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Arco histórico Biblioteca Laugier, Lucien Por autor Teoría

Lucien Laugier: Kronstadt…

Kronstadt durante el levantamiento.

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1921 – KRONSTADT Y EL X CONGRESO DEL PARTIDO COMUNISTA RUSO

Estos dos acontecimientos marcan un punto de inflexión decisivo en la política bolchevique. En el interior incitan a los bolcheviques a suprimir las disposiciones económicas del «comunismo de guerra» y a promover una política de «buenas relaciones» con el campesinado (impuesto en especie en sustitución de las requisiciones forzadas, NEP); en el plano internacional acentúan la hostilidad de los dirigentes rusos hacia las tendencias «izquierdistas» de la Internacional.

En marzo de 1921, tres meses después de la liquidación victoriosa de la intervención blanca, la Rusia soviética se ve azotada por la hambruna, la desorganización y la agitación social. La desmovilización ha creado un ejército de desempleados. Lenin no oculta bien, cuando critica ante el X Congreso el «lujo» inútil del debate sobre los sindicatos, que ese debate tiene algo que ver con la aparición de reivindicaciones obreras y el descontento campesino ante las requisas en presencia de una mala cosecha. La insurrección de Kronstadt traduce esta situación en términos políticos violentos. Pone en tela de juicio la autoridad exclusiva del partido bolchevique, reivindica un verdadero poder de los soviets, lo que implica la reaparición de tendencias (anarquistas) y de partidos (socialistas-revolucionarios, mencheviques) previamente ilegalizados por los bolcheviques. Esta reivindicación, según Lenin, significa «los soviets sin los bolcheviques», consigna que en realidad no figura expresamente en las resoluciones de Kronstadt, sino que es difundida más bien por la propaganda antibolchevique de políticos emigrados. El asunto de Kronstadt constituye, no obstante, una ruptura clara y categórica de la población civil y (en parte) militar con respecto al partido bolchevique, que se produce, por otra parte, al mismo tiempo que una ola de huelgas obreras severamente reprimidas en Petrogrado.

Tras la represión de la insurrección, el X Congreso del Partido Comunista Ruso consagra el camino en el que el Partido Bolchevique del Estado ruso se ha comprometido de forma irreversible. En el plano económico, la libertad devuelta al pequeño comercio y las concesiones propuestas al capital extranjero trazan la perspectiva de un desarrollo controlado del capital en Rusia con vistas al objetivo, aún lejano, de un capitalismo de Estado.

En el plano político, las condiciones en las que se condena a la «Oposición Obrera» (acusada de connivencia ideológica con Kronstadt) son las de un auténtico terrorismo moral. El llamamiento a la unidad se basa en la falsificación de los hechos relativos a la insurrección; mientras que la responsabilidad capital de la burocracia soviética en su desencadenamiento se oculta tras una vaga petición de principio a favor de la «democracia interna». Al asimilar la revuelta de Kronstadt a una «contrarrevolución pequeñoburguesa y anarquista», los dirigentes bolcheviques recurren a un chantaje basado en la «confianza» y la «cohesión» que refuerza, en el partido, un clima de unión sagrada que el estalinismo, posteriormente, sabrá explotar. Por último, la argumentación teórica adapta a Marx a las condiciones imperativas que reinan en la Rusia soviética aislada: dado que el desarrollo del capital es una condición primordial del futuro socialismo, dicho desarrollo se concibe y se adopta sin tener en cuenta los perjuicios que causa a la clase social de la que depende ese socialismo.

En el PCI siempre se ha sentido cierto malestar ante la «tarea sombría» que supuso la represión de Kronstadt. Además de otras razones relacionadas con la situación política de la posguerra, la falta de entusiasmo por reabrir el expediente se debía en parte a la forma estéril en que actuaban quienes defendían la necesidad de esa reapertura: exigiendo la condena o la reprobación de la política bolchevique en este asunto, como si de ese acto moral dependiera el destino de la futura revolución. En realidad, este silencio retrospectivo sobre Kronstadt solo se justificaba gracias a la convicción oculta de que esa futura revolución ya no se enfrentaría a situaciones semejantes y que, por lo tanto, se podía prescindir de protegerse contra ella mediante meras peticiones de principio.

No solo los recientes acontecimientos en el PCI, de los que hablamos por otra parte, muestran que este partido se arma alegremente con la convicción entusiasta de tener que repetir la represión de Kronstadt, sino que la actitud de avestruz que fue la nuestra hace unos diez años, aparece hoy bajo su verdadera luz de fatalismo optimista.

Si bien una condena retroactiva de los actos de los bolcheviques tendría escasa relevancia, no ocurre lo mismo con la condena de su mística pseudocientífica, que sigue reinando soberana entre los «revolucionarios» izquierdistas actuales. Atacado por el asunto de Kronstadt, Trotsky se defendía diciendo que la política revolucionaria no se justifica desde el punto de vista moral, sino desde el de la historia. La sangrienta e ignominiosa era del estalinismo reveló el único contenido de esa divinidad hueca: la historia siempre «justifica» al vencedor. Pero la revolución se justifica por sí misma. Las consideraciones que tienden a «dejarla en suspenso» en favor de hipotéticas «mejores oportunidades futuras» pueden explicar el comportamiento de los revolucionarios de ayer y todo lo que ahora pertenece al pasado. Pero no se pueden reutilizar sus argumentos de entonces sin caer en la hipocresía y la negación. La Revolución de Octubre se niega definitivamente a sí misma en Kronstadt en 1921. Pero Trotsky, por ser bolchevique, no pudo identificar el momento en que el fenómeno contrarrevolucionario se había desenmascarado; solo pudo situarlo tras su propia caída política… ¡y tal vez solo en el momento del golpe de piolet que pondría fin a su vida!

CRONOLOGÍA

A principios de 1921, varios hechos dan testimonio de una ruptura política entre la población de las costas del Báltico y el partido bolchevique. La segunda conferencia de marineros comunistas (15 de febrero de 1921) critica el burocratismo y la incapacidad de la sección política de la flota del Báltico (Poubalt) y reclama la disolución de todas las secciones similares. En las elecciones para el X Congreso del PC ruso, los marineros votan en contra de sus jefes directos (Trotsky, comisario del pueblo para la guerra; Raskolnikov, jefe de la flota). Se trata de una crisis en el seno de la estructura esencial para la supervivencia de la Revolución de Octubre: su fuerza militar.[1]

La agitación obrera de los trabajadores de Petrogrado, en febrero, desborda este marco «categorial» de la reacción de los marineros y adquiere, casi automáticamente, su carácter: político (contra la burocracia) y social (a favor del «pequeño comercio»). En la capital, desierta en dos tercios, la población obrera, hambrienta, solo sobrevive gracias al trueque con los campesinos; una práctica semitolerada, pero reprimida periódicamente por los controles de la milicia. Durante el verano de 1920, Zinóviev, que controla con mano dura todo el aparato local, hizo cerrar las últimas tiendas.[2] Al final de un invierno terrible, estallan huelgas obreras con reivindicaciones esencialmente alimentarias (abastecimiento, restablecimiento del «mercado libre» en un radio de 50 kilómetros), a las que se suman reivindicaciones políticas (libertad de expresión y de prensa, liberación de los presos políticos). Las huelgas se generalizan y, el 28 de febrero, llegan a los astilleros Putilov. El Gobierno constituye un Comité de Defensa (Lachevich, Anzelovich, Avrov) que crea brigadas de vigilancia por barrios, promulga el estado de sitio y promete «toda la severidad de tiempos de guerra».[3]

El 28 de febrero, los marineros de Kronstadt, informados por la delegación que habían enviado a Petrogrado, adoptan la resolución propuesta por la tripulación del buque Petropavlovsk y reclaman —además de las reivindicaciones ya planteadas por los obreros— la supresión de las secciones políticas y de los «destacamentos de bloqueo» (contra el trueque); la igualación de las raciones alimentarias, el derecho de los campesinos a criar ganado y la libertad para la producción artesanal que no utilice trabajadores asalariados.[4] Esta resolución es aprobada el 1 de marzo por las tripulaciones de la guarnición (16 000 hombres) por unanimidad, salvo dos votos: los de los bolcheviques Kalinin y Kuzmin; el primero regresa a Petrogrado ese mismo día.

El 2 de marzo, durante la reunión de delegados, Kuzmin declara que «los comunistas no abandonarán el poder sin luchar». Ante la noticia de rumores alarmantes pero falsos, los marineros crean un Comité Revolucionario Provisional, ocupan los puntos estratégicos y encarcelan a Kuzmin y a Vasiliev (presidente del soviet local), quienes habrían «proferido palabras amenazantes».[5] Al mismo tiempo, Radio Moscú denuncia el asunto como una «conspiración de la Guardia Blanca», «un motín del antiguo general Kpzlousky», «organizado por espías de la Entente», «dirigido desde París» y en el que «está implicado el contraespionaje francés».

La insurrección de Kronstadt se materializa en los primeros días de marzo. Mientras el Comité Revolucionario Provisional de la fortaleza formula su principal reivindicación política (el poder de los soviets con representación sin exclusiones de todos los partidos obreros) y afirma su deseo de «evitar el derramamiento de sangre», el Comité de Defensa de Petrogrado lanza un llamamiento a los kronstadtianos: «Estáis rodeados por todos lados… Si os obstináis, os matarán como perdices… Desarmad y detened a los líderes criminales y, sobre todo, a los generales zaristas. Quien se rinda inmediatamente será perdonado…» (Ida Mett, p. 43-44). Un llamamiento idéntico del Soviet de Petrogrado, aunque en un tono más moderado, declara que la causa de Kronstadt no tiene esperanza y lanza a los insurgentes «una última advertencia». En ese momento, gracias a la intimidación —y también a la distribución de víveres traídos a toda prisa—, las huelgas obreras en la capital se debilitan y se extinguen. (véase Ida Mett, p. 45)

El 6 de marzo, parece esbozarse un intento recíproco de diálogo a través de un intercambio de mensajes de radio entre el Soviet de Petrogrado y Kronstadt. Pero Trotsky lanza un ultimátum a la fortaleza para que se rinda sin condiciones y advierte a los insurgentes de que se dispone a someterlos por la fuerza.

El 7 de marzo, las baterías gubernamentales abren fuego. Las de la fortaleza responden; pero, aunque numerosas, la mayoría están diseñadas para hacer frente a un ataque procedente del mar y tienen un alcance insuficiente para alcanzar Petrogrado; además, disponen de un stock limitado de municiones. (El 3 de marzo, el Comité Revolucionario Provisional, renunciando a una contraofensiva sobre Oranienbaum, declaró que depositaba sus esperanzas «no en la capacidad militar de los marineros, sino en la solidaridad moral de toda la Rusia trabajadora» (véase Ida Mett, p. 49).[6]

Aunque militarmente no tiene ninguna posibilidad de ganar (la fortaleza solo cuenta con 3000 soldados de infantería, carece de víveres, medicamentos, etc.), Kronstadt aguantará quince días debido a la desmoralización que se apodera del Ejército Rojo durante sus primeros asaltos: los soldados temen los combates sobre el hielo y desertan en grupos; algunos regimientos se niegan a atacar; compañías enteras se pasan al bando de los insurgentes. El tribunal militar debe actuar con severidad, mientras que se multiplica por diez el mando político y se traen refuerzos de regiones lejanas (kirguisos, bakir).[7]

El 16 de marzo se completa la reorganización de las fuerzas de asalto[8] .

Tras un intenso bombardeo (artillería y aviación), las tropas gubernamentales, a pesar de las cuantiosas bajas —de las que solo se conoce la cifra del bando soviético (y aún sin tener en cuenta el número de ahogados)—, toman la ventaja. Los fuertes son tomados uno a uno; la batalla continúa en la ciudad, casa por casa, sangrienta y cuerpo a cuerpo.

La victoria bolchevique es total la noche del 18. El Soviet de Kronstadt, no reelegido, es sustituido por el poder militar. Un tribunal militar móvil sanciona las faltas y las deserciones. Se producen grandes cambios en la flota tras la eliminación de 15.000 marineros no especializados.

LOS TÉRMINOS DE LA POSTCRÍTICA

Durante los años siguientes, el hecho de que Kronstadt nunca fuera analizado en sí mismo (es decir, desde el punto de vista de lo que revelaba más allá de las contradicciones y dificultades del poder bolchevique). La insurrección siempre fue juzgada en función del papel revolucionario que aún se creía o no posible por parte de Moscú. El argumento leninista se basa, en definitiva, en la misma visión subjetiva: había que aplastar Kronstadt porque el movimiento del proletariado estaba del lado de Moscú y Kronstadt se levantaba contra Moscú. Este argumento se repitió tal cual durante décadas sin preocuparse por superar o profundizar las justificaciones inmediatas dadas en apoyo de la represión contra Kronstadt.

Ahora bien, este argumento debe considerarse en sus dos aspectos ideológicos:

1°) el de los métodos y conceptos que, a través de su forma policial y su desprecio por las verdades de hecho, la versión bolchevique contribuyó a implantar en el movimiento comunista internacional;

2°) su contribución al oscurecimiento del proceso histórico general que condenó a la Revolución de Octubre a no ser más que una marcha forzada del desarrollo del Capital en el área eslavo-asiática.

KRONSTADT COMO «OPERACIÓN MILITAR CONTRARREVOLUCIONARIA»

El argumento bolchevique contra Kronstadt lo expresa definitivamente Trotsky, portavoz en este asunto de todo el comité central del PCR: es el de la conspiración de la guardia blanca. Esta afirmación pertenece a otro ámbito de apreciación cuyos contornos hay que perfilar, siguiendo previamente a Ida Mett en su refutación de los argumentos que Trotsky esgrime en apoyo, no de los actos efectivos de Kronstadt, sino de su «estado de ánimo» (véase Ida Mett, páginas 75 a 79).

En cuanto a las acusaciones relativas a la reivindicación de «privilegios alimentarios» para la guarnición de la fortaleza, se ha hecho justicia en lo que respecta al «catálogo de quejas» de Kronstadt. La comparación que hace Trotsky con los obreros de Petrogrado, que «sintieron inmediatamente que los rebeldes de Kronstadt se encontraban al otro lado de la barricada», no tiene mucho más peso, dada la «firmeza» con la que Zinóviev supo sofocar las huelgas de la capital. Por último, Trotsky cita un testimonio que no resulta mucho más convincente. Durante el invierno de 1920-1921, los delegados, ante una propuesta de pedir ayuda a Kronstadt para la capital hambrienta, habrían respondido que no había que esperar nada de la fortaleza, tomada por una «chusma» que «especula con la ropa, el carbón y el pan». Esta declaración, citada para ensombrecer aún más el panorama de una «guarnición que no hacía nada y vivía del pasado», contradice flagrantemente el ultimátum lanzado por el Comité de Defensa, que invitaba a la rendición a un Kronstadt que «no tiene ni pan ni combustible». Además, ¡rara vez se ha visto a la «chusma» y a los «especuladores» capaces de luchar hasta la muerte!

Con más matices, pero en el mismo espíritu, Trotsky, en su «Stalin», escribiría más tarde que la represión de Kronstadt fue una «necesidad trágica», ya que el poder bolchevique no podía ceder «simplemente porque unos cuantos anarquistas y socialrevolucionarios dudosos patrocinaban a un puñado de campesinos  y soldados en rebelión». Como subraya Ida Mett, aunque el estado de ánimo de Kronstadt fuera el que indica Trotsky, este último no explica en absoluto su génesis en ese bastión que estuvo a la vanguardia de la Revolución de Octubre. No aporta el más mínimo elemento que aclare la ruptura ideológica que se había manifestado allí con respecto al partido bolchevique y de la que las elecciones al VIII Congreso Panruso de los Soviets y a la segunda conferencia comunista de la flota báltica no eran más que expresiones.

Finalmente, es la opinión de Victor Serge, anarquista convertido al trotskismo, la que expresa mejor —aunque siempre partiendo del postulado de que Moscú seguía siendo revolucionaria en 1921— el juicio que durante mucho tiempo se mantuvo intacto sobre el acontecimiento: «Kronstadt no era contrarrevolucionaria, pero su victoria habría conducido infaliblemente a la contrarrevolución».

EL PAPEL DE LOS PARTIDOS ANTIBOLCHEVISTAS

Sin embargo, antes de llegar a esta importancia objetiva conferida con autoridad a la insurrección de Kronstadt, no está de más echar un vistazo a la influencia ejercida en la rebelión por los adversarios políticos de los bolcheviques. En la crítica a una concepción que atribuye a la organización política una función determinante en el origen y el estallido de las luchas sociales, no es superfluo subrayar que, en lo que respecta a la de Kronstadt, el papel de los partidos antibolcheviques fue prácticamente nulo. Si hay algo que destaca con claridad en este acontecimiento, es precisamente lo siguiente: ¡esta «contrarrevolución» no fue obra de los partidos contrarrevolucionarios!

El punto central de la plataforma ideológica de Kronstadt es la reivindicación del poder efectivo para el soviet como única forma concreta en la que se intentó, según el concepto marxista, el establecimiento del proletariado como clase dominante. Volveremos sobre el aspecto teórico de la cuestión. En lo que respecta al asunto de Kronstadt, debemos subrayar por ahora la contradicción contenida en el concepto bolchevique. El argumento esencial del leninismo contra la soberanía política del soviet es el siguiente: este organismo puede verse influido por fuerzas políticas conciliadoras, o incluso contrarrevolucionarias. Para que se aplicara válidamente al caso Kronstadt, este argumento debería haberse verificado mediante la existencia real de dicha fuerza contrarrevolucionaria; lo cual nunca se hizo. Los partidos antibolcheviques acogieron favorablemente la reivindicación de Kronstadt en la medida en que, bajo la forma de democracia obrera directa, se ajustaba, bien a su propia ideología (caso de los anarquistas), bien a su esperanza de un retorno legal a la escena política (caso de los socialistas-revolucionarios). Ida Mett aporta testimonios concordantes que demuestran que este encuentro entre las posiciones de Kronstadt y las de los partidos antibolcheviques fue puramente espontáneo[9] . Estos partidos no estaban en absoluto implantados en la fortaleza; aunque hubieran querido, ni los anarquistas ni los socialistas-revolucionarios habrían tenido la fuerza y los medios materiales para dirigir el movimiento; en cuanto a los mencheviques, partidarios de una oposición legal a los bolcheviques, se negaban a esperar que esta se produjera mediante una lucha violenta contra estos últimos.

La reivindicación de Kronstadt, en lo que respecta a la posibilidad, reclamada por los campesinos de la región, de criar ganado e intercambiar localmente sus productos, no basta para conferir a esta reivindicación el carácter «pequeñoburgués» que le atribuyeron los bolcheviques; se trata únicamente de medidas de emergencia, destinadas a reducir en parte la hambruna, y que no difieren sustancialmente de las que adoptarán los propios bolcheviques durante la NEP. Nos vemos, pues, obligados a admitir que, si Kronstadt fue una «contrarrevolución», esta fue obra de varias decenas de miles de hombres reclutados entre las fuerzas sociales que constituyeron el apoyo más característico de la Revolución de Octubre y de su lucha contra la ofensiva blanca. Si tales fuerzas, cuando se levantan tanto contra las condiciones materiales impuestas a la población como contra el clima de humillación y grosería social en el que se le imponen, solo son capaces de constituir «el trampolín, », «la pasarela» de la contrarrevolución; y si la política del partido en el poder en estas circunstancias se teoriza y se santifica como principio, habría que concluir que la erección del proletariado en clase dominante, según el concepto marxista, es una expresión vacía que disimula la realización ciega de la dinámica específica del Capital.

ESTRATEGIA DE LA CONTRARREVOLUCIÓN… Y ESTRATEGIA DEL CAPITAL

La intervención de Lenin sobre Kronstadt en el X Congreso del Partido Comunista Ruso retomará, en su parte polémica y virulenta, la tesis de la «conspiración de la Guardia Blanca»; pero su argumento teórico de fondo —basado en los precedentes verificados en la propia Rusia— es el de la incapacidad de la «democracia proletaria» para ser otra cosa que una vía de paso de la contrarrevolución anarquista, socialrevolucionaria y menchevique, que no podían desempeñar otro papel, y Kronstadt, al abrirles las puertas del Soviet, era, conscientemente o no, su cómplice.

Es cierto que ante la aparición de disturbios sociales en la Rusia de 1921, la burguesía de la Entente se regocijó y amplificó su importancia mediante una propagación sin precedentes de noticias falsas. Que el capitalismo occidental, en aquella época, no renunciara a la esperanza de un colapso interno de la Rusia soviética, tampoco es discutible. Sería por otra parte inútil volver sobre las causas efectivas que, en esas condiciones, provocaron en el movimiento obrero europeo un apoyo casi general a la política represiva de los bolcheviques contra Kronstadt[10] . Pero la perspectiva de 50 años, si bien no ha aclarado en absoluto las «circunstancias oscuras»[11] de la insurrección de la fortaleza báltica, permite sin embargo situar las consideraciones de la época en su justa medida. A favor o en contra de Kronstadt la revolución  salió perdiendo por todos los frentes y, si el acontecimiento merece ser reexaminado, es por el espantoso precedente que supone para la ideología leninista (veremos que, en la etapa actual de la caricatura sectaria, la megalomanía de los revolucionarios de salón se deleita con ello a posteriori).

Los violentos ataques de los discursos bolcheviques contra los kronstadianos y sus partidarios reales o supuestos nunca invocan hechos concretos sobre lo que habría representado la insurrección. Estos ataques citan abundantemente, como pruebas del «complot de la guardia blanca», la prensa de la Entente y en particular los periódicos franceses. Es decir, la tesis bolchevique basa sus argumentos en las declaraciones de un declarado adversario de la Rusia soviética. Este adversario es la burguesía europea, aquella que apostó, de forma anacrónica, por la posibilidad de la restauración de la vieja Rusia; aquella que pagó a Wrangel, Denikin, Kolchak y cuya clarividencia política está a la altura de la codicia de los ahorros arruinados por el colapso de los fondos rusos.

El camino de la salvaguarda y el desarrollo del Capital, en cuanto relación social en expansión, no siempre coincide con el que sigue la burguesía como clase dominante. Más exactamente, esta no descubre «el buen camino» del Capital, en la mayoría de los casos, sino cuando sus adversarios sociales — los declarados— se lo proporcionan ellos mismos. En 1921, el Capital europeo sigue apostando por la ruina de la Rusia soviética, cuando es precisamente al rescate de esta —como centro monstruoso de reconstitución del Capital— a lo que este último deberá su propia salvación. En cambio, ciertos sectores del capitalismo estadounidense ya presienten este posible desenlace de la crisis latente del capitalismo mundial: Lenin, en el X Congreso del PCR, dará cuenta de la campaña de desprestigio de los periódicos de la Entente.

El alcance objetivamente «contrarrevolucionario» de la insurrección de Kronstadt no se inscribe por tanto en la hipótesis más favorable a la apreciación leninista, la de una única vía de la contrarrevolución: aquella que pronto será abandonada por el capitalismo internacional. Por el contrario, la ideología, los métodos y el condicionamiento de las masas sociales, en la lucha librada por los bolcheviques contra Kronstadt, contribuyen a crear las condiciones para el triunfo total e irreversible del capital en Rusia. Cuando la contrarrevolución domina, su esencia más eficaz no debe buscarse en la superficie de las luchas políticas y los enfrentamientos entre programas inmediatos, sino en el contenido de su acción sobre la psicología social, el instinto gregario de los individuos, los «valores» que se incrustan, etc. Frente a este condicionamiento, interrumpido brevemente solo por el trueno de Octubre e indispensable para la dominación total de la forma capitalista, Kronstadt representa —bajo una luz utópica, mistificada e incluso anacrónica— la última resistencia visible de toda una población que, en esa fecha, aún no se había sometido a la domesticación capitalista.

De manera fulgurante, medio siglo antes de la revelación indiscutible del contenido económico-social instaurado por la Revolución de Octubre, Kronstadt exterioriza, a pesar de todas sus aberraciones, la incompatibilidad absoluta entre el hecho revolucionario y la pretensión de someterlo, durante décadas, a una acumulación de capital.

EL X CONGRESO DEL PC RUSO

El estudio de los debates de este Congreso, que aquí solo puede esbozarse, aclara lo esencial de lo que los bolcheviques estalinizados llamarán más tarde «leninismo». No se trata tanto de la doctrina y las posiciones de Lenin consideradas en sí mismas, sino del contenido que revelan cuando se enfrentan a una situación de retroceso en todos los frentes.

En las dramáticas circunstancias de la primavera de 1921, el punto de vista de Lenin depende de las soluciones efectivas que, según él, se imponen objetivamente o que, en cualquier caso, son las únicas que puede concebir. Este punto de vista pone de manifiesto la prioridad concedida incondicionalmente al aspecto técnico-administrativo de la gestión de la economía rusa en un contexto precario dominado por un único imperativo estatal y militar: conservar el poder.

Ya desde el discurso de apertura Lenin estigmatiza «el lujo de las discusiones y los debates» que se ha permitido el partido bolchevique, ofreciendo así el espectáculo de sus disensiones que alientan a la contrarrevolución: habrá que desterrar, subraya, «el más mínimo rastro de espíritu fraccionalista»[12] .

Lenin desarrolla su ataque al presentar el informe de actividades del Comité Central. El PC ruso, obligado desde 1918 a dar prioridad a las tareas militares sobre las de «la construcción económica», además de haber cometido un error estratégico en la guerra contra Polonia, ha aumentado en exceso las raciones alimentarias y las distribuciones de combustible, en lugar de almacenar en previsión de períodos más duros que efectivamente se han producido con las malas cosechas y las dificultades debidas a la desmovilización[13] .

Lenin atribuye esta falta de previsión al tiempo perdido en el debate sobre los sindicatos, «un lujo abusivo», «inadmisible», que puso en primer plano «un problema que, dadas las condiciones objetivas, no podía estar ahí»[14] . Pero este error resultó útil para el partido; se percató de la existencia en su seno de una «desviación claramente sindicalista».

Para desentrañar la línea seguida por Lenin en su informe hay que tener en cuenta la lucha de tendencias que se perfila tanto en el movimiento comunista internacional como en el partido ruso. En ella se manifiestan desajustes desconcertantes y opciones contradictorias entre partidarios y adversarios de «soluciones» determinadas, que a menudo cambian de papel o solo adoptan un único punto de las tesis defendidas.

Es evidente, sin embargo, que la imprecisa «tendencia radical» tanto en el partido ruso como en la Internacional Comunista siente que la posición revolucionaria pierde sus escasos puntos de apoyo material en Rusia a medida que el poder bolchevique va haciendo concesiones, tanto al pequeño capitalista interno como al gran capital internacional. En la Izquierda alemana, que ve un peligro contrarrevolucionario en la política de la NEP (véase Gorter y Pannekoek), se hacen eco, como demuestran otras intervenciones de Lenin en el X Congreso, de objeciones del mismo orden que se le plantean a este último en el seno mismo del partido ruso.

Ahora bien, la línea de Lenin es la defensa acérrima de esas concesiones que considera inevitables; cuestión que no está de más discutir aquí, pero respecto a la cual resulta, en cambio, instructivo, para desmitificar el mito interno del PCI, subrayar los métodos que Lenin emplea en ella.

LA VALORACIÓN DE LA INSURRECCIÓN DE KRONSTADT

Es sobre este tema donde Lenin lanza su ataque más violento: detrás de esta insurrección, dice, «se han vislumbrado los generales blancos que tan bien conocemos». No duda de que Kronstadt, en breve, será aplastada; pero quiere extraer la lección. Lo que nos interesa aquí es precisamente el contenido de esa lección, no por lo que implica en cuanto a concesiones inevitables que hay que hacer al campesinado y al pequeño comercio, sino desde el punto de vista de la actitud hacia el fenómeno «izquierdista»; actitud que se impondrá en toda la Internacional, incluida la Izquierda italiana. Poco nos importa, de hecho, la convicción íntima que Lenin, desde lo alto de lo que más tarde llamará «un ejército de funcionarios animados por un espíritu de suboficiales zaristas», se forjó a partir del acontecimiento de Kronstadt. No se trata —debemos repetirlo— de emitir un «juicio histórico» sobre el político Lenin, sino de analizar sin miramientos la ideología a través de la cual se ha perpetuado su memoria.

Frente a lo que la perspectiva histórica nos permite considerar como uno de los últimos esfuerzos, desesperados y vanos, por salvar la llama de la Revolución de Octubre, toda la argumentación de Lenin se encadena y… se desata. En Kronstadt, dice Lenin, «el poder político que ostentaban los bolcheviques ha pasado a manos de un conglomerado mal definido o de una asociación de elementos dispares (…) Al mismo tiempo (…) los generales blancos han desempeñado un papel importante. Esto está plenamente demostrado (…) Es absolutamente evidente que se trata de una obra de los socialistas-revolucionarios y de los guardias blancos del extranjero, y, por otra parte, el movimiento ha desembocado en una contrarrevolución pequeñoburguesa y en un movimiento anarquista pequeñoburgués»[15] .

Para salvar la imagen del PC ruso como partido del proletariado, Lenin se ve obligado a silenciar la gran huelga obrera de Petrogrado, contemporánea a la insurrección de Kronstadt, que fue sancionada por el estado de sitio de dicha ciudad, y a imputar esta insurrección a los «elementos sin partido que sirvieron de escalón, de gradas, de pasarela para los guardias blancos »[16] .

A lo largo de sus intervenciones en el X Congreso, Lenin desarrolla la siguiente síntesis de los acontecimientos del momento: solo los elementos marginados y los pequeños burgueses anarquistas pueden levantarse contra el Estado bolchevique, y aquellos que, en el mismo momento de esta revuelta, proponen un «programa» destinado a devolver la primacía al elemento proletario en el partido y en el Estado, son «prácticamente» contrarrevolucionarios, ya que actúan así mientras se manifiesta «un gran descontento campesino en un país predominantemente rural» y la contrarrevolución se ve alentada por todas las disensiones entre los bolcheviques.

Aunque Lenin se defiende de la acusación de intimidar y aterrorizar a los miembros del partido invocando los riesgos de «derrocamiento de la dictadura proletaria»[17], ese es sin embargo su argumento central, y se refiere a él con una violencia cada vez mayor: «La burguesía —dice en su informe del 8 de marzo— busca enfrentar a los campesinos contra los obreros (…) busca enfrentar contra estos últimos a los elementos pequeñoburgueses bajo el pretexto de consignas obreras, lo que provocará directamente la caída del proletariado y la restauración del capitalismo» (p. 192). Es cierto, reconoce Lenin por otra parte, que el sistema soviético debe curarse de su burocratismo; sin embargo, a menudo «quienes combaten este mal quieren, a veces incluso sinceramente, ayudar al partido proletario, a la dictadura proletaria (…) pero, en realidad, (ellos) favorecen a los elementos anarquistas pequeñoburgueses que, en el curso de la revolución, se han revelado en varias ocasiones como los enemigos más peligrosos de la dictadura del proletariado» (p. 198-199).

LA OPCIÓN BÁSICA DE LA «LÍNEA LENINISTA»

El 9 de marzo Lenin expone la «Conclusión sobre el informe de actividad del C.C.». Aunque la lectura de sus discursos, al no poder consultar el acta taquigráfica del Congreso, solo ofrece una idea incompleta del debate, en los textos reproducidos en el tomo 32 de sus obras se encuentran las huellas de las principales fases de la ofensiva contra la «Oposición Obrera» que Lenin lleva a cabo con ayuda de un variado arsenal oratorio: burlas y cínicas advertencias, amenazas ni siquiera veladas y concesiones de forma y de amor propio. Su intervención, en este segundo día del Congreso, se dedica principalmente a una advertencia imperativa a sus detractores.

Pero como Lenin persigue simultáneamente dos objetivos que quiere vincular estrechamente —la política de concesiones al capital extranjero, la sustitución del impuesto en especie por las requisiciones forzadas—, el peligro contrarrevolucionario de los anarquistas pequeñoburgueses y la «complicidad objetiva» de la Oposición Obrera con respecto a estos últimos se evocan generalmente de forma casi conjunta. Se trata en efecto, por un lado, de hacer aceptar los compromisos con el capitalismo interno y externo y, por otro de descartar toda oposición, por insignificante que sea y aunque solo sea a nivel de las estructuras, que pueda suponer para el partido un obstáculo cualquiera para la consumación de la expulsión política de las clases asalariadas.

El segundo objetivo es el más importante desde el punto de vista que nos ocupa: su consecución consagrará, en la organización comunista, el sofocamiento del último y ya burocrático punto de apoyo del elemento proletario. No razonaremos a la manera del PCI, es decir, en términos de plausibilidad y validez de los «programas» que se enfrentan en el X Congreso; diremos lo que significa la lucha contra la Oposición Obrera en relación con el movimiento internacional desencadenado por la Revolución de Octubre. Desde esta perspectiva, no se trata simplemente de inclinarse, retrospectivamente, ante las exigencias de la época, determinadas por la situación de la economía rusa, el cambio en la relación de fuerzas interna y externa, etc. Hay que ver que, en estas circunstancias, la «forma de partido» desempeña un papel exactamente opuesto al que le asigna la concepción clásica. En el conjunto de influencias de todo tipo que determinará todo el curso histórico posterior, este papel es decisivo. Dispone de la enorme fuerza material del Estado ruso, del poder aún más considerable que le confiere, a los ojos del proletariado mundial, el prestigio de la Internacional Comunista; multiplica y dogmatiza las decisiones de un centro dirigente que, aún más claramente a partir de ese momento, solo obedece a imperativos políticos e ideológicos estrictamente determinados por un proceso de reconstrucción de las relaciones sociales capitalistas.

Toda crítica útil de estos acontecimientos se basa en la hipótesis de «rupturas» teóricamente posibles en el curso de reflujo del movimiento revolucionario; rupturas que importa menos apreciar en función de una representación retroactiva de sus condiciones de surgimiento y formulación, que identificar, en todo su aspecto oculto y/o subterráneo, como «momentos sacrificados» en el corazón del proceso histórico tal y como se ha verificado efectivamente. Desde este punto de vista, la Oposición Obrera es la manifestación incoherente y autoengañosa de uno de los últimos momentos de resistencia de toda la sociedad rusa ante el establecimiento de las condiciones de desarrollo del Capital en el ámbito eslavo.

No es pues inútil subrayar de paso lo que revelan los debates del X Congreso: salvo esas irrisorias «oposiciones» (llamadas «obreras» o de «centralismo democrático»), toda la organización bolchevique está dispuesta a seguir a Lenin sin siquiera poder discutir seriamente, para bien o para mal, sus posiciones. Es el propio Lenin quien lo reconoce: «Si el congreso ha zanjado tan rápidamente estos debates, ¿no es acaso porque se han dicho cosas increíblemente vacías, y porque los representantes de la “oposición obrera” han sido casi los únicos en intervenir?»[18] .

Lenin, por su parte, formula una tesis «increíblemente» densa y cargada de consecuencias, que lanza contra sus detractores para provocarlos, literalmente, a tomar una decisión ante esta única alternativa: a favor o en contra de Kronstadt[19]. Se defiende de haber «eludido» esta última cuestión, como le reprochó Kollontai. Efectivamente, es sobre el asunto de Kronstadt donde basa su ataque al lanzar la acusación, acusación a la que le sorprende que la Oposición Obrera no haya respondido: «Afirmo que existe un vínculo entre las ideas, las consignas de esta contrarrevolución pequeñoburguesa anarquista y las consignas de la Oposición Obrera»[20] .

Habiéndose negado la Oposición Obrera a entrar en ese terreno, donde es seguro, en el contexto del Congreso, que no solo será derrotada, sino también despreciada y abucheada, Lenin la lleva él mismo allí citando un folleto de Kollontai del que hace una crítica. Concluye con esta acusación de una violencia inaudita y que, solo por ello, merecería figurar en una antología del verdadero leninismo:

«…Habéis venido al Congreso del partido con el folleto de Kollontai, con un folleto que lleva la inscripción “Oposición Obrera”. Cuando entregasteis las últimas pruebas estabais al corriente de los acontecimientos de Kronstadt y de la contrarrevolución pequeñoburguesa que se avecinaba. ¡Y es en ese momento cuando venís con el título de “Oposición Obrera”! ¡No comprenden la responsabilidad que asumen, ni cómo violan la unidad! ¿En nombre de qué? Les interrogaremos, les haremos pasar aquí un examen (…) Si hay algo sano [en la Oposición Obrera, nota del editor] es indispensable dedicar todas nuestras fuerzas a separar los elementos sanos de los malsanos» (Debemos luchar contra la burocracia) «cualquiera que pueda ayudarnos en ello debe ser invitado; cualquiera que, con el pretexto de ayudarnos, nos traiga folletos similares, debe ser desenmascarado y apartado»[21].

Los métodos son inseparables de los objetivos. Este objetivo, desde la perspectiva bolchevique de 1921, es un capitalismo moderno, ni «asiático» ni «colonial», cuya realización exige que se dé provisionalmente rienda suelta a la pequeña producción y que se mantengan bien sujetas las riendas del proletariado industrial. En la construcción teórica que reivindica todo lo de Lenin, este «paso obligatorio» por el desarrollo del Capital, justificado desde un punto de vista de principios, justifica a su vez los métodos represivos de Lenin dentro del partido. Ahora bien, esos mismos métodos constituyen síntomas que, ya en aquella época, revelaban una imposibilidad que se confirmaría posteriormente: la imposibilidad de mantener intactas, sobre esa base, las condiciones políticas e ideológicas indispensables para que la revolución europea tomara el relevo de la revolución rusa, que se estaba agotando.

Para acabar con la Oposición Obrera, Lenin, en el X Congreso, combina la burla, la amenaza y el regateo «organizativo»: rasgos todos ellos que el estalinismo explotará en su tarea de degradación social y política del proletariado mundial.

Lenin, tras haber concedido a la Oposición Obrera un pequeño espacio en el Presidium para poder ridiculizarla —«ahora ya no tendrán que suplicar ni quejarse esos “pobres pequeños”, esos “ofendidos”, esos “exiliados”» (p. 205)—, dirige a sus detractores esta advertencia:

«…Habéis hablado más que nadie (…) ¡Veamos ahora qué nos ofrecéis en un momento en que se avecina un peligro que vosotros mismos reconocéis más grave que Denikin! ¿Qué nos ofrecéis? ¿Qué críticas formuláis? Este examen debe tener lugar ahora, y creo que será definitivo. ¡Ya basta, no se puede seguir jugando aquí con el partido! Quien se presente al congreso con un folleto así se burla del congreso. No se puede llevar a cabo tal juego en un momento como este, en el que cientos de miles de elementos desmoralizados destruyen y arruinan la economía; no se puede comportarse así con el partido, no se puede actuar así. ¡Hay que tomar conciencia de ello, hay que ponerle fin!» (p. 205).

La táctica de Lenin es clara: se trata de encerrar a la Oposición Obrera en el callejón sin salida en el que el PC ruso, como gestor y gendarme de una economía al servicio del capital, se ha encerrado a sí mismo. Discutir la Oposición Obrera en función de su «programa» es caer, aún hoy, en ese juego, es decir, ocultarse la dirección en la que los bolcheviques, y tras ellos toda la Internacional Comunista se habían comprometido irreversiblemente en aquella época.

El «programa» de la Oposición Obrera no presenta ningún interés; pero es un grito de alarma sobre la situación del proletariado ruso que, despojado de todo, ni siquiera tiene la posibilidad que tuvo cualquier proletariado en los momentos más oscuros de su historia: resistir a los instrumentos más inmediatos de su opresión sin ser combatido por «su» partido.

Lenin, como hemos visto, niega el título de «proletarios» a aquellos de quienes la Oposición Obrera quiere ser portavoz. Para él, solo están en juego los «elementos anarquistas», los «obreros sin partido». Niega, por tanto, a la fuerza de trabajo asalariada, bajo la «dictadura del proletariado», el único vínculo que le queda con su ser inmediato, su miseria humana. Dice que las reivindicaciones de Kronstadt son pequeñoburguesas. Lo son efectivamente en la forma, mientras que las de los campesinos lo son también en el contenido. Lenin satisface las de los campesinos y solo conoce la ametralladora como respuesta a las de los obreros. Lenin exterioriza la voz del Capital contra el último estallido violento del proletariado. A pesar de todos los razonamientos más sutiles, esta tarea permanecerá indeleble en toda teorización de la línea bolchevique.

La Oposición Obrera es la última manifestación, casi simbólica, del factor proletario que subsiste en el partido bolchevique en forma de una microtendencia reformista respecto a la burocracia estatal. Pero como tal, este factor será eliminado del X Congreso. «Hemos dedicado bastante tiempo a debatir —declara Lenin—, y debo decir que, ahora, es mucho mejor “discutir con las armas” que con las tesis presentadas por la Oposición. Ya no hace falta oposición, camaradas, ¡no es el momento! (…) Y creo que el congreso deberá llegar a esta conclusión, deberá concluir que la oposición, en este momento, ha terminado, y ha terminado de verdad; ¡ya estamos hartos de oposiciones!» (p. 209)

Habiendo declarado la Oposición Obrera en su folleto que no quiere ni escindirse ni hacer concesiones, aunque sea derrotada en el congreso, Lenin responde que tiene la certeza de que «¡el congreso no tolerará eso!». «Todos los que quieran ayudar son bienvenidos —añade—, en cuanto a los que dicen que no harán concesiones y salvarán al partido permaneciendo en él, les respondemos: sí, ¡pero a condición de que dejen que os quedéis!». (Aplausos)

Y aún más: «Todo lo que hay de sano y proletario en la Oposición Obrera se unirá al partido; los autores de discursos sindicalistas, la gente “animada por la conciencia de clase”[22] , se quedarán fuera» (p. 210).

Antes de pasar a los textos aprobados al término del X Congreso, hay que destacar cómo la lucha de Lenin se funde con el espíritu del II Congreso de la Internacional Comunista. Lenin evoca la resolución aprobada por dicho Congreso sobre el papel del partido comunista «y que une a los obreros comunistas, a los partidos comunistas de todo el mundo». Las tesis de la Oposición Obrera rompen frontalmente con esta resolución, por lo que para Lenin son «un fruto de la ideología pequeñoburguesa», «del sindicalismo» (p. 207). Rechazando la acusación que se hace a los bolcheviques de separar el partido de la clase obrera, dice: «Buscamos y nos complace acoger a cualquier administrador medianamente competente procedente de la clase obrera (…) pues si el partido no confía en la clase obrera, no deja que los obreros accedan a altos cargos, abajo ese partido…» (p. 214).

Así, las virulentas palabras de Lenin en el X Congreso del PCR traducen finalmente, desde el punto de vista de la idea, si no del rigor de la formulación, el diagnóstico de Pannekoek tras el segundo congreso de la I.C.: la alianza contrarrevolucionaria de «dos burocracias obreras», la del Este y la del Oeste. En el interior, los bolcheviques reclutan a obreros para convertirlos en administradores de un capital aún por desarrollar; en el exterior, pactan con los partidos centristas, es decir, los viveros de administradores para un capital sobredesarrollado.

El X Congreso del PCR concluirá con una liquidación radical pero con las formas debidas de la Oposición Obrera. «El anteproyecto de resolución sobre la unidad del partido» contiene referencias a la «democracia» y al «espíritu de iniciativa». El texto subraya la necesidad de «la unidad, la cohesión y la confianza entre los miembros», pero constata la existencia de un «cierto espíritu fraccional», «perjudicial e inadmisible» porque la contrarrevolución lo explota, gracias a los «enemigos que se infiltran en el partido gubernamental» (prueba de ello son los acontecimientos de Kronstadt: «Los guardias blancos quieren y saben camuflarse como comunistas», pp. 252-253). Para respaldar su decisión de no tolerar ninguna organización fraccional, el documento invoca la experiencia de las revoluciones anteriores, ya que la contrarrevolución siempre ha apoyado a «la oposición más cercana al partido revolucionario extremo» (p. 254). El texto exige la disolución inmediata, bajo pena de expulsión, de la Oposición Obrera y la posibilidad de que el C.C. proceda a expulsiones como sanción por la actividad fraccional.

«El anteproyecto de resolución sobre la desviación sindicalista y anarquista en el partido» reclama «la lucha ideológica más decidida» contra esta desviación, «la depuración y el saneamiento del partido» (punto 1); siendo la intrusión anarcosindicalista provocada por la entrada en el partido de «antiguos mencheviques», de obreros y campesinos aún no formados en el comunismo y, sobre todo, por la influencia del elemento pequeñoburgués «excepcionalmente poderoso en Rusia»[23] .

La Oposición Obrera, dice el anteproyecto, es la expresión «más completa y clara de esta desviación», con su tesis del «congreso de productores» en contradicción formal con las enseñanzas del marxismo (punto 3, p. 257).

El texto denuncia el error de la Oposición Obrera que, en apoyo de la tesis anterior, invoca el punto 5 del programa del partido, según el cual «los sindicatos deben lograr concentrar efectivamente en sus manos toda la dirección de la economía nacional». Este último objetivo, según el anteproyecto, no puede alcanzarse hasta que los sindicatos soviéticos engloben a la mayoría de los trabajadores. La Oposición Obrera, dice el texto, al lanzar la consigna inmediata de «uno o varios congresos de productores», «eligiendo» organismos encargados de dirigir la economía nacional, elimina «el papel dirigente, educador y organizador del partido en el seno de los sindicatos del proletariado, y de este último en las masas trabajadoras semi pequeñoburguesas o francamente pequeñoburguesas…». «En lugar de continuar y corregir el trabajo práctico ya iniciado por el poder de los soviets con vistas a crear nuevas formas de economía, se llega a la destrucción anarquista pequeñoburguesa de ese trabajo, lo que no puede sino conducir al triunfo de la contrarrevolución pequeñoburguesa» (punto 4, p. 258).

En el punto 5 del anteproyecto, las «ideas de la Oposición Obrera» se definen como «expresión práctica de las vacilaciones pequeñoburguesas y anarquistas» que «ayudan en la práctica a los enemigos de clase de la revolución proletaria»; por lo que hay que emprender contra estas ideas «una lucha ideológica, incansable y metódica», y reconocer «que la propaganda de estas ideas es incompatible con la pertenencia al PC ruso».

Cabe destacar el interés, aún actual, de las últimas frases del punto 4. Al igual que Lenin, cuya convicción se basa en la posibilidad de un desarrollo capitalista controlado por la dictadura del partido bolchevique, la Izquierda italiana (y de forma aún más acentuada el PCI) sostiene esta tesis mediante la crítica de «programas» del tipo de los de la Oposición Obrera. Sin embargo, entre este programa y el de los bolcheviques no hay diferencia alguna en cuanto a la actitud global frente a la dinámica del capital. Ahora bien, es precisamente contra esta dinámica contra la que se levantan, en Petrogrado y en Kronstadt, categorías sociales tan «dispares» como se quiera, pero que sienten profundamente, a través de sus sufrimientos y humillaciones, el desvanecimiento definitivo de las esperanzas suscitadas por la Revolución de Octubre. El «trabajo práctico» de los sindicatos, tal y como lo evoca Lenin, el «papel educativo» del poder soviético ante las masas semi pequeñoburguesas, consiste en someterlas a la disciplina del Capital. Esto es lo que Lenin calla o ignora y lo que disimula tras la diatriba contra la Oposición Obrera. Esta, al igual que todos los demás productos de los fenómenos fraccionales en el partido ruso, no hace más que trasladar este conflicto en términos de un reformismo imposible respecto al poder y al partido. Pero también representa la afirmación involuntaria de que, en el plano inmediato, no se puede transigir con el movimiento del capital al tiempo que se pretende salvaguardar la fuerza revolucionaria del proletariado y, en un plano teórico general, de que es imposible cualquier «tramo de camino» común entre la destrucción del capital y la contribución a las condiciones de su desarrollo.

En la conclusión del debate sobre los dos informes del congreso (Sobre la unidad del partido y Sobre la desviación anarcosindicalista), Lenin explica que el punto 7 de la resolución sobre la unidad no se publicará, expresando la esperanza de que no haya motivo para aplicarlo. Se trataba de la facultad concedida al Comité Central (por mayoría de dos tercios) de proceder a la expulsión de cualquier miembro del partido que no respetara las tesis del congreso. Al señalar Shliapnikov que el C.C. no necesitaba esa arma para proceder a la expulsión, Lenin le respondió que, según los estatutos, el C.C. no tenía ese derecho. El aplazamiento de esta disposición (que sin embargo entrará en vigor en 1924) forma parte de las «consolaciones» que Lenin concede a la Oposición Obrera: promesa de una mayor «democracia interna», invitación a los estudios teóricos, rechazo de la dimisión de Shliapnikov del Presidium (p. 260).

Tras volver sobre el fondo de la «desviación» (es decir, la fórmula del «congreso de productores»), Lenin evoca la necesidad de plantear el problema a escala internacional: «La desviación que nos ocupa actualmente es la misma que la desviación anarquista del PC alemán contra la que se manifestó claramente la lucha en el anterior congreso de la IC» (p. 260).

Así se confirma el alcance general de la ofensiva llevada a cabo por el X Congreso: se trata de una lucha librada también a escala internacional, de una bolchevización del movimiento comunista, más profunda porque es ideológica, que la que se producirá oficialmente tres años más tarde.

—oOo—

[1] Ida Mett, «La comuna de Kronstadt», ed. Spartacus, pp. 24-26 [en español publicado por Espartaco Internacional aquí, Nota de Barbaria]. La reorganización del ejército por parte de Trotsky (jefes nombrados y no elegidos; restablecimiento del uso de las charreteras; «especialistas» procedentes de los antiguos cuerpos zaristas, etc.) influyó naturalmente en gran medida en la reacción de los marineros. Hablar a este respecto de «mentalidad anarquista» no aporta mucha luz. La acción revolucionaria de octubre de 1917 quedó, por la fuerza de las circunstancias, confinada al terreno militar: la lucha contra la contrarrevolución blanca. En este ámbito, la introducción de «medidas comunistas» es necesariamente limitada; las que Trotsky, por razones de eficacia ofensiva del ejército (véase su libro «Mi vida»), abolió constituyen el único punto tangible de esta introducción; por lo tanto, el único punto inmediato del carácter revolucionario tangible de una guerra.

[2] Una idea de las raciones alimentarias en Petrogrado en aquella época: 800 gramos de pan negro por obrero y día para la industria de trabajo continuo; 600 gramos para las tropas de choque; 200 gramos para los demás (I.M., p. 28).

[3] Decreto del 24 de agosto, I.M., pp. 29-30.

[4] Ida Mett, pp. 30-33.

[5] Ibíd., p. 37.

[6] Ida Mett ve la prueba de ello en el hecho de que Kronstadt no rompió el hielo en una amplia extensión alrededor de sus fuertes.

[7] El episodio de Kronstadt reproduce horrores dignos del frente de Verdún: «según testigos oculares, los soldados que se disponían a rendirse eran abatidos a tiros de ametralladora por el Ejército Rojo antes de llegar a la zona de fuego» (véase Ida Mett, p. 53).

[8] Delegados del X Congreso del PCR, entre ellos Voroshilov y Piatakov, acudieron a luchar bajo las murallas de Kronstadt. Por otra parte, el Soviet de Petrogrado había detenido como rehenes a familias residentes en esa ciudad que tenían parientes entre los soldados y marineros de Kronstadt. El 7 de marzo, el Comité Revolucionario Provisional de la fortaleza exigió su puesta en libertad, afirmando que se negaba a tomar represalias recíprocas (Ida Mett, p. 42).

[9] En particular, el hecho de que el Comité Revolucionario Provisional rechazara la oferta de los SR de derecha emigrados (Chernov, que proponía «ayuda», sin precisiones, a Kronstadt), que los anarquistas de Petrogrado lanzaran un llamamiento al Comité de Defensa (bolchevique) de esa ciudad, invitándole «a resolver la controversia por vías pacíficas», etc.

[10] Tal fue el caso de los anarquistas italianos.

[11] Expresión de Bordiga.

[12] Obras, tomo 32, Éditions Sociales, París 1962.

[13] Ibid., pp. 177-181.

[14] Ibid., p. 184. El debate sobre los sindicatos enfrentaba a Lenin con Trotsky (y, en menor medida, con Bujarin) en cuanto a las modalidades que permitieran a estos organismos cumplir su papel en la «construcción económica» (la opinión de Lenin figura en diversos textos que ocupan el primer tercio de las Obras, tomo 32). Trotsky pretendía «sacudir» y «activar» el aparato sindical bolchevique para que participara más eficazmente en el esfuerzo productivo; Lenin temía que ello provocara una ruptura entre el PC y la clase obrera. A través de las rivalidades, a menudo encarnizadas, entre las instancias burocráticas del «aparato», resulta difícil definir los contornos del debate. Sin embargo, parece que la posición de Trotsky tenía el defecto, a ojos de Lenin, de ser demasiado coherente con el objetivo productivista asignado a los

sindicatos rusos, por lo que resultaba peligrosa para el mito del «proletariado en el poder» a través de «su» partido, «su» Estado. Al aludir a los «problemas» que las «condiciones objetivas» no permitían plantear, parece claro que Lenin establece un vínculo entre la concepción de Trotsky y la de la «Oposición Obrera» gracias a su base ideológica común (y aunque persiguieran un objetivo totalmente opuesto); la promoción, al frente de la economía, de organismos de «productores». Esto sería, pues, un buen ejemplo de la casuística leninista que pasaría por alto el hecho de que, en la concepción de Trotsky, estos organismos tienen por objetivo intensificar el esfuerzo productivo, y por tanto la opresión de la fuerza de trabajo, mientras que en la concepción de la «Oposición Obrera», se trata de un medio —por otra parte ilusorio— para reducir dicha opresión.

[15] Obra citada, subrayado por nosotros.

[16] Ibid., subrayado por nosotros, p. 191.

[17] Ibid., subrayado por nosotros, p. 185.

[18] Ibid., p. 200, subrayado por nosotros.

[19] Radek jugará la misma partida contra Gorter en el tercer congreso de la IC, véase más adelante.

[20] p. 202, subrayado por nosotros.

[21] p. 204.

[22] Expresión tomada del folleto de Kollontai y reivindicada por los miembros de la Oposición Obrera.

[23] Lenin no parece inquietarse por el hecho de que más adelante equipara esta desviación con la del KAPD en Alemania, país en el que «el elemento dominante» dista mucho de ser «pequeñoburgués».

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