Bordiga – 1919-1926: Revolución y contrarrevolución en Europa
n+1, nº32, diciembre 2012. Amadeo Bordiga, transcripción en banda magnética de una reunión en 1960-61. Descargar aquí
«La reconstrucción doctrinal significa devolver la claridad a los objetivos de la revolución de clase, totalmente perdidos con el predominio de la fórmula que antepone el movimiento y el éxito contingente al objetivo máximo. Dado que se demostró que la falta de dicha claridad convirtió el éxito esperado en un desastre, reconstruirla significa devolver a la vanguardia de la clase, es decir, al partido que resurge de la aplastante derrota, precisamente esa voluntad consciente de acción práctica que no puede tener lugar en el ámbito de la persona y menos aún en el del gran e ilustre líder».
Reunión de Forlì, Programma Comunista, nº1, 1953
La necesidad de una historia de la Izquierda Comunista Italiana[1]
Por fin abordamos un tema que nos llamaba la atención desde hacía mucho tiempo, a saber, la Historia de la Izquierda.[2] Se trata de un trabajo que se relaciona con la serie de artículos que hemos publicado en Programma Comunista sobre el Izquierdismo de Lenin, en los que se explica su verdadero trasfondo histórico y teórico y se hace un comentario bastante amplio y difundido al respecto.[3] Luego, en la reunión de Bolonia[4], echamos un primer vistazo a los problemas que debemos tratar en la continuación de nuestro trabajo. Les advertí entonces que no quería hacer yo la exposición sobre este período, porque, dado que, lamentablemente, existe la mala costumbre de identificar con nombres de personas las historias de los grupos, las tendencias y las corrientes que han actuado históricamente, me habría visto obligado a mencionar mi nombre muy a menudo, y eso me molestaba, ya que ciertas cosas o bien no debería haberlas dicho o bien habría tenido que decirlas hablando demasiado de mí mismo. Quería evitarlo a toda costa, porque estamos haciendo un esfuerzo considerable para que nuestro movimiento sea impersonal, tanto en general como en cada caso específico. Al tratar de despersonalizar al máximo nuestro pequeño partido, queremos que su trabajo sea cada vez más colectivo, pero como se trataba de un punto inevitable, como veremos, tuvimos que afrontarlo con valentía. En el futuro veremos cómo resolver el problema, pero en este caso, naturalmente, intentaré no hablar de mí mismo en tercera persona, como hacían Julio César o Napoleón. Por otra parte, tampoco podré hablar de él como del último tonto: en primer lugar, porque no se entendería por qué aparece tan a menudo en los documentos de la época y, en segundo lugar, porque menospreciaría todo el esfuerzo que hago para transmitiros estos resultados. Por lo tanto, es algo muy embarazoso y veremos cómo hacerlo en la publicación que hemos comenzado a trazar.[5]
Nuestro trabajo para la publicación es doble. Después de la reunión de Bolonia, comenzamos a dar cuenta de lo que allí se dijo, en dos entregas, que hasta ahora han aparecido en la prensa. La primera la han leído todos porque se publicó en el número 3, la otra en el número 4[6] y creo que todavía nadie la ha leído, aunque esta vez el periódico ha salido antes. No creo que hayan podido recibirla antes de salir de sus sedes, así que recordaré quizás las cosas más importantes. En la primera entrega he tratado de explicar cómo está organizado ese texto que nos gustaría publicar en la forma que luego veremos (creo que en este caso la forma mimeografiada no conviene, es algo que podríamos discutir aparte en el transcurso de esta reunión desde el punto de vista práctico).
El trabajo consiste en una recopilación de documentos que aún no está completa y, sin embargo, ya es bastante voluminosa. Habrá que escribir algo que sirva de tejido conectivo para todos estos textos históricos, que los una. Hemos empezado a escribir algunos capítulos con una breve introducción. Naturalmente, cuando hablamos de la Izquierda en la Internacional Comunista, nuestra historia podría comenzar cuando surgió la Internacional Comunista en 1919, pero es imposible hablar del surgimiento de la Tercera Internacional sin hablar del colapso de la Segunda, y por lo tanto de la Primera Guerra Mundial, por lo que habría que remontarse a 1914. Para explicar cómo se produjeron las sonadas crisis de los «partidos proletarios» al acercarse la guerra, hay que dar una idea de las tendencias y corrientes que existían en el movimiento socialista incluso antes. Por lo tanto, aunque sea a grandes rasgos, hay que remontarse a los orígenes del movimiento proletario. Y como a lo largo de todo este curso reivindicaremos nuestra fidelidad a una teoría que sigue siendo la marxista, debemos volver al origen de la teoría marxista. También hay que remitirse a otros textos más o menos antiguos de nuestros clásicos, con el fin de demostrar que no representamos una escuela surgida en un momento histórico contingente o, peor aún, como consecuencia de la evolución actual, sino que representamos un hilo continuo, como siempre hemos sostenido, un hilo que nos remite a esos orígenes. Por lo tanto, se necesita una especie de introducción histórica. Hemos comenzado a hacer esta introducción.
Por supuesto, en esta Historia, como hemos precisado en una primera advertencia inicial, no pretendemos hablar específicamente ni de Italia, ni del partido italiano, ni de una «izquierda italiana». Desde que se formó en la Fracción, de hecho, la Izquierda Comunista fue la corriente más activa en Europa en lo que respecta a la acción en el seno de la Internacional Comunista, hasta que fue imposible evitar su ruina. Por lo tanto, no nos detendremos específicamente en Italia, sino que hablaremos de problemas que eran mundiales, en consonancia con la orientación mundial de la Tercera Internacional. Debemos hacer una mención internacional de las críticas que hicimos a partir de 1920 y de los hechos históricos que demostraron cuáles fueron los resultados de las medidas que se discutían entonces. Partimos de un panorama de la situación europea. En estas primeras carpetas ya escritas hemos tomado prestados textos fundamentales. Hemos utilizado, por ejemplo, la Historia de la socialdemocracia alemana de Mehring, quien, para escribir su historia, parte de un panorama de la situación en Alemania alrededor de 1860. Nosotros también hemos tratado de ilustrar un panorama de Italia alrededor de 1860 y, a gran velocidad, hemos llegado rápidamente a 1870-71, época en la que comienzan a manifestarse las importantísimas cuestiones de orientación que dan inicio a la lucha contra el oportunismo dentro del movimiento socialista.[7] En toda nuestra línea, a diferencia de otros, no debemos considerarnos adversarios directos del método defendido por Lenin en los distintos congresos internacionales y en el Izquierdismo, porque, por nuestra parte, sabíamos desde el principio que el movimiento marxista proletario comunista auténtico, puro y ortodoxo tenía adversarios en ambos bandos, por muy convencional que sea esta expresión de combinaciones. Es decir, por un lado tenía a los reformistas y revisionistas, y por otro lado tenía a los libertarios, sindicalistas y anarcoides, que representaban otra tendencia asimilable al oportunismo. Por lo tanto, hoy nos encontramos en un camino en el que podemos demostrar que siempre hemos estado, desde el núcleo que nos dio origen en el seno del antiguo Partido Socialista Italiano, mucho antes de haber tenido contacto con Lenin, de haber leído y aplicado sus libros, de haber trabajado con los compañeros bolcheviques en los congresos. Estamos en ese camino desde mucho antes de la guerra de 1914. Estábamos en esta línea al menos desde la guerra de Libia y luchamos posteriormente contra estos dos «peligros», que en los congresos internacionales se denominaron erróneamente peligros de «derecha» e «izquierda». Ahora es obvio que, desde el punto de vista revolucionario, la derecha o la izquierda no significan absolutamente nada. En todo caso, todos son peligros igualmente de derecha, errores que conducen al éxito de la contrarrevolución y no de la revolución. En resumen, siempre hemos combatido esta doble serie de errores.
El abstencionismo, el nuestro y el de Lenin
En cambio, la forma en que se cuenta la historia se basa en el cuento de hadas según el cual nosotros, últimos exponentes de la corriente internacionalista, muy fuerte en el PSI y dominante en el Partido Comunista de Italia constituido posteriormente durante muchos años, seríamos los representantes explícitos de lo que Lenin definió como oportunismo de izquierda, al que Lenin, mientras vivió, se vio obligado a asestar golpes tan fuertes como los que asestaba al oportunismo de derecha. Nuestra puesta a punto de la historia de la Izquierda Comunista servirá también para eliminar el error fundamental inherente a este cuento propagandístico y para demostrar la ortodoxia de nuestra corriente, es decir, nuestra coherencia con el camino que también seguía Lenin. Por eso hay que partir, en primer lugar, del hecho de que el origen histórico de nuestra corriente tiene las mismas bases que la bolchevique, las mismas que el Partido Comunista Ruso. Es más, tal vez podamos reivindicar orígenes aún más claros. ¿Por qué decimos aún más claros? [Porque nosotros estuvimos determinados por una situación capitalista más madura. Hay que reconocer a los bolcheviques el mérito de haber sabido mantener al principio una gran coherencia a pesar de las condiciones muy difíciles de la Rusia atrasada].[8] La gran fuerza, lo dijimos entonces y lo repetimos hoy a cada paso, el gran mérito, el enorme resultado que supo obtener el partido bolchevique, es decir, la corriente comunista en Rusia, fue basarse íntegramente en la teoría, mantener la línea de principio de la revolución proletaria tal y como había sido establecida por nuestra doctrina, desde el principio, precisamente allí donde las condiciones parecían más difíciles, más desfavorables, donde aún era necesario sustituir a la burguesía para completar una revolución burguesa, dado que la burguesía rusa era inconsecuente. Y, con este impulso, dar un carácter completamente proletario a la revolución, aplicar el modelo completo de la revolución comunista, lo que consideramos un «universal» general y articulado para todos los países y para todos los tiempos. Desde este punto de vista, teníamos una ventaja material con respecto a ellos, por lo que reivindicar orígenes «más claros» que los bolcheviques no es una autocomplacencia. La situación italiana, ultra madura, simplemente nos había facilitado situarnos en el terreno de la intransigencia revolucionaria, porque habíamos nacido y vivido en un país con antiguas relaciones capitalistas, cuya democracia se remontaba a la época de los Comuni[9], independientemente del desarrollo industrial cuantitativo que sugerían las estadísticas, etc. Un país que había llegado políticamente al gran giro revolucionario burgués en 1861, pero que había madurado antes que los demás las relaciones de clase integrales, por lo tanto antes y más completamente que Alemania, por mantener el paralelismo con el citado Franz Mehring.
Alemania, como dice Marx y como Mehring y nosotros mismos recordamos, había desarrollado al máximo el idealismo filosófico, que chocaba inevitablemente con las realizaciones revolucionarias de Francia e Inglaterra, por lo que se hacía igualmente inevitable la crítica a la filosofía, en este punto no solo alemana, sino a toda la filosofía.[10] Esta crítica teórica, unida a la crítica de los hechos en Francia e Inglaterra, países que se encontraban ya completamente más allá de la revolución antifeudal y de la aparición de la época burguesa capitalista, había permitido realizar la teoría perfecta del movimiento proletario. También la corriente bolchevique fue el resultado del encuentro de factores internacionales, en su mayoría ajenos a Rusia, por lo que las condiciones eran maduras. Es en este terreno donde creemos que nos ha situado la dinámica histórica, y en ese mismo camino nos encontrábamos desde finales del siglo XIX y principios del XX, hasta los años previos a la guerra, cuando se formó la corriente organizada. Esto es válido para Lenin y los bolcheviques, cuando a principios del siglo XX se separaron de los revisionistas y los socialistas revolucionarios, cuando lucharon en el seno de la antigua Internacional socialdemócrata contra la orientación bernsteiniana que tendía a deformar la sana posición marxista. Nosotros estábamos en una posición perfectamente equivalente, pero para nosotros era más fácil.
En nuestra región era más evidente el contexto social e histórico con el que nos enfrentábamos, la interconexión de los problemas políticos, el modelo triclasista en el sentido de Marx, dado que la burguesía industrial, la burguesía terrateniente y el proletariado eran clases completamente desarrolladas. En nuestra región, las demás clases o no clases eran totalmente secundarias, mientras que el modelo ruso era mucho más complicado y siguió siéndolo incluso después de la revolución, que tuvo que lidiar con una economía que abarcaba toda la escala histórica de las sociedades de clases, desde las relaciones patriarcales arcaicas hasta las feudales, desde la autocracia de tipo asiático hasta el capitalismo naciente con sus primeros núcleos muy combativos de la clase proletaria industrial, y así sucesivamente.
Al tratar la parte final de El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, tuve que examinar una primera divergencia entre la Izquierda Comunista «italiana», la Internacional y el propio Lenin, es decir, la famosa cuestión de la formación en Italia de la Fracción Comunista Abstentionista que proponía, con motivo de la primera gran vuelta electoral de la posguerra, en vísperas de los acontecimientos de 1919 y 1920, la tesis de la no participación en las elecciones parlamentarias. Esta tesis la defendí desde el Congreso de Bolonia, de forma ya perfectamente madura, organizado a escala nacional, aunque sin un gran éxito numérico en cuanto a los votos del congreso. La cuestión de nuestro abstencionismo nunca se entendió, y debo decir que el propio Lenin no la entendió, por mucho que la hubiéramos profundizado ampliamente entonces y en los años siguientes. Hemos demostrado con toda claridad que nuestra «idea» (por así decirlo, porque no era en absoluto una idea) de adoptar una actitud de boicot a las elecciones parlamentarias no se derivaba en absoluto de una cuestión de principios, de nuestra simpatía por el abstencionismo de tipo anarquista. También los consejos rusos ya habían experimentado en determinadas situaciones el abstencionismo, y Lenin escribió varias veces sobre las divergencias con las cuestiones de principio planteadas por los anarquistas, había discutido con ellos, había puesto los puntos sobre las íes aclarando bien las divergencias. Y nosotros, a nuestra manera, tuvimos una gran cantidad de enfrentamientos con los anarquistas, siguiendo la misma línea de Lenin.
Si me permiten una pequeña referencia personal, en aquella época, en todo el Partido Socialista Italiano, yo era el socialista más detestado por los anarquistas, porque con ellos, desde antes de la guerra, desde las primeras luchas en la federación juvenil socialista contra los anarcosindicalistas, siempre había librado batallas teóricas para demostrar el abismo existente entre el marxismo y el anarquismo. No en el sentido convencional habitual, según el cual los anarquistas eran los más extremistas, los que querían hacer la revolución de forma más impulsiva, mientras que los socialistas querían ir más despacio, sino en el sentido de que nosotros éramos los que, en relación con las tareas que nos imponía la historia, seguíamos el camino más directo y extremo hacia la revolución, mientras que los anarquistas no eran más que una deformación de las posiciones conservadoras y pequeñoburguesas.[11]
[Nuestra postura fue malinterpretada y nunca pudimos librarnos de lo que, en el fondo, era un prejuicio, a pesar de haber aclarado la cuestión en numerosas ocasiones. Por ejemplo, en el discurso del III Congreso de la IC, al que llegaremos enseguida, Lenin elogia a los abstencionistas porque habrían renunciado al abstencionismo y, por lo tanto, a cualquier vínculo con el anarquismo. Pero Lenin sabía muy bien quiénes éramos y qué queríamos (probablemente, por cierto, las traducciones de las que disponemos no han sido revisadas por el propio Lenin, como solía ocurrir, sino que son traducciones de traducciones). Cuando Lenin arremete contra Serrati es para decirle que en Livorno hizo mal en no unirse a los comunistas. No habría podido decirlo si nos hubiera considerado anarcoides. Ahora les contaré la historia. Si quieren, por supuesto, les haré toda la cronología, pero la cosa se haría larga y aburrida, así que si les cuento de vez en cuando algunas anécdotas, les interesará más. Así que voy a mencionar alguna vez a ese tonto de Bordiga. Se enfada con el buen Lazzari, que dice a los bolcheviques: «Nosotros hemos obtenido 98 000 votos en Livorno, vosotros, los comunistas, habéis obtenido 58 000, habéis hecho mal en Moscú al ordenar a los comunistas que se marcharan». Entonces eran muchos los que se identificaban perfectamente con las posiciones de la Izquierda, incluso aquellos que luego traicionarían alineándose con la degeneración de Moscú, incluso muchos de los que se quedaron con Serrati y Lazzari. Entonces Lenin dice: «Aunque los que se quedaron en el PSI no fueran verdaderos comunistas, aunque fueran solo sustitutos de Bordiga (y no era así, porque Bordiga, después del II Congreso, declaró con perfecta lealtad que renunciaba a todo anarquismo y antiparlamentarismo), ¡habríais tenido que salir y convencer a vuestros compañeros de que se unieran a los comunistas!». Por supuesto, no es que la separación la hubiera ordenado Moscú. Yo me habría ido de todos modos, arrastrando conmigo a todos los demás, aunque Moscú no hubiera querido].
La lucha al interno del partido ruso
[Ahora bien, no puedo decir cuáles fueron las palabras exactas de Lenin. Recuerdo muy bien los discursos que se pronunciaron, pero no estuve presente en el III Congreso de 1921, ya que estaba ocupado aquí con el trabajo del partido. Otros asistieron y ahora les mostraré el lío que armaron una vez que llegaron allí. Estaban Terracini, Gennari y otros. Enfadaron a Lenin porque dijeron las cosas de una manera tan tonta y retorcida que se ganaron una buena bronca… y podéis estar seguros de que él sabía darlas mejor que yo. Si yo hubiera estado allí, habría reiterado muy claramente las razones de nuestro abstencionismo y el hecho de que para nosotros no era una cuestión de principios, sino un simple problema de funcionalidad, ya que el partido revolucionario, en una época revolucionaria, no debe dejarse atrapar en la dinámica putrefacta de la política burguesa. Lenin sabía que yo siempre digo la verdad y eso habría simplificado las cosas. No por una cuestión de «lealtad», sino porque nuestra renuncia al abstencionismo (el anarquismo no tiene nada que ver) no implicaba ninguna renuncia a los principios revolucionarios. En la Internacional, no solo Lenin conocía esta historia de la verdad de Bordiga. También Bukharin, Trotsky, Zinóviev y Kámenev reconocían que yo no iba por caminos tortuosos].[12]
El otro día, por ejemplo, nos reímos al leer un texto burgués que expone hechos basándose en algunos documentos de la Internacional Comunista. En él se habla del VI Congreso de 1928, en el que participó Togliatti, que ya había tomado las riendas del Partido. Yo estaba confinado en la isla y, naturalmente, no estuve presente.[13] Entonces Togliatti habría declarado… digo habría declarado porque no era un protocolo, era el relato de un periodista que había entrevistado a Togliatti y, por lo tanto, se basaba completamente en sus palabras. Togliatti dice: «Aquí ya no se entiende nada…». Era el año 1928, es decir, al día siguiente de las primeras luchas violentas entre Stalin y Bukharin, por un lado, y Zinóviev, Kámenev y Trotski, por otro. Y era la víspera de la acción más feroz contra la oposición rusa. En ese momento, nuestros amigos centristas italianos (perdonen la exposición desordenada), Gramsci y Togliatti, aún no habían abandonado a Trotsky, aún dudaban, pensaban que, en el fondo, él y Zinóviev podían tener razón, vacilaban, aún no se habían decantado completamente por Stalin. En esta situación, Togliatti, recién llegado a Moscú, dice: «Aquí no se entiende nada, aquí hay una oscuridad total. Es realmente una situación repugnante. Los rusos tienen este congreso en el estómago, no saben cómo quitarse el peso de encima. Nadie sabe cuál es la verdad detrás de las acusaciones mutuas, nadie sabe cuál puede ser la salida». No sabían qué hacer. «Es una verdadera lástima que Bordiga no esté aquí esta vez, porque si estuviera diría la verdad, como siempre». Veréis, yo habría desempeñado un papel histórico muy importante, como un verdadero agitador.
Togliatti sabía muy bien que nuestra corriente habría optado por la posición contraria a la enunciada por Stalin; pero ya no estaba representada en el partido y, por lo tanto, no podía expresar, como siempre había hecho, una posición clara y contundente, acusando sin duda a Stalin de haber cruzado el Rubicón en el camino que conduce a Rusia a la ruina. Togliatti sabía que la Izquierda habría proclamado su solidaridad con Zinóviev y Trotsky, como yo había hecho la última vez que estuve en el Ejecutivo Ampliado en 1926. No son anécdotas de memorialista. Me repugnaría convertirme en un vendedor de recuerdos. Pero, como les he contado aquí varias veces, de pasada, entre otros temas, fui el primero en decir que Zinóviev y Trotsky defendían la misma tesis, aunque eso no fuera inmediatamente visible, dado que en 1924 fue precisamente Zinóviev quien liquidó a Trotski y montó una campaña feroz contra él. En 1926, Zinóviev pasó a la oposición. Ese Zinóviev era, a pesar de todo, un verdadero revolucionario, un verdadero marxista, y en 1926 finalmente se dio cuenta de que Trotsky tenía razón y pasó de la mayoría a la oposición. Tanto es así que en el VII Ejecutivo Ampliado, en diciembre, cuando yo ya no estaba, no fueron capaces de hablar.[14]
En el Comité Ejecutivo Ampliado de febrero, yo estaba en contra de la alianza entre Stalin y Bukharin, por un lado, y Zinóviev, Trotski y Kámenev, por otro.[15] Ya sabéis muy bien cómo acabó todo: incluso Bukharin se alejó de Stalin. Pero yo fui el primero en saber que Trotsky y Zinóviev se unirían. ¿Quizás porque me lo habían confiado? No, porque ni siquiera ellos dos lo sabían. Yo lo sabía porque conocía a fondo a unos y a otros. Como era conocido por decir siempre la verdad y por ser alguien a quien se le podía contar todo (sabían que no se lo iba a contar a los esbirros), recibía información de unos y de otros, lo que me permitía tener una visión precisa y objetiva de la situación y anticipar escenarios que se producirían solo unos meses después. «¡Ah!», me decían, «¿qué quieres saber sobre el Partido Bolchevique? Somos viejos bolcheviques y te decimos que es imposible que Trotsky y Zinóviev se den la mano». «Pero no», respondía yo, «no es en absoluto imposible, porque aquí no están en juego hechos personales, ambos defienden la misma cuestión teórica, han vislumbrado en el estalinismo la misma solución histórica». Y al final fueron víctimas de ella, ya que por diferentes vías ambos fueron asesinados por la misma causa.
Ahora, para volver un poco al tema, para concluir sobre la cuestión abstencionista, he recordado cuál ha sido esta gran acusación que nos han hecho los centristas, según la cual seríamos puros teóricos, dogmáticos, talmúdicos que han leído ciertos libros y juran por ellos como por un evangelio escrito por Marx. Salvo para sostener, naturalmente, que ni siquiera sabemos leer bien este evangelio. En cambio, está claro que ellos interpretan textos y doctrinas y luego pretenden utilizarlos como un evangelio. Por eso esta cuestión, antes de volver a ser de actualidad debido al cuadragésimo aniversario de la formación del PCd’I en Livorno y a todo el alboroto que han armado nuestros adversarios al respecto, ya era de actualidad entonces. No por la cuestión en sí, la del abstencionismo, sino por las discusiones internas de carácter internacional que ya se libraban en Moscú sobre las diferencias, con las correspondientes acusaciones mutuas de revisionismo, capitulaciones más explícitas que las que se escucharon en la famosa conferencia de los 81 a finales de los años 60.[16] Habían vuelto a discutir entre ellos, chinos, rusos, yugoslavos, albaneses, etc., acusándose mutuamente de revisionismo, remitiéndose unos y otros a los textos originales, en definitiva, jurando también ellos sobre los evangelios. Solo que ellos reivindicaban el sacrosanto derecho a hacerlo, mientras que a nosotros nos acusaban, como nos acusan hoy, de ser evangelistas dogmáticos, compulsores de catecismos.
La revolución es un hecho exquisitamente político
Quiero exponer la verdadera historia de la «cuestión abstencionista», porque no se puede reducir todo a la simple constitución de la Fracción Comunista Abstencionista dentro del PSI en 1919. ¿Cuál era la situación en 1919? El proletariado italiano había soportado una guerra muy dura y estaba profundamente imbuido de odio hacia su propia burguesía. Un verdadero odio de clase. El partido podía concentrar en sí mismo una disposición favorable de las enormes masas proletarias italianas, porque había mantenido una posición bastante satisfactoria contra la guerra, a pesar de la fórmula de compromiso «ni adherirse ni sabotear» querida por los dererchistas. Por lo tanto, el partido disponía de un enorme potencial, a condición de que expulsara de su seno a aquellos que habían vacilado, es decir, a los reformistas y a la extrema derecha, aquellos que habían demostrado tendencias socialpatrióticas. Por esta razón, nuestro grupo planteó públicamente la cuestión del parlamentarismo inmediatamente después del fin de la guerra en 1918. A decir verdad, el enfrentamiento con el grupo parlamentario siempre había existido, por ejemplo, en las reuniones clandestinas durante la guerra, que eran una continuación de las reuniones públicas celebradas incluso antes de que estallara la guerra. En mayo de 1915, por ejemplo, se celebró una reunión en Bolonia para decidir si se debía declarar la huelga general en caso de guerra. Obviamente, hubo debate y el principal exponente de la posición contraria a la huelga general fue Turati, mientras que nosotros defendimos la tesis opuesta. Pero, en general, hubo mucha mistificación. D’Aragona y los demás dirigentes de la confederación sindical del trabajo sostenían que la huelga fracasaría. Intervine diciendo que mentían descaradamente. «Vuestro miedo», dije, «no es que la huelga fracase, sino que tenga éxito. No la queréis porque no podéis soportar las consecuencias, ¡porque sabéis muy bien cuáles serán!». Turati reconoció que nuestras posiciones eran claras y nítidas y que solo así se podía razonar. De hecho, cortó por lo sano y defendió que no se debía hacer la huelga, porque, en caso de éxito, habría sido criminal atacar por la espalda a un ejército en guerra. Turati era un burgués consecuente, un adversario natural, mientras que los D’Aragona y similares no eran más que traidores infiltrados en nuestras filas, siempre dispuestos a castrar el potencial de lucha del proletariado, a sostener que es imposible salir de los esquemas habituales. No es para evitar empujar a los proletarios al desastre por temor a la derrota: es para mantener los esquemas habituales, sindicales, parlamentarios.
Esta era la situación, y por lo tanto no se proclamó la huelga general. Respetando la tradición, se convocó a la dirección del partido, a los representantes socialistas en la Confederación del Trabajo y, por supuesto, al grupo parlamentario. A pesar de lo que se dirá más adelante, nosotros defendimos una tesis puramente bolchevique-leninista: «¿Qué hacen aquí el grupo parlamentario y los socialistas de la dirección del sindicato? Es el Partido el que debe decidir. Este es un momento crítico, estamos en vísperas de la salida de los trenes hacia el frente, no es precisamente el momento de convocar un congreso y ponerse a votar como se hace en el parlamento. Es la dirección del partido, asistida por algunos exponentes de su periferia organizada, la que debe tomar decisiones de alcance revolucionario. Los compañeros que trabajan en el parlamento, que trabajan en el sindicato, deben recibir órdenes y ejecutarlas, no deben venir aquí a votar y a confrontar opiniones, no tienen ningún derecho a hacerlo. La actitud que se debe adoptar en el momento en que estalla una guerra mortal para el proletariado es un problema puramente político. La Confederación del Trabajo se pronunciará sobre la huelga por mejoras salariales, el grupo parlamentario votará cuando esos imbéciles burgueses lleven sus leyes al parlamento. Aquí estamos fuera de la lucha [por los intereses inmediatos], ¡tenéis que iros!».
[Solo he puesto un ejemplo, aunque sea el más llamativo. Esta situación se prolongó hasta 1920. Trasladando los problemas del terreno de la lucha al terreno electoral, ya fuera este último interno del partido o a nivel parlamentario, estos oportunistas cerdos siempre nos superaban. Incluso en 1920, en el momento de la ocupación de las fábricas, la Confederación no proclamó la huelga general alegando la habitual excusa del riesgo de fracaso. Los oportunistas del parlamento y del sindicato amenazaron con dimitir si la dirección del partido defendía las razones políticas de un enfrentamiento que afectaba a miles y miles de proletarios. No se quiso pasar a la acción profunda «porque faltaban las condiciones», ¡pero esas condiciones habían sido comprometidas precisamente por los oportunistas! El problema de privilegiar los contextos del confuso enfrentamiento entre instituciones frente al enfrentamiento político entre clases (que, por cierto, en 1919-20 también se estaba produciendo con repercusiones espontáneas) salió a la luz en el III Congreso de la Internacional Comunista. ¡El chantaje de los reformistas y bonzos sindicales traidores de siempre había producido finalmente una política específica de la Internacional revolucionaria!]
Hay que dejar claro que nosotros habíamos sostenido que era necesario escindir el partido y que sería posible un ataque revolucionario inmediatamente después de la guerra, y lo habíamos sostenido precisamente mientras la guerra estaba en curso. Estos dos puntos eran incompatibles con la podredumbre parlamentaria. Es más, todo ello era muy «leninista». La nuestra era una tesis exquisitamente histórica, completamente realista, ligada a «un análisis atento de las situaciones», como dicen quienes nos critican. No discutíamos sobre la filosofía de la violencia o la no violencia, si había que disparar o si, al recibir una bofetada, había que poner la otra mejilla. No era el momento de charlar entre caballeros con traje de doble botonadura. Era el momento de máxima tensión entre las clases, de una enorme acumulación de violencia debido a la guerra. O el proletariado se lanzaba contra la burguesía, o la burguesía se lanzaba contra el proletariado. En ese momento salíamos a la calle con las manos desnudas, pero para pelear, no para razonar. Esta situación no duraría. Apenas terminó la guerra, los precursores del fascismo, los intervencionistas al estilo de Mussolini, no hacían más que chillar sobre la Italia dominada por los rojos. Reunían a «gloriosos combatientes», los hacían desfilar con sus medallas al valor, con las cintas de las campañas, con sus mutilaciones. Se llegaba al enfrentamiento, los obreros silbaban, escupían y se peleaban con aquellos que querían representar la «gloria» de la inmensa carnicería.
La virulencia del parlamentarismo occidental
Era inevitable que se formara una contraofensiva, un movimiento simétrico al nuestro para disputarnos esa plaza que manteníamos firmemente en nuestras manos a pesar de la guerra. Como había demostrado la huelga de Turín en 1917, que había hecho saltar todas las restricciones policiales y militares con su aparente control férreo sobre el proletariado, situando a este último como un elemento que lucha de igual a igual contra su antagonista histórico. Y, de hecho, la alternativa en juego era histórica, una alternativa de carácter puramente material que requería acciones e instrumentos puramente prácticos, ajenos a cualquier «negociación» o «discusión». Era evidente que el partido se enfrentaba a una elección: o participar en las elecciones o tomar el poder antes de que la burguesía armara seriamente a sus defensores. Mientras el movimiento socialista proletario mantenía la plaza y repelía los ataques, el partido optaba por las elecciones. Se trataba de aprovechar la ira y la indignación del proletariado para obtener un gran número de votos y, por lo tanto, de representantes socialistas en el parlamento. Si antes de la guerra los socialistas tenían unos cincuenta diputados, ahora la situación social permitiría triplicar ese número, lo que efectivamente ocurrió en 1919, lo que entusiasmó a los electoralistas. Pero el objetivo que estos tenían en mente no se alejaba en absoluto del que tenía la burguesía. Para esta era absolutamente necesario ganar tiempo, dejar que se desahogara esta enorme ola de violencia de clase dejándola entrar en el parlamento.
Mientras tanto, en las plazas se organizaba la contraofensiva fascista. Cuando hablé en el Congreso de Bolonia (y aquí están las fotografías del rarísimo volumen que hizo Saletta)[17], los fascistas ya estaban en las plazas. Por supuesto, hasta ese momento siempre habían recibido golpes, pero pronto los darían. Yo decía: «Puesto que la propia burguesía nos invita a la plaza, ¿por qué tenemos que ir a su parlamento? Aceptemos este desafío y luchemos». Pero para conseguir que el proletariado se enfrentara en las calles y se dotara de una organización militar armada, había que evitar desviarlo hacia la competencia parlamentaria con todo lo que ello conlleva. Esa era nuestra perspectiva, el anarquismo no tiene nada que ver, tiene una visión completamente diferente. En cuanto al antiparlamentarismo, todos estábamos de acuerdo, yo, Lenin, Bukharin, ahí están nuestras tesis, nuestros discursos. La cita que he leído antes debe de ser falsa,[18] no fui yo quien renunció al antiparlamentarismo en el II Congreso, nadie renunció a él. Todos éramos antiparlamentarios, solo se trataba de discutir si para destruir esa mierda de institución que es el parlamento había que atacar desde fuera o desde dentro. Y, sin excluir que pudiera haber situaciones en las que se pudiera atacar desde dentro, sostuvimos que, en la situación de la primera posguerra, el electoralismo podía hacer imposible la alternativa revolucionaria, ya que con él se llegaba a la castración de un movimiento revolucionario, ¡no futuro, sino en curso!
Entonces, ¿qué es eso de que renunciamos al antiparlamentarismo? Todos los comunistas que seguían la línea del I Congreso de la Internacional eran antiparlamentarios. Todos los que están a favor de la dictadura del proletariado son automáticamente antiparlamentarios. El sistema de los soviets y del partido como órgano de la clase sustituye al parlamentario, tal y como afirma Lenin. De todos modos, ya he reconstruido cómo fueron realmente las cosas en 1919 en la parte final de la serie sobre el Izquierdismo. En otras ocasiones he entrado en el fondo de la historia de la Izquierda y he recordado, aunque sea de forma resumida, cómo se desarrollaron algunos acontecimientos controvertidos. Habría que extenderse un poco más sobre lo que realmente ocurrió durante la guerra, un período muy útil para comprender la naturaleza de nuestra corriente. La doble y ambigua posición del Partido Socialista Italiano durante la guerra fue combatida por nosotros desde el principio hasta el final. Y no solo eso: esta lucha contra la ambigüedad y la mistificación se prolongó hasta 1920 y la llevamos a cabo en diversas ocasiones, reuniones clandestinas y públicas, asambleas y congresos, encuentros organizativos y mítines de la fracción revolucionaria. Se produjeron alineamientos y en muchas ocasiones tuvimos la mayoría numérica, y también éramos mayoría cuando la otra tendencia fue puesta al frente del nuevo Partido Comunista. Habrá que escribir esta historia partiendo de muy atrás, al menos desde los congresos del PSI de 1900-1908 hasta el momento en que la fracción revolucionaria intransigente invirtió la relación numérica en el partido contra la fracción reformista. Habrá que remontarse a los años de las luchas dentro de la Primera Internacional, a la disidencia característica de los marxistas en la lucha contra el inmediatismo pequeñoburgués, nuestra lucha contra el bakuninismo y el anarcosindicalismo. Sí, porque si Lenin en Rusia podía polemizar con 100 populistas y anarquistas, nosotros teníamos que hacerlo con 100 anarquistas, 300 sindicalistas y una multitud de otras corrientes que en Rusia no existían.
En nuestra juventud como corriente, nos curtimos con esta lucha. La tesis errónea y peligrosa era la misma que hubo que combatir en Moscú en 1919, 1920 y 1921, es decir, que la revolución podía desarrollarse y vencer sin el partido, sobre la base de la lucha sindical o estimulando a multitudes heterogéneas sin ninguna estructura y sin programa. Sin embargo, aquí la lucha contra la vieja sociedad y sus ideas era más virulenta. Los compañeros rusos ni siquiera podían imaginar, porque no lo habían experimentado, lo que era aquí el parlamentarismo. Europa occidental, más allá de las corrientes particulares, entre 1900 y la Primera Guerra Mundial estaba como dividida en dos grandes bloques: reformistas de todo tipo que, con diferente fraseología, defendían la evolución plácida de la economía y la sociedad hacia el socialismo con el relativo ocaso idílico del capitalismo, y revolucionarios intransigentes de diversos tipos, incluidos los marxistas consecuentes, es decir, nosotros y unos pocos más. Nosotros siempre luchamos sin reservas contra el primer bloque, contra quienes creían, en vísperas de la gran masacre mundial, que no habría más guerras fratricidas, y se estremecían de indignación al oír hablar de lucha revolucionaria armada, de dictadura del proletariado. Esta tendencia dominaba, por ejemplo, en Alemania, contrarrestada únicamente por el ala izquierda del partido socialdemócrata alemán, que contaba con la estima y el aprecio de Lenin y los rusos. Por supuesto, también luchamos contra el segundo bloque, anarquista y sindicalista, a pesar de tenerlo a nuestro lado en las luchas inmediatas. En Francia e Italia, al contrario de lo que ocurría en Alemania, los reformistas no eran un gran problema fuera de los congresos y del parlamento, mientras que los anarquistas y los sindicalistas sí lo eran (en el PSI también tuvimos que lidiar con los maximalistas, pero estos no se organizaron en corriente hasta 1919). Eran un problema precisamente en el sentido de que cometían errores «infantiles», como decía Lenin. Proletarios generosos, disgustados por las porquerías de los parlamentarios y los líderes sindicales, rechazaban instintivamente las elecciones, el parlamento y el partido. No éramos asimilables ni a las fuerzas organizadas, ni siquiera a esta capa proletaria, por comprensible que fuera. Nuestra posición era clara: la revolución es un hecho político, el órgano de la revolución es el partido, el proletariado se convierte en clase consciente, en el curso de la revolución, solo a través de su propio órgano, el partido. Ninguna otra forma de organización puede sustituir a la del partido.
Y nos hemos mantenido obstinadamente en la línea clásica, hasta tal punto que incluso en el reciente trabajo presentado por los compañeros franceses[19], aparece desde las primeras páginas la línea clásica del Manifiesto: primer paso, organización del proletariado en partido político; segundo paso, organización del proletariado en clase dominante. Estas frases, escritas en 1848, significan lo que para nosotros, en 1919 ya con claridad definitiva, significaba partido político y dictadura del proletariado a través del partido. Innumerables y sabrosas citas de Marx que he extraído del material recopilado por los compañeros franceses demuestran la validez de nuestra conclusión. Cuando Marx dice: «El proletariado o es revolucionario o no es nada», nosotros añadimos, basándonos en otros escritos: «O tiene el partido o no es nada». El proletariado solo existe cuando existe su partido, el proletariado se convierte en clase cuando se organiza en partido, y solo a través de este partido de clase puede tomar el poder. Es obvio que los proletarios estén disgustados con los partidos existentes. Pero su partido debe ser un organismo que anticipe la sociedad futura. No puede ser un partido entre tantos, destinado a combatirlos en la lucha política en su propio terreno. Es el verdadero organismo nuevo que la revolución necesita para dar el salto a otra época. Y, en cierto sentido, una vez tomado el poder, se extinguirá como se extinguirá el Estado. A menos que se transforme en un organismo para la protección de la especie.[20] La claridad de esta posición ha sido indiscutible, por lo que nuestro coqueteo con este mal llamado oportunismo de izquierda no tiene nada que ver con la cuestión del abstencionismo de 1919. Y luego, como hemos visto, el oportunismo de derecha o de izquierda es oportunismo, y por lo tanto es mejor no atribuirle un lado.
Decía, pues, que hay que escribir esta historia. Para ello, para encajar bien un hecho con otro, es necesario tener una visión lo más amplia posible. ¿Es la revolución un hecho político o no? La revolución es «avanzar hacia la nueva sociedad», no se «hace», se dirige. Aquí entra en juego el hecho político. Debemos, pues, conectar con la polémica de 1870-71 entre Marx y Bakunin. Debemos volver a la Comuna de París. En ella, Lenin reconoció acertadamente, junto con Marx, el primer ejemplo de la dictadura del proletariado y el hecho de que la revolución es un hecho de partido. Cuando se desata la violencia de clase, se necesita un elemento polarizador, por lo que la revolución es un hecho de gobierno (otra forma de expresar dirección, voluntad). En una revolución se desata la violencia rebelde, pero esta, tan pronto como se satisface al derrocar las viejas relaciones, debe a su vez reprimir la violencia rebelde de aquellos que quieren volver a la antigua sociedad. Reconoceréis que es demasiado y, al mismo tiempo, demasiado poco querer la revolución. Es el resultado de determinaciones materiales en su mayor parte independientes de la voluntad de los hombres, pero hay un momento histórico en el que también es necesario querer los instrumentos para llevarla a buen término, para alcanzar sus objetivos.
Lo más difícil es deshacerse de la antigua sociedad.
[La imagen de la revolución que avanza de forma disruptiva, haciendo volar astillas por todas partes, es de Lenin y es exacta. El avance debe poder hacer surgir su propia inteligencia y esto se llama programa, instrumentos, organización, técnicas. La derrocamiento del estado de clase se produce haciendo surgir el estado de otra clase. Los anarquistas se horrorizan porque creen que no hay diferencia entre los dos pasos, como si el dominio de la burguesía sobre el proletariado tuviera el mismo valor que el dominio del proletariado sobre la burguesía. Pero la historia no conoce tales simetrías, nuestra especie está en evolución, cada etapa alcanzada es diferente, superior a la otra. En la etapa sintetizada por la fórmula «dictadura del proletariado» existe el Estado y, por lo tanto, existe un aparato de control, es decir, el ejército y la policía, instrumentos para el «trabajo sucio». Solo los idealistas no saben o fingen no saber que toda nueva sociedad se ha impuesto con los instrumentos proporcionados por la antigua. Los anarquistas recuerdan en este punto Kronstadt y el estalinismo. Tendrían razón solo si reflexionaran sobre las fuerzas en juego en el primer caso (fragmentos fuera de control en medio de un gigantesco choque entre modos de producción) y sobre la naturaleza puramente capitalista del estalinismo en el segundo caso. Acabo de decir que era conocido como alguien que siempre decía la verdad sin plegarse a las conveniencias del momento. Si hubiera sido conveniente para la revolución decir mentiras, las habría dicho. Al fin y al cabo, entre ejércitos en guerra, la desinformación es un arma. El problema no es si habrá un estado transitorio en la transición entre modos de producción: el problema es cómo manejar ese peligroso instrumento. El «fin último», como bien dicen los papeles recogidos por Oscar y Roger,[21] es algo bueno, pero hay que saber cómo llegar a él. Incluso los anarquistas están de acuerdo con nosotros en el fin último, en la sociedad comunista, sin violencia del hombre sobre el hombre, sin clases y sin propiedad. Lenin también se lo dice a Terracini. Pero una cosa es perderse por el camino y otra es tener un mapa y una brújula].
La dificultad de toda transición revolucionaria no consiste tanto en hacer funcionar la nueva sociedad, y para la comunista ya existen hoy los primeros indicios, sino en liberarse de la antigua. El monstruo actual es el que será terrible de eliminar. Este será el verdadero problema de quienes hereden el mundo actual de las viejas clases. Si quisiéramos, podríamos citar muchos pasajes significativos de Lenin, que a su vez los extrajo de Marx. En parte los hemos utilizado para demoler el concepto estalinista de «construcción del socialismo». El terror, dice Marx, sirvió a la burguesía para destruir la sociedad feudal y nosotros haremos lo mismo. No tenemos nada que construir. Es demasiado fácil «construir» lo que ya existe: el estado natural del ser humano es el comunismo; la sociedad propietaria, dividida en clases, es una herencia reciente. El propio capitalismo ultra desarrollado presenta rasgos comunistas, basta con liberarlos, permitirles el mayor desarrollo posible. Pero piensen un poco, en la fase de transición en Rusia, alguien que hubiera salido a decir: «Soy el nieto del zar y quiero restaurar el antiguo régimen». ¿Qué se hace, se discute? No, se dispara. Por otra parte, en todas las transiciones, algunos representantes de las antiguas clases derrotadas y algunos sinvergüenzas han sido asesinados, el trabajo sucio en este sentido es inevitable. Solo la burguesía finge horrorizarse ante la perspectiva, «olvidando» que en su revolución, la guillotina a su servicio funcionaba a ritmo industrial. Por no hablar, por supuesto, de las guerras, civiles y no civiles. No, en este momento no hay nada que construir, solo destruir o, naturalmente, limitar, como la hiperproducción consumista. Entonces la humanidad se pondrá en la línea de su organización natural, que en potencia y en acto ya existe, y que existe no como un sueño, sino como una realidad demostrable científicamente, la única verdad científicamente demostrable de todo el conocimiento actual.[22]
En este sentido, hemos abordado ese otro trabajo basado en una proposición crítica hacia la filosofía y la ciencia burguesas, para intentar enmarcar los resultados actuales en nuestra teoría del conocimiento.[23] Allí sostuvimos, basándonos en las antiguas tradiciones filosóficas y en las disciplinas científicas modernas, que el ser humano alcanzará un conocimiento satisfactorio primero con la revolución social que le enseña cómo conoce, por qué vías y con qué fines conoce, y solo después madurará la profundización cualitativa en todas las ramas del saber, la física, las matemáticas, la cosmología, la biología, etc.
Condiciones de admisión en Livorno
Volvamos a la historia de 1919, un retorno que, saltando de un tema a otro, parece un poco difícil. Habíamos llegado al punto en el que hay que abordar todas las cuestiones relacionadas con los debates que surgieron en 1920 en el II Congreso de la Internacional Comunista. Sobre el abstencionismo, Lenin me dice entonces: «Los de la facción abstencionista están equivocados, por lo que deben ir al Parlamento». Respondemos: «De acuerdo, si la Internacional así lo quiere, iremos al Parlamento». Sin embargo, Lenin añade: «Tienen razón al luchar por expulsar a toda esa gente reformista del Partido Socialista Italiano. Volved a Italia y expulsadlos, ahora votamos las condiciones por las que el Partido Socialista Italiano (que se había adherido a la III Internacional y al proyecto de Moscú en 1919) no podrá seguir adhiriéndose si no se produce esta escisión, si no adapta sus programas a la doctrina marxista y a las tesis de la Internacional». Todo el mundo sabe que el endurecimiento de las condiciones de admisión fue una petición que hice personalmente en la comisión. No sé si alguna vez será posible utilizar las actas de las comisiones del Congreso de Moscú de 1920, como se puede hacer con todas las actas de los congresos, pero fui yo quien le señaló a Lenin que si no se endurecían estas condiciones, no se podría proceder a la purga, a la separación de los comunistas de todos aquellos que no lo eran y que gravitaban en torno a Moscú solo por el prestigio ganado con la toma del poder. Así que Lenin añadió la vigésimo primera condición: «Todos los partidos deberán modificar sus programas, los miembros del congreso que voten por el antiguo orden en contra del nuevo serán automáticamente expulsados del partido».[24]
Después de eso, volví a Italia y se reanudó esta lucha basándose en lo que había decidido la Internacional. Dentro del partido comenzó toda la historia que se prolongó hasta 1921, es decir, se dijo que Lenin había dado una orden y que nosotros éramos gente que se había dejado comprar por Moscú, que se había postrado humildemente a los pies de los bolcheviques. Y pensar que, en cierto sentido, habíamos sido nosotros quienes habíamos dado consejos a Moscú, donde habíamos discutido de igual a igual con los bolcheviques sobre todos los temas en los que encontrábamos cosas que contradecir. Por ejemplo, precisamente sobre los temas que proponíamos al partido, no para «arruinarlo», sino para salvarlo de sí mismo. Por supuesto, en 1920 ya no había nada que salvar, solo quedaba organizar bien la escisión, que tuvo lugar en el Congreso de Livorno el 21 de enero de 1921. Quizás el acta taquigráfica de ese congreso con todas las intervenciones ya sea imposible de encontrar[25], pero nosotros obtuvimos aproximadamente 58 000 votos y los unitarios 98 000. Los reformistas obtuvieron 14 000, entre otras cosas escondiéndose detrás del viejo Lazzari. Salimos del teatro Goldoni, donde se celebraba el congreso. Antes que yo había hablado el camarada Roberto[26], un buen compañero, pero como todos los italianos era sentimental, le parecía muy malo dar ese golpe y dividir el partido en dos. Él sería uno de los representantes del partido, de los que enviamos a Moscú en agosto de 1921 al III Congreso de la Internacional, el primero que se celebraría después de nuestra salida. También estaban Gennari, gran orador, Terracini y Grieco, el único abstencionista, el fiel por el que cometí el error de poner la mano derecha y también la izquierda en el fuego. Las manos siguen aquí, pero Grieco fue protagonista del habitual giro político. Fue Roberto quien hizo la última intervención de despedida, rápida y urgente, pero antes me dijo: «Escucha, valora la idea de que, para obedecer a la Internacional, debemos salir». Por supuesto, al quedarnos en minoría, teníamos que salir nosotros del congreso e ir a constituir el nuevo partido en otro lugar, por lo que su petición no tenía ninguna lógica, pero mientras pronunciaba su discurso, Roberto sacó el pañuelo del bolsillo y se secó las lágrimas. Ahora tengo que entreteneros un poco. En aquella época llevaba sombrero. Era muy joven, en 1921 tenía poco más de treinta años, no lo necesitaba, pero era lo habitual. Me puse bruscamente este sombrero en la cabeza y, con un bolso en la mano, o una maleta, no lo recuerdo, dije: «Todos los delegados que han votado el orden del día de la Fracción Comunista, salgan del congreso y vayan al teatro San Marco para constituir el Partido Comunista de Italia, sección italiana de la Tercera Internacional»[27]. Se formó una especie de cortejo, que se cruzó con Serrati, que se puso lívido. Yo estaba dirigiendo a todos hacia el San Marco cuando el buen Repossi vino a nuestro encuentro para confirmar que la sala estaba lista. A medida que los delegados salían del teatro Goldoni, se oía un grito terrible procedente de la sala, los palcos, los pasillos y el patio de butacas. A la llegada de [nombre ininteligible, tal vez Serrati], alguien de los nuestros gritó: «¡Llega el Papa!». Entonces los demás lanzaron burlas y abucheos contra la Internacional. Incluso liberaron una paloma simbólica que comenzó a volar bajo la bóveda del teatro entre los gritos, a los que los nuestros respondían con silbidos ensordecedores.
Roberto había hablado a favor de la unidad entre socialistas y comunistas, una unidad que no debía romperse porque era como romper la unidad del proletariado. Esta es una acusación que se repitió a menudo en los años siguientes y también en tiempos recientes. Se dijo que con esa escisión, con esa ruptura de la unidad socialista, habíamos facilitado el advenimiento del fascismo en 1922. He intentado mil veces explicar qué razonamiento hay que poner como base de cualquier estudio sobre el fascismo y la derrota del proletariado. Estos hechos no pueden entenderse con razonamientos preconcebidos o, peor aún, permaneciendo fieles al esquema mental de la democracia herida, formas artificiales debidas al predominio de la ideología sobre la historia material. Livorno fue un producto de la situación material, incluido el fascismo y las condiciones proletarias, y no al contrario. Esto lo veían con sus propios ojos todos los proletarios italianos en todas las ciudades y en el campo.
Mientras nos marchábamos, se desató el caos (intervinieron muchas otras personas que no voy a enumerar), especialmente cuando Serrati dio la palabra a quien debía ser su teórico, Adelchi Baratono, un holgazán con la fuerza de cien mil caballos. Nuestros jóvenes se habían empeñado en no dejarle hablar, pero él logró decir que, tras escuchar el informe de Bordiga, no había que lamentar que nos fuéramos, ya que el mío era un comunismo ascético y cerebral. Serrati había venido a discutir conmigo en el patio de butacas. En fin, cuando hice la declaración para continuar en el otro teatro, nuestros adversarios lanzaron contra nosotros un grito desesperado tratando de impedir que terminara de leer (serán unas diez líneas), casi como si creyeran que, si no se escuchaba la declaración, esta no sería válida y la escisión no se produciría. Cuando salimos y encontramos al pobre Repossi, que venía jadeando para decirnos que todo estaba listo y que podíamos ir al San Marco, la escena era surrealista. Una frase que yo gritaba en voz alta era inmediatamente cubierta por un grito procedente del Goldoni. Entonces grité otra frase un tono más alto, subiendo media octava, y alguien más trató de taparme con un grito aún más salvaje y bestial: «¡Cerdo! ¡Cobarde! ¡Sirviente de Moscú! ¡Bufón de Lenin!», frases de este tipo. Y yo: «¡Nos vamos!», gritando aún más fuerte. Nuestros adversarios se enfurecieron también porque dije que la votación había sido falsificada, lo cual era cierto solo hasta cierto punto, y de todos modos está claro: todas las votaciones que se respetan nunca sorprenden, están predeterminadas. De hecho, los congresistas consideraron esto una ofensa a su indiscutible honestidad, aunque yo había reconocido nuestra evidente inferioridad numérica.[28]
Teoría, táctica, principios y fines
Esta fue la parte pintoresca de Livorno. Pasando al lado serio, lo que sucedió después de Livorno es bien sabido. La Internacional no estaba compuesta solo por comunistas íntegros como nosotros y los bolcheviques. Todos comenzaron a meterse con Zinóviev, y también con Lenin, diciendo: «Habéis dado demasiada cuerda a los italianos. Son comunistas fanáticos terribles. Allí, ese Bordiga manda con mano dura». Querían hacer lo que les daba la gana a pesar de los 21 puntos. Nosotros, naturalmente, después de regresar de Moscú en 1920, habíamos llegado a un acuerdo con la parte de los maximalistas que se habían opuesto a nosotros en el Congreso de Bolonia. Nos reunimos con Serrati, yo, Gennari y Gramsci. Acordamos que también iríamos a las elecciones, que retiraríamos lo que se consideraba «la condición previa abstencionista» siempre y cuando ellos votaran con nosotros la expulsión de Turati y de los reformistas de derecha (y esto es una prueba de que el abstencionismo no era una cuestión de principios). Era un intento desesperado por salvar al partido de esta plaga que lo contaminaba y envenenaba, de este hedor que lo infectaba en lo más profundo. En definitiva, hicimos todo lo posible. Como se ve, demostramos ser capaces de llegar a compromisos. Lo digo porque otra gran acusación que nos lanzan los explotadores del Izquierdismo de Lenin es que este era capaz de hacer concesiones, que los comunistas hacen concesiones. Creo haber demostrado suficientemente lo que Lenin entendía y permitía. Él llamaba «concesiones» a hechos incidentales, transitorios, en situaciones locales, que no afectaban a los fundamentos de los principios y la teoría. La normalidad cotidiana.
Por eso, a pesar de nuestros críticos, llegamos a decir: «De acuerdo, vayamos al parlamento, siempre y cuando se sepa bien lo que se hace y por qué se hace». Bueno, nadie ha conseguido engañarme en este punto, yo nunca he ido al parlamento. Cuando quiero darme un poco de aire, presumir de algo, digo que he hecho lo que ningún italiano consigue: no ser diputado, pudiendo serlo. Así que nos ofrecimos a participar en las elecciones y, cuando se celebraron, hicimos de recaderos electorales para los que se presentaron como candidatos. Y después del congreso de Moscú de 1920, que ordenó al partido comunista convertirse en un partido parlamentario, aceptamos esta imposición y nos reunimos con el otro grupo socialista. Los mismos centristas publicaron textos en los que Gramsci y Togliatti admitían nuestra disciplina en la Internacional hasta mucho después de Livorno 1921.
Hablando de Togliatti. Hoy se le considera uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia. Yo no lo recuerdo. No contaba para nada, si estaba allí era en calidad de periodista. Gramsci estaba allí, pero no habló, dijo que no tenía voz suficiente para hacerse oír en un teatro.[29] […][30] Me había reunido con Serrati, había ido a comer a su casa, porque siempre he sido amigo de mis adversarios políticos, y Serrati me había dicho: «Vosotros seréis minoría». Y yo le había respondido: «Pero yo estoy trabajando para ser minoría, porque no quiero el Avanti. En Imola estamos organizando el partido, no estamos organizando una facción». Aparte del hecho de que le robaron el periódico, pobrecito. Mientras estaba en la cárcel, Nenni lo engañó hábilmente.
Después de junio de 1920 y hasta enero de 1921, habíamos instalado la sede de la fracción comunista en Imola. Habíamos organizado bien todas nuestras secciones, ya habíamos hecho todos nuestros movimientos. A esos 58 000 que votaron por nosotros en Livorno los habíamos organizado grupo por grupo. Varias federaciones se pasaron a nuestro bando, así como varios periódicos, organizaciones de base enteras y algunos municipios. En resumen, habíamos tejido nuestra red. Así que le dije a Serrati: «Sé muy bien que tendrás la mayoría en Livorno, pero yo no estoy trabajando para organizar una facción, estoy organizando sin duda el nuevo partido». Y así fue, nosotros seguimos nuestro camino y ellos continuaron con el anterior.
1921 es el mismo año del Tercer Congreso de la Internacional Comunista. Las reacciones fueron diversas, como sabéis. En la redacción del material para nuestro periódico, el que acaba de salir y que leeréis[31], abordé la visión general, internacional e histórica. Llegado a este punto, sin embargo, se impuso la cuestión de la táctica. Por lo tanto, me he remitido a un pasaje de Lenin que, como veremos ahora, es una refutación de la intervención de Terracini. En ese pasaje, Lenin dice: «Una cosa es la táctica, otra cosa es la teoría, otra cosa es el fin y otra cosa son los principios». Es un pasaje teóricamente exacto, perfecto, y he tratado de utilizarlo para explicar qué es la táctica, qué es la teoría, qué son los fines, qué son los principios, qué es el programa. Se trata de una unidad, pero compuesta por diferentes «momentos», que caracterizan el funcionamiento del partido. Ahora bien, en lugar de quedarnos explicando lo que ya está escrito en el periódico, lo cual sería algo académico, doctoral y aburrido, será útil ver en qué contexto Lenin dijo esta frase sobre la táctica. Ya hemos visto, a este respecto, el problema ignominioso y repugnante de la táctica parlamentaria, en el sentido de ir o no al parlamento. Hemos visto que no es una cuestión de principios, porque nos parecía correcto que los antiguos partidos europeos hubieran ido al parlamento en ciertas épocas; que los bolcheviques hubieran ido algunas veces y otras no; que fueran a los parlamentos reaccionarios. Era al democrático, en esta época, al que no queríamos ir. Cuando Lenin insistió en decirme que yo sería muy adecuado para luchar en un parlamento y que debían convertirme en un luchador parlamentario, le respondí que no tendría ningún problema en ir al parlamento reaccionario de una sociedad protocapitalista, pero que él no se daba cuenta del estercolero que era un parlamento democrático plenamente burgués. Podría ir, pero ¿de qué serviría? Desde el primer día escupiría en la cara a todos y me iría. Pero todos los que van allí se dejan atrapar por la maquinaria y el 99 % se convierten en renegados oportunistas. Los rusos no podían tener esta experiencia, por mucho que hubieran vivido en el extranjero y también hubieran visto oportunistas. De verdad, la cuestión de la táctica parlamentaria, para nosotros está rápidamente resuelta. Pero en el congreso de 1921, las concepciones que realmente se oponían se referían a la toma del poder, la guerra civil y la actitud frente a la violencia revolucionaria. Es sabido que los maximalistas defendieron hasta el final, «con lealtad», a Turati y a los reformistas de derecha, haciendo inevitable nuestra separación. ¿Por qué? Porque, en el fondo, todos eran gradualistas.
Hemos visto qué postura adoptó la Izquierda antes y durante la guerra, cuando se pretendía debatir qué hacer convocando a la dirección del partido, al grupo parlamentario y al sindical. Es un error. Es el partido el que toma las riendas cuando se avecina la guerra entre clases, es el partido el que da la orden de ataque, se la da al proletariado, se la da a sus miembros, se la da a su propia estructura militar. Nosotros teníamos una estructura militar e ilegal, aunque empezamos a organizarla demasiado tarde, es decir, inmediatamente después de Livorno. El responsable era el buen Fortichiari, del Ejecutivo. Se ocupó de este sector pasando inmediatamente a armar y organizar militarmente a grupos de militantes y proletarios cercanos a nosotros. Por supuesto, nuestro armamento consistía en unos pocos miles de revólveres y mosquetes en toda Italia, mientras que el de los fascistas, que se habían organizado ilegal y militarmente antes que nosotros y contaban con el apoyo militar y policial, era más completo. Las revoluciones estallan cuando a la clase dominante no le queda más remedio que la opción militar. Son ellos quienes declaran la guerra de clases. Cuando comprenden que no pueden hacer otra cosa, intentan adelantarse a nosotros. Tienen todo el interés en aprovechar las ventajas del ataque preventivo y en esto cuentan con el apoyo de la maquinaria estatal. El día en que se pueda contar nuestra lucha a través de la documentación, los informes que enviamos a Moscú en 1921 y 1922, se verá que nos vimos obligados a retirarnos, pero lo hicimos de forma ordenada, luchando, sin compromisos con la reacción burguesa. Esto es algo que nuestros adversarios de ayer y de hoy no pueden reivindicar, ya que, en lugar de luchar, cometieron las peores atrocidades, desde el Aventino hasta el pacto de pacificación con los fascistas.[32]
Estos síntomas de coherencia y desbandada tienen que ver con cuestiones generales relativas al proceso revolucionario. Y a ellas me gustaría referirme para hacer algunos comentarios sobre el error garrafal que cometieron nuestros compañeros en el Tercer Congreso de 1921. Se presentaron a la asamblea con este esquema: a) en el primer congreso hemos desacreditado a los de la Segunda Internacional, a los reformistas, a los traidores, a los patriotas, a los vendidos a la burguesía, a los ministros, y los hemos deshonrado ante todo el proletariado, los hemos expulsado; b) en el segundo congreso hemos mejorado la constitución de nuestros partidos comunistas. Hemos creado un partido comunista en Alemania, en Italia, en Francia, etc. El partido ruso existe, por lo que la fase de constitución de los partidos ha pasado; c) los procesos en los distintos países no han sido evidentemente iguales, pero ahora tenemos el partido, no hay nada más que esperar, no hay ningún intervalo histórico, hemos constituido el verdadero partido y, por lo tanto, ¡adelante! Debemos pasar a la ofensiva. Una auténtica teoría de la ofensiva. Como decir que, dado que estamos seguros de tener un partido sólido, es obligatorio desencadenar la revolución.
Terracini, que en 1919, al igual que todos los demás partidarios de las elecciones, no había percibido la alternativa entre elecciones y revolución, entre elecciones y asalto revolucionario, ahora estaba a favor del asalto revolucionario solo porque existía el partido. Tal asalto era quizás posible en la primera mitad de 1919. No soy voluntarista, pero no descarto esta hipótesis. Soy el menos voluntarista de todos. Es cierto que entre los nuestros de la Izquierda los hubo, no solo voluntaristas, sino incluso belicistas, partidarios de la solución militar, no lo puedo negar. Entre los generosos proletarios y compañeros hubo algunos que tenían instintivamente la impaciencia de dar golpes, de acelerar el asalto final. Yo no estaba entre ellos, soy más bien un razonador, no creo que con un impulso de voluntad se pueda forzar una situación. La leyenda dice que fue Lenin quien creyó que yo, como buen extremista, lo creía. Pero nunca lo pensé. En un discurso que pronuncié ante Lenin en el congreso de 1920 (también lo publicamos),[33] dije que, dado que la oleada revolucionaria ya estaba en reflujo en Europa, no solo en Italia, había que expulsar más severamente a los traidores porque, cuando la revolución avanza, es fácil para todos decir: yo estoy a favor de la revolución. De hecho, al principio todos estaban a favor de la Tercera Internacional, oían hablar de la dictadura del proletariado, pero siempre actuaban de manera que imposibilitaban el resultado revolucionario. Por eso no creía en absoluto que, tras el Congreso de Livorno, el nuevo partido pudiera asentarse en pocos meses y hacerse lo suficientemente fuerte como para lanzar el asalto, y lo que sucedía, sucedía. Se libró una batalla, sí, pero fue una batalla de retaguardia, como se dice en la jerga militar cuando se lucha solo para preservar las propias fuerzas con el fin de ser más fuertes para el ataque decisivo. Por ejemplo, la batalla por la Alianza del Trabajo, que tuvo lugar en agosto de 1922 en plena discusión con Moscú sobre el frente único, fue una batalla de retaguardia, de la que hablaremos cuando nuestra crónica llegue a ese tema, ciertamente no esta tarde.
Mientras librábamos esta batalla defensiva de retroceso, los oportunistas seguían siendo demasiado poderosos, por lo que se hizo perder tiempo al partido para reunir a algunos elementos atras
