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Arco histórico Biblioteca Hilo histórico n+1

n+1 – Estructura fractal de las revoluciones

Estructura fractal de las revoluciones

Traducido del original en italiano, podéis descargarlo aquí

 

n+1, nº26, noviembre 2009

«No podemos evitar perturbar el universo», (Thomas S. Elliot)

«En el turbulento flujo de la atmósfera acecha tal vez un horrible objeto fractal que aún no podemos hacer visible», (Benoît Mandelbrot)

 

Gráficos, números y…pereza

La síntesis que sigue responde a la necesidad de describir, más allá de los sentimientos individuales, la naturaleza de la gran corriente a la que nos referimos y que, con el uso impropio del nombre de persona, se engloba genéricamente bajo el nombre de marxismo. Dentro de este gran conjunto, otros «ismos» más o menos coherentes han sido caracterizados históricamente en cuanto a sus orígenes. Cuando el curso revolucionario actual haya permitido a los hombres tomar otra forma social, podrán discernir mejor, dentro del gran todo, el hilo rojo que une la antigua forma con la nueva que la habrá negado, pero ya ahora es posible razonar en grandes esquemas sin dejarse influir demasiado por manifestaciones contingentes y subjetivas. Veremos que estos esquemas pueden expresarse en una forma gráfica de gran poder descriptivo.

En lo que nos concierne, hagamos inmediatamente una advertencia al lector que aún no nos conoce: nos referimos a la única corriente que se adhirió a la III Internacional en perfecta armonía con el partido bolchevique de la época, que exigió rigurosas modalidades de afiliación para evitar la infiltración de organismos oportunistas y que trabajó asiduamente luchando contra la concepción federalista transmitida por la II Internacional, por un partido comunista mundial unitario. En 1921 fundó como sección el Partido Comunista de Italia, y a mediados de los años veinte, en el seno de una Internacional que no había logrado transformarse en el partido selecto y orgánico previsto en el proyecto inicial y que, por tanto, había degenerado, fue derrotado.

Cuando, después de la Segunda Guerra Mundial, esta corriente tomó forma de partido, mantuvo inicialmente la forma del centralismo democrático, reclutando afiliados, celebrando congresos y votando tesis a veces opuestas. Pero fue un paso atrás incluso en comparación con el partido de 1921, ya que ese partido, a pesar de su forma, ya había anticipado una nueva estructura, ya no democrática sino orgánica, según la expresión que utilizaba entonces en polémica con la Internacional. La forma asumida en 1945 fue sin embargo abandonada en 1952, cuando pudo por fin desplegarse el intento de adoptar plenamente la estructura organizativa ya incluida en las proposiciones programáticas de treinta años antes, y ya entonces puesta en práctica de forma completamente natural bajo el impulso de la situación revolucionaria. Quienes se adhirieron a ella eran perfectamente conscientes, entre los años 40 y 60, de que no eran militantes de un partido formal capaz de determinar los acontecimientos. En los trabajos sobre las cuestiones de organización, destilados más tarde en tesis programáticas, se hace referencia precisa a los grupos actuales y al verdadero partido futuro.

«La Izquierda fue la primera en advertir que el comportamiento del Estado ruso, tanto en su economía interna como en las relaciones internacionales, comenzaba a acusar desviaciones, y advirtió también de que se establecería una diferencia entre la política del partido histórico, es decir, de todos los comunistas revolucionarios del mundo, y la política de un partido formal que defendiese los intereses del Estado ruso contingente. Esto da la posibilidad, no diremos el derecho, a los grupos que surgieron de la lucha de la Izquierda italiana contra la degeneración de Moscú, de entender mejor que cualquier otro el camino que el partido verdadero, activo y formal, debe mantener para ser consecuente con las características del partido histórico revolucionario que en línea de praxis se ha afirmado en grandes fragmentos históricos a través de la serie trágica de las derrotas de la revolución.» (Consideraciones sobre la actividad orgánica del partido cuando la situación general es históricamente desfavorable).

La experiencia de la izquierda ha terminado desde el punto de vista formal de la organización, pero está abierta de par en par en lo que se refiere al programa del futuro partido revolucionario. Al menos esto es lo que afirmamos. De hecho, no nos interesa tanto la vieja organización en sí, sino lo que ha representado en el curso de sus setenta años de lucha y, sobre todo, cómo encaja en el curso del movimiento de siglos que va del comunismo antes de Marx al de la sociedad futura.

La impresión que puede dar al lector que nos conoce poco es que la referencia a métodos y formalizaciones -inusual en el milieu marxista- desvía un poco del tema de la revolución y su partido. Y es que cuando se analizan fenómenos complejos, interconectados e inmersos en una realidad histórica igualmente compleja, el «fuera de tema» es casi obligado, en el sentido de que de otro modo habría que poder explicar qué procedimiento reduccionista es mejor que otros para aislar el tema en sí y derivar el clásico «hilo rojo» a seguir. El criterio no es unívoco y, obviamente, todo criterio implica cierto grado de arbitrariedad. La arbitrariedad, sin embargo, se reduce si seguimos un programa de investigación en lugar de confiar en la masa de información que nos llega de las «condiciones límite». En resumen, intentamos entrar en la historia explorándola con una «visita guiada».

El programa de investigación que seguimos es el descrito anteriormente: no investigamos los acontecimientos de un partido concreto, aunque éste tenga una larga historia (1912-1982) y sea nuestro punto de referencia físico y teórico, sino los del gran partido histórico con sus diversas expresiones formales. Para nosotros, la historia de la revolución comunista no es otra cosa que la historia del devenir de nuestra especie; y a este nivel, incluso si nuestro programa de investigación implicara vadear los campos minados que caracterizan las «zonas fronterizas», ello no nos asustaría ni un ápice. Por estas razones, hacemos nuestra la manera de proceder de, por ejemplo, Erwin Schrödinger, físico (Premio Nobel en 1933) que en cierto modo puede adscribirse al partido histórico:

«Percibimos claramente que sólo ahora estamos empezando a reunir material fiable para soldar, en un todo único, la suma de todos nuestros conocimientos; pero, por otra parte, se ha hecho casi imposible que una sola mente domine más que una pequeña área especializada de todo ello. No veo otra salida a este dilema (a menos que renunciemos para siempre a nuestro propósito) que algunos de nosotros nos aventuremos a intentar una síntesis de hechos y teorías, aunque sea con un conocimiento de segunda mano e incompleto de algunos de ellos, y corramos el riesgo de que se rían de nosotros» (¿Qué es la vida?).

En lugar de la expresión «algunos de nosotros», pongamos otra que indique un organismo colectivo y habremos esbozado el cuadro. Decíamos que las referencias a las modernas teorías de los sistemas dinámicos, el caos, la complejidad, la información, los fractales y similares aparecen en nuestra prensa con bastante frecuencia. Aquí intentaremos utilizar el método dictado por las geometrías fractales modernas. No se trata, por supuesto, de estudiar para dotarnos de «cultura» matemática, pero existen analogías sencillas que cada cual puede utilizar en su provecho para comprender mejor los fenómenos inherentes a la evolución biológica, económica y social de nuestra especie. Esto no quita para que la nueva generación revolucionaria tenga que hacer suyo el «lenguaje con que está escrito el libro de la naturaleza» (Galileo) a un nivel diferente del que se ha visto hasta ahora en el medio marxista. No podemos acomodarnos demasiado al hecho de que la futura ionización social traerá al proletariado y a su partido los tránsfugos de la sociedad burguesa. Nuestro anticulturalismo histórico no prevé que el cerebro colectivo se adormezca felizmente en la pereza. Por eso en 2005, recordando cinco años de trabajo de la revista, decíamos que los comunistas no deben situarse al mismo nivel

«de la exagerada división social del trabajo, típica del capitalismo maduro, como si los comunistas, al igual que los fontaneros o los electricistas, fueran trabajadores especializados en una disciplina concreta en lugar de tender a ocuparse de todo el universo. Una verdadera y absurda falta de calidad, desconocida por la clase enemiga desde sus orígenes» (Chi siamo e che cosa vogliamo, n+1 n. 18).

 

No podemos evitar de perturbar el universo

El esfuerzo por encajar en «todo el arco milenario que une al hombre tribal ancestral con el miembro de la comunidad futura» debe ir acompañado de la capacidad de no elevar las palabras, los nombres y el lenguaje del pasado a la categoría de mito, aunque el abandono de la vieja terminología cómoda y tranquilizadora no siempre conduzca automáticamente a la capacidad de encontrar formas «nuevas» y más precisas para hablar de las cosas de siempre; el lenguaje no se inventa: éste, como todos los fenómenos vitales, evoluciona. Decimos que siempre buscamos invariantes en el complejo sistema de transformaciones continuas que opera en el conjunto de la naturaleza y, por tanto, también en las formas humanas de comunicación. Al hacerlo, tenemos claro que no podemos evitar perturbar el universo, no sólo el que comprende estrellas y nebulosas gravitatorias, sino también el universo social, el más cercano a nosotros, en el que estamos objetivamente contenidos; aunque, como hemos visto repetidamente, intentemos escabullirnos de él para no acabar homologados. Se sabe que la aparición o desaparición de un solo átomo insignificante tendría repercusiones mensurables a gran distancia, y esto ayuda a comprender (debería) un mínimo de física social. Porque el mundo es un continuum y la humanidad que lo habita no está formada por granos de arena independientes, sino por seres vivos que interactúan. En este universo ha desaparecido algo más que un átomo y los resultados pueden verse. Y persistirán hasta que reaparezca lo que desapareció con la derrota del último asalto revolucionario, hace unos noventa años.

A falta de una referencia programática compartida, el universo comunista actual es casi siempre idealizado, tratado de manera simbólica y a menudo incluso mística, lo que impide evaluar su realidad dinámica. Inevitablemente, la concepción basada en proposiciones sin contenido empírico conduce al hábito de la afabulación, que a su vez lleva a la comparación de palabras y frases, en definitiva, a debatir interminables «preguntas». Y como, en un debate, todo el mundo se ve siempre obligado a descender al «nivel de los más estúpidos» para ser comprendido (se trata de una ley identificada por los analistas de tertulias), todo parlamento de este tipo se convierte en un batiburrillo de necios, aunque haya cerebritos en su seno. En cualquier caso, la referencia programática, el cuerpo doctrinal, no consiste exclusivamente en el patrimonio escrito y la memoria histórica: a ellos se remiten muchos, manejándolos según su percepción subjetiva.

No es posible salir de la situación actual si se piensa y se actúa exclusivamente dentro de ella. Esta tautología, este círculo vicioso (no se puede salir de él permaneciendo en él) sólo puede disolverse teniendo en cuenta que, puesto que nadie puede evitar perturbar el universo, más vale perturbarlo sistemáticamente. Por ejemplo, haciendo trabajos no sancionados y difundiéndolos; relacionándose con posibles interlocutores sobre esa base y rechazando el resto; buscando interlocutores propios fuera del entorno habitual de los marxismos interminables. Es fácil decirlo, pero ¿quién asume la responsabilidad de determinar qué tipo de trabajo no forma parte de la homologación imperante? Debe ser posible hacerlo con un trabajo colectivo, basado en proposiciones verificables que estén fuera de la langue de bois del cortocircuito marxista, y por tanto adecuadas para recibir la adhesión de quienes están fuera de ese circuito o quieren salir de él.

Una de las más bellas expresiones de adhesión a nuestro programa de trabajo nos llegó inesperadamente de un joven que debía tener unos veinte años y al que no hemos vuelto a ver (no necesitamos distribuir carnés de socio): estáis diciendo cosas que cada uno de nosotros piensa pero no tiene las palabras adecuadas para expresar. En resumen, «perturbar el universo» puede significar mirar las cosas como siempre han sido con otros ojos, estimulando el surgimiento de un potencial latente. Esto es lo que más nos interesa en este momento. Al fin y al cabo, seamos prácticos y concretos, como se nos aconseja a cada paso: como se dice en las tesis que hacemos nuestras, en el proceso de formación de un partido deben esperarse más resultados cuantitativos de los cualitativos que viceversa.

 

Un partido y el partido

Creemos que es posible hablar del mismo objeto «partido» de dos maneras diferentes según se trate el tema desde un punto de vista histórico o contingente. Así, puede ocurrir que un mismo objeto deba ser considerado el partido de la revolución o un partido entre muchos otros. Esto sólo puede hacerse manteniendo la coherencia con la dialéctica que vincula la dinámica histórica, con su orientación debida a determinaciones y experiencias reales (partido histórico), a la dinámica contingente que da nacimiento y muerte a organismos formales más o menos diferenciados.

Como sabemos, el grandioso intento de conformar el partido mundial de la revolución fracasó pronto. Ningún partido formal consiguió sintonizar del todo con el partido histórico, salvo tendencialmente y durante un breve período. En enero de 1922 el Partido Comunista de Italia, exactamente un año después de su fundación, presentó las Tesis de Roma sobre la táctica en su segundo congreso, con los ponentes Amadeo Bordiga y Umberto Terracini. Los capítulos primero y segundo se titulaban «Naturaleza orgánica» y «Proceso del desarrollo» del Partido Comunista, el tercero se refería a las relaciones del partido con la clase proletaria. Seguían las cuestiones sobre la táctica, pero como parte integrante de los tres primeros capítulos, las que van a «desbaratar el universo» de la concepción democrático-burguesa del partido. Se trataba, evidentemente, de una respuesta contundente a las posiciones que habían surgido el año anterior en el III Congreso de la IC y a las oscilaciones tácticas que habían seguido. En noviembre de 1922, el partido «italiano» presentó al IV Congreso de la Internacional un proyecto de tesis sobre la táctica. El texto, muy conciso, estaba concebido como una denuncia de la degeneración ya visible de Moscú. Recordaba de nuevo el proceso de formación de los partidos comunistas y de la Internacional, el proyecto inicial de un partido único mundial contra el federalismo socialdemócrata, y sobre esta base analizaba las tres cuestiones espinosas: la llamada conquista de las masas, el frente único y el gobierno obrero. Pero lo más importante era la alternativa que estaba brutalmente clara: si la IC no cambiaba de rumbo, el peligro de una recaída en el oportunismo se presentaría «con extrema gravedad». El universo existente estaba perturbado, y sabemos qué medidas tomaron sus representantes contra los perturbadores con la ayuda de la contrarrevolución más mortífera de la historia.

A pesar de todo, esa corriente no murió. Demostró poseer una fuerza intrínseca que le permitió sobrevivir al fascismo, al estalinismo y a la Segunda Guerra Mundial y emerger con los mismos protagonistas que veinte años antes. Se había producido una superposición de hecho entre el partido histórico y ese partido formal, entre su naturaleza objetiva y subjetiva, a través de los mismos individuos que llevaban el mismo programa a medida que avanzaba la revolución. Pero nosotros, que vivimos en otra época y estamos subjetivamente liberados de la pertenencia formal a ese partido, podemos, considerando el final de los años veinte y sobre todo la posguerra, hablar de un partido en lugar del partido de la revolución. Y ello aunque nosotros mismos, al hablar de él casi treinta años después de su desaparición, reconozcamos la adhesión histórica de su programa y de su acción al partido histórico. En su historia, ese partido nos enseñó que la organización y un programa teórico no son suficientes, que debe existir la posibilidad material de un vínculo entre el partido y una situación material de polarización social. Sin esto, la historia continúa, re-presentando la ruptura entre el partido histórico y el partido formal. La adhesión de cada una de estas fuerzas al partido histórico se convierte en un factor subjetivo (cada miembro de uno de los partidos que se autodenominan revolucionarios pretende estar en consonancia con sus orígenes y con el curso histórico), mientras que desde fuera, es decir, desde un hipotético punto de vista objetivo, no existe ningún criterio racional para «elegir» en la dinámica histórica una organización u otra. Falta la relación con el conjunto de la sociedad a través de la clase. Sólo a posteriori será posible establecer la coherencia y profundidad de la selección, cuando la propia dinámica haya permitido utilizar criterios no subjetivos para cribar y rastrear el proverbial hilo rojo.

Es evidente que los militantes de 1945, que procedían casi todos de la izquierda del PCd’I que había sobrevivido a las tormentas antes mencionadas, se sentían con toda razón pertenecientes a la gran corriente histórica como entonces. Pero el cambio de situación -y ellos lo sabían- marcaba la diferencia: el nuevo partido actuaba en un entorno absolutamente dominado por la burguesía y sus flanqueadores políticos, ya no existía la sombra, no digamos de un dualismo de poder entre clases, pero ni siquiera de un enfrentamiento de clases coherente. Triunfó el partidismo que había ayudado a los aliados imperialistas a ganar la guerra, mientras que el pacto social enjaulaba al proletariado en una explotación bestial para la reconstrucción de la posguerra. Los camaradas de la época, conocedores de inmensas batallas y poco acostumbrados al peso asfixiante de la pantanosa contrarrevolución escribieron:

«El pequeño movimiento se da perfectamente cuenta que en la histórica fase gris que atravesamos se hace muy difícil la utilización, a tan grande distancia histórica… el programa revolucionario que abreva su linfa vital en el enlace con las masas en revuelta, en períodos durante los cuales las mismas se ven irresistiblemente empujadas a combatir… Sin dejar de reconocer que la influencia del partido tiene un perímetro restringido, debemos sentir que preparamos el verdadero partido, sano y eficiente a la vez, para la época histórica en la cual la infamia del tejido social contemporáneo empujarán a las masas insurgentes a la vanguardia de la historia…» (Tesis de Milán, 1966, la cursiva es nuestra).

¿El verdadero partido? Y mientras tanto, ¿cuáles debían ser las tareas del «pequeño movimiento»? La respuesta era inequívoca: se reivindicaban todas las formas de actividad propias del ‘verdadero partido’, el de los momentos históricamente favorables, ‘en la medida en que lo permitan las relaciones reales de poder’. Es a partir de proposiciones como ésta que nosotros, en filas muy reducidas, hemos combatido a los constructores de partido, afirmando que se puede trabajar metódicamente y con espíritu de partido incluso sin ser «el» partido. Respecto a las determinaciones sobre el partido, la clase y la relación entre ambos, escribimos por ejemplo:

«Pero en la dinámica histórica el proletariado solo es clase en sí misma si expresa una dirección teórica y práctica, su partido: La clase presupone el partido, porque para ser y moverse en la historia, debe tener una doctrina crítica de la historia y una finalidad que alcanzar en ella.» (Pasión y Álgebra).

Esta es una cita de uno de los Cuadernos de n+1, pero también es un resumen de una cita de las Tesis de Roma de 1922, que a su vez citaban un resumen de Marx. Como vemos, parece haber un problema de lógica: el partido no es tal si no tiene conexión con la clase en movimiento, y por otra parte la clase no puede considerarse tal en el verdadero sentido histórico si no expresa al partido. La solución es más sencilla de lo que parece, basta con sacudirse el disfraz de activista: el movimiento real y objetivo se hace cargo del proceso de desarrollo tanto de la combatividad de clase como de la presencia del partido. De ahí la afirmación disruptiva del recién formado Partido Comunista de Italia en 1921, no contra la Internacional, a la que todavía se consideraba capaz de rechazar con firmeza las instancias oportunistas, sino como advertencia contra un peligro real:

«Es indudable que, aun en ciertos movimientos parciales de las masas, la preparación revolucionaria del partido puede comenzar a traducirse en acciones prefijadas… Pero la creencia de que con el juego de estas fuerzas, aunque estén excelente y ampliamente organizadas, se pueda desplazar las situaciones y provocar, a partir de una situación de estancamiento, la puesta en marcha de la lucha general revolucionaria, es todavía una concepción voluntarista que no puede y no debe encontrar lugar en los métodos de la Internacional marxista. No se crean ni los partidos ni las revoluciones. Se dirigen los partidos y las revoluciones, unificando las experiencias revolucionarias internacionales útiles, en vista de asegurar los mejores coeficientes a la victoria del proletariado en la batalla que es el desemboque infalible de la época histórica en que vivimos» (Partido y acción de clase, la cursiva es nuestra).

Si, pues, la clase presupone al partido, y el partido no puede «construirse» sin la clase, como dicen algunos en lenguaje construccionista, sobre la base de la voluntad de los individuos y de los grupos, ¿no se corre el riesgo de caer en una especie de impotencia existencial? Si, como se dice en un texto de izquierda (Propiedad y Capital) predecir el futuro sería poco y desearlo sería demasiado, ¿cómo salir de ello?

«La salida dialéctica de esta doble tesis (que el proletariado puede y no puede, es la primera clase que tiende a la sociedad aclasista, pero no tiene la luz que brillará sobre la especie humana tras la muerte de las clases) reside en el doble paso contenido en el Manifiesto Comunista. Primera mitad: partido; segunda mitad: dictadura. El proletariado de masas amorfas se organiza en partido político y se eleva a la categoría de clase. Sólo aprovechando esta primera conquista se organiza en clase dominante. Pasa a la abolición de clase con una dictadura de clase. ¡Dialéctica! La capacidad de describir de antemano y acelerar el futuro comunista, buscado dialécticamente ni en lo individual ni en lo universal, se encuentra en esta fórmula que resume su potencial histórico: el partido político actor y sujeto de la dictadura» (Riconoscere il comunismo).

 

El potente trabajo de la izquierda comunista «italiana»

Describir de antemano el futuro comunista y acelerarlo puede parecer una tarea demasiado ardua para los tiempos que vivimos y las fuerzas de que disponemos hoy. La aceleración depende de muchos factores y, por tanto, de muchas incógnitas, pero cualquier dinámica que pueda predecirse nos permite preparar objetos y comportamientos, de modo que nos pondremos ropa pesada si tenemos que ir a la montaña, o prepararemos la mesa con platos hondos y cucharas si la sopa está hirviendo en la olla. Esto no parece trivial. Han pasado siglos de la historia de la filosofía discutiendo sobre causas finales, causas eficientes o potenciales anticipadas. Sin embargo, nuestra corriente resolvió el problema de la «previsión» diciendo que había que preparar el terreno:

«El partido en su vida interna, una vez remontado históricamente a su doctrina de origen, restaurado en la organización con la eliminación de los estamentos corruptos, fortalecido en la acción con decisiones tácticas de alcance mundial y revolucionario, y por eso mismo asegurado su dinámica centralista, es en cierto sentido una anticipación de la sociedad comunista en la que el dilema entre la decisión del centro y la decisión de la base perderá su sentido y ya no se planteará» (Estructura, § 115).

Como puede verse, en torno al problema de la anticipación hay muchas condiciones y no falta la referencia a una situación favorable para que se cumplan. Pero una de las condiciones es que el partido no sea un agregado de fichas, ni en el sentido burocrático ni en el sentido de material en mosaico que, en el mejor de los casos, puede proporcionar una forma inerte. El partido es un ser social vivo:

«Vive y actúa en el seno de la sociedad de clases y experimenta las determinaciones y reacciones de sus colisiones contra el enemigo de clase y las contracolisiones de éste. Hemos demostrado repetidamente que, en los momentos decisivos, la dirección no la buscan las consultas y los congresos, ni los votos de los estrechos órganos y comités centrales. Dejemos este engranaje banal de contar votos y opiniones individuales en los estatutos, propusimos; pero consideremos que la unidad del partido no es la de un montón de arena u otra sustancia granulosa, la de una colonia de seres semejantes, como la madrepora primitiva en el arrecife de coral o el hombre solo en la banalidad del registro y la estadística. El partido es un órgano en el sentido integral que se aplica a los seres vivos. Es un complejo de células, pero no todas son idénticas, ni iguales, ni tienen la misma función, ni el mismo peso» (ibíd.).

En la década de 1950 aún no era habitual hablar de complejidad, holismo y teoría de sistemas, y las extraordinarias anticipaciones contenidas en la cita derivan de décadas de historia tribulada y, por tanto, extremadamente dinámica, de hombres inmersos en un entorno hostil y obligados a refinar armas no sólo de supervivencia contingente, sino de reproducción para el futuro partido. Nunca antes se había expresado una condena tan total del insultante principio democrático:

«No todas las células ni todos sus sistemas condicionan la energética o a lo sumo la vida de todo el organismo. Tal es en la enseñanza de Marx y Lenin, en el materialismo dialéctico, la valoración de las sociedades humanas y de los complejos sociales, por oposición a la insensata filosofía burguesa que proyecta toda la sociedad en el individuo y no admite que en la sociedad se discutan y nieguen los poderes y capacidades de desarrollo al individuo, y que éstos no residen en un individuo especial y excepcional, sino en la riqueza de las relaciones entre los hombres, los grupos de hombres, las clases de hombres» (ibid.).

Pero vayamos a las condiciones. La relación entre partido y clase es de interdependencia, uno está condicionado por el otro y viceversa:

«En la dinámica histórica el proletariado es una clase en sí misma si expresa una guía teórica y práctica, su partido» (Pasión y Álgebra, 1994).

Y para conectarnos a través del largo puente entre generaciones:

«La clase presupone el partido, porque para existir y moverse en la historia la clase debe tener una doctrina crítica de la historia y un objetivo final que alcanzar en ésta.». (Partido y clase, 1921).

Nadie puede estar en desacuerdo con tales afirmaciones a menos que condene por principio el concepto mismo de partido. De hecho, este concepto viene dictado por la experiencia histórica de la relación entre la burguesía y el proletariado desde sus inicios, y no por una «idea» apriorística del partido. La clase «expresa al partido» y «la clase presupone al partido» son frases que representan bien esta interdependencia. Sólo si situamos el concepto en un marco temporal nos encontramos en un callejón sin salida, como en el caso del círculo vicioso al que ya hemos aludido (no se sale de la situación actual permaneciendo en ella): introduciendo un antes y un después, ¿cómo puede la clase expresar el partido si tiene que presuponerlo? Desde que el proletariado londinense o el proletariado silesiano dieron la señal de que una nueva clase había pasado al primer plano de la historia para derrocar al mundo, surgió la conciencia de la necesidad del partido.

Pero la clase proletaria existe físicamente incluso sin su partido. Sólo que no es una clase para sí misma, sino para el Capital. Sus acontecimientos, en conexión con la experiencia histórica, pueden o no expresar el partido formal, el cual no es una parte indiferenciada de ella sino su órgano de dirección política y organizativa. Y aquí, si enlazamos con la cita de hace un momento sobre la diferencia entre los granos de arena y los elementos internos del órgano del partido, observamos que hay invariabilidad en las situaciones a las dos escalas de observación: el partido se sitúa ante la clase como un órgano vital se sitúa ante el cuerpo del partido. Para la Izquierda[1], la distinción entre órgano y partido tenía el significado de enfatizar la necesidad fundamental de que la forma de partido fuera claramente distinta y preeminente sobre cualquier otra organización del proletariado, consejos de fábrica, sindicatos, soviets territoriales, etcétera. Por supuesto, distinción no puede significar oposición: un órgano vital siempre forma parte del cuerpo general.

Incluso la presencia de la izquierda en el seno de ese partido comunista mundial constituyente que fue la III Internacional en sus inicios debe considerarse como una relación orgánica de la parte con el todo. Cuando pasemos dentro de un momento a la descripción de la estructura fractal de las revoluciones y comparemos las partes con el todo y viceversa, será necesario tener en cuenta que la Izquierda no se consideraba a sí misma un fenómeno «italiano» en absoluto, aunque operara en un país que era un caldo de cultivo favorable para la suciedad política más desgastada del mundo y, por tanto, idóneo para el surgimiento de su propia antítesis. Se consideraba un elemento integrante de una izquierda mundial que, aunque con graves errores, tendía desde el principio a rechazar el politicismo que aún no había sido erradicado del movimiento obrero revolucionario nacional e internacional:

«La correcta transmisión de la tradición por encima de las generaciones, y por esto por encima de nombres de hombres vivos o muertos, no puede reducirse a la de los textos críticos, y al método único de empleo de la doctrina del partido comunista de manera adherente y fiel a los clásicos, sino que debe referirse a la batalla de clase que la Izquierda marxista (no queremos limitar el reclamo a la región italiana) implantó y condujo en la lucha real más encendida en los años posteriores a 1919, y que fue despedazada más que por la relación de fuerzas con la clase enemiga, por el vinculo de dependencia de un centro que degeneraba de lo que había sido el partido Mundial histórico, para convertirse en un partido efímero destruido por la patología oportunista, hasta que históricamente se rompió de hecho.» (Consideraciones).

Hoy estamos en la condición de la existencia de la clase proletaria en función del capital y de la inexistencia de su partido formalmente organizado. Establecido esto, es útil para la propia existencia de cualquier fuerza que quiera, pueda y tenga en su programa superar el capitalismo, situar a los diversos componentes sociales, especialmente los organizados, en la historia y en sus «conjuntos». Ni que decir tiene que el interés por la Izquierda es preeminente en nosotros. Veamos primero, retomando rasgos programáticos clásicos, qué es lo que caracteriza la esencia y la existencia del partido revolucionario:

1) una doctrina crítica de la historia,

2) un propósito a alcanzar en ella,

3) una situación polarizada en la sociedad.

Esta tríada excluye la posibilidad de «construir» partidos revolucionarios independientemente de la existencia de las tres condiciones. Son invariables, en el sentido de que forman un sistema de relaciones indivisibles: si sólo falta una, el partido no existe, y esto no puede remediarse con el libre albedrío. El partido no puede ser sustituido por la idea de partido. En consecuencia, el partido que en la posguerra recogió el legado del PCd’I se expresó con cautela, a veces con un hilo de ambigüedad, sobre el nombre. Por una parte reivindicándose como partido, por otra definiendo su red como «nuestros grupos» que debían ser conscientes de que trabajaban para «el verdadero partido del mañana». Era una expresión del partido histórico, una expresión de la clase de principios del siglo XX, pero no el partido de la revolución de finales del milenio. Era una poderosa máquina de trabajo. Tenía pocas conexiones formales con la clase y muchas con su futuro. Nos dejó un legado teórico sin parangón, pero según sus propias definiciones estrictas, no era «el» partido.

 

El partido comunista como objeto de la historia

El físico Feynman, ante un libro escolar que mostraba distintos tipos de máquinas y atribuía su movimiento a la energía aplicada, dijo que en lugar de «energía» se podría haber escrito «eso-que-usted-piensa», de modo que la afirmación quedaba vacía de contenido a la vez que parecía razonable. Y comentaba que el mundo académico estaba lleno de semejantes tonterías, por lo que había una verdadera epidemia de «ciencia de carga». Había sacado la expresión de un episodio marginal que tuvo lugar en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial: los nativos de una isla, al ver aterrizar aviones de transporte (de carga) llenos de alimentos y materiales, habían construido un simulacro de avión para propiciar nuevos aterrizajes. La ciencia de carga es la ciencia de lo-que-es y utiliza un simulacro de lenguaje.

El lenguaje político está lleno de florituras innecesarias, pero sobre todo está lleno de cargo-lenguaje y de eso-que-parece. Lo cual no es nada nuevo, si Marx, citando a Goethe, escribió: «Es precisamente allí donde faltan conceptos donde las palabras se cuelan en el momento oportuno». Veremos dentro de un momento que la estructura fractal de las revoluciones sólo incluye acontecimientos que dejan huellas asumiendo formas identificables, las cuales, sin embargo, pueden muy bien ser descritas en su totalidad por el lenguaje-carga. Y este último, evidentemente, no puede aparecer en un diagrama.

Un ejemplo que algunos experimentamos en el seno del PCInt. (Programa Comunista) en los años 80 es el de la infame teoría del desfase entre la curva de la situación objetiva, ascendente, y la de la capacidad subjetiva de clase, estancada. Nadie puede negar que un eventual diagrama visualiza justamente tales curvas. Pero el partido de la época llegó a la conclusión de que, como catalizador capaz de volcar la praxis y ahora firmemente arraigado en las cuestiones teóricas, tendría que dar un salto a la fase activa y contribuir a acercar las curvas, a reducir la brecha. Por otra parte, ¿no estaba también escrito en sus tesis que «el partido es a la vez producto y factor de la historia»? La situación social parecía explosiva; un gran movimiento se desarrolló desde Francia en 1968 para extenderse a otros países; en Italia, en 1969, el otoño caliente vio al proletariado en agitación durante meses; en los años siguientes hubo fibrilación en todas partes y nacieron nuevos sujetos políticos organizados; los estadounidenses se vieron obligados a abandonar Vietnam; tras la guerra del Kippur, estalló la mayor crisis internacional de la posguerra. En resumen, hay energía que mueve a las masas… y no nos damos cuenta de que las condiciones son desfavorables de todos modos, que los viejos temas tercerinternacionalistas están siendo desenterrados incluso por un extremismo obrerista autodenominado alternativo. En efecto, la energía está ahí, pero la proposición científica que debería explicarla se reduce a un «eso-que-usted-piensa» y la ciencia de carga impregna toda la sociedad dejándola como está. Es en este marco donde el partido se da una explicación de su propia naturaleza con respecto al movimiento visible, la energía aplicada, y sentencia su propio lugar en la historia: el partido es, en efecto, un producto de la historia, pero es simultáneamente su factor. La cita original con su contexto hace justicia a la seriedad del trabajo anterior y demuestra la vacuidad de lo que llamábamos «el nuevo rumbo». Pero no nos interesa desempolvar cuestiones muertas y enterradas, sino definir una situación para situarla en un esquema general de desarrollo revolucionario. He aquí el pasaje original en el contexto de todo el párrafo:

«Esta clara tesis marxista, como patrimonio de la Izquierda, se podrá encontrar en todas las polémicas conducidas contra la degeneración del Centro de Moscú. El partido es al mismo tiempo factor y producto del desarrollo histórico de las situaciones, y no podrá jamás ser considerado como un elemento extraño y abstracto que puede dominar el ambiente que le rodea, sin recaer en un nuevo y más flexible utopismo. Que en el partido se pueda tender a dar vida a un ambiente ferozmente antiburgués, que anticipe ampliamente los caracteres de la sociedad comunista, es una antigua enunciación y ejemplo para los jóvenes comunistas italianos desde 1912. Pero esta digna aspiración no podrá ser reducida a considerar el partido ideal como un falansterio rodeado de muros insalvables.» (Tesis de Nápoles, 1965, § 13).

Una docena de años más tarde, el grupo heredero de la Izquierda se elevaría arbitrariamente de objeto de la historia inseparable de su entorno a sujeto. ¿Qué era lo que movía a las masas? Una energía social indefinida. ¿Hubo un verdadero choque de clases? Sí, las propias masas lo decían. Si el partido existía significaba que era producido por condiciones materiales que dictaban su existencia y, en consecuencia, sólo su acción podía ser un factor liberador hacia un mayor desarrollo. Ahí estaban las condiciones materiales. Un término que no significa nada si no se refiere a una dinámica verdaderamente revolucionaria, que al menos contemple el desprendimiento de los tópicos de la contrarrevolución estalinista-burguesa. Lo cual es exactamente como el «eso-que-usted-piensa» de Feynman. De hecho, la comprobación experimental es obvia: la ideología del 68-77 era puro marxismo-carga de manual.

Nuestras consideraciones no deben leerse tanto como una crítica sino como una observación en el camino para encontrar las condiciones de existencia del partido. Aquí tomamos como paradigma un partido que conocemos muy bien, pero podríamos haber tomado cualquier otra organización. Sólo nos habríamos complicado la vida a causa de sus programas mucho más confusos, incoherentes, a menudo ridículos, a veces inexistentes. Al fin y al cabo, decir que «el partido es un producto de la historia» es como decir que es un producto de la naturaleza. Por otra parte, también es cierto que todos los grupos que nacieron y murieron en ese par de décadas fueron auténticos «factores de la historia», que movilizaron (¿o siguieron?) a miles y miles de personas.

Pero esto no es todo lo que puede situarse en las grandes pautas históricas del cambio. La huella dejada es demasiado tenue. Porque el verdadero partido tendrá que ser el producto del «movimiento real que abole el estado actual de cosas», es decir, el comunismo. El movimiento que, ya dentro del mundo burgués, forja sus instrumentos formales (constituidos por hombres organizados según un programa) para romper las cadenas que impiden el desarrollo ulterior de la fuerza productiva social. Nada de esto se vio en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial en Occidente. El único hecho revolucionario fue la culminación -no siempre lineal y consecuente- de las revoluciones nacionales anticoloniales.

 

El partido comunista como sujeto de la historia

Desde los primeros años de escuela se enseña a los niños que sólo se pueden hacer operaciones aritméticas dentro de conjuntos coherentes, sumar o restar manzanas con manzanas, etc. Hemos visto que hablando del partido como producto de la historia y definiendo también «historia» como el movimiento real hacia el comunismo dentro de la sociedad capitalista, llegamos a la definición coherente: «el partido comunista es el producto del comunismo que avanza». Ahora sólo queda ver cómo se puede continuar con la otra mitad del discurso: «el partido es un factor de la historia», permaneciendo anclados en el hecho de que si uno opera sobre el comunismo debe permanecer dentro de este conjunto coherente.

Es innegable, como decíamos antes, que el partido, cualquier partido, es un «factor de la historia». Esto se debe al supuesto inicial de que nadie puede evitar perturbar el universo. Por ejemplo, también lo hacemos al escribir en el teclado del ordenador, no tanto porque escribamos algo que n lectores leerán movilizando o no sus neuronas y modificando su comportamiento, sino por el hecho en sí, ya que cada pequeña pulsación sobre las teclas modifica físicamente las líneas de fuerza dentro de las que se incluyen. Queda pues establecido que, aunque hablemos de influencias débiles, incapaces de modificar los grandes esquemas de la historia, hablamos de ellas como base material de las ocasiones en que los grandes esquemas sí cambian. Si no fuera así, si no hubiera base material, sería utópico hablar de «inversión de la praxis» como lo hacemos.

Un ejemplo negativo puede ayudar a comprender qué líneas de fuerza permiten o no el desarrollo del partido. Hemos visto la infame teoría de las curvas de tijera que mostraría un «retraso» del elemento subjetivo sobre el objetivo. Es una vieja teoría, que se remonta a Trotsky, al menos en la forma: «habría todas las condiciones revolucionarias pero desgraciadamente falta el partido (o es débil, no está preparado, está dirigido por incapaces o traidores, etc.)». Esto es un disparate disfrazado de observación razonable. Leemos en un texto de nuestra corriente:

«En otras palabras, no existe automatismo en las relaciones entre economía capitalista y partido proletario revolucionario. Puede pasar que, como es el caso hoy en día, el mundo económico y social burgués sufra formidables sacudidas, que desemboquen en violentos enfrentamientos, sin que el partido tenga la posibilidad de ampliar su actividad. Decir: «existe una situación objetivamente revolucionaria, pero falta el factor subjetivo de la lucha de clase, el partido revolucionario», es errar en todas las etapas del proceso histórico, es proferir una pura sinrazón, una grosera absurdidad. Contrario a lo que ocurre; en cualquier circunstancia, incluso las más peligrosas para la dominación burguesa, incluso cuando el aparato de Estado, la jerarquía social, el orden político burgués, los sindicatos, los medios de propaganda, es decir, cuando todo parece hundirse, la situación no puede volverse revolucionaria, sin contar con que esta se vuelva más bien contrarrevolucionaria, si el partido revolucionario de clase comete fallas, si está mal formado, si titubea en el plano teórico. (Activismo, 1952).

Engels tuvo el valor de decir que el comunismo también avanza obligando a la burguesía a «trabajar para nosotros». Ahora bien, dejando a un lado la «historia» genérica, si las manzanas van con las manzanas y el comunismo va con el comunismo, entonces el partido es un producto del movimiento real, etc., es decir, del comunismo, dentro de la sociedad burguesa… que se transforma de producto en factor para elevar el propio movimiento a un nivel superior. Suena engorroso, pero es un poco como un dibujo de Escher, de inmediatez visual, donde una mano se dibuja a sí misma utilizando una herramienta que es el lápiz. El partido como tal no es en absoluto un factor del comunismo (de hecho, a veces, si no es el partido, es un factor del anticomunismo). Es el propio movimiento del comunismo actual el que produce a) el partido comunista y b) su propio movimiento futuro. Como vemos, el sujeto es y sigue siendo siempre el comunismo. En situaciones favorables, el partido se convierte en sujeto y, al «invertir la praxis», hace evidente a través de su acción la necesidad de su existencia física como fuerza indispensable para romper la máquina estatal burguesa y lograr la dictadura del proletariado, premisas todas ellas indispensables para el salto hacia el comunismo. Pero hay que tener siempre presente que la revolución no recibe órdenes de nadie (ni siquiera de ninguna forma de partido comunista): la revolución da las tareas, no las recibe (cf. Las grandes cuestiones históricas de la revolución en Rusia). Por eso impone la forma «partido comunista» en la escena histórica, y cuando ha hecho uso de ella (como la dictadura del proletariado y el Estado) la deja morir,

«a menos que se entienda como partido un órgano que no lucha contra otros partidos, sino que desarrolla la defensa de la especie humana contra los peligros de la naturaleza física y de sus procesos evolutivos y probablemente catastróficos también». (Tesis de Nápoles).

Como hemos anticipado respecto a la relación partido-clase, incluso respecto al partido-producto o factor no se trata de establecer secuencias temporales, antes o después de algún acontecimiento o proceso, y en base a la secuencia quizás establecer que se debe realizar alguna acción para su inversión. Se trata de entender que

(a) los distintos episodios de la historia del partido comunista son producto del programa del comunismo que se ha ido desarrollando a lo largo de los milenios de vida de la especie, precisamente el famoso movimiento real; movimiento que en determinados momentos concretos (crisis económicas, guerras, etc.) pone a prueba sus instrumentos humanos, y muestra cómo

b) cada uno de los episodios de esta historia tiene la función precisa de criticar (como superación) todas las experiencias anteriores, desde los albores de nuestra historia como especie, con el objetivo específico de barrer (dictadura del proletariado) los obstáculos que se interponen en el salto definitivo hacia una vida orgánica, verdaderamente humana.

 

Camino evolutivo de un sistema complejo

La existencia del partido, su función, su relación con la clase y la sociedad no pueden separarse de la dinámica del sistema que lo generó y del que inevitablemente forma parte. Como muestra el gráfico nº1, un sistema de tipo genérico evoluciona con el tiempo, aumentando su complejidad y haciendo aparecer elementos estabilizadores que lo atenúan.

 

Gráfico nº1 – Camino evolutivo de un sistema complejo. 

Durante un periodo más o menos largo de relativa estabilidad, el sistema consigue neutralizar las perturbaciones, pero en un momento dado los elementos anteriores provocan una crisis de inestabilidad durante la cual los distintos elementos del sistema se ven sometidos a tensiones, como un gas sobrecalentado en el que el movimiento de las moléculas aumenta progresivamente. La ruptura, o bifurcación catastrófica, viene precedida de un estado caótico en el que cada mínima fluctuación puede verse amplificada en extremo por fenómenos de feedback positivo. El futuro del sistema se vuelve imprevisible si no se conoce la historia de las condiciones límite que causaron el estado actual (René Thom, determinista; los indeterministas, en cambio, sostienen que el sistema simplemente se vuelve imprevisible). En tal estado, una fluctuación o sincronía mayor de las condiciones catapulta el sistema a un estadio superior que procede a un nuevo estado estable.

Un sistema como el capitalismo puede permanecer estable, es decir, en equilibrio homeostático, mediante la autorregulación de sus propios flujos de energía (retroalimentación negativa, como en el termostato: keynesianismo, pacto social) durante un cierto periodo, hasta que los ciclos estabilizadores se rompen; la retroalimentación, de negativa pasa a ser positiva (por ejemplo, sobreproducción y especulación), las perturbaciones se acumulan y el sistema estalla en una bifurcación catastrófica hacia un nuevo nivel de estabilidad. Lo importante es lo que ocurre en el periodo de fluctuación caótica: en él observamos un fenómeno conocido como nucleación, es decir, una región del sistema se autoorganiza súbitamente en un nuevo orden hasta que, vía catastrófica, la nueva disposición vuelve a estabilizarse mediante una serie de bucles de retroalimentación.

Citamos este ejemplo de funcionamiento de un sistema complejo porque la génesis y el desarrollo del partido revolucionario se asemejan mucho a la génesis de regiones caóticas que se autoorganizan hacia el nivel superior. Aunque normalmente ante los sistemas complejos la mayoría de quienes los estudian sacan conclusiones indeterministas, el hecho de que exista una regularidad en el comportamiento de los propios sistemas complejos demuestra que no son indeterministas. De hecho, la regularidad indica su inexorable camino hacia la catástrofe o hacia el nuevo nivel organizado. La incertidumbre sobre el resultado de una bifurcación es local, es decir, se refiere al éxito o fracaso de -por ejemplo- las acciones de la «semana que no se debería haber dejado pasar» de Lenin; pero el resultado histórico se proyecta ineluctablemente hacia el nuevo orden, como demuestran todas las revoluciones de la historia.

Por supuesto, siempre hay alguien a quien se le ocurre el clásico chiste activista: si el comunismo es inevitable, entonces más vale que nos sentemos a la orilla del río y esperemos a que llegue. Este trillado disparate se sirve de un truco trivial. En realidad, nadie puede sentarse en la orilla, nadie «mira» pasar a los demás, todo el mundo se debate en el agua, tanto cuando está en calma como cuando está turbulenta y el río en crecida produce remolinos, barre orillas, edificios, árboles y… estúpidos activistas que mientras tanto ni siquiera han aprendido a nadar.

Mientras escribimos, se celebra la caída del Muro de Berlín. Observemos un momento el gráfico nº1: el sistema geopolítico mundial pasaba de una fase de relativa estabilidad a otra de pequeñas convulsiones locales, cada una de ellas completamente ajena a los ajustes automáticos del planeta con sus habitantes y las estructuras materiales y sociales que creaban. Sin embargo, el conjunto avanzaba hacia una bifurcación debida a fenómenos de retroalimentación positiva: la política de Gorbachov en la URSS, la inestabilidad de Polonia, la inercia asfixiante de la situación germano-oriental, la masa de dólares que circulaba en el Este, las emisiones de radio y televisión sin fronteras. Bastó una nimiedad (el rumor de que se podía pasar por encima del muro) para desencadenar las perturbaciones y provocar nada menos que el hundimiento de todo el sistema que gravitaba en torno a la URSS. El mecanismo de la catástrofe es análogo al de la Revolución de Octubre o, si queremos retroceder en el tiempo, al que se puso en marcha a partir de la batalla de Ponte Milvio, cuando Constantino adoptó la cruz, abriendo el camino del poder a una pequeña e insignificante secta religiosa entre otras muchas más poderosas, que impregnó el siguiente milenio y medio en Europa.

 

Del comunismo «inferior» a la gemeinwesen futura

Cuando publicamos el libro La pasión y el álgebra, nos pareció útil recordar en el título una observación de Trotsky: siempre es necesario unir el «demonio comunista» de Marx que conquista las vísceras, con el trabajo sistemático y racional que lleva a considerar la historia humana como una de las muchas ramas de la ciencia de la naturaleza. Sólo tal operación permite abordar los problemas de la revolución ya no como un conjunto de acciones dictadas por la voluntad subjetiva de individuos o grupos, sino como un proceso natural que sigue un curso determinado, investigable con los métodos formales de la ciencia. Podemos ser repetitivos, pero que el proceso revolucionario puede compararse al funcionamiento de la naturaleza debe ser bien subrayado:

«Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual.».

Así Marx y Engels en el famoso pasaje de la Ideología Alemana. En ella no hay un sujeto humano específico dedicado a la «abolición» del capitalismo; el sujeto es extraindividual, es el movimiento de avance de la naturaleza, el hombre y su sociedad. Y en su avance se va dotando de tropas y herramientas, o «herramientas vivas», como las llamaba nuestra corriente, y de «estructuras anticipatorias».

«Tratándose de los alemanes, situados al margen de toda premisa, debemos comenzar señalando que la primera premisa de toda existencia humana y también, por tanto, de toda historia, es que los hombres se hallen, para «hacer historia», en condiciones de poder vivir. Ahora bien, para vivir hacen falta ante todo comida, bebida, vivienda, ropa y algunas cosas más. El primer hecho histórico es, por consiguiente, la producción de los medios indispensables para la satisfacción de estas necesidades, es decir la producción de la vida material misma, y no cabe duda de que es éste un hecho histórico, una condición fundamental de toda historia, que lo mismo hoy que hace miles de años, necesita cumplirse todos los días y a todas horas, simplemente para asegurar la vida de los hombres.» (ibíd.).

Durante milenios, el hombre ha «hecho» su propia revolución respondiendo a la necesidad de comer, beber, vivir, vestirse y, por tanto, producir. Esta es la premisa. La enorme complicación viene con las sociedades propietarias y estratificadas, con la producción lograda por sistemas de máquinas, con el desarrollo del cerebro social. Pero esta premisa ha sido la misma durante milenios, aunque la forma de producir haya cambiado. De ello se deduce que la revolución es la forma siempre cambiante que la humanidad concibe para resolver el mismo problema. De modo que es realmente el movimiento real el que conduce a la permanente conmoción y superación de las formas particulares del supuesto que hace posible la vida de la especie. La identificación de la invariabilidad dentro de algunos de estos «modos» nos permite subdividirlos en conjuntos homogéneos en sí mismos pero diferenciados entre sí. Es una operación taxonómica elemental, como el inventario razonado de las flores o las conchas. Llegamos a la historia como una sucesión de modos de producción. Éstos tienen su propia evolución interna, la misma evolución que es responsable del paso de un modo de producción a otro según la trayectoria evolutiva que ya hemos visto representada en el Esquema 1.

El punto es importante y conviene fijarlo porque constituirá la base de las páginas que siguen. En este párrafo, de hecho, condensamos el concepto de «estructura fractal de las revoluciones» que da título a este trabajo. El gráfico nº1 sirve para representar indiferentemente fenómenos del mismo tipo que se producen a cualquier escala. Se aplica a la escala de toda la historia de la humanidad, desde el comunismo primitivo hasta el comunismo desarrollado, al igual que a cada uno de los modos de producción. Así, dentro del comunismo primitivo tenemos la perturbación que todo el mundo llama hoy la «revolución neolítica», y dentro del capitalismo tenemos la perturbación científico-productiva que todo el mundo llama la «revolución industrial». El capitalismo es una revolución con respecto al feudalismo, y el paso de la manufactura a la gran industria mecanizada es una revolución dentro de la revolución. Cada revolución no es más que un episodio de la revolución a mayor escala de la que forma parte. Incluso el partido formal que Marx llama «efímero» es un episodio del partido histórico, como hemos visto. El mismo criterio debería aplicarse al cambio social. Podríamos aplicarlo al curso científico de la humanidad: la teoría de Einstein incorpora las de Galileo y Newton. O, dicho de otro modo, las teorías de Galileo y Newton son instancias particulares de la teoría general a la que la humanidad ha llegado hoy.

Como comunistas, nos interesa evidentemente la evolución de nuestra especie desde el comunismo primitivo hasta el comunismo desarrollado. Por ahora, otras épocas de la especie, aunque posibles, no son concebibles. Citamos de nuevo de nuestra La pasión y el álgebra un pasaje que aborda, visualizando conjuntos, la sucesión que acabamos de esbozar:

«Si las formas o modos sociales con el capitalismo han sido n, en conjunto son n + 1. Nuestra revolución no es una de tantas, sino que es la de mañana. Nuestra forma es la próxima. La serie de los modos de producción no es infinitamente progresiva, 1-2-3-4-etc., que sería lo mismo que decir n+1, n+2, n+3, n+4, etc. Esta serie está dividida en tres grandes épocas de la humanidad: comunismo primitivo, época de las sociedades propietarias, comunismo desarrollado. Aplicando las invariantes a las formas de producción, encontramos que las tres épocas representan «conjuntos» que solo son comparables de dos en dos: el comunismo primitivo solo tiene en común con el comunismo desarrollado el hecho de que no conoce la propiedad, pero el comunismo desarrollado conoce la producción de excedente, que solo se conoce a partir de la época intermedia. Por otra parte, parecería que las dos primeras épocas no tienen nada en común, mientras que Marx las equipara dialécticamente en el sentido de que representan, juntas, toda la prehistoria humana».

El texto continúa mostrando que «el advenimiento del comunismo representa el fin de la prehistoria humana». Obsérvese la subdivisión, esta vez bipartita: prehistoria humana = todas las épocas en las que nuestra especie no logra hacer de su existencia un proyecto, sino que es presa de fuerzas aleatorias; historia = épocas en las que la naturaleza y la humanidad que forma parte de ella proceden según un proyecto orgánico. Esta observación se encuentra en Engels, Dialéctica de la naturaleza. También encontramos la bi/tri-partición en un texto de Izquierda ya citado:

«Las violentas chispas que saltaron de entre los conductores de nuestra dialéctica nos han enseñado que es compañero militante comunista y revolucionario quien ha sabido olvidar, renegar, quitarse de la mente y del corazón la clasificación en que lo inscribe el padrón de esta sociedad en putrefacción, y se ve y confunde a sí mismo en todo el arco milenario que liga al ancestral hombre de la tribu que luchaba contra las bestias, con el miembro de la comunidad futura, fraterna en la alegre armonía del hombre social.» (Consideraciones sobre la actividad orgánica del partido cuando la situación general es históricamente desfavorable).

Una glosa telegráfica: 1) chispas = acumulación progresiva de potencial eléctrico hasta ionizar el aire, que se vuelve conductor y desencadena la catástrofe; 2) con el arco milenario (sociedad de clases) que une las dos épocas comunistas, la serie tripartita se convierte de hecho en bipartita; 3) la supresión del militante del registro burgués no es virtual sino real a través de la modificación material del entorno.

Detengámonos un momento en la serie histórica para centrarnos en la relación temporal existente entre las tres grandes épocas que la componen, y que nos permite hablar con fundamento de una serie bi/tripartita (Gráfico nº2): a) comunismo primitivo, al menos dos millones de años; b) sociedad de clases, no más de cinco mil años; c) comunismo futuro, n millones de años.

El gráfico nº2 deja claro que el tiempo de b es insignificante comparado con el tiempo de a y el tiempo de c. Pero comparado con lo que se ha dicho hasta ahora, esto no es sorprendente: el tiempo de las sociedades de clase, o «propietarias», no es más que un tiempo muy corto, aunque doloroso, de transición catastrófica en el movimiento real revolucionario y  permanente  del comunismo primitivo a  la

Gráfico nº2 – Serie tripartita en grandísimas épocas de la humanidad

realización de la comunidad humana, el Gemeinwesen global. El gráfico, que por supuesto sólo puede ser cualitativo, sirve también para mostrar que estamos ante un salto único en un tiempo únicotiempo característico» de b) de a a c, es decir, que estamos ante un comunismo de la naturaleza que se desencadena en un tiempo mínimo a un comunismo de la industria (tal como lo entienden los Manuscritos y los Grundrisse de Marx) a través del desarrollo intermedio de la fuerza productiva social.

Gráfico nº3 – Serie tripartita de la historia humana vista en su dinámica

El gráfico 3 pone de relieve las relaciones en el tiempo entre las grandes épocas de la tripartición. Obsérvese, en lo que respecta a las sociedades de clases, la influencia bidireccional de lo antiguo sobre lo futuro y viceversa (potenciales anticipados), mientras que entre el comunismo antiguo y el futuro el flujo es unívoco.

 

Estructura fractal de las revoluciones

Desde el punto de vista de la historia de nuestra especie tenemos, por tanto, una única gran revolución que lleva la unidad orgánica original del comunismo primitivo a la automaduración vinculándola al comunismo superior. La fase de transición entre la prehistoria y la historia posterior debe entenderse con seguridad como una única fase transitoria de unos pocos miles de años, un tiempo relativamente corto, que permitió a las sociedades «propietarias» desarrollar al máximo su fuerza productiva social. Así pues, la revolución es el movimiento continuo a lo largo de un período de tiempo. Y el acontecimiento en el nivel más alto tiene a su vez acontecimientos internos que se desarrollan a lo largo de fracciones de este tiempo, y así sucesivamente para todos los niveles intermedios hasta el nivel más bajo, por ejemplo, una explosión de lucha de clases que dura unas pocas semanas.

Una vez observado todo el proceso en su conjunto, tratemos ahora de centrarnos en una sola parte del mismo, y precisamente en la fase de transición que abarca todas las sociedades de clases y de propiedad. Veremos que este salto, cuyo curso hasta ahora podía parecer lineal, mostrará un torbellino caótico de múltiples especificidades individuales, locales, agregadas, etc., a primera vista incomprensible. Sin embargo, como sabemos, como sabría un físico o un biólogo, que no hay caos del que no surja alguna forma de orden, trataremos de identificar con precisión algunas regularidades o formas o leyes. Como decía nuestro corriente, colocaremos un detector en el caos para captar información. Sabiendo que no somos académicos pseudo-independientes, que pertenecemos a una clase, y que tenemos una teoría consecuente, nuestro detector estará tan orientado como está hecho un contador Geiger para captar radiaciones o un olfateador militar para olfatear las moléculas de amoníaco que deja el sudor de un enemigo.

Dentro de una gran revolución milenaria, veremos una serie de modos de producción, es decir, otras revoluciones digamos de segundo nivel. Por lo dicho hasta ahora no debería parecer extraño. Tampoco debería parecer extraño detectar un tercer nivel, por ejemplo el ya mencionado de la revolución industrial dentro de la revolución burguesa. O incluso un cuarto, como el paso del vapor a la red eléctrica, o de la red eléctrica a las redes informáticas y al cerebro social generalizado. Desde este punto de vista, nuestro particular olfateador detectará no tanto al enemigo genérico y reconocible como al enemigo que ha saltado la valla y que aún sin saberlo está trabajando para nosotros, como decía Engels, proporcionándonos teorías de catástrofes, complejidad y sistemas con su evolución. ¿Importa? Un individuo no, dos ni siquiera, pero si echas arena de grano en grano sobre un montón de arena siempre es el último grano el que colapsa el montón y provoca un corrimiento de tierras (transición catastrófica). El comunismo tiene su ejército proletario, pero uno de los signos más seguros del avance de la revolución es la multiplicación de tránsfugas de otras clases, como ratas que abandonan un barco que se hunde.

Desde el arco milenario hasta los granos individuales detectados por nuestro detector, pasando por las estructuras que emergen del caos, tenemos la posibilidad de tratar la revolución de especie como una gigantesca estructura de dimensión fractal, dentro de la cual se repiten, en un proceso de autosimilitud, toda una serie de revoluciones parciales cuya característica específica es ser una imagen reducida de toda la estructura. Revoluciones parciales de n niveles, impuestas por la necesidad de superar viejos y parciales equilibrios en favor de nuevos equilibrios que son a su vez parciales, y por tanto transitorios.

La geometría fractal, según el anecdotario actual, tiene un comienzo preciso, cuando Benoît Mandelbrot, observando la curva histórica del precio del algodón, se dio cuenta de que algunos tramos de la misma tenían la misma forma que el conjunto, lo que mostraba un fenómeno de autosimilitud. De ahí la matematización y expansión de los conocimientos en este campo. De hecho, el propio Mandelbrot admite que haber desarrollado e incluso utilizado con fines prácticos una nueva geometría no es todo obra suya. Recuperar innumerables piezas separadas preexistentes para un discurso unificado es un mérito, pero sin ellas «un hombre solo no habría podido hacer frente a semejante empresa». Nos quitamos el sombrero ante este homenaje anti-individualista al cerebro colectivo de la especie.

El término procede del latín fractus, partido, destrozado, irregular. Los fractales son formas geométricas muy distintas de las de la geometría euclidiana. Pueden ser regulares o no sin que cambie la teoría subyacente. Por ejemplo, un triángulo equilátero en cuyos lados se construyan otros tantos triángulos regulares más pequeños se parecerá a un copo de nieve cuya ampliación mantendrá su regularidad inicial, mientras que en un brócoli romanesco las protuberancias individuales serán aproximadamente similares al conjunto, pero no iguales. La geometría fractal aprovecha los aspectos cualitativos de los objetos y fenómenos de la naturaleza, pero, a partir de ahí, nos permite desarrollar también una comprensión más cuantitativa de los mismos.

Aquí hacemos un uso elemental de la geometría fractal, debido al fenómeno de la autosimilitud, pero a través de ella somos capaces de describir ciertos aspectos de la realidad que no pueden ser abordados por otras disciplinas. El mero hecho de poder hipotetizar una estructura fractal en ciertos fenómenos nos permite conectar observaciones sobre campos que parecían irremediablemente separados. Como dice Mandelbrot, en el flujo turbulento de la atmósfera «puede haber un horrible objeto fractal al acecho que aún no podemos hacer visible», pero si lo hay, o cuando lo haya, podremos comprender mejor los fenómenos atmosféricos (meteorológicos o climáticos).

En algunos sistemas dinámicos complejos, hay objetos fractales que se comportan como «atractores extraños» y tienen la capacidad de cambiar el estado de los propios sistemas. Y la autosimilitud puede extenderse a los fenómenos físicos: por ejemplo, cerca del punto crítico en la transición de un líquido a gas, hay gotas de líquido dentro de las cuales hay burbujas de gas que a su vez contienen gotas de líquido según una geometría fractal que por el momento no tiene explicación. La ironía de Mandelbrot sobre lo horripilante de un objeto geométrico invisible procede quizá de la reticencia científica hacia todos aquellos fenómenos que se resisten a ser interpretados debido a una mentalidad establecida durante milenios.

 

En torno al «nuestro» horrible objeto fractal

Hay militantes comunistas absolutamente refractarios a los discursos que van más allá del lenguaje del politiqueo comunistoide[2], pero incluso hace poco había científicos que consideraban las investigaciones sobre el caos, la complejidad, las catástrofes o las paradojas lógicas poco más que juegos (un famoso matemático decía que leer las ochocientas y pico páginas del libro de Hofstadter Gödel, Escher, Bach sobre los fenómenos recursivos era una pura pérdida de tiempo). Pero la reticencia científica no es nada comparada con la reticencia política hacia el comunismo, que es de una magnitud muy diferente, ya que no tiene efectos sociales comparables: la sociedad capitalista no puede admitir que es transitoria, es decir, que debe morir. Por lo tanto, llegando a «nuestro» terreno, es desde hace un par de siglos que un «objeto horrible» recorre Europa (y el mundo), invisible como un fantasma, como Marx y Engels revelaron por primera vez en 1848, aterrorizando a la burguesía.

Pero a partir de ese momento -y hoy incluso algunos burgueses se han dado cuenta por fin gracias a los caoticistas, los complejistas, los sistemistas, los catastrofistas, etc.- la historia humana pudo ser tratada como una ciencia. La transición de una forma social a otra (o transición de fase) puede ser objeto de análisis. Las propias formas pueden delimitarse en función de sus características específicas y representarse gráficamente en serie (fractal) para hacer más inmediata la representación de su sucesión tras sus rupturas revolucionarias (catástrofes).

Además, las nuevas metodologías y formalizaciones nos dicen que el análisis de un objeto, es decir, el estudio de sus componentes locales, nunca puede prescindir de la visión global que vincula al propio objeto con las «condiciones del contorno» que contribuyen a la dinámica de un sistema. A menos que se quiera aislar deliberadamente el objeto para estudiarlo en condiciones de laboratorio con un método reduccionista. Pero esto no puede hacerse con la sociedad, ella misma es el laboratorio y debe ser observada en toda su complejidad dinámica global, incluso cuando se han identificado los fenómenos locales y las leyes que los rigen. Así pues, podemos afirmar que el conocimiento de un proceso revolucionario, así como el de cualquier subproceso que tenga lugar en su seno, sólo es comprensible, es decir, analizable, a condición de reunir todas las determinaciones locales en una síntesis global del tipo de las que se muestran en los gráficos 1, 2 y 3, y a partir de ahí, retrocediendo, analizar los aspectos individuales. Encontrarse en una huelga local y saber analizarla con el esquema global de la milenaria revolución humana puede ser de inestimable ayuda cuando el fenómeno trasciende de lo local a lo global. Incluso cualquier huelga es el zoom fractal de un nivel superior. Pero tomemos la ayuda de Marx:

«Los economistas del siglo XVII, por ejemplo, comienzan siempre por el todo viviente, la población, la nación, el estado, varios estados etc; pero terminan siempre por descubrir, mediante el análisis, un cierto número de relaciones generales abstractas determinantes, tales como la división del trabajo, el dinero, el valor, etc. Una vez que esos momentos singulares fueron más o menos fijados y abstraídos, comenzaron los sistemas económicos que se elevaron desde lo simple – trabajo, división del trabajo, necesidad, valor de cambio– hasta el estado, el cambio entre las naciones y el mercado mundial. Este último es, manifiestamente, el método científico correcto. Lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto, unidad de lo diverso. Aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el efectivo punto de partida, y, en consecuencia, el punto de partida también de la intuición y de la representación» (Introducción a la crítica de la economía política, 1857).

Del esquema global del gráfico nº 2 acudimos a un trabajo de nuestra corriente fechado en 1951 (Teoría y acción en la doctrina marxista), del que derivamos un detalle del propio esquema ampliando el brevísimo trazo b, sociedades de clases propietarias:

Gráfico nº4 – Zoom sobre la parte b del gráfico nº2. Parecido con el esquema del 1951

El sencillísimo gráfico nº 4 nos muestra tanto las bruscas y catastróficas transiciones de fase como la autosimilitud de los procesos que afectan a un nivel determinado dentro del nivel superior, y viceversa. Los gráficos de este tipo describen fases pero, forzando un poco, también pueden entenderse como diagramas cartesianos con el eje horizontal marcando un tiempo arbitrario y el eje vertical marcando la fuerza productiva social liberada por las revoluciones. También se aprecia un parecido con el gráfico de homeostasis/turbulencia nº1, que, como puede verse por la forma, dentro de los diagramas de fases formaría parte de una secuencia.

Sin entrar en los méritos de las diversas formas de producción con sus caracteres peculiares, y queriendo permanecer dentro del intento de representar gráficamente nuestro «horrible objeto fractal», podemos incorporar el gráfico nº4 al gráfico nº2 y tener (gráfico nº5) una visión más detallada «hacia lo concreto». La esclavitud (b1), el feudalismo (b2) y el capitalismo (b3), se hacen visibles dentro de un gran salto b, donde podemos ver que nuestra revolución concreta (dentro de b3), que destruirá el capitalismo, no es una de tantas, sino la decisiva que pondrá fin a las sociedades de clases. Al mismo tiempo, el gráfico nº5 nos muestra cómo la gran transición al comunismo desarrollado pertenece a ese gran objeto fractal que es la revolución general de la especie, que sólo tiene su contrapartida en la gran transición del comunismo primitivo a las sociedades de clases propietarias (separadores verticales punteados). Además, puede observarse que el conjunto del rasgo b, que incluye las formas propietarias precapitalistas b1 y b2, también forma parte de nuestra revolución, en la medida en que reconocemos y reivindicamos todo el arco ac con la mediación del período intermedio formado por conjuntos autosimilares, «fracturados» pero conectados simultáneamente en el continuo temporal de la dinámica histórica.

Gráfico nº5 – Ulterior esquematización fractal de las diversas formas sociales

Cuando se intentó investigar la naturaleza extremadamente compleja de lo que hoy se denomina conjunto de Mandelbrot, que sin embargo se generó mediante una iteración matemática elemental, hubo que desarrollar nuevas matemáticas. Cada figura del fractal parecía una molécula, a veces conectada a las demás, a veces fluctuando. En realidad, cada figura estaba unida a un entramado que la unía a todo lo demás, simulando la complejidad de la química orgánica (hasta el punto de que el propio Mandelbrot se refirió a ella como «un polímero del diablo»). La nueva matemática demostraba que cada fragmento del todo, por pequeño o grande que fuera, no importa en qué parte del todo, seguiría mostrando, al ampliarlo o reducirlo, nuevos fragmentos autosimilares. Y al mismo tiempo cada fragmento autosimilar daría lugar, a través de la red que lo conectaba todo, a figuras complejas de infinita variedad.

Hay que recordar, como en los ejemplos citados, que en la estructura fractal derivada de un triángulo, la autosimilitud sólo puede dar triángulos, como en la de una coliflor sólo puede dar coliflores, es decir, queda excluido que pueda dar cualquier otra figura, incluso dentro de la recordada «variedad infinita». Si en lugar de las figuras mencionadas insertamos «nuestra» figura, el horrible objeto fractal que vaga por Europa y por el mundo como un fantasma, veremos que la autosimilitud en las transiciones catastróficas y en los caminos que conducen a ellas excluye la génesis de partidos y revoluciones mediante una «construcción» arbitraria. Lo impide la red que todo lo conecta y todo lo informa (también en el sentido de «formas»).

Acerquémonos ahora a un detalle del gráfico nº5 que incluye la forma capitalista (b3) y la forma comunista (c), destacando la ruptura (r), es decir, la turbulencia caótica que desencadena el paso del sistema de un nivel a otro. Tendremos la configuración del gráfico nº6, sobre el que, aunque tenga una forma diferente, sólo podríamos repetir lo mismo dicho sobre el gráfico nº1, el de la trayectoria evolutiva de un sistema complejo a cualquier escala. Es decir, tenemos una autosimilitud tan fuerte que nos permite comparar un conjunto fractal, que es geometría, con un sistema evolutivo que es física de la complejidad, termodinámica, teoría de la información.

Gráfico nº6 – Reducción fractal y autosimilitud al conjunto de a-c, indicando aquí el salto revolucionario del capitalismo al comunismo.

Lo que a primera vista parece ilegible, y que la limitada (por interesada) inteligencia burguesa puede atribuir en el mejor de los casos a los «egoísmos irracionales» de cada individuo que actúa en el libre mercado, resulta ahora evidente. Volvamos pues a partir de este nivel de abstracción (gráfico nº6), y analicemos la historia nada lineal de la fase homeostática del capitalismo (fluctuaciones con retroalimentación negativa que las amortigua) y sus contradicciones que conducen a las turbulencias y al salto (r) al nivel superior comunista (c); no sólo hay una similitud con el diagrama del gráfico nº1, sino también con el del gráfico nº2. 1, sino también con el del gráfico nº2 de la serie tripartita (comunismo → formas propietarias → comunismo) y con el del gráfico nº5, donde aparece todo el recorrido con el zoom sobre las sociedades propietarias. Todos los procesos parciales hacia la ruptura catastrófica son semejantes, lo que nos permite dibujar el diagrama nº7 con más zoom sobre el capitalismo, donde r1r2r3r4, no son sino diferentes episodios de la presente y única catástrofe revolucionaria que sepultará al Capital. El esquema podría comentarse de dos maneras.

La primera, a través de las formas de producción capitalista: r1 = formación del capital mercantil, repúblicas marítimas y las Comuni[3] italianas a partir del siglo X; r2 = primera manufactura y formación del capital bancario entre los siglos XIII y XIV, en Italia, Flandes y la zona hanseática; r3 = expansión del comercio mundial y nacimiento del imperialismo (Holanda, Francia, Inglaterra); r4 = revolución industrial, época imperialista como fase suprema del capitalismo.

La segunda, a través de las reacciones de las clases oprimidas: r1 = revuelta del movimiento pauperista urbano en Lombardía en el siglo XI; r2 = revuelta del movimiento proletario de los Ciompi en Toscana en el siglo XIV o de los campesinos pobres en Alemania en el siglo XVI; r3 = insurrección de París en 1871 y proclamación de la Comuna; r4 = Revolución de Octubre.

Por supuesto, se trata de grandes generalizaciones. Las fases histórico-económicas no siempre siguen automáticamente a las políticas. Sin embargo, es posible con gran aproximación demostrar que la estructura fractal se adhiere a la historia real (y viceversa). En un campo de extrema complejidad como el de la historia mundial, sería por lo demás un milagro encontrar una regularidad y una invariancia tan fuertes entre escalas muy diferentes de fenómenos sociales. De hecho, hay que tener en cuenta que no estamos hablando de sistemas ampliamente predecibles, como los sistemas astronómicos que presentan irregularidades a escala de millones de años, sino de sistemas altamente inestables y caóticos que son impredecibles a escala de unos pocos días.

Gráfico nº7 – Diversos episodios catastróficos dentro de la única gran catástrofe desde la inicial afirmación del b3 (revolución burguesa) hasta la c (comunismo).

 

El partido de la Comuna de París

Tomemos en este punto un tratado cualquiera. Por comodidad, elijamos un acontecimiento histórico que ya forme parte de nuestra revolución, es decir, r3 = Comuna de París. Si profundizamos en el proceso desde el armisticio con Prusia en enero de 1871 hasta la sangrienta caída en mayo, observaremos una progresión fractal también en esa escala, con rupturas crecientes de equilibrios inestables hasta la catástrofe final, es decir, la guerra civil abierta como una bifurcación con resultados militares abiertos (había habido levantamientos en otras ciudades francesas y el nuevo Estado se había calificado inmediatamente de internacional).

La Comuna era ciertamente hija de la Internacional (la primera), como afirmaba el propio Marx, pero la Internacional era también hija del movimiento real que en sí mismo representa la dinámica del comunismo hacia un nuevo tipo de sociedad. Como ya hemos visto para el partido, tanto la Comuna como la Internacional son dos aspectos aparentemente separados de un mismo objeto fractal, es decir, de un único proceso histórico. Como intento temprano de demolición drástica y radical de lo existente tuvo sus limitaciones, pero lo que nos interesa es que se sitúa en la red de relaciones que hace del gran objeto fractal un continuo a pesar de estar… fracturado. De hecho, Marx lo trata como el mayor intento de «nuestro» partido de asaltar el cielo. Cuando en realidad, según el recuento democrático de votos, los internacionalistas se encontraban en minoría absoluta en comparación a otras fuerzas.

Ésta es a la vez la limitación y la grandeza de la Comuna: intentó romper la maquinaria del Estado sin conseguirlo; pero su intento demostró a toda verdadera ruptura revolucionaria del mañana que ése era el objetivo fundamental. Esto es lo que hace grande a la Comuna: es nuestra no por lo que sus dirigentes, sus líderes, pudieron creer de sí mismos y de su naturaleza; es nuestra no por lo que pudo ser y no fue; seguirá siendo siempre nuestra por lo que objetivamente fue.

Sobre la base de lo anterior, algunos podrían introducir aquí la tesis de que la Comuna habría sido un ejemplo de esa notoria presencia de condiciones objetivas en ausencia de condiciones subjetivas. El entorno social habría sido a todos los efectos maduro y favorable para la victoria de la revolución, pero el partido fue deficiente: incluso Marx admitió de hecho que hubo grandes deficiencias políticas con repercusiones desastrosas en la conducta militar que finalmente costó cincuenta mil muertos proletarios. Como si dijéramos que el cuerpo era sano y robusto pero la cabeza no le correspondía. Esta visión de la guerra civil revolucionaria en Francia, además de estar en desacuerdo con la que Marx expresa en su análisis general, también está en desacuerdo con los procesos reales descritos por su estructura fractal.

Sin duda, los comuneros cometieron errores, pero no es ésta la forma de examinar el acontecimiento físico en el que se enfrentaron tres fuerzas opuestas: dos ejércitos burgueses en guerra entre sí, por un lado, y el proletariado insurgente, por otro. La homeostasis estaba rota y se producían grandes fluctuaciones que hacían que el sistema fuera altamente inestable. En febrero hubo elecciones y ganó una aplastante mayoría del llamado pueblo rural, que optó por la vuelta a la monarquía. La revolución les pasó por encima como una apisonadora, obligando a las fuerzas burguesas (Thiers y la Asamblea Nacional) a retirarse a Versalles. Significó que la tensión revolucionaria permanente, la que Marx identificó por primera vez en 1848 cuando afirmó que el partido democrático debe ser derrotado para que surja el partido insurreccional, estaba vigente hasta entonces. La revolución debe quemar cada nivel alcanzado y saltar al siguiente, debe en definitiva desencadenar fenómenos de retroalimentación positiva, de lo contrario se impone la retroalimentación negativa, el termostato de la normalización.

En marzo, se proclama la Comuna y se requisan armas de todo tipo. Los ejércitos beligerantes se unen efectivamente contra la insurrección proletaria. El «partido» de la revolución se comporta generalmente bien. Se organiza a sí mismo y a sus unidades militares, dicta decretos de indeleble alcance revolucionario. Pero levanta barricadas masivas, despliega su milicia en previsión del inevitable ataque enemigo, coloca la artillería en posiciones fijas. En resumen, se despliega en defensa. La revolución murió en ese momento, pero deja incluso con esta muerte una lección fundamental: ninguna revolución debe luchar nunca en defensa.

Entonces: ¿era el partido de la Comuna un instrumento adecuado para sus tareas? Tomemos la definición estándar de un partido proporcionada por la última revolución, la que expresó la Internacional Comunista: fuerte, centralizado, bien organizado con una disciplina de hierro, armado con la más firme conciencia crítica de la revolución y un propósito claro, capaz así de preparar y dirigir al proletariado en su asalto contra el poder estatal de la burguesía. Tal partido no existía en Francia en 1871. Se podría pensar, por tanto, de acuerdo con lo que ya se ha dicho, que no podía haber revolución puesto que no había partido. E incluso según ciertos criterios actuales la situación era desequilibrada (existía la situación revolucionaria pero no había partido). Pero eso sería un error. Marx se encarga de decirnos que la Comuna fue la mayor acción del partido al que él mismo pertenecía, aunque físicamente sus representantes no estuvieran allí. Es la dimensión fractal de la revolución la que determina si el partido está o no, no el resultado de la confrontación. La Comuna y su partido fueron un momento en la dinámica general, de nuevo un aspecto particular de la revolución general. La Internacional Comunista tampoco respondió a las características del partido que ella misma esbozó. Pero no puede decirse que no fuera el partido de la revolución tal como se desarrollaba en Europa.

Probablemente un organismo como el descrito en las líneas anteriores sólo se verá una vez en la historia de la revolución y de su partido. Mientras tanto, sin embargo, ya ha habido al menos dos ejemplos de amplia aproximación a ese modelo, el Partido Comunista Bolchevique y el fundado por la Izquierda Comunista en Italia. Y, volviendo a Las luchas de clases en Francia de Marx, para que el partido comunista del mañana se imponga, hay que barrer a los partidos que fueron o son o serán representantes de las viejas categorías sociales como el centralismo democrático, el parlamentarismo, el frentismo[4], etc., es decir, aquellos que representaron aspectos particulares en la historia general del partido y que intentan reproducirse continuamente. Esto, por supuesto, no significa negar la esencia revolucionaria del efímero partido formal cuando alcanza su máxima expresión dentro de los límites de un rasgo específico de la revolución.

 

De Occidente a Oriente y viceversa

Tomemos ahora la última sección r4 del gráfico nº7, la Revolución de Octubre. Aquí nos encontramos ante una situación que, aunque prevista por Marx y Engels ya en el Manifiesto, nunca se había producido antes del Octubre ruso. En 1848, la perspectiva del partido comunista era apoyar cualquier movimiento que representara a la parte más avanzada de la sociedad. En aquella época, la democracia era un objetivo en casi todas partes, y en el programa de los comunistas esto se recogía con la aclaración de que en todas partes había que anteponer la cuestión de la propiedad.

Mientras que en casi toda Europa occidental el programa del Manifiesto fue en 1917 «criticado» por el propio desarrollo de los acontecimientos, esto no había ocurrido en Rusia. La autocracia feudal-asiática se encontraba en una fase atrasada de nuestro esquema fractal, aunque islas de fuerte industrialización habían permitido el desarrollo de un proletariado fuerte, y el partido comunista se había labrado un nombre en condiciones ilegales internas extremadamente difíciles como en la emigración forzosa en contacto con el mundo occidental moderno.

Dado que, de acuerdo con la observación de Lenin contra los populistas, el carácter material dominante en Rusia era el capitalismo y no la vieja sociedad, se superpusieron materialmente dos fases: la de la revolución democrático-burguesa y la de la revolución comunista proletaria. Vista según el esquema fractal, esta situación no plantea ningún problema: dos aspectos específicos de la misma revolución observados desde un nivel superior se juntan y son apropiados por el partido que existe. Y si está equipado en un sentido comunista, será adecuado para dar el salto al nivel comunista superior; si no lo está, permanecerá en el nivel burgués, que es en cualquier caso superior al nivel autocrático y asiático-feudal. En cualquier caso, la revolución avanza.

Sabemos que el Partido Bolchevique expresó, con las Dos tácticas de la socialdemocracia en la Revolución democrática de Lenin, una síntesis formidable: en Rusia no hay fuerzas democrático-burguesas consecuentes, pero hay un partido comunista que se ha desarrollado sobre la base del capitalismo moderno y que creemos que está bien equipado para abordar el problema con confianza. Ergo, el partido comunista dirigirá la revolución democrática. Para ello tendrá que neutralizar a las fuerzas inconsistentes o atrasadas (a la vil pequeña burguesía y al campesinado). En este punto, la revolución ya no será burguesa sino comunista. Se enfrentará a tareas atrasadas, pero será comunista y proletaria. Las turbulencias provocan fluctuaciones tan amplias que el partido se salta una fase. Esta superposición ha sido llamada por nuestra corriente la «doble revolución». En 1920, en las Tesis sobre la cuestión nacional y colonial, se retoma la enseñanza y la Internacional Comunista lanza el llamamiento a los pueblos de color: uníos a nosotros y os haremos saltar una etapa (en el original: «siglos de historia»).

En los textos de nuestra herencia histórica se retoma el tema de la revolución que marcha de Occidente a Oriente (lo reporta Mehring, que a su vez atribuye la expresión a la Neue Reinische Zeitung). Es sabido que Marx y Engels consideraban la caída del zarismo en Rusia vital para la revolución en Europa. La Revolución de Octubre es ciertamente el resultado de tensiones internas, sin embargo el famoso eslabón débil de la cadena salta debido a determinaciones provenientes de Occidente. También en el esquema fractal está previsto el salto del nivel inferior al superior, pero la inversa desbarata ya el esquema del gráfico nº1, el de la trayectoria evolutiva de un sistema complejo. Desde este punto de vista, es difícil imaginar que la revolución victoriosa en Rusia se expanda hasta el nivel de -digamos- Alemania. Y de hecho nuestra corriente nunca habló de revolución y contrarrevolución en Alemania, sino sólo de contrarrevolución preventiva.

Si el lector está familiarizado hasta ahora con los diagramas y las referencias a los mismos, intente observar el ascenso que se despliega en el gran conjunto b de la revolución de las especies a-b-c en el Diagrama 2 y sus subconjuntos b1b2 y b3 en el Diagrama 5. El efecto inmediato es de rechazo instintivo si se imagina un proceso evolutivo inverso, es decir, de derecha a izquierda, «cuesta abajo». Pedimos disculpas por el lenguaje poco ortodoxo, pero sigamos adelante, prestando especial atención al proceso revolucionario r4 = octubre de 1917 (dentro de la revolución b3-r-c: gráfico nº7), donde vemos que mientras el contenido político de octubre está en la cúspide del proceso, casi en la fase de transición, el contenido social está en cambio incluso fuera del cuadro (a la izquierda del gráfico).

Por tanto, no hay una forma unívoca de hablar de la Revolución de Octubre por la sencilla razón de que es ambivalente: si hubiera ganado el alma proletaria, Rusia se habría saltado una fase política y habría habido una forma de acelerar la historia; ganó el alma burguesa y sigue siendo una revolución, sólo que la aceleración fue quizá menos pronunciada y el aspecto político quedó muy por detrás de la transición. Occidente podía ayudar a Rusia; lo contrario era problemático y quizás imposible. Véase nuestra cita completa actual sobre la dirección geohistórica de la revolución:

«Marx se cuida de no aplicar a estas diferentes direcciones de la presión expansiva rusa una misma y agradable fórmula. El pasaje que citamos es muy expresivo si lo comparamos con la situación actual [años 50]. Llamando gobierno capitalista al actual gobierno de Moscú, no le damos una bofetada; ni le desafiamos a tareas revolucionarias cuando, con su enorme actividad en Asia, económica, comercial, construyendo comunicaciones y transfiriendo las inacabadas estepas interminables a nuevos planos de organización humana, hace caminar la revolución, como decía Mehring, de Occidente a Oriente. Las proclamas ideológicas son equívocas, y contrarrevolucionarias hacia Occidente de manera feroz, pero esto, como en el caso de la tendencia expansiva del “poder hinchado” del siglo XIX, depende de las circunstancias y no de su propia voluntad» (Russia e rivoluzione nella teoria marxista, cap. 16).

El partido bolchevique en el poder representaba, en las condiciones dadas, la voluntad de avanzar hacia la revolución comunista mundial, se convertía así en un nuevo aspecto particular de la historia general del partido y de la revolución comunista. Una historia que en este caso se injerta en las circunstancias particulares del movimiento del capital hacia el Este. Cuando se habla de Octubre, por tanto, sólo se adjetiva impropiamente a la revolución como «rusa». De hecho, el movimiento revolucionario que implica a diferentes áreas geohistóricas hace que nuestros gráficos se solapen, y así podemos decir que la contrarrevolución anticomunista estalinista es una perturbación bastante limitada en comparación con la revolución capitalista estalinista y maoísta, que fue capaz de desencadenar procesos de retroalimentación tan positivos para el desarrollo de la fuerza productiva social como para perturbar el Asia milenaria.

Queda el aspecto político de la contrarrevolución, que es devastador, aunque es seguro que en ausencia de un Stalin con su estado mayor de fusilamiento, el efecto no habría sido demasiado diferente. El capitalismo se impuso ideológicamente con la Encyclopédie, pero materialmente conquistó el mundo con «sangre y barro»: en Occidente, donde había pasado la dominación estadounidense, la dominación estalinista parecía burda, primitiva e ineficaz. El Muro aún no había caído y setenta años de dominación ya se habían disuelto en el triunfo del mercado, los acaparadores, los curas y los proxenetas.

 

La revolución (proletaria) fracasada en Occidente

Nuestra excursión dentro del gran objeto fractal que llamamos revolución está casi completa. Hemos llegado a la culminación de la fase suprema del rasgo b, en el umbral de la perturbación decisiva r a medio camino entre la prehistoria del hombre y la historia del hombre finalmente humano. En ausencia de lucha de clases, las fluctuaciones del sistema encontraron tan fácilmente su retroalimentación negativa que la homeostasis, en lugar del equilibrio dinámico, se convirtió en un pantano económico y social. De ahí que se formasen nuevas fluctuaciones, más amplias y peligrosas. Para la burguesía, existe el peligro real de una fibrilación del sistema, de una sincronización de los acontecimientos que puede hacerlo marchar hacia una bifurcación/catástrofe con una relativa polarización social. La crisis actual ya ha mostrado cómo todo el montaje capitalista está fuera de control y marcha hacia un montaje límite, como dicen los economistas menos serviles. Fuera de control y al borde del precipicio: ésta es una imagen bastante aproximada de la realidad.

Hoy en día, no hay nadie que hable de revolución en el sentido real, es decir, sabiendo lo que significa, material y emocionalmente, estar dentro del tramo r del mayor cambio de época jamás vivido. Sin embargo, la gente ya ha experimentado este sentimiento y los viejos camaradas del 21 intentaron transmitírnoslo. Pero la revolución se detuvo en Rusia y el Occidente burgués, socialdemócrata y oportunista respiró aliviado. Nuestros gráficos, sin embargo, no pueden responder a la pregunta de si hubo revolución y contrarrevolución o si simplemente no hubo revolución. «Sólo» nos dicen en qué punto significativo de la gran revolución estábamos o estamos, y ya hemos visto por qué: podemos imaginar los gráficos como un desarrollo en el tiempo sobre ejes cartesianos basados en lo que sabemos del pasado, pero en realidad sólo definen fases, la duración no está representada. Tras el Octubre, en 1919 se constituyó en Moscú la Tercera Internacional y, posteriormente, se formaron diversos partidos comunistas en los distintos países europeos. La adhesión a la III Internacional fue entusiasta e inicialmente se adhirieron a ella partidos extremadamente heterogéneos que difícilmente podían definirse como comunistas a la escala del partido ruso o italiano. «Hacer como en Rusia» se convirtió en una consigna generalizada sin conexión con las tareas de una revolución que debía derrocar realmente el orden existente.

Dados los constantes deslices de la Internacional en cuestiones no marginales, la Izquierda se preguntaba si existía una auténtica situación revolucionaria en Europa. Sin embargo, estaba claro que para la victoria final de la revolución sería necesario el descenso decisivo del proletariado internacional. Esto no ocurrió, y finalmente

«todo lo que el proletariado ruso y el partido ruso podían hacer por sí mismos, en la fecha de la victoria civil de 1920-’21, estaba hecho. Y se había dado todo lo que se podía dar» (Estructura, §117).

Sobre las razones del descompuesto retroceso de la revolución en Europa y luego en Rusia, se dieron respuestas contradictorias desde diversos frentes, pero todas basadas en atribuir la responsabilidad a «errores» concretos de dirigentes o partidos, bien sobre la relación entre teoría y táctica, bien sobre la incapacidad de reprimir a una burguesía que se volvía fascista e inducía a la necesidad de defender la democracia. La derrota de los hombres y de sus organizaciones se equiparó tout court a la derrota de la revolución.

La Izquierda dio una respuesta totalmente diferente: la revolución no puede ser derrotada, sólo puede avanzar más lentamente. En el ensayo Lecciones de las contrarrevoluciones se afirma magistralmente que, en el curso de la historia, el avance de la revolución provoca pocos episodios llamativos, sino una contrarrevolución continua. La esencia de la revolución, paradójicamente, está en la contrarrevolución. Encontramos el quid de esta paradoja en la Crítica de la economía política de Marx, el Abc para entender el movimiento real, etc.: la revolución avanza en la estructura material, la superestructura es una cadena que la bloquea. El proletariado rompe la cadena y la estructura material se libera. El comunismo no es un movimiento de edificación sino de liberación.

En Europa, el proletariado internacional no había salido al campo porque no había sido llamado a hacerlo. La secuela es el juego del por qué. ¿Habían resuelto admirablemente los rusos el problema militar de la toma del poder tomando decisiones políticas equivocadas, sobre todo hacia Europa? Todavía estamos ahí, habría que explicar qué significa «equivocadas» en este contexto. En los grandes virajes históricos, las «elecciones» no son atribuibles a los ejecutores individuales de los impulsos históricos que surgen del choque físico de las masas humanas. En Rusia, la fase de la doble revolución con doble aceleración había madurado, mientras que en Europa sólo había una apariencia de revolución: faltaba todo, masas unívocamente polarizadas, partidos capaces de reunir las pulsiones y dirigirlas, programas capaces de subvertir el orden internacional. En un momento dado, las actitudes políticas fueron incluso el efecto y no la causa del declive del potencial de clase.

«Si hubo un error, y si es un error de hombres y políticos hablar de ello, no fue el haber perdido autobuses históricos que se podían haber cogido, sino en el hecho de que el movimiento no tuvo la fuerza de decir que el autobús del poder proletario en Occidente no había pasado y que, por lo tanto, era mentira señalar que el autobús de la economía socialista en Rusia estaba en camino. Para nosotros la historia no la hacen los Héroes, pero tampoco los Traidores» (Estructura § 118, la cursiva es nuestra).

La Izquierda utiliza un ejemplo eficaz para mostrar la diferencia de tensión social existente entre las dos zonas geohistóricas de Rusia y Europa: mientras que en Rusia la polarización social era máxima y las moléculas humanas «se orientaban necesariamente, automáticamente, sin tener que luchar por elegir posiciones», en Europa las moléculas estaban enloquecidas e iban en todas direcciones impulsadas por fuerzas divergentes. He aquí una descripción casi poética del poder:

«En ciertos momentos, como en esta fase sorda de la civilización burguesa occidental, el entorno histórico no está ionizado y las innumerables moléculas humanas no están orientadas en dos bandos antagónicos. En estos períodos muertos e inmundos, la molécula inerte y fría se cubre con una especie de incrustación que llama conciencia, y balbucea que irá donde y cuando le plazca, eleva su inconmensurable nulidad a motor causal de la historia. Que, sin embargo, como en la Rusia de la guerra civil, las grandes fuerzas del campo histórico se destinen a sí mismas, excitadas por los choques de las nuevas fuerzas productivas. Es entonces cuando en nuestra imagen se ioniza la atmósfera histórica, el magma social humano. Las líneas de fuerza del campo se clavan en sus trayectorias, cada elemento del complejo va hacia su polo y se precipita al choque con el opuesto. Termina la duda mortal, todo doble juego se va innoblemente al infierno, el individuo-molécula-hombre corre en su conjunto y vuela a lo largo de su línea de fuerza, olvidando por fin esa idiotez patológica que siglos de desconcierto denunciaron como libre albedrío» (Estructura, §119).

Los grandes partidos de masas europeos se habían mostrado impotentes y fueron miserablemente arrollados por la contrarrevolución preventiva que no hizo ningún esfuerzo por aplastarlos, sólo repelidos por el sacrificio del proletariado. La respuesta a por qué ocurrió esto es física: los bolcheviques eran un movimiento pequeño pero muy decidido y organizado. Ante el hundimiento de la estructura central zarista, eran el único partido capaz de dar dirección a las fluctuaciones caóticas del sistema y se impusieron. Por eso los demócratas, retrospectivamente, hablaron de «golpe de Estado». En realidad, se trató más bien de una bifurcación catastrófica con un desenlace marcado por la historia previa de las condiciones límite, cuyas huellas pueden encontrarse fácilmente en las obras de Lenin y… en los libros de teoría de las catástrofes.

 

En el vientre de la ballena

Una vez completado nuestro recorrido por la huella del patrón evolutivo de la sociedad humana hasta el umbral del giro r, sólo nos queda lanzar una mirada hacia el futuro, tratando de mantenernos anclados en lo que ya sabemos con certeza y hemos descrito a grandes rasgos.

El tramo actual de la revolución tiene como protagonista indudable el declive económico de Estados Unidos, que sin embargo va acompañado de un poder político y sobre todo militar estable. Esta situación no es normal, porque la dirección del movimiento histórico representado por el gran objeto fractal es irreversible y no hay islas que desafíen la autosimilitud. En la serie histórica, Estados Unidos debería acabar como Inglaterra, es decir, ser suplantado por un país imperialista más poderoso (en todos los sentidos). China está en el horizonte, pero no tiene el arsenal estadounidense, ni la capacidad de controlar los flujos de valor mundiales, ni ochocientas bases militares diseminadas por todo el mundo. Los sistemas complejos soportan estas contradicciones sólo para dejar que se inflen a un nivel superior, hasta que de repente estallan, como nos ha demostrado, por ejemplo, el colapso del Muro y de la URSS. La paradoja, que ya hemos abordado en nuestro folleto sobre la globalización, es que el capitalismo es un sistema abierto, mientras que el mundo se está convirtiendo en un sistema cerrado (quizá por eso nació en el inconsciente social el mito de la «conquista del espacio»).

Para el imaginario manierista antiimperialista, Estados Unidos es una variante cómica del «bandido imperialista» leninista que, con un arsenal de poder sin precedentes, toma el mundo bajo su bota. Esta visión unilateral pasa por alto el hecho de que los propios Estados Unidos sufren las consecuencias de su presencia en el mundo. No sólo porque atraen el odio de las poblaciones y de unos pocos aviones sobre las estructuras militares y civiles, sino porque ellos mismos están moldeados por el entorno que contribuyen a crear. La política colonial sin colonias, típica de la nueva potencia capaz de influir en sus intereses con la «proyección a distancia», ha provocado efectos internos amplificados en comparación con lo que Lenin pudo observar en su época. La población estadounidense se ha visto afectada y corrompida por las proverbiales migajas caídas de la mesa puesta mucho más que la correspondiente población británica. Pero desde que el declive económico empezó a hacer mella, el aparato político militar no fue suficiente para garantizar las corrientes de valor, y en un par de décadas el «monstruo imperialista» empezó a «colonizar» el… propio interior. La explotación del proletariado, ya muy elevada en términos de plusvalor relativo (productividad) ha aumentado enormemente. La hipoteca sobre el trabajo futuro que representa la deuda privada interna se ha disparado, a un ritmo más rápido que la deuda externa. El índice de diferencia de ingresos muestra que unos pocos miles de personas poseen casi toda la riqueza disponible, lo que significa que controlan el destino de toda la población interna. Escribíamos en 2003 analizando las nuevas teorías de dominación engendradas por la banda neoconservadora llamada a hacer el «trabajo sucio»:

«La consecuencia es espantosa: Estados Unidos es una colonia de sí mismo y este fenómeno se está registrando con más fuerza en la franja burguesa norteamericana atemorizada por los escenarios futuros. Millones y millones de estadounidenses se sienten prisioneros de un Estado que no perciben como propio. Para millones de estadounidenses, su propio Estado es algo ajeno, algo que no forma parte del país. No importa si las formas de rechazo adoptan tintes que van del nazismo al anarquismo, con curiosas hibridaciones y formas de milicia armada absolutamente peculiares: el hecho es que una gran parte de América se siente colonizada por América» (Teoria e prassi della nuova politi guerra americana).

Para la burguesía estadounidense, el control interno se ha convertido en una prioridad incluso por encima del control externo. Así lo demuestra la tendencia a reformar el ejército federal y estatal, desde las nuevas tareas previstas para la Guardia Nacional y la Reserva hasta la construcción masiva de instalaciones penitenciarias cada vez más parecidas a campos de concentración. Las tareas policiales se militarizan cada vez más en el sentido clásico, y el resto del mundo se entera de las inmensas instalaciones tipo Fort Hood, sólo porque un militar se vuelve loco (tal vez). y se pone a matar.

En otro lugar hemos desarrollado estos aspectos en detalle. Aquí es interesante recordarlos para subrayar que el polo desencadenante de la próxima perturbación decisiva no provendrá de ninguna parte del mundo, tal vez envuelta en guerras locales por poderes, sino del corazón mismo del capitalismo. La chispa puede saltar en cualquier parte, pero la polarización que importa se producirá en torno a los reóforos esenciales, América y Europa. El hombre necesita la revolución, como escribió Marx a Annenkov, no cuando marcha hacia una meta, sino cuando está a punto de perder lo que ya ha conseguido. La revolución enfoca los punteros de sus armas hacia la zona significativa, la más cercana a r, no la más lejana. La zona que tiene todo que perder y al mismo tiempo está desbordada de población superflua que no tiene nada que perder.

 

Lecturas aconsejadas

Erwin Schrödinger, ¿Qué es la vida?

PCInt., Partido y acción de clase, Rassegna comunista n. 4 del 1921.

PCInt., Tesis de Roma, Rassegna comunista n. 17 del 1922.

PCInt., Consideraciones sobre la actividad orgánica del partido cuando la situación general es históricamente desfavorable, Il Programma comunista n. 2 del 1965.

PCInt., Tesis de Nápoles, Il programma comunista n. 14 del 1965.

PCInt., Tesis de Milán, Il programma comunista n. 7 del 1966.

PCInt., Riconoscere il comunismo (antologia de textos varios), Cuaderno de n+1. [A día de hoy no existe una traducción íntegra al castellano]

PCInt., Russia e rivoluzione nella teoria marxista, Il programma comunista, a partir del n. 1 del 1952. [A día de hoy no existe una traducción íntegra al castellano]

PCInt., Las grandes cuestiones históricas de la revolución en Rusia, Programma comunista nn. 15 e 16 del 1955.

PCInt., Struttura economica e sociale della Russia d’oggi, Programma comunista, a partir del nº10 del 1955. [A día de hoy no existe una traducción íntegra al castellano, pero sí en inglés]

PCInt., Activismo, Battaglia comunista nº 6 e 7 del 1952.

Amadeo Bordiga, Partido y clase, Rassegna comunista n. 2 del 1921.

Karl Marx, La ideología alemana

Karl Marx, Introducción a la crítica de la economía política, Colección Socialismo y Libertad.

Alberto Gandolfi, Formicai, imperi, cervelli, Bollati Boringhieri 1999.

Benoît Mandelbrot, Gli oggetti frattali, Einaudi.

Nina Hall, Caos, Muzzio.

Vladimir Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo

Douglas Hofstadter, Gödel, Escher, Bach

n+1, Globalizzazione, opúsculo, 1999. [A día de hoy no existe una traducción íntegra al castellano]

n+1, Teoria e prassi della nuova politiguerra americana, n. 11 de la revista, 2003. [A día de hoy no existe una traducción íntegra al castellano]

La web de un instituto sobre fractales : http://www.miorelli.net/frattali/introduzione.html [en italiano]

Muestra permanente de imágenes fractales: https://fractaljmb.blogspot.com

La página de Wikipedia sobre los fractales: https://es.wikipedia.org/wiki/Fractal

[1] [Nota de Barbaria]: Izquierda en mayúscula se refiere a la Sinistra Comunista, o sea, la izquierda comunista italiana.

[2]  [Nota de Barbaria]: Aquí entendemos por “comunistoide” del italiano luogocomunista que es un término muy usado por los compañeros de n+1. Deriva de Bordiga y significa el uso de un lenguaje por parte de los partidos nacionalcomunistas que se ha homologado a lo existente, que han dejado de ser partidos antiforma para expresar la lógica del capital.

[3] [Nota de Barbaria]: Comuni aquí se refiere a las ciudades-estado italianas que surgen en el siglo X en adelante como Lucca, Milán, Florencia, etc.

[4] [Nota de Barbaria]: Aquí por “frentismo” nos referimos a la táctica del frente único y el frente popular.

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