LOADING

Type to search

Actualidad

Del asalto a los cielos a la pax trumpiana: diez años de progreso capitalista

Del asalto a los cielos a la pax trumpiana: diez años de progreso capitalista

 

Descargar aquí

También en portugués

Es algo notorio, dentro y fuera del “mundo militante”, que el eje de la política burguesa ha cambiado en la última década. El reflujo de la oleada de movilizaciones que comenzó en 2011 fue tomado como combustible por una nueva generación de izquierdas que, bajo premisas demócratas y ciudadanistas, pretendieron demostrar al mundo que los Estados podían ser gobernados de otra manera. De alguna manera, ese instrumento que es el Estado podía dirigirse a la satisfacción de los intereses de las mayorías sociales, de los de abajo —citando algunas de sus expresiones— si estaba en las manos adecuadas. El año 2015 fue un punto de inflexión para esta “nueva” izquierda, ganando Syriza las elecciones en Grecia y pasando a formar parte de la primera línea de la política burguesa, con grupos como Podemos en España o el M5S en Italia, así como el ascenso del DSA en Estados Unidos. Por primera vez en tiempos recientes, los sectores del capital situados a la izquierda de la socialdemocracia se vieron ante la posibilidad de disputarle democráticamente su posición a esta como recuperadora de la conflictividad social. Esto supuso, por tanto, que la eterna oposición a la izquierda y la derecha mainstream pasó a gestionar por primera vez las instituciones, aupada por las esperanzas de amplios sectores de la población. El caso griego fue la prueba de fuego de esta “nueva” izquierda. Las dos elecciones que se realizaron en ese año dieron amplias victorias a Syriza, que, con su líder Alexis Tsipras como primer ministro, se las prometía felices contra lo que la troika —Unión Europea, BCE y FMI— ordenaba desde Bruselas. El primer paso del nuevo gobierno fue, apoyado por la derecha radical de ANEL, recurrir al viejo nacionalismo para movilizar a los griegos en un referéndum para rechazar estas imposiciones, poniéndose sobre la mesa incluso la posibilidad de abandonar el euro. A pesar del éxito de este referéndum, fue el gobierno de Syriza el encargado de aplicar todas las reformas de la UE sobre la maltrecha economía griega. Nadie en esos espacios podía explicarse cómo había sucedido esto, ¿no iban a dar un golpe sobre la mesa, a poner en su sitio a aquellos grises burócratas europeos? La “nueva” izquierda se encontró con que el Estado no era la máquina neutral que pensaban que era, sino que exigía la satisfacción de unas necesidades —las de la economía— que, en este momento del desarrollo capitalista, solo conocen un único camino: la privatización y la liberalización, recortando con avidez el gasto en sanidad y educación. No se replicaron, sin embargo, estos recortes en el ámbito militar, ante el temor de soliviantar a sus socios derechistas. El cumplimiento de estos mandatos, que se cobró la cabeza de uno de los emblemas de esta nueva izquierda —la del ministro de economía Yannis Varoufakis—, fue realizado con una eficacia y en un ambiente de paz social que jamás hubiesen podido imaginar los gobiernos —conservadores y socialdemócratas— que precedieron al de Tsipras. En resumidas cuentas, la “nueva” izquierda siempre fue la vieja política de la burguesía, como demostró desde el primer momento con el recurso a la retórica nacionalista de siempre. En España, aunque de modo diferente, sucedió una experiencia parecida con Podemos. Este partido, fundado en 2014 por un grupo de profesores universitarios y por la organización de origen trotskista Izquierda Anticapitalista (actualmente Anticapitalistas), fue capaz de canalizar las esperanzas de amplios sectores de la población, agotada tras años de recortes y austeridad impuestos por los gobiernos de PSOE y PP. Su fuerte desempeño en las elecciones europeas de 2014 y en las generales de 2015, así como el éxito de sus plataformas municipales en este mismo año —que conquistaron ciudades como Madrid, Barcelona, Zaragoza o Cádiz—, hicieron pensar a muchos que, como en Grecia, el espacio a la izquierda de la socialdemocracia podría desbancar a esta de su lugar dominante en el espectro político. Es a ellos a quienes se debe el mérito de reintroducir en ese espacio de la política española significantes que habían sido tabú durante los 40 años anteriores, como los de patria o nación1. Sin embargo, y como en el caso griego, el resultado de su incursión en la política municipal y nacional no pudo ser otro que el de la perpetuación de las reformas implementadas por los gobiernos anteriores, tanto en el ámbito económico —como la reforma laboral implementada por el sector del gobierno perteneciente a Sumar, reinvención del espacio de Podemos, los desahucios que supuestamente iban a impedir ejecutar a los bancos o el aumento en el gasto militar— como en el social — manteniendo la ley mordaza aprobada por el PP, o infiltrando a agentes de policía en diversos colectivos sociales—. El asalto a los cielos acabó convertido en la complicidad con la represión policial en el salto a la valla de Melilla de junio de 2022, que acabó con al menos 37 migrantes asesinados, o con el aumento del gasto militar para arrastrar a los proletarios a la guerra contra Rusia, contra China o contra quien sea necesario con tal de mantener a flote —o intentarlo— la fracción del pastel de la explotación del proletariado correspondiente a la burguesía española, subordinada a su vez a la francesa y la alemana. De nuevo, la “nueva” izquierda, aquellos que iban a hacer del Estado una entidad al servicio de nuestras necesidades gracias a su saber universitario, acabaron haciendo la política de siempre, sometidos a las necesidades del capital nacional. No obstante, a pesar de haber canalizado institucionalmente durante unos años la rabia de amplios sectores de la población, la frustración de estos continúa, en la medida en que sus demandas siguen tan insatisfechas como lo estaban hace diez años. Un análisis riguroso de estos procesos, sin embargo, nos permitirá ver que no todas las propuestas realizadas por esta corriente durante sus periodos en el poder —aún permanecen ahí, en el caso de Sumar— han quedado en papel mojado. Algunas ideas que hasta entonces estaban en los márgenes del debate político, como el feminismo o el ecologismo, han pasado a ser parte de la corriente principal. Dicho de otro modo, el feminismo y el ecologismo han pasado a ser, tanto para sus defensores como para sus detractores, ideologías de Estado. Se han llevado a cabo durante esta década numerosas iniciativas y leyes con la expectativa de abolir o, al menos, mitigar los efectos del patriarcado en la sociedad por la vía institucional. Sin embargo, una mayor judicialización de la violencia machista, la modificación del género que consta ante el Estado o la inclusión en la Constitución del derecho al aborto (en el mismo apartado ornamental en que se habla del derecho a un salario y una vivienda dignos) son más útiles a la “batalla cultural” de la izquierda contra la derecha, la única batalla que aún les sirve para distinguirse en el mercado electoral, que para paliar la violencia, el sufrimiento y la desigualdad que produce esta sociedad sobre las mujeres, las personas trans y el resto del colectivo LGTBI. También se aprobaron numerosas iniciativas para realizar la llamada “transición verde” —presentada en las distintas regiones del mundo bajo nombres como “Pacto Verde” o “Green New Deal”, entre otros títulos pretenciosos—, que consistiría en un plan para fomentar el abandono progresivo de la dependencia de los combustibles fósiles en favor de las energías renovables, con la necesaria escalada en las inversiones para poder llevar a cabo dicho cambio, al tiempo que un nuevo “pacto social” con políticas redistributivas y con un impulso a la generación de empleo de calidad. Estas medidas tuvieron cierta visibilidad en el periodo de ralentización económica vivido en los años 2018 y 2019, así como durante la crisis económica que siguió a los confinamientos por la pandemia de covid-19 en 2020, generando alguna que otra burbuja especulativa y una cantidad más bien magra de puestos de trabajo. Lejos de favorecer una mayor redistribución de la riqueza y a años luz de dar un nuevo impulso a la valorización del capital, como prometían sus exponentes, estas medidas abrieron la perspectiva de una mayor presión sobre los medios de subsistencia, prometiendo una nueva época de austeridad verde lustrada por el discurso ecologista, sin tener por ello la capacidad de llevar a cabo una verdadera transición energética. Porque no puede haber una transición energética en un modo de producción que, por su necesidad de crecimiento ilimitado para producir más y más valor, requiere una cantidad creciente de energía y materias primas. En todo caso, no habrá transición energética sino un agregado desesperado de diversas formas de producción energética para satisfacer —temporalmente— el hambre de las máquinas, mientras se sigue hambreando a la humanidad. Las renovables, dicho sea de paso, tienen límites físicos en su capacidad productiva, además de una huella ecológica no despreciable tanto por la forma en que ocupan el territorio como por la necesidad imperativa de minerales que conllevan. La pandemia de covid-19 y el inicio de la invasión rusa de Ucrania fueron, sin embargo, algunos momentos críticos que empezaron a señalar a la burguesía que su futuro comenzaba a discurrir por otros derroteros. La reducción de las emisiones de CO2 ha dejado su lugar prioritario en las políticas públicas al aumento en el gasto militar, como parte de una escalada imperialista que no ha hecho más que agudizarse en los últimos años: a la citada invasión hay que añadir los cruentos reavivamientos de conflictos como los de Israel y Palestina, con el exterminio sufrido por parte de la población gazatí, los desplazamientos y limpiezas étnicas en Sudán o el realineamiento militarista de las burguesías del Sahel —ahora potencias regionales— junto a Rusia y China y contra Francia, antigua metrópoli. En estos conflictos se dirimen los intereses de los distintos imperialismos —EEUU, China, Rusia, Irán— en pugna por una porción del pastel de nuestra explotación que, como ya hemos señalado, es cada vez menor. La guerra en Europa, tema tabú desde el final de la Segunda Guerra Mundial —Yugoslavia aparte—, ha pasado a ser parte de la conversación política habitual, llamando nuestras burguesías a prepararnos para ella, con la presión constante de una amenaza rusa, y sugiriéndose con cada vez mayor insistencia la restauración del servicio militar, para lo cual se vuelve —inevitablemente— a la retórica nacionalista de siempre. Un ejemplo de este cambio de prioridades fue el ministerio de asuntos exteriores alemán, en manos de los ecologistas entre 2021 y 2025, que se distinguió por ser un halcón en la política exterior frente a Rusia. El aumento en el gasto militar ha de ser entendido, para las distintas burguesías europeas, como una inversión en seguridad, para preservar nuestros “valores” e instituciones —atrás quedó aquello de la “aldea global”—. Dicho de otro modo, tratan de elevar a contrarreloj el gasto militar para que alcance un porcentaje del PIB medianamente próximo al que tienen las grandes potencias imperialistas —solo entre EEUU, China y Rusia abarcan el 60% del gasto militar mundial—. No obstante, estos incrementos no solo se han producido en Europa, como si solo la burguesía europea fuese imperialista, y un buen ejemplo de esto son los llamados BRICS, aprovechando su posición privilegiada por la posesión de las llamadas tierras raras. Este contexto de escalada imperialista es el caldo de cultivo perfecto para el aumento de las posiciones nacionalistas y de extrema derecha, que se presentan como una falsa solución frente a la creciente indefensión y la fragmentación social que las medidas implementadas por las izquierdas “alternativas” no podían evitar. Mientras que detrás del rechazo del ecologismo está una profunda desconfianza en que realmente esas medidas vayan a remediar el empeoramiento de las condiciones de vida y se percibe bien cómo el capital confronta la conservación de la naturaleza con la conservación de las condiciones materiales de vida, detrás del virilismo y antifeminismo está una reacción ante la descomposición de los modelos tradicionales de familia y de feminidad/ masculinidad, que van acompañados de la atomización social, la disolución de las barreras protectoras ante un mundo hostil que proporcionaba a la familia tradicional, y en general la reacción ante una profunda crisis de la identidad que deja un vacío angustiado para quien no visualiza un horizonte emancipatorio frente a sí. Todo lo sólido se disuelve en el aire, pero en ausencia de lucha de clases no hay nada positivo que lo reemplace. La reacción contra el feminismo y el ecologismo, o contra toda conciencia de violencia específica contra las mujeres y de crisis climática ha sido virulenta, pero la respuesta no ha sido otra que negar de raíz dichos problemas. En otras palabras: no hay respuesta, porque el capitalismo no tiene respuestas para nuestros problemas. El modelo de acción política para estas corrientes, ya sea en Europa que en el continente americano, es una combinación de nacionalismo económico —más o menos liberal— y contundencia escénica que en Estados Unidos se han resumido con gran precisión en dos eslóganes: el resignificado MAGA (en español, por sus siglas: hacer a América grande otra vez; de manera intermitente se ha utilizado desde los años 80) y el relativamente nuevo Peace through strength (en español: paz por la fuerza), que pretendería resolver los diferentes conflictos imperialistas bajo la amenaza de ser bombardeados por el imperialismo mayor. El mejor ejemplo de esto —y, a pesar de la propaganda, el único— ha sido el alto el fuego en Gaza, en vigor desde octubre de 2025, aunque constantemente quebrantado2. La administración de Trump presionó a Israel para que aceptase el alto el fuego y la liberación de 2.000 prisioneros palestinos, al tiempo que amenazó a Hamás con el “exterminio total” si no aceptaba desarmarse y liberar a los rehenes israelíes. Este acuerdo se firmó, finalmente, con el apoyo de buena parte de la burguesía mundial, incluido el progresivísimo gobierno español. Otros intentos de esta diplomacia se han dado para resolver el conflicto entre Rusia y Ucrania, pero el desequilibrio de fuerzas entre Estados Unidos y Rusia es infinitamente menor que con Israel o Palestina, de modo que no ha surtido efecto ni tiene visos de hacerlo. A pesar de todo, este ascenso de la extrema derecha no debe ser tomado como un fortalecimiento del sistema, sino que, por el contrario, es una muestra de su debilidad. Al contrario, las nuevas formas de derecha no son más que un intento de mantener la función de los cauces democráticos, que es la de canalizar el malestar social a través del apoyo a una u otra fuerza política mediante las elecciones, así como revivificar las fuerzas de oposición (en este caso antifascistas). En un contexto donde la izquierda y la derecha convencionales están cada vez más deslegitimadas, donde la izquierda alternativa ya tuvo su oportunidad de demostrar que no servía para nada, el siguiente intento son estas fórmulas de populismos de derecha con el que la propia burguesía no termina de estar cómoda, porque sabe que la necesidad de sus exponentes de presentarse como outsiders ajenos al establishment puede llevarles a impulsar medidas contraproducentes para los intereses del capital nacional, —como ocurrió con el Brexit o puede ocurrir potencialmente con la guerra comercial de EEUU con sus aliados—. Es el precio a pagar para mantener la función principal de los mecanismos democráticos, que es la creación de nuevas canalizaciones del malestar social cuando las viejas empiezan a estropearse. El problema es que este precio tampoco termina de arreglar el problema. Por un lado, porque a diferencia del fascismo, la extrema derecha no viene a dar una solución nacional que aúne a la mayor parte de la burguesía tras el Estado fascista como ocurrió en Italia y durante un tiempo más breve en Alemania, sino que estos personajes llegan como elementos disruptivos que acentúan las fracturas políticas al interior de la burguesía. No son agentes de unificación, sino de disensión. Por el otro, porque, así como la izquierda alternativa se reveló rápidamente como una falsa alternativa, la nueva derecha tampoco puede frenar el empeoramiento de las condiciones de vida del proletariado, que es la fuente misma de ese malestar. Por esto último, no son elementos de fuerza del sistema, sino de debilidad, de pérdida de horizonte. Ni siquiera son buenos instrumentos al servicio de la tendencia hacia la guerra, porque su naturaleza de francotiradores, sus políticas erráticas (como Trump con Rusia) y sus desmanes políticos con viejos aliados dificultan conseguir la estabilidad necesaria para asegurar el éxito de tu bloque imperialista contra el otro. Una prueba de esta debilidad reside, continuando con el ejemplo norteamericano, en su imposibilidad de pagar a sus propios empleados durante mes y medio, a pesar de tener la mayoría en los órganos legislativos. Otra prueba, y esta, a nivel más general, reside en que ni el gobierno de Estados Unidos, ni el de Argentina, ni tampoco los de Italia, Polonia y Hungría pueden revertir las tendencias a las que conduce el capitalismo: los trabajadores han seguido perdiendo poder adquisitivo, las desigualdades han seguido creciendo y las garantías o paliativos que antes otorgaban los estados han continuado disolviéndose. La extrema derecha es un gigante con pies de barro que, tras la violencia —racista, machista…— y el belicismo (abonado, dicho sea, por los gobiernos de izquierdas anteriores o coetáneos) no es capaz de sofocar el malestar de un proletariado al que ya no le quedan opciones que elegir dentro de la paz social capitalista. En otras palabras: el tiempo pasa y nuestra rabia no para de crecer. Cabe señalar que estas derechas populistas surgieron al mismo tiempo que las “nuevas” izquierdas de las que hemos hablado al principio: de la rabia y la frustración ante las consecuencias de la crisis de 2008. El movimiento de unas hacia otras no es una línea recta, sino que ha de ser comprendido de forma dialéctica, como un proceso: ambas conviven aunque una predomine en cierto momento. El auge de Podemos, Syriza o M5S no fue incompatible con el ascenso del Frente Nacional, de Lega o de Alternativa por Alemania, o con la primera presidencia de Trump. Del mismo modo, los mandatos de Milei, de Fratelli d’Italia o el segundo de Trump no impiden que aparezcan expresiones como el ascenso de Sinn Féin en Irlanda o de figuras como Mamdani en Nueva York, ante la falta que aún tiene el proletariado de opciones propias por el momento de paz social en que vivimos. A pesar de todo, una cosa está clara, hay una búsqueda de radicalidad entre minorías que tiende a desbordar los límites de este sistema, y tarde o temprano, no habrá alianza con la burguesía —conservadora o progresista— que pueda contenerla. Sea como sea la configuración que tome la burguesía en un momento determinado, de esto extraemos una lección invariante a partir de la que orientarnos: no hay alternativa para el proletariado dentro del sistema capitalista, solo la revolución proletaria mundial nos liberará de nuestras cadenas

1 Esto queda abordado con mayor detalle en nuestro cuaderno sobre el auge y la caída de Podemos, que, aunque previo en su publicación a la entrada de aquellos en el gobierno nacional, refleja muy bien la naturaleza de esta “nueva” izquierda en su asalto a los cielos.

2 Y es que el nacionalismo solo alimenta más nacionalismo, más muerte, como señalamos en nuestra hoja sobre Gaza

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *