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Biblioteca Crítica del valor n+1 Por autor Teoría

n+1 – Ruptura de los límites de la empresa

Ruptura de los límites de la empresa

Elementos de la transición revolucionaria como manifiesto político, n+1

 

Traducido del original en italiano, descargar aquí

Nota de Barbaria

[El presente texto de n+1 fue publicado en junio de 2001 en su revista nº4, por lo tanto, todos los datos sobre inmigración son de la época, naturalmente la coyuntura actual es distinta, pero las posiciones y los análisis efectuados por los compañeros de n+1 siguen siendo igual de válidos e invariantes]

«Rápida “ruptura de los límites de la empresa” con la transferencia autoritaria, no del personal, sino de las materias de trabajo, yendo hacia el nuevo plan de consumo» (Punto “e” del Programa revolucionario inmediato, Reunión de Forlì del Partido Comunista Internacional, 28 de diciembre de 1952)

HOY

Empresa y fábrica

Los términos «fábrica» e «industria» pueden utilizarse de forma relativamente neutra, uno para indicar el lugar de producción y el otro para referirse al conjunto de estos lugares y sus relaciones. El término «empresa», por el contrario, que deriva su significado genérico del latín facienda = cosas que hacer[1], y se refiere al conjunto de bienes y mano de obra necesarios para la producción de otros bienes y servicios, se ha convertido en específico del capitalismo y desaparecerá con él.

Empresa, compañía, negocio, términos que a menudo se utilizan como sinónimos, suelen presuponer la existencia de un empresario, un capitalista; pero en el capitalismo moderno las cuestiones se difuminan, ya que puede haber capital sin que haya capitalista (como en la Rusia estalinista), o incluso capitalista sin capital previo (como en las contrataciones, las concesiones, las agencias de empleo, etc.). El Código Civil italiano distingue claramente entre empresa y negocio y define la primera con la segunda: la empresa es el conjunto de bienes organizados por el empresario para el ejercicio del negocio. La definición implicaría que no hay negocio sin empresario, con la consecuencia de que, en el caso de una empresa pública, habría que llamar «empresario» al mero título de propiedad pública o a la colectividad abstracta. Por otra parte, a menudo se confunde al empresario con el jefe de empresa. Las funciones correspondientes pueden recaer en la misma persona, pero son distintas: el empresario es quien asume la responsabilidad de los riesgos económicos; el jefe de empresa es quien la dirige técnicamente, y puede ser también un funcionario asalariado sin corresponsabilidad.

Que el empresario no sea una figura indispensable es, en cualquier caso, un hecho. El IRI[2], el organismo estatal que, por ley, sustituye al empresario que ha incumplido su deber de producir, demuestra no solo la inutilidad, sino también la peligrosidad social del capitalista, continuamente en equilibrio entre la tentación monopolística y la quiebra. Por otra parte, la empresa adquirida por el organismo demuestra que, con la propiedad, ya sea privada o social, el capitalismo sigue existiendo. Por lo tanto, para todo revolucionario, la bestia negra no es el capitalista, personaje antihistórico y transitorio ya en la época de Marx y Engels: la bestia es la empresa, esta «bomba de plusvalor», verdadero pilar del modo de producción actual. Y la empresa podrá desaparecer en cualquier momento sin que la humanidad la eche de menos. Queda la fábrica; es más, una vez rota la frontera de la empresa, también desaparecerá como unidad separada y quedará la industria, en la que la fábrica se habrá fusionado como un mero nodo del sistema.

Todo esto se aclara si nos remontamos a la formación histórica del sistema industrial. El paso del trabajo artesanal a la manufactura implica la pérdida del control de los medios de trabajo por parte del trabajador. El artesano no solo poseía los medios de producción, sino que los utilizaba con pleno control, los manejaba o los ponía en marcha siguiendo una secuencia de operaciones que formaban parte de su existencia como productor autónomo. El obrero de fábrica, en cambio, está sometido al mando y a la disciplina de un capital que no le pertenece y que no tiene nada que ver con él, a un flujo productivo que lo pone en relación jerárquica con otros obreros, a su vez vinculados a secuencias programadas; por lo tanto, no solo las operaciones individuales están jerarquizadas, sino también el trabajo global de los obreros, que se identifica con la suma, o mejor dicho, con el conjunto indisoluble de las operaciones realizadas por cada uno. Ya no es un solo trabajador el que realiza operaciones diferenciadas, sino que son los trabajadores los que se diferencian realizando cada uno una operación parcial, siempre la misma.

Marx señala que en este proceso se divide el trabajo general en muchos trabajos parciales, pero sobre todo que el propio obrero se transforma en obrero parcial, parte de un todo que puede entenderse como obrero global: «Incapacitado por su propia naturaleza para hacer nada por su cuenta, el obrero manufacturero sólo puede desarrollar una actividad productiva como parte accesoria del taller capitalista».

Desarrollo de la industria

El uso capitalista de la maquinaria se configura así como completamente diferente al anterior. Si en la manufactura la fuerza de trabajo sigue siendo el componente principal, aunque sometida a una secuencia fragmentada en la que se aplica a la maquinaria, en la gran industria el salto es aún más revolucionario por el potenciamiento de la fuerza productiva social: la máquina de vapor implica el uso generalizado de máquinas operadoras, que pronto se configuran como sistemas de máquinas, como autómatas generales en los que la fuerza de trabajo de los obreros se aplica como se aplica la energía procedente de las calderas.

En el desarrollo del capitalismo está implícito, por tanto, el desarrollo del maquinismo, es decir, la preponderancia de los medios de producción sobre el trabajo vivo de los obreros. El sistema de máquinas se independiza del gasto de energía humana y se mueve gracias a una fuerza motriz única y centralizada, aunque todavía a nivel local; el hombre pasa de ser un actor activo a ser un guardián pasivo del proceso. Más tarde, la electricidad permitirá al sistema de máquinas emanciparse de la dependencia local de la energía y distribuirse por todas partes donde llegue la red eléctrica.

Mientras que en la manufactura el proceso productivo, al decretar la desaparición del artesano, se había adaptado a un obrero sin cualidades específicas, dueño no de una habilidad particular sino solo de fuerza de trabajo genérica, en la industria el obrero se adapta al proceso y es absorbido por la máquina.

Smith, Say, Sismondi, Babbage (hoy más conocido como el precursor de los ordenadores modernos) y especialmente Ure (a quien Marx se refiere a menudo en sus escritos) habían registrado perfectamente el fenómeno de la despersonalización del trabajo y la gran importancia de su fragmentación. Es este hecho revolucionario el que hace que el obrero parcial sea tan adecuado para el gran autómata generalizado. Marx sacará sus conclusiones: la transformación del trabajador manufacturero en obrero parcial de la industria, y de este último en apéndice consciente de una máquina parcial, provoca un cambio cualitativo tal que solo el complejo sistema que da origen a la gran industria puede considerarse verdadero capitalismo, y por lo tanto verdadera base fundamental para la sociedad futura.

Naturalmente, Marx consideraba de manera dialéctica la industria, la cual, aunque representa —con los obreros que la componen— la clave para hacer saltar por los aires esta sociedad, es sin embargo el lugar donde la contradicción entre el trabajo social y la apropiación privada hace posible la producción generalizada de plusvalor, la esencia de la explotación; es decir, que es, dialécticamente, también el lugar donde se manifiesta la fuerza del capitalismo contra la clase obrera, donde la empresa se erige como barrera contra el cambio social y el surgimiento de la nueva sociedad.

La empresa capitalista, que por su naturaleza tiende a la concentración del capital en pocas manos y de los medios de producción en pocas zonas del mundo, es revolucionaria al comienzo de su ascenso histórico, pero se convierte en un grave impedimento para el desarrollo posterior tan pronto como se apodera completamente de la sociedad. Destruye los antiguos lazos sociales y crea otros nuevos solo a través de la medida del valor expresado en dinero; por lo tanto, debilita ferozmente las relaciones entre los hombres, a pesar de amontonarlos por decenas de millones en las metrópolis, y es de este tipo de aislamiento del individuo en colectividades masificadas de donde surge el verdadero espíritu empresarial. No es casualidad que las industrias más modernas y ramificadas tiendan a crear una clientela que no sea solo una suma de consumidores individuales fieles en el momento de la compra, sino que esté vinculada por una relación continua con la empresa, con su estilo, con sus servicios, casi como si representara una comunidad ideológica. Sin embargo, la generalización de la empresa es al mismo tiempo la generalización de la industria y, dialécticamente, vemos en esta última la necesidad de nuevas relaciones, un proceso que pone de manifiesto, en definitiva, la catástrofe de todo el modo de producción.

Con la concentración de las fábricas en los alrededores de las metrópolis, las zonas industriales devoran en un primer momento los terrenos agrícolas circundantes, luego modifican el propio tejido urbano insertándose en el territorio con zonas residenciales satélites y produciendo en los centros urbanos, como complemento, una plétora de oficinas que desalojan cada vez más a los habitantes empujándolos hacia las periferias. El conjunto metropolitano tentacular se convierte así en un imán de fuerza de trabajo y capital adicionales, hasta que la llegada de nuevas producciones y la actividad del Estado como capitalista colectivo contrarrestan la excesiva acumulación de personas, máquinas y capitales. Entonces, estos se desvían hacia áreas específicas o hacia polos de desarrollo completamente nuevos. Nada nuevo con respecto a la época de Marx, aunque hoy en día estos polos reciben el nombre moderno de «distritos industriales» y, obviamente, también están extendidos en países periféricos.

Por lo tanto, contrariamente a las previsiones de los clásicos burgueses citados, los efectos de la división del trabajo, industrial y social (recordemos que Marx considera la primera revolucionaria y la segunda conservadora), lejos de satisfacer al máximo las necesidades de los ciudadanos, conllevan competencia, competencia sin exclusión de golpes, miseria relativa creciente, es decir, un enorme aumento de la brecha entre las clases sin reservas y las que se benefician de la distribución social del plusvalor (incluida la aristocracia obrera que aún disfruta de beneficios sociales).

Saint-Simon y, sobre todo, Owen se dieron cuenta de que la industria provocaba desastres en la sociedad de la época; pero precisamente la explotación desenfrenada, la inseguridad social y los fenómenos de degeneración humana relacionados con la marginación por falta de trabajo sugirieron que en la industria se podía encontrar el potencial para resolver la «cuestión social». Si la organización de la industria era la causa del profundo cambio negativo de la sociedad, la propia industria podría ser el instrumento para un cambio positivo. Un uso racional y consciente de los infinitos recursos puestos a disposición por el desarrollo de la fuerza productiva y la ciencia habría permitido gobernar el sistema sin control y llevarlo a una nueva racionalidad, a la armonía social (New Harmony fue el nombre que recibió la comunidad que fundó en América). Esto debía lograrse mediante un cambio en el derecho de propiedad y una revolución en la organización de las empresas.

Importancia de las anticipaciones prácticas del comunismo

Owen representaba el nexo entre las antiguas utopías y la ciencia social nacida sobre la base de la industria moderna. Su concepción del cambio ya no era una utopía y aún no podía ser una ciencia, pero se basaba en hechos reales y no en meras conjeturas o esquemas mentales. El desarrollo tecnológico y científico ya habría permitido una racionalización de los ciclos de trabajo, un mayor rendimiento del «sistema» y, por lo tanto, la reducción de la jornada laboral. En consecuencia, el tiempo de vida liberado habría permitido a los trabajadores y a sus hijos dedicar más horas a sí mismos. La educación sería un bien para todos, no tanto para satisfacer anhelos «culturales» en sí mismos, sino para desarrollar plenamente la cooperación, la capacidad de intervenir en la vida productiva y en el diseño de estructuras útiles para la comunidad. Esta última, como en casi todas las utopías anteriores, debía vivir en un tejido urbano que fuera la negación de la miseria y la degeneración representadas por los barrios industriales de la época, en un entorno diseñado y no casual.

Por primera vez en Owen encontramos un intento de análisis de la relación entre la fábrica y la sociedad basado en los posibles desarrollos materiales de lo existente. La sociedad se rediseña en relación con lo que realmente podría ser la fábrica, el tejido urbano y el territorio circundante pierden las características negativas debidas a la división social del trabajo y caen las barreras entre el interior y el exterior de la fábrica, entre el obrero y el ciudadano. Por supuesto, Owen sigue utilizando el lenguaje ingenuo de la utopía, pero deja muy claro que el núcleo central de su concepción es la reorganización social basada en el plan de producción de la fábrica, que así sale de sus estrechos límites. Como subraya Engels, Owen ya describe no solo «el comunismo más decidido, sino también la estructura más completa para la comunidad comunista del futuro, con el esquema, el plan y la visión global». El plan de producción se convierte en el eje sobre el que toda la sociedad se apoya para el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas, en beneficio del hombre y no del mercado. Lo más importante es que Owen no se limita a escribir un libro, sino que intenta por dos veces poner en práctica la nueva fábrica-sociedad con miles de obreros y sus familias. Por supuesto, tuvo que detenerse en esta —digamos— utopía de transición. Su proyecto implicaba la extensión visionaria de la racionalidad científica alcanzada en la producción industrial a toda la sociedad, pero su realización aún no podía implicar la ruptura efectiva de las murallas de la empresa para convertir la fábrica en uno de los nodos de la única red industrial.

Marx, en cambio, lleva a cabo esta ruptura y, superando de manera materialista toda referencia moral a la «injusticia» que el viejo socialismo suponía inherente al trabajo asalariado, destaca el concepto de «autómata universal», que abarca toda la red productiva. De este modo, esta se convierte en parte de la sociedad capitalista, impregnando todos sus aspectos, extendiendo la división positiva del trabajo (es decir, la unión útil de las peculiaridades individuales hacia un único objetivo), típica del proceso productivo universal, y poniéndola en contradicción con la división negativa del trabajo (es decir, la separación de las peculiaridades sociales), típica, en cambio, del modo de producción de una sociedad dividida en clases. Si para Ure la fábrica es ahora un «autócrata» que, a través del poder de la máquina de vapor y de las estructuras que transmiten su energía como miembros de acero, comanda racional e inexorablemente a una miríada de obreros-súbditos, para Marx esto solo es cierto en el sistema capitalista. Con el capitalismo, la fábrica se ha convertido en lo que Ure fotografía en un análisis inmediato del proceso productivo global, pero en una visión dinámica, es decir, histórico-materialista, se convierte en el embrión de un organismo social mucho más evolucionado, capaz de subvertir toda la sociedad, precisamente a través de los trabajadores-súbditos, tan pronto como estos tomen conciencia colectiva de su condición (de ahí también la concepción del partido como órgano de especie, ya expresada en el Manifiesto).

No se puede comprender todo el larguísimo capítulo Maquinaria y gran industria del primer tomo de El Capital si no se domina el poderoso método de Marx, si no se concibe cada transformación individual como un acontecimiento puntual producido por el continuo crecimiento de la fuerza productiva social y no como un hecho en sí mismo (la invención, el descubrimiento, el hombre genial). El capítulo está precedido, no por casualidad, por el que trata sobre la contradicción entre la división del trabajo en la fábrica y la división social, en el que se muestra que el paso de la manufactura a la industria moderna ya está cargado de consecuencias premonitorias del posterior paso revolucionario; y es seguido, de manera aún más significativa, por el capítulo sobre la diferencia entre plusvalor absoluto y plusvalor relativo, que se obtienen, el primero mediante la explotación extensiva de la fuerza de trabajo, es decir, aplicándola durante más tiempo, y el segundo mediante la explotación intensiva, aumentando la producción en la unidad de tiempo. La generalización de la explotación basada en el aumento de la productividad ya pone a disposición del hombre los medios para superar potencialmente todas las sociedades de la necesidad; demuestra que ya ha comenzado de hecho la liberación del «reino de la necesidad» y que se ha abierto el camino para el advenimiento del «reino de la libertad».

Inversiones dialécticas

En el tercer tomo de El Capital, Marx se propuso desarrollar una parte sobre las causas antagónicas a la caída de la tasa de ganancia en relación con la maduración del capitalismo, parte que, sin embargo, solo nos ha llegado en forma de borrador. Como demostración de que en el sistema general subyace la demostración del devenir material del comunismo, estas contratendencias se basan todas en la inversión operada por la dinámica de un modo de producción que, con respecto a sus orígenes, tiende ya a expresar en los hechos su propia negación. Son muy importantes para comprender cuál debe ser el trabajo actual en relación con los mecanismos típicos del capitalismo llegado a su fase suprema, por lo que las retomamos brevemente:

1) desarrollo máximo de la producción de plusvalor relativo, causa primera de la caída de la tasa, y luego retorno a la producción del absoluto, en combinación, como causa contraria a la caída de la tasa;

2) disminución del valor del salario, que vuelve a situarse por debajo del alcanzado históricamente, tema que Marx relaciona con la competencia y remite significativamente a un libro aún por escribir: la competencia entre capitalistas, pero también la competencia entre proletarios, hoy acentuada con el movimiento mundial de la fuerza de trabajo a un precio relativamente muy bajo entre diferentes países;

3) disminución del valor del capital constante y de los elementos que componen la fuerza de trabajo: a los altos beneficios de los capitalistas que han sobrevivido a la competencia se acompaña un estancamiento del valor de las mercancías individuales producidas, ya sean medios de producción o medios de subsistencia, por lo que, en definitiva, se acompaña de un empobrecimiento relativo del proletariado en relación con la cantidad de valor que produce;

4) superpoblación relativa: en el ejército industrial de reserva y en la población excedente en relación con las posibilidades distributivas del capitalismo, no solo crece la miseria relativa, sino también, para muchos, la absoluta, debido a la competencia salarial; este es un tema específicamente relacionado con la migración de la fuerza de trabajo hacia los medios de producción concentrados, que es lo que estamos tratando aquí;

5) desarrollo del comercio exterior: fue el factor principal de la acumulación originaria, hoy es el producto de la acumulación que ha tenido lugar en los antiguos países capitalistas, que atraen mano de obra extranjera;

6) aumento del capital de mercado, que es un estímulo para la acumulación, pero también un medio poderoso para la distribución del plusvalor y, por lo tanto, para la formación de «ingresos» genéricos en beneficio de las clases improductivas.

El desarrollo coherente y sucesivo de la obra de Marx nos muestra, en lo que respecta a las inversiones históricas, que con la maduración del capitalismo no solo se produce el paso del plusvalor absoluto al relativo y, por lo tanto, a la combinación de ambas con el uso masivo de la absoluta para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia: ya en el Tomo I (capítulo XIV), Marx señala que la producción de plusvalor relativo es propia de la fase capitalista moderna cuando se trata de elevar la productividad, pero que, tan pronto como todo un sector ha dado el salto a esta fase, solo existe la producción de plusvalor absoluto, porque la distinción solo puede hacerse si y cuando ambas se manifiestan y pueden compararse. Si se estabiliza la productividad, para aumentar la masa de plusvalor debe aumentar la jornada laboral o el número de trabajadores, mientras que su salario (en relación con el plusvalor producido) debe reducirse. Con mayor razón, añade Marx, esto sucederá cuando todos los sectores más importantes hayan entrado en la esfera de la subsunción real del trabajo al Capital, es decir, cuando el modo de producción dominante en los principales países sea el específicamente capitalista.

Como se puede ver, hay suficientes elementos para reflexionar sobre la naturaleza del capital actual y su propensión a la explotación del trabajo semiesclavista que se desplaza hacia las metrópolis o que se encuentra en los países atrasados: cuando se da una fuerza productiva media del trabajo, no hay otra manera que aumentar la duración de la jornada laboral para hacer frente a la competencia. Si esto se ve impedido por la ley o por cualquier otro motivo, se recurre al trabajo no regulado, que se encuentra en abundancia en el mercado libre. Por eso, en todos los países industrializados se recurre masivamente al trabajo en negro, que produce entre el 15 y el 30 % del producto interior bruto.

En la sociedad actual, todos los factores revolucionarios que produjeron el auge del Capital se han invertido en una conservación contrarrevolucionaria. Pero esta conservación contiene elementos dialécticos de superación de las categorías presentes: una vez destituido el capitalista, la distribución del valor se convierte en la política social específica de la contrarrevolución/revolución moderna. Para conservar sus prerrogativas sociales, el Capital se ve obligado a revolucionar las relaciones de intercambio de valor dentro de la sociedad. Libera la fuerza de trabajo y se enjaula a sí mismo para no morir: incluso el superliberal George Bush se ve obligado a hablar de planes energéticos, de reactivación de la economía, de control de la crisis mundial. Esta dictadura del comunismo sobre los hombres, esta marcha inexorable hacia el derrocamiento de la praxis social, marcha que involucra a cualquier fuerza útil para el fin, es un dato material y tiene efecto sobre todas las clases; su estudio traza la demarcación entre quienes se sitúan en la perspectiva de la obra de Marx y de la Izquierda Comunista «italiana» y quienes parlotean sin sentido sobre el imperialismo como fruto político del dominio de clase, sobre la «patronal», sobre la explotación entendida como categoría moral, sobre la clase como suma banal de individuos, sobre la revolución entendida como ataque heroico a los palacios de la burguesía, etc.

Bordiga escribía a un compañero de partido en noviembre de 1952: «Qué profundos equívocos hay sobre este tema, incluso entre los seguidores más sabios y menos oportunistas de nuestra teoría. Tomemos, por ejemplo, las largas discusiones que he tenido que dedicar a aclarar nuestra famosa fórmula: “abolir la propiedad privada”. He demostrado que Marx dijo claramente que el capitalismo ha abolido la propiedad privada tanto de los productos como de los medios de producción»[3]. ¿Ya se ha abolido la propiedad privada? Es difícil de digerir, pero necesario si queremos entender algo.

Reconocer la negación de la propiedad privada

La empresa individual que hemos analizado forma parte, obviamente, del sistema industrial desarrollado. Pero si el sistema en su conjunto fue la base material para la transición hacia la sociedad futura y aún lo es, la empresa hace tiempo que dejó de serlo. Sigue formando parte del sistema en la medida en que existe una cierta relación de clases, pero es un elemento distinto que se superpone como un parásito a la red productiva real (¡un poco como la monarquía en Inglaterra!). No tiene ninguna relación con la serie de operaciones efectivas que conducen al producto final, sea cual sea. En comparación con el sistema, es como una isla primitiva, tan primitiva como la relación de propiedad, ahora inútil con respecto al resultado general de la producción. Tiene la ilusión de ser el factor de producción y, naturalmente, de introducir las mercancías en el mercado, pero en realidad maneja valores de cantidades discretas, de piezas numerables, almacenándolas a la espera de compradores individuales, como un viejo comerciante que aún no se ha convertido en capitalista. Contabiliza lo vendido bajo signos de valor en partida doble y compila un balance del que resultan los beneficios.

La misma empresa, entendida como uno de los elementos del sistema general de la industria, contabiliza una parte específica de la masa de mercancías, mientras que la industria en su conjunto produce una masa indistinta de productos que puede considerarse como un flujo continuo de valores de uso que satisfacen las necesidades de la sociedad. El comerciante que se convertía en productor capitalista estaba en sintonía con la revolución; el capitalista relegado al papel de comerciante por el propio Capital ya no es nada, y con él su empresa.

Como se ve, el mismo sistema considerado con ojos capitalistas y con ojos comunistas se convierte en dos cosas diferentes. Es extremadamente contradictorio, ya que contiene al mismo tiempo dos opuestos incompatibles: por un lado, el sistema de las mercancías individuales, consideradas y contabilizadas de forma autónoma; por otro, el sistema de las mercancías como producto del Capital, entendido como masa de valor global producida ex novo en un ciclo, el llamado Producto Interior Bruto. Este sistema, que hoy satisface las necesidades de la sociedad capitalista con mercancías, podrá satisfacer mañana las necesidades de la nueva sociedad con productos útiles para el hombre, libre de la ley del valor.

En el Capítulo VI Inédito de El Capital, Marx aborda el tema de la extracción de plusvalor relativo de la masa de trabajadores que caracteriza históricamente al capitalismo como un sistema complejo y dinámico basado en los fenómenos precisos que acabamos de esbozar. Considera que la extracción de plusvalor absoluto es una contratendencia a la caída de la tasa de ganancia, un complemento indispensable al del plusvalor relativo. Y demuestra que el capitalismo maduro se configura cada vez más como productor de mercancías en cuanto masa única, donde pierden importancia las mercancías como objetos discretos, mientras que cobran importancia los pases de valor en forma continua, como los ferrocarriles del ejemplo, como más tarde las redes eléctricas y telefónicas, como hoy el leasing, los seguros, los alquileres, los servicios bancarios, tarifas, prestaciones de todo tipo, que ya no son objetos que se poseen y consumen en ciclos separados, sino servicios que se pagan sin solución de continuidad.

La extracción de plusvalor relativo pone al Capital en contradicción consigo mismo: su vocación sería impulsar a toda la sociedad a producir cada vez más valor, acumulando cuotas cada vez más altas de plusvalor, pero el sistema altamente mecanizado hace disminuir el valor unitario de las mercancías debido a las enormes cantidades producidas, por lo que al Capital no le queda más remedio que aumentar aún más su masa en un intento de compensar la caída de la tasa al menos con una mayor masa de plusvalor, con la que asegurarse la continuidad del ciclo productivo y también la paz social, es decir, el mantenimiento de la parte improductiva cada vez mayor de la población mundial. De esta extrema contradicción cuantitativa, que nos muestra el enorme potencial de la fuerza productiva alcanzada por el trabajo humano y, al mismo tiempo, su desperdicio, se derivan desde hace un siglo y medio nuestras consideraciones sobre la dinámica revolucionaria del capitalismo como base material para la sociedad futura.

Hoy en día, la apariencia inmediata nos muestra una victoria de la empresa, con un nuevo tipo de capitalista en la cima, ya sea rampante como los jóvenes corsarios de la new technology o sabiamente anclado a los «fundamentos» de la vieja industria, es decir, la producción y el beneficio; en cualquier caso, sin embargo, la empresa actual tiene una estructura completamente diferente a la del pasado.

Desde nuestro punto de vista, es potencialmente cada vez menos empresa y cada vez más fábrica en la red mundial de producción; hace tiempo que dejó de concentrarse en manos de los capitalistas para sufrir, en cambio, un proceso de centralización por el que las redes de industrias son controladas por miles, y a veces millones, de accionistas a través de instituciones como los fondos de inversión, dedicados a la recaudación centralizada de capitales. Si ningún capitalista digno de ese nombre posee en su totalidad «su» empresa, tampoco existe una centralización capitalista (holding) que pueda estar segura de controlar «su» capital, ya que es objeto potencial de una adquisición hostil en cualquier momento.

En muchos casos, basta con que se desplace una parte mínima del capital total para determinar un cambio en la estructura de propiedad. Incluso ha ocurrido que algunas empresas han lanzado ofensivas de compra recíprocas y se han encontrado simplemente con que sus respectivos propietarios y administradores se han intercambiado. Estos frenéticos movimientos de propiedad, que incluso han dado lugar a una literatura específica, no tienen nada que ver con la actividad industrial, no la cambian, no la perturban, no la incrementan. La caótica dinámica empresarial tiene su fundamento en unas relaciones accionariales muy intrincadas, por lo que toda empresa de cierta importancia posee fracciones de otras empresas y es poseída por ellas, en ramificaciones que no tienen límites definidos. En consecuencia, en principio, tampoco tiene límites la extensión de la propiedad. Una llamada multinacional es la máxima expresión de la forma empresarial, pero, al mismo tiempo, la demostración de la existencia de una red industrial subyacente sometida a un plan a-nacional destinado a la máxima racionalización, por ahora capitalista, del trabajo social, a una escala nunca vista.

Migraciones internas y externas de la fuerza de trabajo

Esta estructura general, que desde el punto de vista capitalista parece la victoria absoluta de la empresa, desde nuestro punto de vista es un fenómeno completamente diferente. La victoria de la moderna centralización capitalista horizontal sobre la antigua concentración vertical es una de las mayores contradicciones del modo de producción actual. Con ella se impulsa al máximo la producción de plusvalor relativo, lo que aumenta el poder de unos pocos capitalistas en detrimento de muchos, dado que una masa creciente de producción se debe a un número cada vez menor de centros productivos. De este modo, la expansión del control por parte de una empresa se produce a expensas de otras empresas, que cierran o son fagocitadas. Los grupos internacionales exportan su capacidad productiva a otros países, dando lugar a distritos industriales locales que nacen con todas las características más modernas, empezando por la productividad (sinónimo de maquinismo, organización científica del trabajo, extracción de plusvalor relativo y… caída de la tasa de ganancia). En amplias zonas de los países industrializados se reduce así, con el aumento de las cantidades producidas por una sola fábrica, la base productiva industrial propiamente dicha y, en consecuencia, se amplían las zonas del mundo en las que se forman reservas de mano de obra barata que se utiliza como contracorriente a la caída de la tasa de ganancia.

Dado que dicha caída se deriva del sistema de producción de plusvalor relativo, de la nueva productividad, masas de cientos de millones de personas son desarraigadas de sus antiguas producciones, de su entorno, y son atraídas tanto por las nuevas áreas en las que se fija el capital en expansión como, sobre todo, por aquellas que han originado el fenómeno mundial, las mismas en las que la acumulación se eleva sobre la base del capital preexistente.

Población urbana (1) 1. Percentual, en centros con más de 5000 habitantes.
2. En orden de urbanización en 1995.
3. Fuentes varias, datos entre 1968-1971.
4. Fuente: Microsoft Web Encarta.
5. La URSS antes de la desintegración.
País(2) 1970(3) 1995(4)
Venezuela 75 93
Gran Bretaña 76 89
Argentina 66 88
Alemania 73 87
Brasil 52 79
Japón 72 78
Rusia 56 (5) 76
Estados Unidos 73 76
Iraq 41 75
Perú 53 73
Turquía 38 70
Italia 50 67
Polonia 52 65
Iran 41 60
China 19 31
India 20 27

 

La ONU calcula que en el año 2000 al menos mil millones de personas, entre migrantes y refugiados, vivían en condiciones precarias, desarraigadas de su lugar de origen. Estas masas en movimiento, que en su día representaban en gran parte la migración proletaria, hoy en día solo pueden encontrar empleo asalariado en un porcentaje mínimo. Han sido expulsadas de su entorno por una industria demasiado productiva que les ha expropiado sus medios de producción poco evolucionados. Por cada pocos campesinos o artesanos desarraigados que encuentran trabajo como obreros con salarios bajos, hay miles que no lo encuentran, pero se desplazan con la esperanza de formar parte de aquellos que se reparten el plusvalor procedente de los sectores productivos.

El fenómeno de la migración está, por tanto, completamente ligado al de la alta productividad, que permite localmente una alta disponibilidad de plusvalor y, en consecuencia, la posibilidad de su distribución social. La inmigración hacia los medios de producción, al ser solo en pequeña parte inmigración proletaria, está genéricamente disponible para todo, es adecuada para estimular todo tipo de tráfico, pero sobre todo la competencia entre los salarios y, por lo tanto, su bajada; se traduce en un empleo precario y marginal de la superpoblación relativa mundial, que puede vivir incluso con las migajas de los ingresos típicos de las zonas industriales. Más allá de la impresión que puede dar el énfasis de los medios de comunicación, la inmigración ha sido hasta ahora sobre todo un fenómeno interno de los distintos países. Como demuestran los datos de urbanización que presentamos en esta página en comparación con los relativos a los movimientos migratorios, las zonas urbanas han crecido en cientos de millones de personas, mientras que el movimiento de población entre países es históricamente marginal; en China, la población urbana ha crecido de 100 a más de 400 millones en ese periodo, en Brasil de 30 a 90 millones, y en la India, que ocupa el último lugar, de 100 a 300 millones. Solo en los últimos años las poblaciones han comenzado a desplazarse masivamente a través de las fronteras y no hay ninguna razón, en un mundo internacionalizado (o globalizado, como se suele decir), para excluir la repetición a escala mundial de lo que ha ocurrido a escala nacional. Los países con una alta concentración de capital representarán cada vez más un imán para las masas que no tienen nada que perder y, a pesar de las inevitables medidas que los gobiernos tendrán que tomar, se verán obligados a hacer frente a una fuerza muy difícil de contener. Ningún muro de acero, ningún ejército de vigilantes ha podido detener la entrada en Estados Unidos, el país más equipado policialmente del mundo, de millones de inmigrantes procedentes de América Central y del Sur.

El movimiento internacional es sin duda menos visible que el interno, pero está aumentando debido a la internacionalización de los mercados. Contrariamente a lo que se piensa de las maravillas del mercado globalizado, hoy en día se mueven mucho más las personas que las mercancías. Si en relación con el Producto Mundial Bruto el valor internacional de las mercancías intercambiadas se encuentra al nivel de 1913, el número de emigrantes, en cambio, ha crecido notablemente, siguiendo un incremento histórico imparable. Se necesitaron más de dos siglos, del XVII al XIX, para llevar a América a 15 millones de esclavos, pero en los 80 años siguientes a su liberación en Estados Unidos (1865), 90 millones de trabajadores cruzaron el océano con contratos abusivos, obligados a realizar trabajos forzados para pagar el viaje, o sin contrato alguno, confiando en encontrar trabajo a su llegada. Sin contar los emigrantes que se dirigieron a Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y los que cruzaron las fronteras dentro de Europa.

Siempre hay una diferencia de salario

El máximo de inmigración en los Estados Unidos se produjo en los años previos a la Primera Guerra Mundial, con casi un millón de llegadas al año (1,2 millones en 1915). El máximo en los últimos años es del mismo orden de magnitud: 996 000 inmigrantes en 1996. Solo Alemania, en Europa, atrajo a 4 millones de inmigrantes del Este desde la caída del Muro, en 1989, hasta 1994. Tras la desintegración de la URSS, 9 millones de rusos regresaron a Rusia desde las repúblicas exsoviéticas o emigraron a Occidente. Entre 1975 y 1990, el número de trabajadores inmigrantes en los siete Estados del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (Arabia Saudí, Kuwait, etc.) pasó de 1,1 millones a 5,2 millones, el 68 % de la fuerza de trabajo total de la zona. Los siete países asiáticos más industrializados atrajeron a 6,5 millones de trabajadores extranjeros: en Japón, a pesar de la crisis y el desempleo, en 1995 aún quedaban 1,36 millones de trabajadores extranjeros con contratos de corta duración; Singapur, Taiwán, Hong Kong y Corea, a pesar de las severas medidas antiinmigración, tienen un elevado número de trabajadores inmigrantes (especialmente ilegales) procedentes de los países vecinos; Malasia importa trabajadores especializados de la India y Filipinas y exporta los genéricos al resto de Asia; lo mismo ocurre con Tailandia, que antes de la crisis de 1997 tenía 600 000 inmigrantes cualificados y 370 000 emigrantes genéricos. Entre otras cosas, el 70 % de los inmigrantes de Sri Lanka, el 65 % de Indonesia y el 55 % de Tailandia son mujeres. No hay estadísticas para África, pero las estimaciones disponibles indican que entre 3 y 8 millones de trabajadores han abandonado su país de origen, entre ellos cientos de miles de mujeres y niños vendidos por sus familias.

Esta necesariamente breve sucesión de cifras da lugar a una suma que demuestra que también el movimiento mundial de la fuerza de trabajo sigue, aunque sea a distancia, la tendencia del interno. Hoy en día hay 120 millones de personas en el mundo, incluidas sus familias, que trabajan en el extranjero, mientras que en 1965 eran 65 millones (estas cifras no incluyen a los inmigrantes ilegales). Es obvio que el fenómeno se acentuará en el futuro debido a las diferencias salariales. Un estudio por muestreo sobre los tres millones de inmigrantes ilegales mexicanos que trabajan en Estados Unidos reveló que su salario medio en su país era de 5 dólares al día, mientras que, aunque son ilegales y están mal pagados, ganan 46 dólares en Estados Unidos. Esto explica, por ejemplo, por qué en Estados Unidos el 73 % de los trabajadores de la agricultura extensiva son de origen extranjero. Una gran diferencia salarial no solo se da en la comparación entre los países subdesarrollados y los principales países capitalistas: un trabajador indonesio, uno de los peor pagados del mundo, que gana una media de 0,28 dólares al día en su país, ya encontrará atractiva la emigración a Malasia, donde le pagarán una media de 2 dólares. Los capitalistas, aunque en la media mundial el «coste de la mano de obra» solo representa el 20 % del precio final de los productos, no son en absoluto insensibles a las diferencias muy elevadas: un trabajador «cuesta» una media de 2,5 dólares al día en la India y China, 4,6 en Tailandia, 6 en Rusia, 17 en Hungría, 21 en Polonia, 138 en Gran Bretaña, 144 en Australia, 160 en Italia y Canadá, 172 en Estados Unidos, 194 en Francia, 236 en Japón y 319 en Alemania.

Analizando los datos de 152 países, prácticamente todos los de cierto peso, la Organización Internacional del Trabajo registró movimientos significativos de mano de obra de 29 de ellos hacia 39 en 1970, y de 55 hacia 67 en 1990. Pero, mientras que en 1970 solo cuatro países eran al mismo tiempo importadores y exportadores de mano de obra, en 1990 eran ya quince. El fenómeno del movimiento internacional de fuerza de trabajo diferenciada afecta, por lo tanto, a un número cada vez mayor de países, ya que los invade en cascada, desde los más pobres hasta los más desarrollados, pasando por todas las situaciones intermedias. Por ejemplo, 200 000 trabajadores genéricos bolivianos, paraguayos y peruanos viven actualmente de forma ilegal en Argentina, mientras que este último país exporta mano de obra cualificada a los países vecinos.

Naturalmente, dado que la fuerza de trabajo es una mercancía que circula libremente en el mercado interno, pero aún poco libremente en el extranjero, la actividad de hacerla llegar a su destino se vuelve muy lucrativa en todas partes, como en todos los casos de «contrabando». Tanto más cuanto que el inmigrante ilegal paga por adelantado, por lo que es una mercancía «descartable» sin demasiados escrúpulos: 200 inmigrantes ilegales mueren de media cada año de sed solo por intentar cruzar los desiertos fronterizos entre México y Estados Unidos, y otros miles mueren en todo el mundo. Desde 1993 hasta hoy, la proporción de inmigrantes ilegales que llegan a Europa ha aumentado del 15 al 30 % del total de inmigrantes. Las organizaciones que ofrecen la expatriación utilizan medios a veces rudimentarios y a veces sofisticados, que pueden variar enormemente en precio: un transporte por carretera entre países europeos o en barco desde Marruecos a Europa cuesta unos 500 dólares por persona, pero la organización «legal» de un viaje desde China a Estados Unidos puede costar hasta 30 000 dólares. El transporte de 500 inmigrantes ilegales desde las costas orientales del Mediterráneo hasta Italia equivale a la pérdida de un viejo barco de tonelaje medio incautado.

Este tráfico, que no tiene nada que envidiar al esclavista, genera en total, según las estimaciones, una facturación de entre 5000 y 7000 millones de dólares al año. Y sigue perfectamente los dictados de la globalización: el mayor centro mundial de producción y distribución de pasaportes falsos para inmigrantes ilegales se encuentra en Bangkok, donde la industria de los documentos de cualquier nacionalidad genera 2000 dólares por unidad, visados incluidos.

MAÑANA

Mientras exista el capitalismo, los movimientos incontrolados de poblaciones se extenderán cada vez más, siguiendo el espejismo de una ganancia que permita una existencia menos miserable, es decir, la participación en el consumo general de los países industrializados. Solo podría producirse un cambio de tendencia si se trasladara la fuente de ingresos y, por tanto, la posibilidad de consumo a las zonas abandonadas. Si esto no es posible desde el punto de vista capitalista, lo será en cuanto la nueva sociedad comience a actuar en términos no capitalistas. Entonces, una vez superados los límites de la empresa, ya no serán los hombres los que vayan hacia ella, sino los medios de trabajo los que vayan hacia los hombres, hasta que se establezca una red productiva armoniosa y ya no tenga sentido hablar de migraciones que afecten al trabajo y a los medios de trabajo.

Por ahora, dado que el crecimiento de la renta per cápita mundial apenas supera al de la población, es obvio que los mil millones de personas desarraigadas mencionados se convierten en una presión social que ningún muro de Berlín o del Río Grande podrá contener. Se han invertido los papeles entre los constructores de muros: no ha pasado mucho tiempo desde que se derribó el primero y ya se están levantando otros más poderosos (la barrera entre Estados Unidos y México tiene una longitud de 3.500 km).

Es cierto que gran parte de los ingresos obtenidos por los inmigrantes regresan a su lugar de origen para mantener a sus familias o para acumularse con vistas a actividades autónomas, pero, en el mundo del Capital global, esto no debe atribuirse en absoluto a la partida «inversión»: esta mera distribución de valor representa más bien uno de los elementos que refuerza la tendencia a la agigantación de la superpoblación relativa que el trabajo social consigue mantener. El paso de la producción antigua a la manufactura y luego a la industria mecanizada y el proceso histórico hacia los niveles superiores del capitalismo nos han demostrado que este proceso es irreversible.

Dicho esto, se comprende que los movimientos actuales de personas y de valor no son en modo alguno asimilables a los que se dieron en las fases anteriores de acumulación y las relaciones entre clases correspondientes (relaciones que, en última instancia, dictan la táctica revolucionaria correspondiente a cada fase geohistórica, o mejor dicho, dictan sobre ella). El viejo imperialismo, el que necesitaba instalarse en los territorios conquistados con colonias y protectorados, ha desaparecido, y el nuevo disfruta de una globalización del Capital que le permite recoger los frutos del plusvalor absoluto sin promover virreyes ni enviar cañoneras a la costa. Todo ello confirma plenamente la invarianza del análisis marxista sobre el curso del capitalismo, que, al permitir conocer la dinámica de los procesos, también debería impedir las enormes tonterías que circulan sobre las diversas «cuestiones», sindicales, nacionales, agrarias, y así sucesivamente, debatiéndose como en un extraparlamento. La invarianza no es en absoluto el encorsetamiento de la historia, la aniquilación de la diferencia. Para la Izquierda Comunista, volver a clavar clavos «en el hilo del tiempo» significaba sobre todo romper para siempre con todos aquellos que aún razonaban mediante categorías de las viejas revoluciones (la última de las cuales, conviene recordar, fue la burguesa, dado que la comunista de octubre fue derrotada). La nueva revolución, la nuestra, solo tendrá barreras que derribar, trabas que eliminar, para que la fuerza productiva social pueda correr alrededor del planeta sin empresas y sin migraciones de fuerza de trabajo, donde el único y último movimiento migratorio humano será el de las galeras empresariales al sistema productivo abierto y difundido.

Límite de la empresa, grandiosidad de la industria

Hemos visto que es necesario utilizar de forma diferenciada los términos «fábrica» (lugar de producción), «industria» (el conjunto de lugares de producción que constituyen un sistema) y «empresa» (el subconjunto de la industria definido por la propiedad). La dinámica irreversible ha llevado a la actual red productiva mundial formada por empresas cuya propiedad es cada vez más difusa y cuya independencia es ya un recuerdo del pasado. No solo la empresa, sino incluso el Estado, como hemos visto a menudo en nuestros artículos, pierde su independencia frente al Capital mundial, anónimo, impersonal, una inmensa masa de valor (trabajo pasado, muerto) en busca incesante de una mayor valorización, capaz de doblegar a las máximas potencias capitalistas a sus necesidades. Como recuerda Lenin contra Kautsky, el imperialismo no es una «política» de los Estados, sino una condición económica material que produce efectos políticos, involucrando a los propios Estados.

Uno de los presupuestos de esta marcha del Capital hacia su máxima expresión (el imperialismo como fase «suprema» del capitalismo) fue la liberación de la fuerza de trabajo, su transformación en mercancía, su introducción en el ciclo productivo como único elemento de valorización, pero también como energía indiferenciada que, convertida en valor añadido en la mercancía final, no puede recomponerse y no permite remontarse a cada trabajador parcial. Solo la energía total disipada (es decir, transformada en valor en términos físicos) por el obrero global, guiado por el plan racional de producción, es rastreable al final del proceso productivo global. Del mismo modo, cada fábrica individual, por grande que sea, ha sido integrada por el Capital en su red industrial, hasta confundirse con el sistema en su conjunto. En la cúspide de la trayectoria de este modo de producción, al obrero parcial le corresponde la fábrica parcial, y el conjunto de estas representa la fábrica global. Es este conjunto el que produce ex novo, en cada ciclo, la masa de valor indiferenciado que sirve para la renovación del Capital.

Pero, si podemos ver a diario la fábrica global en funcionamiento en el flujo incesante de energía, materias primas y productos semiacabados que se mueven a lo largo de las venas de las comunicaciones por tierra, aire, mar y cable, la empresa no se corresponde en absoluto con ella, ni siquiera en una sola esfera de producción, ni siquiera como excepción que confirma la regla. La empresa es un elemento formal, una superestructura; desde el punto de vista del proceso productivo material, no existe. En el perezoso imaginario colectivo, incluido el de muchos supuestos revolucionarios, todavía existe la Fiat, «Fabbrica Italiana di Automobili di Torino», pero ni siquiera en la época del Imperialismo el mundo industrial estaba formado por empresas-fábricas aisladas, y Lenin lo registra para callar a todos los antidiálecticos de entonces y de hoy. La fábrica global ha destruido felizmente la empresa, dejándola sobrevivir solo como un hecho jurídico, como propiedad. Y como la fábrica global se está liberando de las fronteras nacionales, mientras que la propiedad burguesa no puede prescindir de la nación, también el hecho jurídico se convierte en una mera supervivencia del pasado, obsoleta, inútil, engorrosa para la expansión ulterior del sistema y, sobre todo, extremadamente contradictoria incluso para la contabilidad del Estado.

Era inevitable, o mejor dicho, materialmente determinado, que la estructura de la fábrica moderna explotara fuera de sus propios muros e imprimiera su huella en el sistema industrial. Así como en la fábrica hay fases o departamentos de trabajo individuales cuya secuencia define todo el proceso identificado por Marx, en el sistema industrial cada fábrica individual tiende a convertirse en un departamento de la fábrica global, a satisfacer a gran escala las fases individuales de trabajo, cuya secuencia define todo el proceso. Este último se encierra hoy en día únicamente en el producto acabado y ya no en una estructura física circunscrita (muros, instalaciones, trabajadores reunidos en un entorno).

Fiat ya no es una mera fábrica de automóviles. Del mismo modo, IBM ya no es una mera fábrica de ordenadores y Boeing ya no es una mera fábrica de aviones. En un artículo anterior (n.º cero de la revista) vimos cómo America On Line se convirtió en muy poco tiempo en algo completamente diferente a un proveedor de servicios de Internet, incorporando muchas otras actividades, incluso productivas. Cuando en la industria moderna, dividida en sus departamentos de producción individuales, solo el sistema completo representa la fábrica, la empresa ya no se corresponde con el sistema, sino que solo posee piezas aleatorias del mismo. De hecho, cada vez más a menudo, la propiedad no coincide con el proceso productivo y un holding no es más que el contenedor de actividades diferenciadas, cuyo único propósito es proporcionar beneficios. Si hay una forma de demostrar de manera más total y segura que el capitalismo solo tiene que desaparecer, que ya no tiene ninguna tarea histórica que cumplir, esa es la estructura productiva mundial (el envoltorio ya no se corresponde con su contenido, decía Lenin en El imperialismo).

Hacia la satisfacción de las necesidades humanas

Tomemos, por comodidad, el ejemplo habitual de Fiat. A pesar de seguir siendo una empresa fuertemente basada en el automóvil (casi la mitad de su facturación), muestra una estructura enormemente subdividida, en la que salta a la vista la evidente centralización capitalista. En el balance de 2000 hay 34 páginas repletas con la lista de las 1063 empresas consolidadas a diversos títulos, repartidas en 61 países del mundo. Se trata de una red que abarca un gran número de sectores: además de los automóviles, hay vehículos de transporte, maquinaria de movimiento de tierras, maquinaria agrícola, medios de producción para la construcción, productos metalúrgicos, mecánica de precisión, componentes para automóviles y otros productos, máquinas herramienta, instalaciones industriales, empresas de grandes construcciones, aviación, espacio, edición, publicidad, seguros, software, organización empresarial y servicios diversos. Las fábricas propiamente dichas son 242, la facturación total es de 114 000 millones de liras y el 67 % de ella corresponde a actividades internacionales.

Si trazáramos en una gran hoja un esquema completo de la propiedad, tendríamos que incluir en un conjunto las casillas de las 1063 empresas a las que apuntan las clásicas flechas que indican el control y la participación de Fiat, pero, aparte de los casos de control al 100 %, también tendríamos que incluir las flechas de las empresas que a su vez tienen participaciones en Fiat, y luego las que provienen de fuera del sistema considerado en el balance, es decir, las flechas que representan a los demás participantes tanto en el capital de Fiat como en el de sus filiales parcialmente controladas. Tendríamos conjuntos que se superponen y se interpenetran, ya que junto a Fiat encontraríamos otras sociedades holding con las mismas características. De este modo, es muy probable que, en la actualidad, la extensión de este esquema abarque todo el planeta y no tenga solución de continuidad, salvo en ramificaciones secundarias, pequeñas islas en las que sobreviven capitales individuales no absorbidos por el capital social y, por lo tanto, sujetos a ser absorbidos pronto. Un esquema sin fronteras como el descrito daría una idea más clara si se trazara sobre una superficie esférica, pero nos contentaremos con dibujar solo una parte del mismo, como si miráramos desde una ventana (véase la figura). Cada casilla representa una unidad productiva; la serie de casillas en secuencia, resaltada con un trazo marcado, representa el flujo productivo, el que va desde la materia prima hasta el producto terminado (la fábrica global); las casillas sombreadas representan tres holdings, entre ellas Fiat, que controlan las áreas delimitadas por elipses (hemos omitido dibujar las flechas de las participaciones cruzadas para no recargar la figura), que se superponen, al igual que se superpondrían en un nivel inferior las participaciones de las empresas individuales que eventualmente controlarían otras empresas. Como se puede ver, el flujo productivo atraviesa el sistema de fábrica en fábrica, al igual que atraviesa los distintos departamentos de una sola fábrica, sin tener en cuenta en absoluto la existencia de la propiedad.

Consideraciones elementales sobre los conjuntos muestran cómo se debe considerar «fábrica» tanto el cuadro individual como, con mayor razón, la cadena destacada de cuadros. En el primer caso, tenemos un conjunto de departamentos que conducen a uno de los productos semiacabados necesarios para el ciclo siguiente, por lo que tenemos la fábrica parcial; en el segundo, tenemos el flujo global de los ciclos parciales, el único que conduce al producto acabado, el conjunto de conjuntos, la fábrica total. En ningún caso el área delimitada por la elipse puede definirse como «fábrica», y también el término «industria» sería inapropiado, como se ha visto. Hemos destacado una sola cadena, pero es evidente que hay muchas otras para los distintos productos diferenciados: el conjunto de cadenas representa la industria propiamente dicha. El hecho de que el sistema sea en realidad mucho más complejo de lo que parece en un gráfico (las fábricas individuales de componentes suelen abastecerse y producir para varias fábricas, mientras que solo vemos representada una en la fase inicial y otra en la fase final) no invalida la estructura básica del sistema, precisamente la que muestra a Marx la ley general del capitalismo hacia la transición, en el ámbito de la ley general de la sucesión de las formas económico-sociales.

Una vez eliminada la propiedad, la empresa desaparece, y con ella los conjuntos superfluos que antes parecían tan esenciales; el flujo productivo, liberado del control de la propiedad, puede distribuirse según las necesidades humanas en todo el planeta, independientemente de las cuestiones impuestas por el valor; en consecuencia, la población ya no tiene motivos para emigrar hacia los puntos de concentración de capital. Teniendo en cuenta la distribución de las materias primas, que viene dada por la naturaleza, la inversión de la praxis, es decir, la vida humanamente proyectada —y por ello humana y dialécticamente liberada— hará posible una distribución de los hombres sobre la superficie terrestre que tenga en cuenta su vida y sus necesidades, no las de la acumulación. Como ya hemos señalado en esta serie de artículos, el hombre podrá decidir qué zonas del mundo son más adecuadas para su existencia, sin el trabajo forzoso que lo congela en las canteras de Siberia, lo asa en las fábricas tropicales o lo vuelve loco en los mataderos de las metrópolis superpobladas y contaminadas.

Vislumbres del mañana

Nuestro lector habitual sabe que hemos extraído del patrimonio teórico del comunismo un método de trabajo que, por su naturaleza, lleva la investigación hasta sus últimas consecuencias, hasta los territorios fronterizos entre la sociedad actual y la futura (mientras aborda con realismo «militar» las tareas cotidianas de la llamada lucha sindical, véase el artículo sobre la huelga de UPS en el último número[4]). Nuestro esquema se refuerza con la maduración adicional del sistema industrial y prueba experimentalmente las anticipaciones de la teoría. Sin embargo, aún es insuficiente para mostrar cómo cambia profundamente la estructura de la producción con el progreso de la fuerza productiva social. La metamorfosis de la manufactura y la industria moderna, con la consiguiente metamorfosis del obrero profesional en obrero parcial, sería aún muy poca cosa si la propia industria no produjera, como hace el Capital con la clase revolucionaria, su propia antítesis social.

El obrero total, suma de la actividad de todos los obreros parciales, ya era un indicio de esta antítesis, correctamente elevada por Marx a ejemplo de contradicción extrema, que produce un conflicto insalvable con la división social existente fuera de la fábrica (contradicción entre la producción social y la apropiación privada, entre el plan de producción y la anarquía del mercado). Pero ahora la transformación de la actividad productiva en industria y del productor en obrero se enfrenta a un nuevo e importante salto de calidad. Este salto, además de estar directamente vinculado a una sociedad diferente pero basada en una estructura productiva cuyos elementos materiales ya están listos hoy tal y como son, muestra también los primeros pasos de un cambio superestructural, por ahora incierto, pero ya bien definible. Y, como se sabe, el cambio superestructural viene después del de la base productiva, por lo que estamos muy avanzados en el proceso material de transición, en la maduración del potencial de catástrofe positiva.

Ciertamente, si nos basáramos en la concepción que la humanidad tiene de sí misma en este momento, el panorama actual parecería muy desalentador: muchos se quejan, más o menos consecuentemente, de que el enfrentamiento de clases es casi nulo y no hay indicios de combatividad y «conciencia» en las nuevas generaciones. El comunismo se da por muerto incluso en el tono deprimente de los comunistas y la mayoría de la población mundial no está particularmente de luto. El egoísmo, el individualismo, la carrera por el consumo, la concepción hedonista de la vida y la indiferencia hacia el prójimo han alcanzado un nivel que parece difícilmente superable. Una resignación de ilotas se acompaña de una violencia ciega contra los semejantes; con la desintegración de la familia y la crueldad contra los más pequeños, violados, esclavizados, vendidos, asesinados, los hombres parecen embrutecidos, acosados como bestias salvajes en una jungla despiadada, según la expresión de Marx. En la producción y los servicios, las normas son un recuerdo lejano, la jornada laboral se ha alargado en todas partes, la flexibilidad ha generado incertidumbre y movimiento continuo, los bajos salarios se comparan continuamente con otros aún más bajos, que siempre existen en alguna parte del mundo.

Sin embargo, frente al lloriqueo de los teóricos del habitual «ataque patronal», receta comunistoide común y corriente de los impotentes, nuestro método nos muestra un camino muy diferente, incluso destellos del mañana, un camino que la clase sabrá tomar de nuevo tan pronto como se haya barrido todo residuo del viejo socialismo moralista que aún impregna los programas, la acción y el lenguaje de demasiados. Las visiones del mañana son todas aquellas modificaciones del sistema productivo contra las que los obreristas se lanzan en una absurda «lucha contra la reestructuración» con la que nos están rompiendo las pelotas al menos desde 1962. El camino hacia la producción de masas crecientes de plusvalor relativo a través de la racionalización de los procesos favorece sin duda el advenimiento de la nueva sociedad; la automatización debe hacernos gritar que estábamos deseando poner en marcha máquinas en sustitución de los hombres; la ruptura del vínculo entre el patrón y el obrero, con la introducción de este último en un entorno impersonal, es bienvenida; la ruptura adicional del obrero con la fábrica, su liberación total, que lo hace absolutamente precario y expuesto a los vaivenes del mercado como nunca antes, es un paso necesario.

Ante todo esto, los comunistas no reclaman en absoluto (siempre han estado en contra) el retorno a los contratos de duración determinada, a los aumentos salariales automáticos, al poder de los sindicatos corporativos posfascistas, a las huelgas domesticadas, ya fueran de masas o articuladas: todo eso es pasado y no volverá nunca más. Y menos mal, porque de lo contrario se retrasaría la aparición de enfoques diferentes sobre la cuestión de la organización proletaria, inmediata y política. Hace veinticinco años, cuando se empezaba a hablar de «agencias de empleo» en sustitución de los despidos y los subsidios por desempleo, escribíamos que la mayor liberalización de la fuerza de trabajo situaría finalmente al obrero no frente a «su» patrón, que ya no tendría, sino frente a toda la clase anónima de los capitalistas, con el resultado, difícil de alcanzar pero revolucionario, de redescubrir su pertenencia a una clase a un nivel más alto. No hay lamentos, no hay consignas ridículas ante la nada, no hay proclamas con el debido signo de exclamación que puedan hacer volver «los buenos tiempos» de la lucha sindical histórica, enmarcada por el estalinismo, es decir, por uno de los elementos —el más importante— de la contrarrevolución. Solo hay trabajo duro y sistemático en consonancia con las relaciones reales de fuerza entre las clases, la conciencia de que nada podrá reanimar al proletariado (sacarlo del coma, devolverle el alma-programa) más que el camino real de toda la sociedad hacia las soluciones futuras. Y la estructura de la producción, la forma de la relación laboral, la difusión de la fábrica en contraste con la contracción numérica de las empresas (las verdaderas, no los talleres) son fuerzas más poderosas que cualquier proclamación ilusoria. Como siempre.

Regreso al futuro: la nueva esclavitud

Hoy en día, las empresas de trabajo temporal emplean a una masa creciente de fuerza de trabajo. Solo las dos más grandes emplearon de media en todo el mundo, el año pasado, a 3,4 millones de asalariados (5,7 millones en el momento álgido) con una facturación de 55 000 millones de liras. En Italia ya operan unas cincuenta. El trabajo de becario, al que se suman diversas formas de trabajo precario legalizadas por las distintas políticas internacionales sobre «flexibilidad», hace que la fuerza de trabajo sea más móvil que nunca, lo que contribuye a romper los límites empresariales y a aumentar el flujo de proletarios hacia los instrumentos de trabajo. Se trata de un paso más en la liberación de la mercancía fuerza de trabajo de las restricciones anteriores, de modo que pueda comportarse en el mercado como cualquier otra mercancía en venta o en alquiler.

El obrero se universaliza e internacionaliza, tiende incluso a perder el contacto con su hogar y su familia, su vínculo tradicional fuera de la fábrica, elemento de conservación burguesa cuya eliminación nunca será lo suficientemente rápida. Además de ser libre para vender su fuerza de trabajo, ahora también se ha liberado de la empresa-patrón fija. Su vida ya no se divide entre el trabajo y el descanso, dentro y fuera de la fábrica: puede ser llamado en cualquier momento. Quizás se vea obligado a tener dos trabajos a tiempo parcial y a calcular una enorme pérdida de tiempo solo por los desplazamientos. Podría prescindir de la casa y vivir en las residencias de las empresas. No solo ya no sabe lo que es un horario, sino tampoco el llamado tiempo libre, porque ya no tiene tiempo en absoluto. Mientras acepte esta condición, se verá aplastado por el adversario, ya que, como sabemos, no puede renunciar ni un solo día a la lucha por la defensa de sus condiciones sin vivir como un derrotado (Marx). Su existencia está ahora en todos los sentidos en sus propias manos y, en la frenética carrera del Capital sediento de plusvalor, solo puede sucumbir o redescubrir que forma parte de una clase muy concreta, desmentir a los agoreros que predijeron su fin, constatar que su aislamiento es solo aparente en un mundo más conectado que nunca, donde cada uno es —y puede ser aún más— parte activa, inmerso en la red de la comunicación, como han demostrado importantes luchas de estos años.

Después del leasing —el alquiler de las estructuras productivas—, ahora llega el alquiler de la fuerza de trabajo para completar la transformación del mundo empresarial. Ante un fenómeno similar, ¿dónde ha quedado la empresa tradicional propietaria, con sus instalaciones y sus trabajadores? Esta situación hace cada vez más evidente la importancia de textos como Propiedad y Capital, donde se demuestra que el capitalismo no cambia ni una coma aunque desaparezcan los capitalistas y las instalaciones en propiedad, pero que la maduración de la fuerza productiva social produce las bases materiales para que la humanidad salga concretamente de la utopía, apoderándose de la ciencia revolucionaria y pasando a la acción a través de su partido (capítulo titulado, precisamente, «Utopía, ciencia, acción»).

La ruptura de los límites de la empresa y la movilidad extrema de la fuerza de trabajo representan el punto álgido alcanzado por la explotación, pero, dialécticamente, también representan el medio material que permitirá al programa inmediato de la futura sociedad dirigir en sentido inverso los flujos de trabajo, distribuyéndolos de manera racional por el territorio.

Esta «movilidad» del trabajo, hoy negativa en todos los aspectos humanos, se acentúa cada día ante nuestros ojos. Al obrero parcial proyectado fuera de la fábrica, que ya se había convertido en fábrica parcial, se une otra figura de trabajador, contradictoria en grado sumo, por lo mismo cargada de significado para nosotros y para todos aquellos que miran hacia el mañana. Se trata del no obrero, es decir, de quien vende no solo su fuerza de trabajo, sino su propia existencia, casi como un nuevo esclavo. La diferencia entre el obrero y el esclavo consiste precisamente en la libertad del primero, que es libre de vender en el mercado no su persona, sino su capacidad de trabajo durante un tiempo limitado. Ni siquiera el siervo de la gleba vendía su persona, ya que, por muy miserable que fuera, poseía en diversas formas sus medios de trabajo y «solo» estaba obligado a realizar trabajos forzados para su señor, a pagar el impuesto y el diezmo a la Iglesia. Junto al obrero descrito por Marx aparece ahora el que vende su capacidad de trabajo de la manera más «flexible» y total, fuera de cualquier norma establecida en el pasado. Hoy en día también se ha normalizado otra figura de «productor», quien jurídicamente es un profesional, pero que en realidad ni siquiera es un artesano, sino solo un pobre diablo sin trabajo que se las arregla y trabaja para la gran industria. Es libre y al mismo tiempo esclavo, empresario de sí mismo y al mismo tiempo asalariado, un híbrido monstruoso que solo el Capital degenerado podía engendrar y que también en Italia se cuenta por millones.

Pero, si es correcto llamar «degenerado» al Capital desde dentro del sistema que lo perpetúa, no es menos correcto, empujándonos fuera de él hacia la sociedad futura, ver no una degeneración sino una tensión hacia la catástrofe liberadora, inherente a ese capitalismo «de transición» que Lenin analiza en su texto sobre el imperialismo. Por definición, quien posee sus propios medios de producción y vende en el mercado el producto de su trabajo no es un proletario. Así, no es proletario quien participa en cualquier capacidad en la gestión de la empresa, se embolsa parte de los beneficios, no vende su fuerza de trabajo por un número de horas definido, está involucrado con su propia vida en el trabajo y, por lo tanto, no tiene ninguna posibilidad de separar el trabajo necesario del plustrabajo. Pero hoy en día, este extraño tipo de productor no tiene ninguna posibilidad de intercambiar trabajo por dinero como tal, como lo hacen el tendero, el profesional o el artesano: al trabajar en simbiosis con la industria, solo puede intercambiar trabajo por dinero en forma de capital.

A decenas de millones de personas se les niega el acceso «tradicional» al mundo de la producción, pero participan en él de forma directa, aunque sea de formas que se distinguen del trabajo asalariado. Pero se trata solo, precisamente, de una cuestión de forma. El aspecto burocrático-fiscal de su condición no es más importante que el sustancial: si es lícito incluir entre los proletarios al obrero desempleado que se beneficia de la distribución social del plusvalor, también es lícito incluir al que, para no quedarse desempleado, trabaja para la industria en diversas formas impuestas exclusivamente por la legislación. Estamos hablando de una enorme masa de trabajadores que se ven obligados a insertarse de mil maneras en el proceso industrial bajo falsas apariencias, no de quienes se dedican a la artesanía y al comercio, y que por lo tanto son fáciles de clasificar.

En Italia, los trabajadores por cuenta ajena contratados con contratos «atípicos» son aproximadamente un millón y aumentan un 8,4 % al año; en la zona euro, solo los contratos a tiempo parcial cubren el 17 % de la fuerza de trabajo (mínimo en Italia con el 9,2 %, máximo en los Países Bajos con el 44,5 %) y se sabe que esto a menudo significa doble trabajo; los contratos temporales en la misma zona cubren el 14 % de la fuerza de trabajo (mínimo en Italia con el 10,1 %, máximo en España con el 32 %); en Italia hay unos 700 000 contratos de «colaboración coordinada y continuativa» y, aunque oficialmente se contabilizan como «trabajo autónomo», deben entenderse como empleo proletario encubierto, en el que la superexplotación está institucionalizada.

Frenética búsqueda de plusvalor

En el citado Capítulo VI Inédito, Marx, tras reiterar drásticamente que es productivo quien intercambia trabajo por dinero en forma de capital y no por dinero en forma de mero dinero, afirma que se puede producir plusvalor independientemente de la forma en que esto ocurra, del contenido del trabajo y de la naturaleza del producto. La distinción se hace sobre la base de la subdivisión de la jornada laboral en trabajo necesario para reproducir al propio obrero y en plustrabajo, por lo que hay plusvalor cada vez que hay trabajo no remunerado. El tema ya se había tratado en el 1º Libro del Capital (cap. XIV) y se retomará en las Teorías sobre la plusvalía, donde se reproducen pasajes completos del VI Inédito. Por lo tanto, hoy tenemos, por un lado, una restricción formal, desde el punto de vista cuantitativo, del proletariado tradicional, debida al aumento de la productividad, es decir, al desarrollo de la producción de plusvalor relativo; por otro lado, un enorme aumento de las masas proletarizadas pero improductivas, que se benefician de la distribución social del gran plusvalor extraído por unos pocos. Sus ingresos, es decir, «el precio de sus prestaciones, desde la prostituta hasta el rey», dice Marx, se calculan sobre la base de «las mismas leyes que regulan el trabajo asalariado», lo que podría inducir a error sobre su origen, que en realidad es siempre el plusvalor producido por los proletarios.

En medio, entre los proletarios y los proletarizados improductivos, se encuentra una masa amorfa y creciente de trabajadores que tienen un intercambio efectivo de trabajo vivo con el capital (que es trabajo pasado, muerto), pero que no entran en la definición clásica de proletarios. Ahora bien, si se recurre a una subdivisión estadística mecánica, vemos que se llega al absurdo de atribuir la masa de plusvalor existente a un número extremadamente reducido de obreros, por lo que el índice de explotación resulta irrealista. Marx subraya en varias ocasiones que, a pesar del aumento histórico del plustrabajo y, por lo tanto, del plusvalor que cada obrero cede al capital, no se puede extraer de unos pocos obreros tanto plusvalor como el que se extrae de muchos. Hay un límite, dado por la duración no variable a voluntad de la jornada laboral, más allá del cual no se puede ir. Incluso si un obrero reprodujera su salario en una milésima parte de sus 8, 10 o 16 horas de trabajo, el plusvalor correspondería solo al período restante de plustrabajo, es decir, casi 8, 10 o 16 horas. Por lo tanto, siempre se necesitarán dos obreros para obtener un incremento de casi 16, 20 o 32 horas, respectivamente. Por eso el capitalismo debe recurrir al plusvalor absoluto incluso en la cúspide de su trayectoria histórica de desarrollo.

La empresa es la que contrata a los obreros y la que representa el objeto de la estadística anterior. Pero, como hemos visto, solo la fábrica es el conjunto de la producción que permite alcanzar el objetivo del producto acabado. Por lo tanto, la fábrica y no la empresa debe ser el objeto de nuestra atención. Ahora, y retomando siempre el Capítulo VI Inédito, «con el desarrollo de la subsunción real del trabajo en el capital o del modo de producción específicamente capitalista, no es el obrero individual sino cada vez más una capacidad de trabajo socialmente combinada lo que se convierte en el agente real del proceso laboral en su conjunto, y como las diversas capacidades de trabajo que cooperan y forman la máquina productiva total participan de manera muy diferente en el proceso inmediato de la formación de mercancías o mejor aquí de productos». Lo que importa, por tanto, es el uso de trabajo indiferenciado en el proceso productivo, independientemente de la forma en que se produzca, siempre que haya intercambio de trabajo con el Capital. Obsérvese además esa magnífica nota final en la que Marx precisa y dice: dentro del proceso y antes de salir al mercado aún no tenemos mercancías, sino solo productos; la fábrica produce valores de uso, es la empresa la que los transforma en mercancías.

«Si se considera el trabajador colectivo en el que el taller consiste, su actividad combinada se realiza materialmente y de manera directa en un producto total que al mismo tiempo es una masa total de mercancías, y aquí es absolutamente indiferente el que la función de tal o cual trabajador, mero eslabón de este trabajador colectivo, esté más próxima o más distante del trabajo manual directo», lo que importa de «esta fuerza de trabajo colectiva es su consumo productivo inmediato por parte del Capital, la producción inmediata de plusvalor, su transformación inmediata de la misma en Capital».

El lugar de producción es indiferente para la fábrica, cuando el flujo no requiere específicamente la contigüidad de las operaciones. Por eso se desarrollan formas de trabajo a distancia, colaboraciones externas continuativas, actividades a domicilio. Estas formas de trabajo no tienen nada que ver con el trabajo a domicilio de los inicios del capitalismo y ya desplazan la fuerza de trabajo a una red mucho más amplia que los muros de la empresa. El trabajo a domicilio actual, según establece la ley, «es una relación de trabajo subordinado cuando las directrices impartidas por el cliente son específicas y se refieren también a las modalidades de ejecución de la obra […]. La remuneración del trabajador a domicilio no puede ser inferior a las tarifas colectivas por pieza establecidas en los convenios colectivos» (Ley 877 de 1973).

Este tipo moderno de trabajo a domicilio —ya analizado por Marx en el 1º Libro— presupone la existencia de la fábrica, del obrero y de la red productiva capitalista, ya que transforma la casa del propio obrero, su mujer y sus hijos en «una sección externa de la fábrica».

El teletrabajo, es decir, el trabajo a distancia por teléfono o ordenador que un número cada vez mayor de proletarios acepta en condiciones particulares, es un producto aún más sofisticado de la «difusión» de la fábrica, ya que permite una verdadera deslocalización de la fuerza de trabajo en el territorio, independientemente del espacio y el tiempo, y la libera de la obligación de desplazarse al lugar de trabajo, del horario y del lugar en el que se realiza la actividad. Según la International Telework Association, solo el teletrabajo propiamente dicho emplea a 20 millones de personas en Estados Unidos y a 6,5 millones en Europa, con un crecimiento del 10 % entre 1999 y 2000. De este modo, el trabajo no solo se internacionaliza cada vez más, sino que también puede no fijarse en un territorio definido, hasta el punto de que muchas actividades se realizan de forma permanente en países distintos a donde reside la empresa (por ejemplo, gran parte de las empresas estadounidenses confían la administración a sistemas de gestión en la India), o directamente en alta mar, es decir, en barcos que navegan por aguas internacionales o en antiguas plataformas petrolíferas y militares abandonadas y recicladas según las necesidades (en Internet se venden espacios industriales y residenciales, incluso en un barco-ciudad itinerante en construcción capaz de albergar a 30 000 habitantes y con escuela, hospital, jardines colgantes y aeropuerto). Hoy en día, obviamente, esto se hace por razones triviales de ahorro o fiscales, pero mañana esta facilidad de movimiento, que se expresa de mil maneras, podrá ser útil para facilitar la ruptura de la concentración capitalista, del vínculo entre los medios de producción y la fuerza de trabajo, para iniciar la difusión armónica y racional tanto de unos como de otros.

El capitalismo está transformando al obrero vinculado al puesto fijo en obrero de la fábrica global, esclavo de la necesidad, pero al mismo tiempo más libre que nunca en el mercado, disponible para el traslado continuo a los lugares donde actúa el Capital, incluso en masa, como ocurre hoy en día, pero por eso mismo capaz de moverse mañana en sentido inverso o de aplicar su energía in situ, cuando lo requiera una producción social que prescindirá de las monstruosas concentraciones de trabajo vivo y muerto. En el sector de las llamadas nuevas tecnologías existen incluso formas embrionarias de superación total de la separación entre jornada laboral y «tiempo libre», por lo que el trabajador está sometido a la venta de todo su ser. No se trata del retorno a la esclavitud como la que aún existe en las plantaciones africanas o en las fábricas indias, pero históricamente superada, sino de una nueva condición que ya no se puede clasificar entre las categorías que pertenecen a esta sociedad (véase el artículo en la sección «Terra di confine»[5] en este mismo número).

Nos encontramos, por tanto, ante una paradoja, una contradicción que, aunque no sea inmediatamente visible, nos muestra una verdadera dinámica destructiva con respecto a lo existente: por un lado, el sistema de empresas reduce drásticamente la fuerza de trabajo a su cargo, apostando cada vez más por la extracción de plusvalor relativo y disminuyendo el número total de proletarios ocupados en la industria propiamente dicha; por otro lado, el sistema de fábricas, la fábrica global que utiliza trabajo social combinado, recurre a una masa creciente de poseedores de fuerza de trabajo híbrida, aumentando la oferta extralegal o no tradicional de fuerza de trabajo, desarmada frente a lo que en ciertos casos parece una verdadera esclavitud moderna, difícil de clasificar, pero directamente insertada en el ciclo productivo global sediento también de plusvalor absoluto.

La estructura del trabajo social, su red internacional, su configuración como espejo del cerebro colectivo de la humanidad, tenía que romper necesariamente las últimas barreras del localismo de la fuerza de trabajo, ponerla a disposición al igual que todas las demás mercancías en el mercado mundial, internacionalizarla definitivamente.

Lecturas aconsejadas

Partido Comunista Internacional, Reunion de Forlì, “Il programma rivoluzionario immediato”

Los datos sobre la inmigración han sido sacados de: Peter Stalker, Workers without frontiers – The impact of globalization on international migration, ILO, Geneva and Lynne Rienner Publishers, 2000. Aquellos sobre el empleo “atipica” son del Centro Studi Confindustria. Todos los demás provienen de los sitios oficiales de los organismos internacionales que se pueden acceder en internet a través de nuestro portal. [No existe una traducción al castellano del Workers without frontiers y no hay un PDF disponible en Internet]

  1. Marx, El Capital, Libro I, Capítulo VI Inédito, “Resultados del proceso inmediato de producción”, Siglo XXI Ediciones.
  2. Marx, El Capital, Libro I, capítulos XII, XIII e XIV.

Partido Comunista Internacional, Propiedad y capital, especialmente: “La formación de la economía comunista” e “Utopía, ciencia, acción”.

[1] [Nota de Barbaria]: En italiano empresa se traduce como azienda, por lo tanto, el verbo que los compañeros de n+1 están analizando hace referencia a azienda.

[2] [Nota de Barbaria]: El IRI (Instituto por la Reconstrucción Industrial) fue un ente público en Italia fundada en 1933 por el gobierno fascista de Mussolini con el fin de salvar a los bancos italianos de la bancarrota durante la Gran Depresión del 1929. Se disolvió como entre en 2002.

[3] [Nota de Barbaria]: Bordiga a Salvador, 23 de noviembre de 1952. Presente en el siguiente link: https://www.quinterna.org/archivio/carteggi/19521123_bordiga_salvador.htm No hay una traducción al castellano de esta carta.

[4] [Nota de Barbaria]: Se refieren a este texto del nº3 de la revista, hasta la fecha no existe una traducción al castellano de este texto: https://quinterna.org/pubblicazioni/rivista/03/sedici_giorni.htm

[5] [Nota de Barbaria]: Hacen referencia a este escrito:

https://quinterna.org/pubblicazioni/rivista/04/proletari_schiavi.htm

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