Literatura y revolución (primera parte, siglo XIX)
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ÍNDICE
- Algunas notas sobre el contexto histórico: entre la revolución burguesa y la proletaria
- Familias políticas de la contrarrevolución burguesa
- Reacciones literarias
- Volviendo la mirada a la Gran revolución
- Víctor Hugo: un escritor recorre el siglo
- Flaubert: Mme. Contrarrevolución c’est moi
- El affaire Zola
- Vallès, el insurrecto
- Rimbaud, éclair proletario
- Coda
- Referencias literarias
Este texto pretende rastrear cómo los escritores franceses del siglo XIX percibieron y reaccionaron ante los principales movimientos revolucionarios de su época, desde la revolución de 1789, pasando por las revoluciones de 1848, a la Comuna de París, la primera experiencia histórica de lo que supone la dictadura del proletariado, en la que nos detendremos con más detalle. Para entender todo este periodo contamos con tres textos fundamentales de Marx que van a sobrevolar constantemente este trabajo: La lucha de clases en Francia y El 18 Brumario de Luis Bonaparte, para el periodo de la revolución y contrarrevolución de 1848 y La guerra civil en Francia, para la Comuna de París de 1871.
Nos parece que en este lapso, la literatura francesa es la más paradigmática de las literaturas europeas; es decir, la que mejor expresa el antagonismo social de la lucha de clases en un sentido político y por eso nos centraremos en ella. También nos parece que será en el momento revolucionario, que acelera el tiempo histórico, cuando mejor se exprese esa tensión entre vida cotidiana y posible cambio de un modo de producción y queremos ver cómo los escritores se manejan con esa ruptura de la continuidad histórica.
Por último, frente al aluvión de material no literario -cartas, artículos, memorias, diarios, libros de recuerdos, etc.- que recreó de forma directa los acontecimientos revolucionarios, nos vamos a circunscribir a las obras de ficción[1] -corpus mucho más manejable- de un puñado de escritores (Balzac, Hugo, Flaubert, Zola, Rimbaud…) que en su mayoría ha dejado su nombre impreso con letras de molde en Historia de la Literatura.
- Algunas notas sobre el contexto histórico: entre la revolución burguesa y la proletaria
La tienda se puso en pie y marchó contra la barricada, para restablecer la circulación.
Karl Marx, La lucha de clases en Francia de 1848 a 1850
La revolución de 1789 fue una revolución burguesa: devoción por la propiedad privada, por la ficción parlamentaria y por la legalidad; centralismo político, liberalismo económico… Es decir, la creación de las condiciones políticas para asegurar el proceso de acumulación de capital. Pero la burguesía revolucionaria en Francia sólo podía llegar a derribar el Antiguo Régimen si contaba con el apoyo de los sans-culottes, a los que le unía una relación al mismo tiempo de necesidad y de miedo cerval, a medida que el antagonismo de clase se iba revelando, hasta que primero Robespierre y luego la Convención aplastaron a sus componentes más radicales y conscientes. Ya se sabe, libertad, pero para comerciar con sus mercancías; igualdad, pero sólo política, de ningún modo económica, y fraternidad, para enmascarar la lucha de clases. Es verdad que de entre la masa heterogénea de los descamisados un pequeño grupo, los enragés, encabezados por Jacques Roux, “vislumbraron y denunciaron la explotación capitalista”, pero “no comprendieron su mecanismo interno y no intentaron suprimirlo. Solo limitar sus efectos”[2]. Después de la derrota de “los rabiosos”, Graccus Babeuf y “los Iguales” tomarán el relevo, y nos legarán una lección trascendental explícitamente comunista: “la bárbara ley dictada por los capitales […] consigue poner en movimiento una multitud de brazos, sin que los que los mueven reciban el fruto conseguido”.
En el siglo XIX el desarrollo social de las relaciones capitalistas se da cada vez más a escala mundial y la crisis económica del capital será el detonante de los estallidos revolucionarios. Con el tiempo[3] aparecerá un proletariado que comienza a independizarse, a afirmarse, a ser consciente de sus propios intereses antagónicos de clase y a vislumbrar la necesidad de dotarse de sus propios órganos de representación. Hasta que llega el momento decisivo, junio de 1848, un ejemplo de guerra social y revolución proletaria en toda regla. Aquí el proletariado ya empieza a aparecer como clase en un sentido político, es un sujeto activo y expresa políticamente el choque entre dos modos de producción: el capitalismo y el comunismo. Empieza a actuar como partido independiente, y también se empieza a expresar la naturaleza de su revolución, lo que provocará que burguesía y Antiguo Régimen terminen aliándose entre ellos para poder sobrevivir. Cuando en junio se dé la primera gran batalla por el poder entre las dos clases, Cavaignac tardará tres días en acabar con la insurrección, con un balance de cuatro mil muertos entre los proletarios. Que la República mata mucho y muy bien al proletariado es un hecho palmario. Luis Felipe de Orleans, que había abdicado unos meses antes dizque para evitar una guerra civil, lo expresará desde el exilio inglés de una forma bien clara: “la República tiene suerte, puede disparar contra el pueblo”.
Y por fin llega la Comuna. Aquí ya no se trata de mejorar la República o el Estado, sino de destruirlos. Aquí, ya no hay revolución burguesa[4], sino claramente una revolución proletaria fruto de la lucha de clases. Dejemos que Marx nos la presente:
La Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo. […]
Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre los que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase.[5]
Y sobre los comuneros:
Saben que para conseguir su propia emancipación, y con ella esa forma superior de vida hacia la que tiende irremisiblemente la sociedad actual por su propio desarrollo económico, tendrán que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos, que transformarán las circunstancias y los hombres. Ellos no tienen que realizar ningunos ideales, sino simplemente dar rienda suelta a los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa agonizante lleva en su seno.[6]
Veamos cómo el viejo mundo al que pertenecen la mayoría de los escritores se retuerce de rabia al ver la bandera roja ondeando en el Hôtel de Ville.
- Familias políticas de la contrarrevolución burguesa
Las reacciones de los escritores hacia la revolución están sujetas, por lo menos, a una triple determinación: a la clase social a la que pertenecen, a su modo de vida y a su concepción del arte. Y, en el caso concreto del tema de este texto, también al grado de contradicción que provocan en ellos las ideas de la revolución. A partir de esto, podemos delimitar tres grandes corrientes en la literatura francesa:
LA ESTOFA REACCIONARIA Y ULTRAMONTANA
En general el escritor francés decimonónico que escribe sobre la revolución alberga simpatías reaccionarias. Existe en él una ligazón casi ontológica con el viejo mundo que la lucha de clases pone en peligro y en sus obras aflora de forma inevitable esa resistencia al cambio que llevan dentro de sí las revoluciones, que conciben como una enfermedad fisiológica de una horda de desarrapados. Tiene verdadero pavor al movimiento del proletariado como clase autónoma y oculta como puede la naturaleza de las desigualdades que lo espolean. Su literatura se conforma con reproducir la vida cotidiana pero es incapaz de representar la totalidad social. Oscila entre la anécdota pintoresca y la reflexión moral; ofrece ideología, pero rara vez conocimiento. Estamos hablando de autores como Taine, Renán, Gobineau o Maxime du Camp por citar sólo a algunos de ellos.
LA RALEA REPUBLICANA Y LAICISTA
Son los Lamartine, Vigny, Anatole France, Zola, Hugo, Leconte de Lisle… Los ideólogos más activos de la burguesía victoriosa, dueña ya de los medios de producción y del poder político, y claramente enfrentada al proletariado. Son idealistas y ven la revolución al principio con entusiasmo y luego con desilusión. Aunque son menos esquemáticos que sus compañeros reaccionarios, comparten con ellos sus prejuicios y miedos hacia el proletariado. Y, al igual que ellos, en sus obras niegan todo contenido político y la influencia de las circunstancias materiales en la revolución, a la que ven como una amenaza para el equilibrio social de la clase a la que realmente pertenecen, la burguesía.
Nos interesa también situar en su justa medida la trayectoria política de George Sand. Despertó políticamente en 1835 en el multitudinario juicio a los tejedores rebeldes de Lyon, dejó de ser socialista en junio de 1848, se aisló el resto de su vida en su finca de Nohant, y terminó llamando a los miembros de la Internacional “anabaptistas de Münster”. En 1871 caracteriza de esta guisa a la Comuna:
resultado de un exceso de civilización material que ha arrojado su espuma a la superficie, un día en que la caldera no tenía vigilante. La democracia no está ni más arriba ni más abajo después de esta crisis de vómitos… Son las saturnales de la locura.[7]
Incluso en un artículo de Le Temps de esa época deja escrito que:
la diferencia de clases solo establece desigualdades relativas y, la mayor parte de las veces, ilusorias
Nos parece que su trayectoria política ejemplifica muy bien la evolución de los escritores republicanos: de romantizar al proletariado al desprecio y terror hacia él.
LA BOHEMIA DE EFECTOS TÓNICOS
A este grupo pertenecen los escritores, con Baudelaire a la cabeza, que desprecian al burgués por su forma de vida y sus costumbres, acaso porque es incapaz de apreciar su arte, pero que no ponen en tela de juicio el orden económico de la sociedad burguesa. Su rebelión es estética, pero no política. Su hostilidad es aparente, cosmética. Critican y divierten al burgués sin asustarlo. Simpatizan con minorías y grupos marginales que no participan en luchas políticas, pero le tienen miedo al mundo nuevo que expresa el proletariado, que ni será minoritario ni inofensivo.
En cualquier caso es significativo que muchos de estos escritores, independientemente de la “familia” a la que pertenecen, sean los primeros en pedir más madera, en exigir una represión más rigurosa y severa. Así lo manifiesta Baudelaire en el Salón de 1846, en un fragmento premonitorio que quizá sorprenda a más de uno:
Pega, pega un poco más fuerte, pega más policía de mi corazón… porque en ese supremo apaleamiento yo te adoro y te juzgo semejante a Júpiter el gran justiciero. El hombre a quien apaleas es un enemigo de las rosas y de los perfumes, un fanático de las herramientas; es un enemigo de Watteau, un enemigo de Rafael, un enemigo encarnizado del lujo y de las bellas letras, iconoclasta jurado, verdugo de Venus y de Apolo… Apalea religiosamente los omóplatos del anarquista.
Edmond de Goncourt, en la entrada de su diario del 31 de mayo de 1871 lo refleja de la siguiente manera:
Está bien. No ha habido ni conciliación ni transacción. La solución ha sido brutal. Ha sido fuerza pura. […] En fin, la sangría ha sido absoluta: y las sangrías como esta, al matar la parte batalladora de una población, aplazan por el término de una conscripción la revolución siguiente. Son veinte años de descanso lo que la antigua sociedad tiene por delante, si el poder se atreve a todo lo que puede atreverse en este momento.
Flaubert en una carta a George Sand de antes del 18 de octubre de 1871 nos deja la siguiente reflexión:
A mi parecer, hubieran debido condenar a galeras a toda la Comuna y obligar a esos imbéciles sangrientos a desescombrar las ruinas de París, con la cadena al cuello, como simples forzados. Pero eso hubiera herido a la humanidad. Somos compasivos con los perros rabiosos, y no lo somos con aquellos a quienes han mordido.
Incluso el muy republicano Leconte de Lisle en una carta del 29 de mayo de 1871 se expresa en estos términos:
En fin, terminó todo. Espero que la represión sea tal que nada vuelva a moverse, y, en cuanto a mí, desearía que fuera radical.
- Reacciones literarias
Lo primero que llama la atención es la pobreza cuantitativa. Intuitivamente se podría pensar que una revolución es un suceso interesante para un escritor (ya se sabe, la teoría del acontecimiento memorable). Pero no. Lo común fue que el escritor, amedrentado por la revolución, se refugiase en una literatura fantástica, en el pasado o en el llamado “arte por el arte”, un arte portador de valores eternos fruto de la contemplación, la belleza y la voluptuosidad. Practican lo que Paul Lidsky llama “repliegue pesimista del escritor en su torre de marfil”[8]. Flaubert lo expresa a la perfección en su peculiar estilo:
Yo me meto en mi agujero y, así se hunda el mundo, no me moveré de él.[9]
La ruptura es completa: el escritor totalmente escindido de la vida.
Y las pocas obras de ficción que se acercaron a la revolución lo hicieron destruyendo el sentido de los hechos, despolitizándolos y reduciendo los acontecimientos a la pintura de “tipos”: el joven desclasado corrompido por los estudios, el mal obrero que se pimpla el salario y pega a la mujer, el granuja ocioso y canijo que permite con facilidad la asociación criminal-proletario… Es significativo también la querencia de los escritores por la descripción de escenas truculentas, cuanto más perturbadoras, sádicas y obscenas mejor, cuando se trata de “pintar” a las mujeres revolucionarias. Vamos a hacer una excepción y a reproducir un largo fragmento de un escritor mediocre fuera del canon, Élémir Bourges. Pensamos que merece la pena y que ilustra a la perfección lo que venimos diciendo. La escena se desarrolla cerca del cementerio de Père Lachaise durante la Semana sangrienta:
En dos calderos se echó el vino tinto. Los que bailaban metían en él la cara, y reanudaban el baile con más furia. Un negro, con capa de espahí, toda tiesa por haber sido empapada en petróleo, hacía girar la cabeza de un hombro al otro; cinco o seis prostitutas, vestidas de raso amarillo y verde, con los pechos enormes cubiertos de albayalde, daban saltos, subidas las faldas hasta los muslos. Pronto las mujeres entraron en demencia. Echando espumarajos, con el sable en el puño, aullaban, manoteaban, se retorcían como ménades. Varias comenzaron a disputar, y una de ellas cayó al punto, con el hombro casi desprendido de un revés de sable. Entonces, su enemiga se arrojó sobre ella, y poniéndole el pie sobre el costado, le arrancó el brazo y lo arrojó lejos. Todas se precipitaron, despedazaron a la víctima, acuchillándola y desgarrándola con sus sables, llevándose una un pie y otra una mano. Después, riendo frenéticamente, se arrojaban unas a otras, como pelotas, los miembros palpitantes, y de las verjas de las tumbas, así como de las ramas, colgaban horribles jirones sangrientos. Una mujer cogió el corazón, lo clavó en la punta de su estaca, y corría de acá para allá, a través de la ronda, vociferando: ¡A dos chavos, el corazón de Jesús!, en tanto que, bajo el cielo en llamas, proseguía la danza furibunda.[10]
También Zola, en la famosa escena de la emasculación del cadáver del tendero Maigrat, caracterizará con los rasgos de las petroleras[11] a las mujeres huelguistas:
Le daban la vuelta olfateándolo, como lobas. Todas buscaban un ultraje, una salvajada que las aliviase.
Se oyó la voz agria de la Brûlé:
-¡Hay que cortarle como a un morrongo! […]
La Mouquette ya estaba quitándole los pantalones mientras la Levaque le levantaba las piernas. Y la Brûlé, con sus manos secas de vieja, separó los muslos desnudos y agarró aquella virilidad muerta. Tiraba de ella, para arrancarla, en un esfuerzo que tensaba su escuálido espinazo y hacía temblar sus grandes brazos. Las pieles blandas resistían y tuvo que redoblar la fuerza hasta que terminó por llevarse el colgajo, un paquete de carne velluda y sangrante que agitó con una risa de triunfo:
-¡Lo tengo! ¡Lo tengo!
Unas voces agudas saludaron con imprecaciones el abominable trofeo.
-¡Ah, maldito, ya no volverás a preñar a nuestras hijas!
-Sí, se acabó eso de cobrarte en especie, nunca más volveremos a poner el trasero para conseguir pan. […]
Se mostraban unas a otras aquel guiñapo sangriento. […] Escupían encima y enseñaban los dientes repitiendo, en un furioso estallido de desprecio:
-¡Ya no puede! ¡Ya no puede!… Ni siquiera es un hombre lo que van a meter en la tierra… ¡Se va a pudrir este inútil!
Entonces la Brûlé hincó todo el paquete en la punta de su bastón y, agitándolo en el aire, paseándolo como una bandera, se lanzó a la carretera seguida por la desbandada gritona de las mujeres. Llovían gotas de sangre, aquella carne lamentable colgaba como un desperdicio de carne en la tabla de un carnicero.[12]
- Volviendo la mirada a la Gran Revolución
La Revolución Francesa es sólo la precursora de una revolución mucho más grande, mucho más solemne, que será la última.
Sylvain Marèchal, Manifiesto de los Iguales, 1796
La Revolución de 1789 ocupa un lugar central en la literatura francesa del S. XIX. Vamos a verlo de soslayo a través de dos textos que no por casualidad sitúan su acción en 1793: El noventa y tres de Víctor Hugo y Un episodio bajo el Terror de Balzac.
La primera, El noventa y tres, encaja perfectamente con el republicanismo burgués de su autor. Por una razón u otra, leer a Víctor Hugo siempre es interesante. Su padre fue un sans-culotte que llegó a la Vendée –precisamente el lugar en el que se sitúa gran parte de la acción del libro– en 1793, y se casó con una muchacha de la región, de cuyo matrimonio nacería Víctor Hugo, su tercer hijo. Después de una larga gestación, la novela vio la luz en 1874 durante su exilio belga y, más allá de la trama cuajada de innumerables lances que se lee con gusto y entretiene, nos interesa aquí acercarnos a sus planteamientos sobre la revolución.
La idea axial[13] del libro es la siguiente: la Convención es el culmen de la Historia.
Nos acercamos a la gran cima: la Convención.
La mirada se detiene en presencia de esa cúspide. Nunca se ha presentado nada más alto en el Horizonte de la Humanidad.
En el globo físico tenemos el Himalaya; en el mundo de la historia sobresale la Convención.
Este es tal vez, el punto culminante de la Historia.
Un the end of History en toda regla con más de cien años de anticipación. La Convención, algo tan grandioso, que los contemporáneos no supieron apreciar porque les faltaba perspectiva:
Cuando la Convención vivía, porque las Asambleas viven, nadie comprendía lo que era. Lo que no podían ver los contemporáneos era precisamente su grandeza; estaban demasiado atemorizados para que los deslumbrase. Todo lo que es grande inspira un horror sagrado. Es fácil admirar a los mediocres y las colinas; pero lo que es grandioso, genio o montaña, asamblea u obra maestra, visto de cerca espanta. […]
Hoy la miramos en perspectiva y nos presenta, en una lontananza serena y trágica, el inmenso perfil de la Revolución Francesa.
Después de analizar su composición (izquierda, derecha, montaña, llanura -o más bien pantano-) y enumerar su tarea civilizatoria, por fin nos explica cuál es la voluntad, la idea que impulsa a la Convención:
A esa idea la llamamos Revolución. Cuando pasaba abatía a unos, levantaba a otros, se llevaba a éste entre su espuma y despedazaba al otro entre sus escollos; sabía dónde iba y empujaba al abismo delante de sí. Imputar la revolución a los hombres es echarle la culpa de las mareas a las olas.
La revolución es una acción de lo Inescrutable; llamadla buena o mala, según se aspire al porvenir o al pasado, pero dejádsela a quien la ha hecho. Parece la obra en común de grandes acontecimientos y de grandes hombres; pero en realidad es la resultante de los acontecimientos. Los acontecimientos gastan y los hombres pagan. Los acontecimientos dictan, los hombres firman. […]
La revolución es una forma del fenómeno inmanente que nos aprieta por todas partes y al que damos el nombre de Necesidad.
La revolución como algo que no obedece a causas externas, que no viene de fuera. Nada más alejado de un proceso dialéctico impulsado por la lucha de clases.
Por otro lado, tenemos a Balzac, el católico burgués de provincias, el bonapartista que oscilaba entre el misticismo y la historia natural, el gran historiador científico de las contradicciones de la sociedad burguesa a juicio de Marx y Engels, que se acercó a la revolución en un cuentito magistral que publicó en 1830 con el título de Un episodio bajo el Terror (Una misa en 1793): una anciana que recorre bajo la nieve las solitarias calles de París, una atmósfera de miedo y paranoia, una figura esquiva que se esconde sub nocte per umbram, un precio exorbitante por una mercancía -una hostia- de valor mediocre, una casucha vacilante en los arrabales de Belleville, una religiosa que pertenecía a la casa de Langeais, un venerable sacerdote refractario que ha escapado milagrosamente a las matanzas, una misa de difuntos clandestina donde “todo era inmenso, pero pequeño; pobre, pero noble; profano y santo a la vez”, un pañuelo ensangrentado de Luis XVI, un verdugo arrepentido… En fin, un ejemplo de cómo la piedad y la simplicidad de la fe protegen a las almas sencillas del terror de la revolución.
- Víctor Hugo: un escritor recorre el siglo
Quizá la figura de Víctor Hugo sea, de todos los escritores a los que nos estamos acercando, la más difícil de perfilar en su justa medida. Católico monárquico en sus inicios, evolucionó con el tiempo hacia el liberalismo democrático y hacia cierto idealismo humanitario y se transformó en uno de los ideólogos más activos de la burguesía. Pensamos que siempre entendió la revolución como problema, el proyecto liberal republicano como solución y la literatura como forma de acción política. De su novela sobre la Revolución de 1789 ya hemos hablado en el apartado anterior. Nos interesa ahora cómo reflejó en su obra el golpe de Estado de 1851, esa “miserable farsa”[14] del 18 Brumario de Luis Bonaparte que narró en Historia de un crimen (1877).
La verdad es que el libro está muy bien. Es el libro que Cercas hubiera querido escribir, pero le salió Anatomía de un instante. Se trata de la minuciosa reconstrucción de los cuatro días que siguieron al golpe de Estado de Luis Bonaparte y que concluyeron de forma sangrienta con el aplastamiento de un sector del proletariado parisino y de la oposición de la Asamblea Nacional, de la que Víctor Hugo formaba parte. También es el relato del intento desesperado de una veintena de diputados republicanos de izquierdas -con Hugo a la cabeza, cómo no- por insuflar espíritu revolucionario a los barrios populares de París. Resultado: unas setenta barricadas, algo más de mil insurrectos, alrededor de cuatrocientas personas asesinadas por el ejército, y casi veinte años de Imperio y de exilio para nuestro héroe. Es lo que pasa cuando no se tiene lo que se tiene que tener para salvar una República burguesa.
Así nos cuenta Hugo la reacción del proletariado -al que necesitaban como punto de apoyo- cuando se le arenga para que frene el golpe de estado. Éste permanece en su mayoría indiferente, porque ya no se traga las martingalas de la burguesía:
La cosa ante ellos se presenta de la siguiente manera: la ley del 31 de mayo queda abolida: está bien. El sufragio universal queda restablecido: está muy bien. Se ha expulsado a la mayoría reaccionaria: maravilloso. Thiers ha sido arrestado: perfecto. Changarnier ha sido encarcelado: ¡bravo!
Los suburbios de París, por una cuestión de salarios mal comprendida, por una definición mal hecha del socialismo, se levantaron en junio de 1848 contra la Asamblea, originada en ellos mismos; contra el sufragio universal, contra su propio voto; y sin embargo, no se levantarán en diciembre de 1851 por el derecho, por la ley, por el pueblo, por la libertad y por la República.
Justo por eso. Porque las ideas de ley, pueblo, libertad y República ya son percibidas por el proletariado como elementos que facilitan el dominio de la burguesía, un proletariado que empieza a ser consciente de que su fuerza no está dentro de las instituciones burguesas.
También nos parece importante señalar cómo Víctor Hugo se percibe a sí mismo y a sus compañeros diputados. Así lo expresa Hugo con ese estilo de vate romano, retórico y exaltado, tan decimonónico y tan caro a nuestro autor. Un estilo que en ocasiones puede enardecer pero que, confesémoslo ya, normalmente nos sonroja:
-Nosotros -dije- somos la verdad y la justicia. Nosotros somos el poder supremo y soberano, el pueblo encarnado, el derecho. […] Nosotros no somos individuos, somos la nación. Cada uno de nosotros está revestido con la soberanía del pueblo. [Bonaparte] No puede herir nuestras personas sin desgarrarlas. Forcemos a que su metralla agujeree nuestras bandas y nuestros pechos. Este hombre está en un camino que le conduce al parricidio. ¡Lo que mata en estos momentos es la patria! ¡Entonces, la bala del poder ejecutivo atravesando la banda tricolor del poder legislativo, constituye un parricidio flagrante!
Por último, no nos podemos resistir a citar -aunque sean algo extensos- algunos fragmentos de Historia de un crimen que ilustran la concepción que tenía Hugo de la revolución, donde los valores morales y el ímpetu ético son su detonante, nunca la necesidad. Este es el “manual del perfecto revolucionario”, pour monsieur Hugo:
Hay dos teorías en la revolución: arrastrar al pueblo o dejarse arrastrar por él. Yo era partidario de la primera.
Lo que hace falta en las supremas coyunturas para arrastrar y gobernar a las masas, son precisamente dotes excepcionales de genio, no excepcionales opiniones. No hay originalidad revolucionaria. Para ser alguna cosa, en los tiempos de regeneración y en la lucha social, hay que sumergirse de lleno en los poderosos medios homogéneos llamados partidos. Las grandes corrientes de los hombres siguen a las grandes corrientes de las ideas, y el verdadero líder revolucionario es aquel que mejor sabe arrastrar a las masas por medio de las ideas.
En una revolución, es imposible la prudencia y muy pronto se comprueba que ésta carece de utilidad; tener confianza, tenerla siempre. Esta es la ley que rige los grandes hechos; la que generalmente determina los grandes acontecimientos. La perpetua improvisación de medios, de procedimientos, de expedientes, de recursos; nada paso a paso, sino todo a la vez; sin preparar el terreno, sino aceptando en bloque todas las condiciones, tanto las buenas como las malas, arriesgando todo a la vez en una sola jugada, en todas partes, en todo momento, en toda ocasión; los amigos, la familia, la libertad, la fortuna, la vida; éste es el combate revolucionario.
Y así les fue.
Respecto a la Comuna, Víctor Hugo no dejó ninguna obra narrativa de ficción meritoria, pero sí un puñado de poemas interesantes. Al día siguiente de la caída de Napoleón III regresa a Francia después de diecinueve años de exilio y empieza la actividad febril que le caracteriza. Durante el invierno de 1870 cede sus derechos de autor a beneficio de la suscripción para los cañones de la capital, se presenta a las elecciones de la Asamblea que debe gestionar las condiciones de la capitulación ante los prusianos, es elegido por París, dimite poco después porque el vizconde Lorgeril le interrumpe en tribuna, entierra a su hijo el 18 de marzo mientras el Comité central de la guardia nacional toma el poder (“El entierro”), a principios de abril canta a los comuneros insurrectos (“La madre que defiende a su hijo”), el 15 pide el fin de la guerra civil (“Un grito”), el 21 se alza en contra del decreto de los rehenes (“Nada de represalias”) y el 28 ya está desencantado: “Estoy a favor de la Comuna por principio y contra la Comuna en su aplicación”. El 16 de mayo duda entre Versalles y París (“Los dos trofeos”), el 26 ofrece asilo a los exiliados en su casa de Bruselas, el 30 es expulsado de Bélgica y se refugia en Luxemburgo, en junio clama contra las masacres de la Semana sangrienta (“El año terrible”), en julio se vuelve a presentar a las elecciones e inicia una campaña pro amnistía, en noviembre interviene en un juicio con un emocionante discurso que contribuye a la conmutación de la pena de cinco condenados, y en diciembre rinde un vibrante homenaje (“Viro Major”) a Louise Michel.
- Flaubert: Mme. Contrarrevolución c’est moi
Gustave Flaubert es el mejor escritor francés del siglo XIX pero no nos dejó ninguna narración que abordase el tema de la revolución. Sin embargo, en su correspondencia se mete a saco en el cenagal de la condición humana y de la política con punzantes reflexiones sobre la revolución y sus protagonistas. Y es ahí donde vamos a espigar[15], sobre todo en las cartas de 1871, porque durante la revolución de 1848 se sumerge en la escritura de La tentación de San Antonio y en cuanto puede coge el portante y se larga a Oriente.
La capitulación de París ante los prusianos le deja en un estado emocional indescriptible. Así lo refleja en carta del 1 de febrero a su sobrina Caroline:
¡Como para ahorcarse de rabia! Estoy enfadado por el hecho de que París no haya ardido hasta la última casa y que solo quedara una gran plaza negra. Francia ha caído tan bajo, está tan deshonrada, tan envilecida que desearía su completa desaparición, pero espero que la guerra civil nos mate a mucha gente. ¡Ojalá figure yo en ese número!
Incluso aventura que, en cuanto pueda escribirle, le preguntará a Turguéniev qué hace falta para hacerse ruso. Ya el 11 de marzo, en vísperas de la Comuna, le comenta a George Sand sobre la situación de París:
Lo de París tiene mala pinta. ¡En qué mundo vamos a entrar! ¡Paganismo, Cristianismo, Chabacanismo! Estas son las tres grandes evoluciones de la humanidad. Es triste hallarse al principio de la tercera.
En carta del 30 de abril a la misma destinataria ya es mucho más concreto en sus críticas a la Comuna: última manifestación de la Edad Media, con lo que eso quiera decir, rehabilitación del asesinato y ratificación del latrocinio:
Respecto a la agonizante Comuna, es la última manifestación de la Edad Media. ¿La última? ¡Esperemos!
La Comuna rehabilita a los asesinos, igual que Jesucristo perdona a los ladrones. Cometen pillajes en las casas de los ricos, porque aprendieron a maldecir a Lázaro, que no era un mal rico, sino sencillamente un rico.
¿Solución?
Lo único razonable (vuelvo siempre a lo mismo) es un gobierno de mandarines, siempre y cuando los mandarines sepan mucho. El pueblo es un eterno menor y siempre estará (en la jerarquía de los elementos sociales) en la última fila, puesto que es el número, la masa, lo ilimitado.
¿Diagnóstico?
París está completamente epiléptico, consecuencia de la congestión producida por el asedio.
El 8 de septiembre sigue percutiendo en los mismos temas:
Creo que la multitud, el número, el rebaño siempre serán odiables. Lo único importante es un pequeño grupo de mentes, siempre las mismas, que se van pasando la antorcha.
Chapoteamos en la placenta de la Revolución, que fue un aborto, algo fallido, un fiasco “digan lo que digan”, porque procedía de la Edad Media y del cristianismo, religión antisocial.
El 7 de octubre desliza dos nuevos vectores de reflexión, la enseñanza gratuita y el sufragio universal, dos medidas adoptadas por la Comuna:
La enseñanza gratuita y obligatoria no servirá de nada, excepto para aumentar el número de imbéciles.
Tal y como está planteado, el sufragio universal es más estúpido que el derecho divino.
Y deja clara su opinión sobre las clases sociales:
Creo que los Pobres odian a los Ricos y que los ricos tienen miedo de los pobres. Así será eternamente. Es inútil predicar el amor a los unos y a los otros. Lo más urgente es instruir a los Ricos, que, en suma, son los más fuertes. ¡Ilustrad primero al burgués! No sabe nada, absolutamente nada. Todo el sueño de la democracia es elevar al proletario al mismo nivel de estupidez que el burgués. ¡En parte, el sueño se ha cumplido! Lee los mismos periódicos y tiene las mismas pasiones.
En su última obra, Bouvard y Pécuchet, nos dejará el siguiente balance:
Ya que los burgueses son feroces, los obreros envidiosos, los curas serviles, y que el Pueblo en fin acepta todos los tiranos, con tal de que le dejen el hocico en la gamella […] es mejor que vendamos nuestra barraca, y nos vayamos al quinto infierno, con los salvajes.
- El affaire Zola
Pasemos ahora a el caso Zola. Vaya por delante que el carácter netamente contrarrevolucionario de su pensamiento y de su obra se ha visto mitigado por el aura de Germinal generando sonados equívocos. “Germinal es una obra de piedad, y no una obra de revolución” afirmó el propio Zola en una carta al director del periódico que la iba a publicar. La tradición en la que se inscribe esta novela es la de la narrativa francesa del mundo del trabajo y no la revolucionaria. Para Zola la insurrección communard no fue otra cosa que el estallido de una fiebre retenida que terminó en locura. Veámoslo a través de las dos obras que dedicó a la Comuna de París, La debacle y Jacques Damour.
La debacle (1892), penúltima novela de la serie Los Rougon-Macquart, narra a través de las peripecias de Maurice Lavasseur y Jean Macquart, sus dos protagonistas, los acontecimientos políticos y militares que finiquitan el Segundo Imperio de Luis Bonaparte, desde el inicio de la Guerra Franco-Prusiana a los sucesos de la Comuna de París, pasando por la derrota de Sedán, que ocupa la parte central de la obra. Es un texto que ilustra la profunda desconfianza de Zola hacia el proletariado y su progresivo ascenso como clase y sus reticencias ante los entusiasmos de las clases miserables. Zola siempre ha negado el carácter político del proletariado y que sus acciones procediesen de causas objetivas, de circunstancias materiales derivadas del lugar que ocupa en los medios de producción. Para él, el proletariado, en perpetua minoría de edad mental, y en concreto su actividad revolucionaria, es el resultado de una enfermedad colectiva -”castigo a una vida viciada de temperamento débil”- de una minoría perniciosa víctima fácil de la retórica política. Una clase “que ha digerido mal los trozos de discursos oídos en las reuniones públicas” dirigida por locos, ambiciosos o frustrados: “Resurgía el revolucionario de Montparnase, el instigador; él era el pervertidor” se dice de Chouteau, un personaje secundario que en la novela representa al arquetipo del líder comunero. Mejor el analfabeto que cumple con lo que se le dice. Por eso, en la novela destaca la figura de Jean, el hombre simple no deformado por la cultura al que “las abominaciones que circulaban sobre los actos de la Comuna herían sus sentimientos de respeto hacia la propiedad y el orden”. El aldeano convertido en soldado que simboliza “aquella Francia a la que sólo podía salvar la sencillez de los campesinos y gentes humildes” y que terminará justificando la represión de la Semana sangrienta como una necesidad purificadora: “estaba firmemente convencido de la necesidad del terror para barrer París”; “¿Cómo podéis saber que esta espantosa carnicería no es algo fatalmente necesario?”.
Pensamos que el final de la novela, con su tenebrosa apología de reconstrucción nacional, ilustra a la perfección lo que venimos diciendo:
“Aquello era sin duda el final de todo: París destruido por las llamas, las provincias perdidas, los miles de millones que habría que pagar… Y sin embargo, una esperanza nacía por encima de aquel desastre. Se trataba del rejuvenecimiento de la eterna naturaleza, de la esperanza que tiene siempre el que trabaja, del árbol que echa una nueva y resistente raíz cuando le fue cortada la rama que, podrida, envenenaba con su savia las hojas.”
Jacques Damour (1880) es la otra narración que Zola dedica a la Comuna. Nada nuevo en el horizonte: determinismo y folletín. Una nouvelle en la que un obrero honrado vive feliz hasta que se cruzan en su camino las ideas revolucionarias y le arruinan la existencia. Un ejemplo como botón de muestra. Una noche, mientras juegan a las cartas y despotrica contra los prusianos, Berru, el corruptor de nuestro protagonista, le expone su idea de gobernanza en los siguientes términos:
¡Ah, la república! Y con los dos codos y su corta pipa en la boca, le explicaba a Damour su idea de lo que haría de gobernar él: todos hermanos, todos libres, la riqueza repartida entre todo el mundo, la justicia y la igualdad reinando en todas partes, arriba y abajo.
– Como en el noventa y tres -añadía de modo rotundo, sin saberlo de cierto.
Damour, muy serio, escucha y reflexiona:
Él también era republicano, porque desde la cuna oía decir en torno suyo que la república traería, un día, el triunfo del obrero, la felicidad universal. […] escuchaba a Berru con atención, encontrando que razonaba muy bien, y que, de seguro, la república llegaría a ser lo que él decía […], un gobierno del pueblo, que otorgase una renta a todos los ciudadanos.
Esquematismo maniqueo, caricatura política, cliché psicológico y hostilidad satírica todo en uno.
- Vallès, el insurrecto
Risum teneatis! Jules Vallès es ministro de Instrucción Pública. El bohemio de los restaurantes ocupa el sillón de Villemain. Y, hay que decirlo, es pese a todo aquel con más talento y menos mezquindad del grupo de Assi. Pero Francia es clásica hasta tal punto que las teorías literarias de este hombre hacen más mal al nuevo gobierno que las teorías sociales de sus compañeros. Un gobierno donde un miembro ha osado escribir que Homero es un lastre, y que El misántropo de Molière carecía de alegría, es para el burgués algo más aterrador, más subversivo, más antisocial que si el gobierno decretara el mismo día la abolición de la herencia y la sustitución del matrimonio por la unión libre.
Edmond de Goncourt, Diario, viernes 31 de marzo de 1871
La figura de Jules Vallès supone una excepción en el panorama literario del siglo XIX francés que venimos analizando. Lo decimos por su extracción social, por su clara y neta posición de clase y por la calidad estética de su obra, elementos que no siempre fueron de la mano entre sus contemporáneos y conmilitones. En 1870, en plena declaración de guerra, su grito de “¡Viva la paz!” por las calles de París junto a compañeros de la Internacional le cuesta una paliza a manos de miembros de la Sociedad del 10 de diciembre, en agosto le detienen por abuchear al Jefe de Gabinete Émile Ollivier, al proclamarse la República es nombrado jefe de batallón, en octubre ocupa por las armas la alcaldía de la Villette, redacta junto con Tridon, Vaillant y Leverdays el famoso cartel rojo -”¡Paso al pueblo! ¡Paso a la Comuna!”-, funda el periódico Le cri du Peuple, el 26 de marzo es elegido miembro de la Comuna por el distrito XV, el 21 de mayo preside su última sesión, consigue huir de París disfrazado de enfermero en una ambulancia cargada de cadáveres…
La obra en la que plasmó todas estas experiencias y muchas más es El insurrecto (1883), tercera parte de una trilogía de fuerte impronta autobiográfica titulada Trilogía de Jacques Vingtras. El insurrecto tiene los límites propios del nivel de maduración del proletariado de esa época, pero sobre todo lo que tiene son fulgurantes destellos de discernimiento político. De los primeros, destacamos los resabios blanquistas que asoman en muchas de las páginas pero, al mismo tiempo, es capaz de formular una precoz crítica al voluntarismo:
¿Piensa usted que puede conducirse a alguien al matadero, o imponer a la muchedumbre la imprudencia o la cobardía?
Llevan en sí mismas su voluntad sorda, ¡y todas las arengas del mundo no conseguirán nada!
Se dice que la insurrección estalla cuando los jefes la predican.
¡No es cierto!
También el enconado deseo del protagonista por participar en las instituciones democráticas parece entrar en contradicción con su percepción de las nefastas consecuencias que tiene siempre para el proletariado la colaboración con la burguesía:
¿Estamos todavía perdidos, se nos escarnece y se nos apalea a oscuras desde el día siguiente de la proclamación de la República?, ¿a nosotros, que, […] a riesgo de la cárcel y la miseria, hemos masticado el triunfo para los burgueses que se reúnen tras estas paredes? Van y vienen, aparentando estar muy atareados en el carro que nosotros hemos sacado de las roderas y hemos desencallado.
La vieja política debe morir al pie de la cama donde agoniza Francia; no puede proporcionarnos ni consuelo ni salud.
No está de más comparar estas palabras de Vallès con las dudas que ya atormentaban a Marx en una fecha tan temprana como septiembre de 1870 y que expresó en el Segundo manifiesto del Consejo General de la AIT sobre la guerra franco-prusiana:
Esta República no ha derribado el trono, sino que ha venido simplemente a ocupar su vacante. Ha sido proclamada, no como conquista social, sino como una medida de defensa nacional. Se halla en manos de un gobierno provisional compuesto en parte por notorios orleanistas y en parte por republicanos burgueses, en algunos de los cuales dejó su estigma indeleble la insurrección de junio de 1848. El reparto de funciones entre los miembros de este gobierno no augura nada bueno. […] Algunos de sus primeros actos de gobierno bastan para revelar que no han heredado del Imperio solamente un montón de ruinas, sino también su miedo a la clase obrera.
Por otro lado, al igual que Rimbaud, como veremos más adelante, Vallès pone en valor la enorme importancia de las mujeres en el proceso revolucionario. Veámoslo en dos fragmentos de la novela:
Mujeres por todas partes. ¡Buena señal!
Cuando las mujeres se implican, cuando el ama de casa empuja a su marido, cuando arranca el trapo negro que cuelga sobre la olla para plantarlo entre dos adoquines, es que el sol se levantará sobre una ciudad en revuelta.
Ella ha muerto tras haber sido la educadora de su marido: mujer de gran corazón a quien los seis pequeños deben eterno reconocimiento por sus desvelos; y también, tal vez, la eterna miseria, a causa de la levadura de cólera social que hizo fermentar en sus corazones predicándoles, incluso desde el camastro en que agonizaba, la solidaridad con los humildes y el derecho de los explotados a rebelarse.
Por su defensa sin fisuras de una perspectiva proletaria, por su estilo palpitante y corrosivo y por el valor testimonial de alguien que vivió los acontecimientos en primera persona, nos parece que El insurrecto es un documento literario importante en el hilo histórico de nuestra clase.
- Rimbaud, éclair proletario
Y en cuanto a los poetas -Clovis Hugues, Eugene Chatelain, Eugene Vermersch, Henri Rochefort, ect.-, ¡qué decir!… Pues que no debe ser tan fácil prima facie hacer buenos poemas sobre la revolución. Jean-Baptiste Clément escribió “La época de las cerezas”, una canción de amor compuesta en 1866 que con el tiempo adquirió un nuevo significado y se convirtió en el poema más representativo de la Comuna, o “La Semana sangrienta”, sobre la obra de exterminio de la reacción versallesca. Sin embargo, será Eugene Pottier, el autor de la letra de “La Internacional”, el poeta más importante de este grupo. Se libra por los pelos de una ejecución sumaria en el 48, se salva de la deportación a Cayena en el 51 por estar convaleciente en cama por una pulmonía, participa en la tentativa de insurrección de octubre de 1870 a la que dedica un poema (“31 octubre”), participa activamente en la Comuna de París, sobrevive a la Semana sangrienta (“El terror blanco”), cuando llega la amnistía en 1880 regresa a Francia, escribe homenajes a compañeros comuneros (“El monumento a los federados”, “El insurgente”, “Por aquí pasó la Comuna”) y las muertes de Blanqui y Vallès le inspiran emocionadas elegías.
Otra cosa es el duplo Verlaine-Rimbaud. Verlaine, el gran poeta parnasiano que
mediada su vida, encontró el valor […] para salir del mundo de la cultura con paso recto y seguro, cambiar la cálida manta de la burguesía literaria por el ocasional acomodo en los caminos y tirar por los aires junto con el humo de su pipa el respeto tempranamente obtenido.”[16].
Pero también el funcionario que se convierte en communard “por amor a unos cuantos amigos” y que durante la Comuna trabaja como jefe de la Oficina de Prensa del Ayuntamiento. Verlaine, que después de disparar dos veces sobre Rimbaud en las calles de Bruselas, ingresa en la nómina de los “grandes poetas católicos”. En fin, Verlaine, que murió en 1894, aunque como poeta ya lo había hecho mucho antes, nos dejó un poema sobre el aplastamiento de la revolución de 1848 (“Los vencidos”) y una última afirmación de que la poesía debe integrarse al combate revolucionario (“¡Muerte!”).
Caso aparte es el de Rimbaud. El rebelde visionario, el poeta que
empezó allá donde terminaban los mejores, y luego -con veinte años- apartó de sí toda literatura como algo molesto y carente de importancia[17].
El que siempre despreció olímpicamente al público y a la burguesía. Mientras Lamartine arengaba en el balcón del Ayuntamiento para abrir su carrera política, mientras Baudelaire cultivaba su inocua metafísica del provocador en las barricadas, Rimbaud desde los trece años se mostraba sin ambages a favor de la revolución proletaria y a los dieciséis ridiculizaba la histeria patriotera desencadenada por la declaración de guerra a los prusianos.
La cuestión de su poesía es una cuestión histórica y política. Su literatura es un espacio de crítica radical a la ideología burguesa y al trabajo asalariado[18]. Ataca sobre todo la división social del trabajo, la limitación de los trabajadores a esferas específicas u “oficios”. Su famoso j´ai horreur de tous les métiers (“odio todos los oficios”), lanzado en el poema en prosa “Mala sangre”. En “El herrero”, el poema que dedicó a la Revolución de 1789, contrasta dos conceptos del trabajo: el trabajo alienado y el trabajo humano. El herrero, principal representante de la figura del trabajador en la obra de Rimbaud, describe el trabajo alienado que queda por superar y da lecciones al rey sobre las difíciles condiciones de vida de los trabajadores y sus aspiraciones revolucionarias:
¡Todos los Desgraciados, cuyas espaldas arden
bajo un sol inclemente, avanzando, avanzando,
sintiendo que el trabajo les revienta la frente…
-descubríos, burgueses-, éstos sí son los Hombres!
¡Somos Obreros, Sire, Obreros, preparados
para la nueva gran era de la sabiduría:
el Hombre forjará del alba hasta la noche,
cazador de los grandes efectos y sus causas,
tranquilo vencedor domeñará las cosas
hasta montar al Todo cual si fuera un corcel!
Y aunque la Comuna sobrevuela gran parte de su obra, tres de sus poemas la tienen como referencia explícita. El primero es “Canto de guerra parisino”, una especie de salmo contemporáneo que diluye la frontera entre arte culto y reportaje. Aquí, Rimbaud se sirve del tópico decimonónico del hormiguero como metáfora de la autoactividad de los comuneros. El incendio de la ciudad debido a las bombas -esos “cabujones amarillos” del poema- lanzadas por los versalleses será el que ilumine el cielo con su falso amanecer y liquide el experimento proletario. De “La orgía parisiense o París se vuelve a poblar”, sólo nos cabe decir que es uno de los poemas que se ha escrito con mayor rabia contra la burguesía. De obligada lectura.
Y, por último, “Las manos de Jean-Marie”, un poema que celebra el papel de las mujeres en la Comuna y donde se aprecia con extraordinaria nitidez la lucha de clases. Manos cargadas de energía revolucionaria
¡el dorso de esas manos es el lugar/ que todo Rebelde orgulloso ha besado!
que representan la resistencia física y la conexión telúrica del proletariado frente a la burguesía. En la carta a Demeny del 15 de mayo de 1871 conecta su poesía con los esfuerzos de la Comuna por reinventar las relaciones humanas:
Cuando se haya abolido la infinita servidumbre de la mujer, cuando ella viva por ella y para ella, cuando el hombre, -hasta ahora abominable-, le haya dado la remisión, ¡será poeta, ella también! ¡La mujer encontrará lo desconocido!
- Coda
Toda gran obra de arte trata sobre la realidad, pero no para describirla, sino para intentar explicar qué es, y los escritores franceses del siglo XIX que se acercaron a la revolución se quedaron en lo primero. La condición humana tuvo su Balzac, el socialfantástico sentimental tuvo su Eugenio Sue, la memoria tuvo su Chateaubriand, incluso Napoleón tuvo su Stendhal, pero la revolución no tuvo su gran obra literaria. No nos sorprende. El escritor decimonónico está profundamente supeditado al interés material y al orden (burgués) que asegura su existencia, por lo que su literatura se ve empujada a ser un instrumento de preservación social, una proyección de su angustia y miedo ante el ascenso del proletariado.
Sabemos que las ideas dominantes de una época no son sino la expresión de las relaciones sociales dominantes de esa misma época. Por eso, no será hasta principios del siglo XX, con la irrupción de las Vanguardias con toda su potencia imaginal, cuando se posibilite la aparición de una verdadera literatura antiburguesa y revolucionaria desde la premisa de la lucha de clases. Una literatura como análisis de las condiciones del ser humano en la sociedad capitalista, de la alienación del trabajo, del dominio de las cosas sobre las personas y del dinero como expresión de la medida de todos los valores.
- Referencias literarias
Balzac, Honoré de, La Comedia humana, Volumen XIII, “Un episodio bajo el Terror”, Hermida Editores, 2021.
Choury, Maurice, Los poetas de la Comuna, Libros de la Frontera, 1975.
Flaubert, Gustave, El hilo del collar: Correspondencia, Alianza editorial, 2021.
Goncourt, Edmond de, La comuna de París. Diario del sitio y la Comuna de París. 1870-1871, Pepitas ed., 2020.
Hugo, Víctor, Historia de un crimen, Hermida Editores, 2014.
- El noventa y tres, Montesinos, 2002.
Rimbaud, Arthur, Obra completa bilingüe, Ediciones Atalanta, 2016.
Vallès, Jules, El insurrecto, ACVF Editorial, 2007.
Zola, Émile, La debacle, Círculo de Amigos de la Historia, 1970.
- Jacques Damour y la Comuna de París, Siete Noches Ediciones, 2006.
[1]Con la excepción, por su calidad literaria, del diario de Edmond de Goncourt y la correspondencia de Flaubert.
[2]Daniel Guérin, La lucha de clases en el apogeo de la Revolución Francesa, 1793-1795 (1968)
[3]Estamos pensando, por ejemplo, en las revueltas de los canuts, los tejedores de seda de Lyon, en 1831 y 1834.
[4]En lo que se refiere a los actos de carácter simbólico de la Comuna, la mayoría de la historiografía burguesa se ha detenido siempre en el derribo de la columna Vendôme. Sin embargo, nosotros nos reivindicamos también, y sobre todo, de la guillotina hecha pedazos y quemada bajo la estatua de Voltaire el 6 de abril de 1871 como expresión de rechazo de la Comuna a la revolución burguesa y a la violencia del Estado burgués.
[5]Karl Marx, La guerra civil en Francia (1871)
[6]Ibid.
[7]Carta del 22 de abril de 1871.
[8]Paul Lidsky, Los escritores contra la Comuna (2016)
[9]Carta a George Sand de finales de 1869
[10]Les oiseaux s’envolent et les fleurs tombent (1893)
[11]Mujeres revolucionarias que durante la Comuna de París fueron acusadas de incendiar la ciudad con petróleo.
[12]Germinal (1885), Quinta parte, Capítulo VI
[13]Se encuentra formulada en el Libro Tercero (La Convención). Pp. 161-196 de la edición de Montesinos (2002)
[14]La cita completa “Hegel observa en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal acontecen, por así decirlo, dos veces. Olvidó añadir: una vez como gran tragedia, la otra como miserable farsa.” pertenece al conocido inicio de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, de Karl Marx, obra cuya lectura nos parece muy recomendable como complemento a Historia de un crimen.
[15]Todas las citas pertenecen a El hilo del collar: Correspondencia (2021) de Antonio Álvarez de la Rosa
[16]Stefan Zweig, Verlaine (1905)
[17]Ibid.
[18]“Seré un trabajador. Tal es la idea que me frena, cuando las cóleras locas me empujan hacia la batalla de París ¡donde, no obstante, tantos trabajadores siguen muriendo mientras yo le escribo a usted! Trabajar ahora, eso nunca jamás; estoy en huelga. Por el momento, lo que hago es encanallarme todo lo posible. ¿Por qué? Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente.” Primera de las dos famosas “cartas del vidente”, del 13 de mayo de 1871 a Izambard.
