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Arco histórico Biblioteca Bordiga, Amadeo Hilo histórico Por autor Temática Teoría

Bordiga – 1919-1926: Revolución y contrarrevolución en Europa

n+1, nº32, diciembre 2012. Amadeo Bordiga, transcripción en banda magnética de una reunión en 1960-61. Descargar aquí

«La reconstrucción doctrinal significa devolver la claridad a los objetivos de la revolución de clase, totalmente perdidos con el predominio de la fórmula que antepone el movimiento y el éxito contingente al objetivo máximo. Dado que se demostró que la falta de dicha claridad convirtió el éxito esperado en un desastre, reconstruirla significa devolver a la vanguardia de la clase, es decir, al partido que resurge de la aplastante derrota, precisamente esa voluntad consciente de acción práctica que no puede tener lugar en el ámbito de la persona y menos aún en el del gran e ilustre líder».

Reunión de Forlì, Programma Comunista, nº1, 1953

La necesidad de una historia de la Izquierda Comunista Italiana[1]

Por fin abordamos un tema que nos llamaba la atención desde hacía mucho tiempo, a saber, la Historia de la Izquierda.[2] Se trata de un trabajo que se relaciona con la serie de artículos que hemos publicado en Programma Comunista sobre el Izquierdismo de Lenin, en los que se explica su verdadero trasfondo histórico y teórico y se hace un comentario bastante amplio y difundido al respecto.[3] Luego, en la reunión de Bolonia[4], echamos un primer vistazo a los problemas que debemos tratar en la continuación de nuestro trabajo. Les advertí entonces que no quería hacer yo la exposición sobre este período, porque, dado que, lamentablemente, existe la mala costumbre de identificar con nombres de personas las historias de los grupos, las tendencias y las corrientes que han actuado históricamente, me habría visto obligado a mencionar mi nombre muy a menudo, y eso me molestaba, ya que ciertas cosas o bien no debería haberlas dicho o bien habría tenido que decirlas hablando demasiado de mí mismo. Quería evitarlo a toda costa, porque estamos haciendo un esfuerzo considerable para que nuestro movimiento sea impersonal, tanto en general como en cada caso específico. Al tratar de despersonalizar al máximo nuestro pequeño partido, queremos que su trabajo sea cada vez más colectivo, pero como se trataba de un punto inevitable, como veremos, tuvimos que afrontarlo con valentía. En el futuro veremos cómo resolver el problema, pero en este caso, naturalmente, intentaré no hablar de mí mismo en tercera persona, como hacían Julio César o Napoleón. Por otra parte, tampoco podré hablar de él como del último tonto: en primer lugar, porque no se entendería por qué aparece tan a menudo en los documentos de la época y, en segundo lugar, porque menospreciaría todo el esfuerzo que hago para transmitiros estos resultados. Por lo tanto, es algo muy embarazoso y veremos cómo hacerlo en la publicación que hemos comenzado a trazar.[5]

Nuestro trabajo para la publicación es doble. Después de la reunión de Bolonia, comenzamos a dar cuenta de lo que allí se dijo, en dos entregas, que hasta ahora han aparecido en la prensa. La primera la han leído todos porque se publicó en el número 3, la otra en el número 4[6] y creo que todavía nadie la ha leído, aunque esta vez el periódico ha salido antes. No creo que hayan podido recibirla antes de salir de sus sedes, así que recordaré quizás las cosas más importantes. En la primera entrega he tratado de explicar cómo está organizado ese texto que nos gustaría publicar en la forma que luego veremos (creo que en este caso la forma mimeografiada no conviene, es algo que podríamos discutir aparte en el transcurso de esta reunión desde el punto de vista práctico).

El trabajo consiste en una recopilación de documentos que aún no está completa y, sin embargo, ya es bastante voluminosa. Habrá que escribir algo que sirva de tejido conectivo para todos estos textos históricos, que los una. Hemos empezado a escribir algunos capítulos con una breve introducción. Naturalmente, cuando hablamos de la Izquierda en la Internacional Comunista, nuestra historia podría comenzar cuando surgió la Internacional Comunista en 1919, pero es imposible hablar del surgimiento de la Tercera Internacional sin hablar del colapso de la Segunda, y por lo tanto de la Primera Guerra Mundial, por lo que habría que remontarse a 1914. Para explicar cómo se produjeron las sonadas crisis de los «partidos proletarios» al acercarse la guerra, hay que dar una idea de las tendencias y corrientes que existían en el movimiento socialista incluso antes. Por lo tanto, aunque sea a grandes rasgos, hay que remontarse a los orígenes del movimiento proletario. Y como a lo largo de todo este curso reivindicaremos nuestra fidelidad a una teoría que sigue siendo la marxista, debemos volver al origen de la teoría marxista. También hay que remitirse a otros textos más o menos antiguos de nuestros clásicos, con el fin de demostrar que no representamos una escuela surgida en un momento histórico contingente o, peor aún, como consecuencia de la evolución actual, sino que representamos un hilo continuo, como siempre hemos sostenido, un hilo que nos remite a esos orígenes. Por lo tanto, se necesita una especie de introducción histórica. Hemos comenzado a hacer esta introducción.

Por supuesto, en esta Historia, como hemos precisado en una primera advertencia inicial, no pretendemos hablar específicamente ni de Italia, ni del partido italiano, ni de una «izquierda italiana». Desde que se formó en la Fracción, de hecho, la Izquierda Comunista fue la corriente más activa en Europa en lo que respecta a la acción en el seno de la Internacional Comunista, hasta que fue imposible evitar su ruina. Por lo tanto, no nos detendremos específicamente en Italia, sino que hablaremos de problemas que eran mundiales, en consonancia con la orientación mundial de la Tercera Internacional. Debemos hacer una mención internacional de las críticas que hicimos a partir de 1920 y de los hechos históricos que demostraron cuáles fueron los resultados de las medidas que se discutían entonces. Partimos de un panorama de la situación europea. En estas primeras carpetas ya escritas hemos tomado prestados textos fundamentales. Hemos utilizado, por ejemplo, la Historia de la socialdemocracia alemana de Mehring, quien, para escribir su historia, parte de un panorama de la situación en Alemania alrededor de 1860. Nosotros también hemos tratado de ilustrar un panorama de Italia alrededor de 1860 y, a gran velocidad, hemos llegado rápidamente a 1870-71, época en la que comienzan a manifestarse las importantísimas cuestiones de orientación que dan inicio a la lucha contra el oportunismo dentro del movimiento socialista.[7] En toda nuestra línea, a diferencia de otros, no debemos considerarnos adversarios directos del método defendido por Lenin en los distintos congresos internacionales y en el Izquierdismo, porque, por nuestra parte, sabíamos desde el principio que el movimiento marxista proletario comunista auténtico, puro y ortodoxo tenía adversarios en ambos bandos, por muy convencional que sea esta expresión de combinaciones. Es decir, por un lado tenía a los reformistas y revisionistas, y por otro lado tenía a los libertarios, sindicalistas y anarcoides, que representaban otra tendencia asimilable al oportunismo. Por lo tanto, hoy nos encontramos en un camino en el que podemos demostrar que siempre hemos estado, desde el núcleo que nos dio origen en el seno del antiguo Partido Socialista Italiano, mucho antes de haber tenido contacto con Lenin, de haber leído y aplicado sus libros, de haber trabajado con los compañeros bolcheviques en los congresos. Estamos en ese camino desde mucho antes de la guerra de 1914. Estábamos en esta línea al menos desde la guerra de Libia y luchamos posteriormente contra estos dos «peligros», que en los congresos internacionales se denominaron erróneamente peligros de «derecha» e «izquierda». Ahora es obvio que, desde el punto de vista revolucionario, la derecha o la izquierda no significan absolutamente nada. En todo caso, todos son peligros igualmente de derecha, errores que conducen al éxito de la contrarrevolución y no de la revolución. En resumen, siempre hemos combatido esta doble serie de errores.

El abstencionismo, el nuestro y el de Lenin

En cambio, la forma en que se cuenta la historia se basa en el cuento de hadas según el cual nosotros, últimos exponentes de la corriente internacionalista, muy fuerte en el PSI y dominante en el Partido Comunista de Italia constituido posteriormente durante muchos años, seríamos los representantes explícitos de lo que Lenin definió como oportunismo de izquierda, al que Lenin, mientras vivió, se vio obligado a asestar golpes tan fuertes como los que asestaba al oportunismo de derecha. Nuestra puesta a punto de la historia de la Izquierda Comunista servirá también para eliminar el error fundamental inherente a este cuento propagandístico y para demostrar la ortodoxia de nuestra corriente, es decir, nuestra coherencia con el camino que también seguía Lenin. Por eso hay que partir, en primer lugar, del hecho de que el origen histórico de nuestra corriente tiene las mismas bases que la bolchevique, las mismas que el Partido Comunista Ruso. Es más, tal vez podamos reivindicar orígenes aún más claros. ¿Por qué decimos aún más claros? [Porque nosotros estuvimos determinados por una situación capitalista más madura. Hay que reconocer a los bolcheviques el mérito de haber sabido mantener al principio una gran coherencia a pesar de las condiciones muy difíciles de la Rusia atrasada].[8] La gran fuerza, lo dijimos entonces y lo repetimos hoy a cada paso, el gran mérito, el enorme resultado que supo obtener el partido bolchevique, es decir, la corriente comunista en Rusia, fue basarse íntegramente en la teoría, mantener la línea de principio de la revolución proletaria tal y como había sido establecida por nuestra doctrina, desde el principio, precisamente allí donde las condiciones parecían más difíciles, más desfavorables, donde aún era necesario sustituir a la burguesía para completar una revolución burguesa, dado que la burguesía rusa era inconsecuente. Y, con este impulso, dar un carácter completamente proletario a la revolución, aplicar el modelo completo de la revolución comunista, lo que consideramos un «universal» general y articulado para todos los países y para todos los tiempos. Desde este punto de vista, teníamos una ventaja material con respecto a ellos, por lo que reivindicar orígenes «más claros» que los bolcheviques no es una autocomplacencia. La situación italiana, ultra madura, simplemente nos había facilitado situarnos en el terreno de la intransigencia revolucionaria, porque habíamos nacido y vivido en un país con antiguas relaciones capitalistas, cuya democracia se remontaba a la época de los Comuni[9], independientemente del desarrollo industrial cuantitativo que sugerían las estadísticas, etc. Un país que había llegado políticamente al gran giro revolucionario burgués en 1861, pero que había madurado antes que los demás las relaciones de clase integrales, por lo tanto antes y más completamente que Alemania, por mantener el paralelismo con el citado Franz Mehring.

Alemania, como dice Marx y como Mehring y nosotros mismos recordamos, había desarrollado al máximo el idealismo filosófico, que chocaba inevitablemente con las realizaciones revolucionarias de Francia e Inglaterra, por lo que se hacía igualmente inevitable la crítica a la filosofía, en este punto no solo alemana, sino a toda la filosofía.[10] Esta crítica teórica, unida a la crítica de los hechos en Francia e Inglaterra, países que se encontraban ya completamente más allá de la revolución antifeudal y de la aparición de la época burguesa capitalista, había permitido realizar la teoría perfecta del movimiento proletario. También la corriente bolchevique fue el resultado del encuentro de factores internacionales, en su mayoría ajenos a Rusia, por lo que las condiciones eran maduras. Es en este terreno donde creemos que nos ha situado la dinámica histórica, y en ese mismo camino nos encontrábamos desde finales del siglo XIX y principios del XX, hasta los años previos a la guerra, cuando se formó la corriente organizada. Esto es válido para Lenin y los bolcheviques, cuando a principios del siglo XX se separaron de los revisionistas y los socialistas revolucionarios, cuando lucharon en el seno de la antigua Internacional socialdemócrata contra la orientación bernsteiniana que tendía a deformar la sana posición marxista. Nosotros estábamos en una posición perfectamente equivalente, pero para nosotros era más fácil.

En nuestra región era más evidente el contexto social e histórico con el que nos enfrentábamos, la interconexión de los problemas políticos, el modelo triclasista en el sentido de Marx, dado que la burguesía industrial, la burguesía terrateniente y el proletariado eran clases completamente desarrolladas. En nuestra región, las demás clases o no clases eran totalmente secundarias, mientras que el modelo ruso era mucho más complicado y siguió siéndolo incluso después de la revolución, que tuvo que lidiar con una economía que abarcaba toda la escala histórica de las sociedades de clases, desde las relaciones patriarcales arcaicas hasta las feudales, desde la autocracia de tipo asiático hasta el capitalismo naciente con sus primeros núcleos muy combativos de la clase proletaria industrial, y así sucesivamente.

Al tratar la parte final de El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo, tuve que examinar una primera divergencia entre la Izquierda Comunista «italiana», la Internacional y el propio Lenin, es decir, la famosa cuestión de la formación en Italia de la Fracción Comunista Abstentionista que proponía, con motivo de la primera gran vuelta electoral de la posguerra, en vísperas de los acontecimientos de 1919 y 1920, la tesis de la no participación en las elecciones parlamentarias. Esta tesis la defendí desde el Congreso de Bolonia, de forma ya perfectamente madura, organizado a escala nacional, aunque sin un gran éxito numérico en cuanto a los votos del congreso. La cuestión de nuestro abstencionismo nunca se entendió, y debo decir que el propio Lenin no la entendió, por mucho que la hubiéramos profundizado ampliamente entonces y en los años siguientes. Hemos demostrado con toda claridad que nuestra «idea» (por así decirlo, porque no era en absoluto una idea) de adoptar una actitud de boicot a las elecciones parlamentarias no se derivaba en absoluto de una cuestión de principios, de nuestra simpatía por el abstencionismo de tipo anarquista. También los consejos rusos ya habían experimentado en determinadas situaciones el abstencionismo, y Lenin escribió varias veces sobre las divergencias con las cuestiones de principio planteadas por los anarquistas, había discutido con ellos, había puesto los puntos sobre las íes aclarando bien las divergencias. Y nosotros, a nuestra manera, tuvimos una gran cantidad de enfrentamientos con los anarquistas, siguiendo la misma línea de Lenin.

Si me permiten una pequeña referencia personal, en aquella época, en todo el Partido Socialista Italiano, yo era el socialista más detestado por los anarquistas, porque con ellos, desde antes de la guerra, desde las primeras luchas en la federación juvenil socialista contra los anarcosindicalistas, siempre había librado batallas teóricas para demostrar el abismo existente entre el marxismo y el anarquismo. No en el sentido convencional habitual, según el cual los anarquistas eran los más extremistas, los que querían hacer la revolución de forma más impulsiva, mientras que los socialistas querían ir más despacio, sino en el sentido de que nosotros éramos los que, en relación con las tareas que nos imponía la historia, seguíamos el camino más directo y extremo hacia la revolución, mientras que los anarquistas no eran más que una deformación de las posiciones conservadoras y pequeñoburguesas.[11]

[Nuestra postura fue malinterpretada y nunca pudimos librarnos de lo que, en el fondo, era un prejuicio, a pesar de haber aclarado la cuestión en numerosas ocasiones. Por ejemplo, en el discurso del III Congreso de la IC, al que llegaremos enseguida, Lenin elogia a los abstencionistas porque habrían renunciado al abstencionismo y, por lo tanto, a cualquier vínculo con el anarquismo. Pero Lenin sabía muy bien quiénes éramos y qué queríamos (probablemente, por cierto, las traducciones de las que disponemos no han sido revisadas por el propio Lenin, como solía ocurrir, sino que son traducciones de traducciones). Cuando Lenin arremete contra Serrati es para decirle que en Livorno hizo mal en no unirse a los comunistas. No habría podido decirlo si nos hubiera considerado anarcoides. Ahora les contaré la historia. Si quieren, por supuesto, les haré toda la cronología, pero la cosa se haría larga y aburrida, así que si les cuento de vez en cuando algunas anécdotas, les interesará más. Así que voy a mencionar alguna vez a ese tonto de Bordiga. Se enfada con el buen Lazzari, que dice a los bolcheviques: «Nosotros hemos obtenido 98 000 votos en Livorno, vosotros, los comunistas, habéis obtenido 58 000, habéis hecho mal en Moscú al ordenar a los comunistas que se marcharan». Entonces eran muchos los que se identificaban perfectamente con las posiciones de la Izquierda, incluso aquellos que luego traicionarían alineándose con la degeneración de Moscú, incluso muchos de los que se quedaron con Serrati y Lazzari. Entonces Lenin dice: «Aunque los que se quedaron en el PSI no fueran verdaderos comunistas, aunque fueran solo sustitutos de Bordiga (y no era así, porque Bordiga, después del II Congreso, declaró con perfecta lealtad que renunciaba a todo anarquismo y antiparlamentarismo), ¡habríais tenido que salir y convencer a vuestros compañeros de que se unieran a los comunistas!». Por supuesto, no es que la separación la hubiera ordenado Moscú. Yo me habría ido de todos modos, arrastrando conmigo a todos los demás, aunque Moscú no hubiera querido].

La lucha al interno del partido ruso

[Ahora bien, no puedo decir cuáles fueron las palabras exactas de Lenin. Recuerdo muy bien los discursos que se pronunciaron, pero no estuve presente en el III Congreso de 1921, ya que estaba ocupado aquí con el trabajo del partido. Otros asistieron y ahora les mostraré el lío que armaron una vez que llegaron allí. Estaban Terracini, Gennari y otros. Enfadaron a Lenin porque dijeron las cosas de una manera tan tonta y retorcida que se ganaron una buena bronca… y podéis estar seguros de que él sabía darlas mejor que yo. Si yo hubiera estado allí, habría reiterado muy claramente las razones de nuestro abstencionismo y el hecho de que para nosotros no era una cuestión de principios, sino un simple problema de funcionalidad, ya que el partido revolucionario, en una época revolucionaria, no debe dejarse atrapar en la dinámica putrefacta de la política burguesa. Lenin sabía que yo siempre digo la verdad y eso habría simplificado las cosas. No por una cuestión de «lealtad», sino porque nuestra renuncia al abstencionismo (el anarquismo no tiene nada que ver) no implicaba ninguna renuncia a los principios revolucionarios. En la Internacional, no solo Lenin conocía esta historia de la verdad de Bordiga. También Bukharin, Trotsky, Zinóviev y Kámenev reconocían que yo no iba por caminos tortuosos].[12]

El otro día, por ejemplo, nos reímos al leer un texto burgués que expone hechos basándose en algunos documentos de la Internacional Comunista. En él se habla del VI Congreso de 1928, en el que participó Togliatti, que ya había tomado las riendas del Partido. Yo estaba confinado en la isla y, naturalmente, no estuve presente.[13] Entonces Togliatti habría declarado… digo habría declarado porque no era un protocolo, era el relato de un periodista que había entrevistado a Togliatti y, por lo tanto, se basaba completamente en sus palabras. Togliatti dice: «Aquí ya no se entiende nada…». Era el año 1928, es decir, al día siguiente de las primeras luchas violentas entre Stalin y Bukharin, por un lado, y Zinóviev, Kámenev y Trotski, por otro. Y era la víspera de la acción más feroz contra la oposición rusa. En ese momento, nuestros amigos centristas italianos (perdonen la exposición desordenada), Gramsci y Togliatti, aún no habían abandonado a Trotsky, aún dudaban, pensaban que, en el fondo, él y Zinóviev podían tener razón, vacilaban, aún no se habían decantado completamente por Stalin. En esta situación, Togliatti, recién llegado a Moscú, dice: «Aquí no se entiende nada, aquí hay una oscuridad total. Es realmente una situación repugnante. Los rusos tienen este congreso en el estómago, no saben cómo quitarse el peso de encima. Nadie sabe cuál es la verdad detrás de las acusaciones mutuas, nadie sabe cuál puede ser la salida». No sabían qué hacer. «Es una verdadera lástima que Bordiga no esté aquí esta vez, porque si estuviera diría la verdad, como siempre». Veréis, yo habría desempeñado un papel histórico muy importante, como un verdadero agitador.

Togliatti sabía muy bien que nuestra corriente habría optado por la posición contraria a la enunciada por Stalin; pero ya no estaba representada en el partido y, por lo tanto, no podía expresar, como siempre había hecho, una posición clara y contundente, acusando sin duda a Stalin de haber cruzado el Rubicón en el camino que conduce a Rusia a la ruina. Togliatti sabía que la       Izquierda habría proclamado su solidaridad con Zinóviev y Trotsky, como yo había hecho la última vez que estuve en el Ejecutivo Ampliado en 1926. No son anécdotas de memorialista. Me repugnaría convertirme en un vendedor de recuerdos. Pero, como les he contado aquí varias veces, de pasada, entre otros temas, fui el primero en decir que Zinóviev y Trotsky defendían la misma tesis, aunque eso no fuera inmediatamente visible, dado que en 1924 fue precisamente Zinóviev quien liquidó a Trotski y montó una campaña feroz contra él. En 1926, Zinóviev pasó a la oposición. Ese Zinóviev era, a pesar de todo, un verdadero revolucionario, un verdadero marxista, y en 1926 finalmente se dio cuenta de que Trotsky tenía razón y pasó de la mayoría a la oposición. Tanto es así que en el VII Ejecutivo Ampliado, en diciembre, cuando yo ya no estaba, no fueron capaces de hablar.[14]

En el Comité Ejecutivo Ampliado de febrero, yo estaba en contra de la alianza entre Stalin y Bukharin, por un lado, y Zinóviev, Trotski y Kámenev, por otro.[15] Ya sabéis muy bien cómo acabó todo: incluso Bukharin se alejó de Stalin. Pero yo fui el primero en saber que Trotsky y Zinóviev se unirían. ¿Quizás porque me lo habían confiado? No, porque ni siquiera ellos dos lo sabían. Yo lo sabía porque conocía a fondo a unos y a otros. Como era conocido por decir siempre la verdad y por ser alguien a quien se le podía contar todo (sabían que no se lo iba a contar a los esbirros), recibía información de unos y de otros, lo que me permitía tener una visión precisa y objetiva de la situación y anticipar escenarios que se producirían solo unos meses después. «¡Ah!», me decían, «¿qué quieres saber sobre el Partido Bolchevique? Somos viejos bolcheviques y te decimos que es imposible que Trotsky y Zinóviev se den la mano». «Pero no», respondía yo, «no es en absoluto imposible, porque aquí no están en juego hechos personales, ambos defienden la misma cuestión teórica, han vislumbrado en el estalinismo la misma solución histórica». Y al final fueron víctimas de ella, ya que por diferentes vías ambos fueron asesinados por la misma causa.

Ahora, para volver un poco al tema, para concluir sobre la cuestión abstencionista, he recordado cuál ha sido esta gran acusación que nos han hecho los centristas, según la cual seríamos puros teóricos, dogmáticos, talmúdicos que han leído ciertos libros y juran por ellos como por un evangelio escrito por Marx. Salvo para sostener, naturalmente, que ni siquiera sabemos leer bien este evangelio. En cambio, está claro que ellos interpretan textos y doctrinas y luego pretenden utilizarlos como un evangelio. Por eso esta cuestión, antes de volver a ser de actualidad debido al cuadragésimo aniversario de la formación del PCd’I en Livorno y a todo el alboroto que han armado nuestros adversarios al respecto, ya era de actualidad entonces. No por la cuestión en sí, la del abstencionismo, sino por las discusiones internas de carácter internacional que ya se libraban en Moscú sobre las diferencias, con las correspondientes acusaciones mutuas de revisionismo, capitulaciones más explícitas que las que se escucharon en la famosa conferencia de los 81 a finales de los años 60.[16] Habían vuelto a discutir entre ellos, chinos, rusos, yugoslavos, albaneses, etc., acusándose mutuamente de revisionismo, remitiéndose unos y otros a los textos originales, en definitiva, jurando también ellos sobre los evangelios. Solo que ellos reivindicaban el sacrosanto derecho a hacerlo, mientras que a nosotros nos acusaban, como nos acusan hoy, de ser evangelistas dogmáticos, compulsores de catecismos.

La revolución es un hecho exquisitamente político

Quiero exponer la verdadera historia de la «cuestión abstencionista», porque no se puede reducir todo a la simple constitución de la Fracción Comunista Abstencionista dentro del PSI en 1919. ¿Cuál era la situación en 1919? El proletariado italiano había soportado una guerra muy dura y estaba profundamente imbuido de odio hacia su propia burguesía. Un verdadero odio de clase. El partido podía concentrar en sí mismo una disposición favorable de las enormes masas proletarias italianas, porque había mantenido una posición bastante satisfactoria contra la guerra, a pesar de la fórmula de compromiso «ni adherirse ni sabotear» querida por los dererchistas. Por lo tanto, el partido disponía de un enorme potencial, a condición de que expulsara de su seno a aquellos que habían vacilado, es decir, a los reformistas y a la extrema derecha, aquellos que habían demostrado tendencias socialpatrióticas. Por esta razón, nuestro grupo planteó públicamente la cuestión del parlamentarismo inmediatamente después del fin de la guerra en 1918. A decir verdad, el enfrentamiento con el grupo parlamentario siempre había existido, por ejemplo, en las reuniones clandestinas durante la guerra, que eran una continuación de las reuniones públicas celebradas incluso antes de que estallara la guerra. En mayo de 1915, por ejemplo, se celebró una reunión en Bolonia para decidir si se debía declarar la huelga general en caso de guerra. Obviamente, hubo debate y el principal exponente de la posición contraria a la huelga general fue Turati, mientras que nosotros defendimos la tesis opuesta. Pero, en general, hubo mucha mistificación. D’Aragona y los demás dirigentes de la confederación sindical del trabajo sostenían que la huelga fracasaría. Intervine diciendo que mentían descaradamente. «Vuestro miedo», dije, «no es que la huelga fracase, sino que tenga éxito. No la queréis porque no podéis soportar las consecuencias, ¡porque sabéis muy bien cuáles serán!». Turati reconoció que nuestras posiciones eran claras y nítidas y que solo así se podía razonar. De hecho, cortó por lo sano y defendió que no se debía hacer la huelga, porque, en caso de éxito, habría sido criminal atacar por la espalda a un ejército en guerra. Turati era un burgués consecuente, un adversario natural, mientras que los D’Aragona y similares no eran más que traidores infiltrados en nuestras filas, siempre dispuestos a castrar el potencial de lucha del proletariado, a sostener que es imposible salir de los esquemas habituales. No es para evitar empujar a los proletarios al desastre por temor a la derrota: es para mantener los esquemas habituales, sindicales, parlamentarios.

Esta era la situación, y por lo tanto no se proclamó la huelga general. Respetando la tradición, se convocó a la dirección del partido, a los representantes socialistas en la Confederación del Trabajo y, por supuesto, al grupo parlamentario. A pesar de lo que se dirá más adelante, nosotros defendimos una tesis puramente bolchevique-leninista: «¿Qué hacen aquí el grupo parlamentario y los socialistas de la dirección del sindicato? Es el Partido el que debe decidir. Este es un momento crítico, estamos en vísperas de la salida de los trenes hacia el frente, no es precisamente el momento de convocar un congreso y ponerse a votar como se hace en el parlamento. Es la dirección del partido, asistida por algunos exponentes de su periferia organizada, la que debe tomar decisiones de alcance revolucionario. Los compañeros que trabajan en el parlamento, que trabajan en el sindicato, deben recibir órdenes y ejecutarlas, no deben venir aquí a votar y a confrontar opiniones, no tienen ningún derecho a hacerlo. La actitud que se debe adoptar en el momento en que estalla una guerra mortal para el proletariado es un problema puramente político. La Confederación del Trabajo se pronunciará sobre la huelga por mejoras salariales, el grupo parlamentario votará cuando esos imbéciles burgueses lleven sus leyes al parlamento. Aquí estamos fuera de la lucha [por los intereses inmediatos], ¡tenéis que iros!».

[Solo he puesto un ejemplo, aunque sea el más llamativo. Esta situación se prolongó hasta 1920. Trasladando los problemas del terreno de la lucha al terreno electoral, ya fuera este último interno del partido o a nivel parlamentario, estos oportunistas cerdos siempre nos superaban. Incluso en 1920, en el momento de la ocupación de las fábricas, la Confederación no proclamó la huelga general alegando la habitual excusa del riesgo de fracaso. Los oportunistas del parlamento y del sindicato amenazaron con dimitir si la dirección del partido defendía las razones políticas de un enfrentamiento que afectaba a miles y miles de proletarios. No se quiso pasar a la acción profunda «porque faltaban las condiciones», ¡pero esas condiciones habían sido comprometidas precisamente por los oportunistas! El problema de privilegiar los contextos del confuso enfrentamiento entre instituciones frente al enfrentamiento político entre clases (que, por cierto, en 1919-20 también se estaba produciendo con repercusiones espontáneas) salió a la luz en el III Congreso de la Internacional Comunista. ¡El chantaje de los reformistas y bonzos sindicales traidores de siempre había producido finalmente una política específica de la Internacional revolucionaria!]

Hay que dejar claro que nosotros habíamos sostenido que era necesario escindir el partido y que sería posible un ataque revolucionario inmediatamente después de la guerra, y lo habíamos sostenido precisamente mientras la guerra estaba en curso. Estos dos puntos eran incompatibles con la podredumbre parlamentaria. Es más, todo ello era muy «leninista». La nuestra era una tesis exquisitamente histórica, completamente realista, ligada a «un análisis atento de las situaciones», como dicen quienes nos critican. No discutíamos sobre la filosofía de la violencia o la no violencia, si había que disparar o si, al recibir una bofetada, había que poner la otra mejilla. No era el momento de charlar entre caballeros con traje de doble botonadura. Era el momento de máxima tensión entre las clases, de una enorme acumulación de violencia debido a la guerra. O el proletariado se lanzaba contra la burguesía, o la burguesía se lanzaba contra el proletariado. En ese momento salíamos a la calle con las manos desnudas, pero para pelear, no para razonar. Esta situación no duraría. Apenas terminó la guerra, los precursores del fascismo, los intervencionistas al estilo de Mussolini, no hacían más que chillar sobre la Italia dominada por los rojos. Reunían a «gloriosos combatientes», los hacían desfilar con sus medallas al valor, con las cintas de las campañas, con sus mutilaciones. Se llegaba al enfrentamiento, los obreros silbaban, escupían y se peleaban con aquellos que querían representar la «gloria» de la inmensa carnicería.

La virulencia del parlamentarismo occidental

Era inevitable que se formara una contraofensiva, un movimiento simétrico al nuestro para disputarnos esa plaza que manteníamos firmemente en nuestras manos a pesar de la guerra. Como había demostrado la huelga de Turín en 1917, que había hecho saltar todas las restricciones policiales y militares con su aparente control férreo sobre el proletariado, situando a este último como un elemento que lucha de igual a igual contra su antagonista histórico. Y, de hecho, la alternativa en juego era histórica, una alternativa de carácter puramente material que requería acciones e instrumentos puramente prácticos, ajenos a cualquier «negociación» o «discusión». Era evidente que el partido se enfrentaba a una elección: o participar en las elecciones o tomar el poder antes de que la burguesía armara seriamente a sus defensores. Mientras el movimiento socialista proletario mantenía la plaza y repelía los ataques, el partido optaba por las elecciones. Se trataba de aprovechar la ira y la indignación del proletariado para obtener un gran número de votos y, por lo tanto, de representantes socialistas en el parlamento. Si antes de la guerra los socialistas tenían unos cincuenta diputados, ahora la situación social permitiría triplicar ese número, lo que efectivamente ocurrió en 1919, lo que entusiasmó a los electoralistas. Pero el objetivo que estos tenían en mente no se alejaba en absoluto del que tenía la burguesía. Para esta era absolutamente necesario ganar tiempo, dejar que se desahogara esta enorme ola de violencia de clase dejándola entrar en el parlamento.

Mientras tanto, en las plazas se organizaba la contraofensiva fascista. Cuando hablé en el Congreso de Bolonia (y aquí están las fotografías del rarísimo volumen que hizo Saletta)[17], los fascistas ya estaban en las plazas. Por supuesto, hasta ese momento siempre habían recibido golpes, pero pronto los darían. Yo decía: «Puesto que la propia burguesía nos invita a la plaza, ¿por qué tenemos que ir a su parlamento? Aceptemos este desafío y luchemos». Pero para conseguir que el proletariado se enfrentara en las calles y se dotara de una organización militar armada, había que evitar desviarlo hacia la competencia parlamentaria con todo lo que ello conlleva. Esa era nuestra perspectiva, el anarquismo no tiene nada que ver, tiene una visión completamente diferente. En cuanto al antiparlamentarismo, todos estábamos de acuerdo, yo, Lenin, Bukharin, ahí están nuestras tesis, nuestros discursos. La cita que he leído antes debe de ser falsa,[18] no fui yo quien renunció al antiparlamentarismo en el II Congreso, nadie renunció a él. Todos éramos antiparlamentarios, solo se trataba de discutir si para destruir esa mierda de institución que es el parlamento había que atacar desde fuera o desde dentro. Y, sin excluir que pudiera haber situaciones en las que se pudiera atacar desde dentro, sostuvimos que, en la situación de la primera posguerra, el electoralismo podía hacer imposible la alternativa revolucionaria, ya que con él se llegaba a la castración de un movimiento revolucionario, ¡no futuro, sino en curso!

Entonces, ¿qué es eso de que renunciamos al antiparlamentarismo? Todos los comunistas que seguían la línea del I Congreso de la Internacional eran antiparlamentarios. Todos los que están a favor de la dictadura del proletariado son automáticamente antiparlamentarios. El sistema de los soviets y del partido como órgano de la clase sustituye al parlamentario, tal y como afirma Lenin. De todos modos, ya he reconstruido cómo fueron realmente las cosas en 1919 en la parte final de la serie sobre el Izquierdismo. En otras ocasiones he entrado en el fondo de la historia de la Izquierda y he recordado, aunque sea de forma resumida, cómo se desarrollaron algunos acontecimientos controvertidos. Habría que extenderse un poco más sobre lo que realmente ocurrió durante la guerra, un período muy útil para comprender la naturaleza de nuestra corriente. La doble y ambigua posición del Partido Socialista Italiano durante la guerra fue combatida por nosotros desde el principio hasta el final. Y no solo eso: esta lucha contra la ambigüedad y la mistificación se prolongó hasta 1920 y la llevamos a cabo en diversas ocasiones, reuniones clandestinas y públicas, asambleas y congresos, encuentros organizativos y mítines de la fracción revolucionaria. Se produjeron alineamientos y en muchas ocasiones tuvimos la mayoría numérica, y también éramos mayoría cuando la otra tendencia fue puesta al frente del nuevo Partido Comunista. Habrá que escribir esta historia partiendo de muy atrás, al menos desde los congresos del PSI de 1900-1908 hasta el momento en que la fracción revolucionaria intransigente invirtió la relación numérica en el partido contra la fracción reformista. Habrá que remontarse a los años de las luchas dentro de la Primera Internacional, a la disidencia característica de los marxistas en la lucha contra el inmediatismo pequeñoburgués, nuestra lucha contra el bakuninismo y el anarcosindicalismo. Sí, porque si Lenin en Rusia podía polemizar con 100 populistas y anarquistas, nosotros teníamos que hacerlo con 100 anarquistas, 300 sindicalistas y una multitud de otras corrientes que en Rusia no existían.

En nuestra juventud como corriente, nos curtimos con esta lucha. La tesis errónea y peligrosa era la misma que hubo que combatir en Moscú en 1919, 1920 y 1921, es decir, que la revolución podía desarrollarse y vencer sin el partido, sobre la base de la lucha sindical o estimulando a multitudes heterogéneas sin ninguna estructura y sin programa. Sin embargo, aquí la lucha contra la vieja sociedad y sus ideas era más virulenta. Los compañeros rusos ni siquiera podían imaginar, porque no lo habían experimentado, lo que era aquí el parlamentarismo. Europa occidental, más allá de las corrientes particulares, entre 1900 y la Primera Guerra Mundial estaba como dividida en dos grandes bloques: reformistas de todo tipo que, con diferente fraseología, defendían la evolución plácida de la economía y la sociedad hacia el socialismo con el relativo ocaso idílico del capitalismo, y revolucionarios intransigentes de diversos tipos, incluidos los marxistas consecuentes, es decir, nosotros y unos pocos más. Nosotros siempre luchamos sin reservas contra el primer bloque, contra quienes creían, en vísperas de la gran masacre mundial, que no habría más guerras fratricidas, y se estremecían de indignación al oír hablar de lucha revolucionaria armada, de dictadura del proletariado. Esta tendencia dominaba, por ejemplo, en Alemania, contrarrestada únicamente por el ala izquierda del partido socialdemócrata alemán, que contaba con la estima y el aprecio de Lenin y los rusos. Por supuesto, también luchamos contra el segundo bloque, anarquista y sindicalista, a pesar de tenerlo a nuestro lado en las luchas inmediatas. En Francia e Italia, al contrario de lo que ocurría en Alemania, los reformistas no eran un gran problema fuera de los congresos y del parlamento, mientras que los anarquistas y los sindicalistas sí lo eran (en el PSI también tuvimos que lidiar con los maximalistas, pero estos no se organizaron en corriente hasta 1919). Eran un problema precisamente en el sentido de que cometían errores «infantiles», como decía Lenin. Proletarios generosos, disgustados por las porquerías de los parlamentarios y los líderes sindicales, rechazaban instintivamente las elecciones, el parlamento y el partido. No éramos asimilables ni a las fuerzas organizadas, ni siquiera a esta capa proletaria, por comprensible que fuera. Nuestra posición era clara: la revolución es un hecho político, el órgano de la revolución es el partido, el proletariado se convierte en clase consciente, en el curso de la revolución, solo a través de su propio órgano, el partido. Ninguna otra forma de organización puede sustituir a la del partido.

Y nos hemos mantenido obstinadamente en la línea clásica, hasta tal punto que incluso en el reciente trabajo presentado por los compañeros franceses[19], aparece desde las primeras páginas la línea clásica del Manifiesto: primer paso, organización del proletariado en partido político; segundo paso, organización del proletariado en clase dominante. Estas frases, escritas en 1848, significan lo que para nosotros, en 1919 ya con claridad definitiva, significaba partido político y dictadura del proletariado a través del partido. Innumerables y sabrosas citas de Marx que he extraído del material recopilado por los compañeros franceses demuestran la validez de nuestra conclusión. Cuando Marx dice: «El proletariado o es revolucionario o no es nada», nosotros añadimos, basándonos en otros escritos: «O tiene el partido o no es nada». El proletariado solo existe cuando existe su partido, el proletariado se convierte en clase cuando se organiza en partido, y solo a través de este partido de clase puede tomar el poder. Es obvio que los proletarios estén disgustados con los partidos existentes. Pero su partido debe ser un organismo que anticipe la sociedad futura. No puede ser un partido entre tantos, destinado a combatirlos en la lucha política en su propio terreno. Es el verdadero organismo nuevo que la revolución necesita para dar el salto a otra época. Y, en cierto sentido, una vez tomado el poder, se extinguirá como se extinguirá el Estado. A menos que se transforme en un organismo para la protección de la especie.[20] La claridad de esta posición ha sido indiscutible, por lo que nuestro coqueteo con este mal llamado oportunismo de izquierda no tiene nada que ver con la cuestión del abstencionismo de 1919. Y luego, como hemos visto, el oportunismo de derecha o de izquierda es oportunismo, y por lo tanto es mejor no atribuirle un lado.

Decía, pues, que hay que escribir esta historia. Para ello, para encajar bien un hecho con otro, es necesario tener una visión lo más amplia posible. ¿Es la revolución un hecho político o no? La revolución es «avanzar hacia la nueva sociedad», no se «hace», se dirige. Aquí entra en juego el hecho político. Debemos, pues, conectar con la polémica de 1870-71 entre Marx y Bakunin. Debemos volver a la Comuna de París. En ella, Lenin reconoció acertadamente, junto con Marx, el primer ejemplo de la dictadura del proletariado y el hecho de que la revolución es un hecho de partido. Cuando se desata la violencia de clase, se necesita un elemento polarizador, por lo que la revolución es un hecho de gobierno (otra forma de expresar dirección, voluntad). En una revolución se desata la violencia rebelde, pero esta, tan pronto como se satisface al derrocar las viejas relaciones, debe a su vez reprimir la violencia rebelde de aquellos que quieren volver a la antigua sociedad. Reconoceréis que es demasiado y, al mismo tiempo, demasiado poco querer la revolución. Es el resultado de determinaciones materiales en su mayor parte independientes de la voluntad de los hombres, pero hay un momento histórico en el que también es necesario querer los instrumentos para llevarla a buen término, para alcanzar sus objetivos.

Lo más difícil es deshacerse de la antigua sociedad.

[La imagen de la revolución que avanza de forma disruptiva, haciendo volar astillas por todas partes, es de Lenin y es exacta. El avance debe poder hacer surgir su propia inteligencia y esto se llama programa, instrumentos, organización, técnicas. La derrocamiento del estado de clase se produce haciendo surgir el estado de otra clase. Los anarquistas se horrorizan porque creen que no hay diferencia entre los dos pasos, como si el dominio de la burguesía sobre el proletariado tuviera el mismo valor que el dominio del proletariado sobre la burguesía. Pero la historia no conoce tales simetrías, nuestra especie está en evolución, cada etapa alcanzada es diferente, superior a la otra. En la etapa sintetizada por la fórmula «dictadura del proletariado» existe el Estado y, por lo tanto, existe un aparato de control, es decir, el ejército y la policía, instrumentos para el «trabajo sucio». Solo los idealistas no saben o fingen no saber que toda nueva sociedad se ha impuesto con los instrumentos proporcionados por la antigua. Los anarquistas recuerdan en este punto Kronstadt y el estalinismo. Tendrían razón solo si reflexionaran sobre las fuerzas en juego en el primer caso (fragmentos fuera de control en medio de un gigantesco choque entre modos de producción) y sobre la naturaleza puramente capitalista del estalinismo en el segundo caso. Acabo de decir que era conocido como alguien que siempre decía la verdad sin plegarse a las conveniencias del momento. Si hubiera sido conveniente para la revolución decir mentiras, las habría dicho. Al fin y al cabo, entre ejércitos en guerra, la desinformación es un arma. El problema no es si habrá un estado transitorio en la transición entre modos de producción: el problema es cómo manejar ese peligroso instrumento. El «fin último», como bien dicen los papeles recogidos por Oscar y Roger,[21] es algo bueno, pero hay que saber cómo llegar a él. Incluso los anarquistas están de acuerdo con nosotros en el fin último, en la sociedad comunista, sin violencia del hombre sobre el hombre, sin clases y sin propiedad. Lenin también se lo dice a Terracini. Pero una cosa es perderse por el camino y otra es tener un mapa y una brújula].

La dificultad de toda transición revolucionaria no consiste tanto en hacer funcionar la nueva sociedad, y para la comunista ya existen hoy los primeros indicios, sino en liberarse de la antigua. El monstruo actual es el que será terrible de eliminar. Este será el verdadero problema de quienes hereden el mundo actual de las viejas clases. Si quisiéramos, podríamos citar muchos pasajes significativos de Lenin, que a su vez los extrajo de Marx. En parte los hemos utilizado para demoler el concepto estalinista de «construcción del socialismo». El terror, dice Marx, sirvió a la burguesía para destruir la sociedad feudal y nosotros haremos lo mismo. No tenemos nada que construir. Es demasiado fácil «construir» lo que ya existe: el estado natural del ser humano es el comunismo; la sociedad propietaria, dividida en clases, es una herencia reciente. El propio capitalismo ultra desarrollado presenta rasgos comunistas, basta con liberarlos, permitirles el mayor desarrollo posible. Pero piensen un poco, en la fase de transición en Rusia, alguien que hubiera salido a decir: «Soy el nieto del zar y quiero restaurar el antiguo régimen». ¿Qué se hace, se discute? No, se dispara. Por otra parte, en todas las transiciones, algunos representantes de las antiguas clases derrotadas y algunos sinvergüenzas han sido asesinados, el trabajo sucio en este sentido es inevitable. Solo la burguesía finge horrorizarse ante la perspectiva, «olvidando» que en su revolución, la guillotina a su servicio funcionaba a ritmo industrial. Por no hablar, por supuesto, de las guerras, civiles y no civiles. No, en este momento no hay nada que construir, solo destruir o, naturalmente, limitar, como la hiperproducción consumista. Entonces la humanidad se pondrá en la línea de su organización natural, que en potencia y en acto ya existe, y que existe no como un sueño, sino como una realidad demostrable científicamente, la única verdad científicamente demostrable de todo el conocimiento actual.[22]

En este sentido, hemos abordado ese otro trabajo basado en una proposición crítica hacia la filosofía y la ciencia burguesas, para intentar enmarcar los resultados actuales en nuestra teoría del conocimiento.[23] Allí sostuvimos, basándonos en las antiguas tradiciones filosóficas y en las disciplinas científicas modernas, que el ser humano alcanzará un conocimiento satisfactorio primero con la revolución social que le enseña cómo conoce, por qué vías y con qué fines conoce, y solo después madurará la profundización cualitativa en todas las ramas del saber, la física, las matemáticas, la cosmología, la biología, etc.

Condiciones de admisión en Livorno

Volvamos a la historia de 1919, un retorno que, saltando de un tema a otro, parece un poco difícil. Habíamos llegado al punto en el que hay que abordar todas las cuestiones relacionadas con los debates que surgieron en 1920 en el II Congreso de la Internacional Comunista. Sobre el abstencionismo, Lenin me dice entonces: «Los de la facción abstencionista están equivocados, por lo que deben ir al Parlamento». Respondemos: «De acuerdo, si la Internacional así lo quiere, iremos al Parlamento». Sin embargo, Lenin añade: «Tienen razón al luchar por expulsar a toda esa gente reformista del Partido Socialista Italiano. Volved a Italia y expulsadlos, ahora votamos las condiciones por las que el Partido Socialista Italiano (que se había adherido a la III Internacional y al proyecto de Moscú en 1919) no podrá seguir adhiriéndose si no se produce esta escisión, si no adapta sus programas a la doctrina marxista y a las tesis de la Internacional». Todo el mundo sabe que el endurecimiento de las condiciones de admisión fue una petición que hice personalmente en la comisión. No sé si alguna vez será posible utilizar las actas de las comisiones del Congreso de Moscú de 1920, como se puede hacer con todas las actas de los congresos, pero fui yo quien le señaló a Lenin que si no se endurecían estas condiciones, no se podría proceder a la purga, a la separación de los comunistas de todos aquellos que no lo eran y que gravitaban en torno a Moscú solo por el prestigio ganado con la toma del poder. Así que Lenin añadió la vigésimo primera condición: «Todos los partidos deberán modificar sus programas, los miembros del congreso que voten por el antiguo orden en contra del nuevo serán automáticamente expulsados del partido».[24]

Después de eso, volví a Italia y se reanudó esta lucha basándose en lo que había decidido la Internacional. Dentro del partido comenzó toda la historia que se prolongó hasta 1921, es decir, se dijo que Lenin había dado una orden y que nosotros éramos gente que se había dejado comprar por Moscú, que se había postrado humildemente a los pies de los bolcheviques. Y pensar que, en cierto sentido, habíamos sido nosotros quienes habíamos dado consejos a Moscú, donde habíamos discutido de igual a igual con los bolcheviques sobre todos los temas en los que encontrábamos cosas que contradecir. Por ejemplo, precisamente sobre los temas que proponíamos al partido, no para «arruinarlo», sino para salvarlo de sí mismo. Por supuesto, en 1920 ya no había nada que salvar, solo quedaba organizar bien la escisión, que tuvo lugar en el Congreso de Livorno el 21 de enero de 1921. Quizás el acta taquigráfica de ese congreso con todas las intervenciones ya sea imposible de encontrar[25], pero nosotros obtuvimos aproximadamente 58 000 votos y los unitarios 98 000. Los reformistas obtuvieron 14 000, entre otras cosas escondiéndose detrás del viejo Lazzari. Salimos del teatro Goldoni, donde se celebraba el congreso. Antes que yo había hablado el camarada Roberto[26], un buen compañero, pero como todos los italianos era sentimental, le parecía muy malo dar ese golpe y dividir el partido en dos. Él sería uno de los representantes del partido, de los que enviamos a Moscú en agosto de 1921 al III Congreso de la Internacional, el primero que se celebraría después de nuestra salida. También estaban Gennari, gran orador, Terracini y Grieco, el único abstencionista, el fiel por el que cometí el error de poner la mano derecha y también la izquierda en el fuego. Las manos siguen aquí, pero Grieco fue protagonista del habitual giro político. Fue Roberto quien hizo la última intervención de despedida, rápida y urgente, pero antes me dijo: «Escucha, valora la idea de que, para obedecer a la Internacional, debemos salir». Por supuesto, al quedarnos en minoría, teníamos que salir nosotros del congreso e ir a constituir el nuevo partido en otro lugar, por lo que su petición no tenía ninguna lógica, pero mientras pronunciaba su discurso, Roberto sacó el pañuelo del bolsillo y se secó las lágrimas. Ahora tengo que entreteneros un poco. En aquella época llevaba sombrero. Era muy joven, en 1921 tenía poco más de treinta años, no lo necesitaba, pero era lo habitual. Me puse bruscamente este sombrero en la cabeza y, con un bolso en la mano, o una maleta, no lo recuerdo, dije: «Todos los delegados que han votado el orden del día de la Fracción Comunista, salgan del congreso y vayan al teatro San Marco para constituir el Partido Comunista de Italia, sección italiana de la Tercera Internacional»[27]. Se formó una especie de cortejo, que se cruzó con Serrati, que se puso lívido. Yo estaba dirigiendo a todos hacia el San Marco cuando el buen Repossi vino a nuestro encuentro para confirmar que la sala estaba lista. A medida que los delegados salían del teatro Goldoni, se oía un grito terrible procedente de la sala, los palcos, los pasillos y el patio de butacas. A la llegada de [nombre ininteligible, tal vez Serrati], alguien de los nuestros gritó: «¡Llega el Papa!». Entonces los demás lanzaron burlas y abucheos contra la Internacional. Incluso liberaron una paloma simbólica que comenzó a volar bajo la bóveda del teatro entre los gritos, a los que los nuestros respondían con silbidos ensordecedores.

Roberto había hablado a favor de la unidad entre socialistas y comunistas, una unidad que no debía romperse porque era como romper la unidad del proletariado. Esta es una acusación que se repitió a menudo en los años siguientes y también en tiempos recientes. Se dijo que con esa escisión, con esa ruptura de la unidad socialista, habíamos facilitado el advenimiento del fascismo en 1922. He intentado mil veces explicar qué razonamiento hay que poner como base de cualquier estudio sobre el fascismo y la derrota del proletariado. Estos hechos no pueden entenderse con razonamientos preconcebidos o, peor aún, permaneciendo fieles al esquema mental de la democracia herida, formas artificiales debidas al predominio de la ideología sobre la historia material. Livorno fue un producto de la situación material, incluido el fascismo y las condiciones proletarias, y no al contrario. Esto lo veían con sus propios ojos todos los proletarios italianos en todas las ciudades y en el campo.

Mientras nos marchábamos, se desató el caos (intervinieron muchas otras personas que no voy a enumerar), especialmente cuando Serrati dio la palabra a quien debía ser su teórico, Adelchi Baratono, un holgazán con la fuerza de cien mil caballos. Nuestros jóvenes se habían empeñado en no dejarle hablar, pero él logró decir que, tras escuchar el informe de Bordiga, no había que lamentar que nos fuéramos, ya que el mío era un comunismo ascético y cerebral. Serrati había venido a discutir conmigo en el patio de butacas. En fin, cuando hice la declaración para continuar en el otro teatro, nuestros adversarios lanzaron contra nosotros un grito desesperado tratando de impedir que terminara de leer (serán unas diez líneas), casi como si creyeran que, si no se escuchaba la declaración, esta no sería válida y la escisión no se produciría. Cuando salimos y encontramos al pobre Repossi, que venía jadeando para decirnos que todo estaba listo y que podíamos ir al San Marco, la escena era surrealista. Una frase que yo gritaba en voz alta era inmediatamente cubierta por un grito procedente del Goldoni. Entonces grité otra frase un tono más alto, subiendo media octava, y alguien más trató de taparme con un grito aún más salvaje y bestial: «¡Cerdo! ¡Cobarde! ¡Sirviente de Moscú! ¡Bufón de Lenin!», frases de este tipo. Y yo: «¡Nos vamos!», gritando aún más fuerte. Nuestros adversarios se enfurecieron también porque dije que la votación había sido falsificada, lo cual era cierto solo hasta cierto punto, y de todos modos está claro: todas las votaciones que se respetan nunca sorprenden, están predeterminadas. De hecho, los congresistas consideraron esto una ofensa a su indiscutible honestidad, aunque yo había reconocido nuestra evidente inferioridad numérica.[28]

Teoría, táctica, principios y fines

Esta fue la parte pintoresca de Livorno. Pasando al lado serio, lo que sucedió después de Livorno es bien sabido. La Internacional no estaba compuesta solo por comunistas íntegros como nosotros y los bolcheviques. Todos comenzaron a meterse con Zinóviev, y también con Lenin, diciendo: «Habéis dado demasiada cuerda a los italianos. Son comunistas fanáticos terribles. Allí, ese Bordiga manda con mano dura». Querían hacer lo que les daba la gana a pesar de los 21 puntos. Nosotros, naturalmente, después de regresar de Moscú en 1920, habíamos llegado a un acuerdo con la parte de los maximalistas que se habían opuesto a nosotros en el Congreso de Bolonia. Nos reunimos con Serrati, yo, Gennari y Gramsci. Acordamos que también iríamos a las elecciones, que retiraríamos lo que se consideraba «la condición previa abstencionista» siempre y cuando ellos votaran con nosotros la expulsión de Turati y de los reformistas de derecha (y esto es una prueba de que el abstencionismo no era una cuestión de principios). Era un intento desesperado por salvar al partido de esta plaga que lo contaminaba y envenenaba, de este hedor que lo infectaba en lo más profundo. En definitiva, hicimos todo lo posible. Como se ve, demostramos ser capaces de llegar a compromisos. Lo digo porque otra gran acusación que nos lanzan los explotadores del Izquierdismo de Lenin es que este era capaz de hacer concesiones, que los comunistas hacen concesiones. Creo haber demostrado suficientemente lo que Lenin entendía y permitía. Él llamaba «concesiones» a hechos incidentales, transitorios, en situaciones locales, que no afectaban a los fundamentos de los principios y la teoría. La normalidad cotidiana.

Por eso, a pesar de nuestros críticos, llegamos a decir: «De acuerdo, vayamos al parlamento, siempre y cuando se sepa bien lo que se hace y por qué se hace». Bueno, nadie ha conseguido engañarme en este punto, yo nunca he ido al parlamento. Cuando quiero darme un poco de aire, presumir de algo, digo que he hecho lo que ningún italiano consigue: no ser diputado, pudiendo serlo. Así que nos ofrecimos a participar en las elecciones y, cuando se celebraron, hicimos de recaderos electorales para los que se presentaron como candidatos. Y después del congreso de Moscú de 1920, que ordenó al partido comunista convertirse en un partido parlamentario, aceptamos esta imposición y nos reunimos con el otro grupo socialista. Los mismos centristas publicaron textos en los que Gramsci y Togliatti admitían nuestra disciplina en la Internacional hasta mucho después de Livorno 1921.

Hablando de Togliatti. Hoy se le considera uno de los fundadores del Partido Comunista de Italia. Yo no lo recuerdo. No contaba para nada, si estaba allí era en calidad de periodista. Gramsci estaba allí, pero no habló, dijo que no tenía voz suficiente para hacerse oír en un teatro.[29] […][30] Me había reunido con Serrati, había ido a comer a su casa, porque siempre he sido amigo de mis adversarios políticos, y Serrati me había dicho: «Vosotros seréis minoría». Y yo le había respondido: «Pero yo estoy trabajando para ser minoría, porque no quiero el Avanti. En Imola estamos organizando el partido, no estamos organizando una facción». Aparte del hecho de que le robaron el periódico, pobrecito. Mientras estaba en la cárcel, Nenni lo engañó hábilmente.

Después de junio de 1920 y hasta enero de 1921, habíamos instalado la sede de la fracción comunista en Imola. Habíamos organizado bien todas nuestras secciones, ya habíamos hecho todos nuestros movimientos. A esos 58 000 que votaron por nosotros en Livorno los habíamos organizado grupo por grupo. Varias federaciones se pasaron a nuestro bando, así como varios periódicos, organizaciones de base enteras y algunos municipios. En resumen, habíamos tejido nuestra red. Así que le dije a Serrati: «Sé muy bien que tendrás la mayoría en Livorno, pero yo no estoy trabajando para organizar una facción, estoy organizando sin duda el nuevo partido». Y así fue, nosotros seguimos nuestro camino y ellos continuaron con el anterior.

1921 es el mismo año del Tercer Congreso de la Internacional Comunista. Las reacciones fueron diversas, como sabéis. En la redacción del material para nuestro periódico, el que acaba de salir y que leeréis[31], abordé la visión general, internacional e histórica. Llegado a este punto, sin embargo, se impuso la cuestión de la táctica. Por lo tanto, me he remitido a un pasaje de Lenin que, como veremos ahora, es una refutación de la intervención de Terracini. En ese pasaje, Lenin dice: «Una cosa es la táctica, otra cosa es la teoría, otra cosa es el fin y otra cosa son los principios». Es un pasaje teóricamente exacto, perfecto, y he tratado de utilizarlo para explicar qué es la táctica, qué es la teoría, qué son los fines, qué son los principios, qué es el programa. Se trata de una unidad, pero compuesta por diferentes «momentos», que caracterizan el funcionamiento del partido. Ahora bien, en lugar de quedarnos explicando lo que ya está escrito en el periódico, lo cual sería algo académico, doctoral y aburrido, será útil ver en qué contexto Lenin dijo esta frase sobre la táctica. Ya hemos visto, a este respecto, el problema ignominioso y repugnante de la táctica parlamentaria, en el sentido de ir o no al parlamento. Hemos visto que no es una cuestión de principios, porque nos parecía correcto que los antiguos partidos europeos hubieran ido al parlamento en ciertas épocas; que los bolcheviques hubieran ido algunas veces y otras no; que fueran a los parlamentos reaccionarios. Era al democrático, en esta época, al que no queríamos ir. Cuando Lenin insistió en decirme que yo sería muy adecuado para luchar en un parlamento y que debían convertirme en un luchador parlamentario, le respondí que no tendría ningún problema en ir al parlamento reaccionario de una sociedad protocapitalista, pero que él no se daba cuenta del estercolero que era un parlamento democrático plenamente burgués. Podría ir, pero ¿de qué serviría? Desde el primer día escupiría en la cara a todos y me iría. Pero todos los que van allí se dejan atrapar por la maquinaria y el 99 % se convierten en renegados oportunistas. Los rusos no podían tener esta experiencia, por mucho que hubieran vivido en el extranjero y también hubieran visto oportunistas. De verdad, la cuestión de la táctica parlamentaria, para nosotros está rápidamente resuelta. Pero en el congreso de 1921, las concepciones que realmente se oponían se referían a la toma del poder, la guerra civil y la actitud frente a la violencia revolucionaria. Es sabido que los maximalistas defendieron hasta el final, «con lealtad», a Turati y a los reformistas de derecha, haciendo inevitable nuestra separación. ¿Por qué? Porque, en el fondo, todos eran gradualistas.

Hemos visto qué postura adoptó la Izquierda antes y durante la guerra, cuando se pretendía debatir qué hacer convocando a la dirección del partido, al grupo parlamentario y al sindical. Es un error. Es el partido el que toma las riendas cuando se avecina la guerra entre clases, es el partido el que da la orden de ataque, se la da al proletariado, se la da a sus miembros, se la da a su propia estructura militar. Nosotros teníamos una estructura militar e ilegal, aunque empezamos a organizarla demasiado tarde, es decir, inmediatamente después de Livorno. El responsable era el buen Fortichiari, del Ejecutivo. Se ocupó de este sector pasando inmediatamente a armar y organizar militarmente a grupos de militantes y proletarios cercanos a nosotros. Por supuesto, nuestro armamento consistía en unos pocos miles de revólveres y mosquetes en toda Italia, mientras que el de los fascistas, que se habían organizado ilegal y militarmente antes que nosotros y contaban con el apoyo militar y policial, era más completo. Las revoluciones estallan cuando a la clase dominante no le queda más remedio que la opción militar. Son ellos quienes declaran la guerra de clases. Cuando comprenden que no pueden hacer otra cosa, intentan adelantarse a nosotros. Tienen todo el interés en aprovechar las ventajas del ataque preventivo y en esto cuentan con el apoyo de la maquinaria estatal. El día en que se pueda contar nuestra lucha a través de la documentación, los informes que enviamos a Moscú en 1921 y 1922, se verá que nos vimos obligados a retirarnos, pero lo hicimos de forma ordenada, luchando, sin compromisos con la reacción burguesa. Esto es algo que nuestros adversarios de ayer y de hoy no pueden reivindicar, ya que, en lugar de luchar, cometieron las peores atrocidades, desde el Aventino hasta el pacto de pacificación con los fascistas.[32]

Estos síntomas de coherencia y desbandada tienen que ver con cuestiones generales relativas al proceso revolucionario. Y a ellas me gustaría referirme para hacer algunos comentarios sobre el error garrafal que cometieron nuestros compañeros en el Tercer Congreso de 1921. Se presentaron a la asamblea con este esquema: a) en el primer congreso hemos desacreditado a los de la Segunda Internacional, a los reformistas, a los traidores, a los patriotas, a los vendidos a la burguesía, a los ministros, y los hemos deshonrado ante todo el proletariado, los hemos expulsado; b) en el segundo congreso hemos mejorado la constitución de nuestros partidos comunistas. Hemos creado un partido comunista en Alemania, en Italia, en Francia, etc. El partido ruso existe, por lo que la fase de constitución de los partidos ha pasado; c) los procesos en los distintos países no han sido evidentemente iguales, pero ahora tenemos el partido, no hay nada más que esperar, no hay ningún intervalo histórico, hemos constituido el verdadero partido y, por lo tanto, ¡adelante! Debemos pasar a la ofensiva. Una auténtica teoría de la ofensiva. Como decir que, dado que estamos seguros de tener un partido sólido, es obligatorio desencadenar la revolución.

Terracini, que en 1919, al igual que todos los demás partidarios de las elecciones, no había percibido la alternativa entre elecciones y revolución, entre elecciones y asalto revolucionario, ahora estaba a favor del asalto revolucionario solo porque existía el partido. Tal asalto era quizás posible en la primera mitad de 1919. No soy voluntarista, pero no descarto esta hipótesis. Soy el menos voluntarista de todos. Es cierto que entre los nuestros de la Izquierda los hubo, no solo voluntaristas, sino incluso belicistas, partidarios de la solución militar, no lo puedo negar. Entre los generosos proletarios y compañeros hubo algunos que tenían instintivamente la impaciencia de dar golpes, de acelerar el asalto final. Yo no estaba entre ellos, soy más bien un razonador, no creo que con un impulso de voluntad se pueda forzar una situación. La leyenda dice que fue Lenin quien creyó que yo, como buen extremista, lo creía. Pero nunca lo pensé. En un discurso que pronuncié ante Lenin en el congreso de 1920 (también lo publicamos),[33] dije que, dado que la oleada revolucionaria ya estaba en reflujo en Europa, no solo en Italia, había que expulsar más severamente a los traidores porque, cuando la revolución avanza, es fácil para todos decir: yo estoy a favor de la revolución. De hecho, al principio todos estaban a favor de la Tercera Internacional, oían hablar de la dictadura del proletariado, pero siempre actuaban de manera que imposibilitaban el resultado revolucionario. Por eso no creía en absoluto que, tras el Congreso de Livorno, el nuevo partido pudiera asentarse en pocos meses y hacerse lo suficientemente fuerte como para lanzar el asalto, y lo que sucedía, sucedía. Se libró una batalla, sí, pero fue una batalla de retaguardia, como se dice en la jerga militar cuando se lucha solo para preservar las propias fuerzas con el fin de ser más fuertes para el ataque decisivo. Por ejemplo, la batalla por la Alianza del Trabajo, que tuvo lugar en agosto de 1922 en plena discusión con Moscú sobre el frente único, fue una batalla de retaguardia, de la que hablaremos cuando nuestra crónica llegue a ese tema, ciertamente no esta tarde.

Mientras librábamos esta batalla defensiva de retroceso, los oportunistas seguían siendo demasiado poderosos, por lo que se hizo perder tiempo al partido para reunir a algunos elementos atrasados. En ese contexto, en 1921 enviamos a Moscú a Terracini, Gennari, Roberto y los demás con el compromiso de decir: es inútil seguir discutiendo con Lazzari y Serrati, se han arrepentido de no haber roto con los reformistas, pero ya no hay que admitirlos. Los rusos se hacían ilusiones al respecto. Creían que invitándolos a Moscú, gritándoles en la cara con un discurso de Zinóviev, otro de Trotski, otro de Lenin (que realmente les ponía los pelos de punta) y otro de algún otro, se convertirían en buenos revolucionarios y volverían a Italia diferentes de cómo se habían ido. Todos estábamos de acuerdo en que eso no debía hacerse, que los rusos se equivocaban. Por lo tanto, el comité central del nuevo partido, cuyo presidente era Grieco, había dado mandato a esta delegación para que dijera que el partido ya estaba constituido y que no íbamos a realizar más maniobras para captar a otros miembros del partido socialista. Si había miembros individuales del Partido Socialista que querían unirse a nosotros, debían dimitir de esa organización y unirse individualmente a la nuestra. No solo eso, sino que este paso sería controlado por la sección local y, en su caso, por un comité especial. Pero no queríamos hacer más maniobras sobre combinaciones de grupos. No importaba que no hubiéramos obtenido la mayoría en el congreso, siendo 58 000 contra 98 000. Esta podía ser una tesis sobre la consolidación del partido y, en mi opinión, habría sido perfectamente sostenible.

Pero Terracini y sus compañeros la interpretaron de manera muy diferente. Y lo mismo hicieron muchos otros compañeros de la Internacional Comunista, porque nuestra delegación se reunió con la del Partido Comunista Unificado Alemán[34] y con la austriaca, dos formaciones del ala izquierda, y presentaron enmiendas contra la resolución rusa y de Lenin, respaldándolas con un informe unificado que fue expuesto por Terracini. Dada la situación de los partidos ya consolidados (y no era cierto), había que superar el inmovilismo y adoptar la «teoría de la ofensiva» que se discutía en Alemania. Una tontería semejante, en lo que a mí y a muchos otros compañeros se refiere, nunca la soñé ni la dije, ni el Comité Central votó nunca tesis en este sentido, ni mucho menos dicen esto nuestras tesis de Roma de marzo de 1922, que son posteriores al III Congreso. No sé si en mi caótica forma de proceder consigo que sigáis una sucesión de tiempos.[35] Debería hacer un cuadro con los años y los meses, porque aquellos eran tiempos incandescentes, cada mes que pasaba estaba saturado de nuevos acontecimientos, no como estas últimas décadas pasadas en el fango. Livorno no había resuelto el problema de la coherencia revolucionaria como hubiéramos querido, o lo había resuelto mal y tarde. Quizás podríamos haberlo hecho, como he dicho, en 1919 o incluso en la primavera de 1918, cuando nuestras energías estaban en su máximo y la perspectiva revolucionaria estaba completamente abierta. Tres años en aquella época valían treinta de hoy. En 1921, hablar de ofensiva, y además llamarla con el grandilocuente nombre de teoría, era un disparate. La partida estaba jugada, no podíamos pasar al ataque militar. El solo hecho de liberarnos de los reformistas y los maximalistas vacilantes había sido una masacre política. No se había formado una corriente revolucionaria entre los militares derrotistas, que existían, sino que, por el contrario, los excombatientes estaban en contra nuestra. Teníamos una organización militar embrionaria, pero su desarrollo habría requerido más tiempo. La situación se estaba volviendo crítica día tras día. Mientras tanto, los fascistas se habían organizado poderosamente. El Estado burgués había dejado de representar su comedia y el juego combinado salía a la luz. Nitti, que era un burgués inteligente, le dijo al rey sobre los diputados socialistas: «Aunque vinieran trescientos en lugar de ciento cincuenta, ¿qué nos importa? Abramos las puertas y dejemos que se celebren las elecciones». Como Giolitti en el momento de la ocupación de las fábricas: «Dejad entrar a los obreros en las fábricas, cuando tengan hambre se irán, siempre que no vengan aquí al Ministerio del Interior a echarme, siempre que no vengan a las prefecturas y a las comisarías». Y no disparó ni un solo tiro. Ganando este tiempo, Giolitti y Nitti permitieron que las brigadas fascistas se organizaran y tomaran su revancha.

No sé si son más letales los errores políticos o los militares (militares en nuestro sentido). Era evidente que no podíamos lanzar ninguna ofensiva. Solo teníamos la posibilidad de llevar a cabo una defensa eficaz. Y tampoco en este terreno estuvimos de acuerdo con la Internacional y sus partidarios. El frente único y el gobierno obrero, que se discutieron en los años siguientes, no eran para la IC expedientes para relanzar la historia y lanzar la ofensiva bajo otras formas, sino para resistir la ofensiva capitalista. De la teoría de nuestra ofensiva a la teoría de la ofensiva del adversario, otra expresión que, en verdad, nunca me tomé muy en serio. ¿Qué significa «ofensiva capitalista»? No estamos hablando de un fenómeno intermitente, que una vez está ahí y otra no. La ofensiva capitalista contra el proletariado existe desde antes de que yo naciera y desde antes de que naciera el movimiento obrero. Es la forma de ser del capitalismo. La mera presencia de estos asquerosos que administran la economía y la sociedad de forma mercantilista es una ofensiva y nos vemos obligados continuamente a contrarrestar esta opresión. ¿Qué tipo de ofensiva tenían que lanzar los burgueses más que la cotidiana para conservar el capitalismo? La lucha de clases es un hecho permanente de ofensiva. Hay un momento en la historia en el que la ofensiva se invierte, pero este momento necesita, como condición esencial, que exista un partido verdaderamente comunista. Lo contrario no es cierto. No se puede decir: tenemos el partido y, por lo tanto, lanzamos la ofensiva. El partido es una condición necesaria, pero no suficiente. A Lenin le resultó fácil demostrarlo. En teoría, todos estamos siempre a favor de la ofensiva, de la insurrección armada, de la violencia revolucionaria, de la dictadura del proletariado, del terror. Es obvio que la ruptura revolucionaria trascendental se producirá sin duda según los distintos grados de realización de la escala que acabamos de describir. Pero, ¿qué significa abrazar una teoría que invierte el proceso histórico según el cual maduran las condiciones, se forma y se desarrolla el partido, que dirige el movimiento revolucionario hasta la toma del poder y más allá?[36] Lenin tenía razón al decir que era una carencia de doctrina y dialéctica y al dirigir todas esas malas palabras a Terracini. No sé por qué las tres delegaciones eligieron precisamente a Terracini para informar. Entre otras cosas, él procedía de l’Ordine Nuovo y no de la Fracción Comunista abstencionista, lo que podría explicar la dificultad para manejar las cuestiones del partido. No puedo encontrar las palabras exactas con las que Lenin le respondió porque no hemos podido encontrar un acta completa del III Congreso, ni siquiera en Feltrinelli.

La reprimenda de Lenin

Entonces, Terracini expuso la teoría de esta manera: «Nosotros, los comunistas italianos, hemos expulsado a todos los oportunistas, todos los partidos deben hacer lo mismo». Lenin replicó: «Ya hemos superado esa fase. ¿Acaso expulsar a los oportunistas es un deporte? ¿Queréis que haya oportunistas para poder expulsarlos?». Terracini volvió a intervenir: «Ahora que hemos hecho limpieza, solo admitimos una táctica: la acción violenta, directa y frontal». Lenin se apoderó de estos tres adjetivos y le echó una buena bronca. Si yo hubiera estado allí, no habría planteado la cuestión de una manera tan estúpida. Quería provocar a Lenin, hacerle saltar en defensa de Radek, de Zinóviev, de él mismo y de toda la delegación rusa. Dijo: «Si el Congreso no acuerda una enérgica contraofensiva contra tales errores y tonterías de izquierda, todo el movimiento estará condenado a la ruina. Esta es mi profunda convicción. Pero nosotros somos marxistas organizados y disciplinados, no podemos contentarnos con discursos contra determinados compañeros. Estas frases de izquierda nos han hartado hasta la saciedad a los rusos. Somos hombres con sentido de la organización, en la elaboración de nuestros planes debemos proceder de manera organizada y esforzarnos por encontrar la línea correcta. Por supuesto, no es ningún secreto para nadie que nuestras tesis son un compromiso. ¿Por qué no debería ser así entre comunistas que ya están en su III Congreso y han elaborado tesis fundamentales precisas? Los compromisos son necesarios en determinadas condiciones. Nuestras tesis, propuestas a la delegación rusa, han sido estudiadas y preparadas de la manera más escrupulosa, son el resultado de largas reflexiones y reuniones con varias delegaciones, y tienen por objeto establecer la línea fundamental de la Internacional Comunista. Son necesarias, sobre todo ahora que ya hemos condenado formalmente a los verdaderos centristas y no solo eso, sino que ya los hemos expulsado del partido. Estos son los hechos, debo defender estas tesis, y cuando Terracini viene a decirnos que debemos continuar la lucha contra los centristas y nos cuenta cómo se prepara para llevar a cabo esta lucha, yo respondo que si estas enmiendas deben expresar una determinada orientación, es necesaria una lucha implacable contra esta orientación —es decir, la de Terracini—, porque de lo contrario no hay comunismo y no hay Internacional Comunista. Me sorprende que el KAPD no haya firmado estas enmiendas». El KAPD[37] estaba en ese momento admitido en la IC como partido simpatizante y representaba un ala extrema del partido alemán, era antiparlamentario y contrario a la acción en los sindicatos. Por esta razón, nunca pudimos solidarizarnos.

[…] ¿Qué sostiene Terracini y qué dicen estas enmiendas? Comienzan así: «En la primera página, primera columna, línea 19, hay que tachar “la mayoría”». Aquí aparece la famosa palabra mayoría. La frase era la siguiente: «El III Congreso de la Internacional Comunista inicia la revisión de las cuestiones tácticas en un momento en el que la situación objetiva en varios países se ha agravado en sentido revolucionario y se han organizado varios partidos comunistas de masas, ninguno de los cuales, sin embargo, ha tomado en sus manos la dirección efectiva de la mayoría de la clase obrera en su lucha verdaderamente revolucionaria». Entonces Lenin parece enfrentarse a esta tesis, a la que opone otra: «Siempre hemos dicho que, según las situaciones, el partido debe tener cierta influencia sobre la clase obrera y las masas trabajadoras, lo que sería una expresión aún menos restrictiva de clase obrera, y me refiero a la clase obrera en el sentido europeo, es decir, al proletariado industrial».[38]

Pueden darse casos en los que no exista esta mayoría y la acción sea posible; pueden darse otros casos en los que exista la mayoría y la acción sea imposible. No es una cuestión de contar cabezas. Si vamos a Europa occidental a hablar de mayoría, evocamos el parlamentarismo, caemos en la estúpida idea de que se pueden contar las cabezas de los hombres para decidir las cuestiones. Evidentemente, las decisiones no se toman sopesando los cerebros de las partes en conflicto. Siempre nos hemos opuesto al uso de este término. Se puede expresar muy bien la realidad con un lenguaje más apropiado, por ejemplo, «posibilidad de dirección sobre la parte decisiva del proletariado».

Otra de las propuestas de enmienda enfureció especialmente a Lenin: «En lugar de las palabras “las tesis fundamentales”, poner “los fines”». Él dice algo así: «¿Qué tienen que ver los fines con las tesis? Las tesis fundamentales y los fines son dos cosas diferentes, incluso los anarquistas estarán de acuerdo con nosotros en los fines, porque ellos también están a favor de la destrucción de la explotación y las diferencias de clase. La lucha insurreccional final es nuestro medio táctico, forma parte de nuestros principios en este sentido, nuestras posiciones de principio nunca son metafísicas axiomáticas, siempre son posiciones condicionales, es decir, si el proletariado logra conquistar el poder, solo lo conseguirá con una acción armada insurreccional, pero no es que pongamos una mordaza a la historia y digamos que tal día, a tal hora, o cuando queramos o cuando nos sintamos particularmente belicosos, el proletariado hará la insurrección y tomará el poder».

Esta es la enunciación voluntarista y no marxista de la tesis revolucionaria. La enunciación marxista y materialista es otra: la ruptura revolucionaria es una condición del hecho histórico que se produce en un momento determinado del enfrentamiento entre modos de producción, cuando se perfila el paso del poder de la burguesía al proletariado. Puede manifestarse con una acción insurreccional del proletariado contra la burguesía, y esa acción puede ser victoriosa, puede ser derrotada, puede ser intentada varias veces. El objetivo no es ese. Nuestro objetivo no es una sociedad humana en la que de vez en cuando se produzca una insurrección, sería la sociedad más estúpida. Nuestro objetivo, es decir, aquello a lo que queremos llevar a la sociedad, es la reconquista del ser humano, según el antiguo lenguaje filosófico de Marx. Es una humanidad en la que ya no se lucha clase contra clase, porque al no existir ya la porquería del capital, del mercantilismo, del ambiente monetario, ya no hay lucha ni odio entre los hombres. La insurrección para nosotros no es un fin, es un medio. Puedo exponer una tesis: cuál es, por ejemplo, el mejor momento para dirigir una insurrección en un determinado contexto histórico, en Alemania, en Italia o en cualquier otro lugar. No puedo «sustituir» los fines por esta tesis. ¿Qué significa esto? La petición presentada por Terracini es una tontería evidente. Hemos visto que nuestros fines coinciden con los de los anarquistas. Están de acuerdo con la insurrección y la eliminación de la propiedad privada en una sociedad sin clases. Pero en cuanto a los principios, estamos en desacuerdo: para ellos, el Estado, el poder político de clase, debe desaparecer al día siguiente de la insurrección. No hablamos del partido como encarnación de este poder, de la autoridad. Son diferencias que conducen a enfrentamientos muy dolorosos, como el de Kronstadt.

Nuestra corriente estuvo mal representada en el III Congreso y, lamentablemente, lo que Lenin dijo contra nosotros era cierto. La intervención de Terracini, que hablaba en nombre de tres de los partidos más importantes de la Internacional, le pareció una revuelta contra los rusos, por lo que reaccionó violentamente. Por eso, cuando la delegación regresó de Moscú… [pero dejemos eso], ahora me gustaría ocuparme de dos cuestiones que nos interesan de cerca, a saber, la táctica de la Internacional y la teoría de la ofensiva. Parte del debate sobre la táctica se inscribió en la llamada cuestión italiana, como se la denominó, porque fue un italiano quien habló en nombre de las tres delegaciones; y luego, aunque esto nos interesa menos, porque Lazzari, en nombre del Partido Socialista, insistió en la admisión en la Internacional diciendo que habían comprendido la necesidad de expulsar a los reformistas, que arreglarían las cosas, etc. En resumen, los socialistas estaban intentando de nuevo violar las 21 condiciones, incluido el hecho de que querían mantener en el nombre el adjetivo «socialista» en lugar de «comunista», por lo que Lenin también tomó la palabra sobre este tema. Después del Congreso, todos estuvimos de acuerdo en que debíamos abordar este problema de la táctica. Hubo una reunión entre julio y agosto de 1921 en la que decidimos convocar, para marzo de 1922, el segundo congreso del partido. Cabe recordar que Terracini fue conmigo ponente sobre las Tesis de Roma, precisamente sobre la táctica. Y en cuanto a la teoría de la ofensiva, hay que señalar que la convocatoria de un congreso sobre la táctica para el año siguiente demostraba por sí misma que no estábamos a la ofensiva y que no teníamos ninguna teoría pro-ofensiva. Nos habrían barrido. Solo podíamos intentar conservar las posiciones que teníamos, salvar al partido y a las pocas Cámaras del Trabajo que resistían, pero que estaban cayendo una tras otra bajo los ataques de los fascistas. Llevábamos a cabo acciones de comando, de guerrilla, como las famosas «emboscadas comunistas», mientras que los socialistas, republicanos, demócratas y masones gritaban contra los fascistas, pero no hacían más que amplificar sus éxitos militares, hacerles publicidad. Sabíamos muy bien que la lucha era desigual, que no podía durar. Esperábamos en el paso a los fascistas que nos atacaban, pero tan pronto como matábamos a alguno, después de detener los camiones que los transportaban, llegaban los carabineros, a veces los soldados, y arrestaban a los comunistas en masa, en sus casas, como represalia.

Contrarrevolución en Alemania

Sin embargo, en nuestros periódicos siempre intentábamos destacar los golpes que nosotros propinábamos a los fascistas y no los que ellos nos propinaban a nosotros, porque toda esa propaganda sobre la ferocidad y la invencibilidad de los fascistas, ese lloriqueo sobre las libertades y las garantías constitucionales violadas, fue uno de los elementos que condujo a los fascistas al éxito. Como se puede ver, no podíamos hablar de teoría de la ofensiva. Lo veíamos como Lenin, un poco como con la cuestión del parlamentarismo: desde el punto de vista teórico, nosotros y los bolcheviques éramos todos declaradamente antiparlamentarios, mientras que desde el punto de vista táctico hay que ver para qué sirve. Lenin sostenía que debíamos ir al parlamento, pero mientras tanto él no había ido a Moscú, no le importaba nada, y había llamado a las guardias rojas para dispersar el embrión del parlamento ruso. Lo mismo ocurre con la cuestión de la ofensiva. Todos los comunistas están a favor del principio de la ofensiva revolucionaria, sería necesario. Hay momentos que no hay que dejar pasar, en los que el ataque es decisivo, como en todas las revoluciones, como en todas las guerras. La guerra de clases, como guerra, es como todas las demás. La evaluación táctica en caso de guerra entre clases no se deriva de la situación contingente, sino de la geohistórica y de la preparación de los ejércitos enfrentados. En marzo de 1921 se intentó la acción en Alemania, el partido era más numeroso y estaba mejor armado que el nuestro.[39] [Los compañeros alemanes, fieles a la teoría de la ofensiva, habían dicho: «Basta, dejemos de esperar, como hemos hecho hasta ahora, a partir de ahora tomaremos la iniciativa y desencadenaremos la revolución». Parece que lo dijo Frölich, al menos según Radek, que era el encargado por la IC de estar al tanto de los acontecimientos alemanes. Son más o menos las palabras de Terracini, por eso la «cuestión italiana» y la alemana se entrelazan. Al igual que la Internacional tenía dificultades para comprender la situación italiana, lo mismo ocurría con la situación alemana. El centro comunista mundial, en lugar de influir en los partidos que actuaban a nivel nacional, se dejaba influir por ellos, al menos por las fracciones socialdemócratas. Las razones que habían provocado el colapso de la II Internacional seguían vigentes. La dictadura del proletariado era la prueba de fuego para desenmascarar al segundointernacionalista que en ese momento juraba lealtad a la Internacional Comunista. En 1921 escribimos en Rassegna Comunista que toda estructura, como un mecanismo, responde a leyes funcionales que no admiten violaciones. Si demostramos que es imposible conquistar gradualmente el poder y transformar el Estado burgués en beneficio de los proletarios y del comunismo, debemos tener el valor de afirmar que también es imposible transformar la estructura de los partidos socialdemócratas, sus fines parlamentarios y sindicales-corporativos, en una estructura compatible con el partido revolucionario de clase, órgano predispuesto a la conquista violenta del poder].

[La separación que tuvo lugar en Livorno fue el epílogo de un desarrollo histórico material. Sus determinaciones fueron más poderosas no solo que todos los Lazzari, Serrati y Mussolini del mundo, sino también que la propia Internacional Comunista y los hombres responsables de su órgano dirigente, que se comportaron al respecto de manera trágicamente contradictoria. Si Livorno tuvo como bautismo las determinaciones mencionadas, las Condiciones de Moscú tuvieron como confirmación, es decir, como «confirmación», el ejemplo selectivo de Livorno. Ninguno de los dos episodios de la revolución dio lugar a una «legislación» escrita por alguna oligarquía, sino a una normativa surgida de toda la acción proletaria mundial a lo largo de un siglo. No hubo nada «artificial» en la separación de los comunistas de los reformistas y de los maximalistas que los defendían, sino que, en todo caso, lo artificial fue frenarla].

[Dado que las polémicas suscitadas en el seno de la Comintern por la acción de marzo en Alemania se entremezclaron con las provocadas por la escisión de Livorno, fue necesario que el PCd’I diera más aclaraciones. En primer lugar políticas, pero también porque algunos representantes del partido alemán habían conspirado con Serrati para luego sostener ante Moscú que el PSI y el PCd’I tenían la misma legitimidad para estar representados en la IC. En Moscú, estos estímulos contradictorios externos procedentes de todas partes provocaron un cortocircuito que hizo converger en un mismo punto exigencias nada homogéneas. Por un lado, se decía que era necesario seguir a los partidos jóvenes para ayudarles a superar el esquema elitista que los concebía como factores dotados de fuerza propia, independientemente de las condiciones objetivas y, en particular, del grado de influencia sobre las grandes masas (problema realmente presente, especialmente en Alemania); por otro lado, la preocupación de que los partidos nacidos de turbulentas escisiones de los de la II Internacional no se cerraran sectariamente en sí mismos, etc., etc. Tal cortocircuito había producido en la estructura dirigente de la IC una concepción deformada del avance revolucionario. Poco a poco, pero cada vez con mayor claridad, esta estructura dio una importancia creciente a los factores puramente cuantitativos, en el sentido de los logros, de los éxitos dentro de la sociedad tal y como es. No en vano Levi, que vino a Livorno para conspirar con Serrati e intentar hacer lo mismo conmigo, escribió a la Internacional una carta elogiosa hacia el PSI llena de números, sabiendo que los destinatarios eran muy sensibles a este tipo de argumentos. Por lo tanto, se evaluaron los partidos según criterios poco realistas, basados en datos que cambiaban en pocos meses, sacrificando los criterios de fiabilidad relacionados con la continuidad programática y organizativa, la adhesión a los principios, el rigor, la capacidad organizativa física de los trabajadores y no solo el prestigio entre los votantes].

La insurrección de 1921 en Alemania planteó la gran cuestión general sobre el método, sobre el momento adecuado, sobre las condiciones históricas generales, todos ellos elementos que hacen saltar por los aires cualquier evaluación puramente cuantitativa de las fuerzas en juego. Las luchas aisladas, locales, de diversa intensidad, se desarrollan continuamente. A menudo, el proletariado se levanta espontáneamente, sin organización, sin estructura, sin partido. No siempre encuentra la fuerza para dotarse de una estructura en el curso de la lucha. Y sin dirección, la mayoría de las veces es reprimido y sus líderes más destacados son exterminados. En Alemania, el potencial era enorme y los errores de doctrina y táctica fueron consecuentes, dada la confusión que se produjo en tres niveles: el de la espontaneidad proletaria, el de los líderes de los partidos alemanes y el de la Internacional. También la historia del proletariado italiano está marcada por luchas, masacres, incendios de ayuntamientos y comisarías. Las formaciones proletarias lograron a veces imponerse en acciones militares locales. Pero nunca se había visto en Europa ni en el mundo un potencial de 200 000 proletarios armados en revuelta como en Alemania. En el informe que sigue, veremos en detalle el desarrollo de esta increíble historia, pero por ahora ocupémonos de las consecuencias.

Por un lado, tenemos los indicios de la teoría de la ofensiva, errónea debido a sus fundamentos irracionales. Por otro lado, tenemos a los líderes políticos que abandonan a los trabajadores, a pesar de ser muy fuertes, a su suerte. La Internacional se eleva por encima de todos, vacilante ante los acontecimientos, sin poder asumir un papel de liderazgo. El resultado fue una derrota aplastante, que tuvo enormes consecuencias en el curso de los acontecimientos. Le dijeron a los trabajadores alemanes y a los pocos de sus líderes que se lanzaron a la batalla: «No sois revolucionarios, sois putchistas, creéis que el partido no puede ser un partido de masas que reúna a la mayoría del proletariado, creéis que debe ser un núcleo de conspiradores armados, habéis vuelto a ese sistema de sectas que Marx combatió hasta que disolvió las antiguas ligas en favor de la Internacional y estableció que la organización proletaria no es secreta, sino pública. Nosotros», y serían los de la Internacional, «no hacemos como los revolucionarios burgueses que prepararon sus revoluciones nacionales y emancipaciones liberales abundando en sectas secretas, sociedades conspiradoras y golpes de mano».

El Manifiesto dice que los comunistas no ocultan sus objetivos. Todos saben que en el camino hacia la revolución nuestro método contempla la insurrección. Pero hay momentos en la historia en los que esto se convierte en una praxis activa, y otros, mucho más duraderos en el tiempo, en los que esto no es posible. Por trivial que parezca, es el propio contexto de la revolución, el camino hacia una sociedad antitética a esta, el que describe el programa. Y este tiene objetivos elevados, a los que corresponden caminos, es decir, tácticas, elevadas. Un choque entre modos de producción requiere mucho más que golpes de Estado. Ni siquiera el de Mussolini en 1922 lo fue. Él lo llamaba revolución, pero, aparte de lo cómico, nada pasó de manos de una clase a las de otra. Y tampoco fue un golpe de Estado, no participó el ejército, los carabineros se quedaron mirando, en el sentido de que su preocupación era el potencial proletario, no la carrera en un coche-cama. El poder ni siquiera pasó de la bestia de un color a la bestia de otro, fueran negros o blancos por fuera, por dentro seguían siendo burgueses. Y también en lo que respecta a nuestro análisis sobre la naturaleza del fascismo, naturalmente, nos atacaron entonces y nos atacan ahora. Al hacer nuestra larga historia, cuando finalmente escribamos algo real y documentado sobre esta corriente tan difamada que es la Izquierda Comunista «italiana», tendremos que alinear todas las críticas que se nos han dirigido y, en cierto sentido, desollarlas, ir hasta el fondo, para comprender mejor su significado histórico. Que es uno: existe una antítesis mortal entre quienes defienden las categorías de la sociedad actual y quienes propugnan las de la sociedad futura. Solo he mencionado de pasada todos los «ismos» que nos han atribuido: dogmatismo, talmudismo, idealismo, ascetismo (cerebral, por supuesto), bergsonismo, militarismo y nada menos que putchismo.

El generoso proletariado alemán se desvió de su camino insurreccional no por la falta de partido, sino por la existencia de demasiados partidos que creaban demasiada confusión. Algunos de ellos fueron tachados por los demás de elitistas. Se dijo que no concebían la formación, en los pliegues profundos de la sociedad, de organismos y partidos necesariamente diferenciados y específicos, que exigían separaciones por un lado y frentes compuestos por otro. Siempre hemos rechazado la calumniosa asociación entre elitismo y rigor teórico, la consiguiente coherencia táctica y el rechazo de las teorías cuantitativas del partido. El cual es una función de las relaciones reales entre las clases en el ámbito del desarrollo económico-social y no el producto de «decisiones» de héroes carlylianos. Sabemos que el proletariado no podrá asaltar esta sociedad si no ha desarrollado su órgano-partido. Pero no nos digan que será un partido cualquiera, como los que sirven a la lucha política dentro de esta sociedad. Llámenlo élite, si quieren, pero el partido de la sociedad futura es una entidad real que representa algo más que una organización de hombres.

¿Cuándo es posible el surgimiento y el desarrollo del partido que, como entidad histórica, trasciende a la organización formal? ¿Y cuán extenso debe ser con sus raíces en la clase? ¿Diez mil, cien mil, un millón de militantes? Se equivoca quien busca una respuesta aritmética a estas preguntas. La respuesta está en el trabajo preparado por los compañeros franceses que he citado antes. Y además: admitiendo, sin concederlo, que en el variado entorno marxista existiera una doctrina interpretativa elitista de la historia, ¿no sería acaso menos estúpida que el vulgar democratismo liberal?

Una teoría voluntarista de la ofensiva es una tontería, pero cuando las condiciones materiales llevan a decenas de miles de proletarios a luchar armados, como en Alemania, es criminal acusarlos de putschismo, acusar a sus líderes de tener una concepción elitista de la revolución y, además, plantear como alternativa hipótesis frentistas con representantes de otras clases infiltrados en nuestro movimiento. En el trasfondo de las derrotas proletarias siempre existe la opción democrática, mayoritaria, frentista. Quienes conciben la historia moderna como un juego parlamentario, desde el nacional y local hasta el internacional, como la Sociedad de Naciones, etc., abrazan una doctrina tan estúpida como la del héroe, del líder que ilumina a las masas mayoritarias con el poder de su ejemplo, con la elocuencia de sus discursos, con su imaginación visionaria. Y esto es válido tanto en sentido negativo como positivo. El antihéroe sinvergüenza y criminal es la imagen especular del héroe positivo, el ángel rebelde abofeteado en el infierno.

La victoria revolucionaria es un hecho cualitativo

Las revoluciones solo pueden ser anticipadas por minorías. El germen mutante de la nueva sociedad que comienza a echar raíces en la antigua solo puede formar parte de un conjunto temporalmente aislado, incluso incomprendido. Cuando delegaciones del movimiento obrero inglés y alemán acudieron a Marx y Engels para poner sobre la mesa sus condiciones y sus organizaciones con el fin de fundar la Internacional, ofreciéndoles la dirección del nuevo organismo, estos lo rechazaron. Uno le escribe al otro y le dice: «Tú y yo, para representar el movimiento histórico, no necesitamos otra delegación que la nuestra».[40] El pasaje es famoso, y estos señores fueron apartados. Eran unos vagos, no se podía tratar con ellos. Es la enunciación de un método: el partido histórico no es una entidad cuantitativa, puede encontrar su expresión material en pocos o muchos hombres, no importa. El elemento cuantitativo, formal, el que nos hace hablar de «movimientos de masas», es una consecuencia. Pero se necesitan aquellas condiciones que hemos definido, tomando prestado el lenguaje de la física, como «polarización social», como en los campos eléctricos, en los sólidos cristalinos, en la ionización de un gas. El número de electrones y átomos implicados no tiene importancia para desencadenar el evento, pero es necesario que se produzca para expandirse cuantitativamente. La conquista de la llamada mayoría viene, por tanto, después de que se den las condiciones iniciales de teoría, acción y entorno. Podemos experimentar todas las tácticas que queramos, siempre y cuando en nuestro mensaje revolucionario no haya palabras que puedan sonar contradictorias, despectivas o incluso simplemente olvidadizas de nuestros principios. Por eso no queríamos que se planteara la cuestión de la mayoría como condición. La «conquista de la mayoría» también puede producirse, pero no es un puente por el que haya que pasar obligatoriamente antes de que la revolución haya ionizado las moléculas sociales. Hemos puesto mil veces el ejemplo ruso: en la última reunión del Comité Central del partido antes de la insurrección, el grupo dirigente se desintegra justo cuando la polarización social alcanza su punto álgido. Lenin debe tratar a todos como traidores y consigue hacerles aceptar el concepto: si pasa esta hora, todo estará perdido. ¿Proclama la acción por sí solo? No. En ese momento, la acción es proclamada por ese misterioso campo de fuerzas, por la irresistible física de la revolución que elige en Lenin su instrumento. Es el cerebro social en movimiento. Veréis, a veces parece que inventamos términos, que destilamos nuevas fórmulas de nuestras meninges, cuando en realidad ya están anticipadas en Marx y es estupendo que vosotros, compañeros franceses, las hayáis sacado a la luz, encontrándolas en la programación de la revolución, donde ya estaban escritas desde hacía más de un siglo.

¿Somos pocos hoy, somos muchos? ¿Qué importancia puede tener si conseguimos mantenernos en la línea que une a los cientos de millones de hombres que han luchado con los cientos de millones que lucharán? Ese es el verdadero problema, el arco histórico que une las revoluciones desde el comunismo primitivo hasta el desarrollado. Por eso Marx dice: «Estoy dispuesto a pasar por alto las apariencias, ocupémonos de la sustancia». Por supuesto, nuestro trabajo no tiene como objetivo iluminarnos a nosotros mismos, sino que se inscribe en la lucha más amplia que enfrenta a los proletarios con el adversario. Así, nuestra crítica a este último, cualquiera que sea su apariencia, pseudocomunista, liberal o fascista, no tiene como objetivo conquistar puestos en primera línea. Ahora, siendo mayor, tengo menos posibilidades de hacer carrera política que cuando era joven y la rechazaba, por lo que simplemente me gustaría contribuir a dejar este legado a los jóvenes, convencerlos de que el trabajo revolucionario está por encima de la persona, de las generaciones y del tiempo. Es un puente que queremos restablecer, es una lucha que dura ya más de cuarenta años, que va más allá de la contribución de cualquier individuo, incluso en los años de su mayor eficiencia. Es una contribución colectiva. Quiero subrayar: colectiva.

La Internacional no funcionaba así, ni tampoco los demás partidos. Allí los individuos representaban corrientes y fuerzas opuestas, perjudiciales para cualquier funcionamiento orgánico. Así surgían los nombres, y entre ellos el de Bordiga. Si queremos hacer la historia de la Izquierda, no podemos evitar utilizar los protocolos. Y de estos documentos se desprende claramente que éramos los únicos que decíamos: «No es que en Moscú se “aprobaron sin ni siquiera leer” los diversos informes sobre lo que se ha hecho en Italia o lo que se ha hecho en Dinamarca, Bulgaria, etc., y luego se encargue a este o aquel compañero dirigir el partido en tal o cual país. No, hay que invertir el criterio. La Internacional representa al proletariado mundial y debe ser el centro en el que convergen sus impulsos, son los representantes del proletariado los que deben poder juzgar a la Internacional, mientras que solo vemos a esta última juzgar a los representantes del proletariado».[41] Aquí, en el informe, se dice que en este momento estallaron los aplausos y las risas. Los congresistas sabían que esa era la tónica.

En estos discursos que publicaremos aparece muy a menudo el nombre de Bordiga junto con el de los demás con los que se discutía, por lo que parece que asistimos a un duelo entre personas y, como ellos estaban unidos contra nuestra corriente, parece que se ensañaban con un caballero solitario que se deleitaba en pillarlos con la guardia baja. Por supuesto, tenían todo el poder para silenciarlo y finalmente lo hicieron. Pero cuando aún no habían llegado a ese límite, estos compañeros de Moscú sentían una gran simpatía por mí, me estimaban, aunque me criticaban ferozmente. Sabían muy bien que cuando hablaban de la «cuestión italiana», yo desviaba la conversación hacia la «cuestión de la Internacional», que era la de la revolución mundial. En el V Congreso se incluyó por primera vez en el orden del día la discusión sobre la táctica de la Internacional Comunista. Hasta ese congreso se había discutido al margen de todas las demás cuestiones, pero no se había querido votar ninguna tesis sobre la táctica. Las de Roma no habían dejado huella. Por lo tanto, respondí a Zinóviev que consideraba necesario el orden del día sobre la táctica. Como sabéis, pensábamos que debía existir una especie de reglamento sobre la táctica de la Internacional válido para todas sus secciones nacionales, mientras que a los compañeros de Moscú les gustaba dejar en blanco esta hoja de la táctica, para poder enviar a cualquier sección cualquier orden en cualquier sentido, incluso a costa de ir en sentido contrario en Dinamarca con respecto a lo que se consideraba necesario para Bulgaria, etc. , atribuyendo mayor importancia al desarrollo de la situación nacional en cada país. Por lo tanto, la cuestión de la táctica no debía codificarse estrictamente.

El V Congreso se celebró del 17 de junio al 8 de julio de 1924 y fue el último en el que participamos con fuerza, después del cual solo hubo el VI Ejecutivo Ampliado de 1926. En este congreso, decía, tomábamos nota con satisfacción de que finalmente se abordara el problema de la táctica. Pero una cosa es discutir sobre la táctica general de lo que quiere ser el partido planetario del proletariado, y otra cosa es discutir lo que se quiere hacer en un momento determinado en un país concreto. Desde este punto de vista, consideraban inútil generalizar porque, decían, todos conocíamos el informe del Comité Ejecutivo «sobre lo que se había hecho» entre el IV y el V Congreso, por lo que el V establece la táctica hasta el VI. Nos dijeron: «Tenéis la posibilidad de hablar de temas concretos, ¿por qué querríais establecer una táctica que valga para siempre? Es una fijación vuestra, sectarios, dogmáticos, doctrinarios. Es razonable pensar que la táctica de hoy puede no valer mañana, las situaciones cambian en el tiempo y en el espacio, pueden producirse acontecimientos que hoy no podemos prever». Nosotros, en cambio, sosteníamos que debía establecerse de manera universal para cada situación análoga en relación con el desarrollo económico y social, especialmente en lo que respecta a las relaciones entre las clases. Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, etc. eran terreno para una táctica única. Los países atrasados de Asia y África, las colonias, etc. requerían una táctica diferente a la de Occidente, pero única para el conjunto.

La Internacional no podía responder materialmente a preguntas de ese tipo. Su forma de funcionar ya estaba viciada. Los congresos ya no eran verdaderos encuentros internacionales entre el centro y la periferia, sino lugares para informar sobre lo que se había hecho en tal o cual país. Y sobre todo si se había hecho según los criterios impuestos por la Internacional sobre la base de una total indeterminación táctica. En el V Congreso, Zinóviev dividió su discurso en muchas partes. Una sobre Bordiga, naturalmente, porque yo no iba a informar sobre los hechos contingentes. Nuestros informes sobre la situación del proletariado los habíamos hecho en el IV Congreso, en el V hicimos el del fascismo. A mí me importaban hasta cierto punto las crónicas minuciosas. Nos interesaba el futuro del partido, por el que habíamos realizado un trabajo titánico, y queríamos explicar lo que sucedería en Italia si la Internacional nos obligaba a realizar giros incompatibles con las verdaderas relaciones económicas, con la confrontación armada entre las clases. Ya habíamos visto lo que había sucedido en Francia y, sobre todo, en Alemania, el mal que había producido el mal giro político frentista en muchos países. Por eso sentíamos el deber de utilizar la asamblea mundial para decir cuáles eran los peligros, a fin de evitar el precipicio en situaciones cada vez más desfavorables.

Los representantes de los demás partidos estaban muy lejos de tener una actitud semejante. Se comportaban como si estuvieran en un parlamento burgués. Imaginemos al compañero tal o cual, representante del partido comunista danés o búlgaro. Él representa una corriente dentro de dicho partido. En su discurso ante el congreso, tiene todo el interés en destacar su propia corriente en detrimento de la otra o las otras. A cambio del apoyo de Moscú, votará sin rechistar las tesis presentadas por Zinóviev. Así volverá victorioso y obtendrá la secretaría del partido. Veis cómo funciona la democracia, así se forman las mayorías. Es más, ni siquiera hay que esperar a la votación, se puede resolver el asunto en el pasillo. ¡Este es el sistema constitucional burgués! ¡Una porquería ginebrina que apesta a Sociedad de Naciones! Nosotros estábamos en contra de este sistema. Decíamos: «Mientras discutimos sobre el futuro de la revolución mundial, debemos despojarnos de nuestro ser italianos, daneses, búlgaros, alemanes o franceses y debemos deliberar juntos sobre lo que debe hacer la Internacional, porque no es correcto que solo el partido ruso se identifique con la Internacional hasta darle su impronta específica. El partido ruso contribuirá con todas sus fuerzas, que son notables, con el valor de sus tradiciones, que son absolutamente excepcionales, pero también los demás partidos tienen el deber de intervenir con su peso, de lo contrario nunca se formará un verdadero partido comunista mundial». Estas eran cuestiones prejudiciales que deberían haber prevalecido desde el principio, es decir, desde 1919, cuando se constituyó la Internacional Comunista.

Las cómicas repercusiones del frente único

Al principio, en 1919, era muy acertada la preocupación, como he tratado de demostrar en las primeras entregas del trabajo sobre el Izquierdismo de Lenin, de reunir contra la socialdemocracia traidora todas aquellas fuerzas que pudieran converger en las tesis revolucionarias. Se llevó a cabo una labor en este sentido mientras la guerra aún estaba en curso. Existía, sin duda, el peligro de que elementos de la derecha se unieran a nosotros desde la Segunda Internacional a la Tercera. Este peligro se determinó de inmediato. No se trataba solo de excluir a los elementos u organismos abiertamente socialpatriotas, es decir, los que habían apoyado la guerra, cualquiera que fuera la razón que alegaran. Estaba claro que todos ellos serían fácilmente excluidos. Pero había muchos otros elementos que, sin haberse hecho responsables de una política tan abiertamente contraria a todas las directrices clasistas y socialistas, incluso las tradicionales, habían mantenido igualmente una posición errónea. Eran, por ejemplo, los pacifistas sociales, los que se oponían a aceptar la dinámica insurreccional de la Revolución de Octubre, la lucha armada por el poder, la disolución de la Asamblea Constituyente, la dictadura del proletariado y el ejercicio del terror. Eran los elementos que anticipaban el frente único. Algunos podían admitir el curso de los acontecimientos en Rusia, pero ninguno de ellos admitía que eso fuera aplicable en los países occidentales en la transición de los regímenes democráticos constitucionales al estado proletario.[42]

[…] y todas las zonas en las que el proletariado había comenzado a constituir sus formaciones de poder local fueron arrasadas, por lo que la batalla se perdió, pero fue, como todas las batallas perdidas, rica en enseñanzas. La «Carta abierta» de Levi abrió el camino al frente único y esta táctica desembocó finalmente en la del gobierno obrero. Nuestra posición era simple y directa: la teoría de la ofensiva se reduce a una aberración táctica y no puede bastar para definir la acción completa de un partido revolucionario. Es cierto que hay que actuar en todos los frentes: propaganda, prensa, agitación, presencia en todas las luchas obreras, presencia en todos los sindicatos, red sindical para intentar conquistar la dirección central de los sindicatos, preparación ilegal. En este horizonte de acción demostramos, no solo en teoría sino también en la práctica, que estábamos completamente en el terreno de Lenin. Pero nos opusimos a que en Italia y en otros países se aplicara acríticamente la táctica del frente único como pacto de alianza del Partido Comunista con otros partidos. Entonces se discutía naturalmente solo de los partidos que se referían al proletariado, el comunista, los socialdemócratas, los independientes y los que pertenecían a la Internacional Dos y Medio.[43]

Incluso nos vimos obligados a participar en una conferencia que se celebró en 1922 en Berlín, en el palacio del Reichstag, entre las tres internacionales. Obviamente, las dos internacionales socialdemócratas rechazaron todas nuestras propuestas. Yo solo pude llegar el último día por problemas con el visado alemán. Había mucha tensión por las concesiones que nos pedían y casi se llegó a una ruptura. Radek, que estaba presente, se mostraba optimista, mientras que Bukharin y Rosmer, también presentes, se mostraban perplejos. Lenin, aunque favorable al frente único, expresaba sus reservas desde Moscú. Los mismos compañeros que nos habían llevado allí reconocieron que se acabaría con concesiones vergonzosas. A pesar de ello, defendieron la necesidad de llevar a los socialdemócratas a una nueva conferencia mundial. Querían demostrar a los proletarios que los comunistas estaban llenos de buena voluntad, pero que el fracaso era culpa de los «amarillos», como los llamábamos. Estos compañeros estaban bastante bien dispuestos hacia los socialdemócratas dos y medio, que fingían ser más de izquierdas que los demás, pero yo dije que esos eran peores, porque eran más ambiguos y, por lo tanto, peligrosos. También estaba Serrati, que se hizo maximalista en Berlín, mientras que aquí se alineaba con los compromisos del PSI y de la Confederación del Trabajo. Solo conseguí incluir una declaración en contra de la formación de cualquier comité permanente de las tres internacionales conjuntas. Radek me objetó señalando que se trataba solo de una comisión encargada de preparar la conferencia socialista internacional.

Lenin también dijo que había que preparar esa conferencia, pero luego reprendió a los delegados por haber cedido demasiado. Quería el frente único y luego criticaba a los compañeros si hacían concesiones. Pero los frentes están hechos para conceder. Eso era peligroso. Cuando les dices a los compañeros: «Id a hacer una alianza con otros grupos y partidos», ellos obedecen y hacen todo lo posible por lograr la alianza. Y, de hecho, llegaron al límite, aunque discutían todo el tiempo, como cuenta Rosmer en su libro.[44] Los delegados de la Internacional Dos y Medio ya habían conseguido nuestra firma como comunistas en una resolución que no decía nada, que dejaba las cosas como estaban, y además habían conseguido asistir al juicio contra los socialistas revolucionarios.[45] Lenin dijo que habíamos hecho muy mal en ceder en este asunto del juicio, que Rusia era el único país en el que el proletariado había tomado el poder y que no se podía admitir que representantes de la burguesía como estos falsos socialistas pretendieran controlar sus acciones. Ahora bien, con todo el respeto que teníamos por Lenin, nosotros decíamos que el proletariado no podía entender por qué atacábamos violentamente a todos los representantes de la burguesía y luego los invitábamos a conferencias y negociaciones. Pero él sostenía que precisamente eso era un medio para hacer comprender a los proletarios lo infieles y traidores que eran nuestros adversarios, que el problema era aprender a aplicar bien la táctica del frente único, que por lo tanto no había que hacer concesiones políticas del tipo de la del proceso a los socialistas revolucionarios. Para Lenin, yo seré un simplista doctrinario y dogmático, pero yo simplemente sostenía que la masa proletaria necesita consignas claras, saber exactamente quién es el enemigo. No se puede explicar por qué en Moscú juzgamos a los enemigos y tal vez los fusilamos en la guerra civil, y en Berlín nos sentamos a negociar con ellos, llamándolos camaradas. La «famosa cuestión» era toda ahí.

¿Qué diablos quiere decir “gobierno obrero”?

Pero esa era una, había otras, naturalmente.[46] Por ejemplo, la del gobierno obrero, que surgió en el IV Congreso. Se comenzó diciendo que el proletariado no luchaba en el resto de Europa porque los oportunistas, con la ayuda de los burgueses y los anarquistas, habían hecho tal propaganda contra la consigna de la dictadura proletaria que las masas ahora le tenían miedo. Era cierto que la contrarrevolución utilizaba estos argumentos, que decía a los proletarios que tuvieran cuidado, que pasarían de mal en peor y, en lugar de liberarse, habrían erigido con sus propias manos un nuevo andamiaje de dominio. Pero no es que nosotros, por nuestra habilidad maniobrada, hubiéramos obtenido alguna ventaja ocultando la expresión «dictadura proletaria» y sustituyéndola por «gobierno obrero». ¿Qué diablos significa «gobierno obrero»? Se dieron varias versiones, por Radek, por Zinóviev y por otros, pero prácticamente el modelo general era un gobierno como el de Budapest, es decir, un gobierno híbrido en el que participan, además de los comunistas, otros partidos, y esto únicamente porque se llaman «Partido Obrero de tal o cual país» o «Partido Socialista», incluidos los medios socialistas y los medios comunistas.[47] No es serio, Lenin había condenado este modelo precisamente refiriéndose a Budapest, 1919. Es como si dijéramos: «En Italia hemos tomado el poder y ahora queremos establecer la dictadura del proletariado gobernando junto con Togliatti, Nenni y Saragat». Evidentemente, sería una cosa absurda, lo es ahora y lo era también entonces. La expresión «gobierno obrero» pretendía ser un seudónimo de «dictadura del proletariado», pero en realidad era simplemente una tontería. Nos rebelamos. Dije en el Congreso, y lo dijimos en nuestras tesis: «Pedimos que se le dé al gobierno obrero un funeral de tercera clase. Tanto por el modelo como por el nombre. Sobre todo por el nombre, porque el modelo en sí mismo no funciona, mientras que la consigna puede engañar a las masas obreras». Lenin tenía razón al decir que, aunque hubiéramos llegado al gobierno con algunos oportunistas, la cuestión del poder se habría resuelto eliminándolos, como ocurre en todas las revoluciones. De hecho, está demostrado que ellos nos eliminaron a nosotros.

La gran mayoría de los congresistas rechazó nuestro punto de vista, que era el mismo que se describía en las Tesis de Roma. Sobre el tema del frente único, la discusión fue violenta y se repitieron contra nosotros las acusaciones habituales. Entonces utilicé una expresión que no puedo repetir textualmente: «Estamos dispuestos a dar la mano al traidor, al renegado, si nos demostráis técnicamente que, al dar esta mano, un minuto después podremos agarrarlo por el cuello y estrangularlo. Incluso los luchadores que se enfrentan en el ring para practicar la lucha grecorromana comienzan con un apretón de manos, pero luego se trata de ver quién pone al otro de espaldas en la lona. Pero si os demostramos que, tras estrechar esta mano, es él quien nos agarra por el cuello y nos tira al suelo, entonces debéis renunciar a esta táctica. No la rechazamos por escrúpulos estéticos o morales, y esta es la esencia de las tesis preparadas en Italia: aunque nos repugne acostarnos con los oportunistas, estamos dispuestos a hacerlo si sois capaces de demostrar un éxito realista. De lo contrario, tendréis que responder por el fracaso, etcétera, etcétera».

Sobre el gobierno obrero fuimos aún más radicales que sobre el frente único. Zinóviev comenzó a soltar uno de sus habituales discursos grandilocuentes. Dijo que hay muchos tipos de gobiernos obreros, que hay gobiernos obreros burgueses y liberales, que hay gobiernos obreros socialdemócratas, que el nuestro será un gobierno obrero comunista. Citó Australia y algunos otros países. Les dijimos a todos los que nos insultaban que el poder es uno, o se toma o no se toma. A nuestro grito de «¡dictadura del proletariado!», enormes masas se entusiasmaron y lucharon, no necesitaban un seudónimo, era una consigna muy clara que todo el mundo había entendido. Hoy ya no se entiende, después de tantos años de derrotismo, de renegación de los principios fundamentales, pero entonces sí que se entendía. Todos teníamos la fuerte sensación de un ambiente candente, en el que el proletariado europeo se movía con generoso ímpetu. E incluso entre nuestros adversarios se había impuesto la doctrina revolucionaria, sumiéndolos en el terror. Por eso nos parecía especialmente perjudicial apoyar una política que nos llevaba rápida y directamente a la ruina.

Demasiado tarde se dieron cuenta compañeros de la talla de Zinóviev y Bukharin, cuando la maquinaria de Stalin ya los estaba arrastrando ante el pelotón de fusilamiento. Quién sabe cómo habría ido si hubieran escuchado las críticas que les habíamos dirigido en 1922 y 1924. Quizás habrían reconocido que habíamos pronosticado la ruina. Tampoco se salvó Trotsky, que había luchado antes que ellos y había logrado, en vano, escapar, si no de la muerte, al menos del infame proceso. ¿Cómo podían imaginar que, tras tres congresos, las masas aceptarían una consigna que nosotros mismos, sus grandes líderes marxistas de la revolución mundial, no sabíamos explicar? ¿Quién había tenido alguna vez las ideas claras sobre qué diablos era el frente único y luego el gobierno obrero? ¿Cómo habían podido creer que millones de proletarios comprometidos en la lucha cotidiana, ya generosamente alineados bajo nuestras banderas, necesitados de palabras claras, habrían digerido nuestros comportamientos, que se estaban convirtiendo en los típicos del oportunismo?

La Central Sindical Roja

Las cuestiones eran objeto de debate no solo en la gran sala del congreso, sino también en las reuniones de las comisiones. Las divergencias entre compañeros estallaban. Recuerdo que pasé noches enteras discutiendo con el compañero Zinóviev. Él insistía en que el combativo Bordiga sería un excelente diputado en un parlamento dedicado a la política del frente único y del gobierno obrero: «Usted» (en Rusia, los compañeros se trataban de usted), «es el hombre adecuado para llevar a cabo nuestro programa. Precisamente usted, que rechaza, mientras que debemos ponerlo todo en manos de ciertos imbéciles semiburgueses. La culpa de un posible fracaso será suya y de los que son como usted». Y yo, que ya había tenido que aguantar las reprimendas de Lenin, le respondí: «No, es usted y los compañeros bolcheviques los que así lo arruinaréis todo, incluido el partido y Rusia. Si comete estos errores, nuestros enemigos ganarán, la contrarrevolución ganará. No solo entre nosotros, que sería lo de menos, dado que en Occidente el régimen burgués, ya sea fascista o democrático, nunca se ha relajado. Pero es en Rusia donde el poder del proletariado será arrollado si la Internacional y los bolcheviques toman esta dirección errónea. A nosotros, ¿qué nos puede perjudicar? Puede que nos cause algunas molestias, pero para el proletariado será lo mismo». Y, si se me permite una imagen un poco dramática y sentimental, estoy seguro de que cuando Zinóviev se encontró ante los fusiles apuntándole, debió de recordar lo que le había dicho durante nuestras discusiones.

Hubo otras cuestiones importantes, como la sindical, que ya hemos mencionado. Es necesario retomarla, aunque sea brevemente. En cuanto a la táctica sindical internacional que debía seguirse en el ámbito nacional, nuestro partido podía presumir de ser el único ejemplo histórico de la aplicación integral de las tesis sindicales de Moscú. En aquellos años nos opusimos violentamente a otra medida que ya no preludiaba la degeneración, sino la liquidación de nuestra estructura comunista internacional. Habíamos dicho: «A nivel nacional trabajamos en la Confederación General del Trabajo, afiliada a la Internacional de Ámsterdam, que agrupa a todos los sindicatos “amarillos”. Esta se desintegró en vísperas de la Primera Guerra Mundial y renació después de la guerra en manos de los reformistas. Pero desde 1920 existe la Internacional Sindical Roja de Moscú y desde 1921 el Partido Comunista, por lo que lanzamos la campaña contra aquellos que, como los socialistas, incluido Serrati, pretenden que es posible adherirse tanto a Ámsterdam como a Moscú». En 1926 hubo los primeros indicios de liquidación, pero no pudimos hacer nada. De hecho, en 1927 la dirección oportunista disolvió el sindicato.

[…] expresaba la directiva del partido con toda claridad, sin más […][48] como hicieron ante el Parlamento cuando regresaron. Cuando los centristas cometieron el error de salir uniéndose a todas las fuerzas antifascistas, desde los socialdemócratas hasta los liberales burgueses derechistas, fuimos nosotros, los abstencionistas, quienes hicimos volver al grupo parlamentario comunista del Aventino. Fue nuestro Repossi quien capitaneó este regreso, leyendo una contundente declaración de guerra.[49] Los fascistas, verdes de rabia, lo echaron a patadas, arrastrándolo a la fuerza. Echaron a todos. Después ocurrió lo que dijo Lenin en el folleto de 1920.[50] Lenin dijo: «Hicimos mal en boicotear la Duma del reaccionario Stolypin y los mencheviques nos lo reprocharon con razón». Vean cómo es la historia, cuántas veces se han equivocado los bolcheviques y cuántas los mencheviques en hechos concretos. Pero lo que cuenta es la historia en su conjunto. Lenin, al tacharnos de doctrinarios, nos da una lección de dialéctica. Entonces nosotros decimos: «La dialéctica está bien, si el partido es capaz de comprenderla, asimilarla, profundizar en sus grandes contradicciones y en las verdades ocultas bajo el espejo de las contradicciones. Pero el proletariado en la lucha no se dedica a disertar sobre filosofía, sigue hasta cierto punto. Si una vez que hemos participado en la Duma, todos los bolcheviques acaban en Siberia (y ese fue también el resultado), hay un problema. En eso, en la salvaguarda del partido, estamos de acuerdo. Pero todos los apestosos elegidos ahora, tras el asesinato de Matteotti, ya no arriesgan nada, el fascismo se tambalea y ellos hacen huelga de democracia, se retiran indignados. Nuestros parlamentarios abstencionistas hacen muy bien en rechazar a los parlamentarios. ¿Qué hacen discutiendo en el ala del palacio? ¡Vamos, a luchar! Esta es la única forma de hacer parlamentarismo revolucionario». Y los fascistas se vieron realmente en apuros. Luego pasó lo que pasó.

Entonces, la Internacional Sindical… Ah, claro, como Repossi había ido allí, su intervención en la Cámara, junto con el problema de los dos frentes, el sindical y el político, me ha llevado a esta otra digresión. Así, en lugar de hacer una exposición larga y complicada, esta pequeña crónica se aligera y quizá incluso os divierta un poco. [La cuestión sindical internacional para nosotros consistía en lo siguiente: a nivel nacional, estamos en la central sindical afiliada a Ámsterdam, es decir, estamos en contra de la concepción errónea de KAPedista. ¿Cuál era este error? Debido a las presiones del frente, la Acción de Marzo en Alemania fue sin duda un desastre debido a la falta de preparación política del partido frente a la determinación de lucha que venía desde abajo. Pero el movimiento insurreccional se mostró débil a pesar de su fuerza numérica, también y quizás sobre todo debido a otro tipo de falta de preparación, la debida a la negligencia hacia la lucha sindical inmediata. Esta negligencia se había manifestado tanto en una pasividad casi aristocrática por parte de la Zentrale del partido, como en la negativa de otros organismos, como el KAPD, a trabajar en favor de la necesaria unión de los proletarios para la lucha sindical, independientemente de su afiliación política. No es que estos compañeros fueran insensibles a las reivindicaciones que surgían desde abajo en relación con las condiciones de trabajo y de vida, pero tendían a hacerlas confluir en una práctica conceptualizada de la revolución, por lo que utilizaban mal los instrumentos adecuados para este tipo de lucha, tendían a separar la guerra cotidiana por resultados inmediatos de la lucha por una nueva sociedad, mientras que los comunistas siempre han dicho que la lucha sindical es la «escuela de guerra del comunismo».

Así pues, trabajábamos en la Confederación del Trabajo aunque estuviera afiliada a Ámsterdam, y al mismo tiempo teníamos nuestra central sindical, es decir, la Internacional Sindical Roja (Profintern), a la que nos adheríamos con todas las organizaciones económicas. Esto para no romper con la Confederación del Trabajo italiana creando un «sindicato comunista», lo que habría sido un error desde el punto de vista teórico y práctico. Por otra parte, no habría sido lógico adherirnos a la Profintern de Ámsterdam, ya que denunciábamos cada día en nuestra prensa que era un nido de bandidos, la mano larga de la Sociedad de Naciones, un agente del imperialismo. En un momento dado, por desgracia, surgió la propuesta de disolver la Profintern y adherirnos a la Internacional Sindical Amarilla de Ámsterdam. El Partido italiano se opuso incondicionalmente a esta operación y Zinóviev, como de costumbre, se enfadó con nosotros. Pero había mucho en juego: «A este paso» dijimos, «si consideráis oportuno disolver el Profintern como maniobra táctica, algún día también disolveréis el Comintern». Por supuesto, nos respondieron: «¡Ah! Estas son las insinuaciones habituales de los izquierdistas italianos, porque nunca jamás nosotros, los bolcheviques, aunque nos cueste la vida hasta el último hombre, disolveremos el Comintern». Efectivamente, murieron, Zinóviev mantuvo su compromiso porque fue fusilado, pero llegó el día en que se disolvió no solo el Profintern, sino también el Comintern.

Último acto, la bolchevización

Creíamos que, si se hubiera reaccionado entonces, es decir, desde los primeros congresos, y no solo desde el cuarto, cuando Trotsky reaccionó, lamentablemente demasiado tarde, se habría podido hacer algo para oponernos a la degeneración. Trotsky demostró en esa coyuntura, a pesar de todo, ser un gran marxista. No lo digo solo porque finalmente se solidarizó con nosotros en las principales cuestiones que se debatían, sino sobre todo porque comprendió, a diferencia de Zinóviev, Bukharin y otros, que el proceso en curso que denunciábamos era contrarrevolucionario. Luego lo silenciaron expulsándolo, pero objetivamente defendió posiciones similares a las nuestras. Luego expulsaron a Zinóviev y, por supuesto, a mí, el dogmático doctrinario que no entendía nada de cuestiones prácticas, de cuestiones históricas, cuyas predicciones eran peticiones de principio totalmente erróneas y que en 1924, antes de irse de Moscú, había gritado: «Mirad que Trotsky y Zinóviev constituirán una única oposición comunista en el partido. Son dos revolucionarios, no pasará mucho tiempo y se darán cuenta de sus errores. No es una profecía, es un dato material. Vosotros, en el congreso dominado por Stalin, no os atrevéis a hablar, venís en secreto, trotskistas y zinovievistas, por separado, para confiarme lo avanzada que está la descomposición del ambiente, lo hacéis conmigo porque sabéis que con otros arriesgáis demasiado, los que para hacer carrera lo cuentan todo y Stalin los utiliza». No preveí el salto de Bukharin, no lo recuerdo. El ambiente era el que era y Bukharin tampoco era un tonto cualquiera, por lo que también lo mataron. El suyo fue un error muy grave, como el de Trotsky y Zinóviev, al no comprender que Stalin utilizaba la maquinaria del Estado contra una tendencia de oposición en el Partido. Había que comprender que eso era inadmisible porque el Estado proletario es nuestra máquina para ejercer la dictadura y el terror contra la burguesía, mientras que Stalin lo utilizaba para aterrorizar a quienes estaban dentro del ámbito de la clase proletaria. Y el fenómeno se reflejaba en la Internacional.

Aquí llegamos a la última gran cuestión de este esquema que sigo a grandes rasgos, la llamada bolchevización, consecuencia de lo que hemos dicho hasta ahora. Se empezó con silogismos de este tipo: «Hay confusión en los partidos occidentales. Tienen dificultades para adoptar el modelo bolchevique, que ha dado tan buenos resultados. Están poco centralizados, poco disciplinados, atravesados por facciones. No tienen una relación correcta con la fábrica. Como los bolcheviques ganaron porque habían establecido esta relación con un sistema de células obreras, entonces también los partidos occidentales deben organizarse en células de fábrica». Nos opusimos firmemente y sostuvimos que ni siquiera el sindicato debe dividirse en subdivisiones por oficio y fábrica, sino que debe organizarse territorialmente, y mucho menos el partido. Se nos acusó de seguir los criterios socialdemócratas del tipo de la Segunda Internacional. Respondimos que esta novedad del partido organizado por células de fábrica, según la cual el único lugar donde los proletarios comunistas podían reunirse era el lugar de trabajo, se veía afectada por los efectos del inmediatismo. La célula de Fiat se verá naturalmente llevada a discutir los problemas de y en Fiat, la célula de una pequeña fábrica en un pequeño centro urbano se verá llevada a discutir a ese nivel, la de los jornaleros también, y así sucesivamente. De este modo, el partido nunca podrá alcanzar una vitalidad colectiva por encima de las contingencias individuales, tal y como se concibe en la concepción marxista y revolucionaria completa. Esta fue una de las últimas campañas que apoyamos, tanto en los debates que mantuvimos en Italia como en los debates generales que tuvieron lugar en Rusia hasta 1926.[51]

[Este compendio de nuestras declaraciones sobre lo que debería ser la política de la Internacional y, por lo tanto, de los partidos comunistas, esta lista de peticiones que exigían una respuesta sobre su táctica, sobre la teoría que debía iluminarla, sirve para que la historia no siga siendo una página en blanco en la que cualquiera pueda escribir lo que quiera. El partido no debe volver a verse expuesto a sorpresas, a volteretas tácticas repentinas, anunciados de un día para otro. Veis que el vicio sigue imperando hoy en día, cuando en el XX Congreso del PCUS se comunica al mundo que se ha abolido el principio universal establecido en el congreso anterior y se adopta otro, naturalmente también universal, que sería el de las vías nacionales al socialismo, la coexistencia pacífica e incluso la emulación entre Estados. Lo que ayer fue trágico, hoy es ridículo, pero sigue siendo la prueba de que nuestro histórico trabajo a lo largo de medio siglo siempre se ha basado en fundamentos sólidos, los únicos capaces de explicar cómo pudimos prever con tanta precisión lo que iba a suceder. La nuestra fue una denuncia oportuna ante el proletariado mundial y su organización natural, que solo por contingencia histórica residía en Moscú. Lamentablemente, esa denuncia quedó sin respuesta y llegaron inexorablemente los dolorosos años de la destrucción general de la revolución, del movimiento proletario, de su energía revolucionaria. El eje de este repaso histórico es el III Congreso de la Internacional Comunista. He insistido en la diatriba entre nosotros y Lenin sobre la desafortunada ambigüedad surgida en relación con una intervención de nuestra delegación, que también representaba a otros partidos. ¿Por qué se produjo este maldito malentendido que luego repercutió en toda nuestra acción dentro del movimiento comunista? Conviene explicarlo de forma materialista, porque es imposible que todo se debiera al discurso de Terracini sobre un puñado de enmiendas. Evidentemente, se estaba gestando la ola contrarrevolucionaria que lo arrasaría todo. Esta es una lección importante que debe hacernos reflexionar sobre el poder o no del «pensamiento» de las personas. El individuo es arrollado por la ola y se convierte en su portavoz, no es él quien hace la historia y no es combatiéndole como se modifica dicha historia. Por eso decimos que es importante salvaguardar la teoría, de la que deriva la táctica. Los bolcheviques no ganaron la revolución porque adoptaran las células de fábrica, eso es una tontería; ganaron porque lograron restaurar la doctrina tras los desastres de la socialdemocracia. En los foros internacionales pedíamos algo más que enmiendas, normas o apelaciones. Exigíamos incluso que el partido mundial dejara de reflejar las categorías de la sociedad burguesa. Por eso podemos decir claramente, frente a los repugnantes y asquerosos traidores que se han llamado marxistas-leninistas, especialmente los de hoy, que nosotros lo somos al 99 %, mientras que a ellos no les queda ni el 1 %, es decir, solo el nombre. Marx y Lenin han sido asesinados al cien por cien por estos sinvergüenzas, por lo que tarde o temprano también prescindirán del nombre.[52] Y, en cualquier caso, no nos gusta utilizar nombres de personas para definirnos como comunistas].

¿Se cometieron «errores»?

La configuración programática de un partido revolucionario es como las Tablas de la Ley: cada militante se adhiere voluntariamente y, tenga carné o no, acepta lo que está escrito en esas tablas. Si no lo acepta, no se entiende qué hace allí. Si lo acepta y luego lo reniega, se va. Todos aquellos que están a favor de otro sistema de tablas y, por lo tanto, de principios, deben irse. Esto quedó claro. Y también quedó claro el sentido de nuestro centralismo, que debe respetar lo que hoy llamamos «doble dirección». Por eso pedimos «invertir la pirámide», es decir, eliminar la hipoteca del Estado-partido ruso sobre la Internacional y sus partidos. No quisieron hacerlo, no pudieron, y el resultado fue que el oportunismo ganó su batalla. La contrarrevolución triunfó y el capitalismo controla todos los países y la propia Rusia, ahora por completo. Hoy es fácil decir que entonces se cometieron errores, pero nosotros lo dijimos en ese momento. ¿Cometió Lenin errores? Él sabía tan bien como nosotros que la política de frente era peligrosa y, de hecho, nunca la había adoptado en Rusia. Pero entonces parecía que no había tiempo que perder, que las masas se levantarían en breve para librar la lucha, si no a escala mundial, al menos en toda Europa; y por lo tanto había que correr el riesgo de no alejarnos más de lo necesario de los partidos que tenían seguimiento entre las masas. Evidentemente, la revolución aún no había suscitado una política suficientemente racional con respecto a las necesidades de un cambio drástico. El centro de Moscú se sentía abrumado por esta supuesta responsabilidad, quería disciplinar a las fuerzas centrífugas y hacer que las fuerzas fundamentales que estaban con nosotros, que mostraban un impulso formidable, arrastraran a todas las demás, incluidas las que ya habían traicionado más de una vez. Quizás en ese momento la Internacional no quiso precisar demasiado, quiso dejar elasticidad porque creía que estábamos demasiado cerca de la batalla como para enunciar normas rígidas y ser demasiado puntillosos. El tiempo pasó sin que se dieran esas oportunidades favorables y hoy podemos decir que nosotros teníamos razón y Lenin estaba equivocado. Obviamente, así no se hace la historia. Como hemos visto, había justificaciones para la prisa revolucionaria. Al fin y al cabo, seguimos luchando precisamente porque no considerábamos cerradas todas las puertas a la revolución, al menos hasta 1926, aunque en 1921 e incluso antes ya había muchos indicios contrarios.

Hemos llegado al final de este panorama general de nuestra historia dentro de la del movimiento revolucionario en su conjunto. Ahora es el momento de dar la palabra a la gran cantidad de documentos recopilados. Dado que se trata de épocas ya lejanas, muy pocos las han vivido y, afortunadamente, la gran mayoría de nosotros somos jóvenes que no tenemos esos recuerdos, será prudente proceder a un trabajo histórico-filológico. Lo publicaremos y esperamos que sea a la vez instructivo y narrativo. Está saliendo a la luz una gran cantidad de documentación y la estamos ordenando. Intentaremos situarla poco a poco en un marco histórico vivo, que ponga de relieve no solo los acontecimientos, sino sobre todo el juego de fuerzas en el campo, en un verdadero tratamiento revolucionario y no simplemente historiográfico.

Para proceder con orden, hemos preparado unas cronologías y, a este respecto, cedo la palabra al compañero que tratará la de Alemania, es decir, el país en el que se condensaron los problemas de la revolución, problemas que, en cierto sentido, se relacionan con los actuales, y no solo porque hoy, para nuestra gran alegría y por primera vez, estén presentes compañeros alemanes. Ruego al compañero que exponga.[53]

Bibliografía

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PCInt., Storia della Sinistra Comunista. Volume primero, de los orígenes a 1919. Volumen segundo, 1919-1920. Volumen tercero, 1920-1921. Volumen cuarto, 1921-1922. Existe una edición en castellano del volumen primero editado por El Comunista.

PCInt., La Sinistra Comunista in Italia sulla linea di Lenin, Quaderni di n+1, 1992.

PCInt., In difesa della continuità del programma comunista, Quaderni di n+1, 1992 (En defensa de la continuidad del programa comunista, existe edición en castellano por parte de El Comunista)..

Ragionieri Ernesto, La Terza Internazionale e il Partito Comunista Italiano, Einaudi, 1978 (Lo citamos solo como ejemplo de mistificación típicamente centrista: en más de 400 páginas, Amadeo Bordiga es mencionado tres veces en notas a pie de página por cuestiones totalmente marginales. Cabe señalar que en una de ellas se dice que Bordiga era, con mucho, el más mencionado en las dedicatorias de los obreros por las suscripciones a L’Unità gramsciana, mientras que Gramsci casi no aparecía).

Rosmer Alfred, Moscú bajo Lenin, Fundación Federico Engels, Madrid 2017).

Somai Giovanni, Gramsci a Vienna, Argalìa Editore, Urbino 1979.

Spriano Paolo, Storia del Partito Comunista Italiano – Vol. I, Da Bordiga a Gramsci, Einaudi 1967.

Tasca Angelo, I primi dieci anni del Partito Comunista Italiano, Laterza, 1971.

Togliatti Palmiro, La formazione del gruppo dirigente del Partito Comunista Italiano, Editori Riuniti, 1962.

Trevisani Giulio, Piccola enciclopedia del socialismo e del comunismo, Edizioni de Il Calendario del Popolo, 1963, voz”Bordighismo” (pag. 77-78, también en este caso un claro ejemplo de calumniosa desinformación estalinista).

[1] Los títulos de los párrafos se han añadido durante la fase de redacción.

[2] Ya se había tratado una parte de la Historia de la Izquierda Comunista «italiana» y más adelante se habla de su publicación en volumen, lo que efectivamente ocurrió en marzo de 1964. Para más detalles, véase el editorial. [Nota de Barbaria] Se refiere a la Storia della Sinistra Comunista. Aquí añadimos el link para el primer volumen del libro, editado por Bordiga: https://www.internationalcommunistparty.org/index.php/it/pubblicazioni-2/prove1?view=article&id=805:storia-della-sinistra-comunista-vol-i-36247940&catid=107:indice-testi-basilari-di-partito, se encuentra publicado en español por El Comunista.

[3] El trabajo sobre el Izquierdismo fue publicado en los números del 16 al 24 de 1960.  [Nota de Barbaria] Se refiere a Condena a los futuros renegados presente en castellano en este link del Partido Comunista Internacional: https://www.international-communist-party.org/Espanol/Textos/Enfermed.htm]

[4] Llevada a cabo el 12 y 13 de noviembre de 1960.

[5] En el citado primer volumen de la Storia della Sinistra Comunista, editado por Bordiga, se mantiene el anonimato mediante el recurso de nombrar la función del autor («el representante de la Izquierda», «el articulista», etc.), lo que obviamente habría parecido artificial en una situación coloquial.

[6] De 1961.

[7] Alemania, como se especificará en la revista y en el primer volumen de la Storia, tenía más industria y, por lo tanto, más proletarios que Italia, aunque la mayoría se encontraba en condiciones semiartesanales, pero «Italia tenía, sobre Alemania, la ventaja de una solución más completa de la gran revolución liberal, aunque se tratara de una monarquía y no de una república. Toda forma de poder de las antiguas clases feudales había desaparecido estatal y legalmente; además, se oponía a la influencia del clero católico la violenta reivindicación de la Roma papal. Por el contrario, Alemania seguía dominada por formas estatales de tipo feudal que ni siquiera los efectos de la guerra franco-prusiana y la revolución nacional desde arriba contra Austria lograron eliminar radicalmente». Así pues, a una mayor potencia productiva alemana correspondía una situación italiana más madura en lo que respecta a las relaciones de producción. Esto permite comprender por qué en el «laboratorio político» italiano, a diferencia de otros países, se desarrollaron paralelamente tanto el fascismo como estructura más moderna del sistema de poder burgués, como una lucha más dura y coherente contra el oportunismo. El tema se retoma en los párrafos siguientes y es importante señalar cómo en él se fusionan las determinaciones económicas materiales con la superestructura ideológica en el marco de una dinámica histórica que comprende indisolublemente el núcleo fundamental del capitalismo: Italia-Francia-Inglaterra-Alemania.

[8] Al igual que en los textos transcritos a partir de cintas que hemos publicado anteriormente, los corchetes enmarcan, siempre que ha sido posible, las reconstrucciones de partes incompletas o faltantes. Todo lo demás se trata como en las transcripciones normales del escrito al hablado.

[9]  [Nota de Barbaria] Comuni aquí se refiere a las ciudades-estado italianas que se remontan a la Edad Media, con incipientes repúblicas y sistemas “democráticos” de tipo más oligárquico que acabarían degenerando en ducados y marquesados como el de Florencia o Milán.

[10] Véase al respecto la monografía publicada en el número doble 15-16 de esta revista.

[11] Desde el punto de vista de la lucha inmediata y sindical, en cambio, la Izquierda Comunista logró atraer a sus posiciones, además de a numerosos socialistas, a los anarquistas y anarcosindicalistas, hasta el punto de promover la adhesión de la central sindical anarquista USI a la Internacional Sindical Roja, creando de hecho un combativo «frente único desde abajo» (véase el informe del PCd’I al IV Congreso de la Internacional Comunista, 1922).

[12] Como admitirá el propio ponente en breve, en estos dos párrafos y en parte del siguiente se entremezclan desordenadamente pensamientos y recuerdos, hasta el punto de obligarnos a poner un poco de orden entre incisos sin cerrar y retomas en registros diferentes.

[13] Bordiga permaneció en el exilio, primero en Ustica y luego en Ponza (pasando por la cárcel de Palermo con la acusación, que resultó ser falsa, de intento de fuga) desde noviembre de 1926 hasta noviembre de 1929.

[14] En realidad, tanto Trotsky como Zinóviev intervinieron en el VII Ejecutivo Ampliado. Probablemente Bordiga quiere decir que no les fue posible abordar los temas candentes sobre la situación del partido ruso y de la Internacional.

[15] Un relato que refleja bien el ambiente sombrío que reinaba en el VI Ejecutivo Ampliado y la activa impaciencia de Bordiga se encuentra en: Giuseppe Berti sobre el encuentro entre la delegación italiana y Stalin, en nuestra página web, en la sección «Archivo histórico – Materiales relacionados con la Izquierda Comunista». En dicho documento se recoge la noticia de una larga conversación clarificadora entre Trotski y Bordiga, así como el fragmento del enfrentamiento entre este último y Stalin sobre las perspectivas del socialismo en Rusia. Para comprender la compleja relación entre Bordiga y Trotski, véase, entre otros: La cuestión Trotsky de 1925 y Diálogo con los muertos de 1956 . [Nota de Barbaria] existe una edición en castellano por parte de El Comunista.

[16] La conferencia de los 81 partidos «comunistas y obreros» se celebró en Moscú del 10 de noviembre al 1 de diciembre de 1960. Debía responder a la crisis generalizada de los partidos comunistas nacionales tras el giro aún más revisionista del XX Congreso del PCUS (febrero de 1956), personificado por Khrushchev, pero se resolvió con la publicación de un Manifiesto genérico. Véase «Réplica al ignominioso manifiesto de los 81 partidos llamados comunistas y obreros», Il programma comunista n.º 5 de 1961.

[17] El XVI, del 5 al 8 de octubre de 1919. Bordiga intervino el 7 de octubre. El texto puede leerse en el Acta taquigráfica del XVI Congreso del PSI, ed. L’Avanti!, 1920, evidentemente el libro citado y fotografiado por Cesare Saletta, entonces militante del Partido Comunista Internacional.

[18] O sea, la cita según la cual Lenin habría dicho que la Izquierda habría renunciado al abstencionismo.

[19] La referencia es al borrador de la reunión titulada «Origen y función de la forma de partido», publicado en el n.º 13 de Il programma comunista de 1961. [Nota de Barbaria] se encuentra en castellano aquí traducido por nosotros.

[20] Este concepto será retomado en las Tesis de Nápoles, del 1965.

[21] Jacques «Oscar» Camatte y Roger Dangeville. Los compañeros franceses contribuían al trabajo del partido recopilando y traduciendo textos de Marx y Engels que en aquella época no eran fáciles de conseguir, especialmente en Italia.

[22] Este paso recuerda al del joven Marx, que escribe: «Entonces se verá cómo desde hace tiempo el mundo posee el sueño de una cosa, de la que solo tiene que tomar conciencia para poseerla realmente» (Carta a Ruge, septiembre de 1843).

[23] Véanse los números 15-16 de esta revista. [Nota de Barbaria]Disponible en italiano en:

https://quinterna.org/pubblicazioni/rivista/16/16_rivista.htm Y la parte 3 traducida al castellano en: https://barbaria.net/2020/09/07/bordiga-del-mito-originario-a-la-ciencia-unificada-del-manana/

[24] En realidad, Bordiga resume aquí el conjunto de endurecimientos exigidos y no solo la vigésimo primera condición, que dice: «Los miembros del partido que rechacen por principio las condiciones y las tesis formuladas por la Internacional Comunista deberán ser expulsados del partido. Lo mismo se aplica especialmente a los delegados al Congreso Extraordinario».

[25] Las Ediciones Avanti! publicaron una reedición al año siguiente, en 1962, con el título original: «Informe taquigráfico del XVII Congreso Nacional del PSI», y con un apéndice sobre el naciente Partido Comunista de Italia. El discurso de Bordiga, con amplias referencias a los 21 puntos y sus implicaciones, se encuentra en la página 271.

[26] Riccardo Roberto estaba en la presidencia del Congreso en representación de la Fracción Comunista.

[27] [Nota de Barbaria]  El discurso de Bordiga traducido por nosotros se puede encontrar aquí en castellano.

[28] Para dar una idea del ambiente que reinaba en el congreso, hay que tener en cuenta que se había trasladado de Florencia a Livorno por motivos de seguridad, dado el peligro de ataques fascistas. El teatro Goldoni estaba rodeado por policías y soldados y en su interior se libraban violentísimas batallas. He aquí un ejemplo extraído del Informe Taquigráfico citado: «En un momento dado, Vacirca, dirigiéndose a un palco ocupado por los comunistas, muestra a Bombacci una navaja y grita: «¡Revolucionario de la navaja!». Se ve a Bombacci levantarse excitado y apuntar a Vacirca con una pistola. El acto provoca la reacción inmediata de todos los que se encuentran en el escenario. Las invectivas, los gritos y las amenazas se cruzan de un lado a otro con una violencia inaudita… parece que van a llegar a las manos… La sesión se suspende durante 40 minutos» (p. 238).

[29] De hecho, Gramsci no aparece en el informe taquigráfico del congreso, aunque fue ponente sobre «Movimento sindacale, comitati di fabbrica e controllo operaio» [El movimiento sindical, los comités de fábrica y el control obrero] junto con Giuseppe Bianchi y Emilio Colombino.

[30] Aquí la cinta es indescifrable. Bordiga se refiere a una publicación con una anécdota sobre Gramsci, luego a la posición vacilante de Lazzari, a la «escena lacrimógena de Roberto» y a un personaje cuyo nombre no se entiende: «un líder teórico y, como organizador, era un hombre muy hábil y muy versado. Habíamos tejido una red nacional», tal vez en relación con la escisión.

[31] El nº4 de 1961.

[32] Este último se firmó el 3 de agosto de 1921. Enrico De Nicola, presidente de la Cámara, actuó como moderador. Estaban representados: el Consejo Nacional de los Fasci di Combattimento, el Grupo Parlamentario Fascista, la Dirección del Partido Socialista, el Grupo Parlamentario Socialista y la Confederación del Trabajo.

[33] “La sinistra italiana e l’Internazionale Comunista al II Congresso” [La izquierda italiana y la Internacional Comunista en el II Congreso], Il programma comunista, nº22 de 1960

[34] [Nota de Barbaria] El Partido Comunista Unificado Alemán (VKPD) fue un partido compuesto por la fusión del KPD (después de la escisión de Heidelberg del KAPD) y la mayoría del USPD en diciembre de 1920.

[35] Hemos intentado, en la medida de lo posible, subsanar este inconveniente reconstruyendo la cronología, es decir, desplazando algunas referencias y algunos párrafos.

[36] Marx criticó esta forma de pensar señalando que, si cuando llueve se abre el paraguas, no basta con abrir el paraguas para que llueva. La secuencia fundamental adoptada por Bordiga puede entenderse mejor leyendo los dos primeros capítulos de las Tesis de Roma de 1922 y los apuntes titulados Teoría y acción en la doctrina marxista, I. La inversión de la praxis, de 1951, que incluyen un esquema y un comentario al mismo (Partito e classe, Cuadernos de n+1). [Nota de Barbaria] Teoría y acción en la doctrina marxista se encuentra traducida al castellano aquí y Partido y clase

[37] [Nota de Barbaria] Nuestra posición sobre el KAPD y su rol en el movimiento comunista no es la que expresa aquí Bordiga. Para profundizar véase El pasado de nuestro ser y el artículo que han sacado los compañeros de  Matériaux Critiques sobre el rol del KAPD en la Internacional Comunista

[38] Esta parte de la grabación está muy deteriorada. El párrafo comienza con una cita de las enmiendas propuestas por las delegaciones representadas por Terracini y termina con una cita de la réplica de Lenin.

[39] Para llenar los huecos y las partes oscuras o poco comprensibles de la grabación, la parte que sigue entre corchetes es la interpolación de fragmentos originales con pasajes compatibles recuperados de otras fuentes. Hemos utilizado el contenido de tres textos que tratan el tema: los artículos de Bordiga, titulados respectivamente Mosca e la quistione italiana [Moscú y la cuestión italiana] y Chiudendo la quistione italiana [Cerrando la cuestión italiana], publicados en los números V, 30 de junio, y XIII, 15 de noviembre de 1921 de Rassegna comunista, y el capítulo VI del volumen III de Storia della Sinistra Comunista.

[40] Carta de Marx a Engels, 18 de mayo de 1859. Más adelante: «los vagos» eran los representantes del socialismo pequeñoburgués, que no habían superado la experiencia ya superada de la Liga de los Comunistas.

[41] Bordiga intervino largamente sobre el informe de Zinoviev el 25 de junio de 1924 en la XIII sesión.

[42] A continuación, se incluye un fragmento grabado en otra bobina. Sin duda, forma parte de la misma reunión, tal y como se desprende del texto. Lamentablemente, no hay material suficiente para establecer una conexión.

[43] Los comunistas llamaron así, de forma despectiva, al organismo fundado en Viena por aquellos socialistas que habían mantenido una postura ambigua frente a la guerra (Adler, Bernstein, Kautsky) con el nombre de Unión de Partidos Socialistas para la Acción Internacional o, simplemente, Unión Socialista Internacional.

[44] Alfred Rosmer, anarquista en su juventud, pasó al sindicalismo revolucionario y luego a la Internacional Comunista, para la que desempeñó diversos cargos antes de alejarse de ella. Escribió el libro de memorias En Moscú bajo Lenin, con un prefacio de Albert Camus (publicado en España por Ediciones Era, 1982 y más recientemente por Fundación Federico Engels, 2017).

[45] En contra de una paz considerada injusta y en un intento por provocar una revuelta, en julio de 1918, grupos de miembros del Partido Social-Revolucionario de Izquierda asesinaron al embajador alemán en Rusia y al gobernador militar de Ucrania. Todos los representantes del Partido Social-Revolucionario de Izquierda presentes en el V Congreso de los Soviets, celebrado en Moscú, fueron arrestados por los bolcheviques. Los socialrevolucionarios, tras organizar un grupo de rebeldes armados de unos 2000 hombres, arrestaron a su vez a Dzerzhinsky, director de la Comisión Extraordinaria del Estado Ruso (es decir, los incipientes servicios de seguridad). Los rebeldes fueron fácilmente derrotados por la Guardia Roja. Los líderes encarcelados fueron condenados a muerte con suspensión de la pena si cesaban los actos de terrorismo y hostilidad contra el gobierno soviético. Los líderes que quedaron en libertad se unieron a los ejércitos blancos, y los trabajadores afiliados a los bolcheviques.

[46] En realidad, se empezó a hablar de un «gobierno obrero» en Alemania, ya desde 1920, después del golpe de Kapp.

[47] De la intervención de Bordiga en el IV Congreso: «Se podrá decir que el gobierno obrero no es lo que suponemos; pero debo señalar que he intentado explicar lo que el gobierno obrero no es; sin embargo, aún debo escuchar de boca de Zinóviev u otros lo que el gobierno obrero es».

[48] Una laguna irrecuperable entre dos fragmentos. Por el contexto, se puede suponer fácilmente que Bordiga hizo aquí una comparación: por un lado, el frente único internacional entre proletarios para las luchas inmediatas; por otro, el frente político entre partidos para… no se sabía muy bien qué. El episodio del Aventino fue significativo de la confusión que reinaba entre los centristas: habían practicado el parlamentarismo burgués muerto y ahora que este estaba en peligro a manos de los fascistas, corrían en su ayuda a otra parte en lugar de favorecer su hundimiento en el interior, como habría exigido la táctica leninista. Parlamentarios hasta la médula, se convirtieron en abstencionistas no a favor de la revolución, sino en defensa del parlamento junto a los burgueses.

[49] He aquí un fragmento significativo: «El proletariado no olvida las responsabilidades de quienes prepararon y apoyaron el fascismo, de quienes favorecieron su llegada al poder… Ya entonces previmos que, al limitar la lucha antifascista a la búsqueda de un compromiso parlamentario… no se podría llegar a ningún resultado positivo. Más bien se estaba ayudando al fascismo. No vivimos a la espera de un compromiso burgués por el que la burguesía invoca hoy la intervención del rey… y desea una “administración superior y ajena a los intereses de todas las partes”, es decir, una dictadura militar que impida el inexorable advenimiento de la dictadura del proletariado. El centro de nuestra acción está fuera de esta sala, entre las masas trabajadoras, que cada vez están más convencidas de que el fin de la vergonzosa situación en la que ustedes, sus partidarios filofascistas y sus aliados y simpatizantes demócratas y liberales mantienen al país solo se producirá con el regreso al campo de batalla y con el triunfo de su fuerza organizada sobre ustedes».

[50] Se trata de El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.

[51] La parte que sigue, entre corchetes, es un resumen y una elaboración del original: al tratarse del cierre de dos reuniones, la segunda de las cuales se celebró unos meses después de la primera, hay al menos dos páginas de resumen sobre la intervención de Terracini y la respuesta de Lenin, prácticamente una repetición que en nuestro contexto es totalmente superflua. Por lo tanto, hemos eliminado las partes prácticamente idénticas y hemos destacado las conclusiones extraídas por el ponente.

[52] Es sabido que, tras la Segunda Guerra Mundial, la Izquierda Comunista [italiana] pronosticó la victoria de Estados Unidos sobre Rusia mediante el dólar, más que con las armas. Una «gran confesión», es decir, la admisión de que en Rusia nunca había habido socialismo, sino capitalismo, se habría vuelto inevitable.

[53] Por desgracia, solo disponemos de unas pocas páginas de esta «cronología», que publicaremos en uno de los próximos números de la revista.

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