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Biblioteca Crítica del valor Por autor Sindicatos Temática Teoría Vercesi

Vercesi – La cuestión sindical

Traducimos este texto de Vercesi que aborda la cuestión sindical en Prometeo. Descargar aquí

Prometeo, nº10 de 1948. Ottorino “Vercesi” Perrone

Primera parte

Los múltiples problemas que plantea la cuestión sindical no se prestan a una clasificación simplista como la que se ha utilizado a menudo en el movimiento obrero —especialmente en el italiano— y que partía de consideraciones de topografía social. El análisis de una agitación se realizaba en función de la determinación de su naturaleza y, si la brújula indicaba que la aguja se orientaba hacia el cenit político, el partido socialista era automáticamente llamado a asumir la dirección, mientras que la Confederación se limitaba a apoyarlo; en caso contrario, los papeles se invertían. Esta discusión sobre el sexo del «ángel social», si era político o económico, tuvo una ilustración trágica y cómica al mismo tiempo cuando, en septiembre de 1920, en el momento en que los proletarios italianos ocuparon las fábricas, la asamblea conjunta del Partido Socialista y la Confederación del Trabajo demostró que al frente de ese movimiento revolucionario no estaban los militantes que deliberaban sobre la idoneidad de los medios que debían emplearse para romper el nudo gordiano que unía al proletariado con la burguesía, sino los charlatanes que parloteaban sobre los respectivos derechos de las dos organizaciones a reivindicar la «propiedad» de la agitación.

En la carta del 23 de noviembre de 1871 dirigida a Friedrich Bolte, Marx decía: «El movimiento político de la clase obrera tiene como último objetivo, claro está, la conquista del poder político para la clase obrera y a este fin es necesario, naturalmente, que la organización previa de la clase obrera, nacida en su propia lucha económica, haya alcanzado cierto grado de desarrollo.

Pero, por otra parte, todo movimiento en el que la clase obrera actúa como clase contra las clases dominantes y trata de forzarlas «presionando desde fuera», es un movimiento político. Por ejemplo, la tentativa de obligar mediante huelgas a capitalistas aislados a reducir la jornada de trabajo en determinada fábrica o rama de la industria es un movimiento puramente económico; por el contrario, el movimiento con vistas a obligar a que se decrete la ley de la jornada de ocho horas, etc., es un movimiento político. Así pues, de los movimientos económicos separados de los obreros nace en todas partes un movimiento político, es decir, un movimiento de la clase, cuyo objeto es que se dé satisfacción a sus intereses en forma general, es decir, en forma que sea compulsoria para toda la sociedad. Si bien es cierto que estos movimientos presuponen cierta organización previa, no es menos cierto que representan un medio para desarrollar esta organización. Allí donde la clase obrera no ha desarrollado su organización lo bastante para emprender una ofensiva resuelta contra el poder colectivo, es decir, contra el poder político de las clases dominantes, se debe, por lo menos, prepararla para ello mediante una agitación constante contra la política de las clases dominantes y adoptando una actitud hostil hacia ese poder. En caso contrario, la clase obrera será un juguete en sus manos.».[1]

Hemos querido reproducir esta larga cita porque solo en su conjunto permite comprender en qué sentido es posible distinguir entre luchas económicas y luchas políticas. Está claro que para Marx no se trata en absoluto de dos compartimentos separados, sino de dos aspectos diferentes de un proceso que sigue siendo indisolublemente unitario. La huelga de una fábrica o de una categoría (el movimiento económico), si permanece disociada de la lucha general por imponer la ley de las ocho horas, condena a la clase obrera a seguir siendo «un juguete en manos de las clases dominantes». Por otra parte, estos movimientos económicos que presuponen una organización «con fuerza política coercitiva» (el movimiento político) son «los medios de desarrollo de esta organización».

Por lo tanto, está claro que si Marx utiliza los dos términos «lucha económica» y «lucha política», lo hace precisamente para demostrar que es imposible disociar el elemento político del económico en las luchas de los trabajadores por objetivos limitados, así como concebir la lucha general del proletariado de otra manera que no sea en función de sus objetivos específicos de carácter económico. De ello se deduce que incluso la clasificación habitual de «luchas parciales» y «lucha revolucionaria final», si condujera a una distinción orgánica entre unas y otras, repetiría el mismo error que la clasificación en movimiento económico y movimiento político.

En ambos casos, no se trata, pues, de una diferencia escolástica que establecería «categorías sociales» independientes entre sí, sino de una dialéctica de desarrollo recíproco de una en otra; y será el análisis de la contingencia el que imponga al proletariado no poder superar en un momento dado lo que, por simple comodidad de expresión, se califica de «movimiento económico» o «lucha parcial».

La propia historia del movimiento sindical confirma las consideraciones anteriores. Su objetivo específico —la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores— no puede servirnos de guía para su comprensión. De hecho, la comparación entre la situación actual y la de los inicios del movimiento sindical revela, por un lado, un desarrollo gigantesco de la organización sindical y, por otro, la confirmación de la predicción de Marx sobre el ineludible avance de la miseria de los trabajadores en el marco del régimen capitalista. El siglo de expansión de la clase burguesa en todo el mundo va de la mano, por un lado, con la disminución de la cuota destinada al pago de los salarios y, por otro, con el aumento de la cuota destinada a la acumulación de capital. La correlación existente entre el gigantesco aumento numérico de las organizaciones sindicales y el progresivo empobrecimiento de las masas confirma claramente la consideración de que la suerte de un organismo no depende de la cantidad de masa que engloba, sino del enfoque que da a las luchas sociales.

Pero la historia del movimiento sindical debe interpretarse en otro plano. En el que revela la existencia o inexistencia de un cierto horizonte de desarrollo para determinados Estados capitalistas. Antes de 1914, los aproximadamente 10 millones de afiliados a sindicatos, que de una u otra forma se remitían a los principios de la lucha de clases, se distribuían aproximadamente así: Inglaterra 4 millones, Alemania 2 millones y medio, Francia 500 000, Italia 800 000, Bélgica 200 000, Holanda 260 000, Estados Unidos 1 300 000. En Rusia y en las colonias, el movimiento sindical era casi inexistente. Se aprecia inmediatamente que el desarrollo de la organización sindical es correlativo a las posibilidades de vida y desarrollo del Estado capitalista al que corresponde. En otras palabras, la disociación entre el elemento económico y el político, entre la lucha parcial y la lucha final, se da únicamente en aquellos países en los que las condiciones históricas permiten una intensificación de la acumulación capitalista sin excluir una cierta mejora de las condiciones de vida de los trabajadores. Rothstein, en su libro «Una época del movimiento obrero inglés»[2] (Editions Sociales Internationales, París, 1929), señala que en 1907 el salario nominal del obrero inglés había alcanzado su máximo y era un 18 % superior al de 1879; el real, un 49 %. Hay que tener en cuenta que esta evolución de los salarios reales fue posible a pesar de la evolución desfavorable de las exportaciones inglesas, que sucumbían progresivamente ante el avance de la industria estadounidense y alemana. Rothstein escribe (p. 275):

«El capitalismo inglés pasa a la ofensiva, ataca a las organizaciones de la clase obrera, aplasta las huelgas y, donde puede, reduce los salarios. Se podría haber pensado que, en tales circunstancias, la clase obrera perdería pronto sus ilusiones sobre los antiguos medios de lucha: el sistema de escala móvil le era desfavorable, los beneficios y los precios bajaban y todo el aparato de conciliación y arbitraje dejaba de satisfacerla. Pero la clase obrera conserva toda su calma, y ni siquiera su lucha por el derecho de coalición la empuja a ningún acto revolucionario. ¿Por qué? Porque precisamente a partir de ese momento los precios de los bienes de consumo comienzan a bajar y lo que la clase obrera habría tenido que intentar conseguir por otros medios le llega ahora de forma casi automática».

Rothstein, tras señalar como factor adicional de la bajada de los precios la producción de sucedáneos, observa (p. 279):

«Hasta ahora se explicaba la mentalidad oportunista, la disposición de ánimo del proletariado inglés gracias al dominio industrial mundial de Inglaterra, que permitía a los capitalistas ingleses arrojar a la clase obrera las migajas de su opulencia. Pero esta explicación es evidentemente insuficiente, porque la psicología colaboracionista del obrero inglés ha adquirido una forma particularmente estable y se ha acentuado precisamente en el período en que el monopolio comercial e industrial inglés sobre el mercado mundial llegaba a su fin y en que el capitalismo inglés se volvía muy avaro. Nuestra explicación es la única que proporciona las razones capaces de disipar este enigma histórico extremadamente interesante y que, por otra parte, existía no solo en Inglaterra, sino, de forma más velada, en otros países capitalistas, y sobre todo en Alemania. La bajada progresiva de los precios era el factor que disminuía la miseria de la clase obrera, debilitando su lucha contra los patronos y creando y reforzando la política de colaboración y oportunismo con todas sus consecuencias lógicas».

En una palabra, la «cuestión sindical» encuentra en los países capitalistas con perspectivas históricas de desarrollo la posibilidad de expresarse en términos de pura técnica económica; es una «controversia salarial» y el sindicato interviene para que la «ley del salario» (de la que hablaremos más adelante) de la economía capitalista funcione de la manera menos desfavorable para los trabajadores.

En contraposición al ejemplo inglés está el ruso. Aquí no existen perspectivas de desarrollo para el régimen, y la llegada de la burguesía al poder no es susceptible de modificar las condiciones de la clase obrera porque el período de decadencia histórica de la burguesía es también el período de más feroz opresión de los trabajadores, sobre todo para aquellas burguesías que llegan últimas a la meta de la evolución histórica. La expresión formal, desde el punto de vista organizativo, de las luchas de los obreros rusos puede ser la más primitiva, como en 1905, cuando al frente se encuentra en un primer momento un sacerdote, las organizaciones sindicales de clase pueden ser desconocidas, pero la lucha de los obreros rusos adquiere inmediatamente un carácter revolucionario, como en 1905 y en 1917. Una vez pasada la tormenta revolucionaria, como en 1906 y 1927, las condiciones históricas impiden plantear la cuestión sindical bajo el aspecto de una «controversia salarial» e imponen la simultaneidad de la lucha parcial y la lucha final, del movimiento económico y del movimiento político.

La situación es análoga en las colonias y en los países semicoloniales. Con la excepción de las colonias inglesas, donde el movimiento sindical depende de las mismas condiciones que aseguran la «paz social» en la metrópoli, en todos los demás sectores de Asia y África —como demostraron claramente los acontecimientos chinos de 1926— el desarrollo del movimiento sindical está condicionado por los mismos elementos tempestuosos que hemos mencionado para Rusia.

En este punto, la conclusión parece inequívoca y rica en enseñanzas para la situación actual.

Como «categorías en sí mismas», no existen ni la cuestión sindical ni la cuestión política. La primera, porque el aumento de la cuota salarial está condicionado únicamente por la posibilidad de un aumento proporcional mucho mayor de la cuota destinada a la acumulación de capital y, cuando se dan estas circunstancias, el sindicato, al convertirse en un factor del progreso de las fuerzas económicas en el ámbito de la sociedad capitalista, se habilita para convertirse al mismo tiempo en el bastión más válido de la contrarrevolución cuando estalla la crisis social (huelga inglesa de 1926) o la crisis revolucionaria (sindicatos alemanes en 1918-1923; italianos en 1919-1920). La segunda porque la lucha por la destrucción del régimen capitalista es inconcebible si no se basa en los fundamentos económicos del antagonismo de clases.

Sin embargo, el proceso unitario que vuelve a conectar el movimiento económico y político, la lucha parcial y la lucha final, no puede entenderse en el sentido formal de que se determinaría una conexión entre la base inicial y la base revolucionaria decisiva.

El carácter unitario del proceso resulta de la propia esencia de las luchas reivindicativas, es un todo en el que el elemento de conexión en el tiempo (entre el hoy reaccionario y el mañana revolucionario) está condicionado por la presencia de la agitación revolucionaria de clase en las luchas reivindicativas de los trabajadores.

Si bien es cierto que esta agitación no es producto de la voluntad de los individuos, sino el resultado inevitable de la evolución contradictoria del régimen capitalista, y si también es cierto que pueden darse circunstancias, como las actuales, en las que las agitaciones sociales, aunque colosales por la importancia numérica de las masas, no se caracterizan por el factor «clase» y los huelguistas maltratan o incluso aniquilan a los elementos revolucionarios que llaman a los trabajadores a romper el círculo de hierro que los ata a fuerzas claramente imperialistas, es igualmente cierto que el establecimiento de las posiciones de clase depende de la voluntad de los individuos que pretenden luchar por el triunfo de la revolución comunista. Estas posiciones de clase son el resultado de la férrea coordinación entre el movimiento obrero y la ruptura de las cadenas de hierro que lo atan al enemigo. Por lo tanto, estas posiciones no pueden afirmarse en un frente destructivo de todo aquello que está dominado no por el carácter social y proletario de las masas en movimiento, sino por el carácter capitalista de las fuerzas sociales que lo dirigen. Y la afirmación de tales posiciones está estrechamente ligada a la condición de no mostrar, ni siquiera de forma indirecta, la más mínima realización positiva.

Sí, Marx dijo en el Manifiesto:

«En todas estas luchas (contra la aristocracia, fracciones de la burguesía, burguesías de países extranjeros), la burguesía se ve obligada a recurrir al proletariado, a reclamar su ayuda y arrastrarlo así al movimiento político. De modo que la burguesía proporciona a los proletarios los rudimentos de su propia educación política, es decir, las armas contra sí misma».

El reformismo dedujo de ello que Marx esperaba que la burguesía ofreciera el regalo de la revolución comunista.

Los revolucionarios comunistas también han comprendido la citada enseñanza de Marx porque están convencidos de que todos los disturbios sociales actuales no evolucionan hacia la subsistencia del régimen actual, sino hacia un curso que genera simultáneamente la insurrección del proletariado y la construcción del partido de clase del proletariado, insurrección y partido de clase que se preparan en la ardua labor de conectar las energías que mantienen firmemente esta consigna: para llegar al momento en que ya no haya lugar para ninguna fuerza enemiga, es necesario destruir la opinión de que el capitalismo puede tolerar fuerzas enemigas en su seno: quien entra en él es aplastado, sea cual sea el grado, la importancia y el título del mecanismo actual que salvaguarda y perpetúa la explotación de los trabajadores.

Al concluir la exposición realizada en 1865 ante el Consejo de la Asociación Internacional de Trabajadores, Marx propone la siguiente resolución:

I. – Un aumento general del salario determinaría una bajada general de los beneficios, pero no influiría en última instancia en el precio de las mercancías.

II. – La tendencia general de la producción capitalista no es elevar el salario medio normal, sino reducirlo.

III. – Los sindicatos actúan de manera útil como centros de resistencia a las usurpaciones del capital, pero resultan en parte ineficaces debido al uso poco juicioso que hacen de su fuerza. Por lo general, fracasan en su objetivo porque se limitan a una guerra de escaramuzas contra los efectos del régimen existente, en lugar de trabajar al mismo tiempo en su transformación y utilizar su fuerza organizada como palanca para la emancipación definitiva de la clase trabajadora, es decir, la abolición del salario.

Notamos de inmediato que, para Marx, la palabra «juicio» tenía un significado muy diferente al que le daban los impostores que, en cada ocasión, enseñaban a los trabajadores a temer por el destino de la patria, la amenaza de la ocupación, el peligro que corría la república, etc. Para Marx, el «juicio» consiste en emplear sensatamente la fuerza de los sindicatos con el objetivo bien determinado de preparar la revolución comunista.

Podría parecer que existe una contradicción entre el primer punto, donde se afirma categóricamente que la consecuencia del aumento del salario no es el aumento de los precios, sino la disminución de la tasa de ganancias, y el segundo punto, donde se afirma con la misma categoría que la tendencia de la producción capitalista es hacia la disminución de los salarios.

Sin embargo, la contradicción sería solo aparente. En el curso de la polémica contra Weston (de la que resulta la propuesta de resolución que hemos citado), Marx combate la idea de que el aumento de los salarios se traduce en un aumento de los precios, adhiriéndose a la concepción, reiterada en todas sus obras, según la cual las leyes de la economía capitalista provienen de la estructura de esta economía y no se superponen a ellas razones extraeconómicas, como sería la de fijar un importe fijo para los salarios que, por su invariabilidad, se traduciría en una simple modificación de la expresión monetaria del valor, es decir, que una mayor cantidad de dinero recibida como salario correspondería a una cantidad proporcionalmente mayor de dinero para comprar la misma cantidad de productos. Y Marx insiste en que el aumento de los salarios obtenido en el sector de la producción de artículos de primera necesidad, al repercutir en el aumento de los precios de los propios productos, determinaría la disminución de su demanda en el mercado por parte de los consumidores no obreros, creando así una situación difícil para su producción. Por otra parte, los capitalistas que no producen artículos de primera necesidad no podrían encontrar ninguna compensación a la disminución de la demanda de sus productos resultante del aumento de los precios, determinado a su vez por el aumento de los salarios.

El aumento de los precios resultante del aumento de los salarios resultaba, por tanto, ineficaz para los propios capitalistas; Marx atribuía, en cambio, la variación de los precios a la evolución económica en su conjunto. Es más (hemos demostrado que Rothstein lo confirma en lo que respecta a los precios en Inglaterra), proporcionaba una documentación sugerente del paralelismo que se había producido en determinadas circunstancias entre el aumento de los salarios y la disminución de los precios, pero siempre poniendo de relieve que no existía relación entre ambos fenómenos.

La admisión de la teoría del reflejo de los aumentos salariales en el aumento de los precios conduciría directamente a negar la inevitabilidad del estallido de los antagonismos de la clase capitalista y a admitir también su naturaleza no antagónica. De hecho, si existiera un límite insuperable de los salarios, existiría también la confirmación del carácter natural de la economía capitalista.

Es sabido que este tipo de desviaciones no se limitaron a Weston en el seno de la Primera Internacional, sino que también se presentaron en Lassalle, quien, al no encontrar la posibilidad de escapar a la ley de hierro que condiciona el salario, negaba la lucha sindical y se orientaba hacia las cooperativas de producción, coqueteando con Bismarck, que quería utilizarlas para su lucha contra la facción de los progresistas alemanes, que soñaban con un reflejo del esquema de la Revolución Francesa en su país. También Proudhon, partiendo de consideraciones diferentes, se desviaba en este terreno fundamental y, en lugar de presentar el antagonismo fundamental en el frente de la oposición capital-salario, se dirigía hacia antagonismos de tipo moralista que debían conducir a la construcción de otra sociedad en el seno de la burguesa.

Para Marx, el precio de las mercancías es el resultado de la ley de la oferta y la demanda del mercado, mientras que el salario es el resultado de la resistencia que los sindicatos pueden oponer a la tendencia específica de la economía capitalista a «rebajar el salario medio normal». Se trata, por tanto, de dos fenómenos distintos y orgánicamente no asociables.

La situación actual puede nublar la visión del problema tal y como lo vio Marx. De hecho, la creciente intervención del Estado en el ámbito de la fijación de los salarios, al mismo tiempo que se asiste a un vertiginoso aumento de los precios, podría llevar a la conclusión de que o bien las agitaciones sociales carecen en principio de todo significado, o bien el capitalismo se encontraría en condiciones de soportarlas tranquilamente, ya que el salario real sería una cantidad constante, independientemente de la cantidad de moneda en la que se exprese.

La realidad es muy diferente, y no hay que dejarse engañar por la apariencia exterior de las cosas. Para ver plenamente confirmados los puntos de vista de Marx, bastaría considerar que el capitalismo habría encontrado la panacea contra las agitaciones sociales: le bastaría, ante cualquier demanda de aumento salarial, aceptarla y disponer un aumento correspondiente de los precios. Ahora bien, no solo esto no ocurre, sino que el capitalismo corre el riesgo de ver interrumpida la fuente de sus beneficios por la paralización del trabajo, en lugar de conceder los aumentos salariales.

Sin duda, el intervencionismo estatal triunfante en todos los países plantea problemas que deben analizarse a la luz de nuestros principios, pero estos no harán más que confirmar las consideraciones que hemos expuesto sobre el carácter fundamentalmente antagónico de la sociedad burguesa.

¿Cuál de los dos factores indicados en la citada resolución de Marx está llamado a triunfar en el seno de la sociedad capitalista? ¿El del aumento de los salarios o el del descenso constante del salario medio?

Encontramos la respuesta en el tercer punto de la resolución y considerando también que, si el primer punto plantea una posibilidad (el aumento de los salarios), el segundo indica una tendencia (la bajada de los salarios). Ahora bien, para romper la tendencia de la economía capitalista no se puede plantear ninguna posibilidad, sino una condición y solo una, la contenida en el tercer punto, donde Marx habla de la «abolición definitiva del salario».

Para concluir esta parte de nuestra exposición, recordaremos algunos pasajes de dos artículos de Engels: uno titulado «Un salario justo por un trabajo justo» (publicado en 1884 en The Labour Standard de Londres) y otro titulado «La ley del salario», publicado en el mismo periódico en 1880. Engels dice:

«Salario justo, en condiciones normales, es la suma precisa para asegurar al obrero los medios de subsistencia necesarios, de conformidad con el nivel de vida dentro de su situación y la del país, para conservar su capacidad de trabajo y para propagar su especie. La cuantía real del salario, atendidas las fluctuaciones de la producción, puede oscilar por encima o por debajo de esta suma; pero, en condiciones normales, dicha suma debe ser la resultante media de todas las oscilaciones. Jornada justa es aquella que por su duración e intensidad no priva al obrero, a pesar de haber gastado por completo en ese día su fuerza de trabajo, de la capacidad de realizar la misma cantidad de trabajo al día siguiente y en los sucesivos».[3]

En esta característica, la sociedad burguesa se ha mantenido inflexiblemente coherente.

Después de indicar que la ley del salario descrita anteriormente no es invariable y que los sindicatos pueden intervenir para aprovechar «fuera de las grandes crisis» el «margen dentro del cual se pueden modificar los salarios», Engels escribe:

«La ley del salario no cesa de regir en virtud de la lucha de las tradeuniones [sindicatos]. Al contrario, se cumple gracias a ella». Y más adelante: «Por lo tanto, los sindicatos no luchan contra la ley del salario».

Las posiciones de Marx y Engels que hemos señalado nos parecen resumibles en esta fórmula central: el antagonismo capital-salario sienta las bases para la lucha dirigida a la destrucción del régimen capitalista, pero esta lucha solo es concebible como un encaje de cada una de sus fases hacia la salida revolucionaria.

En la segunda parte de este artículo trataremos los aspectos asumidos por la organización sindical, las relaciones entre esta y el partido y el problema de los consejos de fábrica, tal y como se han manifestado en las fases más importantes del movimiento obrero.

[La segunda parte nunca se publicó, nota del editor].

[1] [Nota de Barbaria] La traducción de esta carta está en el presente link: https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m23-11-71.htm

[2] [Nota de Barbaria]: No hay una traducción al castellano de este libro, mantendremos las citaciones de Vercesi para la edición que cita. En inglés se titula From Chartism to Labourism – Historical Sketches of the English Working Class Movement. No hemos encontrado un PDF del libro en inglés tampoco.

[3] [Nota de Barbaria]: Traducción al castellano en el presente link:

https://www.marxists.org/espanol//m-e/selecciones/engels-sistema-de-trabajo-asalariado.pdf

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