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Biblioteca Dangeville, Roger Marx, Karl Partido y clase

Roger Dangeville: Introducción a Marx-Engels: “Le parti de classe”

La traducción es nuestra. Aquí está disponible el original

 

Los textos sobre el partido en la obra de Marx-Engels

A ojos de Marx-Engels, no hay nada menos abstracto que la famosa condición “subjetiva” de la revolución: el partido de clase. De todos los textos que aquí se tratan, se desprende desde el principio que el partido hace de bisagra —o mejor, de palanca— entre el trabajo productivo y la actividad revolucionaria del proletariado, entre la economía y la política, y sobre todo entre la teoría y la práctica. Hunde profundamente sus raíces en la clase obrera, incluso en el modo de producción, puesto que su tarea es dirigir la transformación de la sociedad apoyándose en los resortes de la actividad económica, política y organizativa.

El capital, en la estructura que le dio Marx, nos permite ante todo seguir la génesis de la clase en la base económica.

En el primer libro, Marx analiza el devenir de la fuerza de trabajo obrera. En el mercado, en la circulación, toma la forma mercancía del salario1; pasa a continuación al proceso de producción para crear la plusvalía, en otras palabras, para reproducirse a sí misma como capital variable y crear el capital a una escala cada vez mayor. En ese proceso permanentemente ampliado, la manufactura se vuelve gran industria y la lucha entre trabajo y capital se hace cada vez más grande y encarnizada.

En el segundo libro, Marx estudia el proceso social de la circulación del capital entre las diferentes ramas de distribución y de producción, siguiendo la trayectoria del capital en sus distintos elementos constitutivos. Finalmente, en el tercer libro, analiza el proceso global del modo de producción capitalista, incluida la agricultura, y deriva sus leyes esenciales, entre ellas la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia y sus crecientes contradicciones. Y concluye el estudio de la base económica con el análisis de los tres réditos capitalistas principales y sus fuentes, así como —y no por casualidad— con las clases2: los empresarios capitalistas, los terratenientes y los propietarios de la mera fuerza de trabajo.

Sólo posteriormente, en sus obras de crítica política, estudiará Marx la acción de las superestructuras políticas e ideológicas, por ejemplo la lucha de partidos y del Estado en El 18 Brumario o La lucha de clases en Francia, pero esta vez ya no tomará Inglaterra como el modelo clásico, sino sobre todo Francia. A ese nivel, pero en relación indisoluble con la base económica del modo de producción dado, se sitúan los textos de Marx-Engels sobre el partido. La originalidad de esta concepción es que vincula sólidamente la lucha económica y política de las masas revolucionarias a las ideológicas de la vanguardia, en la que se encuentran los propios Marx-Engels como teóricos y organizadores de la lucha del proletariado.

En los textos sobre el partido, más que en cualquier otro, la teoría se une a la práctica en la acción revolucionaria. Por eso lo esencial se acompaña de mil detalles, incidentes, manifestaciones de grupos y de personas, de las complejas fuerzas del momento. Así, en un sentido muy amplio, estos textos son circunstanciales históricamente y no pueden sino resultar farragosos. En las notas a pie de página, a cada ocasión situamos brevemente los escritos en el contexto histórico y político de la determinada actividad de partido. Respecto a los múltiples personajes, reenviamos al lector al índex de personas. Eso nos permitirá aligerar las notas a pie de página.

No ha sido una dificultad menor la de seleccionar los escritos que tratan concretamente del partido3. Nos hemos esforzado en relacionar entre sí mediante notas históricas todos los artículos, actas, protocolos, discursos, correspondencias y pasajes relativos a esta cuestión. En buena medida, la tarea ha sido facilitada por el hecho de seguir en general el orden cronológico, gracias al cual se ve mejor la lógica del desarrollo.

Así, la primera parte trata sobre todo de la actividad de partido de Marx-Engels: primero, su trabajo de militantes en la organización de la Liga de los comunistas, después la coordinación internacional del movimiento democrático y obrero, y la preparación ideológica de las diferentes organizaciones para las tareas de la revolución de 1848-1949. A continuación, pasamos a la actividad revolucionaria de Marx-Engels en el movimiento alemán, los clubs obreros, la prensa y la Liga de 1848 a 1850; la organización del repliegue de las fuerzas revolucionarias vencidas, y la intensa actividad teórica desplegada durante el periodo contrarrevolucionario de 1850 a 1863, en el que Marx-Engels en cierta forma sacan las conclusiones de todo el periodo histórico transcurrido como base de acción para el siguiente.

La segunda parte trata, de una forma más estricta, de las cuestiones propias del partido: la creación del Consejo central de la Internacional obrera, la preparación de congresos, los problemas de afiliación y de organización; la relación con los sindicatos, las cooperativas, los movimientos nacionales; las relaciones con el resto de partidos burgueses o pequeñoburgueses, y en general la actividad organizativa del proletariado en lucha en el plano económico y político, las cuestiones del internacionalismo proletario, sin hablar de las relaciones del Consejo central con las diferentes secciones de la Internacional en todos los países, sus polémicas con los tradeunionistas, así como con las otras sectas, prudonianas y bakuninianas. Como en la primera parte, Marx-Engels se ven llevados a sacar las enseñanzas más sorprendentes de toda la nueva fase de organización del proletariado, durante el reflujo de la oleada revolucionaria después de la Comuna, con ocasión de la polémica con los anarquistas. La hacen respecto a la manera de organizar la retirada de los combatientes, de salvar los principios y el prestigio de la Internacional de la debacle generalizada, para poder estar preparados lo mejor posible cuando las condiciones generales empujarán de nuevo a la creación e una nueva Internacional, más fuerte y más consciente todavía que la primera.

En cierto sentido, este periodo constituye el culmen de esta selección de textos sobre el partido, porque la actividad teórica de Marx-Engels se une a la práctica en el esfuerzo de organización del proletariado internacional en clase, y por tanto en partido, que desemboca en la revolución, con la tentativa heroica del proletariado parisino de constituirse en clase dominante con la Comuna.

Los textos sobre el partido no escasean en el periodo de después de la disolución de la I Internacional, al contrario. Son tan numerosos que harían falta varios tomos para reproducirlos. Por ello nos contentamos, por ahora, con reunir algunos textos en torno a puntos especialmente significativos. Habiéndose desplazado el centro de gravedad del movimiento obrero internacional hacia Alemania después de 1871, reproducimos primero los textos de Marx-Engels sobre la formación del partido socialdemócrata alemán y la cuestión de la fusión con los elementos lasalleanos, una fusión que si bien reforzó numéricamente el partido alemán, no tuvo el mismo efecto desde el punto de vista revolucionario, puesto que agravó su carácter socialdemócrata e hizo más difícil —es lo menos que podemos decir— su desarrollo hacia el comunismo.

Los textos sobre la formación del partido en Inglaterra y Francia testimonian que la vanguardia se encontró con dificultades no menores en esos países4. Las relaciones de Marx-Engels con los revolucionarios rusos muestran también que el empeoramiento de las condiciones materiales en Rusia permitió abordar los problemas del partido con un espíritu y una voluntad más revolucionarios que en los países donde la historia todavía ponía en el orden del día un parlamentarismo revolucionario que evolucionaba en condiciones generales de menor tensión económica y política.

Por último, reproduciremos textos sobre cuestiones “particulares”: la prensa de partido, la violencia, los dirigentes, los intelectuales y la popularidad, la “cuestión agraria”, la corrupción parlamentaria, la reconstitución de la Internacional, etc.

Si fue difícil para Marx hacer un “todo estético” de sus estudios económicos en El capital, tal afirmación no tendría sentido para los textos del partido, que están inextricablemente ligados a todas las partes de la obra teórica, así como a la acción cotidiana e histórica. Ciertamente, un hilo sólido y coherente los une a todos, pero más que todos los demás escritos, se trata de semielaborados y esperan la hora revolucionaria para hacerse claros para todos y encontrar su mejor escritura: la acción revolucionaria.

Teoría marxista del partido

En esta introducción, tratamos de agrupar en un orden lógico las formulaciones de Marx-Engels sobre el partido, dispersas en sus más diversos escritos —obras publicadas o inéditas, estudios, notas, correspondencia, discursos, manifiestos, charlas e intervenciones en reuniones públicas o del partido, etc. Surgen aquí como conclusión de la crítica económica, filosófica o histórica; allá, de la actividad política, sindical u organizativa de Marx-Engels, como síntesis y guía de la acción proletaria.

Para esbozar la concepción general del partido, su modo de acción, su naturaleza histórica, su función y su finalidad, a lo largo de esta introducción reproduciremos pues las citas de Marx-Engels que forman, a cada vez, los hitos o jalones de la exposición.

Para definir las clases, la ciencia burguesa moderna procede según el viejo método metafísico: toma una instantánea de la sociedad en un momento dado, y luego analiza este modelo o cuadro para catalogar los diversos grupos de individuos que componen la colectividad. Luego, los estadísticos, sociólogos y demógrafos —miopes donde los haya— hacen mil divisiones en ella, señalando que no hay dos, tres o cuatro clases, sino que se pueden detectar diez, veinte o incluso cien, separadas entre sí por gradaciones sucesivas y zonas intermedias indefinibles.

Al igual que la buena vieja dialéctica, la crítica marxista ve la historia como una película que despliega sus escenas una tras otra: es en los personajes destacados de este movimiento donde hay que buscar y reconocer a la clase. Obtenemos entonces elementos muy diversos para distinguir al protagonista del drama social que es la clase, y para fijar sus características, su acción y su finalidad, que se especifican de manera concreta por una uniformidad evidente a través de los cambios de una multitud de hechos. Mientras que la fotografía sólo registra una fría serie de datos desprovistos de vida, la dialéctica marxista permite distinguir a la clase en su dinámica.

Para decir que una clase existe y actúa en un determinado momento de la historia, no basta con conocer, por ejemplo, el número de comerciantes de París bajo Luis XVI, o el de los terratenientes ingleses en el siglo XVIII, o el de los obreros de las fábricas belgas en vísperas del siglo XIX. Hay que someter todo un período histórico a un análisis lógico para encontrar un movimiento social, y por tanto político, que se abre camino a través de altibajos, errores y aciertos, pero cuya adhesión al sistema de intereses de un grupo o masa de hombres colocados en una posición determinada por el sistema de producción es evidente5. Friedrich Engels dio una primera demostración de este método en La situación de las clases trabajadoras en Inglaterra (1845), al explicar el significado de toda una serie de movimientos económicos y políticos de una masa de hombres colocados en condiciones similares.

La concepción marxista encuentra la clave del movimiento histórico siguiendo el proceso de génesis, desarrollo y transformación de las clases. En lugar de fotografiar, cinematografía la realidad; en lugar de una imagen fija, acabada y definitiva, capta el movimiento, el vínculo, la relación.

Deberá perdonársenos una pequeña digresión “filosófica”. En el análisis de la sociedad, como en el de las clases, lo que cuenta es el estudio de las relaciones (que no determinan tanto la producción en sí como la forma en que se lleva a cabo). Pues lo esencial no es reconocer la cantidad o la materia prima de la clase o de la producción, sino su modo de actividad, la forma en que la “materia” se mueve, ya que en la naturaleza todo es movimiento —por tanto relación, intercambio o metabolismo.

Esta relación entre masa y movimiento, que se encuentra a un nivel más complejo en la relación masa-partido, cuya síntesis forma la clase, es explicitada por Marx en el siguiente pasaje sobre la producción:

Al realizarse en la materia, el trabajo vivo modifica su forma: esta transformación está determinada por la finalidad del trabajo y la actividad eficiente de éste; no se trata de la impresión de una forma exterior a la materia, de una mera apariencia fugaz de su existencia como en los objetos inertes. La materia del trabajo se conserva en una forma determinada al ser transformada y sometida a la finalidad del trabajo. El trabajo es un fuego vivo que da forma a la materia. Es lo que hay de perecedero y temporal en ella, es la conformación del objeto por el tiempo vivo.6

Del mismo modo, la clase se distingue por su forma específica y su modo de actividad, es decir, en primer lugar por sus condiciones de vida y de remuneración, sus creaciones materiales e intelectuales, y después por su modo de organización y de ordenación en la distribución, el intercambio, la producción y la sociedad civil y política. Sobre esta amplia base, se trata finalmente de descubrir lo que constituye la fuerza motriz del desarrollo.

En el capítulo sobre burgueses y proletarios del Manifiesto, Marx la descubre trazando el curso histórico de la clase obrera, desde su nacimiento con la formación de la industria capitalista y su desarrollo en varios periodos de crecimiento, hasta su extinción o abolición con el modo de producción colectivista. Tras destacar la relación de la clase con el modo de producción, Marx subraya que el proletariado atraviesa las sucesivas etapas de su desarrollo gracias a su actividad y a su forma de organización en la lucha de clases.

El proletariado atraviesa diferentes fases de desarrollo. Su lucha contra la burguesía comienza con su propia existencia.

Al principio, la lucha la inician obreros aislados; luego son los obreros de una fábrica, finalmente los obreros de una rama industrial de un mismo centro los que luchan contra un burgués determinado que los explota directamente. Dirigen sus ataques no sólo contra el sistema burgués de producción, sino también contra los propios instrumentos de producción; destruyen las máquinas procedentes de la competencia extranjera, incendian fábricas: se esfuerzan por recuperar la posición perdida del obrero medieval.

En esta fase, los trabajadores forman una masa dispersa por todo el país y dividida por la competencia. A veces se unen para formar un bloque único. Esta acción, sin embargo, no es todavía el resultado de su propia unión, sino el de la unión de la burguesía que, para alcanzar sus fines políticos [derrocar a las clases feudales dominantes, RD], debe poner en movimiento a todo el proletariado, y todavía es capaz de hacerlo. En esta etapa, los proletarios no luchan todavía contra sus propios enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, los restos de la monarquía absoluta, los terratenientes, los burgueses no industriales, los pequeñoburgueses. Todo el movimiento histórico se concentra así en manos de la burguesía: cualquier victoria obtenida en estas condiciones es una victoria de la burguesía.

Ahora bien, el desarrollo de la industria no sólo aumenta el proletariado, sino que lo aglomera en masas cada vez más compactas. El proletariado siente que su fuerza crece. Los intereses y las situaciones se nivelan cada vez más en su seno, a medida que la mecanización borra las diferencias de trabajo [no de producción, RD] y reduce los salarios en casi todas partes a un nivel igualmente bajo. La creciente competencia entre las burguesías y las crisis comerciales resultantes hacen que los salarios de los trabajadores sean cada vez más inestables. El desarrollo constante y creciente de la maquinaria hace que su condición sea cada vez más precaria. Los enfrentamientos individuales entre los obreros y la burguesía adquieren cada vez más el carácter de una colisión entre dos clases. Pronto los obreros intentan formar coaliciones contra la burguesía; forman grupos para defender sus salarios. Llegan incluso a fundar asociaciones duraderas para constituir reservas ante posibles revueltas. Aquí y allá, la lucha estalla en forma de disturbios.

Interrumpimos aquí esta cita para sacar una primera conclusión, en primer lugar del propio Marx:

Las condiciones económicas transformaron primero a la masa del país en obreros. La dominación del capital ha creado para esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa es ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma.7

Se alcanza así una primera fase de la formación de clase del proletariado, todo ello determinado por la economía, las necesidades de la producción capitalista y la explotación. Este resultado histórico se alcanza a grandes rasgos aunque los proletarios no se consideren a sí mismos como parte de una clase autónoma, opuesta a los capitalistas y terratenientes. Por razones que no deben nada a la fuerza de voluntad, sino al determinismo social y a la presión adversa, siguen siendo, en este estado, una clase, explotada por los capitalistas, una clase ciertamente inconsciente, pero sin embargo potencialmente revolucionaria. ¿Acaso no trabajan como esclavos asalariados en las empresas capitalistas, acaso su sudor y su exceso de trabajo no crean plusvalía y por lo tanto sobreproducción, concentración y, a largo plazo, las crisis que periódicamente sacuden los cimientos mismos del modo de producción capitalista? El trabajo asociado de innumerables proletarios sin reserva agrava, además, la contradicción fundamental entre la apropiación privada de los medios de producción y la creciente socialización de la producción8.

Retomemos ahora la cita del Manifiesto sobre la formación histórica del proletariado:

De vez en cuando los trabajadores salen victoriosos, pero su triunfo es efímero. El verdadero resultado de sus luchas no es el resultado inmediato, sino la unión cada vez más amplia de los trabajadores. Esta unión se ve facilitada por el aumento de los medios de comunicación creados por la gran industria, que conectan las distintas localidades. Ahora bien, estos enlaces son necesarios para centralizar en una lucha nacional, en una lucha de clases, las numerosas luchas locales que tienen en todas partes el mismo carácter. Pero toda lucha de clases es una lucha política. Y la unión que los burgueses de la Edad Media tardaron siglos en establecer a través de sus vías secundarias, los proletarios modernos la consiguen en pocos años gracias a los ferrocarriles.

Esta organización de los proletarios en una clase, y por tanto en partido político, es destruida en todo momento por la competencia de los obreros entre sí. Pero renace constantemente, siempre más fuerte, más sólida, más poderosa.

Así, Marx reveló dos fases de desarrollo del proletariado en clase: la primera es enteramente económica, en ella el proletariado se hace clase para los capitalistas que lo explotan, y la actividad de los obreros se reduce esencialmente a una forma de lucha económica, de reivindicación de mejores condiciones de trabajo, de remuneración y de vida. Hay que subrayar que incluso estas luchas económicas requieren una cierta organización de los proletarios, agrupándose éstos en coaliciones, asociaciones, luego en sindicatos, y que esta actividad y estas asociaciones económicas se transforman finalmente a un cierto nivel, por su propia dialéctica, en nuevas formas de actividades y asociaciones, formas superiores, políticas9. Es entonces cuando el proletariado se convierte en una clase socialmente revolucionaria, que existe no sólo para el capital, sino también para sí misma. A partir de entonces, la clase obrera posee una llave que abre nuevos campos de acción y nuevos horizontes sociales: los de su autoemancipación. En otras palabras, al forjar un partido, y gracias a esta actividad política y social adicional, inicia una nueva fase en su desarrollo10.

Esta concepción dialéctica, basada en la historia y la economía, y que culmina en la esfera política y social, se sitúa muy por encima de las aburridas objeciones del estadístico. De entrada, esta concepción se prohíbe ver en el escenario histórico a las clases enfrentadas como coristas en el escenario de un teatro, lo cual no se contradice con la existencia, aquí y allá, de zonas enteras de contacto formadas por capas estancadas, indefinibles, a través de las cuales se produce un movimiento de ósmosis, porque no se altera la fisonomía histórica de las clases enfrentadas.

A los ojos de Marx-Engels, la clase encuentra su culminación en el partido, forma suprema de organización de la clase, que extrae de él una existencia original y dinámica, y determina a su vez la evolución de toda la sociedad. Es también en el partido donde el proletariado encuentra su actividad más elevada y reúne su energía más concentrada. Es también a través del partido político que los sindicatos se vuelven revolucionarios, al formular la reivindicación directamente social que anuncia la muerte del modo de producción capitalista y la instauración de la sociedad comunista, liberada de las trabas del dinero, del mercado de clases, a saber, la abolición del trabajo asalariado11.

Cuando se descubre una forma específica de actividad, una tendencia social, un movimiento con finalidad propia, se reconoce una clase en el verdadero sentido de la palabra. Es entonces cuando también existe en sustancia, si no desde el punto de vista de la forma (organizada), el partido de clase. Este partido vive cuando existe una doctrina —teorización de los rasgos sobresalientes y sistematización de los intereses y objetivos colectivos de la clase—, así como un método de acción, es decir, un pensamiento político y una organización de la lucha. Estos dos elementos sólo pueden condensarse y concretarse realmente en la forma de partido.

El juego intereses de una clase da lugar progresivamente a una conciencia más precisa, y esta misma conciencia comienza a tomar forma en pequeños grupos que tienen una previsión del objetivo a alcanzar. Al expresar el sentido general de los impulsos de la base económica, “arrastran” y dirigen al grueso de la clase. (Obsérvese que este proceso tiene lugar precisamente cuando la clase obrera no actúa como categoría profesional, sino como conjunto). La visión de una acción colectiva que tienda hacia objetivos generales de interés para toda la clase, y que se concentre en la intención de cambiar todo el régimen social, sólo puede mostrársele de forma clara y continua a una minoría avanzada. Una visión leninista, ciertamente, pero ante todo marxista:

Esto es lo que distingue a los comunistas de los demás partidos proletarios: por una parte, en las diversas luchas nacionales de los proletarios, plantean y afirman los intereses comunes de todo el proletariado, sin distinción de nacionalidad; por otra parte, en las diversas fases de la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre el interés del movimiento en su conjunto.

En la práctica los comunistas son pues la fracción más resuelta de los partidos obreros de todos los países, la fracción que siempre sigue adelante; desde el punto de vista teórico, tienen la ventaja sobre el resto de la masa proletaria de comprender las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento obrero.12

La segunda parte de este pasaje atestigua que en la época del Manifiesto el comunismo sólo existía de hecho como una pequeña tendencia junto a otros partidos obreros, en grupos o individuos dispersos entre las masas y los diversos países, y aún no organizado en un partido autónomo, amplio y estable, perfectamente distinto de todos los demás.

La constitución del proletariado como clase revolucionaria, consciente y activa, dotada de un partido, es un proceso infinitamente largo y difícil, e incluso cuando se logra a menudo se pone en tela de juicio. El estado de aislamiento y dispersión de los elementos comunistas se encuentra, pues, no sólo en todo el período de débil desarrollo general del capitalismo y en los países que acaban de entrar en la producción moderna, sino incluso en los países desarrollados durante largos períodos de triunfo de la contrarrevolución y de reflujo del movimiento proletario.

Partido, clase y ciclo histórico

Para que la clase exista plenamente debe haber, por una parte, una homogeneidad inmediata de las condiciones económicas de sus miembros, y por otra un pensamiento, un método y una voluntad comunes que permitan reagrupar y orientar su acción. El partido prolonga en el plano político la homogeneidad económica, asegurando la continuidad de acción y de pensamiento de la clase.

En primer lugar, el partido está determinado por las condiciones económicas de maduración general, pero de forma compleja, ya que no se desarrolla directamente con el crecimiento de la producción. Puesto que sólo representa un polo —negativo y negador— de la relación capitalista, el del proletariado, el partido se manifiesta mejor y más plenamente en períodos de crisis económica y social, siempre que existan factores políticos de organización y de conciencia que aseguren a la clase su unidad y continuidad de acción en el tiempo y en el espacio.

Todos estos factores diferentes en la formación y el desarrollo del partido proletario significan que no sólo en relación con la masa proletaria, sino también en relación con los diversos ciclos históricos sucesivos, el curso del partido no es continuo ni regular, sino que pasa, nacional e internacionalmente, por fases muy complejas de crecimiento, marcadas por períodos a menudo agudos de progreso y regresión.

Así, podría decirse que la clase y el partido en un período de mayor madurez general pueden ser menos revolucionarios que los que se encuentran en un período de menor madurez. Sin embargo, en el momento de la revolución, deben tener una organización y un programa de acción más firmes y radicales en el período de mayor madurez, aunque sólo sea para tener una acción eficaz en una sociedad más antagónica, más concentrada, más internacional, más armada y más totalitaria.

En 1871, a pesar de la existencia de la I Internacional —centro obrero general, pero un embrión de organización práctica desde el punto de vista de sus estructuras y de su implantación territorial—, la Comuna de París no estaba preparada, comandada y detonada por una organización de partido del tipo de la de los bolcheviques en 1917, que fue un verdadero factor de la historia. La acción del partido está, pues, ligada a las condiciones prácticas de la época:

El Consejo General se enorgullece del eminente papel que las secciones parisinas de la Internacional asumieron en la gloriosa revolución de París. No es, como algunos estúpidos imaginan, que la sección de París o cualquier otra rama de la Internacional recibiera una orden de un centro. Pero como en todos los países civilizados la flor de la clase obrera se adhiere a la Internacional y está imbuida de sus principios, toma en todas partes, a ciencia cierta, la dirección de las acciones de la clase obrera.13

En la teoría, como en la práctica, la formación del proletariado en clase pasa por varias fases de desarrollo: organización en partido político, luego erección en clase dominante con la conquista del Estado. La Comuna de París puede haber sugerido que un proletariado que aún no se ha constituido como clase, y por tanto como partido, puede, en un país determinado, erigirse en clase dominante —la siguiente fase en la constitución del proletariado como clase— lanzándose directamente contra el aparato del Estado burgués. Sin embargo, no hay que perder de vista que la Internacional existía desde hacía seis años, que el proletariado es una clase internacional, ligada a las condiciones generales del sistema capitalista, que la crisis internacional estalla inicialmente en un país y que el proletariado sigue organizándose durante el propio proceso revolucionario. De hecho, según el punto de vista marxista, «la revolución no se hace», ya que es el resultado material inevitable de las contradicciones de clase que adoptan la forma aguda y violenta de un cataclismo natural, independiente de la voluntad humana. Así pues, tanto en la revolución de 1848 como en la de 1871, el proletariado luchó sin un partido verdaderamente organizado y estructurado. Esto significa que el paso de la fase de constitución del proletariado como clase, y por tanto como partido, a la de su constitución como clase dominante no es ni mecánico ni simultáneo. Incluso si nunca se realizara en el mismo grado en los cien países, grandes o pequeños, del planeta, el hecho es que «para que el proletariado sea lo suficientemente fuerte como para vencer el día de la decisión, es necesario que se constituya en partido autónomo, en partido de clase consciente, separado de todos los demás»14.

Frente a los anarquistas, y antes de que desapareciera la Primera Internacional sosteniendo en alto sus principios, Marx hizo adoptar en los estatutos de la organización mundial un artículo que clarificaba de manera luminosa el papel y la función del partido:

Art. 7a — En su lucha contra el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado sólo puede actuar como clase constituyéndose en partido político distinto, opuesto a todos los viejos partidos formados por las clases poseedoras.

Esta constitución del partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y su objetivo supremo: la abolición de las clases.

La coalición de fuerzas de la clase obrera, ya conseguida a través de la lucha económica [por ejemplo, los sindicatos, RD], debe servir también como palanca en manos de esta clase en su lucha contra el poder político de sus explotadores.15

Esta concepción completamente orgánica, revolucionaria, dinámica y activa de la clase, rechaza de entrada la visión obrerista según la cual el proletariado sería, como pretenden los estadísticos, sólo la suma de los obreros o asalariados. Del mismo modo, rechaza toda visión formal o constitucionalista (democrática o electoralista), según la cual estatutariamente el partido debería actuar siempre y en todas partes en acuerdo formal con la mayoría del proletariado (determinando sus proyectos y sus objetivos según el resultado de una consulta más o menos democrática, más o menos copiada del sufragio universal burgués).

Marx-Engels tienen una concepción profundamente antidemocrática de la clase: en primer lugar, implica necesariamente la existencia de un partido y, por tanto, la idea de que una minoría puede tener una visión más acorde con los intereses del movimiento revolucionario que la mayoría; en segundo lugar, está firmemente enraizada en la realidad material y no depende uniformemente en todo momento y lugar de la voluntad, la inteligencia y la cultura de la mayoría. El propio Marx lo dice en los dos pasajes siguientes. El primero es quizás brutal, pero es claro:

Lo que importa no es lo que tal o cual proletario, o incluso todo el proletariado, imagina como su meta en diferentes momentos. Lo que importa es lo que es y lo que debe hacer históricamente, de acuerdo con su naturaleza: su meta y su acción históricas le están trazadas de manera tangible e irrevocable [por tanto definitivas y no revisables, RD] en su situación de existencia como en el conjunto de la organización de la sociedad burguesa actual. El proletariado ejecuta el juicio que, a través de la producción del proletariado, la propiedad privada burguesa pronuncia contra sí misma.16

Una última cita de Marx muestra que, desde su nacimiento, el proletariado es por naturaleza anticapitalista, un factor revolucionario en la disolución del modo de producción burgués,

una clase de la sociedad burguesa que no es una clase de la sociedad burguesa, una clase que es la disolución de todas las clases, una esfera que tiene un carácter universal a través de sus sufrimientos universales y no reclama ningún derecho particular, porque no se le ha hecho ninguna injusticia particular, sino una injusticia en sí misma, una esfera que ya no puede apelar a un título histórico, sino meramente a un título humano, una esfera que no está en oposición particular a las consecuencias, sino en oposición general a todas las premisas del sistema político alemán, una esfera, finalmente, que no puede emanciparse de todas las demás esferas de la sociedad sin emanciparlas al mismo tiempo que a sí misma, una esfera que es, en una palabra, la pérdida completa del hombre, y que, por lo tanto, sólo puede reclamarse a sí misma mediante la reapropiación completa del hombre. La descomposición de la sociedad como clase particular es el proletariado.17

Así, el partido que expresa y reivindica, siempre y en todas partes, más allá de las sucesivas generaciones y de las fronteras de múltiples países, el objetivo último y lejano del proletariado, se conecta con las condiciones reales y fundamentales de la clase obrera actual. Toda la concepción comunista pierde su carácter utópico y se convierte, según la fórmula de Marx-Engels, en socialismo científico y praxis histórica.

En el centro: violencia, revolución, dictadura del proletariado

Si en la visión marxista el proletariado se manifiesta como la descomposición, la desintegración de la sociedad burguesa, el reformismo, revisando el marxismo, ve al proletariado por el contrario como regenerando progresivamente la sociedad capitalista mediante reformas para pasar imperceptiblemente al socialismo. En definitiva, se abstrae de las sacudidas, de los antagonismos crecientes, de la violencia revolucionaria. A los ojos de Marx-Engels, el proletariado provoca el derrumbe y la desintegración del capitalismo e instaura el socialismo mediante la revolución, que establece a la clase obrera como clase dominante de la sociedad con el Estado de la dictadura del proletariado —violencia concentrada donde las haya. El partido de clase preludia así el Estado de la dictadura del proletariado, del mismo modo que la constitución del proletariado como clase para sí preludia su erección en clase dominante. La violencia está, pues, en la cumbre de la acción histórica de la clase obrera, así como en el centro de su modo de existencia.

Marx concluyó la Conferencia de Londres de la Internacional con el artículo 7a de los estatutos con esta directiva central: «La conquista del poder político se ha convertido, pues, en el primer deber de la clase obrera».

En el sentido estricto del término, una clase sólo es verdaderamente una clase en la perspectiva de la conquista del Estado: sólo es un estrato, un orden, un estado, si no es capaz de tomar en sus manos el poder político para dominar a toda la sociedad.

Habiendo alcanzado la etapa de su constitución como clase, y por tanto como partido —no sólo objetiva y económicamente, en sí, sino para sí, es decir, siendo consciente de su propia existencia, de sus propios intereses y de sus propias metas, en oposición a todas las demás clases—, el proletariado no ha llegado aún al final de su transcurso. Todavía tiene que conquistar el poder político, rompiendo el dominio del capital para imponer la dominación del trabajo. Sólo entonces alcanzará el punto en el que todas sus tareas históricas podrán encontrar su solución, habiendo superado el obstáculo supremo y fundamental, el Estado burgués.

El poder político, en el sentido estricto del término, es el poder organizado de una clase para la opresión de otra. Si en su lucha contra la burguesía el proletariado se ve obligado a unirse en una clase; si, por una revolución, se constituye en clase dominante y, como tal, suprime por la violencia las viejas relaciones de producción, es entonces cuando suprime, al mismo tiempo que este sistema de producción, las condiciones de existencia del antagonismo de clases; es entonces cuando suprime las clases en general y, por la misma razón, su propia dominación como clase.18

¿Cómo pudieron Marx-Engels hablar con tanta seguridad en 1848 de un hecho que sólo se haría realidad en un futuro lejano?

Veamos cómo Marx-Engels descubrieron —y no construyeron, si es que hay que decirlo— la “línea”. En primer lugar, trazaron un paralelismo lógico entre la evolución y las revoluciones de la burguesía y las del proletariado19: como orden o estado junto a la nobleza terrateniente y el clero, la burguesía se convierte en clase al constituirse como partido en su lucha contra los demás estados, y luego se erige en clase dominante al expulsar del poder a los demás poderes feudales.

La burguesía ya se centraliza considerablemente. Lejos de verse perjudicado por ello, por esta centralización el proletariado se ve en condiciones de unificarse, de sentirse clase, de apropiarse en la democracia de una concepción política adecuada y de derrotar finalmente a la burguesía. El proletariado democrático [es decir, en el período en que ciertas tareas burguesas son todavía progresivas, RD] no sólo necesita la centralización iniciada por la burguesía, sino que tendrá que llevarla mucho más lejos. Durante el poco tiempo que el proletariado estuvo a la cabeza del Estado en la Revolución Francesa, durante el reinado de la Montaña, consiguió la centralización por todos los medios con el fusil y la guillotina. Si ahora vuelve al poder, el proletariado democrático tendrá que centralizar no sólo cada país para sí, sino todos los países civilizados en su conjunto, y esto lo más rápidamente posible.20

Pero ahí termina la analogía con la burguesía:

La condición para la emancipación de la clase obrera es la abolición de todas las clases, mientras que la condición para la emancipación del tercer estado, del orden burgués, era la abolición de todos los estados y órdenes.21

Una vez en el poder, la burguesía detiene su evolución, se convierte en una clase conservadora, aferrada a sus privilegios y a su poder hasta que el proletariado los destroza.

Por el contrario, «la clase obrera, en el curso de su desarrollo, sustituirá a la vieja sociedad civil por una asociación que excluirá las clases y sus antagonismos, y ya no habrá ningún poder político propiamente dicho, puesto que el poder político es el resumen oficial del antagonismo en la sociedad civil» (ibid.). El Manifiesto dirá que el proletariado suprime entonces las clases en general y, por la misma razón, su propia dominación como clase.

La línea está claramente trazada, y los interminables análisis de El capital fijarán los detalles. El tren puede correr más o menos deprisa, pero ya ha arrancado —¿y por qué no habría de llegar a su destino? Ya la revolución de 1848-1849, pero más aún la Comuna de París, por sus primeras realizaciones y sus tendencias profundas, han confirmado en la práctica estas deducciones científicas, sacadas por el partido de clase de toda la evolución de la economía y de la sociedad, así como de las condiciones de vida y de trabajo del proletariado moderno.22

Movimiento social y movimiento político: finalidad y medios

El papel del partido no termina con la conquista del poder político que establece la dominación del proletariado: continúa hasta la instauración de la sociedad comunista y la abolición del proletariado con la extinción del Estado y de las clases.

Esto nos lleva a una cuestión que no suele abordarse, o simplemente se ignora, a saber: la relación entre el elemento político y los elementos económicos y sociales dentro del partido.

Aunque difícil, la cuestión de esta correlación es sin embargo fundamental. En efecto, el objetivo comunista —es decir, los elementos económicos y sociales que sólo pueden ser teoría, programa, tensión, esfuerzo, mientras subsista el modo de sociedad capitalista, o que se manifiestan negativamente en las condiciones de existencia del proletariado disolviendo la sociedad burguesa— debe orientar y dirigir siempre la acción del proletariado. Pero precisamente porque los elementos sociales y económicos comunistas del partido sólo pueden ser teoría o esfuerzo mientras subsista el capitalismo, el partido debe tener un carácter político, es decir, debe realizar su programa con la revolución, con la violencia, en definitiva, con las armas que se encuentran en la sociedad actual. Esto significa que el elemento político está estrictamente ligado a la organización de las sociedades divididas en clases —donde se incluye la dictadura del proletariado.

La originalidad de la concepción marxista del partido (y de las clases) es que postula la prioridad del elemento comunista (social y económico) del futuro sobre los medios políticos del presente. Todo partido oportunista tiende a invertir esta relación, sacrificando los principios a la acción inmediata, anteponiendo los intereses del movimiento presente a los intereses generales del futuro.

Al rechazar todo elemento utópico, el socialismo científico marxista parte del movimiento real de la sociedad actual y utiliza los medios que encuentra en ella, en particular las armas políticas. Marx reconoce sin ambigüedad que la sociedad burguesa es la sociedad política por excelencia, e incluso llega a afirmar que también en este sentido es la condición material previa de la sociedad comunista en la sucesión de las formas de producción de la sociedad humana.

Se trata, pues, en primer lugar, de delimitarse claramente de la política burguesa, sobre todo en la fase en que la burguesía tiene el poder político estatal. En consecuencia, Marx critica lo que llama la «unilateralidad del espíritu político»:

Cuanto más poderoso es un Estado y, por tanto, cuanto más político es un país, menos dispuesto está a buscar en el principio estatal —y, por tanto, en la organización real, de la que el Estado es en sí mismo la expresión activa, racional y oficial— la razón de los males sociales y a ver en ellos la causa principal. La mente política es precisamente la mente política porque piensa dentro de los límites de la política. Cuanto más aguda y vivaz es esta mente, menos capaz es de captar los defectos de la sociedad: el período clásico de la mente política es la Revolución Francesa.23

Y Marx previene al proletariado contra las sugerencias de la sociedad burguesa actual que le empujan a dar una forma política demasiado exclusiva a una lucha que es en gran parte económica en sus fundamentos y social en sus objetivos:

Las primeras explosiones de revuelta del proletariado francés nos dan un ejemplo sobre este punto. Porque piensa en la forma política, ve el origen de todos los males en la voluntad, y todos los medios para remediarlos en la fuerza y el derrocamiento de una determinada forma de Estado. Así, los obreros de Lyon se imaginaban [mistificándose, lo que no deja de tener consecuencias sobre el curso y el resultado de la lucha, RD] que sólo perseguían fines políticos, que sólo eran soldados de la república, cuando en realidad eran soldados del socialismo: su inteligencia política les engañaba sobre la fuente de la miseria social, deformaba su conciencia de su verdadero fin y engañaba su instinto social.24

Sin embargo, Marx no pretende rechazar las formas políticas de la lucha del proletariado: simplemente las sitúa en el lugar que les corresponde. En otras palabras, vincula dialécticamente el movimiento económico y social con el movimiento político que encuentra su desenlace en el socialismo. Los anarquistas rechazan de plano este método, mientras que los socialdemócratas reformistas lo truncan. A primera vista, puede parecer paradójico que el reformismo, que florece principalmente en la esfera política y más concretamente en el parlamento, se una así a la posición anarquista que rechaza toda acción y organización política. De hecho, desde un ángulo diferente, ambos niegan la necesidad real y actual de una política independiente y antiburguesa del proletariado: los anarquistas al abandonar toda la esfera política a los partidos burgueses y al Estado, los reformistas al adoptar una política que es, en última instancia, burguesa, ya que permanece en la práctica dentro del marco de las instituciones capitalistas y reclama en palabras sólo los objetivos —para ellos lejanos— del socialismo y la revolución.

A los ojos de Marx-Engels, la forma política del partido es un elemento histórico determinado por la necesidad de la lucha en las condiciones dadas por la sociedad actual. Esta forma política permite al proletariado constituirse primero como clase autónoma y luego como clase dominante. Una vez cumplidas las tareas que el proletariado debe asumir como clase dominante —la abolición de los vestigios de las sociedades de clases—, el partido perderá sus características políticas, al igual que habrá dejado de existir la clase proletaria, convirtiéndose cada hombre en productor en la misma capacidad y en las mismas condiciones. Pero la forma política de la acción proletaria no debe alterar en absoluto el carácter social del movimiento proletario. Al contrario, debe permitirle realizar sus reivindicaciones sociales y económicas. La oposición entre el movimiento político y el movimiento social de la clase obrera sólo existe a los ojos de quienes confunden estas dos nociones.

La estructura orgánica del partido es la otra cara de su unidad de doctrina y programa de acción. Su organización, por tanto, nunca obedece a criterios formales y abstractos.

A lo largo de toda su vida, Marx y Engels tuvieron que luchar para defender la paradoja histórica de que, para abolir la violencia social, las clases y el Estado, los comunistas se ven obligados a utilizar ellos mismos medios “impuros”25, en particular el Estado de dictadura del proletariado. Después de la Comuna, toda su lucha en defensa de la Primera Internacional contra los ataques de los anarquistas girará en torno al tema de la necesidad de la acción política26. Al situar el papel del elemento político exactamente en la dialéctica del desarrollo histórico, Marx traza al mismo tiempo sus límites:

Conquistar la emancipación económica mediante la conquista del poder político y utilizar esta fuerza política para la realización de objetivos sociales.27

La burguesía es y sigue siendo política, porque necesita el Estado con su sistema de leyes, instituciones superestructurales de fuerza, para proteger sus privilegios y diferencias económicas. Desde el punto de vista marxista, la victoria social del proletariado obtenida por medios políticos disuelve, por otra parte, la forma política junto con las barreras económicas y sociales que separan a las personas en clases.

Esta cuestión central ya fue abordada por Marx en las discusiones previas a la creación de los Anales franco-alemanes en 1844, con el fin de determinar la línea directriz que debía seguir esta publicación. En respuesta a Ruge, que quería desterrar de ella la política y se oponía a toda acción concreta, para limitarse al ámbito de los principios comunistas (por encima de las clases), Marx demostró que, en nuestro tiempo, la política expresa precisamente las oposiciones que existen en el seno de la sociedad y es la mejor manera de tomar conciencia de las realidades. Con sus estudios sobre el derecho y el Estado de Hegel, explicó a Ruge:

El Estado implica en todas partes una contradicción entre su determinación ideal y sus condiciones reales.28

De este conflicto del Estado político con su base se deduce, pues, toda la verdad social: así como la religión es la condensación de las luchas teóricas de la humanidad, así el Estado político es la condensación de sus luchas prácticas. El Estado político es, pues, la expresión en su forma particular —política precisamente— de todas las luchas, necesidades, verdades sociales. Por consiguiente, no es en absoluto degradante ni desmerece la altura de los principios someter a crítica una cuestión completamente política, por ejemplo la diferencia entre el sistema de tres órdenes y el sistema representativo. En efecto, esta cuestión no hace sino expresar en términos políticos la diferencia entre la dominación del hombre y la de la propiedad privada. En consecuencia, la crítica no sólo puede sino que debe entrar en estas cuestiones políticas (que según los socialistas vulgares les son indignas). Al dar preferencia al sistema representativo sobre el sistema de órdenes, la crítica expresa el interés completamente práctico de un gran partido. Pero al elevar el sistema representativo de su forma política a su forma generalizada y al sacar a la luz el verdadero sentido que encierra, este partido se obliga al mismo tiempo a ir más allá de sí mismo, pues su victoria es al mismo tiempo su pérdida.29

Nada impide que nuestra crítica tome posición en la política, que critique la política, que se asocie a las luchas reales o incluso que se identifique con esas luchas. En estas condiciones, no nos presentaremos al mundo con un nuevo principio, como doctrinarios diciendo: ¡aquí está la verdad, inclinaos ante ella! Sino que le aportaremos los principios que el mundo ha desarrollado por sí mismo en su seno. No le decimos: deja ahí tus luchas, son tonterías; ¡venimos a anunciarte la verdadera consigna de la lucha! Simplemente le mostramos por qué lucha realmente, pues debe darse cuenta de ello, le guste o no…

Podemos, pues, resumir en una palabra la tendencia de nuestra revista: tomar conciencia y clarificar para los tiempos actuales nuestras propias luchas y aspiraciones. Esta es una obra para el mundo y para nosotros: sólo puede ser la obra de un gran número de fuerzas asociadas [y no de individuos particulares, por grandes que sean, ¡por muy Marx y Engels que sean!, RD].

En Miseria de la filosofía, Marx escribe a modo de conclusión: «No digáis que el movimiento social excluye el movimiento político: nunca hay un verdadero movimiento político que no sea al mismo tiempo social» (pág. 137). Y como siempre, Marx procede a partir de la analogía citando el ejemplo de la burguesía, que hizo su revolución política para hacer predominar su modo de producción sobre todos los demás, extendiendo e imponiendo sus concepciones ideológicas, jurídicas y políticas a toda la sociedad.

También en beneficio de Ruge, Marx define primero lo que se entiende por revolución política pura:

El alma política de una revolución [Marx utiliza la terminología de Ruge, RD] consiste en la tendencia de las clases sin influencia política a poner fin a su aislamiento del Estado y del poder. Su punto de vista es, pues, el del Estado existente, es decir, el Estado que existe precisamente porque está separado de la vida real y que no puede imaginarse sin la contradicción organizada entre la idea general y la existencia real del hombre. De acuerdo con su naturaleza limitada y dual, la revolución con alma política organiza una fracción dominante en la sociedad a expensas de la sociedad.30

Si el proletariado quisiera llevar a cabo una revolución puramente política, dejando completamente de lado sus propias reivindicaciones sociales, simplemente se encerraría en el marco de la actual sociedad burguesa y no haría más que mistificarse. Utilizando por ejemplo un medio puramente político (burgués), como el trozo de papel que se introduce en las urnas cada cuatro años, se estaría engañando a sí mismo.

A continuación, Marx define el carácter de la revolución proletaria colocando cada elemento en su lugar exacto:

Tan es una paráfrasis y es tan absurdo hablar de una revolución social con alma política como es correcto hablar de una revolución política con alma social. La revolución misma —es decir, el derrocamiento del poder existente y la disolución de las viejas relaciones sociales— es un acto político: el socialismo no puede realizarse sin revolución. Necesita este acto político en la medida en que debe destruir y disolver. Sin embargo, el socialismo abandona su envoltura política allí donde comienza su actividad organizadora, allí donde persigue su propio objetivo, donde manifiesta su alma. (Ibid.)

Para explicar a sus contemporáneos la verdadera naturaleza de la Comuna de París, Marx utilizaría el mismo argumento unos veinticinco años más tarde, pero en términos menos hegelianos:

La clase obrera no esperaba milagros de la Comuna. No tiene utopías prefabricadas que introducir por decreto del pueblo. Sabe que, para alcanzar su propia emancipación y, con ella, esa forma superior de vida a la que la sociedad actual tiende irresistiblemente por su misma estructura económica, tendrá que pasar por largas luchas, por toda una serie de procesos históricos, que transformarán completamente el medio y a los hombres. No tiene que realizar un ideal, sino únicamente liberar los elementos de la nueva sociedad que la vieja sociedad burguesa, que se derrumba, lleva ya31 en sus flancos.

El partido es la mediación entre la clase —que adquiere con ella una conciencia, una voluntad y una fuerza social concentradas— y la sociedad comunista —cuyo nacimiento acelera mediante el uso de la violencia del poder político.

Marx decía de la Internacional: «Su destino está indisolublemente ligado a la progresión histórica de la clase que lleva en sus flancos la regeneración de la humanidad»32. Como la clase, pero a su manera, el partido se transforma profundamente en el largo proceso histórico en el que acabará perdiendo su forma política. Es social en las relaciones sociales de la futura sociedad comunista (de la que el proletariado, que se sitúa en un polo de la economía actual, es ya el agente productivo y en el que se apoya el partido de clase en su acción), así como en su objetivo (la colectivización de la producción y la distribución mediante la asociación y la cooperación). Es político en su lucha por alcanzar su objetivo.

Sin embargo, para Marx, el partido que lleva y vehicula —trägt— las relaciones sociales comunitarias domina, en la Internacional, el Estado coercitivo de la dictadura del proletariado, el medio político de la violencia concentrada en vista de la «disolución y destrucción» de los restos de clase en tal o cual nación o grupo de naciones. Las relaciones sociales comunistas que el partido reivindica en todas partes y siempre en su programa como objetivo de la acción proletaria se extienden, tras la destrucción de los restos de clase, al conjunto de la producción y de la sociedad. El partido político no tiene entonces razón de ser, puesto que tanto las clases como las instituciones de coacción (política) ya no tienen una base objetiva. Sin embargo, puede decirse que lo esencial del partido —y del partido tal y como existe desde el principio— se extenderá entonces a toda la humanidad.

Es necesario pues establecer la prioridad en el partido del elemento teórico y social, incluso del económico, de todo lo que constituye su comunismo, sobre el elemento político, actual, contingente. Esta característica significará que un partido comunista nunca será un partido como los demás, si es verdaderamente comunista, ya que nunca determinará su acción únicamente según los criterios del momento, de la eficacia a cualquier precio.

Con esta prioridad en mente, fue en la polémica con el anarquismo donde Marx-Engels establecieron los límites de lo político y lo social en el partido. Para Engels, sólo partiendo de las contradicciones de la economía capitalista y organizando al proletariado como clase, y por tanto como partido, se puede plantear finalmente la abolición del Estado: «La abolición del Estado sólo tiene realmente sentido entre los comunistas como resultado necesario de la abolición de las clases: con la abolición de las clases desaparece por sí misma la necesidad de la fuerza organizada [el Estado, RD] de una clase para oprimir a otras clases»33. En una carta del 28 de enero de 1884 a Bernstein, Engels afirma con toda claridad que «Marx proclamó la abolición del Estado incluso antes de que existieran los anarquistas».

Al eliminar el problema del Estado de su campo de visión, los anarquistas borran al mismo tiempo el problema del partido, de las clases y, más en general, de las causas económicas. En otras palabras, actuaron como doctrinarios y se convirtieron en utópicos. De hecho, Bakunin y sus seguidores querían organizar las comunas y la producción comunal abstrayéndose del Estado, y por tanto, finalmente, incluso antes de la destrucción del poder político y de la forma social burguesa. Pretendiendo sólo organizarse a sí mismos, intentaron explotar la Internacional para promover directamente, sin intermediarios ni mediaciones, sus comunas productivas libremente federadas, forjando —o más exactamente deformando— la Asociación Internacional de los Trabajadores a imagen de su sociedad futura:

La sociedad futura no debe ser otra cosa que la universalización de la organización que se habrá dado la Internacional. Debemos procurar que esta organización se acerque lo más posible a nuestro ideal. […] La Internacional, embrión de la futura sociedad de la humanidad, debe ser, desde ahora, la imagen fiel de nuestros principios de libertad y de federación, y debemos rechazar de su seno todo principio tendente a la autoridad y a la dictadura.34

Tras denunciar este inmediatismo oportunista que pone el carro delante de los bueyes y desmoviliza al proletariado ante los ataques frenéticos de una burguesía en plena orgía represiva tras la Comuna, Engels reivindica la Internacional marxista, partido político y órgano de lucha disciplinado y centralizado del proletariado de todos los países, frente a la Internacional anarquista, simple oficina de estadísticas y correspondencia.

El partido como producto y factor de la historia

Al mismo tiempo que el partido de clase se origina en ese futuro que representa en todo momento en el movimiento obrero, al reivindicar la sociedad comunista, se desarrolla al compás de las relaciones sociales de la gran producción moderna asociada, creada por el proletariado moderno, que Marx ve desde dos ángulos: «De todos los instrumentos de producción, la mayor fuerza productiva es la clase revolucionaria» (Miseria de la filosofía, última página). Sólo estando así anclado en el presente y en el futuro, siendo a la vez fuerza productiva y fuerza revolucionaria, podrá el proletariado transformar el mundo existente, con su partido que es a la vez producto y factor de la historia.

Si es cierto que la aspiración que conduce al partido (y que el partido transforma en certeza científica) es la meta de la futura sociedad comunista, si es cierto que el partido puede y debe tender a crear en su seno una atmósfera ferozmente antiburguesa que anticipe en gran medida las características de la sociedad comunista (antimercantilismo, desinterés personal, sentido de la solidaridad y de la acción colectiva, etc.), no se puede deducir de ello que el partido sea un falansterio rodeado de muros impenetrables donde ya se vive como comunistas. El partido no puede presentar en sus estatutos planes constitucionales o jurídicos para la sociedad futura, aunque sólo sea porque tales superestructuras sólo existen en las sociedades de clases.

Al igual que la revolución, la sociedad comunista no es una cuestión de organización predefinida. Brota del movimiento mismo de la economía de la sociedad actual, y se trata de liberarla de los mil grilletes que la rodean y la asfixian. Para nosotros, que vivimos en las condiciones de la forma social capitalista, es una cuestión de fuerza, de medios políticos capaces de acelerar el proceso natural, del que el partido es un órgano consciente y activo.

En efecto, con la existencia del proletariado se han formado nuevas relaciones sociales anticapitalistas y colectivistas en la base productiva, y estas fuerzas materiales que el proletariado desarrolla día a día a través de su trabajo en la producción generan crisis económicas y sociales que conducirán a la destrucción y disolución de las relaciones capitalistas tras un largo proceso histórico. Pero

incluso cuando una sociedad ha llegado a descubrir la pista de la