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Sobre las Big Three y la falsa perspectiva sindical

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«En la negociación de Convenios colectivos y de los conflictos con el capital, en nombre de la clase trabajadora, por el interés de «la economía nacional», interés supremo se sobreentiende. Toda reivindicación queda por tal modo estrictamente supeditada a la mejor realización del Plan, es una reivindicación para dicho Plan, en modo alguno para la clase trabajadora. Las mejoras que ésta obtenga, si las obtiene, serán a mayor provecho de la economía nacional, o sea de la acumulación ampliada de capital. Los sindicatos aparecen, por consecuencia, no como una representación de la clase obrera, sino como una delegación orgánica y legalizada del capital cerca de sus productores.»

Los sindicatos contra la revolución – G. Munis

 

 

Uno de los temas que vuelven de forma recurrente dentro del ámbito izquierdista es la del sindicato. Han corrido ríos de tinta sobre cuál es el papel que desempeñan, o podrían desempeñar; se han retorcido argumentos y argüido tales o cuales potencias y posibilidades, en un intento de escardar cada aspecto del sindicato; incapaces de asumir la crudeza, lo simple de la cuestión. No es posible, por más giros, vueltas o aspavientos que se quieran hacer, que un órgano cuya función última es la de negociar la fuerza de trabajo encuentre en su haber la más mínima cualidad revolucionaria. En otras palabras, no es viable utilizar las estructuras capitalistas contra sí mismas. Por más que la demagogia oportunista pretenda vender la bondades del sindicato, jamás podrá salvar este hecho ineluctable; la claridad al respecto debe ser prístina y no dejar atisbo de duda sobre cuál es su auténtica función. Debemos aprender de la historia y del sacrificio de miles de obreros, pues no ha sido sino con sangre que nuestra clase ha clarificado cuáles son las consecuencias de la naturaleza capitalista de los sindicatos. Y si estos fueron en los inicios del movimiento obrero un factor positivo 一que nunca revolucionario[1]一 para la organización del proletariado, a medida en que este fue madurando en su lucha y que el capitalismo se fue desarrollando, los sindicatos terminaron por depurar su función hasta expresarse claramente como aparatos de negociación para el capital. Esto se hizo evidente ya en 1914 ante su apoyo a la I Guerra Mundial, y desde entonces la cruzada sindical contra la revolución no ha dejado de refrendarse.

Y es que, más allá de su confirmación histórica, la naturaleza sindical está impresa en su estructura misma; y recordemos que la esencia 一su contenido一 es invariable, determinando su función por más que la forma busque tratar de ocultarlo. Desde sus orígenes el papel mediador de los sindicatos le ha sido útil al capitalismo. Como herramienta de negociación, de contacto entre las clases burguesas y los trabajadores, han actuando como cadena de transmisión de arriba hacia abajo, facilitando a capitalistas de todo el mundo organizar su producción y estudiar con precisión el juego entre capitales —variable y constante—, de tal manera que les fuese provechoso en grado máximo para obtener rentabilidad de sus inversiones. Es así como el sindicalismo hace parte del entramado capitalista puesto que  一en tanto que mercader de la fuerza de trabajo一 debe su existencia al trabajo asalariado mismo. Su posición de mediador entre el asalariado y el capitalista hace que su función sea de gran utilidad para los intereses de la economía nacional, conteniendo la actividad autónoma del proletariado y orientándola hacia resultados favorables para dicha economía. De este modo, podemos decir sin temor a equivocarnos que el sindicato queda definido como una estructura permanente, separada del proletariado por más que advoque por su representación.

Este es nuestro punto de partida al hablar de los sindicatos, y será imprescindible partir de él si se quiere estudiar con verdadera rigurosidad el tema y evitar embriagarnos con ilusorios discursos o vitriólicas promesas; atendiendo, por contra, a su materialidad objetiva dentro la estructura capitalista y en base a esta articular una estrategia progresiva para la clase. Ayer, hoy y mañana estaremos envueltos en reacciones hostiles en las que los voceros del capital prediquen a favor de los sindicatos, tentándonos con discursos altisonantes y regalos envenenados.

Para aterrizar estás ideas —simples en apariencia pero de enorme complejidad cuando nos paramos a estudiarlas— creemos útil abordar un ejemplo concreto, el de la pasada campaña de huelgas organizadas en Estados Unidos contra las denominadas Big Three (Ford, General Motors y Stellantis).

Contexto EEUU

Para entender la relevancia que han tenido estás movilizaciones primero es necesario esbozar la importancia que ha tenido históricamente el sector automovilístico para el país y cuáles han sido las consecuencias que han tenido sobre el mismo la crisis terminal que afecta hoy a todo el globo.

La industria del automóvil ha sido, desde Ford, la espina dorsal del capitalismo americano, posicionándose como la gran productora de vehículos a nivel mundial y llegando a producir, en 1950, el 76% del total mundial en ese gran salto productivo vivido durante la postguerra y que pronto empezaría a decaer. Como resultado, aquellos años quedaron preñados por ese idilio de las clases medias y la abundancia capitalista, mito aspirado hoy por toda la izquierda del capital. Ya para 1980, en un sector con cada vez más competencia[2], la industria automovilística americana ya estaba enormemente contraída —reduciendo su producción al 21’2% del total mundial— va a ir viendo cómo se agravaba su dificultad para producción de ganancia. En Michigan, hogar de las Big Three, en el período de 1993 a 2008 se perdieron 83.000 puestos de trabajo, asociados a la imposibilidad de mantener los niveles de ganancia anteriores y, por lo tanto, la incapacidad de mantener los altos costes de la fuerza de trabajo del período de posguerra.

Ya en 2007 las Big Three llegaron al acuerdo con la Automobile, Aerospace and Agricultural Implement Workers of America (UAW) para mantener los contratos antiguos con los beneficios en pensión y seguro de salud mientras que los nuevos contratos tenían peores condiciones laborales; acuerdo del que solo el 30% de los trabajadores acabaron por beneficiarse. Es en este momento donde comenzó este sistema de dos niveles de contratación que tanto se ha hablado durante la huelga del verano pasado.

Vemos pues que durante los últimos años EEUU, en tanto que uno de los epicentros dirigentes del capitalismo global, ha sufrido con máxima preocupación los envites que se han ido sucediendo a raíz de la crisis estructural de un sistema productivo cada vez más senil. El país norteamericano ha visto cómo el incremento de la competitividad extranjera —especialmente asiática y liderada por China—; el desplome de la rentabilidad o la inflación hacía peligrar la estabilidad del sistema y su posición como potencia hegemónica. Fenómeno que ha repercutido con particular virulencia en el sector automovilístico, que desde 2008 ha visto realmente cuáles son las consecuencias del aumento de la composición orgánica del capital —del incremento exponencial de la automatización del sector— y de la consiguiente reducción de la cantidad de trabajadores necesarios para mantener la producción, lo que a su vez limita la capacidad para extraer plusvalía, retroalimentándose en un círculo infernal en el que el capitalismo lleva décadas atrapado.  Por todo ello, el estallido de la burbuja en 2008 dejó a las Big Three ante un importante problema de rentabilidad que llevaba arrastrando años; reduciendo a la que antaño fuera eje central del desarrollo económico estadounidense a una rama inestable, tremendamente precarizada y con cada vez menos capacidad para absorber fuerza de trabajo.

Ante esta situación, los sindicatos no se quedarían al margen y se posicionarían como agentes pacificadores de los trabajadores. Y no es de extrañar porque, como cabía de esperar, las principales consecuencias las iban a sufrir los trabajadores, que hasta entonces gozaban de unas ventajosas condiciones laborales, fruto de la estabilidad buscada por las compañías automovilísticas. De esta forma, la UAW —el histórico y mayor sindicato del sector—, arengó a los trabajadores para que otorgaran un periodo de gracia que permitiese a las empresas recuperarse del impacto. Esto generó una gran pauperización de la clase trabajadora, traducida en despidos, intensificación del trabajo, congelación de los salarios, etc. Mientras tanto, la UAW se convertía en socio mayoritario de Chrysler, adquiriendo el 55% de las acciones de la compañía a cambio de suspender de los ajustes salariales, limitar el pago de horas extras y reducir las aportaciones al fondo de prestaciones para cobertura médica de los trabajadores y pensionistas acordadas, como mencionamos antes, en el acuerdo firmado con las Big Three en 2007[3].

 

La huelga Big Three

Este fue el caldo de cultivo en el que se preparó la última gran huelga automovilística vista el pasado verano. En un intento de revertir el impacto de la crisis terminal que envuelve al mundo, no resulta extraño que muchos hayan decidido organizarse. Es entonces cuando la maquinaria sindical —en tanto que correa de transmisión capitalista— entra en juego.

Aprovechando la necesidad de firmar un nuevo convenio, la UAW, decide iniciar una campaña que atemperara ese clima de hostilidad laboral. Tremendamente descalificada por su trayectoria durante las últimas décadas, y en especial por su papel en las crisis de 2008; el sindicato se valdrá del novedoso perfil de Shawn Fain[4], recientemente nombrado presidente, para revitalizar su imagen. ¿Cuál sería la estrategia de esta renovada UAW? Optar por una estrategia escalonada —asequible para los esquemas productivos—, quedando limitada a unas pocas plantas simultáneas que se han ido rotando, y convocando (en el pico más alto del conflicto) apenas a un tercio de sus miembros[5]. Entre las reivindicaciones, y sumándose a medidas que trataban de recuperar lo perdido durante los últimos quince años —aumentos salariales, reducción de la jornada, beneficios en los planes de pensiones, restricciones de la temporalidad, etc.—, se incluyó la introducción de programas formativos que permitieran a los trabajadores adaptarse a las nuevas necesidades de la industria, permitiendo a una parte de ellos reciclarse en una mercancía más atractiva y rentable para los capitales. Está última permitirá al sector justificar futuros despidos, resguardando mediante pretextos técnicos e individuales (falta de iniciativa) lo que en realidad es una necesidad productiva global (aumento de la composición orgánica del capital).

De esta forma, se presenta la recuperación de algunas viejas condiciones como nuevas conquistas, y la renovación de la burocracia sindical de la UAW como el resurgir de la lucha de clases.

A semejante espectáculo vino a sumarse el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, que apareció en uno de los piquetes de septiembre para hacer campaña y apoyar las reivindicaciones de los trabajadores. A lo largo de su perorata electoral —tengamos presente la proximidad de las elecciones presidenciales—  alegó en favor de los trabajadores, considerando que “aunque nadie quiere una huelga”[6], la frustración de los trabajadores era “justa”, que habían hecho suficiente con el “extraordinario sacrificio” de los últimos años e instaba a un acuerdo que fuese «justo y beneficioso para ambas partes». Tampoco faltó la figura de Donald Trump, que un día después de la visita del presidente, criticó las demandas, sentenciando que estaban siendo engañados por sus dirigentes y asegurando que los miles de trabajadores perderían sus empleos por culpa de la absorción de la producción china. Podría parecer que ambas son posturas irreconciliables; sin embargo ninguno difiere en lo esencial, esto es, en la defensa de la economía nacional. El primero vende el incremento de las condiciones laborales como posibilidad de crecimiento y desarrollo del sector; mientras que el segundo las considera dañinas para el mismo, argumentando que estas la harán menos competitiva para el mercado mundial. Zanahoria y palo, instrumentos ambos para la producción capitalista y el desarrollo de su respectiva economía nacional.

Y del mismo modo que aparecen divisiones entre las diferentes burguesías, el sindicato se suma también como factor discordante —aunque fundamental— entre estas y la domesticación de la fuerza de trabajo. Así, se asocian ideas de bienestar laboral, trabajo justo, conciliación profesional, etc. con las más altas aspiraciones, cuando en realidad no hacen sino las delicias para el incremento de la productividad y, con ello, de los beneficios. Llegamos así a la cita que abre el texto: «[…] en la negociación de Convenios colectivos y de los conflictos con el capital, en nombre de la clase trabajadora, por el interés de «la economía nacional», interés supremo se sobreentiende. Toda reivindicación queda por tal modo estrictamente supeditada a la mejor realización del Plan, es una reivindicación para dicho Plan, en modo alguno para la clase trabajadora. Las mejoras que ésta obtenga, si las obtiene, serán a mayor provecho de la economía nacional, o sea de la acumulación ampliada de capital. Los sindicatos aparecen, por consecuencia, no como una representación de la clase obrera, sino como una delegación orgánica y legalizada del capital cerca de sus productores.» Es decir, toda mejora de la condición asalariada debe ir irreductiblemente acompañada, más bien, precedida de un incremento en las expectativas de beneficio para el capital. Será por tanto provechoso para los trabajadores solo de forma indirecta.

De esto se derivará —como continuación lógica— la conclusión inversa. De que en momentos de necesidad, de crisis, las trabajadoras deben arrimar el hombro, aceptando la situación y posponiendo sus reivindicaciones para momentos más propicios, como hemos visto que ocurrió en 2008. En otras palabras, en momentos de tensión económica no debe andar el proletariado agitando el avispero, vaya a ser que les piquen. Por eso no es casualidad que sea ahora cuando los sectores burgueses aboguen por la necesidad de recuperar los sindicatos; no únicamente desde los medios de comunicación —que publicitan la última oleada de huelgas como un nuevo despertar para EEUU—, sino también desde las propias instituciones gubernamentales. Si recuperamos los datos ofrecidos por el Departamento del Tesoro, nos fijaremos que la tasa de afiliación apenas alcanza el 10,1% de los trabajadores[7] —la más baja desde que se tienen registros—. Y todo ello no es casualidad pues, en una época de creciente polarización social, la exigua proporción de sindicación puede convertirse en un problema a la hora de controlar futuros conflictos.

Quedó saldado pues nuestro ejemplo con la firma de un nuevo convenio, ratificado por un escaso margen del 55% de los trabajadores. Entre los logros, se destaca una apetitosa mejora salarial de entre el 25 y el 30% para los próximos años; enteca victoria si se compara con la galopante inflación y el incremento de las ganancias —que crecieron entre 2013 y 2022 un 92%, valorándose en un monto total de 250 mil millones de dólares[8]—. Otras de las concesiones pasan por modificar el sistema de elección de vacaciones, incrementar el número de contratos, el multiplicador de las pensiones para trabajadores contratados antes de 2007 y  el derecho a hacer huelga[9]. Queda sellado pues un pacto que compromete las posibilidades de lucha en el futuro inmediato, conformando con dádivas cada vez más exiguas las aspiraciones de los trabajadores. Tan exiguas como beneficiosas para los capitalistas pues, como bien revelan las declaraciones ofrecidas  —en otro conflicto reciente pero igual de esclarecedor— tras la polémica firma del nuevo contrato para transportistas de UPS por parte de su directora ejecutiva: «Podemos elaborar planes para mitigar ese costo, planes para impulsar la productividad dentro de nuestro negocio a través de la automatización»[10].

Contra los sindicatos

Creemos que el ejemplo de la huelga con las Big Three es importante porque ejemplifica con una claridad apabullante el rol de los sindicatos en la economía nacional y cómo opera su funcionamiento como correa de transmisión capitalista. Entonces, queda preguntarse, si los sindicatos no son una opción deseable, cuáles son nuestras posibilidades de lucha, qué alternativas podemos plantear.

Desde luego, no negamos en ningún momento la infinidad de dificultades que asolan a la clase trabajadora. La diferencia radica en que, frente a lo parcial y limitado de la estrategia sindical,  nosotros defendemos que la única forma en que los trabajadores pueden luchar realmente por sus intereses es a través de la organización independiente; es decir, desde sus propias asambleas, donde no haya separación entre trabajadores sindicalizados o no, de plantilla o de subcontrata, donde se intente extender la lucha al máximo número de centros de trabajo y se organice en el propio territorio, fuera de los muros de la fábrica; ligándose la lucha a reivindicaciones más generales contra la miseria general a la que nos somete el capital.

Es ya una verdad histórica contrastada —y por tanto reflejada de forma programática— que los sindicatos cumplen un papel fundamental dentro de la economía capitalista y que, por tanto, jamás formarán parte de la perspectiva revolucionaria. Ya no es solo que la clase obrera haya perdido la confianza en los sindicatos, es que jamás a través de ellos se ha logrado enfrentar ninguna crisis capitalista. En palabras de Munis: «Los sindicatos no sirven ya tan siquiera para mejorar la situación de la clase obrera dentro del capitalismo, pues sus reivindicaciones les son directamente inspiradas por la acumulación ampliada. En rigor, no son tales reivindicaciones, sino acomodos del proletariado a los requerimientos de la economía capitalista. Cada huelga planteada o resuelta por los sindicatos agrava la sujeción de los trabajadores respecto de la explotación». Es por esto que, frente a las estructuras sindicales que separan a los trabajadores por carnets y mantienen el conflicto dentro de cauces razonables para la patronal, defendemos la autoorganización real de los trabajadores y trabajadoras en asambleas creadas con ocasión de la lucha. Solo si estas asambleas mantienen las riendas del conflicto, si intentan extenderlo más allá de las fronteras de la fábrica a otras empresas y al propio territorio, pueden convertirse en un lugar propicio para vincular la lucha por las condiciones inmediatas a la batalla más general por la abolición definitiva de la explotación, por la sociedad comunista.

Para ello es necesaria una organización unificada, ya no por oficios, partidos o naciones, sino como clase mundial; rompiendo y superando la ilusoria barrera impuesta por la lógica burguesa, sustituyéndola por la indudable superioridad de la perspectiva internacional y revolucionaria. Autoorganización a partir de las propias dinámicas de la lucha de clases, extensión territorial y generalización política de la lucha son elementos fundamentales para el crecimiento y el desarrollo de la lucha. Una lucha de clases que debe implicar la superación de la separación entre lucha económica y política, es decir, generalizarse; cosa que pasa por la constitución del proletariado en clase y, por ende, en partido político. Como dice nuestra corriente histórica desde su Manifiesto fundacional en 1848: solo el desarrollo de una lucha de clases, en la que el proletariado se constituye en partido, permite contraponerse realmente a la sociedad del capital y superarla desde una perspectiva comunista. De esta forma, se aunará toda la fuerza del proletariado en una única y gran lucha, la lucha de clases. Y sobre las escorias del viejo mundo erigiremos una nueva sociedad, una comunidad sustentada ya no sobre el valor, sino sobre la necesidad. Una gemeinwesen, una comunidad humana que supere todas las contradicciones de las sociedades de clase pasadas, en la que primará la fórmula de a cada cual según su capacidad, a cada quien según su necesidad.

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[1]«Incluso cuando el sindicalismo adoptaba el principio de lucha de clase, nunca se propuso, en el combate cotidiano, el derrocamiento de la sociedad; por el contrario, se limitó a agrupar los obreros con vistas a la defensa de sus intereses económicos en el seno de la sociedad capitalista», Munis en Los sindicatos contra la revolución, disponible en nuestra web https://barbaria.net/2023/02/05/cuaderno-g-munis-los-sindicatos-contra-la-revolucion/

[2]Destacándose la incorporación de nuevos actores como China, que pasó de producir solo 5000 coches en 1980 a convertirse en el segundo mercado más grande del mundo para 2008, lo que complicaría la crisis que se desató entonces  https://www.ft.com/content/03b4b4cc-b762-11dd-8e01-0000779fd18c

[3] En el siguiente artículo se entran en más detalles https://www.wsj.com/articles/SB124087751929461535

[4] La figura de Fain salió de una rama crítica con la UAW, que junto con otros compañeros conformarían la UAWD (Unite All Workers for Democracy) que pretendía depurar la cúpula sindical. Así, terminaría siendo elegido presidente de la UAW en unas polémicas votaciones.

[5] Estrategia que permitió a las empresas organizar la respuesta y que se saldó con el despedido en septiembre de 600 trabajadores de Ford https://www.jornada.com.mx/noticia/2023/09/15/economia/fabricantes-de-automoviles-deben-repartir-ganancias-de-forma-justa-biden-9916

[6] La comparecencia completa es tremendamente reveladora sobre el tono conciliador característico de la izquierda del capital https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2023/09/15/remarks-by-president-biden-on-contract-negotiations-between-the-united-auto-workers-and-the-big-3-auto-companies/

[7] https://www.bls.gov/news.release/pdf/union2.pdf

[8] https://www.epi.org/blog/uaw-automakers-negotiations/

[9] Vale la pena reseñar que las empresas estarán obligadas a pagar a los huelguistas 110 dólares por día y otros 500 dólares semanales, que cobrará el sindicato por la huelga.

[10] https://www.cnbc.com/2023/09/12/ups-ceo-carol-tome-sells-investors-on-new-teamsters-labor-contract.html

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