, por ejemplo, su papel en la dirección política del estalinismo en la España de la Guerra Civil.
  6. Se estimulaba la confianza del proletariado en gobiernos dentro del Estado burgués a partir de toda esta política de gobiernos obreros y campesinos, de alianzas con la burguesía.
  7. Toda esta política, a partir de 1926-27 acabó integrando a los Partidos Comunistas en la lógica política burguesa y en la política internacional de los Estados capitalistas. Los Partidos Comunistas se convertían en apéndices en defensa del Estado capitalista ruso.

Diciembre de 2025.

[1] Sobre nuestra perspectiva acerca del trotskismo de Postguerra véase nuestro texto https://barbaria.net/2024/10/19/carta-sobre-trotskismo/ y el audio https://barbaria.net/2024/07/11/audio-trotskismo/

[2][2] Véase el libro recopilatorio de Sam Dolgoff, La anarquía según Bakunin, Tusquets Editor, Barcelona 1977, páginas 178-179.

[3] Para profundizar sobre esta parte del debate dentro de la Internacional Comunista véase El pasado de nuestro ser https://barbaria.net/2018/05/27/el-pasado-de-nuestro-ser/

[4] Se acababan de unificar con la mayoría del Partido Socialdemócrata Independiente (USPD).

[5] Y ahí se relaciona con el proletariado como clase, como unidad, y no con tal o cual proletario individual. El proletariado cuando lucha es un ente unitario, una clase, y no un agregado de individuos.

[6] Obviamente sabemos que esta espontaneidad de la lucha no supone ni mucho menos una madurez comunista del proceso histórico. Es fundamental la dirección comunista de la lucha. Por eso afirmamos que las revoluciones no se crean, sino que se dirigen. No existe ningún automatismo en nuestra concepción. El elemento de inversión, de ruptura, que implica la dirección comunista es esencial. Al mismo tiempo, la tendencia a la unidad entre la clase y el partido es un proceso dialéctico que se da en el tiempo de un modo dinámico. No es simplemente un momento X, una mera toma del Palacio de Invierno. La relación entre clase y partido (y sus minorías revolucionarias) se da siempre. Sobre todo, en los momentos de lucha de clases que tienden a crear una dinámica unitaria, de extensión y autoorganización proletaria. Ese es el terreno que permite que las minorías comunistas intervengan en las luchas, ayudando al proceso de generalización de éstas hacia los objetivos históricos de la emancipación proletaria. La lucha de clases permite el desarrollo progresivo y dialéctico del partido y éste el crecimiento en fuerza y objetivos de las luchas. De este modo, se puede salvar la distancia y la separación entre objetivos inmediatos y tareas históricas que ningún programa voluntarista es capaz de saldar con su trabajo lento y acumulativo. La revolución comunista no es una tarea gradual sino un proceso catastrófico que vive momentos de aceleración y de contrarrevolución. Una de las tareas de los comunistas es entender esto.

[7] Véase el comentario de estos artículos por parte de Amadeo Bordiga en Scritti 1911-1926, tomo 6. En sus artículos Il valore dell´isolamento y La tattica della Internazionale Comunista.

[8] Ibidem, páginas 60 a la 75.

[9] Página 68.

[10] Página 71.

[11] La Tattica dell´Internazionale Comunista, página 375. Serie de artículos publicados en varios números de Il Comunista de enero de 1922.

[12] La perspectiva de Damen es diferente a la del resto, como analizaremos en un próximo texto, por su mayor tendencia al activismo y por no comprender con más profundidad los procesos de socialización del capital. Todo esto se puede ver, por ejemplo, en todo el debate que mantiene con Bordiga acerca de la naturaleza de la sociedad rusa de su época.

[13] A este respecto es muy útil lo que señalan los compañeros de la Sección de Le Mans del Pcint. Su reflexión parte de un fundamento marxista. La relación del partido se da con el conjunto de la clase que se expresa en sus organismos unitarios. Y en esto se sigue el esquema tradicional de la izquierda italiana acerca de la pirámide que liga a la clase con el partido según el esquema de la inversión de la praxis. ¿Ahora bien, qué sucede cuando esos pretendidos organismos unitarios han sido integrados por la socialización del capital? Es obvio que los comunistas no pueden relacionarse con la clase de este modo, a través de los sindicatos, a no ser que se quieran integrar a su vez como izquierda del capital. El esquema lógico y programático de la pirámide entre clase y partido, que permite la inversión de la praxis, subsiste, pero esos organismos unitarios son las asambleas de trabajadores que surgen espontánea y unitariamente de la lucha del proletariado que rompe la paz social del capital. Ese es el terreno privilegiado que permite la conexión y unidad entre la clase y el partido: “Nada que reprochar a este nivel. Simplemente, cuando la parte superior es reemplazada por capital, ¿qué pasa con el resto? Las organizaciones económicas se convierten en “correas de transmisión” del capital, el “asociacionismo” equivale a encerrar a los proletarios en organizaciones al servicio del capital. La organización que defiende el programa de clase queda entonces necesariamente aislada y se reduce a su más simple expresión. La reconstitución de la pirámide supone entonces la insubordinación de una vanguardia proletaria en relación al capital y por tanto en relación a las organizaciones que se han convertido en su correa de transmisión.” https://barbaria.net/2024/09/19/pcint-extracto-sobre-la-situacion-del-partido-seccion-de-le-mans-noviembre-de-1971/

[14] Bujarin lo hizo polemizando con la dirección del PCdI por la cuestión de los Arditi del Popolo, grupo de origen militar que se había escindido de los Arditi previos en un sentido antifascista. La Internacional pedía a la dirección del PCdI que se aliara con ellos en clave antifascista, y que en los hechos disolviera sus unidades militares dentro de los Arditi del Popolo. Según él esa táctica hubiera invertido fácilmente la situación en un sentido revolucionario. Bordiga, en el texto ya citado sobre El valor del aislamiento, le contestó que eso, además de no realista, era propio de “una visión literaria y teatral de la situación”. Y de la revolución añadiríamos nosotros.

[15] Se trata de la II Internacional, la III Internacional y la denominada Dos y medio por parte de los comunistas, y constituida por todas las escisiones a la izquierda de la socialdemocracia pero que continuaban, en el fondo, bajo el paraguas socialdemócrata, como el USPD, o partidos más a la izquierda de la II Internacional como los austromarxistas, la SFIO francesa, el PSOE o mencheviques como Martov. Se llamaba oficialmente Unión de Partidos Socialistas para la Acción Internacional y acabarán disueltos en la II Internacional en el año 1923.

[16] Véase el relato que hace Luigi Gerosa de la reunión en el tomo VII de los Scritti di Amadeo Bordiga, Le Tesi di Roma e i contrasti con L´Internazionale Comunista. Bordiga participó como parte de la delegación comunista a pesar de su clara oposición a las tesis del frente único político y a esta reunión internacional. Por parte de la IIª Internacional participaron entre otros: Vandervelde, MacDonald, Tsereteli y Henri Man. Por la Internacional Dos y medio: Otto Bauer, Adler, Longuet, Martov, Dan y Abramovic estos tres últimos miembros destacados del menchevismo. Y por los comunistas: Radek, Bujarin, Zetkin, Rosmer y Bordiga

[17] Citado por Agustín Guillamón en su libro Amadeo Bordiga en el Partido Comunista de Italia, editado por Hermanos Bueso.

[18] Las Tesis empezaban por un capítulo que hablaba del carácter orgánico del partido comunista.

[19] En el punto 36 se defendía el frente único sindical, posición que ya hemos criticado anteriormente en este texto como Barbaria.

[20] De los 40.000 militantes del PCdI en su II Congreso, 32.075 votaron a favor de las Tesis de Roma redactadas por Bordiga. Los delegados de la Internacional, Humbert-Droz y Kolarov, destacaron la enorme resistencia de Bordiga en defensa de sus posiciones y sus contrastes con la Internacional. Previamente Radek había escrito unas observaciones críticas en nombre del Presidium de la Internacional contra las Tesis del PCdI.

[21] Un manifiesto firmado por los Iniciadores y dirigido a todos los compañeros del PCdI a modo de título. Bordiga lo había escrito en papel higiénico dentro de la cárcel y logrado sacar de ella para que fuera a la dirección del partido en la clandestinidad. Al mismo tiempo que Bordiga daba la batalla política sostenía que era necesario dimitir de la dirección de todos los cargos políticos del PCdI, para que fuera una nueva dirección solidaria con el centro de la Internacional quien estuviera al frente del partido. En esto Bordiga, demostraba en la práctica su coherencia metodológica con la perspectiva del centralismo orgánico. Será este hecho el que le enfrentará a los ex miembros del Ordine Nuovo. Ellos no estaban dispuestos a dimitir de los cargos directivos del PCdI, y los querían usar en su común batalla contra la dirección de Moscú.

[22] A tutti i compagni del partito en Scritti di Amadeo Bordiga, Tomo 8, La crisi de la Internazionale Comunista e la nuova direzione del partito in Italia 1922-1924. Página 122.

[23] En las discusiones del II Pleno Ampliado del Comité Ejecutivo de la Internacional, Zinoviev polemizó con Bordiga señalando que la situación italiana era objetivamente, en un sentido general, revolucionaria. Y que para ello simplemente había que lanzar la fórmula del gobierno obrero de un modo correcto. Véase la introducción de Luigi Gerosa en Scritti, Tomo 7, Bordiga.

[24] Véase el análisis completo de la Comisión Italiana en el V Congreso la introducción que realiza Gerosa en Scritti de Bordiga, Tomo 8, páginas XCI y siguientes.

[25] Se eligió el Aventino por las resonancias con la Historia de Roma. Era donde la Plebe buscó la secesión con respecto a los patricios en el año 494 antes de la era común (a.e.c.)

[26] Stalin afirmó en sus artículos de 1924 contra Las lecciones de Octubre de Trotsky que: «La teoría de la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país es una teoría contrarrevolucionaria.»

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