Una crítica comunista del movimiento estudiantil y los colectivos juveniles
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LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA ESCUELA
Para hacer un análisis crítico sobre el movimiento estudiantil desde una perspectiva comunista hay que entender la raíz misma de la que nace el movimiento estudiantil, que no es otra que la expresión social, económica e ideológica de la educación bajo las relaciones sociales capitalistas.
La escuela, a partir de principios de siglo XIX, no va a ser más que la organización de la reproducción social del trabajo asalariado a través de la obtención de títulos formales y burocráticos (al fin y al cabo, el reconocimiento estatal del conocimiento), con los que la clase obrera competirá en el terreno laboral por una mejor posición en la venta de la fuerza de trabajo. Así, la función principal de la escuela es la organización de la división social del trabajo.
La escuela también sirve como medio de disciplinamiento de la futura fuerza de trabajo, con su organización del horario al modo de la jornada laboral y su énfasis en la disciplina corporal e intelectual, y como medio de reproducción de la ideología dominante mediante la idea de la meritocracia, por la que con suficiente esfuerzo y sacrificio por parte de los estudiantes y de sus padres podrá alcanzarse la promesa de ascenso social, mientras que los que no lo consiguen será porque no se lo merecen. De esta forma, se justifica la cadena trófica del capitalismo y su división en clases sociales. Al mismo tiempo, la escuela educa en y a través la disciplina y buen hacer social, es decir, sumisión, creando así al “buen ciudadano” de la sociedad mercantil.
La educación pública es así la organización y gestión de la institución escolar que cumple estas funciones a través del Estado, un Estado que no vela por los intereses del proletariado, sino que esta atravesado por la lógica del capital. En ese sentido, la defensa de la educación pública, tan aclamada por el izquierdismo, no es sino la defensa del Estado burgués, por mucho que se le otorgue un carácter positivo frente a la educación privada, ocultando que ambas corresponden a una misma función social. No es de extrañar por ello que el Estado tutele la educación privada y lo que en ella se imparte, asegurando el buen funcionamiento de los mecanismos de reproducción social.
Como comunistas internacionalistas, debemos defender los intereses del proletariado desde la independencia de clase, esto es, desde el ataque tanto a lo público y lo privado, como dos caras de una misma moneda.
LA ESCUELA, ¿UNA CONQUISTA OBRERA?
Dentro del izquierdismo, las versiones más “radicales” pueden entender el papel de la educación burguesa como un aparato de reproducción de la ideología del capital y como un horno de cocción para futura mano de obra. Aun y con un análisis general presumiblemente acertado, fallan a favor de la defensa de las supuestas “conquistas obreras” que otorgarían mejores condiciones para la educación (tanto para docentes, como para estudiantes) y revisten un mensaje reformista de radical. Mediante el reconocimiento de esas luchas por conquistar derechos o mejoras como progresivas para la revolución, se presupone un aumento de la conciencia revolucionaria.
Sin embargo, la experiencia histórica nos demuestra todo lo contrario. 1914 y la traición de la socialdemocracia al proletariado, reivindicando y apoyando la sagrada unidad nacional en la primera gran carnicería imperialista mundial, revelaron que la lucha por la mera reforma no llevaba a un crecimiento de la conciencia revolucionaria o de un largo camino hacia la toma de poder. Más bien, esta concepción pacifista, gradualista, democrática y reformista de la II Internacional no condujo más que a la incorporación de los defensores de las “conquistas obreras”, la socialdemocracia y los sindicatos, al aparato estatal, atrapando a una parte del proletariado con ellos. Las tácticas oportunistas de la mayoría de la III Internacional solo repetirían los mismos errores.
Por tanto, de darse, esas victorias específicas son pasajeras, dado que la concesión de derechos que otorga el Estado (sea en el sector público de forma directa o concertado y privado mediante legislación), es pan para hoy y hambre para mañana. La siguiente crisis del capital comportará los recortes correspondientes y destruirá esas supuestas “conquistas”. Al criticar la función social de la escuela en la teoría como correa de transmisión ideológica de la sociedad burguesa, pero sostenerla en la práctica a partir la defensa de la educación pública, se sigue el bien conocido camino del etapismo reformista, que separa el programa mínimo (de “victorias” inmediatas), frente a un programa máximo (la revolución comunista).
Nosotros, como revolucionarios, no entendemos que haya ninguna victoria para el proletariado más allá de su emancipación mediante la revolución comunista internacional, superando así todas las categorías del capital que nos oprimen día a día. Y la escuela, pública o privada, hace parte de estas categorías.
Esto de ninguna forma supone no implicarnos como comunistas en las luchas inmediatas del proletariado, especialmente en aquellas que tienden a un proceso de generalización, extensión y autoorganización. En ellas, trabajamos a favor de la clarificación de las minorías revolucionarias que surgen en su seno, ayudando a romper la separación entre intereses inmediatos e históricos del proletariado, y buscamos convertirnos en un factor activo para el futuro, cuando el desarrollo de la lucha de clases cree condiciones más favorables a la dirección revolucionaria de esos procesos.
Pero el movimiento estudiantil no es un movimiento autónomo del proletariado, un proceso de luchas que tiende a extenderse, generalizar sus reivindicaciones y expresarse a través de sus propios organismos, sino un espacio interclasista construido por activistas que, de acuerdo a la visión leninista, tratan de inyectar al “proletariado” (o a todo lo que encuentren) la conciencia desde fuera:
“Como podemos ver, las luchas auténticas del proletariado no se crean por la voluntad conspirativa de unos pocos individuos. Esos procesos solo se encuentran en la mitología que une a burgueses e izquierdistas. La crisis y el agotamiento histórico del capital tienden a romper los equilibrios previos a través de movimientos de masas que actúan de un modo muy diferente a las moléculas aisladas en tiempos de paz social. En los tiempos de paz social existen estructuras y prácticas que son acordes con esos momentos. La preeminencia de la lógica política y sindical, la primacía de la lucha electoral y del corporativismo de los sindicatos, generan estos tiempos en que prima el individualismo, el arribismo, la tendencia de cada molécula (individuo) a ir hacia donde le lleva su voluntad inmediata. Sin embargo, los grandes movimientos de masas tienden a nuclear a las moléculas sociales en torno a vectores de polarización social. Es lo que hemos visto con los movimientos de las plazas de los últimos años”
(Catástrofe capitalista y teoría revolucionaria)
CRÍTICA DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL
Tras entender la base material misma de la educación capitalista, surge entonces la cuestión principal de esta crítica, ¿qué es el movimiento estudiantil?
Según es entendido por la izquierda del capital, este es el conjunto de organizaciones y sus luchas entorno a los centros educativos, como la lucha de la juventud en este ámbito especifico, el de la educación, por contraste con el desarrollado en los centros de trabajo a través del sindicalismo. En definitiva, podríamos calificarlo como un “sindicalismo” estudiantil. Así como los trabajadores luchan por sus condiciones laborales, los estudiantes luchan por sus condiciones de estudiantado. Claramente, y más allá de la necesaria crítica a los sindicatos, esto no es así. Para entender qué es para nosotros el movimiento estudiantil, es necesario entender el origen y surgimiento de este.
El movimiento estudiantil nace del proceso de democratización de los estudios superiores a partir de la Segunda Guerra Mundial. Este proceso, que hace parte de la creación de los Estados del Bienestar, tiende a explicarse por un miedo a la URSS o al movimiento obrero, disfrazando de un avance real en la lucha de clases a favor del proletariado lo que no fue sino la necesidad de una mano de obra más especializada para el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y la capacidad del capital para hacerlo, debido a la gran tasa de ganancia del periodo. Paralelamente, permitió consolidar los mecanismos de diálogo social mediante los sindicatos, los partidos socialistas y estalinistas, todos ellos órganos de la contrarrevolución, para garantizar la sumisión ideológica del proletariado durante unas décadas.
El acceso de una parte del proletariado a la universidad va a hacer nacer ciertas luchas específicas dentro de los centros universitarios al calor de la oleada de lucha de clases que estalla a finales de los 60 y durante los años 70. De hecho, el imaginario de un estudiantado radical y combativo que tenemos asociado a estos años es incomprensible sin no se sitúa en el marco de fuertes movimientos de clase que se expresaban como un océano de fenómenos, por utilizar la expresión de Rosa Luxemburgo, también en el ámbito de la universidad. Esto no debe impedirnos entender, sin embargo, que también contaban con una fuerte presencia de organizaciones izquierdistas, que van a ver en el movimiento estudiantil una cantera para futuros militantes en “x” o “y” organización, todo esto mediante las tácticas que ya hemos criticado antes: reivindicaciones específicas que puedan atraer al mayor número de posibles militantes, es decir, activismo dirigido a canalizar las demandas de un sujeto político especifico, el estudiante. Con esta categoría se genera la mayor de las confusiones, disolviendo en ella las diferencias de clase y creando un sujeto aparte con sus intereses específicos.
Esta misma confusión se ve en la idea de “huelga estudiantil”, que homologa las categorías del proletariado y del estudiantado y establece una falsa analogía entre el antagonismo del trabajo y el capital con el del estudiante y la escuela. Además, en la “huelga estudiantil” no tan solo se separan las luchas obreras y aquella parte de la clase obrera que aún se mantiene en los centros educativos, sino que también se separan los estudiantes y trabajadores de los centros estudiantiles, es decir, el profesorado, el personal administrativo, de limpieza y mantenimiento, etc., como un aspecto ajeno a las luchas dentro de ellos, como centros de trabajo. En este aspecto nuestra visión es diametralmente opuesta, ya que como comunistas entendemos que hay que defender los intereses del proletariado en general, sin hacer distinciones en ramas, edades o posición en el puesto de trabajo y no separándolo según estos aspectos.
Toda esta construcción en torno al estudiantado genera que una parte de la juventud, al entrar en los entornos universitarios, busque una salida radical a este mundo y que en vez de una perspectiva transformadora radical se encuentre con falsas promesas o luchas vacuas y se desgaste. Además, esto le lleva a hacer de la militancia una concepción temporal, ya que la dinámica militante en entornos izquierdistas se acaba cuando lo que se tiene en frente es el éxito laboral y social y el título ya ha sido obtenido, cuando tras todas esas luchas radicales de la juventud lo que toca es asentarse bajo el mundo del capital y darle el relevo a la siguiente generación, creando falsos militantes que al fin y al cabo no son más que números temporales que se pierden tras la superación de los estudios.
SUJETO JUVENTUD
La idea del sujeto “estudiante”, como sujeto político separado, o al menos con un marco de actuación y organización separado del resto del proletariado, se engloba en una idea aún más amplia de un sujeto “juventud”. Encontramos en todas las organizaciones izquierdistas grupos específicos de juventud, lo que suelen llamarse las juventudes, aquellas canteras de militantes a partir de los cuales se podrá acceder al partido propiamente dicho. Esto no es exclusivo del actual izquierdismo, sino que es una herencia de la II y III internacional. Como explicamos antes, así como se reúne al estudiantado en una lucha específica, se pretende reunir a las juventudes en una organización específica para luchar por sus intereses inmediatos. Esto presupone toda una idea del partido de masas y de la táctica del frentismo.
Joven es el inmigrante recién llegado a las costas españolas en busca de una nueva vida, joven es el estudiante que compagina sus estudios con el curro, joven es el proletario ruso o ucraniano mandado a morir al frente. Jóvenes también son los hijos de la alta burguesía, los aspirantes a las directivas de grandes empresas, jóvenes hay policías, políticos, militares, etc.
Ser joven no es nada y tiende a explicar más bien poco, pues aún en el sitio más recóndito de este planeta, existen las clases. Hablar de juventud a secas es hablar en términos interclasistas, igual que de sexos, razas y el resto de separaciones que este mundo, el del capital, nos impone. La lucha por la emancipación jamás podrá ser llevada a cabo por un género, una raza o una franja de edad, pues estas separaciones encuentran su origen no en una abstracta voluntad de los hombres hacia la opresión, sino en la misma existencia de las clases sociales.
Sin embargo, el izquierdismo tiende, a medias tintas, a aceptar este discurso. Ya no se trata simplemente de feminismo, sino feminismo de “clase”, ya no se trata de juventud, sino de una juventud “proletaria”. De alguna forma, se argumenta que el proletariado joven es más proletario en virtud de su juventud, sufre una situación más precaria, una mayor dificultad de acceder al mercado laboral debido a su falta de experiencia, lo que le lleva a una precariedad en el resto de los aspectos de su vida (vivienda, capacidad adquisitiva, etc.). Esto haría que uno de los ejes sobre el que deben fundamentarse las organizaciones comunistas sea el de la juventud, la creación de grandes organizaciones juveniles.
Sin embargo, no hay más que pensar en la explotación del proletariado migrante, en la precarización del trabajo femenino o en el proletariado de mayor edad, que es expulsado cada vez más del mercado laboral años antes de la jubilación, con una gran dificultad de reincorporarse. No solo hay otros sectores del proletariado (inmigrante, femenino) que viven y tienen condiciones muy precarias, sino que el proletariado de mayor edad sufre, de una forma diferente, pero de igual forma, las consecuencias de una crisis que cada vez expulsa más y más fuerza de trabajo creando una masa cada vez mayor de población sobrante, donde hay tanto jóvenes como adultos.
CARACTERÍSTICAS DE LA JUVENTUD
No podemos negar, sin embargo, unas características específicas que tiene la juventud. Por un lado, sin duda tiene una mayor dificultad de entrada en el mercado laboral y de independencia económica. Solo hace falta ver el actual problema de la vivienda y cómo esto afecta a la capacidad de independizarse de grandes sectores de la población joven. También conlleva unas menores obligaciones familiares y económicas, unas menores obligaciones que facilitan el desarrollo de una actividad militante y a la vez, como se decía antes, puede inducir una menor seriedad en la actividad que se desarrolla. Además, la juventud es aquel momento en el que se empieza a definir el sentido de vida y, por tanto, aquel momento —que no el único— en que se puede hacer una elección vital, como es la de la lucha por la revolución.
Sus condiciones materiales tienden a hacer a la juventud más sensible a la situación social y un elemento muy activo en los movimientos en los que se ve implicada. Esto puede darse en un sentido positivo, cuando el proletariado joven hace parte de los sectores más radicales de un movimiento de clase, o en un sentido negativo, cuando en los periodos contrarrevolucionarios vemos a la juventud ser la punta de lanza de movimientos como el estalinismo o el fascismo. Hoy en día nos encontramos en la erosión de un periodo aún contrarrevolucionario, en el que el proletariado no se ha deshecho aún de los lastres que han negado su perspectiva emancipatoria durante un siglo, aunque está empujado a una conflictividad social creciente por la crisis histórica del sistema. En este marco podemos entender el encuadramiento de parte de la juventud a día de hoy tanto en la extrema derecha del capital, con organizaciones en España como Núcleo Nacional o Falange, como en la izquierda y extrema izquierda del capital, alimentada por la fuerza de sumisión del antifascismo a la democracia. También nos permite entender, más allá de la fotografía del momento, los procesos de radicalización del proletariado joven en busca de una perspectiva programática capaz de enfrentarse realmente a este modo de producción moribundo.
¿CONVERTIR LA JUVENTUD EN SUJETO?
Estas características propias de la juventud proletaria son las que hace que cada vez más y más jóvenes se acerquen a posiciones de clase y revolucionarias.
Sin embargo, esto no puede llevar a hacer de la juventud proletaria un sujeto específico o identitario. Esto sería recaer en las separaciones impuestas por el capital y entrar en su propia lógica. Los comunistas no se organizan en torno a su género, nacionalidad, edad, sino en tanto comunistas, esto es, en torno a su programa. El Partido Comunista es una prefiguración de la sociedad futura, la sociedad comunista. Su funcionamiento es fervientemente antiburgués, antidemocrático, antiindividualista. No podemos pretender que las divisiones propias del capital, que sin embargo no podemos evitar,[1] penetren de una forma nociva dentro de nuestro partido. Es fundamental «que en el partido se pueda tender a dar vida a un ambiente ferozmente antiburgués, que anticipe ampliamente los caracteres de la sociedad comunista, es una antigua enunciación y ejemplo para los jóvenes comunistas».[2]
Es evidente el empobrecimiento militante, en todos los sentidos, de organizarse de forma separada de los camaradas de más edad, tanto para los jóvenes como para los compañeros que ya no lo son. Sería ingenuo negar las obvias diferencias entre unos y otros, y es precisamente por esto que toma aún más valor la necesidad de una organización conjunta, donde la experiencia puede enseñar y dar ejemplo a todo aquello que es nuevo, y los nuevo puede romper con todo aquello que queda anclado al pasado, bajo un mismo programa, bajo unos mismos principios, bajo una misma forma organizativa, bajo una misma bandera, la del marxismo invariante.
La punta de lanza del campo revolucionario ha estado siempre llena de jóvenes proletarios. En el Partido Socialista Italiano, la juventud tomó partido y provocó innumerables debates dentro del Partido, desorientando a los “viejos” que siempre habían subestimado a las FIGS (Juventud Socialista del PSI). Es precisamente este el motivo de no hacer de la juventud un sujeto, de romper aquellas separaciones que hace el capital, de crear un ambiente ferozmente antiburgués. Porque la revolución no es una cuestión de razas, de géneros o de edades, es una cuestión de clase, de una clase, la proletaria.
«Todo el entorno burgués conduce al individualismo. Nuestra lucha socialista y antiburguesa, nuestra preparación revolucionaria, debe encaminarse a sentar las bases del nuevo entorno. Esto es lo que consideramos un programa integral para el movimiento juvenil: liberar el desarrollo del carácter de la influencia exclusiva de la sociedad actual; vivir juntos, seamos jóvenes trabajadores o no, respirando un ambiente diferente y mejor; cortar los puentes que nos unen con entornos no socialistas; cortar los lazos que nos impregnan la sangre con el veneno del egoísmo y la competencia; sabotear esta sociedad infame, creando oasis revolucionarios destinados un día a invadirla por completo; cavar minas destinadas a sacudirla hasta sus cimientos».[3]
CONCLUSIONES
Nosotros, los comunistas, somos jóvenes, viejos, estudiantes, trabajadores con o sin papeles, parados, jubilados… pero nuestra participación en las luchas inmediatas del proletariado no viene determinada por ninguna de esas características. Ante todo, participamos en las luchas de clase como comunistas.
Y es en ese sentido que es necesaria la crítica que desarrollamos al movimiento estudiantil o juvenil, precisamente porque los comunistas no hacen sindicalismo estudiantil ni construyen colectivos juveniles. Como se explicaba anteriormente, la tarea de los comunistas no es construir luchas. Sin un impulso espontáneo de un movimiento que tienda a extenderse, generalizarse y autoorganizarse, los “movimientos” construidos por activistas solo pueden ser movimientos parciales, cuya máxima finalidad es conseguir reformas y construir aparatos de mediación con el Estado para conseguirlas, y donde cualquier referencia a la lucha contra el capitalismo es puramente ornamental.
En ese sentido, el movimiento estudiantil nos es ajeno. Esta crítica no está dirigida a plantear lo que el movimiento estudiantil debería ser, sino a rechazarlo de frente. Porque nace de una categoría interclasista, el estudiantado, disuelve a los jóvenes proletarios en formación en ella, separándolos del resto de su clase, y les conduce a la defensa de la educación estatal como una forma de “conquista obrera”, cuando solo es una forma diferente de gestión de su miseria en este sistema. Frente al movimiento estudiantil, como un movimiento que se organiza de por sí desde y por la reforma, nosotros intervenimos como comunistas, sin separaciones de género, raza o edad, allí donde estallan luchas que tengan una dinámica propia, donde haya un movimiento real de la clase capaz de romper, aunque sea potencialmente, la separación entre los intereses inmediatos del proletariado, de sus intereses históricos.
[1] En tanto seres determinados, no podemos pretender escapar, mediante una supuesta libertad absoluta, de las determinaciones y formas de conciencia que impone este modo de producción. Resulta ilusorio pensar que, al interior del Partido, desaparecerán comportamientos machistas, racistas o individualistas. Precisamente por ello se vuelve imprescindible tanto el combate consciente contra ello, como el desarrollo de formas organizativas y métodos de trabajo que, en la medida de lo posible, las prevengan
[2] Un programa: l’ambiente, L’Avanguardia, 1913.
[3] Idem
