Bordiga – ¿Preparación cultural o preparación revolucionaria?
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L’Avanguardia, 20 de octubre de 1912, Amadeo Bordiga
El problema de la cultura ha sido, por encima de todos los demás, el tema que más ha preocupado a nuestro último Congreso. A medida que se iba abordando en los distintos debates, acabó perfilándose de una manera muy compleja, integrando las diversas cuestiones a tratar y ampliándose hasta alcanzar las proporciones de un debate fundamental sobre la necesidad de definir el movimiento juvenil socialista, establecer sus líneas esenciales y trazar un programa de acción preciso para el futuro.
No era posible, sin caer en una vana teorización, abordar un debate sobre bases tan amplias. En el fondo, el Congreso solo ha tomado decisiones sobre la acción a seguir, y ha hecho muy bien. Estas decisiones bastan para esbozar la definición teórica del movimiento, partiendo no tanto de las diversas opiniones expresadas por quienes forman parte de él, sino de la acción fundamental y consensuada que han llevado a cabo y seguirán llevando a cabo bajo la influencia de necesidades colectivas externas y superiores a las intenciones de los individuos.
Lo que cuenta no es la opinión de las personas, sino sus deliberaciones prácticas.
Al intervenir de inmediato en el debate como convencido determinista, prefiero exponer desde el principio mi tesis, que es la siguiente: el movimiento juvenil socialista es, sin duda, un movimiento de preparación —pues el socialismo es, en esencia, la preparación de un nuevo orden social; mejor aún, la preparación de una parte de los individuos para la necesaria transformación de la sociedad—, pero es absurdo alcanzar dicha preparación con métodos escolares; por el contrario, hay que buscar en la acción las fuentes de esa preparación educativa.
¿Entonces nada de cultura? —se protesta por todas partes—. Al contrario, tanta como se pueda tener. Pero dejándola en manos de la iniciativa individual, que solo un vivo espíritu de combate puede despertar en los jóvenes, sin convertirla en una condición, casi en un título para ser socialista.
Si, estimados compañeros culturalistas (la palabra es horrible, pero servirá para entendernos), el Congreso hubiera aprobado vuestras opiniones, habría caído en un disparate. La necesidad del estudio la proclama un congreso de maestros, no de alumnos. Dejemos las declaraciones de incompetencia para los foros burgueses. Hoy en día todos temen ser incompetentes y dejan que circulen, bajo la etiqueta de competentes y especialistas, las tonterías más descabelladas, para gran deleite de la sociedad intelectual burguesa.
Pero, evidentemente, me estoy adelantando a mi punto de partida: la crítica al mundo intelectual burgués. No puedo desarrollar ese tema en un artículo resumen, y me veo obligado a limitarme a mencionarlo.
¿Qué es, pues, el movimiento juvenil socialista? Es… el socialismo de los jóvenes. Me explico. Las necesidades de la lucha de clases provocan en todos los trabajadores, explotados colectivamente, un sentimiento colectivo de reacción contra la clase que los explota, y que se manifiesta en muchas formas de defensa de la clase. La experiencia continua de la asociación y la solidaridad (en las huelgas y en todos los éxitos de los movimientos obreros) induce en la clase explotada la conciencia de que es posible alcanzar la abolición completa de la clase explotadora y, al ampliar enormemente el ámbito y los objetivos de la acción de clase, da origen al socialismo, que es, por tanto, el reflejo intelectual y sentimental de la lucha de clases y la conciencia de su finalidad revolucionaria.
Se trata de un proceso natural, simultáneo a la explotación e inseparable de ella. La propaganda socialista (¡más o menos evangélica!) no hace más que secundarlo, aclararlo y acelerarlo, pero no lo provoca.
Por lo tanto, no se llega a ser socialista por la educación, sino por las necesidades reales de la clase a la que se pertenece.
¿Y los socialistas burgueses? Los defino —benévolamente— como excepciones.
Según los amigos culturalistas, para ser un buen socialista habría que saber leer y escribir, conocer las ciencias positivas, físicas, biológicas y sociológicas; conocer las teorías del materialismo histórico y poder demostrar sobre la marcha, ante cualquier adversario, las leyes de la evolución del capitalismo hacia el colectivismo. No estoy siendo irónico. No conozco otro camino cultural para llegar al socialismo.
Quizá algún privilegiado entre nosotros la haya recorrido, pero ¿podemos exigir tanto a esos jóvenes que, desde los 14 o 15 años, se ganan la vida a duras penas trabajando?
Es fácil decir que nosotros defendemos el otro extremo. No defendemos la ignorancia. Más bien afirmamos que un movimiento socialista que acoja a los jóvenes cuando la burguesía empieza a explotarlos, forjando mediante el entendimiento mutuo el sentimiento de defensa de clase —muy vivo en la juventud— por encima del sentimiento individualista, que la burguesía tiene interés en fomentar entre los proletarios, tendrá como consecuencia despertar en los jóvenes trabajadores el deseo de afinar, también en el sentido formativo, su conciencia de clase.
Pero cuando los socialistas recomiendan directamente la cultura obrera como medio para la emancipación de clase, cometen —y no es mi opinión, sino la de los mejores teóricos del socialismo— un error garrafal.
De hecho, entre las acusaciones que la crítica socialista dirige contra el orden actual, se encuentra la de que el monopolio de la propiedad impide la difusión de la educación y hace imposible que todos los hombres alcancen un cierto nivel común de cultura y civismo. Por lo tanto, admitir que la emancipación proletaria se producirá cuando las masas sean cultas en el sentido intelectual equivale a renegar de esa crítica o a reconocer la imposibilidad de la transformación social.
La democracia le dice al pueblo: eres explotado porque eres ignorante; estudia, fórmate, libérate del cura y serás libre.
El socialismo le dice al proletariado: eres ignorante y vil porque estás explotado; estás explotado porque inclinas la cabeza ante el yugo: rebélate, y serás libre, y entonces podrás llegar a ser civilizado.
Decir en nuestro Congreso a los jóvenes proletarios de Italia, que han ido como ovejas al matadero de Trípoli: id a la escuela, fue poco menos que una cobardía. Pero la voz que se alzó en nuestro Congreso fue otra: ¡Venid en masa, jóvenes hijos del trabajo, a nuestras filas, que no conocen las dedicaciones del politiqueo; venid con la cabeza alta, a pesar de que nuestros adversarios os llamen burros y mendigos, y demostremos a la juventud burguesa degenerada en el erotismo patriótico que la nueva sociedad no se destilará de sus cerebros corroídos por la sífilis, sino que se edificará poderosamente con nuestras manos ásperas y callosas!
¡Estudiar! ¿Los problemas prácticos? ¡Resolver un problema práctico significa muchas veces garantizar una condición de vida a la sociedad contra la que luchamos, amigo Casciani!
Para esos servicios de poca monta ya está la democracia, más o menos social. Nosotros debemos ser capaces de resolver problemas más sencillos… quizá menos prácticos. Cuando hay huelga, ¿conviene hacer de esquirol o no?
Cuando hay guerra, ¿conviene matar o no? ¿Cuándo el proletariado se levanta, conviene quedarse en casa o no? ¡Aplicad el criterio práctico y veréis qué conclusiones desastrosas!
Son paradójicas por necesidad de síntesis, no por buscar el efecto. Quiero anticiparme a una última objeción, y es esta: la acusación de ser tendencioso. Reconozco que la forma de entender el socialismo que he expuesto es la de la tendencia extrema, revolucionaria. Pero, por desgracia, debo confesar que me importa ser socialista, joven socialista, con el adjetivo. Seré un tendencioso, pero ciertas compañías me dan miedo.
Pero los jóvenes, etc. ¿Y por qué no deberíamos tener tendencias? Más bien los mayores, con su mayor experiencia, deberían estar obligados a darnos el ejemplo de estar todos de acuerdo. ¡Pero qué va! Sin embargo, al margen de las diversas tendencias de nuestro pensamiento —que sería jesuítico sofocar—, estoy seguro de que entre nosotros no arraigará el sectarismo de grupos y facciones. Es necesario que trabajemos de común acuerdo y sin tensiones internas para alcanzar los objetivos comunes, a fin de mantener vivo ese sentimiento y ese entusiasmo necesarios para todos, tanto en el ámbito de la cultura como en el de la acción.
