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Arco histórico Dictadura del proletariado n+1 Teoría

n+1 – Información y poder

Informe expuesto en la 58ª reunión de lectores (21/02/2015)

Ver original aquí

 

Engarce. El programa inmediato de la revolución.

El extintor histórico.

Surgimiento espontáneo del comunismo.

Secuencia filo-tempista.

Ayer.

De las empresas de producción y distribución a las sociedades de clase.

Sociedades informadas al máximo.

Sociedades disipativas al mínimo.

Servicios de inteligencia incluso antes del orden estatal.

Lengua, información y medio.

Una sociedad sin memoria está muerta.

Sociedad, conócete a ti misma.

De la información al derecho: los antecedentes del Estado.

Hipercomunicación y damnatio memoriæ.

Información desde la contabilidad hasta la literatura.

Ingeniería de consenso.

La información total y su comunicación.

Comunicación total e información difundida.

Hoy.

Una revolución a toda prisa.

El estado y la fabricación de los hechos.

El cuarto y quinto poder.

La información y la comunicación como medios de producción.

El proletariado no puede, la clase tampoco.

Mañana.

La sociedad informada del capital total.

El poder del test de Turing.

¿Piensan las cosas?

Antes de que las cosas pensaran.

Cómo piensan las cosas hoy.

Cómo pensarán las cosas mañana.

La Pravda, o de la Verdad.

Engarce. El programa inmediato de la revolución[1]

El artículo Información y poder que aparece en este número, y que ocupa la mayor parte de sus páginas, es el decimocuarto de una serie que hemos publicado en los últimos años y destacado como manifiesto político en el portal de nuestra web. Toda la serie es el desarrollo ampliado de un informe dado por Amadeo Bordiga en Forlì en 1952, en el que esbozaba el programa inmediato de la revolución proletaria. El informe constaba de nueve puntos, el último de los cuales se refería a las

evidentes medidas inmediatas, más próximas a las medidas políticas [los puntos anteriores contemplaban principalmente medidas económicas, NdR], para someter al Estado comunista la escuela, la prensa, todos los medios de comunicación, la información y la red de espectáculos y entretenimiento.

El tema de las escuelas lo tratamos en un artículo aparte y lo publicamos en el número 13 de esta revista. En cuanto a los demás aspectos de la información, en el “punto Forlì” nos referimos específicamente a su difusión a través de los medios de comunicación de masas, entonces principalmente la prensa y la radio. Tomando esto como punto de partida, en la estructura del presente artículo hemos querido dar mucho espacio a la información como el conocimiento que un determinado sistema tiene de sí mismo. Esto es de especial importancia en el caso de la transición de una forma social a otra, porque la forma comunista, a diferencia de la capitalista, podrá desarrollar una gran capacidad de autorregulación, y la explicación de este hecho requiere una estrecha comparación tanto con las sociedades de clase como con las antiguas sociedades comunistas. Ni que decir tiene que hoy en día la radio y la prensa pasan a un segundo plano frente a las redes de todo tipo, por lo que también aquí el espacio dedicado a estos temas es necesariamente proporcional.

Observemos antes de nada que la cita citada contiene un oxímoron: «Estado comunista». Se trata, por supuesto, de una contracción de «Estado en manos del proletariado a través del partido comunista», porque en una sociedad comunista el Estado ya no existe. No es una cuestión baladí[2]: con la confusión del Estado comunista se tropezó una revolución, que pronto degeneró en una “nación comunista”, entendida precisamente como “patria”, con todo lo que se derivaba de eso, desde el “socialismo en un solo país” hasta la “gran guerra patriótica antifascista”. Y tuvo su reflejo contrarrevolucionario fuera de la Unión Soviética sobre sus “partidos hermanos” que, habiendo abandonado incluso el reformismo socialdemócrata clásico, habían pasado de defender que se podían tomar medidas estables en favor del proletariado dentro del capitalismo (reformas sociales) a defender la directa colaboración del proletariado en garantizar el funcionamiento del propio capitalismo (reformas estructurales).

Con la reunión de Forlì, la Izquierda Comunista denunció este enésimo avance de los partidos oportunistas dentro de los meandros del sistema burgués, demostrando que el capitalismo había alcanzado tal nivel de madurez técnica y social que ni siquiera desde un punto de vista reformista tenía ya sentido exigir a los gobiernos una mejora de la productividad, es decir, de los elementos cualitativos y cuantitativos del sistema. Al contrario, desde este mismo punto de vista ahora era necesario pensar y actuar de forma opuesta. En la sociedad del futuro, los comunistas estarían más ocupados en demoler que en construir, es decir, habrían liberado enormes potencialidades de las ataduras capitalistas liberando así, al mismo tiempo, al ser humano de la esclavitud del tiempo de trabajo forzoso y transformándolo desde el principio en tiempo de vida. Para adecuarse a esta extraordinaria tarea —subrayamos— nuestra especie tendría que cambiar completamente su estructura mental, y esto no sería posible sin la fortísima determinación material del nivel alcanzado, que ya estaba dando lugar a la aparición irrefrenable de elementos comunistas. No era una cuestión de fines ideales, sino de reconocer el comunismo que avanzaba dentro de las estructuras sociales tal como eran.

El extintor histórico

De hecho, al retomar la obra de aquella época, uno se da cuenta inmediatamente de que, sesenta años después, los fenómenos emergentes que prefiguran el comunismo son aún más evidentes. Tomemos por ejemplo la frase citada, en la que, además del oxímoron que supone el adjetivo comunista aplicado al Estado, resulta chocante el tono perentorio del concepto central: medidas políticas para someter la escuela, la información y el ocio al Estado comunista. Pero el sentido de la afirmación es claro: hace sesenta años el Estado aún no estaba tan podrido como el actual y, una vez demolido en su forma burguesa para ser sustituido en la forma adecuada a las necesidades del proletariado, habría acelerado, con extrema autoridad, el arraigarse de la revolución. Como se verá, ese tipo de autoridad ya no sería necesaria hoy.

Volvamos a la cita de Engels al comienzo del artículo y retomada por Lenin en El Estado y la revolución. Lenin subraya la importancia del concepto y afirma que demasiado a menudo se repite como papagayos sin detenerse en su verdadero significado: el Estado burgués es concebido como eterno por la burguesía de la que es instrumento, mientras que el Estado proletario solo es útil para facilitar las condiciones que lo llevarán a ser una pieza de museo. Ninguno de los nueve puntos de Forlì puede citarse hoy en el contexto de las “medidas para someter al Estado” una determinada actividad humana: del mismo modo que no nos interesan las nacionalizaciones en sí mismas, puesto que puede haber (hay) capitalismo sin capitalistas, tampoco nos interesan, especialmente en el campo de la información y la comunicación, las estatizaciones al estilo de Mussolini (MinCulPop) o al de Stalin (ProletKult; como es bien sabido, Lenin no quería saber nada de la “cultura proletaria de Estado”).

En la época de transición, el Estado es ante todo un instrumento de coacción para impedir que la burguesía recupere el poder y restablezca la esclavitud asalariada y la dominación del Capital. Para ello no es necesario un aparato político de coacción, basta con una fuerza armada adecuadamente fuerte. Las cuestiones relativas a la restauración de la vida de la especie tendrán su lugar de elaboración y solución en el seno del partido, el cual ya no será un “partido de clase”, sino que trascenderá completamente como “órgano de la especie”, teniendo así la capacidad de separar su existencia y actividad de la del Estado, aunque manteniendo la influencia sobre este último. Se evitará así la nociva unión de formas que se produjo en Rusia, donde el partido-Estado se apoderó incluso de la Internacional.

Ya en los Grundrisse, e incluso antes, Marx advirtió contra la tendencia a imaginar la revolución como un acto de voluntad. La revolución es una acumulación material de potencialidades que el acto de voluntad hace estallar y que, si este acto deriva de un programa, dirige hacia una meta prevista. La Izquierda ha repetido mil veces que las revoluciones no se hacen, sino que se dirigen. No es una figura retórica, ni una frase hecha o un eslogan, sino una síntesis tomada de la «Introducción» de 1859 de la Contribución a la crítica de la economía política, donde se traza el camino determinista de las formas sociales (todas ellas) que saltan porque se han convertido en obstáculos para el desarrollo ulterior. Cuando interviene la voluntad, es decir, la “inversión de la praxis”, es porque las contradicciones han llegado al punto de ruptura y la Revolución necesita un intérprete que, habiéndose preparado en la fase anterior, sepa dar el empujón final a la sociedad moribunda.

Surgimiento espontáneo del comunismo

Cuanto se acerque una sociedad a los límites de su desarrollo, más necesitará el aparato coercitivo del Estado para mantenerla viva frente a la forma emergente; pero a la inversa menos se necesitará, en la fase de transición, un aparato estatal elefantiásico, burocrático y represivo. Desde este punto de vista, el programa de Forlì es esclarecedor: por una parte, nos permite evaluar la diferencia técnica acumulada a lo largo de sesenta años, diferencia que hace posible una liberación de las fuerzas existentes en lugar de la coacción bajo control; por otra parte, es precisamente esta liberación, al hacer inútil la coacción, la que hará que el Estado se quite de en medio más rápidamente de lo que se pensaba en los años 50 o incluso más, en tiempos de Lenin. Esto es importante porque nos permite demoler, al mismo tiempo, tanto la ecuación hegeliano-estalinista «más comunismo = más Estado», como la vulgarización anarquista «comunismo = Estado = dictadura del partido = dictadura autoperpetuante no del proletariado, sino contra el proletariado».

Dado su alto contenido informativo a pesar de las pocas líneas de texto, los nueve puntos de Forlì se prestan tanto a un análisis en profundidad como a desarrollos que toquen otros temas con los mismos criterios. Así, la serie original de nueve puntos ha sido ampliada a 14[3]. Por ejemplo, al dividir el punto sobre la vivienda en dos partes, el tema de la vivienda se vinculó automáticamente al del nuevo urbanismo. Al dividir también en dos el punto que nos ocupa, pudimos profundizar tanto en el aspecto de la escolarización como en el del intercambio de información más allá de la mera comunicación a través de la radio o los periódicos. Siguiendo el mismo criterio, hemos añadido ex novo temas como la estructura materialmente comunista de la industria y la naturaleza de la producción/distribución agrícola en el capitalismo maduro. En el primer caso tenemos un ejemplo de funcionamiento comunista dentro de la columna vertebral del capitalismo que será posible extender fácilmente a toda la sociedad en cuanto se resuelva la cuestión del poder. En el segundo caso tenemos todo un sector productivo, la agricultura, completamente socializado como si fuera un organismo público responsable de alimentar a sus ciudadanos, sin referencia ni al precio de coste de los productos ni al precio de producción, ni al valor en el sentido marxista (obviamente la ley no se falsifica sino que se neutraliza mediante la distribución social). Si no fuera así, hoy las poblaciones de los grandes países capitalistas ni siquiera podrían comer, tan elevado sería el precio de los alimentos debido al nivel alcanzado por la inexorable “tijera” entre el valor y precio de los productos agrícolas en comparación con los industriales.

Como hemos visto en artículos anteriores, concedemos una enorme importancia a estas manifestaciones espontáneas de comunismo dentro de la sociedad capitalista; y el desarrollo de este trabajo de investigación y verificación solo puede ser un ejercicio de inversión de la praxis cuando la situación social llegue a una bifurcación entre la nueva sociedad y la enésima contrarrevolución. No se sabe quién estará a la altura del momento, pero quienquiera que sea tendrá que saber hacia dónde dirigirse, cuáles tendrán que ser las decisiones esenciales cuando se presente “la semana que no debe dejarse escapar”. Y esta no es una capacidad que se fabrique en el momento, ni que se compre ya hecha en el supermercado.

Secuencia filo-tempista[4]

La información en un proceso revolucionario es fundamental. Obviamente, hablaremos de ella principalmente en el sentido más amplio, que incluye cualquier tipo de lenguaje útil para transmitir cualquier tipo de conocimiento, porque nos parece la única forma de entender lo que ocurre cuando nos comunicamos en el sentido más estricto, como en el proceso de trabajo, en la propaganda, en los servicios de inteligencia, en el entretenimiento, etc. Veremos que hablar de información en la era de la información es una cuestión compleja y delicada, pero que merece la pena abordar aun a riesgo de necesitar algunas excursiones por caminos que se bifurcan y luego vuelven a unirse al hilo central. Las fuentes de nuestro discurso sobre la información (y el espectáculo, ya que toda representación mediada de la realidad es una transmisión de conocimiento puesta-en-forma) están al final de este texto, pero queremos destacar lo esencial: con respecto al lenguaje, algunos párrafos de La ideología alemana y toda la sección dedicada al tema en Factores de raza y nación[5]; con respecto a la teoría subyacente a toda información recibida y transmitida, los ensayos Introducción a la cibernética[6], Teoría de la información[7], Lenguaje y cibernética[8] y el reciente La información, una historia, una teoría, un diluvio[9].

La sociedad actual tiene una gran capacidad técnica de elaboración, y podría conocerse a sí misma como nunca antes en la historia de nuestra especie. Pero solo utiliza esta capacidad en una ínfima parte de su potencial. Puesto que extraer dinero de la información inmaterial es un problema, y puesto que toda la producción moderna se basa en la información, esta debe considerarse al mismo nivel que las mercancías materiales. Toda mercancía material lleva consigo una cantidad de conocimiento-información tecnológicos que le ha transmitido el ciclo de producción. Por supuesto, la mercancía inmaterial (software, determinados servicios, patentes, etc.) es vendible, pero a largo plazo no pone en marcha grandes fábricas, inversiones, planes a largo plazo. Con una excepción muy importante: el espectáculo. El cine, el teatro, la industria editorial o el deporte son vehículos de valor, tanto si se producen ex novo en un ciclo industrial, como si se drenan de otras esferas más o menos productivas. La información en este sector es esencial, ya que es el vehículo principal de la publicidad que, con una sofisticada investigación de marketing, representa una actividad bidireccional: distribuye información recogiendo información.

Hablaremos, por tanto, de las potencialidades explosivas que esperan a ser desatadas, y compararemos las redes y canales de comunicación que tenemos ante nuestros ojos —utilizados hoy por un sistema anárquico y disipativo— con las estructuras adecuadas para una sociedad completamente diferente. Y como no podemos evitar la comparación bajo la secuencia habitual de “ayer-hoy-mañana”, partiremos de las raíces históricas y precisamente de los procesos que hicieron posible la formación de sociedades antiguas altamente desarrolladas, organizadas y armoniosas, sin propiedad, clases, dinero ni Estado, que consideramos que alcanzaron el estadio más alto del comunismo originario antes de ser barridas por las sociedades de clase.

Nos referiremos no tanto a la información difundida socialmente por los medios de comunicación y recogida por los distintos servicios de inteligencia, sino más bien a la teoría de la información/comunicación, tratando el tema en relación con el título Información y poder, por tanto en una acepción “cibernética” entendida literalmente según el diccionario (‘arte de pilotar’).

En sus orígenes (1948), la teoría de la información se desarrolló principalmente para definir los conceptos de comunicación, cantidad de información, eficacia, perturbación, redundancia, elementos todos ellos que contribuían, por ejemplo, a la calidad de una señal (mensaje) enviada por cable o incluso por radio. Por extensión, los mismos criterios pueden utilizarse para establecer el rendimiento de un sistema que se regula a sí mismo tamizando las señales que recibe o recoge de sí mismo. Un sistema de este tipo, si recibe suficiente información y está bien diseñado, también puede aprender y, por tanto, adquirir complejidad y capacidades adicionales. Para que esto ocurra, debe haber diferencias o variedad en el conjunto de datos. La mera selección de diferencias (hay/no hay, luz/oscuridad, frío/calor, etc.) es una recogida pasiva de información, como en un archivador. Pero si la información así seleccionada y archivada se compara con la almacenada anteriormente, y el conjunto se reconoce y se sitúa en un nuevo contexto organizado, entonces el sistema empieza a aprender. En el siguiente nivel, el sistema aprende a aprender, que es la condición para poder decidir.

Todo esto nos interesa para demostrar que el capitalismo es un sistema que no sabe aprender ni siquiera al primer nivel (de lo contrario evitaría entrar en contradicción consigo mismo) y, por tanto, desperdicia la inmensa cantidad de información que hace disponible en permanencia. Mucho más eficientes eran las sociedades antiguas, capaces de darse un equilibrio armonioso, como veremos.

Nos acercamos a una fase del desarrollo de la producción en la que la existencia [de las clases] no solo ha dejado de ser una necesidad, sino que se convierte en un obstáculo efectivo para la producción. Por tanto, caerán tan ineluctablemente como han surgido. Con ellas caerá ineluctablemente el Estado. La sociedad, que reorganiza la producción sobre la base de una asociación libre e igualitaria de productores, relega toda la máquina estatal al lugar que le corresponde, es decir, al museo de antigüedades junto a la rueca y el hacha de bronce.

(Engels: El origen de la familia,
la propiedad privada y el Estado,
1884)

La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento importante en una sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen un gobierno invisible que tiene el poder real de gobernar en nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes son moldeadas, nuestros gustos influenciados, nuestras ideas sugeridas en su mayor parte por hombres de los que nunca hemos oído hablar.

Edward Bernays: Propaganda, 1923[10]

Ayer

De las empresas de producción y distribución a las sociedades de clase

Antes de que se formaran sociedades humanas estructuradas a un nivel apenas superior al de la familia extensa, la información se limitaba a la transmisión individual (de uno a uno) o, como mucho, dentro del grupo cerrado (de uno a unos pocos). Los custodios de la memoria y las capacidades colectivas eran los ancianos, como demuestran lo que sobrevive de las sociedades antiguas. A pesar del posterior aumento de la fuerza productiva y, en consecuencia, de la complejidad social, esta estructura no sufrió grandes cambios. El conocimiento se seguía transmitiendo según el esquema precedente, con la diferencia de que la transmisión verbal se acompañaba ahora de un sistema de signos gráficos. Pensamos en las cuevas pintadas del Paleolítico: junto a la memoria de los ancianos, ahora hay algo impersonal que transmite significados invariables a lo largo del tiempo y que puede ser utilizado por no importa cuántos individuos y durante periodos de tiempo muy largos, no directamente vinculados a la duración de la vida individual. Se trata de una gran revolución, porque con un número limitado de signos ahora es posible “enseñar” algo a las generaciones presentes y futuras. Lo demuestra el hecho de que, aunque se haya perdido el significado, es posible identificar una estructura que se repite, un fenómeno que solo puede explicarse por un canon compartido, consolidado y respetado a lo largo del tiempo.

Este antiguo esquema ha permanecido inalterado a lo largo de los milenios hasta nuestros días: desde el punto de vista de la información, las pinturas rupestres no difieren del sistema moderno de televisión. En ambos casos hay una fuente que transmite un mensaje y un número indeterminado de individuos que lo reciben (de uno a muchos). La superioridad de la transmisión paleolítica frente a la de épocas más recientes, y sobre todo la nuestra, monopolizada por la televisión, queda confirmada por los hallazgos y por otros indicios, esta vez espontáneos, que ahora sabemos leer con suficiente precisión: la presencia de las pinturas implicaba algún tipo de actividad humana relacionada, es decir, que los hombres que iban allí a realizarla interactuaban con ellas. En la era de la televisión, en cambio, la relación con la imagen es unidireccional, la interacción es nula.

La posterior “revolución neolítica”, como se la llama con razón, fue aún más perturbadora, y para encontrar una analogía debemos mirar al futuro en lugar de al pasado, es decir, debemos proyectar el potencial desaprovechado de hoy en una sociedad que lo libere y, utilizándolo, se conozca a sí misma hasta el punto de diseñar su existencia en armonía con la biosfera. Esta revolución no solo supuso una explosión cuantitativa y cualitativa de la producción agrícola, con la posibilidad material de llevar el comunismo originario hasta sus últimas consecuencias, hasta el punto de transformarlo en formas protoestatales. El Neolítico tardío fue el periodo de máxima realización de lo que sería el «conócete a ti mismo» esculpido en el templo de Delfos y referido al conjunto de la sociedad[11]. En el apogeo de la forma social del comunismo originario, el hombre había aprendido a entrar en armonía con la naturaleza, no como parte integrante pero inconsciente de ella, sino como parte consciente de la misma, capaz de devolverle todo lo que tomaba de ella. Aquella humanidad que, por supuesto, no hacía un cálculo “ecológico”, reflejaba esto con su propio funcionamiento interno, porque necesitaba saber exactamente, es decir, cuantificar, lo que producía transformando la naturaleza y lo que distribuía a sus miembros como devolución a la propia naturaleza. Necesitaba manejar la información de que disponía de una manera formal, es más, inventar una manera formal de obtener el máximo de información sobre sí misma a fin de utilizarla para sí misma. Necesitaba la información como autoconocimiento formalizado.

Nunca se había alcanzado tal nivel de conciencia y control de la relación hombre-naturaleza, y nunca lo volvería a alcanzar ninguna sociedad posterior, capitalismo incluido. El mecanismo “informático” que permitió un logro tan grande es de una sencillez apabullante. En la base hay tres pasos: 1) producción; 2) almacenamiento; 3) distribución. Los representantes de la comunidad controlan los tres mediante la recopilación y el uso de datos. Pero es el central, el almacenamiento en grandes almacenes comunales, el que nos ofrece el material para una verificación inequívoca del grado de conciencia alcanzado por la sociedad en el nivel más alto del comunismo originario. Existen vestigios arqueológicos de este esquema social desde el VIII al II milenio a.C., y su uniformidad a pesar de los muy diferentes lugares y épocas nos demuestra que funcionó muy bien; entre otras cosas, permitiendo que los gráficos “contables” se convirtieran lentamente en escritura, y permitiéndonos así a nosotros comprender mejor el mecanismo social. Huelga decir que existe un problema de interpretación de los datos. Por ejemplo, como se han encontrado viviendas con almacenes familiares anexos, algunos arqueólogos sostienen que solo se llevaba al almacén el excedente de cada unidad de producción. Otros sostienen, basándose en el tamaño de los almacenes comunales, que todo el producto se llevaba al almacén central y luego se distribuía a los almacenes periféricos. Esta última tesis, en nuestra opinión, está respaldada no solo por pruebas arqueológicas, sino también por el hecho de que el mismo modelo pervivió hasta finales del II milenio, cuando hay testimonios de ello en documentos escritos. Al fin y al cabo, solo a una mentalidad burguesa podría ocurrírsele el tipo de modelo egoísta para-koljosiano por el que la familia dominaba la comunidad hace nueve o diez milenios. En Mohenjo-Daro, en el valle del Indo, entre otros testimonios de una estructura urbana de tipo comunista (III milenio a.C.) hay un enorme granero que no puede explicarse solo por el almacenamiento de un excedente sobre el consumo privado, y no hay graneros domésticos. Un patrón similar se da en Egipto, la Creta minoica y Anatolia en el periodo hitita.

Sociedades informadas al máximo

Así, el almacén central es como el corazón de la comunidad, tanto que casi siempre se combina con el templo y el “palacio”, otras dos representaciones del ser social. El almacén registraba las mercancías que llegaban, las subdividía según criterios determinados, marcaba los lotes así obtenidos y, por último, distribuía las mercancías según listas acordadas. Todos los movimientos materiales de cantidades perfectamente conocidas se contabilizaban según un sistema de cretulæ (masas de arcilla fresca en las que se estampaba una marca de identificación). A la entrada se colocaba la cretula, se estampaba y se dejaba endurecer; a la salida, se rompía, se retiraba y se guardaba en los archivos como registro del movimiento. En las listas del periodo tardío, cuando ya existía la escritura, se registran los movimientos de las mercancías más diversas, desde materias primas a productos manufacturados, desde alimentos a ganado, desde armas a barcos. Esta forma social sufrirá un doble destino: por un lado será barrida por la forma siguiente, que perfeccionará el modelo central y se convertirá en un Estado al servicio de la clase dominante en formación; por otro, se estabilizará en la llamada forma asiática, una forma de transición congelada a veces durante milenios, que ya no es comunista y aún no es propietaria ni clasista.

Pero detengámonos un momento en la forma comunista originaria en su nivel más elevado[12]. En primer lugar, nos plantea que una sociedad comunista bien estructurada es posible según un “canon” consolidado a lo largo de milenios (por tanto, nada “primitivo”) y que tiene esta característica en virtud de la máxima información que es capaz de obtener para conocerse perfectamente a sí misma. Esto le permite no solo armonizar el triple núcleo de producción-almacenamiento-distribución, sino también prever unas provisiones a las que recurrir en caso de perturbación del sistema (carestía, peste, guerra, etc.). Tenemos pruebas de este modo de funcionamiento hasta muy tarde en la forma comunista originaria, que se limitaba a pequeñas poblaciones y territorios que podían mantener a unos cientos de individuos. En comparación con la forma que acabamos de describir, las grandes formas sociales homeostáticas con administración central, que son su desarrollo natural, heredan todas las potencialidades del sistema comunístico antiguo, las desarrollan adaptándolas a dimensiones incomparablemente mayores, y transforman el flujo de entrada y salida de información de un fenómeno espontáneo a otro regulado por protocolos. Incluso en un nivel tan avanzado, aún no interviene la propiedad privada, por lo que no puede haber clases vinculadas a ella. Las estratificaciones debidas a la división técnica del trabajo ya se configuran como elementos de un protoestado, pero la forma antigua se resiste a la disolución de la que son portadores estos elementos. Las dimensiones son importantes, porque el flujo de información ya no puede funcionar orgánicamente de forma espontánea, se necesitan canales sólidos para llevar la información desde los nodos de la red de producción-distribución hasta un centro administrativo. Este, a su vez, debe ser capaz de gestionar y utilizar la información recibida y transmitir instrucciones a toda la red. En esta fase de desarrollo, la forma social corresponde por primera vez a un organismo “cibernético”, ya no biológico sino completamente artificial, regulado por “sensores” que polarizan (informan) el sistema para que permanezca estable (el ejemplo más banal es el termostato). Las antiguas civilizaciones que precedieron —en la escala de las formas sociales de producción[13]— a las de la antigüedad clásica, sintetizadas en el mundo grecorromano, funcionaban según este modelo.

La forma de transición entre el comunismo originario y la sociedad clásica incluye, por ejemplo, el antiguo Egipto, Mesopotamia, el valle del Indo, la antigua China y el mundo inca. Como puede adivinarse, las dimensiones de estas formas sociales eran tales que requerían enormes medios materiales para mantener un aparato administrativo consecuente y también un ejército, ya necesariamente orientado no solo contra un enemigo exterior, sino contra cualquier fuerza interior capaz de amenazar la unidad territorial y política conseguida. De aquí en adelante ya es la historia de las sociedades de clase.

Sociedades disipativas al mínimo

Tengamos siempre presente que no nos ocupamos de estos temas solo por amor al conocimiento y a la historia, sino porque trabajamos de acuerdo con un principio tan simple como fundamental, contenido en los Grundrisse y en los textos de la Izquierda Comunista: no se puede comprender la transición del capitalismo a la futura sociedad comunista si no se estudia y comprende la transición de la sociedad comunista antigua a las sociedades de clase. Y lo que estamos estudiando nos enseña que las sociedades organizadas, anteriores a las sociedades de clase, anteriores por tanto a la aparición de la esclavitud y de toda explotación de los hombres sobre los hombres, acumularon una cantidad extraordinaria de energía y la aplicaron a la modificación del entorno (edificios monumentales, infraestructuras, producción material) sin romper su equilibrio. Nos sería imposible darnos cuenta de la grandeza de ciertos logros con tecnologías primordiales si no supiéramos que fueron el resultado de una gran organización, es decir, de una gran cantidad de información.

Así pues, para sentar las bases de un discurso sobre “información y poder”, desde ahora hasta la primera fase de la sociedad futura, es necesario identificar el punto de inflexión, es decir, la revolución en el sentido más amplio (y por tanto no una simple revuelta, insurrección o similar) en las épocas respectivas. Y como este es un trabajo que ya hemos hecho[14], nos limitaremos a recordarlo: la primera gran transición es la organización consciente, por parte de nuestra especie, de su propia existencia y reproducción mediante una estructura social “sistémica”, es decir, formada por partes que se relacionan entre sí sobre la base de un autoconocimiento. Se trata de una auténtica revolución, que tiene lugar cuando por primera vez —de forma generalizada y no episódica— los datos del pasado sirven al presente para diseñar el futuro (inversión de la praxis). Esta estructura sobrevive hasta el umbral de la transición a las sociedades de clase. Su fase más elevada es la que, como hemos indicado, utiliza las características maximizadas por el comunismo originario como trampolín hacia la forma sucesiva. Esta es la fase en la que encontramos la mayor eficacia en la relación hombre-naturaleza: puesto que la información no es materia ni energía, esta eficacia se explica por el hecho de que un sistema informado escapa al menos en parte al segundo principio de la termodinámica, es decir, disminuye la disipación en lugar de aumentarla (entropía transformada en neguentropía). En esta fase, se produce la armonía entre los elementos del sistema y el entorno que lo informa y nutre. El sistema no solo capta, adopta y difunde información, sino que también la busca en un entorno más amplio si no está disponible espontáneamente. Un ejemplo fácil de ello es la red de “nilómetros”, estructuras que medían los parámetros de la crecida del Nilo, a partir de los cuales la administración de las “provincias” de Egipto deducía con precisión el tamaño de la siguiente cosecha. La tríada de producción, almacenamiento y distribución se enriquece ahora con un cuarto elemento: un sensor ambiental que permite conocer la producción futura. En Egipto, la peculiar situación del Nilo, la regularidad de sus crecidas, la posibilidad de disponer de datos perfectamente comparables, hicieron que la agrimensura fuera casi automática; pero en otros lugares, por ejemplo en China, el automatismo fue sustituido por la agrimensura equivalente realizada por expertos designados, con el mismo resultado final.

Las formas de obtener datos útiles para una administración centralizada permanecieron durante mucho tiempo confinadas en el ámbito de la prospección “económica”; pero en cuanto se desarrolló un embrión de Estado, junto a la recogida de datos cuantitativos sobre la producción, etc., comenzó la labor de recopilación de información sobre el comportamiento de la población o las fuerzas de otras naciones. El “conócete a ti mismo” se extendió también a los “otros”, se convirtió, en definitiva, en un hecho político. Este tipo de servicios de inteligencia ante litteram se desarrolló muy rápidamente y se pueden encontrar huellas de ella en los textos que han llegado hasta nosotros a través de la exploración arqueológica. En el umbral de la estatalidad, egipcios, hititas, asirio-babilonios y micénicos se vigilaban mutuamente y controlaban a su propia población. La transición del orden comunístico al clasista estuvo marcada por un gran desarrollo en la recopilación, uso y difusión de la información. El Estado adquirió experiencia después de que la sociedad inventara la proto-policía y el proto-espionaje, no como instituciones opresoras, sino como herramientas necesarias para el desarrollo de la información en escenarios de complejidad creciente. La información a gran escala se hizo indispensable, como afirma hoy la presentación del Sistema de Información para la Seguridad de la República en el portal de su web:

Los servicios de inteligencia son el instrumento del que se sirve el Estado para recoger, almacenar y difundir a las partes interesadas, públicas o privadas, información relevante para la protección de la seguridad de las instituciones, los ciudadanos y las empresas. Desempeñan, por tanto, un papel fundamental e indispensable para el cual se sirven de profesionales procedentes de distintos ámbitos que actúan según procedimientos peculiares destinados a salvaguardar la confidencialidad de los operadores y de sus actividades.[15]

Servicios de inteligencia incluso antes del orden estatal

Al alcanzar el grado de desarrollo que propició el nacimiento de las ciudades, los antiguos ordenamientos sociales tenían hambre de información. Antes de que nadie se autodenominara oficialmente «Ojos y Oídos del Rey», es decir, espías, la sociedad ya había expresado sistemas de recogida y procesamiento de datos simplemente para existir. La fundación de una ciudad, el trazado de una carretera, el descubrimiento de una mina, la construcción de un acueducto o la identificación de un acuífero, requerían grupos organizados de hombres que, en una división técnica del trabajo que ya no era elemental, se dedicaran a la investigación, las encuestas, los informes, los planes y la coordinación. Los servicios de inteligencia propiamente dichos, el espionaje, no eran necesarios cuando la guerra tenía lugar en un campo limitado entre tribus que contaban con unas decenas de elementos. En ese estadio, había poco que saber unos de otros como para necesitar estructuras de recopilación de información. En cambio, cuando la sociedad se desarrolla y ya ha producido esas estructuras internamente, entonces estas pueden, con un mínimo de adaptación, llegar a ser funcionales para otras tareas.

Y se vuelven funcionales con una velocidad asombrosa, ya que toda la antigüedad está impregnada de ellas en poco tiempo. El proceso que lleva a las estructuras “civiles” a fusionarse con las militares es bastante interesante para nosotros. Si la transformación del sistema de recogida y tratamiento de la información es muy rápida, la sociedad antigua opone una tenaz resistencia al cambio en un sentido institucional, es decir, estatal. El propio Estado lucha por imponerse ante una sociedad bien organizada que no tiene necesidad de dotarse de un instrumento de dominación de clase. Y en muchos casos estallan revueltas en defensa de la antigua armonía. No fue hasta la primera mitad del I milenio a.C. cuando los asirios vieron nacer la primera estructura estatal dedicada exclusivamente a la información como servicios de inteligencia, con la introducción de textos cifrados, sistemas de transmisión óptica y el terror estatal como propaganda. Los persas heredaron este sistema, que se extendería más tarde al inmenso territorio unificado por Alejandro y que exasperaría de esta forma la necesidad de control.

La Roma republicana no tuvo aparatos de información significativos durante varios siglos. Por supuesto, había perfeccionado al máximo el sistema público de detección, construcción y mantenimiento; sin embargo, incluso en tiempos de Julio César sentía poca simpatía por el espionaje. Con Augusto las cosas cambiaron, pero en el sentido particular que veremos en otro punto. En cambio, bajo Diocleciano se desarrolló un vasto y poderoso sistema de inteligencia, en un momento en que el Imperio empezaba a verse seriamente amenazado por la presión de las poblaciones bárbaras a través de una frontera demasiado amplia y en el que la información empezó a hacerse incluso vital.

La República de Venecia y el Imperio Otomano, su adversario especular, perfeccionaron el sistema de información orientando las antiguas tareas de «conócete a ti mismo» a la nueva realidad mercantil. Sobre todo, Venecia ideó un sistema capilar inédito en las sociedades altamente organizadas: en lugar de dejar la recopilación de información exclusivamente en manos de organismos estatales especiales, convirtió a cada ciudadano veneciano en un agente especial sobre el terreno. Todo habitante de la República, sin exclusión de clase o de otro tipo, estaba obligado a comunicar a las autoridades venecianas todo lo que supiera, en su país y sobre todo en el extranjero, que pudiera afectar a los intereses de la comunidad, es decir, de la oligarquía mercantil. Era el último vestigio de las antiguas condiciones al servicio de la entonces modernísima capital. Después, el testigo pasó a la Inglaterra de Isabel la Grande, bajo cuyo reinado nació el primer verdadero, moderno y completo sistema de información, contrainformación y desinformación especializado gestionado por el Estado.

Lengua, información y medio

Si comparamos los medios, propósitos y resultados de ayer y hoy con los que podemos prever para mañana, nos damos cuenta inmediatamente de una enorme diferencia, un salto que solo puede dar una revolución. Internet no es una mera evolución del teléfono y la televisión, es algo más. Y, como hemos visto, los medios ideados por los hombres afectan entonces a los propios hombres, obligándoles a adaptarse a los avances, previstos o no. Ya había ocurrido con las máquinas en general, y con su transformación en sistemas de máquinas, hasta llegar a la fábrica automatizada. Pero con las redes hemos entrado en otra dimensión.

El tratamiento actual de la información con herramientas electrónicas no tiene precedentes, tanto en lo que respecta a la potencia de procesamiento como a la posibilidad de relacionar esta información a través de redes. Ya no nos enfrentamos “simplemente” al sistema de máquinas como el «autómata general» examinado por Marx (cerebro social). El sistema máquina fue y es un factor del comunismo a través del aumento histórico de la composición orgánica del capital y, por tanto, de la caída tendencial de la tasa de ganancia. Es decir, formaba y forma parte del movimiento real que abole el estado de cosas presente. El sistema electrónico, por otra parte, ya es inherentemente comunista. Mientras que, por ejemplo, en el sistema mecánico la esfera comunista estaba dentro de la fábrica porque el trabajador parcial no producía mercancías[16], en el sistema electrónico hay ahora millones de personas que realizan decenas de millones de horas de trabajo produciendo no-mercancías fuera de la fábrica. El sistema electrónico ya no es como el sistema mecánico que era la base necesaria para el comunismo: ya es un “ensayo de comunismo” en esta sociedad[17]. Ya no es solo una “causa final” como la que, deseada y proyectada, informa nuestro comportamiento en su realización: directamente, independientemente de la voluntad de los hombres, la forma de hacer información, buscarla y distribuirla ya nos sumerge en el mundo del no-valor.

Hemos visto que en todas las sociedades, por muy desarrolladas que estén, existe una necesidad vital de información. Y en cuanto esta necesidad se estabiliza, surge más necesidad. En cuanto la hominización lo permite, se desarrolla el lenguaje. Es inevitable: el hombre es un ser neoténico, demasiado débil para sobrevivir en un entorno hostil y, por tanto, obligado a compensar con el cuerpo social lo que le falta al cuerpo individual. Para organizar colectivamente una defensa o una caza, la información es fundamental. Necesitamos llamadas, señales, un comportamiento codificado. Se ha investigado mucho sobre el comportamiento del hombre como ser social que, para compensar su falta de colmillos, garras, cuernos, fuerza o velocidad, debe utilizar la inteligencia y la acción colectiva. El anarquista Kropotkin habló de mutualismo[18], el escritor London de colaboración[19], el entomólogo Wilson señaló, dentro de la teoría darwiniana de la evolución, la “selección multinivel”, no solo dada por el factor biológico:

Hoy en día es crucial saber que la competencia del individuo por los recursos y por el apareamiento es tan importante como su interés por su propio grupo. Dentro de un grupo a menudo prevalecen los individuos egoístas. Pero en una competición entre grupos, las organizaciones basadas en la cooperación prevalecen sobre las colectividades compuestas por individuos egoístas. Y esto es tan cierto para los insectos como para los humanos.[20]

En todos estos casos, y se podrían mencionar decenas, la información es un elemento vital. El hombre comienza a una edad muy temprana a diseñar su propia existencia, destacando de hecho, como dijo Marx, la diferencia entre la abeja y el arquitecto. Esta diferencia radica en la calidad de la información que los individuos sociales se transmiten entre sí poniendo en práctica los canales específicos de transmisión (de uno a muchos) y recepción (de muchos a uno) de los que ya hemos hablado. En el curso de la hominización, la actividad productiva y el lenguaje coevolucionan, y la cantidad de información intercambiada aumenta exponencialmente. Ya hemos tratado varias veces el importante trabajo de Engels sobre la transformación del homínido en ser humano. Partiendo de esa pista, hemos ampliado nuestra investigación hacia estudios recientes sobre la instrumentación prehistórica, con especial atención a la función de las “herramientas” líticas que no muestran signos de uso. Algunos paleontólogos deducen que, en la relación mano-cerebro-lenguaje, sirvieron para desarrollar las zonas del cerebro dedicadas al lenguaje (deducción demostrada posteriormente por la reconstrucción informática de cráneos con las huellas de estas zonas). Si tanto la interpretación de Engels como la reciente comprobación son correctas, está claro que, al hablar de evolución, debemos suponer que también se aplica a las formas de transmisión y recepción de la información. De hecho, la metamorfosis de los signos, ya sean verbales, gestuales o gráficos, es particularmente evidente en lo que llamamos “arte” paleolítico, donde se superponen las representaciones naturalistas y los signos gráficos abstractos. Estos signos, junto con los encontrados en pequeños artefactos, generalmente de hueso o cuerno, demuestran que servían para transmitir información distinta de la comunicada verbalmente. Sin duda, las figuras naturalistas de animales solo podían leerse mediante la interpretación, pero con mayor motivo los signos abstractos debían “leerse” según un código que representaba una compresión de lo que era comunicable mediante el habla.

Es cierto que, para expresarse en la cultura material y transmitirse de generación en generación, tales sistemas requieren la adquisición previa de un lenguaje oral articulado. En efecto, la lengua es el único sistema de comunicación que posee intrínsecamente un metalenguaje capaz de permitir la creación y transmisión de códigos gráficos simbólicos. Pero una vez creados, estos sistemas, aunque mantengan una relación muy estrecha con el lenguaje, responden a reglas propias que es esencial comprender.[21]

Una sociedad sin memoria está muerta

Comprender estas reglas es fundamental para quienes intentamos descifrar esos “sistemas de notación”, pero también para quienes utilizan esos sistemas, “escribiendo” y “leyendo”, ya que para escribir una notación comprimida se utiliza un código que también debe conocer el lector. Desde este punto de vista, todo sistema de notación compartido es escritura. Y toda escritura es una memoria artificial que puede leer cualquiera que tenga la clave interpretativa. Pero lo que más nos interesa es el hecho de que la escritura/lectura empiece a vivir con sus propias reglas, que se desvinculan de las del lenguaje hablado sin dejar de representarlo. Este proceso de autonomización es, al fin y al cabo, lo que permite al hombre elevarse por encima de la transmisión oral, que es de uno a uno, y llegar al lenguaje gráfico, que es de uno a cualquier número. La transición se caracteriza por una evolución importante: al principio, los signos grabados, en particular las hendiduras intercaladas en grupos sistemáticos como una especie de código de barras, son legibles tanto por el tacto como por la vista; más tarde, los signos se hacen más finos y más numerosos, por lo que solo son legibles por la vista. En ese momento, la memoria depositada en la materia ha completado su trayecto evolutivo. Ahora solo queda pasar a la escritura propiamente dicha.

Mientras que en el caso de las representaciones “públicas” en las paredes rocosas de los abrigos o cuevas encontramos cierta analogía con las señales, viarias o no, es decir, la señal de uno a muchos que indica una prescripción (permitido, prohibido, obligatorio), con los sistemas de notación “portátiles” y completamente abstractos, como las matemáticas ancestrales, tenemos con razonable certeza un sistema de información gestionado por unos pocos individuos en un embrión de especialización. Aunque se trate todavía de una división del trabajo técnica y no social, en la sociedad paleolítica se desarrolla un sector específicamente dedicado a la información, que se convierte en un alimento vital cada vez más complejo orientado al conocimiento. Evitamos deliberadamente llamar “primitivos” a estos elementos de la actividad social antigua en la medida de lo posible. Los signos diversamente intercalados y orientados pueden contener mucha más información de la que podemos imaginar a partir de nuestras formas actuales de comunicación. La sociedad tardía de los incas, por ejemplo, no conocía la escritura, pero estaba admirablemente organizada sobre la base de la información almacenada por los quipu, bandas que se llevaban alrededor de la cintura de las que colgaban cuerdas anudadas de diversos colores. El color, la posición y el tipo de nudo formaban una especie de matriz binaria de la que se podía obtener información por comparación con una realidad dada. Para contar, había nudos que representaban los números del 1 al 9, más el cero, que era la ausencia de nudo (para los cálculos, se utilizaban más a menudo ábacos sobre tablillas cuadriculadas). Existen varias teorías sobre el funcionamiento de la notación inca, algunas de ellas bastante divergentes, pero lo cierto es que esta memoria/escritura tenía la misma función que las tablillas mesopotámicas. De hecho, cada quipu era desechable: se mojaba, se secaba al sol, se coloreaba y se impregnaba con sustancias adhesivas. Una vez cumplida su función, se destruía o, más a menudo, se archivaba.

El mundo inca se extendía desde la actual Quito en Ecuador hasta Santiago en Chile (hoy 5.200 km de carretera), estaba densamente conectado por 30.000 km de caminos que permitían una comunicación rápida mediante carreras de relevos entre mensajeros bien entrenados (chasqui). Los incas no conocían el caballo y no utilizaban la rueda, aunque la tenían, pero los mensajeros se las arreglaban para mantener informada a la red de administradores y al centro moviéndose a una velocidad media de 150 km al día, las 24 horas del día. Cada mensajero recorría una media de 20 km, dejando la bolsa con el quipu al siguiente. Los invasores españoles comprendieron enseguida la importancia del sistema de información y comunicación inca para la supervivencia de aquella sociedad y lo prohibieron destruyendo todos los archivos. Veinte millones de seres humanos se encontraron inmediatamente sin memoria histórica, un hecho que probablemente tuvo más efecto que las terribles armas y enfermedades.

En una sociedad en fase aún orgánica (y con mayor razón en una sociedad comunista desarrollada), la entidad social que recoge, almacena y distribuye la información tiene un papel análogo al del genoma, depositario de la información para toda la especie. En una sociedad dividida en clases, especialmente en la más poderosa y mortífera de todas, el capitalismo, la entidad única o múltiple que maneja la información lo hace para una sola clase dentro de la especie, y esto nunca ha ocurrido en la naturaleza. Es necesario volver, con los medios y conocimientos acumulados mientras tanto, al sistema orgánico original, eliminando la monstruosidad de un cuerpo social que entrega su código genético en propiedad a una sola clase, la cual por cierto es solo una pequeña parte comparada con el todo.

Con la consecución de la fase suprema del capitalismo, la formulación «la ideología dominante es la de la clase dominante» se convierte en «la ideología dominante es la que permite al capital sobrevivirse a sí mismo». La especie humana en estas condiciones es accesoria, del mismo modo que una población de veinte millones de seres humanos privados de su razón de existir se convirtió en accesoria.

Sociedad, conócete a ti misma

El salto a la nueva sociedad implicará la aparición de una nueva entidad depositaria del código genético (o memoria, información, etc.). No será simplemente la evolución de una entidad existente, sino que será su metamorfosis total. No será el Estado, que avanzará hacia su autoextinción. No será el partido político de la revolución, que ya no tendrá razón de ser en ausencia del partido burgués al que combatir (partido = parte de un todo que se opone a la otra parte). No será algún órgano intermedio tipo consejo o sindicato, puesto que habrán desaparecido los extremos de los que ser el elemento intermedio. Será, en lugar de todo esto, una nueva entidad que ocupará el lugar del partido político para manifestarse, con el conjunto de la sociedad, como otra cosa, es decir, como el representante pleno de la especie. Y, por supuesto, podrá hacerlo porque ya habrá sido otra cosa en la sociedad moribunda. Este camino no se da en absoluto por sentado en el ámbito “marxista”[22].  El lenguaje que utilizamos hoy en día sigue contaminado por términos cuyo significado está desgastado debido a una contrarrevolución que ha durado décadas. Huelga repetir lo que realmente debe entenderse por comunismo, partido, orgánico, revolución, etc. Mejor hagamos un esfuerzo por rechazar las definiciones luogocomunistas[23]. Es fácil comprender que existe una diferencia entre la sociedad comunista y cualquier otra forma social, pero suele comprenderse mucho menos que la diferencia principal no consiste en la socialización de los medios de producción y similares, sino en reanudar el camino, allí donde había sido interrumpido por las sociedades de clase, para acumular la energía necesaria para el salto al comunismo desarrollado. Hemos visto que la sociedad comunista originaria que había alcanzado su punto máximo de eficacia se encontraba en un equilibrio óptimo en relación con el grado de desarrollo y de intercambio metabólico con el entorno; y que, en lo que respecta a la información y la comunicación, ya había producido todos los elementos que heredarían y potenciarían las sociedades posteriores. Ahora debemos ver cómo estas sociedades procesaron la información y la comunicación, elevándolas (inconscientemente) al nivel de la sociedad comunista desarrollada.

Con la escritura, la organización y el uso de la memoria y la información se vuelven tan poderosos que influyen en toda la sociedad, dándole forma. La notación cuantitativa inherente a la producción y distribución conlleva inmediatamente la necesidad de cálculo, y la escritura se convierte en algo más, se convierte en matemática, que a su vez induce niveles de abstracción cada vez más altos, como demuestran las tablillas mesopotámicas y los ostraca egipcios, que muestran cálculos complejos. Otro aspecto de la capacidad de abstracción es el lenguaje filosófico, que originalmente era inseparable del resto del conocimiento e incluía el mito, hasta el nacimiento de la religión. En el momento en que llegamos a este punto, el lenguaje, con todo lo que transmite, ya se ha vuelto profundamente autónomo, viviendo una vida propia. Y puesto que en este punto existen las clases, el lenguaje, el conocimiento, la información y la comunicación se convierten en la jaula dentro de la cual la ideología dominante encierra a la sociedad, que ahora solo puede creer firmemente que vive en un mundo que nunca cambiará, que como mucho puede mejorarse. Hasta, por supuesto, la próxima ruptura revolucionaria y el advenimiento de otra sociedad de clase.

Mientras que la sociedad comunista originaria utilizaba su autoconocimiento para ponerse en equilibrio con la naturaleza, o mejor dicho, en la naturaleza, las sociedades de clase utilizan el conocimiento alienado para evitar el equilibrio y crecer cuantitativamente a expensas de la naturaleza. Por eso su equilibrio termodinámico es tan negativo que las lleva al colapso tras alcanzar un pico de desarrollo. Del mismo modo que utilizan toda la energía para crecer, utilizan toda la información para defenderse tecnológica y políticamente de la amenaza del colapso. Evidentemente, identifican al enemigo en las clases explotadas, ya que se rebelan contra las condiciones en las que se encuentran. Y así es natural que toda la información se dirija a consolidar la ideología de la eternidad de las clases y de la explotación.

La sociedad comunista originaria no tenía necesidad de mistificación y ni siquiera podía imaginar dotarse de un sistema de información especial para consolidarse. Era estable y equilibrada y, por tanto, estaba indefensa ante la emergente sociedad clasista. No se extinguió en absoluto, fue barrida por una ola expropiadora de violencia sin precedentes, y allí donde esto no ocurrió se transformó en la forma homeostática sin propiedad privada pero con división social del trabajo y protoestado (la llamada forma asiática y sus variantes).

Nada de esto era “querido” por nadie, aunque, por supuesto, en algún momento empezaron a aparecer en escena los intereses económicos y políticos de las clases ahora poseedoras. En este proceso evolutivo Marx identifica dos elementos que representan la bomba de relojería que ha hecho estallar todas las sociedades que han existido hasta ahora y que hará estallar aún más la capitalista: el desarrollo de la fuerza productiva social y el crecimiento cuantitativo. El primero no tiene límites teóricos; el segundo es, por su propia naturaleza, exponencial y, por tanto, necesariamente limitado en el tiempo. Cuando el crecimiento cuantitativo se atasca, el desarrollo de la fuerza productiva social se ralentiza y toda la superestructura política participa en el freno. En el punto en que ambas curvas se cruzan, estalla la revolución, haciendo estallar toda la sociedad. Mientras que el proceso material puede seguirse con los criterios de la ciencia, el proceso político debe abordarse teniendo en cuenta que la ciencia no puede hacerse sobre la base de lo que una sociedad dice de sí misma. Esto dice el pasaje, tan famoso como poco digerido en su extraordinaria sencillez y poder heurístico, que leemos en el prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política. [22]

Algunas observaciones: 1) el proceso evolutivo material y cualitativo de la fuerza productiva social es común a todas las sociedades, desde la sociedad comunista originaria hasta la futura sociedad comunista; 2) el proceso evolutivo político e ideológico, que no debemos permitir que interfiera en el análisis científico, tiene mucho que ver con la información y la comunicación; 3) si la ideología dominante es el resultado del proceso material de producción y reproducción capitalista, el resultado del modo de producción comunista implicará una revolución en el campo del conocimiento y la información.

La antigua sociedad comunística se conocía a sí misma, pero no tenía defensa contra la aparición de su enemigo mortal. La sociedad moderna dispone de milenios de experiencia aterradora. En relación con el poder productivo, el capitalismo es la forma social menos capaz de autorregularse y planificar su propio futuro pero, paradójicamente, es la que ha acumulado más recursos potenciales para hacerlo. De hecho, solo con la maduración del capitalismo se han preparado los medios definitivos para pasar del reino darwiniano de la necesidad al reino superior de la libertad. Es decir, para pasar de las cadenas causales incontroladas de la naturaleza a esquemas previstos e implementados.

De la información al derecho: los antecedentes del Estado

La información emitida por un grupo humano influye en otros grupos. El contacto entre grupos con códigos lingüísticos diferentes puede producir una amalgama o, por el contrario, una división más profunda. Es natural que los grupos pequeños no tengan necesidad de dotarse de un Estado. Según el mito y la historia, apoyados en pruebas arqueológicas, este último es el resultado de agregaciones en torno a un polo de atracción, que en algún momento se desarrolla en sentido urbano. Sin embargo, el desarrollo urbano es una condición necesaria pero no suficiente para el desarrollo estatal. Los Estados nunca han existido sin ciudades, mientras que han existido sociedades urbanas muy prósperas sin Estado.

El papel de la lengua y de la información es, obviamente, decisivo para el desarrollo de entidades “nacionales”: una nación debe caracterizarse, al menos, por una misma lengua y unas normas de vida no demasiado diferentes, de modo que pueda referirse a un “código” compartido. En el curso de la formación nacional, grupos humanos heterogéneos, movidos por intereses básicos, entran en contacto mediante formas distintas que producen resultados diferentes:

1) en presencia de códigos incompatibles, es decir, no comprendidos por los miembros de los grupos, se desencadenan factores destructivos, y una agregación solo puede tener lugar mediante una guerra con relativa eliminación o asimilación de los vencidos;

2) en presencia de códigos similares, por tanto compatibles, es decir, comprendidos por los miembros de los grupos, se producen fenómenos de crecimiento gradual hasta un límite regulado por procesos homeostáticos;

3) en presencia de códigos diferentes pero compatibles, es decir, comprendidos, se hace posible el crecimiento sincrético, por el que las diferencias colman las lagunas (ósmosis social) y los conocimientos se agregan, produciendo un aumento del poder económico y militar.

Por difícil que sea trazar esquemas rigurosos sobre los hechos sociales, observemos que, grosso modo, los tres puntos pueden asemejarse a otros tantos ejemplos históricos: 1) la Horda Mongola; 2) el antiguo Egipto; 3) el Imperio Romano. Elegimos a propósito tres ejemplos absolutamente inconfundibles para dar una idea de lo íntimamente relacionada que está la información emitida por una forma social con su estructura; incluso sin saber nada de las tres civilizaciones, cualquiera ha registrado sin duda el mensaje que emanan sin posibilidad de confusión: estepas, caballos, galopes; finísima civilización fluvial; poderoso imperio total. Por qué leyes se regían sus respectivos sistemas es casi deducible de la estética que emanan: fuerte carácter tribal la primera, estabilidad milenaria la segunda, estado de derecho la tercera. Por supuesto, los tres procesos de formación nacional no fueron en absoluto tan lineales, sino mucho más conflictivos, cada uno con una considerable superposición de caracteres, pero es fácil ver que los factores evolutivos más prometedores desde el principio fueron los que dieron lugar al tercero. El sincretismo romano, la capacidad de absorber todo de los pueblos vecinos, asimilados o subyugados, a cambio de la romanidad, hizo poderoso al Imperio. La parábola sobre el poder gratuito de la información es bien conocida: «si dos hombres intercambian euros por dólares, la suma total no cambia. Si, por el contrario, intercambian información, la suma total se duplica».

¿De dónde procede la duplicación? Del hecho de que en el intercambio no se enajena la información de todos. El conocimiento aumenta el conocimiento, y esto tiene implicaciones materiales en las tecnologías, los métodos, la organización. Entre tantos códigos diferentes, unidos bajo un mismo principio unificador, se necesita un código de traducción. El lenguaje se complica, la información empieza a necesitar sus especialistas. En las sociedades antiguas, incluida la griega y excluida la romana, no existía un cuerpo de leyes, ni un código de referencia, por lo que los órganos de coordinación no disponían de una “magistratura”, y el juicio sobre las faltas era variable, caso por caso. El derecho medieval también se basaba en colecciones de costumbres. Sin embargo, en una sociedad tan compleja y vasta como la romana, el código traductor unificador se convirtió en la ley escrita, y este tipo de información, heredada, memorizada, transmitida y utilizada de forma ejemplar y pragmática, pasó a ser esencial para la vida del Estado.

Con Roma llegó un largo viaje. Los organismos centrales de cada forma social siempre necesitaron dar a conocer las reglas para el buen funcionamiento del conjunto más o menos complejo. Sobre este sistema nervioso de las sociedades se fundó gradualmente el poder de las clases que llegaron a ser tales y luego dominantes. La evolución del Estado desde sus embriones fue a la par que la de la escritura, la información y la comunicación. El primer documento llamativo de este camino es el Código de Hammurabi. Su importancia no reside en el hecho de que enumere meticulosament