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Biblioteca Camatte, Jacques Revolución alemana

Jacques Camatte: «El KAPD y el movimiento proletario» (1971)

Prefacio de 1987

 

Volver a publicar los textos tomados de Invariance de la serie II, nº 1 en lo concerniente a El KAPD y el movimiento proletario, y de la serie I, nº 7 y 8 en lo concerniente a los demás textos, no tiene sólo un objetivo inmediato, hacerlos disponibles a los lectores interesados, sino un objetivo más lejano: servir de materiales para una actualización sobre la cuestión del vasto proceso revolucionario, actualización que haremos más adelante. En efecto, en 1989 será el bicentenario de la revolución francesa, así como el centenario de hombres como Bordiga, Hitler o Wittgenstein. Se cumplirán entonces cuarenta años desde que los comunistas llegaron al poder en China. No es que queramos exaltar el tiempo al preocuparnos por estos aniversarios, sino que queremos servirnos de ellos como puntos de referencia para fundar nuestra afirmación de que el proceso revolucionario ha terminado definitivamente.

Los otros estudios sobre el movimiento proletario son[1]:

—Les caractères du mouvement ouvrier, serie I, n° 10

—Bref historique du mouvement de la classe prolétarienne dans l’aire euro-nordaméricaine des origines à nos jours, serie I, n° 6

—Le mouvement prolétarien dans les autres aires: les révolutions coloniales, serie I, n° 6

—La gauche communiste d’Italie et le parti communiste international, serie I, n° 9

—Prolétariat et révolution, serie II, n° 6

—Prolétariat et Gemeinwesen, serie III, n° 5-6

—À propos de la dictature du prolétariat, suplemento de 1978.

Glosario

AAU:     Allgemeine Arbeiter-Union (Unión General de Trabajadores)

AAUD:  Allgemeine Arbeiter-Union Deutschlands (Unión General de Trabajadores de Alemania). Fundada en febrero de 1920

BO:       Betriebs-Organisation (Organización de Empresa)

GIC:      Groep van Internationale Communisten (Grupo de Comunistas Internacionales). S. Bricianer proporciona indicaciones interesantes sobre este grupo holandés en su libro Pannekoek et les conseils ouvriers, EDI (ver pág. 259 y ss.)[2]

IC:         Internacional Comunista. Fundada en 1919

IKD:      Internationale Kommunisten Deutschlands (Comunistas Internacionales de Alemania). Grupo fundado a finales de 1918 a partir de Internationale Sozialisten Deutschlands (Socialistas Internacionales de Alemania), que comprendía a los militantes del grupo de Bremen, que publicaban el Arbeiter Politik (Política Obrera), y cuya organización fue la primera en romper con el SPD, lo que supuso la salida del grupo de Berlín que publicaba el Lichtstrahlen (Rayos de luz), el cual rompió también con el SPD. Estos grupos no compartieron la actitud del Spartakusbund al adherirse éste al USPD. Por su parte, el Arbeiter Politik retomaba las posiciones de Pannekoek y fue el primero en avanzar la idea de crear una organización unitaria (junio de 1917). El grupo de Hamburgo estaba muy influido por los IWW (Industrial Workers of the World) de EEUU

IS:         International Situationniste (Internacional Situacionista)

KAI:      Kommunistischen Arbeiter-Internationale (Internacional Comunista Obrera). Fundada en 1922

PO:        Potere Operaio (Poder Obrero). Movimiento italiano nacido a finales de 1960

SDS:      Sozialistische Deutsche Studentenbund (Federación de Estudiantes Socialistas Alemanes). Fundada en 1946 y disuelta en 1970

SPD:     Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido Socialdemócrata de Alemania). Fundado en 1875

USPD:  Unabhängige Sozialdemokratische Partei Deutschlands (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania). Fundado en abril de 1917

VKPD:  Vereinigte Kommunistische Partei Deutschlands (Partido Comunista Unificado de Alemania). Fundado en diciembre de 1920

 

El movimiento obrero alemán del siglo XX —sin incluir al partido comunista oficial prosoviético— tiene la particularidad de ser calumniado o ensalzado sin ser conocido[3]. Su conocimiento y su justa apreciación son sin embargo esenciales para comprender la historia de este siglo y ser capaz de discernir las características fundamentales del movimiento proletario internacional que comienza a manifestarse los últimos años.

El partido comunista de Alemania (KAPD) es una de las corrientes más interesantes del movimiento obrero alemán. Es el punto de llegada de un proceso de ruptura del proletariado con la socialdemocracia que se produce desde finales del siglo XIX y que se amplificó con la acción de la guerra y la revolución rusa. Esta última había visto la generalización de una forma política nueva aparecida en 1905, el soviet (o consejo). Asimismo, el movimiento revolucionario alemán se manifestó mediante la constitución de consejos de marinos y soldados, primero en Kiel y más tarde en toda Alemania. Pero la generalización de una forma de organización más o menos superficial, el consejo, contribuyó en un primer momento a ocultar el fenómeno profundo: el intento de encontrar un comportamiento que fuera realmente proletario y comunista y que fuera más allá de las viejas formas legadas por un estadio en que el proletariado estaba poco desarrollado[4].

Sin embargo, lo que iba a mantenerse en la apariencia era el fenómeno superficial, la reivindicación de los consejos que pudo imponerse más tarde con la del partido. Lo que se mantendría al final sería la imagen de un partido comunista alemán con todas sus debilidades, sus incertitudes, sus torpezas, mientras que el fenómeno profundo sería ocultado, enterrado, casi aniquilado. Es así cada vez que la victoria no puede ser alcanzada; se colma así toda ruptura (brecha) momentánea en el ciclo de las luchas de clase. Por ello mismo, antes de presentar las posiciones del KAPD en relación con el movimiento proletario actual, es preciso hacer un breve relato histórico.

Con la fundación del partido comunista alemán (KPD) se produce la unificación de las diferentes corrientes de izquierda del proletariado alemán: Spartakusbund, IKD (Comunistas Internacionalistas de Alemania) que agrupaba sobre todo a los militantes de Bremen, Berlín y el grupo de Hamburgo. Si los sindicalistas están fuera, sin embargo no están realmente excluidos sino que guardan relación con estas corrientes[5]. En el congreso fundacional del KPD, el movimiento parece superar el pasado y plantear las cuestiones reales del presente.

1º Ruptura con la práctica del parlamentarismo que se encuentra un poco por todas partes en Europa y, por tanto, la negación de la democracia burguesa, fenómeno en acto, pero con una amplitud variable, en los principales países de Europa y en EE.UU. Al darse cuenta los revolucionarios de que es necesario que el movimiento obrero luche con sus propias armas y que no se enfangue en el parlamento, campo de arenas movedizas donde todo parece posible pero donde toda voluntad revolucionaria se ve arrollada por el movimiento del capital.

2º El rechazo de la utilización de los sindicatos es más específicamente alemán, sobre todo todo por su agudeza. Ello se debe al fenómeno de extraordinaria integración del sindicato, el cual, con la excepción de los sindicalistas revolucionarios de la FAUD, había firmado pura y simplemente un tratado de paz con la patronal. La condición previa a toda acción revolucionaria implicará entonces el abandono del sindicato. De ahí el vasto movimiento espontáneo de trabajadores que salían de los sindicatos, movimiento que encontrará una estructuración, una afirmación positiva gracias a la revolución rusa en que aparecieron los soviets. El movimiento alemán les tomó prestada la forma, incluso si no correspondían a la realidad alemana.

Sea como sea, a finales de 1918 —en el Congreso del Partido Comunista de Alemania (KPD)— se podía ver la victoria de la izquierda y el movimiento de radicalización que recorría a la clase obrera, aunque ralentizado por la fuerza del SPD y del USPD, lo cual permitía pronosticar un refuerzo de la corriente comunista con una toma de conciencia más clara del momento histórico preciso que vivía el movimiento obrero mundial allí donde el capital se presentaba en su forma más acabada, en Alemania. Sin embargo, desde 1919 en el Congreso del KPD en Heidelberg, el movimiento comunista sufría su primera derrota: la expulsión del KPD de todos aquellos que rechazaban el parlamentarismo y los sindicatos, quienes se encontraban ahora fuera del partido que habían creado ellos mismos. Ello quería decir que no eran el elemento determinante, dirigente; ya no tenían ventaja. Se había producido un parón en el proceso de unificación de los revolucionarios; había que volver a comenzar desde una nueva base.

La derrota de Heidelberg es sólo el eco de la de enero de 1919 (muerte de R. Luxemburgo, Liebknecht y una multitud de obreros, los mejores elementos del momento) y de las jornadas de marzo de 1919. Desde entonces, prevalecerá la posición moderada que afirmaba que la revolución había sido tumbada a partir de ese momento y que era necesario volver a los viejos métodos para recomponer el proletariado. Esta es la posición de Lévi —quien preveía la crisis para 1926—, sostenida completamente por Radek como portavoz oficial en Alemania de la corriente rusa en la IC. Rusia necesita ayuda para aflojar la cuerda que le asfixia, una Alemania lanzada contra el tratado de Versalles es una aliada objetiva y, por otro lado, una reconstrucción de Alemania, de su industria, debía conducir a un refuerzo de su proletariado, creando así las mejores condiciones para un asalto posterior. Lo que cuenta, ya que no se puede tomar el poder, es reforzar una corriente favorable a la Unión Soviética presionando al gobierno alemán para lanzar a Alemania contra la Entente. En cierto sentido, es necesaria una «unión sagrada» de todo el proletariado —evidentemente para apoyar al Estado socialista de Rusia—, de ahí la práctica desde finales de 1919 de la «carta abierta» (del KPD) a todas las «organizaciones obreras» para luchar juntas contra el capitalismo —primera manifestación táctica del «frente único».

Sin embargo, dada la importancia del KAPD en sus inicios, la de la AAUD (Unión General de Trabajadores de Alemania), de la FAUD (Unión Libre de Sindicatos Alemanes), no queda aún claro que la exclusión de la corriente de izquierdas del KPD aparezca como primera derrota y constituya así la eliminación de la izquierda y el freno al proceso de constitución del proletariado en clase sobre la base del desarrollo alcanzado por el capital en Alemania a principios de siglo.

El Congreso fundacional del KAPD tuvo lugar en abril de 1920, después del de la AAU (febrero de 1920), en un momento en que en Rusia las tropas revolucionarias tomaban la ofensiva, tras haber vencido a las diferentes coaliciones reaccionarias, las cuales saldrán de Rusia y se aproximarán a Varsovia. Pero el hecho de que las tropas soviéticas se paren ante esta ciudad va a inhibir el fenómeno revolucionario internacional y estructurará la posición de repliegue de la Internacional Comunista en Alemania.

1920 ve la aparición de La enfermedad infantil de Lenin, que es el testimonio y la constatación de la imposibilidad de generalizarse de la revolución, de hacerse puramente comunista arraigándose en occidente. La revolución rusa va a volverse el punto de referencia y el partido bolchevique, el modelo de partido: primera bolchevización real. En otras palabras, por sus propias fuerzas los proletarios occidentales no han conseguido hacer la revolución; por otro lado, manifiestan posiciones que tienden hacia las afirmadas por el partido bolchevique, que le han permitido obtener la victoria; conclusión: es necesario ayudar a los proletarios occidentales ofreciéndoles un paradigma seguro. Deberán extraer su conciencia de la revolución rusa.

Rusia, país modelo de la revolución triunfante, fue un precedente teórico para la teoría del socialismo en un solo país. La enfermedad infantil de Lenin es la expresión de la no confluencia del fenómeno revolucionario del área eslava con el del área occidental; es al mismo tiempo el rechazo del fenómeno revolucionario occidental, que sin embargo estaba rompiendo con la socialdemocracia y por ello era más adecuado al comunismo. El conjunto de las posiciones de los comunistas accidentales se denuncia como anarquista, infantil, etc., se trate de las posiciones del KAPD, de las de la fracción abstencionista italiana, de los tribunistas holandeses, de S. Pankhurst, etc. Simultáneamente, la IC interviene para inhibir el desarrollo teórico que se planteaba como objetivo pensar realmente la revolución en occidente: se cierra el Buró de Ámsterdam y el de Viena ve reducida su actividad, mientras que Kommunismus, que exponía las tesis de las izquierdas, dejará de aparecer, al menos en parte, en 1922. Desde entonces, el KAPD es empujado a una posición defensiva teniendo contra él al SPD, al USPD y al KPD. El peso de la revolución rusa, el no apoyo de la IC y sobre todo la ausencia de un movimiento de envergadura en algún país que pudiera invertir el reflujo, es decir, la consolidación de la doble revolución rusa como revolución burguesa, todo ello va a aislar al KAPD y reducirlo a una secta.

Ante las primeras consolidaciones de la contrarrevolución, el KAPD no abandona. Intenta dar a conocer sus posiciones y hacerlas triunfar haciendo una dura crítica a los otros movimientos al interior de la IC. Esto le llevará a la ruptura con ella, a diferencia de los otros movimientos (salvo los holandeses y algunos grupúsculos como el de los búlgaros), los cuales o bien capitulan rápidamente aceptando en su totalidad la posición de Lenin,  o bien adoptan una posición de repliegue sin abandonar su posición crítica (oposición en teoría, aceptación en práctica). Así ocurre con la izquierda italiana (Bordiga se opuso a las tesis de Lenin sobre el parlamentarismo, pero aceptó participar en las elecciones, incluso en 1922 fue el representante de la IC en el Congreso del PCF en Marsella; cf. su discurso en el Congreso en Rassegna Comunista, nº 24-25).

En 1921 el III Congreso estructuraba la oposición irremediable entre comunistas occidentales como los kapedistas y las posiciones bolcheviques. El KAPD es rechazado y el mismo año triunfa la teoría del frente único. Desde ese momento, se hace posible la conversión estalinista de la IC, que se estaba volviendo realmente rusa, sumisa a las órdenes del PCR, y que verificaban bastante bien las aprensiones de R. Luxemburgo. El KAPD habría querido constituir una oposición al interior de la IC (hacer un entrismo de tipo luxemburguista), pero fue imposible. Así se desdibujaba toda discontinuidad cuya personificación en Alemania era el KAPD y en Italia, la fracción abstencionista. La unificación en Halle de la izquierda del USPD con el KPD, mientras que en Italia se lanzaba la ofensiva para la unificación del PCI con la izquierda socialista (los terzinternazionalisti), traducía la reabsorción del movimiento comunista en la vieja corriente socialdemócrata.

La ruptura del KAPD con la IC planteaba para algunos elementos implícitamente la necesidad de hacer otra organización revolucionaria. La KAI (Internacional Comunista Obrera) se fundará en 1922, pero al precio de una división (el mismo año) del KAPD en dos corrientes. Es de hecho en el congreso de septiembre de 1921, tras el fracaso de la «Acción de Marzo» (que parece jugar el mismo papel para el movimiento obrero alemán que la insurrección de Kronstadt para el movimiento obrero ruso[6]) y por tanto del alejamiento de la revolución (acompañado del cuestionamiento de la teoría de la crisis mortal del capitalismo), cuando se define una fracción que deseaba la creación de una nueva internacional lo más rápido posible y el rechazo de la participación de la AAU en las luchas salariales. De esta fracción nacerá la dirección de Essen del KAPD, que se consagró esencialmente al trabajo de organización de la KAI. Sin embargo, en el mismo seno de esta «dirección», se desligaría un grupo en noviembre de 1923: Kommunistischer Rätebund (Liga de los Consejos Comunistas), con una posición antintelectual contra el «poder ejecutivo» del KAPD sobre la AAU, lo que la acercará a la AAUE fundada en octubre de 1921 (en la que, por cierto, entraron la mayor parte de los militantes de la Liga tras su disolución).

La dirección de Essen constató con Gorter hasta qué punto era reformista el proletariado alemán, cómo la mayoría de los proletarios luchaban únicamente por reformas y por la reconstrucción (Aufbau), de ahí la necesidad de que al menos un grupo mantuviera firmemente los principios de la autoconsciencia del proletariado, para poder construir con la nueva actualización de la revolución el núcleo del movimiento de emancipación proletario[7].

Una parte importante de los miembros del KAPD (Essen) volvieron en 1925 al SPD y formaron dentro en 1929 un círculo revolucionario, Roten Kämpfer (Combatientes Rojos), que continuaron su actividad aún bajo el fascismo. El resto se retiró de la actividad política.

La dirección de Berlín, que se presentaba como la auténtica continuación de la tradición del partido, expuso en su congreso del 9-11 de septiembre de 1923 un segundo programa y se limitó a una crítica del KPD sin efectuar ninguna actividad notable. En 1927 se produjo una escisión debida a que la dirección de Berlín se había acercado al grupo que publicaba Entschiedne Linke (Izquierda Resuelta), formada por los excluidos del KPD, E. Schwartz y Korsch. La posición táctica de esta fracción se hacía así más «elástica», ya que utilizaba la posibilidad de intervención en el Reichstag que propugnaba a Schwartz, diputado en esta asamblea. El grupo de oposición publicó un periódico en que retomó la cuestión del antiparlamentarismo. A continuación, la importancia de la dirección de Berlín del KAPD disminuyó aún más. Sin embargo, algunos grupos sobrevivieron a la toma del poder de los nazis[8].

El movimiento de la AAU, cuya fundación como hemos señalado es anterior a la del KAPD, está ligado inseparablemente a este partido. Conoció también escisiones, la más importante es la que dio lugar a la AAUE (Organización Unitaria) en 1921 y que se debió a la cuestión de la relación entre la AAU y el KAPD. Los elementos que crearon la AAUE —en particular O. Rühle— rechazaban todo partido, ya que fuera el partido que fuera engendraría una burocracia y mantendría un oportunismo en las masas, oportunismo ligado a la existencia de los jefes. Algunos elementos rechazaron también la lucha por los salarios (como fue el caso del grupo escisionista indicado más arriba). La AAUE tuvo también escisiones y lo que quedó de ella se unificó con los elementos de la AAU en 1931.

*****

Podemos resumir las posiciones del KAPD de la siguiente forma: la crisis que atraviesa el sistema capitalista es su crisis mortal; puede haber pequeñas recuperaciones, pero no pueden ser más que momentáneas; nos encaminamos inexorablemente hacia el fin de la sociedad capitalista. Existe por tanto la posibilidad de una revolución, la cual no ha muerto con las derrotas de enero-marzo de 1919. Su permanencia está ligada al hecho de que se han reunido las condiciones objetivas de la lucha por la revolución. Faltan las condiciones subjetivas, el proletariado está dividido y cretinizado por la democracia burguesa, embrutecido por la dictadura militar. Sólo ha adoptado los soviets (consejos) de forma superficial y bastante inconsciente. Para reconstituir la fuerza revolucionaria son necesarias organizaciones nuevas que tiendan a superar inmediatamente la contradicción del viejo movimiento entre organización política y económica. Con este objetivo, las organizaciones de empresa deben remplazar a los sindicatos, principales bastiones del capital, de los que por cierto los propios obreros desertan. Es necesario un partido de nuevo tipo, no centralizado, no dirigente en un sentido leninista, que sea el centro de la recepción de las diferentes corrientes de pensamiento y de lucha que atraviesan la clase, que sea en cierto sentido su cerebro, el órgano que pueda proponerle el buen camino. Ante todo hay que organizar al proletariado en el lugar de producción, la empresa, para luchar contra el nuevo oportunismo consistente en utilizar las instituciones económicas en el marco capitalista. En lugar de dejarse absorber por la democracia burguesa, se debe tender más bien a producir acciones ejemplares que puedan ser el inicio para reformar la conciencia de clase, ya que el problema esencial de la revolución en Alemania es el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado (de ahí el apoyo dado a la «Acción de Marzo»). La acción directa que se preconiza y que, en algunos aspectos, puede recordar al anarquismo, muestra simplemente que la posición de los anarquistas era prematura (les faltaba la idea de organización). Una actividad semejante es tanto más necesaria cuanto que en Alemania el proletariado está solo, ninguna clase puede ser aliada suya.

En el plano internacional, los puntos esenciales son: Alemania, vista como el corazón de la revolución y como elemento determinante para la realización del comunismo a escala mundial. El otro elemento es Rusia, donde en un primer momento la revolución que la ha sacudido es saludada como una revolución socialista, después como una doble revolución y finalmente es caracterizada como una revolución burguesa. El KAPD afirma que en la URSS se desarrolla el capitalismo, lo que le lleva correlativamente a oponerse vivamente a la IC, considerada como un instrumento de esta revolución burguesa.

Si se comparan las diversas posiciones señaladas arriba con las de otras corrientes el movimiento obrero de la misma época y con lo que queda de él hoy, uno se da cuenta de a qué punto el KAPD avanzó las cuestiones esenciales del movimiento obrero occidental, cuestiones que no fue capaz de resolver ni teórica ni prácticamente. Por otro lado, aún se suscitan actualmente estas cuestiones y podemos constatar el retraso del pensamiento revolucionario en el hecho mismo de que no haya superado este estadio. En particular la mayoría de la corriente consejista, que toma del KAPD sólo lo que le permite oponerse al leninismo, no llega a aprehender la especificidad de este movimiento; a lo sumo es capaz de repetir, intentando reactualizarlo mágicamente, el sistema de los soviets, cuando en realidad se trata de comprender que todo esto está ligado a una fase bien determinada del movimiento obrero mundial. Para asentar esta última afirmación, vamos a confrontar algunas posiciones que hemos presentado aquí de forma resumida, con las de algunos grupos actuales[9].

Casi todos los revolucionarios compartían la idea de que la crisis que la sociedad capitalista atravesó en los años de 1917 a 1920 era la crisis final. La diferencia entre los kapedistas y el resto de elementos del movimiento revolucionario es que aquellos mantuvieron esta caracterización mucho más tiempo que los otros y, por otro lado, ahí estaba el fundamento mismo de su praxis y su teoría. El segundo programa del KAPD en 1924 estará dedicado en buena medida a esta cuestión; muchos kapedistas pensaban que el capitalismo era incapaz de regenerarse[10]. Esta posición era al mismo tiempo justa y falsa: justa, porque efectivamente hubo que esperar a la victoria del capital en 1945 para que superara por fin su crisis (25 años después, tenemos sólo los síntomas de la próxima gran crisis revolucionaria), y falsa porque el capitalismo se regeneró. No se trataba entonces de la crisis final. Por otro lado, el propio movimiento obrero estaba en crisis, incapaz de realizar el ataque decisivo a su enemigo mortal. O. Rühle, que se había separado desde 1920 del KAPD, fue uno de los pocos en darse cuenta del drama histórico, de la incapacidad del proletariado, y en 1924 escribía: «En Alemania, la revolución se ha perdido por mucho tiempo para el proletariado alemán»(Von burgerlichen Revolution zur proletarischen Revolution – De la revolución burguesa a la revolución proletaria).

Tras haber teorizado los periodos ascendientes, de prosperidad, crisis, estagnación, etc., Trotsky llegó a hacer el sensacional descubrimiento (en El programa de transición – programa de la IV Internacional, 1938), de que las fuerzas productivas habían dejado de crecer, lo que era aún un credo de la crisis final y permitía salvar su «teoría de la revolución permanente». Esto fue retomado por una gran parte del movimiento trotskista y, por otro lado, cuántas veces no se ha visto en los diversos periódicos grupusculares repetirse: ¡la crisis final del capitalismo dibuja su agonía mortal!

Lo esencial en el análisis económico de los kapedistas es su insistencia en situar la colisión proletariado-capital como algo fundamental para comprender el movimiento económico, cuando para Trotsky, por ejemplo, en el III Congreso de la IC, el análisis se hunde fácilmente en una fenomenología superficial. Así ocurre con la caracterización del paro; para los kapedistas, el paro existente no es simplemente el paro estructural, habitual, sino que es un paro buscado por la burguesía, un arma de la clase dominante para matar de hambre a los proletarios y así romper su resistencia; la economía es vista como el arma de clase fundamental en el combate proletariado-capital. De ahí se desprende, según los kapedistas, un nuevo antagonismo que se produce ahora al interior de la clase entre los que tienen un trabajo y los que no. Es evidente que la clase dominante encuentra en este antagonismo una ayuda eficaz. Más tarde, cuando el proletariado sea completamente derrotado, asegurar el trabajo a todos (y por tanto la resurgencia en una u otra forma del derecho al trabajo), fundar la sociedad o la república del trabajo será la solución para la integración del proletariado, reducido a su función de capital variable: el fascismo.

Sobre estos puntos, es innegable que el KAPD veía bien las cosas y en consecuencia el antagonismo ya indicado se afirmó de nuevo. De ahí también su voluntad, la de la AAU y más tarde la de la AAUE, de unificar a todos los proletarios en los BO (Betriebs-Organisation). Con ello se desvela aún más claramente el carácter reaccionario de la propuesta del frente único hecha por la IC, que significaba finalmente aceptar ponerse a remolque del proletariado y lo puso bajo el yugo del fascismo; correlativamente, toda apología, toda deificación del proletariado es el mayor obstáculo para el surgimiento de una clase revolucionaria.

Los kapedistas reconocían al capital otra solución, incluso la consideraban momentánea: que Rusia hiciera de válvula de escape para el capital, como lo declararon en el III Congreso de la IC, cuando resaltaron los peligros de la construcción del capitalismo en Rusia. Los kapedistas reconocían que los bolcheviques estaban en un impasse, pero no pensaban que fuera posible encontrar una solución revolucionaria quedándose en los límites de Rusia; no ponían en duda las medidas aplicadas por los bolcheviques. Sólo después del informe de Kollontai cambiaron de opinión[11]. A partir de entonces, su evolución fue rápida: les llevará a definir la revolución rusa como una revolución doble y más tarde como una revolución burguesa.

Trotsky no opone ningún argumento serio a los análisis de los kapedistas. Más tarde en el IV Congreso de la IC (1922), avanzará el argumento del monopolio del comercio exterior[12]. El desarrollo económico a escala mundial fue más fuerte que todas las garantías de las que hablaba Trotsky y, efectivamente, Inglaterra hizo uso de la válvula de escape rusa. A propósito, es bueno recordar toda la incoherencia de los revolucionarios de principios de siglo y su ruptura con la perspectiva de Marx, quien denunciaba la maléfica alianza anglo-rusa, eficaz desde antes de la revolución francesa, y que había abordado la revolución rusa como prólogo a la revolución en Europa. La destrucción de la Rusia zarista fue un debilitamiento considerable para la propia Inglaterra y, considerando los movimientos revolucionarios a escala continental, se podía prever un efecto de ruptura en el seno de la vieja Albión[13]. No se abordó esta relación y, forzados por los acontecimientos, los bolcheviques reforzaron al enemigo. La prueba de que esta relación no había sido claramente percibida reside en la política absurda de la IC ante el movimiento obrero inglés. Lenin quiso que el PC inglés entrara en el Partido Laborista para tener una mayor audiencia, para ir hacia las masas. Hacer esto implicaba tener una visión inmediata de las relaciones sociales y no tener perspectivas de una fuerte movilización en Inglaterra. Con ello, Lenin y la IC ahogaron la fuerza revolucionaria que estaba en proceso de delimitarse, de autonomizarse de las relaciones democráticas embrutecedoras, cretinizadoras (como más o menos lo señalaba ya S. Pankhurst[14]), en el movimiento reformista. La sacudida revolucionaria que hizo tambalearse a Inglaterra, cuando la revolución proletaria había sido frenada en la URSS y en la Europa continental, habría podido relanzar esta última, pero el comité anglo-ruso[15], coronamiento de toda la política de la IC ante Inglaterra, la salvó de la crisis revolucionaria.

Si el KAPD tenía razón al definir la revolución rusa como lo hizo, se equivocaba al considerarla inmóvil demasiado pronto, al negar las potencialidades que aún no habían sido agotadas. En efecto, hasta la segunda guerra mundial la sociedad rusa es inestable y su previsión no es absolutamente definitiva. No es que Stalin haya podido escoger, en todo momento, entre ir hacia el socialismo o ir hacia el capitalismo, pero los campesinos y los proletarios no estaban todavía completamente sometidos, de tal forma que un impulso que viniera del oeste, una crisis que afectara a la sociedad occidental, habría podido devolver el impulso al movimiento revolucionario proletario del área eslava. Tal fue la posición de Bordiga cuando analizó la experiencia rusa después de 1921[16].

Con la Segunda Guerra Mundial y la masacre de 22 millones de rusos, el capital obtenía por fin su gran victoria sobre el proletariado y los campesinos rusos. Desde entonces, la sociedad rusa ya no encierra posibilidades de cambiar su curso capitalista. Un ciclo se había terminado. Ahora las condiciones revolucionarias deben nacer del desarrollo mismo del capital.

Los kapedistas, obnubilados por su teoría de la crisis mortal del capital, no extrajeron todas las conclusiones implícitas de su determinación del rol de Rusia en el sistema capitalista. En otros ámbitos, esta determinación habría de ser fecunda. Así ocurrió con su parlamentarismo, con su rechazo de la democracia burguesa. Porque ahora las condiciones están maduras para la revolución, ya no es posible emplear los antiguos métodos del movimiento obrero. Pero esto no se colige de un análisis de la democracia, del parlamentarismo. El KAPD no encuentra por ello la posición de Marx, del comunismo como solución positiva, razón por la cual reivindicará él también una democracia obrera.

La posición de los kapedistas se parece a la de Lukács y a la de los comunistas belgas y suizos[17], para los que se debe abandonar el parlamento en cuanto aparecen los soviets. El KAPD constató la sustitución de las viejas formas de lucha por unas nuevas y justificó estas últimas por el hecho de que evitaban la dictadura de los jefes, la delegación de poderes, la corrupción. Ello permite tener una afirmación más proletaria, de ahí el añadido del calificativo obrero a la palabra partido, que es la causa de que a menudo se acuse al KAPD de obrerismo, sin la preocupación paralela de saber bien el porqué de este adjetivo. Es verdad que este añadido podía llevar a pensar que la revolución era un proceso que concernía únicamente al proletariado y que el partido debía ser sólo obrero, etc., pero la posición de los kapedistas no era en absoluto una simple resurgencia de la posición obrerista, de las «manos callosas». Sin embargo, quiso la ironía que fueran a menudo aquellos que se entregan más a la idolatría del proletariado los que hacen estas críticas.

La ruptura con el parlamentarismo viene acompañada por la ruptura con los sindicatos. La crítica hecha por el KAPD, Pannekoek, O. Rühle, etc., es la más decisiva[18], ya que evidencia hasta qué punto los sindicatos se han convertido en órganos integrados en el capitalismo, órganos de su Estado. Faltaba solamente la demostración rigurosa (aunque se intentó) de la inevitabilidad de un proceso semejante, dado que, por esencia, el sindicato es el órgano de la democracia social, ya que interviene en la decisión de cómo se reparte la plusvalía. Así se sitúa en el corazón del sistema: para discutir sobre el reparto de la plusvalía, es preciso que antes el proletariado la haya producido.

Un cierto número de corrientes llevaron la crítica más allá hasta rechazar el combate por el salario, posición peligrosa si se hace desde una pequeña corriente, porque invita a la demagogia de los aparatos existentes que intentan desacreditar todos los movimientos radicales diciendo que, en realidad, no buscan emancipación alguna del proletariado ni se preocupan por mejorar sus condiciones de vida. Hemos visto esta repugnante demagogia en mayo y junio de 1968 llevada a cabo por los dirigentes de organizaciones concentracionarias[19] como son el PCF y la CGT. Por otro lado, semejante reacción es típica de la clase dominante. Esta crítica puede significar también que los grupos que la afirman no han definido (o lo han hecho de forma muy poco sustancial)  simultáneamente el objetivo esencial actual: la destrucción del proletariado. Así, Tronti (teórico de Potere Operaio) afirma que es necesaria una nueva estrategia, que hay que negarse a «colaborar activamente en el desarrollo capitalista», rechazar «positivamente un programa de reivindicaciones». Hay que negarse a dirigir reivindicaciones al capital para no desarrollarlo (Operaio e Capitale, pág. 247 y 250)[20]. Paralelamente, debe «bloquearse el mecanismo económico, ponerlo en la imposibilidad de funcionar en el momento decisivo» (pág. 251). Desgraciadamente, ni Potere Operaio ni Tronti superan la contradicción: exaltación del proletariado-destrucción del trabajo.

Semejante forma de aprehender la cuestión no hace más que reconocer a posteriori que el proletariado fue el elemento motor en la dinámica del desarrollo del capital (hasta que la ciencia se enfrenta a este rol con la importancia que toma en el proceso de producción y el de circulación), la causalidad «estructural», la causa eficiente en cierto sentido. Con sus reivindicaciones, con su lucha, el proletariado obligó al capital a desarrollarse hasta que alcanzó su dominación real y ya no necesita este estimulante (punto de no-retorno); entonces su terrorífica realización cuestiona el futuro mismo de la especie. Por tanto, hay que destruir directamente el capital y, para eso, ya no se trata de pasar por el término medio de las reivindicaciones de reformas u otros cuentos del arsenal reformista; es precisa la eliminación del proletariado, ser real reificado del capital. Una afirmación así es incompatible con la deificación del proletariado hecha por Potere Operaio o Lotta Continua, o la Izquierda proletaria.

El antiparlamentarismo y el antisindicalismo del KAPD tienen como complemento el unionismo. El concepto fundamental de la teoría de este partido es la unión. Los kapedistas quieren unificar al proletariado, pero a un proletariado revolucionario, no infestado de democracia, no embrutecido por el militarismo. El lugar en que es proletario puede estar exento de toda influencia perniciosa es el lugar de trabajo. He aquí por qué hay que crear las BO (Betriebs-Organisations) y unirlas a continuación en unidades más amplias. Si el KAPD, la AAU o la AAUE privilegian el lugar de producción, es porque definen el proletariado por medio de la fábrica. «El trabajador es proletario en el sentido marxista sólo en la producción, en su rol de trabajador asalariado», adquiere su conciencia de clase en la fábrica. Pero fuera de ella, «existe, vive, piensa, actúa y se siente como un pequeñoburgués» (O. Rühle, Schriften,Rowolht Verlag, pág. 167. Encontramos casi literalmente la misma definición en su escrito de 1924 De la revolución burguesa a la revolución proletaria).

Nos encontramos aún encerrados en la apología de la producción y del trabajo. Ahora bien, el obrero es proletario porque no tiene reservas, porque está privado de medios de producción y por tanto de toda posibilidad de llevar a cabo una actividad si no es en una forma reducida, es decir, privada de una multitud de determinaciones: el trabajo asalariado. La empresa es el lugar en que se efectúa la posibilidad de su no posesión, de su despojo, de su enajenación. Solamente allí adquiere algo, un salario. Es así justamente como puede ser integrado. Es verdad que el entorno exterior a la empresa es el de la gran mistificación democrática. Sin embargo en la propia fábrica, aparte de la mistificación del salario, se desarrolla otra derivada del reforzamiento del capital: la aportación del proletario, la de su trabajo, es cada vez más inasible por la importancia considerable del trabajo muerto, y por la socialización del trabajo[21]. Es por ello que la búsqueda de garantías contra el empeoramiento creado por la atmósfera capitalista fracasa, incluso si se quiere, como propusieron algunos, llevar la democracia a la fábrica. Ese es el punto más débil evidentemente de la teoría del KAPD, lo que lo lleva a una ideología de productores. Es también ahí donde se manifiesta la derrota de la revolución alemana, que debía llevar rápidamente a la negación del proletariado y que, al contrario, como consecuencia del retroceso por haber perdido la primera batalla, ciertamente importante, de 1919, condujo a un repliegue del proletariado en la fábrica.

El KAPD da una definición del proletariado en tanto que obrero y lo exalta. Ahora bien, si el capital en su proceso vital es causa de la separación del trabajador de sus medios de producción, se vuelve justo después el elemento que permite la unificación, que ya no es unificación entre el trabajador individual y su herramienta parcial, sino entre el obrero colectivo y el medio de producción socializado. El intermediario valor-capital (Kapitalwert), como todos los intermediarios, se hace rápidamente preponderante y determina la nueva unidad en una medida distinta a la del punto de llegada del proceso, el capital se ha antropomorfizado y el trabajador se ha capitalizado. El salario es el elemento esencial de esta transformación mistificadora. Aparece como el certificado que acredita la unidad reencontrada hombre-medio de producción, ya que aparece como el pago no de la fuerza de trabajo, sino de la función ejercida por el obrero en un proceso de producción determinado.

Mientras que este proceso aún no ha llegado a su efectividad, los obreros tienen una acción absolutamente revolucionaria, incluso si inconscientemente sus objetivos no lo son, en el sentido de que la lucha contra el despotismo del capital lo obliga a perfeccionar siempre su dominación y, para hacerlo, es empujado a hacerse independiente de la fuerza de trabajo y por tanto a volverse el monstruo automatizado del que hablaba Bordiga al comentar el capítulo de los Grundrisse sobre el medio de trabajo y la maquinaria[22]. He aquí por qué las luchas sindicales tienen importancia no sólo para la mejora de las condiciones de vida de la inmensa multitud explotada, sino también por sus consecuencias indirectas.

Ahora para el área euro-norteamericana, el proletariado ya no puede ser revolucionario desde un punto de vista inmediato, puesto que ya no ha de desarrollar el capital y, paradójicamente, un aumento general de los salarios, si es favorable para la clase en esta zona, tiene consecuencias nefastas en los países con una composición orgánica más débil (que reciben el nombre de tercer mundo)[23].

Este es el lugar para precisar lo que decía Marx sobre el proletariado. Marx no afirmó in abstracto la naturaleza revolucionaria del mismo; declaró que el proletariado era revolucionario o no era nada. Se puede precisar más: durante todo un periodo, el proletariado fue la clase necesaria; ahora la persistencia de esta clase —sinónimo de la persistencia del capital— es un obstáculo para el devenir de la especie. La necesidad de esta clase no es verdad más que si se apunta a la destrucción de las clases, que sólo pueden desaparecer mediante la autosupresión del proletariado; la revolución comunista es todavía una revolución clasista.

La glorificación del proletariado en su realidad inmediata ha sido la ha hecho en cierto sentido Potere Operaio, que considera que se debe pasar del proletario al obrero porque «así el salto del proletario al obrero supone sobre el plano de la violencia social el paso de la revuelta a la lucha de clases» (Potere Operaio, nº 1?) Lo importante, sin embargo, en PO es el reconocimiento de que el proletariado debe luchar contra el trabajo, contra sí mismo.

El lado peligroso de esta apología del obrero y de su lugar de trabajo, la fábrica (esto se da ya cuando se cree necesario añadir el adjetivo obrero a la palabra partido o a la palabra poder) es que contiene el germen de la glorificación del trabajo y finalmente el punto de partida para una rescritura de la historia con el fin de conjurar en cierto sentido lo que se ha producido y, mágicamente, justificarlo. El capitalismo sólo existe porque hay dos elementos complementarios, capital y trabajo asalariado. Hasta ahora se ha puesto en primer plano el capital, que parece el elemento determinante (y se le hace aún más determinante). Ahora bien, es el proletariado el que produce la plusvalía que será capitalizada y por tanto se volverá capital. A partir de ahí, se pasa a una afirmación simétrica: hay que poner el trabajo en primer plano, el proletario (cf. Tronti). Es lo que ya pensaba Chalieu[24] cuando decía que Marx se había olvidado de mencionar la lucha de clases en su obra El capital[25]. Finalmente, esta posición no es más que un regreso a los socialistas ricardianos como Gray, Bray o Hodgskin que criticó Marx en particular en Miseria de la filosofía. No se trata de una simple reactualización. En Tronti se encuentra la comprensión a posteriori de la importancia de la clase obrera, su intervención política[26]. Por otro lado, los socialistas ricardianos teorizaban un devenir que deseaban: un desarrollo de las fuerzas productivas polarizadas en torno al trabajo; Tronti quiere reescribir la historia para dar a este deseo su realización.

Ya no se trata de tomar partido por uno u otro de los dos polos o aspectos del capital, se trata de destruirlos a ambos. En este sentido, la autonomización de la clase obrera es una reivindicación vacía si no se plantea en el devenir de la supresión de esta clase.

Los kapedistas, de la misma forma que R. Luxemburgo, no se ilusionaban por el estado de ánimo de los proletarios (de las masas, como se diría entonces), que era contrarrevolucionario y de cuya inmadurez hablaba R. Luxemburgo. No hay contradicción entre esta afirmación y la referida a su necesaria movilización para llegar a la revolución. Reconocer su espíritu antirrevolucionario es reconocer el triunfo momentáneo del capital. A partir de este diagnóstico y dado que las condiciones objetivas para la revolución están maduras en la opinión del KAPD, llegaban a la siguiente afirmación: hay que desarrollar la conciencia[27]; sólo se puede sacar a los obreros del cretinismo en que les ha hundido la democracia y el militarismo con actos ejemplares; de ahí la teoría de la ofensiva. A partir de unas premisas ligeramente diferentes, Lukács llegaba al mismo resultado:

He aquí lo que significa la ofensiva: sacar de su letargo a las masas proletarias mediante la acción emprendida de forma independiente por el partido, en el momento correcto, con las consignas correctas; arrancarles de su dirección menchevique por la acción (organizativa y, por tanto, no sólo cultural), cortar con la espada de la acción el nudo de la crisis ideológica del proletariado.[28]

Más de 40 años más tarde R. Dutschke, quien recoge esta cita, retoma su posición.[29] Añade incluso: «Revolucionar a los revolucionarios, tal es la condición necesaria para hacer revolucionarias a las masas»[30]. Esta posición era compartida por la SDS, por los estudiantes japoneses, el movimiento de izquierda de EEUU y ha sido teorizada por diversos elementos, a favor o en contra; cómo salir del impasse a partir del momento en que la clase obrera está bien integrada, ya que R. Dutschke analiza muy bien, sobre la propia base de la obra de Marx, este movimiento de integración. Como diagnóstico, su punto de vista es irrefutable. No se trata de hablar aquí del devenir del fenómeno, sino de establecer hasta qué punto los diferentes grupúsculos surgidos a partir de los años 60 encuentran su teoría y su praxis en la izquierda alemana de 1920. Por cierto que algunos son conscientes de ello y afirman incluso la necesidad de volver más atrás: «El sentido de esta tesis: es necesario que la oposición extraparlamentaria y antiautoritaria parta de donde partió hace cien años el movimiento de los trabajadores» (Bern Rabehl)[31].

Despertar al proletariado, intervenir enseguida, no preocuparse por la crisis, tal es también la posición de Potere Operaio, para quien la teoría de la catástrofe es reaccionaria. Propone la intervención subjetiva que supone la actualización de una táctica correcta, lo que le lleva a hacer una divinización de la política.

La única vía para bloquear el mecanismo económico, hacerle imposible funcional en el momento preciso, es el rechazo político de la clase obrera a funcionar como articulación de la sociedad capitalista. (Potere Operaio, nº 11)[32]

En Francia el movimiento 22 de marzo defendió esta posición retomando una teorización situacionista.

En esta toma de postura encontramos una subestimación del rol de la ideología y de la economía, actualmente completamente ligadas entre sí. La ideología se ha convertido en un fenómeno material o infraestructural esencial, la base de todo el sistema; desde el momento en que penetra en las masas, se vuelve una fuerza reaccionaria de primer orden[33].

Para destruir esta fuerza, no bastarán ni la emulación ni la propaganda populista, sino que es precisa una ruptura en la totalidad del capital: por ejemplo, cuando un gran número de hombres verifique el absurdo del trabajo, cuando se sienta la irracionalidad de todo el desarrollo científico porque la vida de cada uno se vea directamente amenazada, cuando el capital ficticio se haya autonomizado totalmente de su base y la sociedad-capital se hunda en una inextricable «confusión monetaria». Sin embargo, no todas las luchas actuales contra el capital son integrables en los esquemas de los diversos grupúsculos, que simplemente quieren utilizar la fuerza movilizada rechazando lo que la ha provocado por no ser político o por no amoldarse a los esquemas del marxismo-leninismo.

Puede decirse en definitiva que desde hace 50 años el discurso de izquierda se caracteriza por una combinación verbal y escrita de factores objetivos revolucionarios y factores subjetivos que no lo son: escolástica ilusionista que debe conjurar la muerte del viejo movimiento obrero[34].

Lo más destacable del discurso kapedista sobre la conciencia (como del de Potere Operaio o de la Internacional Situacionista) es que afronta una cuestión esencial. Más que por el pasado, el factor consciente es predominante en el proceso revolucionario aunque sólo sea porque la revolución proletaria es la que produce la conciencia (de las relaciones sociales y por tanto de todo el conjunto de la producción de la vida de los hombres) y sólo puede desplegarse mediante una apropiación simultánea de la misma. Pero la forma en que estas corrientes afrontan la conciencia implica que la aprehenden fuera de la clase y debe ser llevada a su interior, por ejemplo por medio de actos ejemplares (KAPD), de una táctica apropiada (PO) o mediante prácticas como el détournement[35] (IS). Pero la conciencia sólo puede ser producida a lo largo de su propio proceso: «La conciencia no puede ser otra cosa que el ser consciente, y el ser consciente del hombre es su proceso vital real» (Marx y Engels). De ahí que sea imposible pensarse fuera de la clase que debe conquistar la consciencia. Ahora bien, uno se pone fuera de ella en cuanto teoriza la necesidad de la organización para constituir la vanguardia[36].

La dicotomía de condiciones de la revolución impone para el KAPD la necesidad del partido, que es la vanguardia que debe «mantener segura la brújula» y, mediante su comportamiento, desarrollar la conciencia de clase, educar al proletariado. Sería equivocado sin embargo deducir de ello que el KAPD consideraba que la revolución podía hacerse únicamente por una minoría. El KAPD debía ser el elemento unificador, el operador de una unificación de masas. Es bastante curioso que en 1919 Radek y Levi se opusieran, en nombre de la vanguardia, a las concepciones de los que formarían el KAPD. Levi rechazó la posición de la izquierda alemana porque pensaba que pretendía remplazar «el claro discernimiento de la vanguardia de la clase obrera por el empuje caótico de las masas que entran en fermentación», y añade Radek: «el partido no debe ser la masa de comunistas inconscientes que se vuelven inteligentes después de una paliza, sino que debe representar la conciencia del proletariado».

De hecho, estas oposiciones que se invertirán más tarde derivan de una visión diferente del complejo proceso división-unión (separación-unificación). El KAPD se mantendrá en su posición: hay que romper con el viejo movimiento obrero; la unificación debe hacerse a partir de las nuevas organizaciones de las que se ha dotado el proletariado revolucionario, los BO, uniones, consejos. En cambio, la IC quiere romper e iniciar un proceso de separación a partir de unas consideraciones teóricas y políticas determinadas: las 21 condiciones[37]. Sin embargo, constata que es minoritaria, que la revolución no puede hacerse sin las masas, que se mantienen bajo la influencia socialista; de ahí el regreso al viejo movimiento al que dirige una carta abierta, le propone el frente único, etc., de tal suerte que la ruptura socialismo-comunismo parecerá que deriva de una divergencia táctica y organizativa[38]. En el KAPD, al contrario, tras la cuestión de la organización hay una cuestión teórica.

A partir de 1921 se desarrollará en la IC la teoría del partido de masas. Ahora bien, si nos remitimos a Marx la expresión del partido de masas es una contradicción en términos, puesto que el partido es la clase en tanto que clase, no es ya un conglomerado de individuos, una masa. Por otro lado, un partido de masas implica simultáneamente un partido de jefes, de dirigentes, ya que ¿quién si no podría encuadrar a las masas? El partido es la clase convertida en sujeto histórico, momento indispensable para la supresión de la clase en sí misma, puesto que sólo la superación de este ser puede hacer posible la nueva comunidad humana: el ser humano. El término masas obliga a partir de la panoplia teórico-política burguesa y capitalista; su utilización por parte de los leninistas muestra a qué punto la teoría en ellos una idiotez, en el sentido literal y etimológico del término[39]. Por otro lado, hablar del partido de masas, de su necesidad, era reconocer que el partido no englobaba a las masas y que la situación era de hecho una negación existencial del partido. Las masas existen, eso es un hecho, pero el momento de la revolución es aquel en que estas masas se constituyen en comunidad, no aquel en que finalmente reciben un mesías o unos jefes que las dejan en su estado de masas dirigidas.

El KAPD avanza de forma decidida y autonomiza el concepto de vanguardia. El partido es algo diferenciado del conjunto de proletarios, puesto que debe educarlos, instruirlos (el contenido socialdemócrata sobrevive aquí transformado). Ahora bien, este concepto de vanguardia, convertido en una mera palabra mágica, un comodín, está presente en todos los grupúsculos en realidad; es la palabra-finalidad (e inversamente) de su justificación. Para ello renace la vieja oposición entre ultraizquierda, izquierda y la IC, de la siguiente forma: por un lado, los que proclaman la vanguardia en sentido estricto, como el PC internacional, algunos consejistas, los trotskistas, y por otro lado corrientes como Potere Operaio, Lotta Continua, que hablan de la vanguardia de masas, que ya no es una contradicción en términos sino una payasada. El discurso más coherente en esta última es el de PO, donde se encuentran todos los temas esenciales del sistema leninista reactivados tras las luchas de los años 60: «Cuando el capital ataque tanto de forma general como particular a las vanguardias de masas de la clase obrera, habrá que ser capaz de volcar en el trabajo político, sin miedo alguno, todo el peso de la protesta, todos los núcleos para organizar la ruptura con el despotismo del sistema» (Potere Operaio, nº 1)

 En Potere Operaio encontramos una teorización de la vanguardia que no quiere ser sólo eso, razón por la cual se añade siempre la palabra mágica: masas. De la misma forma que la IC la añadió a la palabra partido (vanguardia de masas y partido de masas expresan la disolución de la vanguardia y del partido), las izquierdas alemanas añadieron la palabra obrero. En la izquierda italiana, después de 1945, también fue teorizado (Bordiga) un partido que no puede ser realmente un partido, ya que el verdadero partido sólo llegaría en un lejano futuro. Estas «diversas conductas teóricas» son análogas a las del KAPD. En cambio, con O. Rühle y la AAUE encontramos la verdad del KAPD, su realización en la forma de la resolución de la contradicción: un partido que no sea un partido (en referencia tanto a la teoría y a la praxis leninistas como a las de la socialdemocracia), siendo personificados los términos de la contradicción por la existencia simultánea del KAPD y la AAU. Con Rühle el partido es absorbido por la clase, que debe encargarse ella misma sin mediaciones de su propia misión, de su emancipación. «El proletariado alemán debe reconocer finalmente que la revolución no es un asunto de partido o de sindicato, sino una labor de la clase proletaria en su totalidad» (De la revolución burguesa a la revolución proletaria). Añade que el proletariado debe «deshacerse de la dirección de los jefes y de sus medios según su propia iniciativa y bajo su propia dirección». A continuación se tratan los consejos, pero estos no son más que la expresión de esta autonomización del proletariado, la expresión inmediata del proletariado revolucionario. Con esto parecería que se regresa a la posición de Marx: la clase que se hace clase para sí cuando se presenta como negación de la sociedad, pero en Marx este momento era el de la formación del partido, ya que el proletariado sólo puede llegar a esta negación consciente del orden actual rencontrando la teoría revolucionaria, lo que de ninguna forma implica que la teoría deba ser traída desde el exterior, sino que la clase se reapropia de su propia teoría en el curso de las luchas contra el orden existente y así llega a una actividad revolucionaria que la constituye en sujeto histórico. La posición de Rühle parte de y desemboca en una percepción de la clase en su inmediatez. Por cierto que de aquí parten también todos los grupúsculos consejistas, mientras que los marxistas-leninistas de diverso tipo se presentan como mediadores, como elementos mágicos que harán existir la clase.

La teorización de Rühle no carece de rectitud. Es normal que al final del proceso revolucionario el partido que ha podido ser la clase (en el momento más revolucionario) y después un órgano de esta (hay aquí ya un repliegue, porque se produce la escisión en el ser de la clase) sea reabsorbido en la clase, ya que a partir de entonces la lucha se ha perdido y el proletariado va a volver a las garras del capital. Desde entonces lo importante es saber cuáles serán las condiciones de aparición de un nuevo fenómeno revolucionario que permita el surgimiento de un nuevo partido (en la definición de Marx). Pero aquí la cuestión se complica, porque como todas las clases el proletariado no se mantiene igual a lo largo del tiempo, sino que evoluciona, por lo que no se trata de rehacer el pasado. Rühle lo había comprendido bien, pero veía la solución en un movimiento inmediato, ligado a las circunstancias inmediatas del proletariado, y se ilusionó como tantos otros con la posibilidad de la revolución al final de la segunda guerra mundial. El movimiento debía volver a partir de cero, de la clase misma, en su circunstancia inmediata, en su composición y su estructura determinadas por el desarrollo del modo de producción capitalista alcanzado entonces. Es lo que expresó en Italia, de forma muy limitada en un principio, el movimiento que publicó primero La classe y después Potere Operaio. Sea como sea, O. Rühle diagnosticó la muerte de un determinado partido formal, y tenía mucha razón.

La necesidad del partido está ligada para los kapedistas a un fenómeno de voluntad: intentar acelerar el proceso de formación de la conciencia para tender a invertir el curso de los acontecimientos. En efecto, para ellos si el proletariado no consigue cumplir su misión histórica, la humanidad se hundirá en la barbarie. Esto ya había sido avanzado por R. Luxemburgo[40]. En esta voluntad de superar la mentalidad socialdemócrata hay un reconocimiento del estado real del proletariado. No se trata, por otro lado, de la barbarie tal y como la describía Morgan y, tras él, Engels, ni tampoco del periodo de las invasiones bárbaras (aunque hubo afirmaciones sobre un posible regreso a un estado de la edad de piedra), sino barbarie en el sentido de que el triunfo del capital significaría un incremento de la opresión de los hombres, su destrucción, una negación cada vez más terrible de su humanidad, dado que el poder del capital es el poder de lo inhumano. Esta alternativa fue retomada por Trotsky, por la Escuela de Frankfurt (Adorno consagró páginas magníficas a esta cuestión) y en Francia por la revista Socialismo o Barbarie, que pondría en el centro de su investigación teórica y de la acción que propugnaba. La barbarie se precisaba esta vez mediante la existencia de la sociedad concentracionaria soviética[41].

El KAPD tenía toda la razón al plantear esta alternativa (una vez precisado el contenido de barbarie y, por tanto, una vez afirmada la inadecuación del concepto de contenido que le fue dado), ya que los campos de concentración nazis o estalinistas, la Segunda Guerra Mundial, las diversas represiones ejercidas contra los pueblos sublevados contra las metrópolis occidentales, eran claramente la realización del contenido complementario al concepto de barbarie de los kapedistas.

Retomando esta alternativa, la revista Socialismo o Barbarie en 1949 se equivocaba al teorizar un cambio de etapa. Desde entonces, se abría una fase que se manifiesta plenamente hoy y donde la alternativa es más agonizante y exaltante a la vez: comunismo o destrucción de la especie humana[42].

*****

Es conveniente recordar algunos juicios sobre el KAPD para determinar mejor su posición. En La enfermedad infantil, Lenin se burla de las izquierdas e intenta ridiculizarlas, pero su crítica del antiparlamentarismo, por ejemplo, fundada enteramente por la teorización de la maniobra, es de una enorme banalidad. Lo mismo ocurre con la cuestión sindical. El elemento más importante es el del partido. Las izquierdas teorizan la vanguardia, él mismo también la quiere. Están absolutamente persuadidos, como discípulos de R. Luxemburgo, de que es imposible una revolución sin las masas. Lenin está convencido de esto, puesto que su maniobrerismo apunta a la conquista de las masas. La diferencia más importante surge en este nivel: para Lenin, el partido es siempre más o menos exterior a las masas, incluso cuando son conquistadas y el partido juega un rol al interior de este proceso para facilitarlo. Pero esta diferencia no implicaría los anatemas leninistas si no estuviera ligada orgánicamente con la cuestión parlamentaria y sindical.

En relación directa a esto, las izquierdas alemanas planteaban la alternativa que suscitó la profunda irritación de Lenin: ¿habrá una dictadura de clase o de partido? En su defensa de la dictadura del partido trasluce claramente una concepción dicotómica que no tiene nada que ver con la concepción de Marx. Esto no lo decidimos para evitar la cuestión sino, por un lado, para precisar hasta qué punto Lenin, si fue un “restaurador” del marxismo, no lo fue más que parcialmente y, por tanto, desde este punto de vista, su obra es un fracaso; por otro lado, esto permite situar el debate. El solo hecho de hablar de vanguardia implica ya una separación partido-clase. Lenin no afronta de ninguna manera la posibilidad de autonomización del partido tras una fase de retroceso. En otro escenario —el partido absorbido por la sociedad capitalista— hablar de vanguardia acaba ocultando el hecho de que el grupo vanguardista está fuera de la realidad de la clase y que la propia clase también está integrada. A partir de este momento, si se desarrolla una lucha revolucionaria, debe hacerlo obligatoriamente contra los partidos del proletariado. Dada la apreciación que tiene, todavía en 1920, de la socialdemocracia, Lenin no puede llegar a una conclusión semejante: «nuestra teoría no es un dogma, sino una guía para la acción, han dicho Marx y Engels; y el error más grave, el mayor crimen de los marxistas tan “ilustrados” como K. Kautsky, O. Bauer y otros, es que no han comprendido, no han sabido aplicar esta verdad en los momentos más decisivos de la revolución proletaria. […] Éstos [los individuos en cuestión, N. de A.] comprendían, habían aprendido ellos mismos y enseñaban a otros la dialéctica marxista ( y mucho de lo que han hecho en este dominio permanecerá para siempre en las preciosas adquisiciones de la literatura socialista), pero en el momento de aplicar esta dialéctica, cometieron un error tan grande, se revelaron en la práctica tan no-dialécticos, tan incapaces de contar con los súbitos cambios de formas y la rápida entrada de un nuevo contenido en las viejas formas, que su suerte no es apenas más envidiable que la de Hyndman, Guesde o Plejanov» (La enfermedad infantil en  t. 31, págs. 67 y 99)

Los ataques más violentos contra el KAPD, como ya hemos visto, se produjeron en el III Congreso de la IC. Lenin reprochó —así como Zinoviev, Bujarin, Trotsky y Radek— a las izquierdas alemanas (y también a Terracini, delegado del PCI y por ello miembro de la izquierda) su lucha contra la derecha y el centro. Ahora bien, esta afirmación adquiere todo su sentido cuando por un lado los elementos de la derecha o el centro eran a menudo miembros de la IC y cuando sabemos que un año antes se habían hecho las 21 condiciones para eliminar a los reformistas, los socialtraidores, etc., del II Congreso en que estaba Serrati, el centro hecho hombre. Esta simple afirmación constituye la prueba de la justeza de la posición del KAPD, que rechazaba las 21 condiciones como un medio ilusorio de lucha contra el reformismo. Finalmente, no fueron más que el mínimo de decencia para hacer de la IC algo distinto y que pudiera lanzarse a la conquista del proletariado. En cambio, Bordiga había pedido que estas 21 condiciones fueran aplicadas con rigor, lo que implicaba el rechazo a la unificación de los PC con el ala izquierda de los partidos socialdemócratas. Sin embargo, también podían ser utilizadas contra las corrientes de izquierda y fue lo que denunció el KAPD. La actitud de Lenin con el KAPD es muy maniobrera, como lo reconocía él mismo en su famosa carta a los comunistas alemanes:

El “meollo” de la situación en el movimiento comunista internacional en verano de 1921 se que algunas unidades de la internacional comunista, entre las mejores y más incluyentes, no han comprendido muy bien esta tarea, han exagerado ligeramente la “lucha contra el centrismo”, y han pasado ligeramente el límite después del cual esta lucha se vuelve un deporte y compromete el marxismo revolucionario. (t. 32, pág. 554)

Las “izquierdas” o los “kapedistas” han recibido bastantes advertencias de nosotros en la arena internacional tras el II Congreso de la Internacional Comunista. Mientras que todavía no hayamos fundado, al menos en los países más importantes, partidos comunistas suficientemente fuertes, experimentados e influyentes, debemos tolerar la presencia de elementos semianarquistas en nuestros congresos internacionales; resulta útil incluso desde cierto punto de vista, en la medida en que estos elementos constituyen un “ejemplo repelente” concreto para los comunistas desprovistos de experiencia, y también en la medida en que estos mismos elementos son aún susceptibles de instruirse. (Ibid., pág, 547)[43]

Quizá por simetría política, Lenin podía aceptar a los reformistas y socialtraidores del tipo de Cachin, pese a aquellos que debían inmiscuirse y generar rechazo entre todos los revolucionarios. En la medida en que Lenin buscaba la unificación, no podía conservar durante mucho tiempo las izquierdas. Y hay quienes, 50 años más tarde, aún retoman el famoso discurso, estúpido e innoble sobre el infantilismo del KAPD, de Bordiga, de Pannekoek, etc.

En la cuestión alemana, Lenin se equivocó totalmente y sobrestimó en un primer momento a la socialdemocracia. Aún escribía en 1920:

La historia, dicho sea de paso, ha confirmado hoy a gran escala, a escala mundial, la opinión que hemos defendido siempre, a saber: que la socialdemocracia revolucionaria de Alemania (recuérdese que desde 1900-1903 Plejanov reclamaba la expulsión de Bernstein y los bolcheviques, continuando con esta tradición, denunciaron en 1903 la bajeza, la cobardía y la traición de Legien), la socialdemocracia de Alemania, me parece, era lo que más se parecía al partido del que tiene necesidad el proletariado para vencer.

(La enfermedad infantil, t. 31, pág. 28).

Cuando se sabe que Lenin descubrió la naturaleza trai