n+1 – Obrero parcial y plano de producción
Traducido del original en italiano, descargar aquí
n+1, Elementos de la transición revolucionaria como manifiesto político
«Pero, ¿qué es lo que crea el vínculo entre los trabajos independientes del ganadero, el curtidor y el zapatero? La existencia de sus respectivos productos como mercancías. ¿Qué caracteriza, por el contrario, la división manufacturera del trabajo? El hecho de que el obrero parcial no produce mercancías. Solo el producto colectivo de los obreros parciales se transforma en mercancía». (Karl Marx, El Capital, Tomo I, cap. XII)
Saber lo que se busca
La sociedad capitalista se caracteriza por la mercantilización de todos sus aspectos: no existe ningún objeto, trabajo, ni siquiera «pensamiento» que no tenga relación con el dinero y que, por lo tanto, no sea mercancía. Si «el obrero parcial no produce mercancías» y si «el producto colectivo de los obreros parciales se transforma en mercancía», fuera de la fábrica, en el mercado, esto significa evidentemente que dentro de la prod ucción y circulación global de mercancías existe una poderosa contradicción. De hecho, se trata de un elemento de ruptura, de negación de la realidad dominante e inmediatamente observable, que pone en tela de juicio la supuesta eternidad e inmanencia del mundo mercantil existente.
Como hemos precisado en repetidas ocasiones, derivamos las indicaciones para nuestro trabajo de la lectura de Marx, deteniéndonos especialmente en aquellas páginas en las que trata la cuestión de la sucesión dinámica de las formas sociales, de la extinción de las viejas categorías y de la metamorfosis de las invariantes. Por lo tanto, nos basamos siempre en la certeza de que la negación de la sociedad actual y la afirmación de la sociedad del mañana ya deben estar inscritas en la sociedad presente, independientemente del grado de conciencia que los hombres puedan tener de ello, exactamente como ha sucedido a lo largo de toda la historia del hombre desde que comenzó a producir objetos manufacturados y a distinguirse del resto del reino animal. En esta perspectiva, la tarea particular de los comunistas es detectar los problemas y contradicciones del modo de producción capitalista específico y, dado que no puede haber una creación utópica de nuevas categorías de la nada, sintonizar con el movimiento real, que es por definición la superación continua del presente.
El capitalismo, a lo largo de su nacimiento y desarrollo, ha madurado cada vez más sus contradicciones y, por lo tanto, las condiciones que llevarán a su explosión; forma sin cesar las herramientas (humanas y estructurales) que lo hundirán, y podemos prever los procesos futuros con la misma naturalidad con la que prevemos la caída de una piedra lanzada al aire. Pero eso no nos exime de la necesidad de comprender cuáles son los elementos de mayor contradicción.
Antes de empezar a buscar, debemos tener claro que nuestra empresa será en vano si no tenemos una idea precisa de «qué buscar». La llamada investigación experimental ya no existe desde que se memorizaron, transmitieron y acumularon fuera del ciclo biológico los primeros conocimientos: se investiga a partir de algo que se conoce, sobre la base de una teoría consolidada, para alcanzar un resultado previsto, deseado o hipotetizado de antemano. Por poner un ejemplo: la historia de la astronomía nos enseña que el último de los planetas de nuestro sistema solar, Plutón, no se descubrió gracias a la simple observación del cielo, sino a través de la teoría astronómica en relación con las perturbaciones detectadas en la órbita de Neptuno en una zona concreta y ya conocida del espacio. En el campo científico existen, sin duda, descubrimientos fortuitos, pero siempre en el marco de un trabajo estructurado y con un objetivo definido. Así, cuando nuestra teoría afirma que la negación de la sociedad futura es un dato visible y adquirible ahora dentro de la producción y circulación general de mercancías, nos indica implícitamente dónde buscar.
Si no logramos traspasar los límites de la forma actual de concebir las relaciones entre los seres humanos, integrándonos con plena conciencia en un proceso revolucionario que vemos en marcha, cualquier discurso sobre la posibilidad de «un mundo nuevo» será, en el mejor de los casos, una reedición de una de las viejas utopías.
Intercambio y no-intercambio
La sociedad capitalista, que presenta su riqueza como una «inmensa acumulación de mercancías», ha envuelto al mundo entero estructurándose en una única red de complejas relaciones determinadas por la ley del valor, por la ley del intercambio entre equivalentes. Para poder ser intercambiada en el mercado, toda mercancía debe poseer un valor de uso y un valor de cambio; es decir, debe contener en sí misma la cualidad particular de poder satisfacer determinadas necesidades y la propiedad que permite a cada mercancía relacionarse con cualquier otra o con el dinero, el equivalente general de todas las mercancías.
Si el desarrollo del sistema mercantil, a través de sus formas particulares, se presenta como una continua ampliación de las relaciones entre los hombres, el específico modo de producción capitalista se presenta como la última forma del complejo de relaciones basado en la producción y la circulación de mercancías. Una forma que se diferencia de todas las anteriores y las supera, ya que libera de los medios de producción (es decir, los priva de ellos) a la gran mayoría de una población que, para poder sobrevivir, se ve obligada a vender su fuerza de trabajo a los pocos poseedores de los medios de producción; y esta última se convierte en sí misma en una mercancía vendible y comprable. En la etapa de centralización del capital, y más aún en la de financiarización, esta forma libera incluso a los propios capitalistas, que son expropiados por los trusts y sustituidos por funcionarios asalariados.
El desarrollo del mercado (hasta su generalización a nivel mundial) y el dinero se presentan como los instrumentos necesarios para la difusión de «objetos» que presentan alguna utilidad para el conjunto de los hombres. Pero esta necesidad se traduce en pura apariencia cuando el mercado y el dinero han alcanzado su desarrollo extremo. La forma exterior oculta la verdadera naturaleza actual de la relación entre los hombres: una relación que es necesaria no porque la dicte el amor del hombre por el otro hombre, y por lo tanto la necesidad de mejorar las condiciones recíprocas de existencia, sino porque la imponen las exigencias de la circulación de mercancías y el dominio más general del Capital. La producción es cada vez más un fin en sí misma y en la acumulación paroxística del capital, es producción por la producción, no de objetos sino de mercancías; no de cosas útiles sino de valores de cambio; no de valores de uso sino de dinero.
El ciclo de las sociedades de intercambio comienza cuando la humanidad pasa del comunismo primitivo a las primeras formas de producción y, por lo tanto, al excedente.
Primera definición: en el comunismo primitivo aún no hay excedente ni intercambio, sino uso común de los recursos, paso, flujo de objetos y energía dentro de cada comunidad aislada.
Solo el excedente permite el intercambio, ya que el producto excedente no tiene valor de uso: excede la necesidad. Diferentes comunidades pueden necesitar los excedentes de otras, y entonces estos productos, inútiles para sus productores, se vuelven útiles para quienes carecen de ellos, adquieren el valor de uso que antes no tenían y pueden intercambiarse.
La paradoja y la contradicción de las sociedades de intercambio radica en esto: nacen del excedente de todas las comunidades, es decir, de la abundancia, pero se convierten en sociedades de escasez para la mayor parte de la población debido a las relaciones de propiedad, es decir, de clase. La división social del trabajo y la propiedad revolucionan con el tiempo la fuerza productiva de las comunidades. El excedente se vuelve inmenso y el intercambio aumenta en consecuencia. Surgen las herramientas adecuadas, tanto técnicas como sociales, hasta que resultan completamente inútiles cuando el intercambio se revela absurdo: hoy en día, con la fuerza productiva social alcanzada, la humanidad podría producir todo lo que necesita, liberarse de la «diferencia», es decir, del abismo que divide a las comunidades humanas actuales (naciones), que separa a los hombres dentro de las propias comunidades (clases), y llegar a una relación armoniosa entre los hombres y entre estos y la naturaleza. En este punto, el ciclo del intercambio, iniciado con el fin del comunismo primitivo, habrá concluido; desde el trueque elemental de los excedentes se llega, a través de una sofisticada red de intercambios de valor, hasta la negación del intercambio como tal. Y así podemos reescribir la primera definición cambiando solo tres palabras que indican el paso del reino de la necesidad al de la libertad.
Segunda definición: en el comunismo desarrollado ya no hay excedentes ni intercambio, sino uso común de los recursos, paso, flujo de objetos y energía dentro de toda la comunidad de especies.
Es evidente que esta segunda definición se integra con el hecho de que la fuerza productiva social permite la liberación total de la necesidad física primordial y el desarrollo de necesidades finalmente humanas. Para asimilar bien la lección histórica de este paso del comunismo primitivo al desarrollado, es necesario describir, aunque sea de forma sintética, las determinaciones que distinguen un objeto cualquiera de una mercancía. Retomando la esquematización utilizada en El Capital, en el mercado hay mercancías que se comparan entre sí: M – M. Ya no escribimos, por ejemplo, P – S (Pieles – Sílex), sino dos letras iguales, porque las mercancías ya no son los productos específicos y diversificados de una comunidad primitiva. Su naturaleza ha cambiado profundamente, ya que ahora esconden en su interior, por usar la expresión de Marx, una relación entre hombres mediada por una relación entre cosas: se producen socialmente, pero su valor se realiza de forma privada; deben ser “útiles”, pero se producen con el único fin de aumentar el capital, etc. Por eso es lícito utilizar dos letras iguales: no solo dos mercancías, sino todas las mercancías que circulan en el mercado pueden compararse entre sí, a través del equivalente general dinero, que representa todas las mercancías y, por tanto, todas las relaciones sociales.
Dado que en el mercado no se produce una simple comparación entre dos, sino un flujo continuo de intercambios entre diferentes mercancías, el ciclo se presenta como una dinámica M → D → M, es decir, Mercancía → Dinero → Mercancía. Esta secuencia es un tramo de una cadena más larga en la que no se pueden identificar un principio y un final; por lo tanto, se puede representar indistintamente a partir de M o de D:
… M → D → M→ D → M … o también … D → M→ D → M→ D …
En un caso, el dinero se presenta como mediador del movimiento de mercancías, en el otro, la mercancía se convierte en un vínculo ocasional entre dinero y dinero. Sin embargo, mientras que la mediación del dinero para que se produzca el intercambio entre dos mercancías diferentes es inmediatamente comprensible, no tendría sentido una praxis que consistiera en el intercambio de dinero por la misma cantidad de dinero a través de la mediación de cualquier mercancía: se puede vender un televisor a cambio de dinero para comprar con él una bicicleta, pero sería absurdo comprar televisores o bicicletas para revenderlos con el fin de obtener simplemente la misma cantidad de dinero.
Valor y no-valor
Estamos hablando de una sociedad en la que las mercancías se intercambian, en promedio, a paridad según la ley del valor; y el valor viene dado por el tiempo de trabajo medio socialmente necesario para producirlas. Las estafas esporádicas entre los hombres que operan en el mercado no tienen ninguna relevancia para nosotros; en el capitalismo, el intercambio se produce, en promedio, según la “justicia”.
Hemos dicho que D → M → D es un elemento de la circulación de mercancías al igual que M → D → M, pero también hemos dicho que toda mercancía debe tener un valor de uso y que este coincide con sus cualidades. Sin embargo, dado que la única diferencia de calidad entre dos partidas de dinero es su cantidad, leemos el conjunto de esta circulación destacando este cambio cuantitativo:
… D → M → D1 → M → D2 → M → D3 …
Este modelo de circulación general de mercancías nos permite dar sentido a la existencia del movimiento D → D con la mediación de M, ya que el dinero inicial de cada tramo se distingue del final precisamente por la cantidad. En su transformación en D1 adquiere un diferencial, lo que podemos representar con D → D+dD, es decir, el dinero inicial se convierte en dinero incrementado en una cierta cantidad (dD). El poseedor del dinero opera en el mercado con el fin de obtener más dinero del que tenía en el momento de entrar en él. En este punto, parece que ya no se respeta la ley del valor, que establece que todas las mercancías se comparan sobre la base del respeto absoluto del intercambio entre equivalentes. Sobre esta base, el dinero inicial D nunca podría, por sí solo, asumir el valor D1 o D2 o D3, mientras que, en cambio, el aumento de valor es la norma. Por otra parte, dado que todo procede según la justicia, no hay apropiación indebida: solo en caso de transacción atípica (realizaciones fallidas, pérdidas, dumping) podría haber un paso con realización de menor valor.
La contradicción y la solución relativa al problema deben encontrarse evidentemente en M, porque el dinero es siempre igual a sí mismo, mientras que en la dinámica productiva la mercancía cambia, adquiriendo valor en los traspasos, hasta extinguirse en el consumo final. Este flujo a través de comparaciones de valor que se incrementa gradualmente destruye la etapa del trueque y, a través del mercantilismo, da lugar a un verdadero ciclo histórico inexorablemente destinado a desembocar en el capitalismo, a aumentar la fuerza productiva social y, finalmente, a convertirse en un movimiento hacia un sistema social aún diferente. Nuestra investigación, con Marx, se orienta a detectar cuáles son los mecanismos de la transformación actual hacia este sistema futuro.
Una vez establecido que el elemento valorizador no está en el dinero sino en la mercancía, escribiremos para ella la notación ya utilizada para D, es decir: M → M+dM o M se convierte en M1; la transformación añade a la mercancía inicial una cierta cualidad que se revela inmediatamente como cantidad de valor, la única posibilidad para que dé lugar a D → D1 cuando salga de la fábrica. Es evidente que la metamorfosis se produce en M en un momento en el que no tiene ninguna relación con el dinero. Es como si, durante un determinado periodo de tiempo, M tuviera una vida propia e independiente dentro del movimiento D → M → D1.
El plusvalor materializado en la mercancía durante el proceso productivo solo podrá realizarse en el ámbito de la circulación, pero, al mismo tiempo, no se ha podido obtener de otra manera que no sea a través del proceso de fabricación. En los distintos pasos técnicos que afectan a este último, el valor no tiene ninguna función o relevancia en la metamorfosis de M a M1:
… D → M … M1 → D1 …
Es gracias a este paso, representado por los puntos suspensivos, que nuestro hipotético capitalista, partiendo de M, consigue obtener la cantidad adicional de mercancía D M, que le permitirá obtener el mayor valor D1 en comparación con el momento en que se inició todo el proceso, cuando solo podía disponer de D.
También hemos mostrado gráficamente, con las mismas anotaciones de Marx, que la introducción de nuevo valor en la secuencia de intercambios debe tener lugar en el ámbito de la mercancía. Por lo tanto, a la mercancía parece sucederle lo que negamos que pueda sucederle al dinero: una autovalorización. De hecho, mientras que D → D1 no sería más que usura, posible solo cuando la diferencia de valor proviene del exterior, en M el cambio se produce completamente dentro de las propiedades de las mercancías en juego. Pero para que el valor pueda cristalizarse en ellas, debe existir, entre todas las mercancías presentes en el mercado, una mercancía particular que, una vez incorporada al proceso de producción, tenga la facultad de disolverse completamente e incorporarse al conjunto de todas las demás, generando la diferencia. Esa mercancía particular no es otra cosa que la fuerza de trabajo del obrero asalariado, y es su consumo y su absorción por parte de M lo que permite a esta última la metamorfosis fundamental en M1.
En resumen: el intercambio entre objetos no produce nuevo valor; tampoco entre objetos y dinero; en cambio, el intercambio de objetos y dinero con fuerza de trabajo aplicada sí lo produce. La importancia de observar el proceso productivo en su estructura íntima deriva del hecho de que todo el ciclo en el que la fuerza de trabajo se aplica a los objetos podría ser absolutamente independiente de la existencia del valor y del dinero.
Capital y no-capital
Este resumen de los conceptos fundamentales de la teoría del valor puede parecer superfluo para quienes ya los conocen, pero nos ha parecido importante recordarlos porque a veces no es fácil establecer conexiones dentro de la materia estudiada. Todo el mundo sabe que la producción es necesaria para valorizar el capital; sin embargo, la mayoría de los análisis sobre los efectos del capitalismo no tienen en cuenta la estructura sobre la que se basa el capitalismo. Sería un método muy deficiente tratar este modo de producción sin profundizar en su aspecto más importante: el proceso productivo. Sin embargo, pocos, incluidos los que trabajan en ella, conocen realmente la fábrica y el flujo de operaciones que la caracteriza.
Una parte considerable de los habitantes de los países desarrollados tiene que ver directa o indirectamente con la especulación bursátil, que no está vinculada a la producción y funciona como la ruleta: D → D1. Alguien gana porque otro pierde, y en cualquier caso la banca cobra su parte de ganadores y perdedores. Sin embargo, si las bolsas representaran solo pura especulación, probablemente habrían sobrevivido como sucursales de los casinos. En cambio, son un elemento fundamental del capitalismo moderno, aunque, al ampliar el radio de acción del capital, lo agrupan y lo hacen cada vez más independiente del proceso productivo de las fábricas individuales. El capital D tiende a convertirse en D1, convirtiendo a la fábrica en una mera máquina de producción de plusvalor, sin importar cómo, pero no puede prescindir de ella. Desde el triunfo de la industria en el período revolucionario de la burguesía, se ha pasado al triunfo de la circulación en su período decadente, pero también en la bolsa solo ganarán en el juego financiero los grandes capitalistas capaces de explotar a los trabajadores y hacer fluir el valor efectivo en los distintos títulos, mientras que muchos de los que se hayan lanzado al juego sin tener el poder de explotar la fuerza de trabajo quedarán despojados sin piedad.
Por lo tanto, existe un estrecho vínculo con lo que estamos buscando: el Capital se autonomiza con respecto al capitalista, que incluso es expropiado y sustituido por funcionarios asalariados, pero no puede autonomizarse con respecto a la fábrica. Sin embargo, la relación entre el Capital y la fábrica no es bidireccional: mientras que el Capital nunca podría prescindir de la fábrica, esta última podría prescindir inmediatamente del Capital porque en la fábrica no hay relaciones de valor. Esto no es factible en el ámbito capitalista, ya que este modo de producción se basa en la relación entre fábricas a través del mercado, es decir, a través del valor, pero pone de manifiesto que entre el capitalismo y la sociedad futura las barreras que hay que derribar son solo políticas, ya no estructurales.
La autonomía potencial de la fábrica respecto al Capital y la autonomía real del Capital respecto a los capitalistas representan una grave contradicción para el buen funcionamiento de todo el sistema. Todos los directores de fábrica están obsesionados con ello, ya que, al representar el proceso productivo, son enemigos de los accionistas, que representan, en cambio, el capital financiero. En las expectativas de los accionistas, influenciados por una frenética circulación de capitales (D → D+dD), que ahora se produce a la velocidad de las redes telemáticas, los tiempos de la aparente valorización financiera ya no son compatibles con los tiempos de producción. A su vez, los directores técnicos solo ven la producción (M → M+dM) y no pueden hacer otra cosa que garantizar la racionalidad del plan para llevarla a cabo, independientemente del rendimiento del capital financiero en los mercados mundiales. El accionista no quiere invertir a largo plazo, el técnico lo necesita: ambos representan físicamente la contradicción entre el capital y el proceso productivo.
La fuerza productiva social en continuo aumento, expresada por la fábrica, encuentra en el Capital su límite, una restricción insoportable, y lo hará saltar por los aires. Las relaciones internas de la fábrica están estrechamente relacionadas con lo que es la máxima contradicción del capitalismo. La producción social y la apropiación privada ya no pueden coexistir sin perjudicar el uso racional de la fuerza productiva: el desperdicio se vuelve gigantesco, la destrucción de recursos es cada vez más un recurso para la supervivencia del Capital, la sociedad se vuelve cada vez más antihumana y enormes masas de hombres resultan absolutamente superfluas con respecto al fin social, que es el mero ciclo de valorización D → D1.
En este contexto, una vez que la clase capitalista se ha vuelto inútil y la producción socializada, que antes solo coincidía con el plano interno de la fábrica, se ha extendido a escala planetaria, el Capital es potencialmente no-Capital.
El capitalismo necesita cada vez más una producción de vanguardia, eficiente, racional, programada, rica en máquinas automáticas y, por lo tanto, en inversiones, que, sin embargo, paradójicamente, se ha convertido en la cenicienta del sistema en comparación con la inmensidad de los capitales que se mueven en los mercados. Aplastada por ciclos de valorización que los grandes manipuladores de capitales quieren cada vez más cortos, la fábrica reacciona reestructurándose continuamente, esforzándose como puede y sabe para sostener la competencia y la demanda de producción en condiciones cada vez más competitivas. Al hacerlo, exacerba las condiciones socializadas de la producción, que a su vez exacerban la contradicción principal antes mencionada, acercando la némesis de la industria-producción contra la ya aberrante empresa-Capital que la asfixia.
El proceso productivo en cuanto tal
Hemos visto que el esquema D → D1 no se sostiene por sí solo: debe producirse, mediante la explotación de la mercancía especial que es la fuerza de trabajo, el paso de M a M1, es decir, a una mercancía que contiene más trabajo y, por lo tanto, está lista para realizar plusvalor en la posterior comparación con el dinero. También hemos visto que en el mero proceso productivo, es decir, en el nivel de aplicación de la fuerza de trabajo, no hay valorización, solo hay formación de valor potencial que se hará real fuera de la fábrica. Solo el ciclo completo permite obtener la diferencia de valor mencionada, que no es nada si no se expresa en dinero; la circulación de mercancías debe proceder necesariamente de un ciclo de producción en el que entran como materias primas, energía y productos semiacabados, y salen como un conjunto transformado en producto acabado. Por lo tanto, retomamos el ciclo descrito anteriormente reformulándolo a un nivel más bajo de abstracción, es decir, registrando con mayor precisión la realidad efectiva. En lugar de los puntos suspensivos, ponemos el proceso productivo p:
… D → M … p … M1 → D1 → M … p … M2 → D2 → M … p … M3 → D3 …
La pregunta obligada es: ¿qué ocurre en p, que permite que M se transforme en M+D M y, por lo tanto, en M1, M2, M3, etc.? Dando un paso atrás, vemos que el capitalista debe aplicar a las materias primas que entran en el ciclo productivo esa mercancía particular que es la fuerza de trabajo. Al tener que garantizar el funcionamiento de un complejo sistema de fabricación, no le basta con la de un solo obrero: por lo tanto, acudirá al mercado, donde comprará la cantidad necesaria, pagándola como ha pagado cualquier otra mercancía.
En este punto, tenemos una cantidad de trabajadores asalariados (que llamaremos s) situados dentro del proceso de producción p. Sin embargo, lo que le interesa al capitalista moderno no es una suma de fuerzas de trabajo individuales, independientes entre sí, como ocurría en las primeras manufacturas, donde simplemente se reunía a muchos artesanos hábiles en su oficio. Le interesa un conjunto de capacidades elementales que tratar como una única fuerza de trabajo colectivo, porque en la producción capitalista moderna ya no basta la inteligencia del individuo; se necesita la de todo el sistema, la fábrica, las mercancías semielaboradas y los obreros. Así pues, hace ya mucho tiempo que surgió un obrero global, resultado de la combinación de la fuerza de trabajo diferenciada de muchos obreros parciales, por utilizar la misma expresión de Marx. Retomando el esquema, que se acerca cada vez más a la realidad efectiva, ahora podemos visualizarlo de esta manera:
… D → M … p (s1, s2, s3, s4, sn,) … M1 → D1 …
El proceso de producción moderno p no habría sido posible sin la transformación de los antiguos obreros-artesanos, capaces de realizar un ciclo de trabajo completo (manufactura heterogénea), en obreros-máquinas modernos (manufactura orgánica), a los que solo se les exige realizar operaciones elementales dentro de un sistema complejo. La división del trabajo, existente en la sociedad desde que esta comenzó a organizarse y a producir, entró primero en la fábrica, donde trabajaban herreros, curtidores, carreteros, vidrieros, etc., y aquí, tras sufrir una metamorfosis, transformó al antiguo obrero-artesano en poseedor de una fuerza de trabajo genérica e indiferenciada. Por eso Marx distingue entre la división del trabajo social y el manufacturero.
A primera vista, parecería que no hay una gran diferencia, ya que se trata siempre de una distribución de tareas entre individuos, grupos u organizaciones más amplias de personas, dentro y fuera de la fábrica; pero en realidad se trata de fenómenos sociales de naturaleza cualitativamente diferente. Parafraseando a Marx, digamos que la división social del trabajo opera a posteriori, es decir, representa un producto de las ciegas leyes del mercado, de la más total anarquía según la cual los individuos se disponen en la sociedad. Y como las acciones de cada uno están determinadas por el impulso inmediato en relación con un entorno cuya única ley es la del caos, el caos determina la distribución de lo que sale de la fábrica en forma de mercancía. En cambio, la división del trabajo dentro de la fábrica opera a priori, es decir, representa un factor de orden rodeado en el exterior por el caos social; se basa en la autoridad incondicional del plan de producción, de la máquina organizativa perfecta sin la cual el capitalismo ni siquiera sería concebible.
La división social del trabajo enfrenta a los individuos entre sí en una competencia eterna y despiadada, mientras que la división del trabajo industrial pone a los hombres en cooperación, los inserta en un sistema donde la aportación diferenciada de cada uno se integra perfectamente en las necesidades del todo para un fin preestablecido. La división social del trabajo es funcional a la sociedad dividida en clases, participa directamente en la conservación reaccionaria del orden capitalista y será superada en la sociedad futura, mientras que la división orgánica, interna a la fábrica, es funcional a un entorno sin clases y es, por lo tanto, precursora de la nueva forma social. La división orgánica es, de hecho, el fundamento que, al hacer posible la liberación de la necesidad inmediata, también hace posible la recomposición del hombre completo, no especializado, capaz de satisfacer múltiples intereses.
No intercambio de valor, sino pasos útiles
Retomemos la cita de Marx que figura al principio de este artículo. En ella se afirma que, en la división social del trabajo, la producción de mercancías es evidente, mientras que en la fábrica no lo es en absoluto, sino que, a lo largo de todo el ciclo interno, el trabajador individual no produce ninguna mercancía. Esto no es difícil de demostrar. En la sociedad capitalista, todos los elementos productivos que llevan su producto final al mercado para obtener plusvalor tienen una característica en común: llevan mercancías. Ya sea que este elemento productivo sea un artesano individual, un taller más grande, una manufactura o una fábrica automática muy moderna, en lo que respecta a la producción de mercancías, las diversas unidades productivas no se distinguen entre sí.
El obrero parcial, el que en la fábrica orgánica (la heterogénea ya no existe desde hace tiempo) participa en la división interna del trabajo, no produce ninguna mercancía. Solo el producto común de todos los trabajadores parciales, el producto acabado, se convierte en mercancía, y además solo cuando sale de la fábrica y se presenta en el mercado.
La existencia de determinados productos (del artesano, del taller, de la fábrica, etc.) como mercancías indica que pueden relacionarse entre sí en términos cuantitativos precisos y que no son tanto estos productos como sus propietarios (el artesano individual, el maestro de taller, el capitalista, etc.), en cuanto poseedores de mercancías, se relacionan entre sí: es decir, viven una relación entre comerciantes basada en el intercambio de equivalentes, basada en la ley del valor. Si tomamos nuestro último esquema, vemos que el intercambio entre equivalentes —y, por tanto, la existencia de los productos como mercancías— solo existe en la comparación D → M y en la M1 → D1. Destacando tenemos:
… D → M … p (s1, s2, s3, s4, sn,) … M1 → D1 …
En ambos casos, la relación entre dinero y mercancía es bidireccional (yo te doy si tú me das) y puede indicarse con D <→ M. La parte central del esquema nos indica que, como observa Marx, «el obrero parcial no produce mercancías» y que «solo el producto colectivo de los obreros parciales se transforma en mercancía».
Si el producto del trabajo del obrero parcial no es una mercancía, sino simplemente un elemento parcial que constituye el producto final solo con la contribución de todos los demás elementos producidos por los demás obreros, no hay posibilidad de comparación bidireccional de valor, ni con el producto anterior ni con el posterior. Si un obrero produce un perno en bruto, otro lo pule y otro lo fija a una pieza de acero, entre las piezas y las operaciones solo existe una relación de coherencia con respecto a un proyecto. En términos de valor de cambio, no es posible comparar las piezas mecánicas entre sí ni con los procesos de fabricación. Tampoco tendría sentido tal comparación, ya que el objetivo del proceso descrito no es, en ese momento, la valorización, sino un producto acabado. De hecho, solo el conjunto de piezas y operaciones parciales se convertirá en un objeto con valor de uso y de cambio, y será el resultado del trabajo del obrero en su conjunto, del obrero social; se convertirá en mercancía tan pronto como salga del almacén y se ponga en el mercado, es decir, en el lugar donde no solo es posible cualquier comparación de valor, sino donde la comparación es la esencia misma del capitalismo.
Si se niega toda comparación cuantitativa y bidireccional entre los elementos parciales de lo que se convertirá en mercancía, también se negará una comparación análoga entre los trabajadores parciales que han gastado su energía en cada fase del proceso productivo. Al afirmar que el trabajador parcial no produce ninguna mercancía, se afirma que entre los obreros parciales, dentro del proceso de producción de cada mercancía individual y sujetos al plan de producción funcional a ella, no existe ninguna relación mercantil.
En otras palabras: en cada aparato productivo capitalista, el obrero global se presenta al exterior como una unidad funcional para la producción de mercancías; pero al mismo tiempo, por el mero hecho de existir un plan orgánico que une la aportación diferenciada de cada uno en un todo superior, niega, en su interior, las relaciones entre los hombres basadas en la ley del valor, del intercambio de equivalentes. Nuestro esquema en este punto puede reescribirse destacando el flujo interno unidireccional:
… D ↔ M … p (s1 → s2 → s3 → s4 → sn) … M1 ↔ D1 …
Es decir: dentro del ciclo general de producción y circulación de mercancías, basado en las relaciones mercantiles bidireccionales del intercambio entre equivalentes, encontramos las fuertes determinaciones que niegan el propio Capital. Estas se revelan en las relaciones unidireccionales internas a los pasos individuales p del proceso global de producción.
Taylor y la subsunción real del trabajo al Capital
La famosa cadena de montaje taylorista puede tomarse como símbolo del flujo unidireccional. Dado que el producto parcial de cada trabajador parcial es solo una de las múltiples etapas necesarias para el desarrollo del mismo producto, cada trabajador o departamento proporciona al otro su propia razón de ser en una relación muy diferente a la mercantil. Al no existir en estos pasos ninguna relación bidireccional de valor, se puede hablar de flujo de productos del trabajo, de número de piezas, de actividades medibles en tiempo o energía, pero nunca de intercambio de mercancías según su valor.
El paso de la manufactura heterogénea a la orgánica, del obrero-artesano al obrero parcial, es también el paso de la subsunción formal a la subsunción real del trabajo al Capital. El tema se trata en el Capítulo VI Inédito de Marx, y aquí solo podemos abordarlo de pasada; pero hay que subrayar con fuerza la importancia de este irreversible paso histórico hacia etapas cada vez más elevadas: el capitalismo alcanza su plena madurez cuando se basa finalmente en la extorsión del plusvalor relativo, es decir, cuando aprende a aumentar enormemente el valor producido sin necesidad de aumentar ni el tiempo de trabajo ni el número de obreros. Cuando Marx estudió este paso histórico, la teoría tuvo su verificación experimental en la fábrica mecanizada inglesa, ese «autómata general» que supera para siempre todos los métodos antiguos; pero el verdadero salto cualitativo hacia el obrero parcial se manifestó un par de décadas más tarde, ya no en Inglaterra, sino, significativamente, en los Estados Unidos.
Marx y Engels estaban lidiando con Dühring mientras un ingeniero estadounidense, Frederick Winslow Taylor, tras pasar muchos años como obrero en varias fábricas, quedó impresionado por el atraso de la organización industrial en comparación con la modernidad de los medios disponibles y decidió dedicarse a la transformación efectiva y completa de la fábrica. Sin conocer a Marx, llevó a sus últimas consecuencias las consideraciones sobre la evolución del ciclo productivo en la era de la extorsión del plusvalor relativo.
Muchos años después, en 1912, se reunió en Washington una comisión especial a instancias de la Cámara de Diputados: Taylor fue interrogado como testigo porque se temía que el enorme aumento de la producción por trabajador, obtenido exclusivamente gracias a la organización, provocara a largo plazo el agotamiento del propio trabajador, a pesar del aumento salarial, que en algunos casos se había duplicado. Sobre todo se temían las repercusiones sociales, como el desempleo y la rebelión obrera. Resumamos los puntos esenciales de la investigación.
Presidente: «¿No es cierto que la única fuente de sustento de un obrero es su capacidad de trabajo? ¿No es entonces natural que el obrero se preocupe por conservar su capacidad de trabajo y hacerla durar el mayor tiempo posible?».
Taylor: «En el pasado, el elemento más importante era el hombre; en el futuro, será el sistema. El primer objetivo de un sistema eficiente es la preparación de hombres de primer orden».
El presidente parece hacerse eco de Marx y Taylor, a pesar de que defiende a ultranza su método de superexplotación con románticas divagaciones sobre el idilio interclasista, es aún más significativo: no quiere individuos, quiere células de un organismo. Lamenta que en treinta años de trabajo no se haya logrado comprender en qué consiste su método y acusa a los capitalistas de frenar el desarrollo revolucionario (utiliza este término) de las fuerzas productivas. Admite que con su método la producción a menudo se triplica, cuadriplica o incluso más, mientras que los obreros ganan como mucho el doble, pero asegura que están menos «explotados», es decir, según la concepción actual, ahorran más energía que antes: y demuestra, con datos en la mano, que de hecho ya no hacen huelga. Advierte que la fábrica es el lugar de la abundancia y que la producción no tiene límites, mientras que fuera de ella triunfan la escasez y la miseria.
Le molesta mucho lo que se le suele atribuir y enumera todos los tópicos (que, por cierto, aún hoy se repiten) que han surgido en torno a su método, negando que este consista en recetas organizativas: el llamado taylorismo (no quería que se llamara así) no es un remedio contra la ineficiencia ni un expediente para aumentar la eficiencia; no es un sistema para reducir costes; no es un sistema de pago a los trabajadores; no es una medición de tiempos o un análisis de movimientos; no es la preparación de toneladas de formularios para todo; no es una nueva concepción directiva; no es nada de lo que la gente se ha imaginado durante treinta años: otros métodos organizativos adoptan las mismas herramientas, por lo que la gestión científica no se caracteriza por ellas.
El nuevo método, reitera Taylor, representa una auténtica revolución social, no un mero conjunto de técnicas para aumentar la producción. La fábrica está llena de trabajadores industriales, pero, hasta ahora, estos son simplemente buenos artesanos. Saben hacer su trabajo con gran conocimiento específico, pero, tal y como están, frenan el potencial productivo. Los directores de las fábricas son aún más retrógrados, obsesionados con la tradición del obrero «capaz» y servicial. La mayor ventaja de la introducción del nuevo método no proviene directamente de los obreros, sino de las nuevas y amplias tareas que debe asumir la dirección. No porque así lo diga un manual, sino porque debe darse cuenta de que se está produciendo una revolución y es necesario un cambio radical de mentalidad. En definitiva, es hora de organizar la fábrica de una manera diferente a la división social del trabajo sobre la que se ha formado históricamente.
La primera responsabilidad que debe asumir la propiedad es dejar de lado la cómoda actitud de decir a los trabajadores lo que tienen que hacer y no preocuparse por nada más. Hay que quitarles a los trabajadores el conocimiento individual y matar al artesano que hay en ellos. La dirección debe «recoger decididamente toda la masa de conocimientos tradicionales que en el pasado era patrimonio de los trabajadores y registrarla, reducirla a leyes, reglas e incluso fórmulas matemáticas. […] Una ciencia que sustituya los antiguos conocimientos aproximados de los obreros, quizá tan exactos como los examinados por la dirección, pero que en 999 casos de cada mil se conservaban en su mente y de los que no se tenía un registro completo y permanente». Por lo tanto, en primer lugar, la expropiación del obrero-artesano y la creación del obrero parcial: la inteligencia productiva pasa del individuo al sistema, ya no se transmite del obrero al aprendiz en una relación personal, sino que se convierte en patrimonio social permanente, transmisible mediante la educación colectiva (cursos, libros, etc.) a muchas personas al mismo tiempo.
La segunda responsabilidad es seleccionar científicamente a los trabajadores en el proceso productivo, en lugar de contratarlos basándose en lo que dicen o demuestran de sí mismos fuera del sistema. Dado que la ciencia es un «conocimiento de cualquier tipo clasificado y organizado», es necesario orientar a los trabajadores hacia las operaciones productivas no en función de su experiencia previa, que es individual y desorganizada, sino basándose en el trabajo de detección realizado en la fábrica con criterios objetivos, sobre los que se articula una formación específica, llevada a cabo a lo largo de toda la vida laboral. El obrero-artesano deja su huella en la fábrica, el obrero parcial es moldeado por la fábrica. El obrero-artesano trabaja como individuo contiguo a otros individuos, el obrero parcial «forma parte de un conjunto integrado de funciones».
La tercera responsabilidad es programar el proceso de integración entre la ciencia y el obrero: «Podéis desarrollar toda la ciencia que queráis y formar a tantos obreros como queráis, pero hasta que alguien no vincule la ciencia y el obrero, todo vuestro esfuerzo será en vano». Se trata de una imposición totalitaria y se necesita una autoridad capaz de conseguirla, por eso nueve décimas partes de la responsabilidad de los problemas en este campo recaen en la dirección, que a menudo no es capaz de representar el plan de producción, por lo que todo el mundo vuelve a las viejas costumbres.
La cuarta responsabilidad, según Taylor, es la más difícil de comprender para la sociedad de la época: el obrero pierde su conocimiento del arte-oficio, pero también la dirección debe perder sus antiguas prerrogativas: se vuelve inútil si se queda en un simple perro guardián. La nueva organización del trabajo divide el trabajo entre los trabajadores y la dirección: todo el trabajo organizativo que antes realizaba individualmente cada trabajador-artesano con sus aprendices (y que ocupaba aproximadamente un tercio del tiempo de trabajo) pasa ahora a la dirección, que pierde su libre albedrío y se convierte en una parte integrada en el sistema al igual que cualquier trabajador.
Todo esto, en las audiencias de la comisión y en el libro principal de Taylor, se ahoga en un mar de ejemplos y propósitos edificantes sobre la colaboración de clases, pero incluso este mar dispersivo no impide leer dos afirmaciones claras e importantes: 1) la antigua división social del trabajo queda expulsada de la fábrica para siempre; 2) el objetivo último de la organización científica no es simplemente aumentar el excedente (beneficios más salarios), lo que no haría más que agravar los conflictos de clase por el reparto, sino aumentar tanto la producción mediante la fábrica integrada que el excedente producido elimine la propia razón de la disputa.
Anatomía del proceso productivo
Todo lo anterior es ingenuo desde el punto de vista de clase, pero exacto desde el punto de vista del potencial liberador de la producción para la humanidad. El taylorismo se considera hoy en día un enfoque anacrónico y mecanicista de las cuestiones de organización porque la burguesía no es capaz de comprender sus propios logros desde el punto de vista de la dinámica histórica. Sería absurdo organizar una fábrica moderna adoptando las mismas herramientas utilizadas por Taylor (y otros en esa época), pero la esencia de su método no está en la herramienta, sino en la extraordinaria realización de la Fábrica Total, herramienta del Capital Total, en la era del plusvalor relativo. El burgués no puede ver que esto es útil para el comunista.
El concepto general de Marx-Taylor, por lo tanto, no se refleja tanto en la cadena de montaje, el cronómetro o la oficina de tiempos y métodos, sino en otro tipo de transformación de la fábrica: el conjunto de unidades productivas organizadas en una pirámide jerárquica se transforma en un conjunto integrado de funciones organizadas horizontalmente en red, donde ya no existe el elemento discrecional ni siquiera a nivel directivo (y mucho menos a nivel de propiedad), sino que todo está sometido a la autoridad del plan de producción. El Capital, tal y como predijo Marx, ya no domina solo sobre el trabajo subsumido de manera real, sino también sobre la clase capitalista.
El conjunto mencionado anteriormente está organizado hoy en día no solo de red, sino en red, en el sentido de que primero se ha apoderado de las redes informáticas y luego se ha sometido a ellas mediante herramientas globales como el Computer Integrated Manufacturing. Y dado que estas herramientas pueden compartirse entre varias fábricas, incluso la empresa más pequeña pasa a formar parte de un sistema más amplio que trasciende los límites de la empresa, no tanto por elección como por la presión de la competencia para no sucumbir.
En uno de los muchos libros que se publican sobre el tema (La fábrica inteligente[1]), se subraya, por ejemplo, que el núcleo de la nueva organización industrial no reside en las máquinas, incluidos los ordenadores, sino en los programas que les permiten «razonar» y, sobre todo, en el programa general de producción, que constituye el verdadero software de la fábrica. En un análisis comparativo entre empresas de diferentes tipos, grandes y pequeñas, surge una característica común a todas: es decir, que, sean informáticas o no, las actividades parciales deben responder a un todo interconectado e integrado, orientado al objetivo. Por eso son informatizables. Si no existiera una estructura invariable en todas las fábricas, ni siquiera sería concebible producir y vender software válido para todos los sistemas informáticos industriales.
El análisis de un proceso productivo realizado con criterios marxistas no puede compararse con el de la burguesía. El problema, evidentemente, no es técnico, sino político. La conquista de la hegemonía dentro de la sociedad burguesa por parte del proletariado a través del conocimiento y la conquista del sistema fabril es una enorme tontería gramsciana que no cambiaría nada en la condición del proletariado, porque la organización de la fábrica ya es funcional para la sociedad futura; lo que hay que conquistar es el exterior, con la ruptura de las relaciones de propiedad que imponen no solo la ley del valor y el intercambio entre equivalentes, sino todo el sistema de clases que se basa en ella. Es fuera de la fábrica-prisión, en el plano territorial, donde el obrero debe organizarse políticamente. También por esto, desde el punto de vista de la revolución futura, es importante cualquier cuestión relativa a la estructura del Capital que trascienda, como hemos dicho anteriormente, los límites de las fábricas. No es una cuestión directamente relacionada con la conquista del poder, sino con la posibilidad de utilizar, una vez conquistado, instrumentos ya adecuados a la nueva sociedad.
La propia organización industrial ha roto hoy las fronteras de la fábrica y ha salido de ella. Hoy en día es cada vez más necesario hacer comparables los procesos separados de las distintas fábricas y tener una percepción inmediata de la capacidad productiva según determinados estándares de calidad y compatibilidad. El plan de producción, que antes era específico para cada unidad productiva, tiende hoy a ser universalmente válido. Cada característica que antes estaba separada y conectada solo a través de estándares particulares (medidas, componentes, formatos), hoy se unifica según esquemas procedimentales adoptables por cada plan de producción, absolutamente impersonales, cristalizados en normas detalladas, experimentadas y formalizadas hasta el punto de que incluso se pueden diseñar y construir nuevas fábricas sobre ellas. Y están a disposición de todos en organismos internacionales especializados (como, por ejemplo, la ISO, Organización Internacional de Normalización). Estos esquemas organizativos universales nos ofrecen la verificación experimental de los postulados teóricos marxistas: la ley del valor se basa en el binomio producción-mercado, pero la producción como tal ya no necesita la ley del valor. De algunas publicaciones especializadas extraemos algunos ejemplos.
Las teorías modernas de la organización de la fábrica ya no se llaman taylorismo, aunque más que otros «ismos» el nombre sería apropiado, pero lo que nos interesa es la esencia, no su definición. Un buen punto de referencia con respecto a lo que queremos demostrar nos parece el llamado análisis del valor, elemento esencial de todo esquema estándar de calidad total. La contradicción de este método, lo anticipamos, ya está en el título: el valor del que se habla en estos esquemas no es en absoluto el valor de cambio, generalmente identificado por los distintos autores con el precio, sino algo más ambiguo, como veremos.
El análisis del valor surgió durante la Segunda Guerra Mundial, debido a la necesidad de alimentar la inmensa maquinaria destructiva estadounidense sin hacer saltar por los aires la estructura económica interna. Después de la guerra, la ocupación militar de los países vencidos requirió la movilización de aún más recursos organizativos. El objetivo inicial de reducir los costes en una situación social y productiva crítica se amplió hasta convertirse en un auténtico plan internacional de reconstrucción industrial y racionalización de los recursos. Muchos de los procedimientos utilizados entonces se perfeccionaron, adoptando el nombre más coherente de Value Engineering (ingeniería del valor), hasta fusionarse (por primera vez en Japón) con el conjunto de normas y procedimientos denominado posteriormente calidad total. Es imposible ofrecer aquí una descripción exhaustiva, ya que esta forma de evaluar la actividad productiva es el reflejo de toda la fábrica; sin embargo, se trata, en resumen, de la acción colectiva y multidisciplinar de un organismo interno que utiliza elementos individuales comprometidos en todas las fases neurálgicas del proceso productivo en sentido amplio: desde la definición del producto en función de los estudios de mercado hasta su comercialización definitiva en el mercado.
Enumeramos (del libro Tratado de la Calidad Total) los puntos en los que se articula generalmente la actividad de este organismo.
1) Orientación: es el plan preventivo de toda la operación.
2) Información: es la búsqueda operativa de todos los datos necesarios, el punto fundamental; hoy en día, el término «información» ya no se refiere simplemente a «la información», sino al conjunto de conocimientos que un organismo debe poseer para conocerse a sí mismo y autoorganizarse.
3) Análisis funcional: atención, el término se utiliza en su acepción matemática, es decir, en el sentido de relacionar las distintas partes del proceso y los resultados «en función de…» (una variable siempre depende de otra variable, por lo que el proceso debe considerarse siempre en su dinámica global).
4) y 5) Búsqueda de soluciones y su evaluación.
6) y 7) Previsión, decisión y seguimiento de la realización.
Como se ha dicho, debería ser evidente que el valor en términos económicos solo puede introducirse en relación con algo que proviene del exterior. De hecho, podríamos considerar los puntos uno por uno y establecer nuestro análisis sin mencionar nunca el valor, los costes o el dinero, si no fuera necesario por razones de clase o de propiedad. O bien, en el contexto específico, podríamos llamar valor a la relación entre los elementos de la producción: depende del significado con el que utilicemos el término (la precisión, por ejemplo, es un valor en función de un acoplamiento mecánico, etc.).
Una escala de este tipo, con más o menos puntos, es común a todos los autores que se ocupan de estos problemas, pero normalmente se comenta según las inclinaciones personales, por lo tanto variables. En cambio, lo que sí es constante es la opinión sobre el término «valor»: contrariamente a lo que cabría esperar de técnicos inteligentes capaces de trazar proyectos admirables, para todos, sin distinción, es la banal relación calidad-precio o, por decirlo en términos menos simplistas pero más mercantiles, es el grado óptimo de satisfacción entre el productor y el cliente. El técnico no consigue, ni puede conseguir, imaginar el producto sin añadirle la relación con el dinero que, al principio y al final del ciclo, caracteriza a la mercancía.
Sistema abierto o cerrado
Desde nuestro punto de vista, salta a la vista que el enorme aparato de conocimiento y capacidad técnica operativa que se pone en marcha en una fábrica (y no solo el análisis del valor, que aquí tomamos como único ejemplo) es totalmente independiente del dinero y puede vincularse simplemente a la satisfacción de las necesidades humanas. Para el burgués, en cambio, es precisamente en el mercado donde se juega la estructura de la fábrica, porque es esclavo del mecanismo de la competencia que pone en marcha la continua reestructuración de la industria. Marx identifica en este mecanismo la fuente principal de la grandiosa fuerza productiva de este modo específico de producción y, al mismo tiempo, el instrumento de su fin. El capitalismo es transitorio, pero su aparato productivo permanecerá (sin sufrir en lo más mínimo la desaparición del famoso valor) al menos hasta que la nueva sociedad haya desarrollado métodos mejores.
Tomemos la descripción de «sistema productivo» del mismo texto citado anteriormente sobre la Calidad Total: «Todo sistema hombre-máquina debe considerarse como un conjunto de elementos en interacción dinámica, organizados en función de un objetivo, cada uno de los cuales intercambia con su entorno materia, energía e información. Por eso es abierto. Es el caso de nuestro apartamento, de nuestro coche, de la ciudad en la que vivimos, de una plataforma offshore, de cualquier complejo industrial». El autor precisa que el sistema es abierto para subrayar el hecho de que desafía una ley física, el segundo principio de la termodinámica. Los sistemas abiertos poseen la notable propiedad de intercambiar con el entorno del que forman parte, acumulan información y adquieren capacidad de autoorganización, en cierto sentido pueden autoprogramarse en función de un objetivo. En cambio, los sistemas cerrados simplemente transforman la materia y la energía que poseen y tienden al caos. El sistema industrial debe considerarse abierto o cerrado según cómo lo observemos, es decir, tiene un carácter dual debido a la existencia o no del capitalismo.
En las siguientes figuras se esquematizan por separado: 1) una sola industria insertada en el mercado (sistema abierto/cerrado); 2) un sistema industrial integrado en el mercado (cerrado); 3) el mismo sistema referido a una sociedad sin dinero y sin mercado (abierto). El esquema representado en la figura 1 indica que para iniciar el proceso productivo es necesario adquirir en el mercado la materia prima, la energía, los productos semiacabados y la fuerza de trabajo. La relación entre el productor y el proveedor de materias primas se ve mediada por el intercambio entre equivalentes, entre dinero y mercancía o viceversa.
Una vez introducidos en el ciclo productivo, la materia prima y la energía darán lugar a una serie de transformaciones sucesivas hasta obtener el producto final, que se embala y almacena. El ciclo de estas transformaciones se diseña, programa, ejecuta y controla, y cada paso se realiza, como hemos visto, «en función de» todos los demás. Los organismos encargados de estas funciones están interconectados e integrados; todos juntos forman el plan de producción global coherente con el objetivo.
Cada paso del proceso, cada relación entre los distintos sujetos del sistema está representada por símbolos bidireccionales (<->) y unidireccionales (->), situados en áreas precisas de nuestro esquema. El área que indica el mercado se caracteriza por la división social del trabajo, mientras que la que indica la fábrica engloba un conjunto (ahora orgánico y ya no heterogéneo) caracterizado por la división manufacturera del trabajo. Fuera de la fábrica, es decir, en el área «mercado», operan relaciones de valor, es decir, sobre la base del intercambio entre equivalentes que se muestra en la figura.

Figura 1. Sistema abierto/cerrado: dentro de la fábrica no hay intercambio según criterios de valor, sino solo según criterios de cantidad y funcionalidad; las flechas indican tanto el flujo productivo como la doble dirección de la información. El sistema es contradictorio: sería abierto si no existiera el mercado, que obliga al producto a una comparación bidireccional en términos de valor.

Figura 2 Sistema cerrado, disipativo: existe una contradicción entre el flujo dentro de la fábrica (paso de cantidades físicas) y el exterior (mercado, intercambio según el valor). Cada industria y cada consumidor están aislados dentro del mercado y solo tienen relaciones a través del dinero, por lo que no existe un flujo orgánico. El conjunto representado por el perímetro rectangular no puede ser más que caótico.

Figura 3. Sistema abierto, orgánico: no hay contradicción entre el interior y el exterior de la fábrica. La flechas verticales indican un intercambio de energía y materia con el ambiente, las horizontales el flujo de productos (o intercambio de energía y materia) entre las distintas industrias y entre estas y los hombres.
A la entrada y a la salida del subconjunto representado por la fábrica siempre existe la relación bidireccional «↔» entre D y M (y, por lo tanto, entre M1 y D1), símbolo que caracteriza no solo la división social del trabajo, sino toda la sociedad en torno a la cual gira todo el proceso de circulación y valorización del capital. Esta última observación es fundamental para responder a aquellos lectores poco atentos que en su día nos atribuyeron la visión utópica de islas de comunismo en esta sociedad: si se tiene en cuenta el conjunto «mercado», este incluye como subconjunto la fábrica moderna y no hay ninguna isla de comunismo, solo hay capitalismo en su máxima expresión y nada más.
Pero también hay que preguntarse: ¿puede un subconjunto ser analizado a su vez como un conjunto (con sus propios subconjuntos) independientemente del todo? La respuesta es de las que enfadan a los maniqueos[2]: no puede ser ni sí ni no, es «depende». Poco antes hemos dicho que el conjunto «mercado» y el subconjunto «fábrica» son una sola unidad capitalista. Y es cierto: si, con la ayuda de un poco de teoría de conjuntos, tomamos el subconjunto «fábrica» y lo tratamos como un conjunto insertado en el conjunto complementario «mercado», este último coincidirá con el único conjunto universal. Pero nadie podrá impedirnos tratar «fábrica» como un conjunto independiente (cuyos subconjuntos propios no tienen relaciones según criterios de valor) cuando el campo de la operación esté bien delimitado, es decir, cuando se aclare que el límite con el que choca el conjunto es «D ↔ M».
Dentro del proceso productivo, las relaciones que caracterizan las diferentes funciones se representan con una flecha unidireccional (→) de flujo: cada función expresa una necesidad particular dictada por el plan de producción más general. El flujo de información (ya se trate de decisiones operativas, gestión de compras/contratos, control de almacén, gestión de servicios de mantenimiento, transformación y almacenamiento de la materia prima y del producto obtenido) debe ser unidireccional. La doble dirección es indispensable, pero solo existe en términos de información: dentro del conjunto «fábrica», solo tiene valor de uso.
Cualquiera que tenga la más mínima idea de cualquier proceso de producción comprende inmediatamente que, en su interior, es absurda una relación bidireccional entre los trabajadores en términos de valor: «Te paso mi producto si me das algo a cambio». Por lo tanto, el signo «→» no es más que la negación del signo «↔».
Nosotros no separamos producción de vida
Si es cierto que el conjunto capitalista incluye la fábrica con el único propósito de valorizar el Capital, también es cierto que la cooperación de tantos obreros parciales, es decir, el obrero global a través del cual se realiza el plan de producción, muestra la negación de la ley del valor.
Es perfectamente comprensible que, tras décadas de falsificación e incluso de pura y simple eliminación de la teoría revolucionaria, no sea fácil captar los elementos funcionales del proceso de valorización del Capital y, al mismo tiempo, ver en ellos su negación. Pero es necesario volver a los fundamentos de la teoría. El estudio de los textos de Marx sobre la historia que condujo al Capital moderno es indispensable para reapropiarse de ese mínimo de dialéctica que nos permite comprender cuán históricamente determinada es la formación del capitalismo, es decir, esa dinámica gracias a la cual se pasa de un proceso individual de trabajo a un proceso social global. Lo que también nos permite comprender, al mismo tiempo, la necesidad histórica de la muerte del propio capitalismo. Sin este vínculo dialéctico, podría parecer cuanto menos extraño que, al presentarnos como comunistas y, por tanto, como enemigos de la sociedad actual, tomemos como modelo algunos de sus elementos fundamentales. El hecho es que no reivindicamos en absoluto los elementos del capitalismo, sino que simplemente ponemos de relieve, basándonos en quienes nos han precedido, sus contradicciones fisiológicas, aquellas que él mismo ha llevado a sus máximas consecuencias y que ya demuestran su negación. La sociedad futura no se basará en la división social del trabajo y utilizará la división funcional entre los miembros de la sociedad, ciertamente no como se manifiesta hoy en día en el sistema fabril, porque abolirá no solo el trabajo forzoso, sino, sobre todo, eliminará por completo la milenaria separación entre el tiempo de trabajo y el tiempo de vida.
En un hermoso pasaje de las notas juveniles al margen de un texto de Mill, Marx observa que la relación capitalista entre los hombres es una relación instrumental para apoderarse mutuamente de su producto y el propósito de la vida se convierte en el intercambio mismo, por lo tanto, en la lucha. En una relación humana, en cambio, el propósito de la vida es la satisfacción de las necesidades humanas mediante la producción unos para otros, por lo que el trabajo no se diferencia del disfrute ajeno, es lo mismo, porque «en esta reciprocidad lo que es hecho de mi lado lo sería también del tuyo». El trabajo sería la libre manifestación de la vida y, por tanto, su disfrute. Además, con la extinción del individuo egoísta, se exaltaría efectivamente la peculiaridad de la pericia individual. El conjunto de las operaciones parciales ya no será la acción del obrero social, sino que se transformará en la contribución diferenciada de cada uno a la vida del hombre-sociedad.
Destacamos con energía el concepto moderno de cooperación, el potencial de integración de todas las fuerzas productivas repartidas por el mundo entero para realizar físicamente la unidad de la producción de la especie en un único conjunto orgánico global. Y exaltamos estos resultados de la vida de la especie, mientras que la burguesía exalta el mercado, la competencia, la acción ciega de las fuerzas de la naturaleza, es decir, el aspecto primitivo, incluso animal, de las relaciones humanas, lo que caracteriza la lucha por la existencia, la selección darwiniana. La burguesía exalta en su propaganda los grandes logros de la ciencia y la industria, de la organización del trabajo y del plan racional de producción, a veces con tonos ilustrados fuera de época, a veces alardeando de conocimientos que no posee, a veces llegando, como con el fascismo, al control de la realidad económica. Pero ideológicamente se muestra histérica y se indigna desmesuradamente ante cualquier perspectiva de proyecto consciente en el proceso social de producción, como si fuera una blasfemia contra los derechos inviolables de la propiedad, la iniciativa personal y la libertad de los capitalistas, que ya ni siquiera existen como tales, habiéndose convertido en meros funcionarios del Capital. No se da cuenta de que, al hacerlo, escupe sobre su propia revolución y exalta el aspecto peculiar de la jungla, el bellum omnium contra omnes.
Marx dice en el ya citado capítulo XII del Tomo I: «Y es característico que esos apologistas entusiastas del sistema fabril, cuando quieren hacer una acusación contundente contra lo que seria una organización general del trabajo a base de toda la sociedad, digan que convertiría a la sociedad entera en una fábrica».
Lecturas aconsejadas
Karl Marx, El Capital, Tomo I, Volumen II, cap. XII, “División del trabajo y manufactura”; cap. XI, “Cooperación”, Siglo XXI Ediciones
Karl Marx, Libro I Capítulo VI inédito, Siglo XXI Ediciones.
Amadeo Bordiga, Elementos de la economía marxista, Zero-zyx.
Karl Marx, Extractos de «Éléments d’économie politique», Páginas malditas. Sobre la Cuestión Judía y otros textos, Ediciones Anarres.
Frederick W. Taylor, L’organizzazione scientifica del lavoro [La organización científica del trabajo], Etas Kompass (contiene el recuento estenográfico de la encuesta gubernamental sobre el impacto social del taylorismo en los Estados Unidos). [No hay una traducción al castellano ni una edición en PDF de este libro]
Autores varios, La fabbrica intelligente [La fábrica inteligente], Franco Angeli. [No hay una traducción al castellano ni una edición en PDF de este libro]
- Laboucheix (a cura di), Tratado de Calidad Total, Ciencias de la Dirección. [Existe una traducción al castellano, pero no hay un PDF disponible en internet]
[1] [Nota de Barbaria]: Se refieren a La fabbrica intelligente, un libro de varios autores publicado por la editorial Franco Angeli en italiano.
[2] [Nota de Barbaria]: “arrabiare i manichei” (enfadar a los maniqueos) se entiende aquí bajo el contexto del maniqueísmo, una religión persa del siglo III d.C. de tipo dualista (una pugna entre Bien y Mal según los escritos litúrgicos). En este contexto se refiere a aquellas personas que siguen esquemas moralistas (o dualistas) de “Bien-Mal”, sin capacidad de entender matices.
