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Actualidad Arco histórico Contra la democracia

La derecha transformada frente al mito del eterno retorno del fascismo

Escudo de las Américas

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En la última década hemos asistido al surgimiento de un nuevo fenómeno político en las coordenadas del capital, al que se le han dado los nombres de nueva extrema derecha, derecha populista, alt right, neofascismo… La dificultad para nombrar de manera específica a este fenómeno es quizá el primer síntoma de la novedad que representa, pero no nos adelantemos.

Antes de abordar la novedad —o no— que supone este fenómeno, es importante tratar la respuesta que desde la izquierda del capital —institucional o no— se le ha dado. Los últimos años han visto también, en paralelo al ascenso del populismo de derechas, un resurgir del antifascismo a niveles que no se habían visto en décadas. La izquierda del capital ha categorizado este fenómeno de manera casi unánime con la etiqueta de “fascismo”, enmarcando su resurgir como parte de una “ola reaccionaria mundial”, por la que se estaría formando una internacional ultraderechista para aplastar los derechos y libertades que nos ha concedido la democracia e incluso, dar el salto a un modelo ya no capitalista, sino tecnofeudal[1]. Desde este punto de vista, nuestra labor como militantes, y más aún, como ciudadanos, sería ignorar nuestros intereses como proletarios y unirnos a la burguesía progresista para tratar de frenar al fascismo una vez más. No hay lugar para disquisiciones ni purismos programáticos cuando el mal mayor, casi absoluto, se alza frente a nosotros.

La burguesía progresista es consciente del efecto que tiene pulsar el botón del antifascismo a la hora de activar a una parte considerable del electorado en su favor, siendo victorias como las de Macron, Biden, Lula y Boric, ejemplos nítidos de este uso del antifascismo cuando se agota el margen real de la izquierda para realizar reformas en los estados capitalistas. En cambio, cuando hablamos del uso del antifascismo en el mundo radical, lo que denota es la influencia que la contrarrevolución y su campismo tienen aún, a pesar del desgaste. No encontramos mejor forma de explicar esto que partir, una vez más, del viejo método del materialismo histórico.

  1. La derecha desde 1945

Atendiendo a los sesudos análisis de la izquierda, bien podría pensarse que, en realidad, la derecha no ha cambiado en absoluto en el último siglo y que, si dio la apariencia de ello, fue solo por la vergüenza y la humillación que supusieron las derrotas del fascismo y el nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Lo importante es que, bajo estos cambios, se habría mantenido una misma esencia fascista —la famosa personalidad autoritaria de la que hablaba Adorno, propia de las personas de tendencia conservadora— que afloraría de nuevo cuando se diesen las condiciones para ello, cosa que estaría sucediendo en la actualidad.

En líneas generales, buena parte del antifascismo hace este tipo de lecturas esencialistas de la derecha que, como veremos más adelante, pretenden escapar de cualquier análisis histórico. Desde este punto de vista, habría una categoría, la de fascismo, que se proyecta directamente sobre la realidad para darle forma, al más puro estilo del idealismo que tanto ilusionó a la burguesía en ascenso. Sin embargo, una parte importante de nuestra tarea de clarificación como revolucionarios es bajar estos fenómenos a tierra para comprender de dónde surgen, y cómo actuar frente a ellos. Para ello, recordaremos una frase de Marx que tiene hoy tanta o más vigencia que en el momento en que la escribió: «El modo de producción de la vida material determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia».

En este sentido, el periodo inmediatamente posterior al final de la Segunda Guerra Mundial verá un desarrollo económico a un ritmo nunca antes visto, como parte de la continuación de la socialización del capital que había comenzado en el periodo previo a la guerra. Desarrollo económico sin precedentes e intervención estatal fueron de la mano en estos años, generando un consenso a izquierda y derecha —los acuerdos de Bretton-Woods— por el que las políticas públicas ejercidas desde un Estado fuerte y con apoyo sindical eran la base del desarrollo. En buena medida, se continuó con las políticas de socialización capitalista que había iniciado el fascismo en Europa, así como los gobiernos de Roosevelt en Estados Unidos o el estalinismo en Rusia. Así, surgieron en Estados Unidos y en Europa occidental los distintos sistemas de Seguridad Social, mutualizando el coste de mantenimiento de los trabajadores, programas de viviendas públicas, la extensión del agua y la electricidad a todos los rincones del Estado… Es la época de lo que se ha llamado “Estado del Bienestar”, por la que la palabra de Keynes se convirtió en la guía de la burguesía democrática, dando lugar a una nueva capa social, la clase media, que por un momento pareció dejar atrás definitivamente el antagonismo entre clases. Es la medianoche en el siglo, y la contrarrevolución vive sus mejores momentos tanto en el bloque occidental como en el soviético.

Es en este momento cuando se establecen sistemas más o menos bipartidistas en todas las potencias democráticas, alternándose en el poder una socialdemocracia fuertemente intervencionista con una democracia cristiana que se inspira ampliamente en la Doctrina Social de la Iglesia para basar su intervencionismo en la caridad y la distribución justa de la riqueza. La derecha bajo esta forma está lejos de ser liberal, ya sea en el sentido clásico —anatema desde 1929— o en el que entendemos este término hoy en día, siendo habitualmente crítica de los excesos del capitalismo, y cree en la necesidad de ponerles freno a través de un Estado fuerte. Este estatismo se combinará con un férreo anticomunismo en el marco del inicio de las tensiones imperialistas entre Estados Unidos y la URSS, una prueba más —si es que fuera necesaria— de que la intervención estatal en la economía no es ningún síntoma de socialismo. Esta tendencia se expresará con independencia de si los Estados eran democráticos o no, dando lugar a poderosos aparatos políticos como los de la DC en Italia, del gaullismo en Francia, la CDU en Alemania Occidental, así como a tendencias en España como la de los tecnócratas del Opus Dei en el seno del franquismo y, fuera de él, a muchos integrantes de lo que la prensa del régimen llamó “contubernio de Múnich”. Más tarde, tendrá un papel clave en la transición española de la mano de la UCD de Suárez. El ejemplo más parecido de este tipo de derecha en Estados Unidos es el representado por la administración Eisenhower (1953-61), que no solo mantendrá las políticas públicas de las administraciones de Roosevelt y Truman, sino que las expandirá con la construcción de viviendas públicas y masivas autopistas por todo el país, y con el surgimiento del modelo suburbano para las nuevas clases medias. Había nacido el American way of life, que se iba a extender a todo el mundo.

No es la vergüenza por la derrota la que los impulsa a llevar a cabo estas políticas —no en vano, el propio Eisenhower fue uno de los generales implicados en la derrota de la Alemania nazi en el oeste de Europa—, sino la necesidad del capital de socializarse para seguir desarrollando sus fuerzas productivas a un nuevo nivel. Este desarrollo de las fuerzas productivas, en contradicción con las relaciones de producción capitalistas que lo origina, produjo una sobreacumulación de capital que desencadenó del final de este periodo de prosperidad económica. La dificultad de obtener masas de ganancias que pudieran compensar la caída de la tasa de ganancia, impulsada por el desarrollo de la productividad y la fuerte competencia entre capitales a nivel mundial, terminó con tres décadas de dinamismo económico. La ralentización de las inversiones vino acompañada por la inflación, derivada de los costes de la guerra de Vietnam, así como de la crisis del petróleo de 1973, surgida como represalia de los países árabes a aquellos que apoyaron a Israel en la guerra de Yom Kipur. Esto dio paso a una recesión que se extendió hasta 1975 y que se caracterizó por combinar altos niveles de inflación con un elevado porcentaje de desempleo. El Estado había sido esencial en las décadas previas para asumir parte de los costes de producción mediante políticas de obras públicas, facilitar el crédito a las empresas y establecer mecanismos de diálogo social con los que garantizar que los costes salariales estuvieran siempre por debajo del aumento de la productividad. Pero las soluciones que se habían dado para superar la crisis del 29, de las que el Estado hacía parte, simplemente habían situado las contradicciones a un nuevo nivel. Una vez alcanzado, la intervención estatal, de ser parte de la solución, pasaba a convertirse en parte del problema. Así, las políticas socializantes de las décadas anteriores comenzaban a ser un lastre para la recuperación económica, que se demoró hasta inicios de la década de 1980, lo que hizo necesario la adopción de un nuevo rumbo que, en el caso de la derecha, ya se había comenzado a vislumbrar a mediados de la década de los 60.

  1. La derecha neocon

En estos años, se empieza a imponer, a izquierda y derecha, el sentido común de la necesidad de recortar el gasto público para poder reimpulsar la acumulación de capital. Así, los años 70 y 80 verán recortes masivos en prestaciones sociales —así como un endurecimiento en las condiciones para acceder a las mismas— y en ayudas a determinados sectores económicos, especialmente el industrial. Numerosas empresas —por iniciativa propia o estatal— cerrarán sus fábricas en Europa y Estados Unidos, llevándolas a países de la periferia capitalista en los que los costes de producción eran menores. Gobiernos de todo el espectro político —desde los Reagan y Thatcher hasta los González, Clinton y Blair— pondrán en práctica estas políticas, enfrentando una gran conflictividad social en aquellos años. El retorno de las políticas no intervencionistas recordó al liberalismo clásico dominante antes de la Gran Depresión, de ahí el uso habitual del término neoliberal por parte de la izquierda que, sin embargo, no consideramos oportuno, puesto que los años 80 habían visto un proceso de socialización del capital que no se podía haber vislumbrado a inicios de siglo, y que daban a esas políticas unas condiciones diferentes a las del liberalismo clásico. El reflejo en la izquierda de las necesidades del capitalismo en este periodo será la llamada Tercera Vía, que triunfará en los años 90 de la mano de Clinton, Blair y Schröder, entre otros, que implantaron o ampliaron estas medidas económicas combinándolas con políticas sociales progresistas como la protección del medio ambiente o el reconocimiento de derechos LGTB. Ya no es que no hubiera barreras para la inversión y el desarrollo económico, como para el liberalismo de principios del siglo XX, sino que el Estado intervenía para levantarlas al reducir las tasas impositivas. Estas diferentes condiciones son el motivo por el cual, como hemos señalado, no consideramos oportuno el término neoliberal.

La expansión del Estado ya había tenido sus críticos en la derecha, incluso cuando aquella funcionaba a pleno rendimiento y sin visos de crisis. El más notable de estos críticos fue, probablemente, el republicano Barry Goldwater, que ya en 1964 hizo campaña proponiendo recortes de gasto público y privatizaciones, así como rechazando la intervención del Estado en los asuntos sociales[2], y con una fuerte oposición al sindicalismo y al comunismo, planteando la normalización del uso de armas nucleares. Su campaña fue un completo fracaso y el presidente Johnson ganó en una de las victorias más abultadas que ha conocido la democracia estadounidense, siendo visto en ese momento como un fanático de extrema derecha capaz de iniciar una guerra nuclear, que pondría en peligro la democracia y el débil equilibrio con la URSS. Sin embargo, con el tiempo se le acabó viendo como un adelantado, que anticipó en su programa muchas de las políticas que se llevarían a cabo dos décadas después.

Uno de los que apoyó esa fallida campaña fue —no por casualidad— el futuro presidente Reagan, pronunciando su discurso A time for choosing, que con el tiempo se convertiría en un hito fundacional del neoconservadurismo. Su mandato (1981-89) vio el recorte de muchos de los programas del periodo anterior. Reagan adoptó un nuevo enfoque de la economía basado en el lado de la oferta, es decir, un intento de estimular la economía incentivando la producción y las inversiones a través de beneficios fiscales, reducciones impositivas y ajustes salariales, frente al enfoque sobre la demanda que había dominado las décadas anteriores. Sin embargo, en un contexto de estancamiento económico estas políticas, sumadas a un creciente gasto militar, sentarían las bases del déficit estructural de la economía norteamericana. En Reino Unido la primera expresión de esto serán los gobiernos de Thatcher (1979-90), que se caracterizarán por hacer recortes del mismo calado en el gasto público, por una política exterior también agresiva, por el aplastamiento de las luchas de clases que se habían iniciado durante los 70, siendo especialmente notable la huelga de los mineros de Gales de 1984-85. La pérdida de poder de los sindicatos será un elemento notable de este periodo, dada su incapacidad para torcer el bastón frente al Estado y, sobre todo, por su probado talento para demostrar al proletariado que la lucha y las huelgas eran inútiles. Esta época también vio el esplendor de los mercados abiertos por todo el mundo y unas fronteras relativamente débiles, siendo común que también desde la derecha se fomentase la migración y vías para la regularización de nueva mano de obra. Algunos hitos en este sentido se pueden encontrar en el discurso de despedida de Reagan, las políticas de regularización de Bush hijo y en las regularizaciones masivas de migrantes realizadas por gobiernos conservadores en Europa occidental.

El aplastamiento de las luchas de clases acelerará la atomización del proletariado, dando lugar a una nueva moralidad de carácter individualista o, en su defecto, a la búsqueda de nuevas formas de comunidad en la religión. Esto explica el auge del conservadurismo religioso —especialmente en forma de evangelismo— en estos años en todo el continente americano, siendo que, ante el repliegue del Estado, muchas de las funciones asistenciales que este realizaba antes ahora eran cubiertas por las comunidades religiosas[3], frente a la teología de la liberación de los años 60 y 70, con influencia en el campesinado y alineada con el estalinismo en América Latina. El norte de África y el Levante verán un movimiento similar —el islamismo— tras el fracaso del “socialismo” árabe y el triunfo de los ayatolás en Irán en 1979. En ambos casos, el paso de un modelo político estatista a otro no intervencionista trajo consigo el cambio de unas formas de religiosidad de vocación reformista y que aceptan su separación del Estado a otras de carácter comunitarista y con tendencia a integrar al Estado. Se habla del evangelismo y el islamismo como ejemplos más emblemáticos de esta nueva religiosidad, pero esta también se encuentra en otras confesiones, como la Renovación carismática —y, en general, de formas de liturgia carismática— o el auge del tradicionalismo dentro del catolicismo, el movimiento Sokka Gakai en el budismo o el nacionalismo religioso hindú o hindutva. Señalar en exclusiva al evangelismo y al islamismo como elementos causales o como una fe “reaccionaria”, frente a la religiosidad “progresista” de los años 60 y 70, sería ser tan miopes como para matar al mensajero de nuestro tiempo. En resumen, la separación entre política y religión que anteriormente había sido un consenso pasa a ser cuestionada, comenzando a ser aún más habituales las referencias confesionales en la política —sobre todo en la norteamericana—, ya no solo como profesión pública de fe, sino como elemento articulador del discurso político, siendo destacable el empeño de la administración Reagan por restablecer la oración en las escuelas públicas. La administración de Bush hijo también hará gala de esto al prohibir, por ejemplo, la investigación con células madre.

Las políticas desregulacionistas, que favorecieron la entrada masiva de capital extranjero, sumadas a la espiral especulativa en el sector inmobiliario y crediticio que caracterizó a los años 2000[4], quedaron en entredicho con el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2007, cuyas consecuencias generaron una recesión a escala mundial a partir del año siguiente, por falta de confianza en esos productos financieros y, por consiguiente, de liquidez en los mercados. Una vez más, era el propio crecimiento del capitalismo —y no simplemente la avaricia de los especuladores inmobiliarios[5]— el que generaba su crisis por sobreacumulación, estallando con una fuerza aún mayor que en los años 70. Los principales bancos centrales tuvieron que intervenir y, en muchos casos, nacionalizar o rescatar a algunos de los mayores bancos, entrando muchos otros en quiebra. El desempleo se disparó a niveles de la Gran Depresión, y millones de personas fueron incapaces de continuar pagando sus hipotecas, lo que se tradujo en una gran cantidad de desahucios y en una persistente precariedad laboral. En muchos países, incluido España, el poder adquisitivo sigue sin haber recuperado el nivel de 2008, y las tasas de desempleo siguen por encima del 10%. Esta crisis iba a producir un repliegue de los mercados y, por consiguiente, una nueva convulsión política en ambos lados del espectro político.

  1. La época del populismo

Los años posteriores al estallido de la crisis en 2008 verán la aplicación de medidas de austeridad draconianas en todo el mundo, siendo estas especialmente severas en los países del sur de Europa. En todos ellos se priorizó el pago de la deuda y los intereses al BCE por los rescates bancarios sobre cualquier otro gasto presupuestario[6], lo que implicó el recorte y la privatización de numerosos servicios públicos, así como reducción de las pensiones, aumentos de impuestos y de la edad de jubilación y la congelación de los salarios de los funcionarios. De igual modo, se promulgaron sendas reformas laborales que redujeron las indemnizaciones por despido a los trabajadores y aumentaron la temporalidad del empleo, lo que ha generado una amplia capa de proletarios que ya no pueden garantizar el mantenimiento y la reproducción de su fuerza de trabajo por medio de sus salarios. De igual modo, desde 2008 se ha desdibujado en buena medida la otrora poderosa clase media, pasando esta en su mayoría a proletarizarse.

En los países del norte de Europa como Alemania y Países Bajos, en cambio, se extendió la idea de que los rescates a los países del sur eran un esfuerzo para sus sistemas por rescatar a países que, en una expresión común de ese momento, “habían vivido por encima de sus posibilidades”, y que quizá era más conveniente dedicar esos recursos a mantener su propia estabilidad y dejar que las economías del sur de Europa —especialmente Grecia— salieran del euro. Este mismo lema fue el que se trató de imponer a los proletarios de todo el mundo tras el estallido de la crisis: habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. ¿Quiénes habían vivido por encima de sus posibilidades? ¿Los trabajadores a los que se concedían créditos aun sabiendo que ya había un riesgo elevado de que no pudiesen devolverlos? ¿O la burguesía que solo pudo continuar inflando la burbuja a sabiendas[7] de que ese crecimiento no se correspondía con un aumento de la productividad de la economía?

Se había formado el caldo de cultivo perfecto para una nueva oleada de movilizaciones de clase, que iba a estallar en 2011. En ese año, proletarios de todo el mundo, de China a Estados Unidos, pasando por América Latina, Europa y el mundo árabe, tomaron las calles en protesta por el empeoramiento de sus condiciones de vida a causa de las medidas de austeridad que estaban tomando los distintos gobiernos, evidenciando en sus reivindicaciones ciudadanistas una crisis de representatividad política —queda en el recuerdo aquel “No nos representan”— que no ha hecho sino ahondarse desde entonces.

La burguesía en este periodo se enfrenta a la contradicción entre un capitalismo que no puede sino crecer, ampliando la dependencia entre sus distintos ejes a nivel mundial, y la necesidad de replegarse en el ámbito nacional, habiendo sido la entrada masiva de capitales extranjeros —y la competencia con ellos— uno de los motivos de la burbuja y la posterior crisis económica. La movilización del proletariado hará que, en un primer momento, sea la izquierda la que intente articular estas contradicciones y reivindicaciones en el marco de la política institucional. Así, en los países del sur de Europa se asistirá al crecimiento de fuerzas a la izquierda de la socialdemocracia tradicional, como Syriza en Grecia o Podemos en España, que trataban de abordar la crisis desde un marcado nacionalismo económico que incluía la nacionalización de empresas y servicios y el aumento de la inversión pública a costa de desconocer la deuda con el BCE, entrando en conflicto directo con este poder extranjero y con su punto de referencia, Alemania, y pretendiendo torcer el bastón frente a ellos. La perspectiva de recuperar sus condiciones previas por la intención de mantener el impago la deuda contraída fue suficiente para despertar las esperanzas de muchos proletarios, aplastados por años de recortes y vergüenza pública.

Al mismo tiempo, las guerras surgidas de la incapacidad de las protestas para derrocar algunos de los regímenes anteriores en el mundo árabe —especialmente en Siria—, así como el auge del terrorismo islamista —con el ISIS como Estado de facto—, provocaron el éxodo masivo de millones de sirios —un cuarto de la población total del país— y afganos hacia Europa a partir de 2014, entrando con grandes dificultades a través de Grecia —a pesar del acuerdo entre la UE y Turquía para que esta los retuviese— en dirección a Alemania, que finalmente acogió a 800.000 refugiados sirios. Las fuerzas de extrema derecha utilizarán el rechazo a este sector de la migración entre sectores de la población para ampliar así el espacio de nuevas fuerzas de extrema derecha como AfD en Alemania o Vox en España, y para el crecimiento masivo de otras ya establecidas como Lega en Italia, FPÖ en Austria o FN en Francia. De igual modo, la percepción de que la migración comenzaba a ser un problema social y laboral para los trabajadores norteamericanos comenzó a tomar forma a partir de 2015 con el movimiento MAGA —y su cabeza, el futuro presidente Trump— en el interior del Partido Republicano, empezando a plantearse abiertamente la necesidad de completar el muro que separa Estados Unidos de México. El elemento vertebrador de todas estas expresiones es, de nuevo, el nacionalismo económico: la mano de obra migrante compite con la nacional, moviendo los salarios a la baja, y recibe un porcentaje desproporcionado de ayudas públicas frente a los trabajadores nacionales. Además, las fábricas que se desplazaron en los años 80 y 90 a otros países están ayudándoles a competir contra sus antiguas sedes, de modo que hay que forzar su retorno.

Las fallidas[8] experiencias de la izquierda alternativa en el gobierno, así como la persistencia de los problemas derivados de la crisis de 2008 y el malestar ante una nueva austeridad verde, han agotado muchas de las bases sobre las que se sustentó esa nueva izquierda[9], terminado de desplazar el eje político a la derecha a partir, especialmente, de la pandemia de covid-19 —y su consiguiente crisis— y del inicio de la invasión rusa de Ucrania, preludio de la escalada imperialista en la que nos encontramos actualmente. Buena parte de estos aspectos han sido ya tratados con anterioridad, pero la pregunta que se plantea es: ¿cómo clasificar a este nuevo fenómeno? ¿Es una nueva forma de fascismo?

  1. ¿Qué es esto? Un apunte histórico

Para poder dar una respuesta a esta pregunta, tenemos que analizar los hechos a partir de nuestro método, el del materialismo histórico. Por eso nos remitimos a las palabras de Marx que hemos mencionado al inicio de estas líneas: la formación de la conciencia depende de los acontecimientos sociales. En este sentido, el contexto actual es muy diferente al de hace un siglo. Para empezar, y como ya hemos señalado, el capitalismo a inicios del siglo XX aún no había dado el salto de socialización que experimentó tras la Gran Depresión. La ideología dominante hasta entonces había sido el liberalismo clásico, cuya aversión por la intervención estatal permeó incluso en los medios radicales[10]. El fascismo surge tras la Primera Guerra Mundial como parte de la necesidad del capital por concentrarse para poder retomar su crecimiento tras el conflicto, en el marco de una crisis económica que devastó la economía alemana hasta 1923, sumado al miedo de la burguesía al triunfo de la revolución proletaria en Italia con el Bienio Rosso. Para llevar a cabo esta concentración había que generar una cohesión entre las distintas fracciones de la burguesía nacional, toda vez que la socialdemocracia ya había aplastado cualquier posibilidad de actividad autónoma del proletariado. Esta cohesión se logró por medio de políticas públicas orientadas a la autarquía —aún no existía el grado de interdependencia económica que se da hoy— y puestas en práctica por gobiernos autoritarios, así como generando un sentimiento de unidad a partir del agravio sufrido con los acuerdos de paz de Versalles. Este sentimiento de agravio daría expresión política a la necesidad de colocar capitales en otros mercados, dando inicio a la voraz escalada imperialista que iba a conducir poco después a la Segunda Guerra Mundial.

Así, podemos comprobar que el contexto de entonces era radicalmente distinto al de hoy en día. En primer lugar, el capitalismo hoy tiene un margen infinitamente menor de reforma y es incapaz de generar esos consensos, con políticas económicas muy parecidas que conviven con un aumento de las tensiones imperialistas entre los diferentes Estados y una tendencia a la configuración de bloques imperialistas económicos y militares. La crisis de representatividad política hace que estas expresiones tomen formas más extravagantes[11], en ruptura con la normalidad institucional de periodos anteriores. No obstante, la ruptura con esta normalidad formal no implica una ruptura con las instituciones democráticas en sí mismas, que rara vez son cuestionadas. En ausencia de una lucha de clases que la obligue[12], la derecha populista no necesita dar golpes de Estado ni romper con las instituciones porque gana —y pierde— elecciones y transforma las instituciones desde dentro, aplicando y ampliando la legalidad vigente[13]. Igualmente, la derecha populista no genera ningún tipo de consenso[14], tampoco entre la burguesía, siendo mayores las dudas que las certezas que producen sus figuras. Puede maniobrar para desacreditar a sus opositores, conducta que también se puede encontrar en la izquierda, pero no prohíbe su existencia o que estos se puedan expresar públicamente[15]. La función a la que responde la derecha populista es a la de tratar de afrontar el repliegue nacional de las economías sin perder su parte del pastel a nivel mundial en un contexto en el que las tensiones imperialistas aceleran la escalada hacia la guerra en todos los frentes, siendo cada vez más cuestionado el papel que Estados Unidos había tenido como única superpotencia desde la disolución de la URSS en 1991. En última instancia, es el imperialismo propio de todos los Estados el que prevalece sobre los deseos de la burguesía de replegarse y tomarse un descanso de la competencia global. Puesto con ejemplos, es el equilibrio que inicialmente había en la segunda administración Trump entre el vicepresidente Vance —aislacionista— y el secretario de Estado Rubio —un halcón intervencionista—, que se está resolviendo en favor de este último. Sea como sea, esta derecha es tan capitalista como todas las demás, sin visos de que esté cambiando las relaciones sociales del capitalismo a un nuevo feudalismo. Una lección que se puede extraer de esto es que da igual el nivel de autoconciencia de la burguesía, al igual que son indiferentes sus pretensiones particulares: el capital es una relación social impersonal y automática, y la burguesía es un vector en su reproducción. No hay maquiavelismo efectivo en la acción de la clase burguesa, sino el cumplimiento de una función que debe ser suprimida por el proletariado revolucionario.

Es importante señalar que, cuando planteamos que existe un determinismo económico sobre la formación de las ideas políticas no nos referimos a que esta vinculación sea mecánica, sino a un proceso de desarrollo orgánico. Siempre hay momentos de coexistencia e influencia mutua entre ideologías que responden a distintos periodos. Así, el fascismo convivirá con el liberalismo durante toda la década de los 20 y no se expandirá en sus diversas formas hasta la siguiente década. De igual modo, y como ya hemos visto, ya tuvo su altavoz un neocon como Goldwater en los 60, así como la democracia cristiana convivió con el neoconservadurismo durante las décadas de los 70 y 80, a pesar de ser ya un enfoque obsoleto —como muestran, por ejemplo, la impotencia de los gobiernos de la UCD en España o la podredumbre institucional de la Italia de los 80 dominada durante décadas por la DC—, así como la primera administración Trump estuvo plagada de neocones que habían trabajado con Bush.

Entender el determinismo como un mecanicismo sería la otra cara de la moneda del mismo idealismo del que parte la lectura que hace del periodo la izquierda del capital en sus diversas formas. La izquierda toma la categoría de fascismo, como señalamos al principio, y la proyecta sobre la realidad para darle forma. La realidad necesita de nuestras categorías, al igual que el proletariado, porque por sí solos son extensión informe, desorganizada y carente de sentido. En esto la izquierda del capital sigue tan apegada al kantismo como lo estaba el reformismo en los debates de la II Internacional, evitando así las incomodidades que producen los cambios históricos. El recurso al fascismo que hace la izquierda opera a la manera de los mitos, tal como los entendía el estudioso de las religiones Mircea Eliade —este sí, un fascista militante—: el mito nos presenta un problema resuelto originalmente y al margen de la historia, si reproducimos el mito paso por paso, podremos resolver el problema tal como se hizo entonces. De este modo, el fascismo deja de ser una ideología, segregada a partir de las necesidades del capitalismo de ese periodo, para convertirse en un problema a resolver que puede surgir en cualquier momento, incluso en un rasgo de la personalidad que puede surgir en cualquiera de nosotros, obligándonos a autovigilarnos continuamente. El antifascismo, como mito, nos brinda una serie de pasos (el frente popular, el partido de masas, la hegemonía sobre la clase, la represión de los incontrolados…) que, si se reproducen bien, nos permitirán mantener la actual democracia con todo su aparato de derechos. La historia desaparece del análisis, y con ella la perspectiva de la emancipación humana. Desde este punto de vista vivimos en una especie de tiempo cíclico en el que se baten en duelo un capital en decadencia y un proletariado impotente[16] en un eterno retorno. La fijación del izquierdismo con la memoria histórica tiene más de fetichismo, de recuerdo de los pasos del mito, que de explicación de los cambios sociales. La enumeración de hechos sin tomar en consideración sus causas y el momento del proceso de desarrollo del capitalismo en el que se dieron tiene, en este sentido, el mismo valor histórico que los pasos de un manual de instrucciones: primero va esto, luego va aquello… ¿y por qué?

No pretendemos dar aquí una visión intelectualista sobre el valor de la historia, no creemos en ese lugar común de que “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”. Sencillamente, no creemos que la historia se repita, pero ello no le quita valor a su conocimiento. Por el contrario, conocer la historia del movimiento obrero, a partir del hilo histórico que han ido formando nuestros compañeros de clase a lo largo del tiempo, es una de nuestras labores como partido histórico. Sacar nuestro hilo histórico del entierro al que fue sometido por la contrarrevolución nos permite realizar un balance de lo sucedido y continuar clarificando las posiciones de nuestra clase, elaborar “una teoría de la contrarrevolución”, en palabras de Bordiga. El balance no es un mero manual de instrucciones para resolver problemas específicos y parciales, sino el método que nos permite saber en qué medida el pasado ha creado las condiciones del presente, y cómo este a su vez está creando la sociedad futura: el comunismo. No en vano, toda nuestra actividad se orienta a ese fin, el comunismo, más allá de las intrigas entre las distintas fracciones burguesas. No necesitamos urdir planes o coaligarnos con esta o aquella fracción, porque nosotros ya hemos elegido. El capitalismo ha segregado distintas formas ideológicas a lo largo de su historia, sí, pero la primera de ellas, la que lo cuestiona en su totalidad, nació de su suelo en el mismo instante en que aquel hizo su aparición. Nuestros compañeros han visto el auge y el hundimiento de todo tipo de formas ideológicas en el gobierno, desde el absolutismo monárquico y el tradicionalismo hasta la nueva derecha populista, pero el comunismo las ha sobrevivido a todas en la medida en que no es simplemente una ideología más, sino la enmienda a la totalidad del sistema vigente, desde sus inicios hasta el día de hoy. En todo este tiempo, nuestro objetivo ha sido invariante: la emancipación de la especie humana en una sociedad sin clases. Esa es nuestra única tarea: ayer, hoy y hasta el día de la revolución.

 

[1] En esta dirección apuntan algunas luminarias de la burguesía progresista, como el exministro griego Varoufakis.

[2] Esto le llevó a rechazar la Ley de Derechos Civiles de 1964 por interferir en la libertad individual para hacer negocios, a pesar de que él mismo integró racialmente sus negocios en la década de 1930. No obstante, este rechazo hizo que el Sur segregacionista votase por primera vez por los republicanos en estas elecciones.

[3] No en vano, y pese a las evidentes diferencias, este fue uno de los motivos del éxito inicial del cristianismo: la crisis del imperio romano en el siglo III hizo que muchas de las funciones que este cubría pasasen a ser realizadas por las comunidades cristianas. Cuando el Estado se recompuso, y a pesar de las fuertes reticencias, no tuvo más remedio que aceptar el hecho consumado y levantar la prohibición sobre el cristianismo.

[4] Sobre esto, son ilustrativos los datos —destacando la sextuplicación del capital extranjero en la economía norteamericana durante los tres lustros anteriores— que aportó el entonces presidente de la Reserva Federal norteamericana, Ben Bernanke, a inicios de 2009: https://www.federalreserve.gov/newsevents/speech/bernanke20090414a.htm

[5] Es un lugar común —y muy cómodo— en la izquierda del capital el señalar al sector inmobiliario y financiero como responsable único de la crisis —los capitalistas reaccionarios— frente a un sector industrial —los buenos— que, de haberse mantenido, la hubiera evitado. No se puede comprender el capitalismo ni sus crisis como compartimentos estancos: todos dependen de todos.

[6] Esto se vería en España con la reforma exprés en 2011 del artículo 135 de la Constitución, realizada con el acuerdo de PSOE y PP.

[7] No en vano, ya desde 2004 se empezaban a ver síntomas de lo que estaba por ocurrir, de ahí que la Reserva Federal de EEUU subiese drásticamente los tipos de interés —desde el 1% ese año hasta el 5,25% en 2006— para frenar la espiral inflacionaria que había comenzado en 2001. Igualmente, son numerosos los informes de los años 2006 y 2007 alertando sobre ello, incluso en medios mainstream como el Wall Street Journal.

[8] Fallidas en el cumplimiento de sus pretensiones, no en la gestión del capital. Los gobiernos de Syriza (2015-19) fueron diligentes y escrupulosos en el cumplimiento de sus obligaciones con el BCE.

[9] Lo que no quiere decir que haya desaparecido, simplemente es una prueba de que las ideologías son devoradas y dejadas de lado por el capitalismo si no pueden responder a sus necesidades, lo cual sucede con cada vez mayor rapidez.

[10] En este sentido apuntaba ya Plejanov en su texto La doctrina de Arturo Labriola (1908), al hablar de la influencia del manchesterismo sobre los teóricos del sindicalismo, entre los que destacaban el citado Labriola y los proudhonianos.

[11] Sirvan como ejemplo de esto las homilías de Trump en el Despacho Oval, o el creciente recurso a la religión en la política y la cultura europea, con las manidas alusiones a la “raíz judeocristiana” de la cultura occidental.

[12] Incluso en el caso de luchas de clases especialmente radicales (como las de los años 70), cuya derrota por el papel de la socialdemocracia permita dar ese golpe de Estado. Piénsese en el rol del peronismo y la Unidad Popular en Argentina y Chile.

[13] Por ejemplo, no hizo falta que el poder político rompiera la legalidad para derogar la protección federal del aborto en Estados Unidos, sino que esta fue tumbada por una decisión de la Corte Suprema. Tampoco en países como Polonia o Suiza la extrema derecha ha necesitado romper con la legalidad vigente para poner en práctica sus políticas, por el contrario, en este último las aprueba por vía referéndum.

[14] De hecho, ha sido bastante comentada la ruptura del tabú sobre el socialismo en una parte sustancial de la sociedad norteamericana.

[15] Habría que hacer otro artículo completo solo para enumerar la cantidad de veces que se ha parodiado a Donald Trump en sus dos mandatos, al punto de que Alec Baldwin ha hecho de este su trabajo.

[16] Esta perspectiva idealista queda bien reflejada en la famosa cita de Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

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