Abolición de las profesiones y la división social del trabajo
Elementos de la transición revolucionaria como manifiesto político, n+1
«“Lucha decidida contra la especialización” profesional y la división social del trabajo mediante la abolición de las carreras y títulos académicos.» (Punto “h” del punto 7 del Programa Revolucionario Inmediato, Reunión de Forlí, Partido Comunista Internacional (diciembre de 1952)
Traducido del original en italiano, descargar traducción aquí
«Finalmente, la división del trabajo nos brinda ya el primer ejemplo de cómo, mientras los hombres viven en una sociedad natural, mientras se da, por tanto, una separación entre el interés particular y el interés común, mientras las actividades, por consiguiente, no aparecen divididas voluntariamente, sino por modo natural, los actos propios del hombre se erigen ante él en un poder ajeno y hostil, que le sojuzga, en vez de ser él quien los domine. En efecto, a partir del momento en que comienza a dividirse el trabajo, cada cual se mueve en un determinado círculo exclusivo de actividades, que le viene impuesto y del que no puede salirse; el hombre es cazador, pescador, pastor o crítico, y no tiene más remedio que seguir siéndolo si no quiere verse privado de los medios de vida; al paso que en la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos.»(Marx y Engels, La ideología alemana)
Tres grandes estadios en la división social del trabajo
No es nuestra intención aquí repasar en detalle la historia de la división del trabajo; por lo tanto, trazaremos un esquema rápido con el único propósito de introducir la situación actual.
Las sociedades de recolectores, en los albores de la especie humana, vivían de los productos de la naturaleza sin transformaciones adicionales. Con la caza y el uso del fuego, la necesidad de “trabajo” creció, pero siguió siendo mínima en comparación con las formas sociales posteriores. La naturaleza era el supuesto original de la producción social, una extensión de las propias comunidades humanas. A través de la cooperación en el proceso de trabajo, las comunidades primitivas se apropiaban de las condiciones objetivas de existencia produciendo ellas mismas sus propios medios de subsistencia. Aún no existía una verdadera división social del trabajo, solo existía una división funcional ligada a factores totalmente fisiológicos como la edad, el sexo, la fuerza física, etc. En este tipo de organización, Marx y Engels identifican una división natural del trabajo. Con el desarrollo de las fuerzas productivas, es decir, con el aumento de la población, con el desarrollo de la técnica y el surgimiento de nuevas necesidades, la división natural se superpuso a la división social del trabajo.
La primera gran división apareció con la ganadería y la agricultura como resultado de un largo proceso natural. Los animales aptos para la cría y las plantas que podían cultivarse fructíferamente permitieron, con la aplicación del trabajo humano, un aumento de la producción alimentaria y diferentes calidades de aporte energético. Nuevas producciones como el tejido, el hilado y, en general, toda la artesanía doméstica, profundizaron la división del trabajo. Las comunidades tribales de diferentes regiones y climas desarrollaron necesidades diferentes, por lo que también desarrollaron medios de producción adecuados a los diferentes tipos de valores de uso. A partir de esta diferencia en la forma de producir y reproducir su existencia, comenzaron a intercambiar sus respectivos productos, primero como resultado de un exceso o una escasez de ciertos valores de uso, y posteriormente según la aplicación de criterios de valor, relacionados con el tiempo y la energía necesarios para producir un determinado objeto. Los ganaderos-agricultores tenían una ventaja material muy importante con respecto a los que se habían quedado en la etapa de recolectores: producían más de lo que consumían. Por lo tanto, se desarrollaron nuevos consumos, como pieles finamente curtidas, hilados, cerámica, etc. El aumento de la producción y el consiguiente aumento de la necesidad de fuerza de trabajo también provocó un cambio profundo en el arte de la guerra y sus objetivos, ya que se pasó de la guerra ritual o de exterminio a la que podía proporcionar territorio, bienes y esclavos. Paralelamente se desarrolló la propiedad privada y la división en clases.
La segunda gran división se produjo cuando la producción de manufacturas comenzó a volverse autónoma de la esfera agrícola y de la producción familiar. A la metalurgia, que por su naturaleza tuvo desde el principio un carácter social, se sumó la artesanía del metal y la cerámica, hasta la aparición de formas protoindustriales, como la siderurgia entre los etruscos y la alfarería entre los griegos. A la producción esclavista se fue sumando poco a poco la de las clases intermedias. Mientras tanto, los grupos tribales se habían fusionado en comunidades más amplias, delimitando el territorio y dotándose de un aparato de defensa. Ahora la guerra también podía librarse con el único propósito de conquistar y saquear tierras, bienes y personas. La división social del trabajo se desarrolló aún más con la formación de las primeras clases administrativas-burocráticas, religiosas y militares. La división entre el trabajo manual y el trabajo intelectual comenzó a impregnar la sociedad.
La tercera gran división fue anunciada por la aparición de la clase de los mercaderes. Muy pronto, ya en la prehistoria, algunos hombres se dedicaron casi exclusivamente al intercambio: se han trazado con precisión algunas “rutas” del ocre, el sílex y la obsidiana, materias primas y productos semiacabados de amplio uso hasta el Neolítico. Pero una verdadera clase, ya no vinculada directamente a la producción y dedicada únicamente al intercambio de productos, especialmente los manufacturados, surgió relativamente tarde, junto con los modos de producción clásico y asiático. Más tarde aún, apareció el dinero, primero de forma marginal, como medida de referencia, y luego como equivalente general. Las comunidades cada vez más numerosas, federadas o centralizadas, se vieron empujadas a unificar y controlar territorios cada vez más extensos que solo podían defenderse (o desde los que se podía partir para atacar a otros) con ejércitos permanentes, poderes centralizados y métodos de producción racionales y controlados. Estos embriones de clases también conllevaron antagonismos entre ellas, por lo que se hizo necesaria la coacción interna y una mayor especialización en la división social del trabajo hasta llegar al umbral del Estado completamente realizado.
Con el desarrollo del capitalismo a gran escala, finalmente se impuso una división del trabajo en general que impregnó toda la sociedad, separando claramente la producción social en esferas separadas como la agrícola, la industrial, la comercial, la financiera, la militar, etc. A su vez, estas esferas se subdividieron en nuevas especies y subespecies, como la división del trabajo en particular, hasta llegar a las tareas específicas de cada individuo.
La división manufacturera del trabajo, resultado de las características de procesos productivos específicos, explotó con el capitalismo, trastornando, revolucionando y amplificando la producción hasta límites antes impensables. Pero esta división fue revolucionada a su vez por la búsqueda, típica del capitalismo desarrollado, de la máxima productividad, es decir, de la máxima producción con cada vez menos trabajadores. Dicho de otro modo, de la máxima producción de plusvalor relativo, la que se obtiene no aumentando la jornada laboral o el número de trabajadores, sino aumentando la eficiencia del proceso de trabajo en general.
La división manufacturera, que a partir de ahora llamaremos técnica debido a la extinción de la manufactura, se distingue de la social por un hecho de importancia primordial. De hecho, Marx escribe: «¿Qué caracteriza, en cambio, a la división manufacturera del trabajo? El hecho de que el obrero parcial no produce mercancías. Lo que se convierte en mercancía es el producto común de todos ellos.» (Marx, El capital, tomo I, cap. XII). La división técnica aparece antes que la manufactura, cada vez que se ha presentado la necesidad de grandes producciones; aquí, sin embargo, solo consideraremos el período capitalista. Veremos que la nueva sociedad abolirá completamente la división social del trabajo y cambiará la naturaleza de la división técnica, cambio que ya está en marcha.
El desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado por un país capitalista se reconoce por el grado de desarrollo de la división social del trabajo. Dado que en la base del desarrollo moderno de la fuerza productiva social hay una organización cada vez más diversificada, se trata de establecer si en la sociedad actual estamos viviendo una fase de ampliación adicional de la división social y técnica del trabajo o si, por el contrario, estamos asistiendo, al menos en los países más industrializados, a su regresión. La consistencia de este fenómeno puede indicarnos claramente hasta qué punto el imperialismo es ya realmente una sociedad de transición y cómo, en tal caso, se plantea como no utópica la cuestión de la transición política revolucionaria, especialmente en lo que se refiere a su instrumento esencial, es decir, el partido como órgano de clase, precursor de la sociedad futura.
HOY
El trabajo racionalizado en fases
La división técnica del trabajo, que Marx denomina división del trabajo en sentido estricto, opera a priori dentro del proceso productivo: cuando el obrero entra en la fábrica, no puede sino someterse a ella, porque es inherente a la naturaleza del entorno productivo moderno prever la subdivisión del trabajo en fases, establecidas por un proyecto que responde a un objetivo. Se trata de una invariante que se desarrolla espontáneamente en todas las formas de sociedad que han alcanzado un cierto nivel de organización, desde las antiguas sociedades constructoras de admirables monumentos, pasando por las cerradas comunidades feudales, hasta los países más modernos del sistema capitalista. Esta diferenciación de tareas en el proceso productivo presupone la existencia de un plan de producción para su disciplina, de una autoridad que sea factor de orden en el proceso de producción y reproducción del organismo social. Estas características son comunes en la historia, pero el capitalismo se apropia de ellas transformándolas drásticamente. Al desarrollo específicamente capitalista de la división técnica del trabajo corresponde un desarrollo equivalente de la moderna división social del trabajo. Esta última, aunque se basa en la evidente división de oficios presente en la sociedad, especialmente en el proceso productivo global, es de naturaleza cualitativamente diferente de la división técnica.
Marx recurre dos veces a la misma imagen como ejemplo de dos fenómenos diferentes: cuando dice que el trabajo doméstico representa un departamento externo de la fábrica en la división técnica general del trabajo (véase El capital, tomo I, cap. XIII) y cuando observa que el capitalista individual se beneficia de la división social del trabajo, ya que utiliza tecnologías, métodos, ciencia y máquinas que no son el resultado de sus empleados, sino del departamento social externo general que alimenta a todas las fábricas. Habrá que tener en cuenta esta observación de Marx cuando abordemos la estructura de la fábrica moderna y la naturaleza de la división técnica del trabajo actual. El desarrollo de la fuerza productiva del sistema industrial debe atribuirse siempre al carácter social del trabajo utilizado, es decir, a la división social del trabajo, a los reflejos que la producción material tiene en la investigación, el trabajo intelectual, la ciencia y la tecnología. El capitalista no tiene ningún papel en ello, salvo el de proporcionar un usuario final de los resultados sociales. Buscando el máximo beneficio, recurre al “departamento externo” social de la fábrica, y es ese, y solo ese, el que le proporciona los medios de producción, los métodos, la técnica, etc., a un valor cada vez más bajo, de modo que pueda aumentar o, al menos, no disminuir la tasa de beneficio (véase El capital, libro III, cap. V).
Se puede decir que sin la división social del trabajo no sería posible la división técnica específicamente capitalista. Se alcanza la máxima división técnica cuando la racionalización del proceso productivo impone una cualificación particular a quien realiza una fase del trabajo y, al mismo tiempo, una especialización, en el sentido de que el operario debe tener un conocimiento cada vez más amplio (o una habilidad técnica cada vez más refinada) en un campo cada vez más limitado. El conocimiento es un hecho social que, aunque puede surgir esporádicamente en una sola fábrica, ciertamente no se limita a ella, como ocurría en el taller del maestro artesano, que transmitía los secretos del oficio solo a su hijo o a su aprendiz.
Es evidente que con varios “especialistas” en un campo determinado se consigue una homologación perfecta entre ellos y, por lo tanto, una intercambiabilidad perfecta de los trabajadores de la producción. Al mismo tiempo, se produce una rígida división de las funciones relacionadas con las fases del proceso productivo. Si la división técnica del trabajo es uno de los elementos fundamentales del “despotismo de fábrica” (que solo ha cambiado de aspecto con respecto al descrito por Engels, pero no es menos violento), también es una limitación del capitalismo como tal. Desarrollada al máximo grado, la división técnica para someter al obrero al plan de producción une en un vínculo inextricable a los diferentes trabajadores industriales dispersos en la sociedad y en competencia entre sí, convirtiéndolos en partes de un único mecanismo productivo. Si, como hemos visto, dentro de un sistema fabril bajo una misma propiedad, cada trabajador parcial no produce ninguna mercancía, lo que se vende no es el producto de su trabajo específico, sino el resultado del trabajo del trabajador global, por lo que el valor solo se materializa cuando este producto sale de la fábrica y se presenta en el mercado.
Así pues, mientras que en la división social del trabajo no tenemos más que una manifestación de la anarquía capitalista, en la división técnica moderna tenemos sí el despotismo, pero también la autoridad, el plan y el potencial de negación del capitalismo. Marx señala que este resultado del modo de producción actual se sitúa entre el potencial de la sociedad futura (sin división social del trabajo) y el comunismo primitivo de ciertas comunidades indígenas que aún existían en aquella época (que no conocían la división del trabajo tout court), sobre lo que se extiende, no por casualidad, en el mismo párrafo (El capital, tomo I, cap. XII).
La historia del sindicalismo ofrece una imagen muy clara de la evolución de los criterios con los que se aborda generalmente el tema del oficio y, por tanto, el de la división social o técnica del trabajo: al principio, las gremios profesionales aún tendían a agrupar a los herreros con los herreros, a los carpinteros con los carpinteros, etc., independientemente de los lugares en los que trabajaban; hoy en día, un carpintero y un mecánico que trabajan en una fábrica química tienen el contrato como químicos. Del mismo modo, como trabajadores parciales, contribuyen al producto acabado como células diferenciadas del trabajador químico global, aunque individualmente no tengan nada que ver con destiladores, probetas y moléculas. Los dos trabajadores siguen siendo carpintero y mecánico, pero su oficio individual ya no cuenta nada frente a la división social externa más importante, el capitalismo ya lo ha convertido en indiferente.
Mientras que a la división social —aparte de la gran división en clases— corresponde una fragmentación de los trabajadores en categorías y subcategorías que compiten entre sí, la división técnica supone, por el contrario, la centralización, la adhesión a priori a un plan de producción preciso, la constitución de un cuerpo orgánico que se mueve con un propósito. Hoy en día, el plan es el del capitalista y tiene como objetivo extraer la mayor cantidad posible de plusvalor; mañana, en la sociedad sin clases, será el plan surgido del cerebro social para planificar la producción-distribución adecuada para satisfacer las necesidades de la especie humana. Marx subraya la especial importancia de este tema: «A pesar de las numerosas analogías y conexiones entre la división del trabajo dentro de la sociedad y la que existe dentro de un taller, estas no solo son diferentes en grado, sino también en naturaleza».
De hecho, hemos visto que la división técnica responde a un propósito y, por lo tanto, actúa a priori, mientras que la división social solo opera a posteriori en la anarquía del mercado y la competencia, donde la carrera no es hacia un fin, sino hacia el refugio, el parche, el remedio. Allí rige el conocido bellum omnium contra omnes de Hobbes, citado por Darwin para explicar la ley fundamental que rige la dinámica del mundo animal: la existencia bestial se vive gracias al instinto de conservación y se somete a la necesidad de supervivencia, exactamente como ocurre en la sociedad capitalista. Mientras sigan existiendo el mercado, la competencia y las clases sociales —es decir, el capitalismo—, la especie humana tampoco podrá elevarse realmente por encima de la condición animal.
¿Novedades o invariantes?
Hace unos veinte años, en el marco de una de las recurrentes reestructuraciones del sistema productivo —esta vez iniciada en Japón, aunque basada en antiguos modelos estadounidenses—, se produjo una oleada de novedad en el ámbito “marxista” y sindical, como si se tratara de uno de esos giros históricos tan queridos por la izquierda, siempre previstos y nunca ocurridos, al menos dentro del capitalismo desarrollado. Se empezó a hablar de la crisis del keynesianismo, del posfordismo, de la desindustrialización, del posmodernismo, etc. Incluso los sindicalistas menos atrapados en la lógica corporativa comenzaron a enamorarse de la “calidad total” y, al estilo posgramsciano, a hablar sin sentido de la co-determinación, prefiriendo traducir literalmente la palabra alemana Mitbestimmung, que significa simplemente cogestión o, en el sentido más reaccionario, participación.
Con los nuevos sistemas de producción capitalistas, la burguesía se jactaba de haber alcanzado nuevos horizontes para los trabajadores. Estos ya no serían simples objetos, accesorios de la máquina en operaciones repetitivas y siempre iguales, sino que se convertirían en los nuevos sujetos de la producción. Cualificados y en continua formación cultural y técnica, se beneficiarían de un bagaje de conocimientos y responsabilidades que les involucraría y les haría participar activamente en el bien común de la economía empresarial. Cosas viejas que ya circulaban en la época de Tasca y Gramsci y que ahora se presentaban en una versión camaleónica entre lo ingenuo y lo corporativo fascista, pero que en esencia seguían siendo el mismo producto trivial de la ideología burguesa. Los trabajadores, por su parte, no habían visto abrirse paraísos en la tierra, solo habían experimentado el habitual aumento de la carga de trabajo mientras la productividad se disparaba.
Como procedemos por invariantes y no inventamos nada, reiteramos que el giro, el verdaderamente revolucionario, que caracteriza al capitalismo no es el paso del taylorismo a la calidad total o al posfordismo o al posindustrialismo, como muchos creían y creen, sino de la manufactura (obreros-artesanos y máquinas herramientas) a la gran industria (obreros parciales y sistema de máquinas). A partir de ahí, no ha ocurrido nada significativo en lo que respecta a las relaciones entre el obrero y el sistema capitalista. No existe discontinuidad entre el sistema taylorista (o fordista) y los métodos modernos de producción. Existe, en cambio, una dinámica continua que transforma los instrumentos técnicos y organizativos simplemente proyectándolos a una escala más amplia que la anterior. En otros artículos hemos puesto el ejemplo de la cadena de montaje: esta no desaparece en absoluto, simplemente se extiende tanto que los inmediatistas ya no la ven; las fases de montaje son las fábricas individuales, mientras que la “cadena” está representada por los ferrocarriles, las rutas marítimas y aéreas, y las autopistas que las conectan.
El famoso método de outsourcing (suministro de piezas y productos semiacabados fuera de la fábrica), que contribuiría a desindustrializar países occidentales enteros, no es más que el antiguo insourcing (producción totalmente interna) para sectores muy amplios, si fuéramos capaces de ver más allá. La red de producción tiende a volverse horizontal en lo que respecta a las relaciones entre fábricas y la especialización en productos (especialmente en productos semiacabados), tiende a superar los cuellos de botella organizativos poniendo en paralelo los procesos de fabricación. Pero toda producción planificada no puede ser más que secuencial, y, por lo tanto, jerárquica, y no puede sino reproducir a gran escala la fábrica fordista vertical (aparte del hecho de que hay que precisar, en contra de quienes transforman la dinámica real en conceptos inmanentes, que fue precisamente Ford quien introdujo a gran escala el uso de material fabricado externamente por encargo y según los diseños de los proyectistas internos, al igual que la muy vertical Fiat de antaño estaba rodeada de un gigantesco tejido industrial inducido que la abastecía). Es una gran mentira la fábula de que, con la producción moderna, los productos se han diversificado para satisfacer al sagrado cliente individualista: este se ve cada vez más engañado con mercancías que le parecen personalizadas, pero que en realidad se fabrican ensamblando módulos ultra-estandarizados y producidos en enormes cantidades por unos pocos fabricantes para industrias de montaje. Y, en algunos casos, estas últimas se han universalizado, es decir, pueden “fabricar” indistintamente diferentes productos finales, por encargo de fábricas “virtuales”, es decir, sin establecimientos.
Muere la profesión, se desarrolla la fuerza de trabajo universal
El taylorismo-fordismo, por lo tanto, no significa simplemente cadena de montaje, cronómetro y producción en masa (que se opondría a la producción ajustada del toyotismo, llamado así por la fábrica de automóviles que lo aplicó por primera vez). Dentro del ciclo industrial moderno, los productos que importan (incluso los de lujo) solo se fabrican con métodos de producción en masa, es un axioma. El método de Taylor significó, ante todo, el establecimiento de una organización del trabajo que el propio creador denominó “científica” frente a los residuos del oficio, es decir, de la división social del trabajo que aún existía en la fábrica. Resultado del maquinismo, conquista revolucionaria del capitalismo que destruyó la producción artesanal parcelada y sancionó el paso de la subsunción formal a la subsunción real del trabajo al capital (es decir, el paso al drenaje preponderante del plusvalor relativo), el taylorismo no es más que la culminación obligada a la que debía conducir el afianzamiento del sistema industrial moderno, hecho revolucionario, dado que es la industria, despojada de su carácter capitalista, la «verdadera naturaleza del hombre» (Marx).
Con la introducción del método “científico”, las fábricas de finales del siglo XIX, técnicamente modernas pero aún impregnadas de la antigua división del trabajo, perdieron para siempre todo contenido artesanal en todo el proceso de trabajo. La antigua figura del obrero-artesano, que sabía hacer de todo, fue sustituida por una fuerza de trabajo simple, genérica y ultra fragmentada, cuya formación requería solo unos minutos. Pero también bastaban unos pocos minutos para convertir al mismo obrero en otro obrero con otras tareas, y todo ello se repetía decenas de veces a lo largo de una vida laboral. Nació el obrero parcial, despreciado por los antiguos obreros artesanos, especializado en fases individuales del proceso productivo, encargado de una máquina que ya no le sirve como mero instrumento de trabajo, sino que le esclaviza como si él mismo fuera un instrumento. Sin embargo, era un obrero intercambiable, universal, capaz de resumir en sí mismo, con el tiempo, también esa nueva figura que ahora se alzaba gigantesca, el obrero global, la comunidad social que hacía posible una masa de producción nunca vista y que integraba ciencia, habilidad, organización y, por lo tanto, una enorme capacidad subversiva potencial del orden existente.
Es cierto que el sistema de máquinas se emancipó de su condición de mero instrumento de la actividad laboral humana y se convirtió en el sujeto que utiliza el instrumento-obrero; es cierto también que, para extraer plusvalor de los obreros, la inmensa dotación de trabajo-muerto-capital impuso una condición ajena a la producción social; es cierto, por último, que así el trabajo muerto asumió el dominio total sobre el trabajo vivo. Pero el conocimiento del proceso productivo fue sustraído al cerebro individual del maestro artesano para convertirse en un producto del cerebro social, distribuido en las diferentes células parciales del obrero en su conjunto, aunque hoy esté al servicio del capitalista para la producción de plusvalor. Ahora la transmisión del conocimiento ya no se producía de padre a hijo y de maestro artesano a aprendiz, sino que el aparato del conocimiento social lo transmitía directamente a cualquier número de obreros que debían formarse. Y ese conocimiento ya no podía morir con su portador, sino que vivía por sí mismo y evolucionaba en sintonía con el progreso de la producción social, la ciencia, el método, la organización, etc., que ello conllevaba.
En el modo de producción capitalista, en todas sus épocas, la base de la acumulación es el aumento de la parte de trabajo no remunerado en relación con la que el obrero necesita para reproducirse. A igualdad de duración de la jornada laboral, o incluso en caso de disminución de la misma, el capitalismo tiende siempre a devorar ávidamente el trabajo no remunerado. La organización científica del trabajo y el uso masivo de máquinas y equipos que permiten eliminar la fuerza de trabajo del proceso productivo hacen que el Capital sobreviva prescindiendo de un número cada vez mayor de proletarios. Estos, relegados solo en una mínima parte al ejército industrial de reserva y casi todos a la superpoblación relativa, no son eliminados, sino que sobreviven con repartos sociales del valor sin producirlo (o participan en la producción de plusvalor disfrazados de prestadores libres de trabajo; Marx ponía el ejemplo del trabajo a domicilio, muy extendido en su época). En cualquier caso, demuestran que, al vivir de la riqueza repartida entre cientos de millones, la sociedad en su conjunto podría prescindir ya del Capital.
El paso de la manufactura al maquinismo industrial introduce en sí mismo las condiciones de una dinámica letal para el capitalismo. Se puede discutir sobre su duración, pero no sobre su fundamento, es decir, sobre su conformidad con las leyes. Marx demuestra que la masa total del plusvalor producido depende del número de trabajadores empleados y solo de forma secundaria de su tasa de explotación. Por lo tanto, de 10 trabajadores, aunque por absurdo pudieran trabajar las 24 horas del día, no se puede obtener tanto plusvalor como de 100 que trabajaran solo 6 horas (240 horas/plusvalor frente a 600). Con un modelo formal que publicamos hace unos diez años[1], demostramos que, dado que la tendencia del capitalismo es expandirse y proletarizar cada vez a más personas, pero también emplear cada vez a menos trabajadores y cada vez a más máquinas, el resultado histórico es que la masa de plusvalor producido en relación con la población sigue la tendencia de una curva que en un punto alcanza un máximo histórico para luego descender.
El oficio previsto por la modernísima división social del trabajo para millones y millones de personas, sobre todo para las jóvenes generaciones venideras, no es ni siquiera el desempleado, sino el nunca empleado. Y el proceso es absolutamente irreversible.
La “nueva” organización del trabajo no aborda en absoluto estos problemas, sino que los agrava. En un sistema profundamente integrado entre máquinas-personas, en el que predomina una altísima organicidad del capital, una flexibilidad total del proceso productivo y del uso de la fuerza de trabajo, además de una reducción generalizada de la masa salarial debido a la globalización de los mercados, que pone en competencia a los trabajadores estadounidenses y chinos, alemanes y brasileños, etc., no puede sino tomar nota de una situación imposible de reformar e intentar poner parches, que, por otra parte, resultan cada vez menos eficaces.
En una situación así, la división social del trabajo es enmascarada por la burguesía con la difusión de un marcado colaboracionismo, según el cual la clase obrera debería tener una “actitud de responsabilidad” hacia el beneficio común entre obreros y capitalistas por el bien de la empresa y la economía. Por lo tanto, ante la formación del eje interclasista, tenemos dentro de la clase el triunfo de la competencia, el individualismo, el arribismo y la indiferencia hacia los problemas sociales.
Reestructuración técnica de las tareas y calidad total.
El tipo de división técnica del trabajo que se denominó impropiamente taylorismo quedó obsoleto en el sistema productivo industrial de Occidente a principios de los años sesenta, veinte años antes de que se empezara a hablar de producción ajustada y calidad total fuera de Japón. Se comenzó discutiendo sobre una crisis de la “cadena de montaje”, luego vino una “reorganización de las tareas” nunca bien definida y, finalmente, a menudo navegando a vista, se pasó a los experimentos prácticos. La cadena de montaje en sí, es decir, la secuencia jerárquica de operaciones que conducen al producto terminado, no desapareció en absoluto y sigue viva y coleando, mientras que en las grandes fábricas se extinguió efectivamente la cadena de montaje tradicional, sustituida en casi todas partes por grupos más flexibles en los que la fragmentación de las operaciones fue sustituida por un nuevo tipo de cooperación entre los trabajadores, cuyas operaciones ya no se realizaban en secuencia, una tras otra, sino en paralelo, simultáneamente.
En las fábricas en las que la fragmentación de las operaciones se llevaba al máximo, y por lo tanto la división técnica del trabajo era notable, a lo largo de años y años de trabajo monótono se producían casos de neurosis, a menudo al límite de la hospitalización en centros psiquiátricos. La escasa atención a la ergonomía del lugar de trabajo y la repetitividad de los movimientos provocaban tensiones físicas, dolores y daños fisiológicos permanentes, hasta tal punto que, en determinados periodos, el absentismo por enfermedad alcanzaba el 25 % de la fuerza de trabajo. Se dijo que la cadena de montaje era “alienante” y se organizaron protestas y huelgas contra la “reestructuración”. Para nosotros, la enajenación del trabajo era —y es— algo muy diferente, ya que su esencia reside en la contradicción entre la producción social y la apropiación privada; una contradicción que ninguna lucha con objetivos similares tiene el poder de alterar.
Por lo tanto, la reorganización de las tareas no fue más que un expediente para mitigar una enajenación psicológica que provocaba desequilibrios organizativos y, sobre todo, luchas sindicales. En cambio, se profundizó la verdadera enajenación social, ya que la nueva cooperación entre trabajadores parciales no era ciertamente un retorno a la de los obreros-artesanos recordados por Marx, reunidos bajo el mismo techo y unificados por ese complejo único de órdenes, aprovisionamiento, máquinas y uso de la energía que fue la manufactura en sus inicios.
Naturalmente, no hubo una fecha precisa de nacimiento de las teorías ni de las aplicaciones pragmáticas que fueron apareciendo poco a poco en las crónicas, sino más bien una lenta adaptación del proceso productivo a las nuevas tecnologías, a los nuevos productos, a los nuevos mercados y, sobre todo, al aumento general de la masa de productos demandados durante el boom económico de la posguerra. La industria, sencillamente, no podía proceder a un aumento adecuado del número de asalariados y, según las leyes descubiertas por Marx, debía adaptar las fuerzas productivas mediante una composición orgánica variada del capital y, por lo tanto, mediante un “ahorro” de mano de obra. La reestructuración del aparato productivo es una constante en la historia del capitalismo y esta fase concreta requirió aproximadamente un decenio. Entre otras cosas, en Europa vio renacer como reacción el obrerismo y el inmediatismo anarcosindicalista, que fueron la base de la posterior unión interclasista con el movimiento estudiantil que desembocó en el 68.
Se necesitó otra década para que la reestructuración permanente entrara en la fase de la producción ajustada y la calidad total. A diferencia de quienes piensan que estos modelos de producción surgieron en Japón después de la guerra, en realidad se originaron en los Estados Unidos mucho antes de la guerra y se perfeccionaron durante su transcurso. En la época heroica del crecimiento tumultuoso de la producción en masa, el enorme aumento del número de productos fabricados en las cadenas de montaje producía, por su propia naturaleza y por pura ley estadística, un aumento más que proporcional de los defectos de fabricación. No se podía detener la cadena, ya que se detendrían todos los trabajadores que trabajaban en ella, por lo que se ampliaron los controles y se crearon grupos de reparación de defectos a la salida de la cadena. Cuando el número de controladores y reparadores llegó, en casos no aislados, a superar el número de trabajadores productivos, es evidente que el Capital tuvo que tomar medidas. En 1920, en Western Electric, un matemático y un directivo comenzaron a abordar el problema, separando la función de calidad de la producción y confiándola directamente a los diseñadores y a los miembros de la dirección técnico-organizativa. Además, introdujeron por primera vez la encuesta estadística detallada como herramienta para conocer los problemas de fabricación. En 1938 se aplicó por primera vez la investigación estadística combinada con el método de muestreo en la Oficina del Censo de Estados Unidos. Como se puede ver, todo queda en el ámbito del simple desarrollo del llamado taylorismo, es decir, la investigación de los fenómenos de la producción, su formalización y la búsqueda de una solución óptima, todo ello confiado a una separación clara entre el ejecutor y la dirección técnica.
Durante la guerra, el aumento de la producción y la tensión generada por el clima bélico llevaron a otro importante paso adelante: los métodos del taylorismo se aplicaron en el sentido de una transformación organizativa destinada a la participación activa de todos los sujetos para lograr un objetivo común y, desde el punto de vista de la organización social, grandioso: ganar la guerra. La tarea de identificar, evitar y, sobre todo, prevenir los defectos (un problema mucho más complejo de lo que parece a primera vista) pasaba a manos del trabajador parcial.
En este punto se planteaba un problema nada desdeñable: ¿cómo conciliar la nueva tarea del trabajador parcial con la que había sido la tarea de una dirección técnica que, por el contrario, era un elemento coordinador del proceso productivo global? En realidad, el principio de organización científica del trabajo no se vio afectado, la tarea que Taylor había confiado a la dirección técnica se mantuvo y, de hecho, adquirió un nuevo peso específico en el proceso global. En cambio, se daba un poderoso golpe a la separación de tareas según la jerarquía social, es decir, a los últimos residuos de división social del trabajo que persistían dentro de la fábrica: la fuerza productiva social continuaba su carrera hacia la ruptura de las cadenas que la ataban cada vez más. Sabemos por los interrogatorios a Speer, ministro de Industria alemán durante los años de la guerra, que lo mismo ocurrió en Alemania, donde los intensos bombardeos aliados no detuvieron ni por un minuto su eficiente aparato productivo hasta 1945. Lo mismo ocurrió en Japón, donde los invasores estadounidenses encontraron un aparato productivo intacto sobre el que, al final del conflicto, los responsables de calidad estadounidenses llamados a colaborar en la reconstrucción aplicaron sus propios métodos. Estos fueron a su vez copiados por la industria japonesa reconstruida y dieron origen al mítico Total Quality Control, del que hoy en día ya nadie habla (y no solo porque ya no sea una “novedad”, como veremos).
Solo a partir de 1980 se produjo una influencia en sentido contrario. Mientras tanto, tanto en Estados Unidos como en Europa se llevaron a cabo los ya mencionados experimentos de recomposición técnica de las tareas (Martin Marietta, ITT, Olivetti, etc.). Dicho en nuestro lenguaje, se intentó reformar la antigua división técnica del trabajo. La operación consistió en responsabilizar al trabajador individual o a grupos de trabajadores de la calidad de la fabricación y el montaje, con el fin de eliminar los defectos en origen y, por consiguiente, eliminar el control y la reparación. Se trataba, como escribieron (utilizando, entre otras cosas, nuestros términos) los autores del famosísimo La máquina que cambió el mundo, de eliminar del proceso productivo «todo lo que no produjera directamente plusvalor».
La esencia de las transformaciones en el proceso productivo
Si realmente todo se redujera a esto, nos quedaríamos en el ámbito de la normal reestructuración industrial como contracorriente a la caída de la tasa de ganancia y no valdría la pena añadir este artículo a lo que ya ha escrito Marx. Pero el hecho de que en El capital no se describa tanto la industria del siglo XIX como su desarrollo futuro, debe ponernos en guardia contra cualquier descripción estática de los acontecimientos. El devenir del hombre como tal, es decir, el hombre-industria, que expresa su verdadera “naturaleza antropológica”, presenta un conflicto continuo entre la expansión de la fuerza productiva social alcanzada y el tipo de sociedad que, en cierto momento, se revela como un freno y una cadena para un mayor desarrollo. Si es así, entonces las metamorfosis del proceso productivo a lo largo de la historia tienen una importancia enorme. Mayor de lo que se desprende de la simple observación de un breve período en el que los hombres se dedican a racionalizar una vez más la producción de mercancías. Sin esta visión global de la producción moderna, se pierde toda concepción dinámica del recorrido humano en su conjunto, toda comprensión de lo que es realmente el capitalismo y, sobre todo, se pierde la evaluación del momento histórico en el que vivimos, que hizo comprender a nuestra corriente la urgente necesidad de retomar el discurso de Lenin sobre la naturaleza del imperialismo. Hoy más que nunca, en el momento en que este llega a la fase actual de la (intentada) pax americana.
Los estadounidenses inventaron los nuevos métodos de producción a partir de 1920, pero solo los aplicaron parcialmente. Como hemos visto, cuando en los años 80 redescubrieron la calidad total y la producción ajustada, se dieron cuenta de que los japoneses habían hecho suyos los métodos recomendados desde hacía treinta años y, de hecho, los habían perfeccionado. En aquella época se hizo famosa una anécdota, rigurosamente auténtica: «¿Cuántas semanas de existencias tienen?», preguntó un ingeniero estadounidense de visita en Toyota. El técnico japonés que lo acompañaba miró perplejo al intérprete: «Minutos, quería decir, ¿verdad?». Detrás de este diálogo se esconden decisiones gigantescas, causas y efectos de alcance revolucionario. Técnicos, directivos y expertos en organización occidentales comenzaron una peregrinación a Japón, de la que obtuvieron muchas enseñanzas prácticas, pero casi nada desde el punto de vista teórico. Todo ya se había inventado e incluso aplicado, aunque parcialmente, en Estados Unidos. Veinte años después, es decir, hoy en día, las fábricas occidentales y japonesas se parecen mucho, Japón ya no es el ejemplo milagroso ni el competidor que da miedo, y una crisis sin retorno bloquea desde hace tres años (diez para Japón) la economía mundial en el estancamiento, amenazando con convertirse en una dura recesión. Ya nadie habla de las reestructuraciones, llevadas a cabo hace tiempo. ¿Qué ha pasado?
El toyotismo no era reproducible íntegramente en otros lugares y, por otra parte, tampoco podía sobrevivir en Japón. Era un híbrido, bastante espeluznante para nosotros, entre la organización científica del trabajo al estilo taylorista y las antiguas características que sobrevivían en la sociedad nipona. Si los industriales estadounidenses ni siquiera podían soñar con tener una clase obrera integrada de por vida en una comunidad-fábrica donde la cooperación entre trabajadores parciales se convirtiera realmente en una colaboración total de clase, por su parte, los industriales japoneses no podían ilusionarse con que su sistema resistiera, ni siquiera en algunos aspectos, frente al avance globalizador del Capital. Cuarenta años son muchos, es cierto, pero ya había comenzado a resquebrajarse en Corea, que lo había importado, pero donde la sociedad estaba menos cerrada al resto del mundo y, por lo tanto, era más permeable.
Normalmente, el capitalismo no utiliza viejas formas sociales, sino que prefiere eliminarlas. Cuando las utilizó, como hizo con la esclavitud en Estados Unidos, lo hizo en condiciones muy particulares, más por el atraso de la propia clase capitalista que por racionalidad histórica: los esclavos “rendían” mucho menos que los proletarios y la guerra civil fue inevitable, aunque los norteños —esclavistas como sus enemigos— no la libraron precisamente por nobles motivos. Pero en Japón se produjo el excepcional encuentro entre el modo de producción altamente social y racional de Occidente, ya preparado para una sociedad no alienada, y la persistencia de formas comunitarias y jerárquicas antiguas, capaces de proporcionar no solo la cooperación entre trabajadores parciales, sino de fusionarlos monstruosamente en un sistema participativo, como si aún no se hubieran afirmado las clases antagonistas modernas, o incluso como si ya no existieran.
La habilidad o el instinto del legendario ingeniero de Toyota Taiichi Ohno fue comprender que, en el Japón de 1946, todavía era posible, aprovechando unas condiciones sociales irrepetibles, dar lugar a una comunidad-fábrica para impulsar al máximo la acumulación. Al cabo de unos años, una vez superado el delicado periodo de todas las fases de transición, ni siquiera el mismísimo Dios habría podido lograrlo. Así se forjó una parte de la historia de la producción que, si bien por un lado se basaba en las reminiscencias de una forma precapitalista, por otro representaba un ensayo, aunque fuera en germen, del poder de una nueva forma social. Se trataba, por tanto, de un híbrido que no podía durar. Y, de hecho, no duró.
En Occidente, esa fase de transición, que había visto las fábricas-falansterio de Owen en New Lanark (Inglaterra) y Harmony (EE. UU.), con todos los experimentos industriales y sociales que vinieron después, ya había pasado hacía más de un siglo. Entre otras cosas, muchos de esos experimentos habían tenido un carácter más moderno, ya que surgieron no solo por el impulso más o menos utópico de algunos “capitalistas sociales”, sino también como crítica al capitalismo.
El toyotismo demostró muy pronto que, más allá de una cierta escala de producción, existían límites insuperables para la racionalización y la aplicación de criterios científicos al proceso productivo. Más allá de ellos, nada funciona si los trabajadores no participan y no están motivados. El antiguo despotismo de la fábrica, con una jerarquía de mando piramidal, ya se había revelado ineficaz en la época de Taylor y había sido sustituido por la fragmentación de las responsabilidades según criterios exclusivamente técnicos, que habían sustituido a la escala de poder interno vinculada al “patrón”. Ahora se imponía un sistema que debería (el condicional es obligatorio por razones de clase) funcionar como un cuerpo orgánico, es decir, con un programa —digamos— genético, capaz de ser aprendido por capitalistas, directores y obreros, y de ser la base de un gran sistema de sectores que no dependen de una cúpula, sino que se autoorganizan.
En medio de la enorme cantidad de basura “técnica” producida sobre el tema, hay raros ejemplos de comprensión del problema por parte de algunos autores que, en un intento de conciliar la necesidad imperiosa de funcionamiento orgánico por parte de las fuerzas productivas con la feroz desorganización del modo de producción capitalista, basan sus análisis en los sistemas complejos, la termodinámica, la teoría de la información y los organismos vivos. Pero la burguesía, al igual que el modo de producción que la expresa, no es compatible con los procesos orgánicos, para los que ni el tiempo ni los valores de uso son monetizables. Por lo tanto, nunca podrá superar la fase de intento y nunca podremos eliminar ese condicional. Sin embargo, desde el punto de vista de la división técnica y social del trabajo, el capitalismo ya ha dado muestras que van mucho más allá de la recomposición de las tareas, la calidad total y la producción ajustada, en definitiva, del toyotismo, como veremos.
La desesperada tarea de humanizar el capitalismo
No vamos a reproducir ahora las cifras que demuestran el empobrecimiento relativo creciente del proletariado, al que le corresponde una parte cada vez menor del valor total que él solo produce. Tampoco retomaremos el tema de la proletarización creciente de la población mundial, incluida la de Estados Unidos, que genera bolsas de pobreza absoluta, no solo relativa. Lo que nos interesa aquí es que la humanidad está viviendo en uno de los sistemas sociales menos humanos que han existido en la historia, mientras que el grado de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas permitiría ya vivir en una sociedad completamente diferente. Por eso, cualquier intento de prolongar el capitalismo debe ser tratado como una obra de adversarios irreductibles.
La llamada crisis del petróleo o energética de 1974-75 fue en realidad una crisis del orden capitalista general. En un mundo que ya no lograba disciplinar los flujos internacionales de valor, todos los principales países industrializados habían visto sincronizarse sus respectivas curvas de tasa de ganancia (que se puede obtener fácilmente a partir de los incrementos porcentuales de la producción industrial año tras año). Lo peor era que la sincronización se producía en índices bajos, mientras que la curva histórica de la acumulación mundial pasaba de un crecimiento geométrico a una tendencia asintótica, es decir, de incrementos constantes o incluso crecientes a incrementos decrecientes. Era inevitable que, ante este cambio de tendencia en la curva histórica de la acumulación, todo el sistema mundial se lanzara a la búsqueda de una solución contraria a la tendencia.
Con la introducción de los métodos descritos anteriormente, el mundo de la producción intentó desde dentro evitar el enorme desperdicio social existente, sin tener en cuenta que, desde el punto de vista capitalista general, la fábrica no es una isla racional en un mundo anárquico e irracional, sino solo un factor de producción de plusvalor. Al capitalismo no le importa en absoluto la tecnología, la organización científica del trabajo, la calidad y la recomposición de las tareas, salvo como vías para la búsqueda del máximo plusvalor. Mientras que para nosotros son las bases de la sociedad futura, y por eso nos interesan. En Toyota, el ciclo laboral del obrero se calculaba en cuarenta años y la masa obrera se trataba en el balance como la masa de instalaciones, amortizable al precio medio alcanzado por la fuerza de trabajo después de unos veinte años, dado que, para mantenerla vinculada a la comunidad-empresa, el salario era fuertemente progresivo en relación con la antigüedad. Antes, la fuerza de trabajo era energía de usar y tirar que se compraba en el mercado; pero si el sistema se vuelve complejo y el conjunto de los trabajadores representa una masa de conocimientos útiles para el beneficio, entonces se empieza a concebir lo que se denomina «inversión en recursos humanos».
Ahora ya no es suficiente. Sin embargo, tras la consolidación de los resultados alcanzados, es difícil imaginar una nueva fase significativa de reestructuración. ¿Qué se podrá idear después de todo esto? La calidad es un arma de doble filo: la eliminación del desperdicio en la línea de producción implica un mejor diseño, un refinamiento de los procesos, un montaje preciso, en definitiva, un producto de mejor calidad y, por lo tanto, más duradero. Por lo tanto, el mercado tendrá que adaptarse a las nuevas necesidades inducidas, pero se trata de un círculo vicioso del que muchos están escapando. Por eso, poco a poco se abandonan las veleidades reformistas implícitas en las teorías de los diseñadores y los directivos, todo vuelve a ser rutina y se pasa a otra cosa. El sistema en su conjunto no consigue alcanzar lo que se ha propuesto, es decir, una capacidad de autoorganización en cada uno de sus órganos y células, y finalmente se muestra tal y como siempre ha sido: un puro aparato productivo destinado a la acumulación por sí mismo. En los procesos de fabricación se vislumbra un caos implícito que antes se quería dominar y se teorizan elementos indeterminados para poder desarrollar nuevas “teorías de superación”. Superación del taylorismo, del toyotismo, de la calidad, de todo, para volver a la jungla, que permite la inefable comodidad de no planificar, de navegar a vista, de aplicar el “morder y huir” del capitalismo salvaje.
Estas son las teorías y parte de la práctica. Pero un capitalismo así moriría en pocos meses, para nuestra gran satisfacción. En cambio, el maldito sistema no muere en absoluto. Al igual que las especies animales se adaptan darwinianamente a las condiciones ambientales cambiantes o desaparecen por completo, el capitalismo ha encontrado nuevos métodos, nuevas simetrías para regenerarse, y sigue encontrándolos. Por supuesto, esto no significa su supervivencia eterna. Al reproducir sus propias condiciones de existencia, el capitalismo debe negarse continuamente a sí mismo. Y mucho antes de que explote el poder de la nueva forma social, anticipa algunas de sus características.
El núcleo del sistema sigue siendo el de la producción según el método científico. Fuera de esta estructura portante, hay un entorno fluido que representa, por un lado, la pura piratería capitalista (Enron, etc.) y, por otro, la realización de formas anticipatorias, experimentos que la nueva sociedad ya lleva a cabo en esta. Por el momento, limitémonos a observar que la evolución del sistema productivo, la que acabamos de analizar, ha supuesto efectivamente la superación de las barreras de la especialización y la categoría. La recomposición técnica de las tareas, incluida la responsabilidad —hoy en día antinatural— en el buen funcionamiento de todo el proceso productivo, ha llevado a una transformación del antiguo obrero parcial, mientras que el obrero global se parece cada vez más al esbozado por Marx en el Capítulo VI inédito del Libro I de El Capital. El nuevo obrero parcial, el obrero recompuesto, forma parte de una unidad autosuficiente que produce, controla y verifica los resultados a medida que se van obteniendo, mientras que el obrero global se expande más allá de los límites de la fábrica porque, al mismo tiempo, forma parte de un sistema más amplio, la fábrica reticular de la que ya hemos hablado, conectada con todo el sistema de transporte y comunicación.
Una comprobación más. Las estructuras militares actuales pueden servir para confirmar las características del mundo productivo, ya que la forma de hacer la guerra siempre ha sido una con la forma de producir mercancías. Los ejércitos son las estructuras más jerárquicas del mundo, con la cima y la base de la clásica pirámide organizativa. La división social del trabajo es clara, al igual que la división técnica. Las tareas siguen estando definidas por la especialización adquirida. Sin embargo, incluso en esta forma específica de organización, algo ha cambiado. El ejército actual de los Estados Unidos está formado por un núcleo profesional controlado por el Estado, en torno al cual gira no solo el mundo de la producción clásica de armamento, sino también un mundo de empresas proveedoras de servicios militares subcontratados, incluidos los adecuados para realizar “trabajos sucios”, difíciles de incluir en las tareas de las fuerzas oficiales. El núcleo funciona como una fábrica difusa y el “soldado recompuesto” ya no es el soldado raso entrenado para tareas elementales en una división del trabajo como la del primer taylorismo; forma parte de un grupo de combate muy compenetrado, capaz de afrontar situaciones diferentes, capaz incluso de actuar según criterios extraídos de la situación inmediata y elaborados a partir de los datos proporcionados por los sistemas de información remotos a los que está conectado. Cada módulo de este ejército puede, en aparente aislamiento, es decir, con la única conexión a una central operativa a la que envía la información para concentrar las armas del sistema, librar una guerra parcial como pieza del gran mosaico visible y oculto de la guerra global actual.
MAÑANA
La plaga del culturalismo y el ordinovismo
Al surgir nuestra corriente, nos vimos envueltos en una lucha contra el oportunismo culturalista; en el apogeo de la experiencia histórica del PCd’I —el único partido al que las circunstancias permitieron un embrión de centralismo orgánico—, fuimos derrotados por una contrarrevolución que utilizó entre sus instrumentos una variante empeorada del culturalismo, es decir, el ordinovismo (representado, entre otros, por los mismos personajes). Hoy en día, la concepción culturalista de la participación en el ciclo productivo —no en la revolución, de la que ya no se habla— encaja muy bien con los aspectos de la acción sindical, que, en comparación con la lucha directa, privilegia los aspectos legislativos y jurídicos; mañana, durante la fase de transición a la nueva sociedad y también después del traspaso, cuando el nuevo poder se instale con el Estado provisional, la revolución —podemos estar seguros— seguirá teniendo que lidiar con estas concepciones infiltradas en el movimiento proletario y con personajes que armarán un escándalo por una «revolución cultural». ¿No se dice acaso que «todo seguirá siendo como ahora si no se cambia la mentalidad de los hombres»?
Es obvio que la revolución es también un problema de conocimiento y de programa, se trata de comprender dónde se cristalizan en los hechos. Incluso Lenin se dejó llevar por un exceso de «educar a las masas», no siempre pronunciado en el fervor de la propaganda. Por lo tanto, no vamos a entrar en sutilezas sobre el uso de los términos. El problema es más bien lo que hay detrás de ellos, porque nacen de la convicción de que el cambio social es un problema de ideas y de acción de los individuos y de su suma, por lo tanto, de “cultura”, de número y de mayoría en una concepción lineal y bastante pueril de la complejidad social. Toda revolución es un devenir material que arrastra, arrolla y destruye fuerzas materiales. Sobre todo ello florecen ideas y opiniones, pero estas vienen después y no influyen en el curso de la historia, de la que son producto y no factor.
La cultura dominante es la de la clase dominante, y hasta aquí estamos en lo básico. Obviamente, tiene que ver con la división social del trabajo, con la técnica, con los oficios, con las especializaciones y con todo lo que es objeto de este artículo. Pero no fue la “cultura” la que tomó la Bastilla, ni la burguesía como clase física de burgueses: fueron los sans-culottes analfabetos, los tenderos y los campesinos arruinados, los nobles decadentes. Tampoco fue la cultura la que introdujo el telar mecánico, el motor eléctrico o el ordenador para gestionar los datos en el ámbito de la calidad total, del mismo modo que no fueron las ideas las que dieron lugar a la contrarrevolución fascista-nazi-estalinista (que las respectivas ideologías llamaban, obviamente, revolución). Primero se mueve el mundo, el hombre registra y solo después elabora. Para el proletariado, el problema de la transición revolucionaria se plantea de manera aún diferente que para la burguesía. Esta última había madurado efectivamente su “hegemonía” —por decirlo a la manera de Gramsci— dentro de la vieja sociedad: como clase propietaria, tenía en sus manos los medios de producción, el comercio, las finanzas y estaba afectando también a la propiedad terrateniente. Tenía en sus manos la sociedad civil (que, por cierto, Gramsci interpretaba como superestructura social, mientras que Marx la identificaba con la estructura). El proletariado, como clase propietaria exclusivamente de su fuerza de trabajo, no puede conquistar una hegemonía gradual dentro de esta sociedad. Solo la ruptura revolucionaria que lo llevará al poder, en una verdadera bifurcación histórica, pondrá en sus manos todos los instrumentos técnicos y sociales que necesitará. La gran Revolución de Octubre no fue una cuestión de cultura o de hegemonía, fue una cuestión de fuerza.
Es la cultura de la clase dominante la que ha engañado a los trabajadores de Toyota, General Motors y Fiat sobre la “participación” en el destino de la empresa. Todos sabemos cómo ha acabado todo. Y, en cualquier caso, no puede haber una “cultura proletaria” que se oponga a la ideología burguesa. Cuando el proletariado sea la clase dominante —y solo lo será en la fase de su dictadura para abrir las puertas a la nueva sociedad—, no habrá una “cultura proletaria” que se oponga a la “ideología burguesa”, porque se eliminará el terreno material en el que se hunden las raíces de la división en clases, de la división social y técnica del trabajo y, por lo tanto, de la cultura específica de una clase y sus subclases.
La participación en un cambio social no es un hecho cultural ni técnico, es un hecho político, y tiene más que ver con la guerra que con las discusiones, los textos y las lecturas. El hombre de la nueva sociedad no “participará” en planes de producción elaborados por “otro”, sino que vivirá el plan en el sentido de que, al producir su propia vida, será parte orgánica del mismo.
Holonic Manufacturing System, ¿Realidad o fantasia new age?
¿Cómo será posible erradicar de la mentalidad y las prácticas de los hombres la división social del trabajo, el arribismo, el hecho de que cada uno esté encasillado en un oficio? Si descartamos la posibilidad de “cambiar las mentalidades” simplemente con una política “cultural”, ¿de qué herramientas deberá dotarse la sociedad para llevar a cabo un cambio de tal envergadura? Es decir, ¿cómo podrá introducir en su estructura cambios materiales tan grandes y poderosos que influyan rápidamente en las ideas de los hombres?
Ciertamente, el partido, como órgano de la clase, debe tener conciencia y control sobre los procesos sociales hasta alcanzar la capacidad de proyectar algunos aspectos fundamentales; pero es evidente que las tareas futuras de la revolución parecen tan inmensas frente a lo que ha dejado la sociedad burguesa que cualquier proyecto social a corto plazo parece quimérico. En realidad, como estamos tratando de demostrar en esta serie de artículos sobre el programa revolucionario inmediato, no es así: el propio capitalismo lleva tiempo madurando en su interior fuerzas y estructuras que permitirán que, en el futuro, se disponga ya de una base sólida para el cambio radical de la sociedad. No se necesitarán milagros, solo fuerza liberadora y adhesión al programa histórico de la revolución.
Intentemos recorrer un tramo del camino dentro de la modernísima organización de la fábrica para comprender qué ha sido, ya ahora, de la división social y técnica del trabajo, del oficio, del arribismo, etc., no solo desde el punto de vista potencial, sino, en algunos casos, también efectivo. Lo haremos con un ejemplo, una de las muchas teorías de la organización, los sistemas y los métodos de investigación científica, advirtiendo una vez más al lector que, dentro de esta sociedad, el proletario no realiza nada por sí mismo, no se apodera de ninguna parte de la sociedad civil, no conquista ningún peldaño en el camino hacia la hegemonía de clase. Las dinámicas subyacentes a la maduración de las condiciones de producción y reproducción ya adecuadas para la sociedad futura son absolutamente independientes de la cuestión del poder: el mayor obstáculo es la dificultad de llegar a la formación del proletariado como clase en sí misma y, por lo tanto, al desarrollo de su partido político.
El Holonic Manufacturing System no es más que un nombre como tantos otros que algunos investigadores han dado a los fenómenos de la producción analizados hasta ahora y a los que, a posteriori, han intentado superponer un modelo teórico. Por lo tanto, no estamos hablando de un modelo abstracto, de una propuesta o de un proyecto detallado, sino de un fenómeno existente cuya naturaleza algunos hombres están tratando de comprender. El sistema de producción holónico es el derivado específico de una teoría general de los sistemas complejos, aplicable no solo a la industria, sino a todo lo que está organizado, incluidos los fenómenos vivos. La teoría general, que no está específicamente relacionada con el mundo de la producción, se remonta al escritor y filósofo Arthur Koestler (conocido sobre todo por la novela antiestalinista Oscuridad a mediodía), quien la formuló a finales de los años 70. La palabra «holón», del griego, significa «parte del todo». Un individuo es un holón en cuanto que forma parte de la sociedad con la que interactúa. También un grupo de individuos que está en relación con un todo formado por grupos que interactúan es un holón.
En el ámbito de un proceso productivo, el holón representa una unidad autónoma y cooperativa, capaz de transformar, transportar, almacenar o validar información u objetos físicos. Sin embargo, precisamente por ser una unidad que interactúa con un entorno de unidades similares, no puede aislarse. Dado que responde a un programa interno (de lo contrario no sería capaz de autoorganizarse) y a uno externo (de lo contrario no tendría sentido autoorganizarse y relacionarse con otras unidades), también responde a un principio de autoridad. Por consiguiente, cada sistema holónico es una «holarquía», es decir, un sistema de unidades que cooperan según un orden preestablecido para alcanzar un objetivo común. La diferencia con las «jerarquías» es evidente: no es necesario que la autoridad resida en un hombre, un grupo o una clase. En un sistema de producción, la holarquía integra el conjunto de las actividades del sector industrial, desde la adquisición de pedidos hasta el diseño y la producción, pasando por la famosa salida de fábrica, cuando el producto se convierte en mercancía.
En este punto debemos introducir un subejemplo que nos sirve, por contraste, para verificar por qué otras vías se corrompen las poderosas anticipaciones. Lo obtenemos de un sitio web dedicado a la ciencia no oficial, una hibridación entre los conocimientos adquiridos y compartidos con la mística orientalista de la nueva era. Leemos: la teoría holónica «representa el primer modelo científico de la conciencia que utiliza un lenguaje y una lógica cibernética-informática para comprender y explicar cómo la conciencia y la energía física interactúan entre sí creando el mundo. El modelo permite explicar la evolución de la conciencia desde la física, la biología y la condición humana de manera coherente con la Teoría Sistémica General de la Evolución, ofreciendo nuevas perspectivas para la comprensión psicosomática del cerebro y la conciencia. Permite resumir en un lenguaje moderno tanto los antiguos modelos del alma como los datos de la neuropsicología para crear una visión y un modelo holístico del ser humano». Los pilares del nuevo conocimiento serían principalmente: la hipótesis Gaia, el paradigma holográfico, la sincronicidad, la teoría general de sistemas, el vacío subcuántico y el modelo ciber-holónico. No importa entender este galimatías sin sentido o saber qué es exactamente todo este conocimiento “alternativo”, por ahora nos basta con la conclusión del párrafo citado: es necesario «considerar la conciencia como parte esencial de la investigación y de la ciencia misma, llevando a cabo una fascinante labor de reconciliación entre ciencia, naturaleza y espiritualidad».
Ciertamente, esta no es la ocasión para abordar el tema de la mística contemporánea como tal, un sector de la producción que ocupa los primeros puestos en la clasificación mundial de facturación. Pero al menos debemos plantearnos la pregunta: ¿por qué una teoría como la holónica solo ha tenido dos salidas significativas,
