Bordiga – Un programa: el ambiente (1913)
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L’Avanguardia, 1 de junio de 1913, Amadeo Bordiga
Hemos combatido durante mucho tiempo la opinión de quienes pretenden dar al movimiento juvenil socialista una orientación cultural. Hemos sostenido que tal orientación puede corresponder a una labor de preparación democrática, pero no de preparación revolucionaria.
Nuestro argumento teórico fundamental ha sido siempre que las opiniones políticas no son fruto de ideas abstractas o de conocimientos filosóficos y científicos, sino del ambiente en el que se vive y de las necesidades inmediatas de ese ambiente. Es nuestra tesis materialista, en el sentido en que la entendía Karl Marx, opuesta a las concepciones idealistas de cualquier tipo y muy poco afectada por el revisionismo burgués y no burgués. Puede que no sea aceptada por todos los compañeros, pero seguimos sosteniendo que, fuera de ella, no hay posibilidad de dar una base al movimiento y a la mentalidad socialistas. Creemos, sobre todo, que los hechos la confirman cada vez más, cuando se sabe examinarlos al margen de las falsificaciones de la cultura burguesa y sin caer en inútiles escaramuzas intelectualistas.
El ambiente proletario, que es aquel en el que surge espontáneamente el socialismo, está, como cualquier ambiente social, determinado y potenciado por la comunidad de intereses económicos. Al reconocer esta verdad fundamental, y al tomarla como guía constante para la resolución de todo problema político y social, nunca hemos soñado con negar la existencia de los «sentimientos» ni la de las «idealidades», entendiendo por este término la conciencia de un objetivo real que alcanzar en interés de todos, pero que en determinados momentos de la acción puede exigir el sacrificio de algunos (nos repetimos a menudo, pero con razón). Es más, vemos en la opinión política más un hecho de «sentimiento» que un producto de la cultura filosófica y científica. Solo nosotros ponemos como base del sentimiento socialista las condiciones económicas, en lugar de pretender que el socialismo se ocupe del problema económico por efecto del «instinto prestado de justicia», etc.
Creemos —¡y este es el punto importante! — que los errores, las debilidades y las traiciones de algún compañero deben atribuirse no a deficiencias de cultura, sino a haberse alejado poco a poco del ambiente y a haber perdido el «sentimiento» socialista. En las «conversiones» pueden creer los curas, nosotros no.
Del mismo modo, el hecho de que los errores no los cometan individuos representativos, sino precisamente grupos obreros, nunca se remediará con la cultura, si no se procura dar a esos grupos la atmósfera del ambiente socialista.
Los «culturalistas» están preocupados por el hecho de que ciertas categorías de obreros, al haber conquistado algunos privilegios, dejen de ser socialistas en el verdadero sentido de la palabra y traicionen la lucha de clases. Quisieran poner remedio a este hecho tan lamentable, pero desgraciadamente lógico, mediante la «cultura». Nosotros creemos, en cambio, que hay que evitar la formación de estos ambientes de privilegio y poner a los obreros en contacto con otras categorías, hacerles vivir fuera de su grupo local, logrando que comprendan que hay que sacrificarse no solo por su propio sindicato, sino por todos sus compañeros trabajadores explotados por la burguesía. Esto no es una labor de cultura, sino de «formación de un ambiente». Esta labor debe reservarse al Partido Socialista, y por eso situamos la misión revolucionaria del partido muy por encima de la de los sindicatos, a cualquier secta que pertenezcan los secretarios de estos últimos.
Dado que con la labor cultural se pretende remediar las deserciones, examinemos un poco mejor estos fenómenos dolorosos. Comenzaremos por hacer una distinción entre socialistas obreros y socialistas «intelectuales».
El obrero se convierte en socialista cuando empieza a considerar su condición de víctima no de forma aislada, sino junto con la de sus compañeros de trabajo. Esto —¡lo hemos dicho muchas veces!— es consecuencia de su situación de precariedad económica, para la cual el instinto de conservación le impulsa a buscar un remedio. Al realizar estos esfuerzos por su mejora, acaba por darse cuenta de que es necesario atacar de raíz el actual régimen económico, y para ello hay que llevar la lucha al terreno político, dirigiéndola contra las instituciones actuales.
Es evidente que ese mismo instinto de conservación que lo ha empujado por este camino lo frena luego en el momento decisivo de la acción revolucionaria, y muchas veces el obrero acaba adaptándose a la situación actual, por miedo a arriesgar demasiado y a salir perdiendo. Pero cuando ciertas condiciones económicas particulares exacerban su sentimiento de rebelión, entonces ya no duda y se lanza a la lucha revolucionaria.
Ahora bien, el Partido Socialista, al proponerse acelerar ese proceso, quiere convencer al obrero de la necesidad de llevar a cabo esa lucha, única solución posible al problema social en interés del proletariado. El obrero firmemente convencido de esto es un buen socialista. ¿Cuál será, pues, el método para lograr tal convicción? ¿El de la demostración teórica, de la cultura? ¡Tendremos entonces que esperar varios siglos más para «preparar» al proletariado!
No, por Dios, el camino de la propaganda no es la teoría, sino el sentimiento, ya que este es el reflejo espontáneo de las necesidades materiales en el sistema nervioso de los hombres.
Si queremos vencer las reticencias egoístas del obrero, es necesario mostrarle las condiciones de todos sus semejantes, llevarlo a un ambiente que le hable de la «clase» y de su futuro. Bajo la influencia de ese ambiente, no correrá el riesgo de convertirse en un renegado. Y que esto no sea una labor de cultura lo demuestra el caso de los intelectuales que «reniegan» con gran facilidad, a pesar de la solidez teórica de sus ideas, a las que sin duda los obreros nunca podrían llegar.
Pero el caso de los intelectuales es muy diferente. Provienen de un ambiente no socialista, por casualidad, por instinto tal vez, más a menudo por haberse topado con algún escollo del ambiente que dejan atrás —casi nunca con la mala fe consciente de erigirse en pedestal político, porque eso viene después.
La verdadera convicción, en general, se forma luego, al entrar en contacto con el ambiente obrero, al compararlo con lo que se ha dejado atrás… La opinión política no es una actitud de pensamiento, repitámoslo a costa de ser lapidados por idealistas, culturalistas, maníacos de la «Filosofía» o de la «Ciencia». Conozco a muchos que en teoría son socialistas y en política son reaccionarios. ¡Quizá exista también algún caso de… lo contrario! Pero como el intelectual y el obrero creen ambos, muy a menudo, en la superioridad política del hombre más culto, acaban situándose en dos planos distintos, y el obrero se acostumbra a creer que el intelectual es un ser superior, con posibilidades de acción inmensamente mayores… acaba convirtiéndolo en un ídolo y, al mismo tiempo, lo expulsa del ambiente obrero. Así comienza la lógica parábola de los burgueses socialistas, reabsorbidos por la sociedad burguesa. Es un proceso casi necesario: el proletariado sustrae a la burguesía algunos elementos revolucionarios y evolucionados, y los utiliza contra ella hasta que esta logra recuperarlos en sus filas. Es un paso continuo que no causaría gran daño al socialismo si esos intelectuales, al marcharse, no dejaran tras de sí una estela de admiración personalista entre los obreros. El enemigo al que nos enfrentamos en estos fenómenos, el artífice de las deserciones obreras y no obreras de nuestras filas, es siempre el mismo: se llama «individualismo». Es el reflejo del ambiente de la sociedad burguesa. Tiene sus raíces en el régimen económico de la propiedad privada y la competencia. Es un enemigo al que debemos combatir. Será derrocado cuando se pueda instaurar el régimen económico comunista, pero hay que atacarlo también hoy.
Todo el ambiente burgués conduce, por tanto, al individualismo. Nuestra lucha socialista, antiburguesa, nuestra preparación revolucionaria debe orientarse hacia sentar las bases del nuevo ambiente.
He aquí en qué vemos todo un programa del movimiento juvenil. Sustraer la formación del carácter a la influencia exclusiva de la sociedad actual, vivir todos juntos, nosotros, jóvenes, seamos obreros o no, respirando una atmósfera diferente y mejor, cortar los puentes que nos unen a ambientes no socialistas, romper los lazos por los que se nos infiltra en la sangre el veneno del egoísmo, de la competencia, sabotear, en una palabra, esta sociedad infame, creando oasis revolucionarios destinados algún día a invadirla por completo, cavando minas destinadas a trastornarla en sus cimientos…
Pero el artículo ya es demasiado largo para desarrollar ahora la parte «concreta». Hablaremos de ello en otra ocasión.
